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The SandWoman |
En verano, las moreras manchaban la hierba verde de púrpura carmesí.
Pájaros de mil colores bailaban en el cielo cuando era un muchacho.
Alegraban el día con sus intrincadas canciones.
"Somos quien elegimos ser", cantaba el jilguero cuando el sol estaba en lo más alto.
"Tengo sueños, sobre sueños, sobre sueños", cantaba el ruiseñor bajo la luna pálida.
Las muchachas de mi pueblo tenían los labios como ciruelas
y eran mucho más guapas que las muchachas de los otros pueblos
en los días de mi juventud.

Ahora que soy más viejo, respeto la voluntad de los dioses.
Hace mucho tiempo, aprobé los exámenes
y me nombraron prefecto de toda una provincia.
He estado al mando de ejércitos
y he aconsejado a dos emperadores.
Puse a su disposición toda mi sabiduría
y a sus órdenes todos mis conocimientos.
He tenido riquezas en abundancia, una esposa, un hijo y muchas concubinas.
Solo el fénix se eleva
y ya no desciende.
Así pues, en el crepúsculo de mi vida, me envían al exilio,
lejos de la corte, de la familia y de todo lo que conozco.
En mi viaje he visto muchas cosas extrañas.
Al atravesar las montañas Nan Shan nos atacaron los lobos,
animados por una criatura raquítica a la que consideraban su rey.
Cuando lo matamos, los demás se desanimaron.
He soñado con las responsabilidades de los emperadores.
Hace muchas leguas que no oigo al ruiseñor.
Pero he tenido sueños, sobre sueños, sobre sueños.
Viejo amigo, esta carta solo te la escribo mentalmente, pero
es una carta magnífica, con un perfecto manejo del pincel.
Las manos viejas no tiemblan ni duelen
cuando la carta se escribe en el aire.
Cuando nació mi hijo, el emperador encargó unos fuegos artificiales.
Estallaron en el cielo nocturno como girasoles de luz.
Ahora mi hijo está muerto
y yo estoy exiliado.
El desierto es gris: arena gris bajo cielos grises.
Le digo a mi guía:
"Este desierto es gris",
y él me da la razón.
Es un hombre de un pueblo de los alrededores.
Le pregunto cómo se llama el desierto, pero mi guía no responde.
El desierto tiene un nombre de mal agüero,
y el mal agüero se ha convertido en mi vida.
Mi hijo se alió con el pueblo del Loto Blanco.
"Tienes suerte de que no te haya cortado la cabeza",
me dijo el emperador.
Y aquí estoy, con arena en la barba, los ojos y las orejas,
con los pensamientos bañados por el gris y la arena.
Los sueños, como la espuma del mar, lo bañan todo.
En el pueblo donde contraté a mi guía me encontré una gatita,
blanca como la flor del cerezo.
Me llevó hasta unas rocas a las afueras del pueblo
y me mostró a sus gatitos.
"Si encontramos gatitos, los matamos", dijo el posadero.
"En el pueblo apenas hay comida para los hombres".
Esa noche volví sigilosamente hasta las rocas, aunque hacía frío,
y me guardé en la manga al más pequeño de los gatitos.
En esta travesía del desierto apenas tenemos agua para nosotros.
Solo un necio se traería un gatito.
Hoy me ha clavado tres veces las uñas.
Sus ojitos aún son de un color azul turbio.
Cuando paramos para orinar, el gatito hace lo mismo.
Espero que viva hasta que lleguemos a la ciudad de Wei,
al otro lado del desierto.
En Wei viviré los años que me quedan.
Suave, suave silba el desierto,
como el chapoteo del mar contra los guijarros de la playa.
—¿Has dicho algo, maestro?
—No he dicho nada.
—Disculpa, maestro, me ha parecido oírte hablar.
—Estoy redactando cartas que quizá ponga por escrito cuando termine este
viaje y estemos a salvo. Así ocupo la mente mientras viajamos. ¿Tú haces
algo para mantener la mente ocupada?
—Rezo, maestro, para que el Todopoderoso y todos los dioses menores nos
hagan cruzar el desierto sanos y salvos. También tengo esperanza.
—He oído que en este desierto florecen los espejismos. Que lo recorren
fantasmas y espíritus de zorro que roban a los viajeros y los desvían de
su camino.
—Así es, maestro.
—¿Cuánto falta para que se haga de noche?
—Varias horas, maestro.
—¿Y hasta que crucemos el desierto?
—Al menos un día más, maestro.
Mi guía lleva campanitas de plata cosidas a las mangas
y a la brida de su caballo.
En el desierto, el viento a veces se levanta de repente.
Suele pasar que los que entran no vuelven a salir.
Le aconsejé sabiamente, a él y a su padre antes que a él.
Aquello que se sueña no puede considerarse que no se ha soñado.
Llevo muchos meses de viaje.
Presa de una honda pesadumbre, sueño con una taza de vino.
Me imagino una taza de porcelana.
Vierto el vino caliente y sorbo, exquisitamente.
Pero no tenemos vino,
y escaso es el vino del recuerdo.
Calor y frío, anocheceres y amaneceres.
Esta es mi suerte.
A veces pienso que mi viaje no terminará nunca.
La arena del desierto me azota la cara.
Siento como si me azotaran la cara con látigos de alambre.
Mi esposa torturó una vez a una sirvienta con látigos de alambre.
Faltaba un anillo de oro y la muchacha era la única sospechosa.
Mi esposa la mató antes de que pudiese confesar.
Muchos años después encontramos el anillo
entre dos tablas del suelo.
Las riendas se relajan entre mis manos y
esta noche me pesan los años.
Le digo al mozo que voy a desmontar y él sujeta al caballo.
La arena que trae el viento me ciega...
...y no veo nada.
Y cuando recupero la vista, estoy solo.
Los sabios dicen que todo lo enterrado quedará algún día al
descubierto.
Si esperase un rato, oiría el tintineo de las campanas de plata
y reanudaríamos nuestro viaje hacia la ciudad de Wei.
No es la primera vez que tengo espejismos,
los he tenido en otros desiertos.
Una vez, en el lejano sur, vi el Palacio Imperial
con cada baldosa y cada grabado, aunque se desvaneció al acercarnos.
He visto el oleaje del mar en lugares donde no había agua.
Ahora ondean orgullosas banderas carmesíes,
aunque el viento ha amainado,
y el aroma de la resina ámbar de pino llena el aire.
Oigo la canción de los ruiseñores y huelo moras aplastadas.
Y, caminando hacia mí, veo a mi hijo.
—Estás muerto —le digo. Y él agacha la cabeza.
—Estoy muerto, padre —me dice—. Me cortaron la cabeza y las manos.
Arrojaron mi cadáver a una fosa y ni toda la magia del Loto Blanco pudo
salvarme.
La arena se mueve bajo mis pies.
No logro encontrar el equilibrio.
—¿Dónde estamos?
—Le pregunto a mi hijo, que está muerto—¿Me he unido a ti en las terrazas oscuras? ¿Esa tienda es la morada del Prefecto de los Muertos?
—Mi padre sigue entre los vivos —responde mi hijo.
La ira se apodera de mí y se lo reprocho.
—Si te hubieras contentado con la superficie de la vida, todos habríamos sido más felices. Nada bueno surgió de tu estudio de las artes mágicas.
Mi hijo agacha la cabeza.
El gatito bufa, asustado, y huye. Corro tras él.
—¿Padre? Soy tu hijo. ESE no es más que un gatito. ¿Por qué me abandonas
para perseguirlo?
—En vida eras toda mi alegría. Ahora que estás muerto, solo te veo en
sueños. Y al despertar, mi almohada está húmeda por culpa de las lágrimas.
El gatito está vivo y necesita mi ayuda.
—¡No vayas allí!
—Cuando estabas vivo, no hacías caso de mis consejos. Yo estoy vivo y tú,
muerto. Tomaré mis propias decisiones.
Qué raro es este desierto: me rodean los mástiles de barcos destrozados. Subo hasta una duna y llamo al gatito con palabras de consuelo.
—¡Hey! ¿Qué haces aquí, en este antro de demonios? ¿Te has perdido o eres tú también un demonio?
—Disculpa mi franqueza, pero soy viejo y seguramente mi carne sea
demasiado fibrosa y poco sabrosa. No creo que le gustase ni a un
demonio.
—No soy un demonio, honorable maestro Li.
—¿Sabes mi nombre? Ahora estoy seguro de que eres un demonio.
—Conozco muchos nombres, maestro Li. ¿Por qué has entrado en mi tienda?
—El emperador me ha enviado al exilio. Y he entrado en tu tienda, señor,
buscando a mi compañero de viaje, un gatito.
—Ah, vienes con Camina Solo de Noche. Aquí está. ¿Mrrr?
—Estás a miles de leguas y a cientos de años de tu casa.
—¿Cientos de años?
—En cierto modo. Estás en uno de los lugares blandos en las fronteras del
Sueño. Vengo aquí de vez en cuando a pensar y a recordar.
—Mi señor, nadie sabe qué nos depara el futuro y es posible que mañana ya
esté con mis antepasados.
—Hoy ya he visto a mi hijo, a quien mató el emperador, y lo interpreto como una señal de muy mal agüero. No sé qué eres, pero creo que no quieres hacerme daño.
—Tengo algo que pedirte: una plegaria de alguien que sabe que, aunque los
dioses escuchan y atienden todas las plegarias, no es imposible que la
respuesta sea «no».
—Sigue.
—Llevo muchas leguas soñando con una taza de vino. No con un pellejo
entero de vino, pues me pondría achispado y me volvería insensato. Solo
una taza de vino para entrar en calor.
—Dentro de un tiempo, o hace un tiempo, un joven me dio agua en este desierto, aunque no tenía gran cosa que ofrecerme. Sería descortés por mi parte darte menos de lo que él me dio. Toma.
—Estaba rico. Rico como en mis sueños. Toma, por favor. Debo pagarte.
—Guárdate la moneda, maestro Li. Dásela a quien la necesite.
—Se la daré al primer mendigo que vea, señor.
—Érase una vez un sabio que quería a su hijo tanto como querías tú al tuyo. Un día, el hijo murió, pero su padre no derramó una sola lágrima por él. Cuando le preguntaron por qué, respondió: «No lloré por él antes de que naciera y no lloraré por él ahora que ha muerto». ¿Qué opinas?
—Me parece una estupidez. Lloras porque lo que toca es llorar. Pero tu dolor no es inútil: no te conviertes en esclavo del dolor, sino que te despides de los muertos y sigues adelante.
—Así es.
—¿Mrrr? De acuerdo. Si tienes que irte… Adiós, Camina Solo de Noche.
Parece que ya te vas, maestro Li.
—¿Señor? ¿Hay algún modo de salir de este desierto?
Sigo al gatito por las arenas movedizas. Mis viejas piernas tropiezan.
Me siento más viejo que P’eng. Y entonces oigo el murmullo de voces.
Y, al otro lado de la llanura, oigo el sonido de la locura.
Cruzo el puente y me digo
que estoy soñando.
A medida que crece el crepúsculo
amarillento, mis pensamientos se
vuelven agitados e inquietos.
Una vez cruzado el puente, me entra la duda:
¿He cruzado el puente?
¿He experimentado lo que ya he
experimentado?
No sabría decirlo, no lo sé a ciencia cierta.
Mis pies me llevan ante una tienda por
segunda vez.
Oigo voces graves, jinetes lejanos,
un trueno remoto.
—Hola, maestro Li.
—Lo mismo digo, maestro. Disculpa la confusión de un viejo, pero ¿no nos
conocemos de antes?
—Nos conocemos, maestro Li.
—Al otro lado del abismo había un hombre que podría haber sido tu
hermano.
—Me conociste, maestro Li, hace mucho tiempo.
—Entiendo.
—Eres sabio.
—Tú también, valiente. ¿Quieres caminar junto a mí, maestro Li?
—Haré lo que me pida mi señor.
Cabalgaron los jinetes hacia nosotros, envueltos en una nube de polvo. Se oía el tintineo de jaeces y bocados; el sonido de lanzas contra escudos; de fustas de plata contra los ijares de los caballos; y el ruido de cascos resonaba como el trueno por la arena.
—¿Eres el señor de este reino? —preguntó uno entre los jinetes.
—Sí.
—Mi señor, llevamos mucho tiempo cabalgando.
—Por eso estoy aquí. Ha llegado la hora de que abandonéis este
lugar.
—Pero, mi señor… ¿Qué será de nosotros? ¿Nos devolverás a las épocas y
lugares de los que procedemos? ¿O nos desharemos en polvo y, olvidados,
seremos uno con el desierto? ¿Omnia mutantur, nihil interit…?
—Quizá.
Las llamas bailan en la blancura de su túnica.
Niega lentamente con la cabeza.
No sé si está sonriendo.
Quizá sonríe.
Y luego se da media vuelta.
Se oye el sonido de un trueno en verano, suave y lejano.
Estamos solos en medio del silencio.
Solo se oye el silbido del viento en la arena.
—No me gustan las cárceles, maestro Li. A veces sospecho que construimos
nuestras propias trampas y que caemos en ellas fingiendo sorpresa. Que la
vida es así para todos, desde el Altísimo hasta la criatura más
despreciable de la creación… Pero, sea o no este el caso, sigue valiendo
la pena abrir jaulas. Liberar al prisionero sigue siendo un acto
virtuoso.
—Eso dicen los sabios.
—Las herramientas, claro está, pueden ser la más sutil de las trampas. Sé
que algún día tendré que destruir la esmeralda.
—¿Mi señor?
—Pero ese día puede esperar. ¿A dónde te diriges, maestro Li?
—Al exilio, señor. El emperador ya no necesita mis consejos.
—Entiendo. Lo siento. ¿Querría el venerable maestro Li hacernos el honor,
a mi modesto reino y a mí, de actuar como consejero? ¿Y quedarse en mi
humilde castillo todo el tiempo que desee?
—Eres tú quien me honra al ofrecérmelo, señor.
—Parto al exilio: me han condenado a ser prefecto en el puesto más lejano
del imperio. Soy viejo y el emperador aún es joven. No espero recibir
jamás un mensaje que me diga que puedo volver a casa. No viviré para
volver a ver a mi esposa ni el pueblo donde nací. Pero me he pasado la
vida obedeciendo la voluntad del emperador, y el emperador me ha enviado a
la ciudad de Wei. Haré lo que me ha ordenado mi emperador.
—Como desees, señor.
—Señor… ¿Qué es lo que ha dicho el portavoz de los jinetes cuando se ha
desvanecido con ellos?
—Omnia mutantur, nihil interit. “Todo cambia, pero nada se pierde.” Buen
viaje, maestro Li.
Mi guía había pensado que se me había tragado el desierto; que me habían secuestrado los ogros y los espíritus de zorro, los demonios o los fantasmas.
El gatito me salvó la vida al hacerme gritar.
Pienso en el grito de un recién nacido al llegar al mundo.
Tengo la barba y la ropa llenas de arena y el cuerpo dolorido.
¿Fue un sueño? ¿Solo un sueño? ¿O simple locura?
Fuese o no real, me comporté correctamente, y
la corrección en el comportamiento es una de las virtudes
cardinales.
Vuelvo a meterme el gatito en la manga.
Le he salvado la vida y él me la ha salvado a mí.
Es responsabilidad mía.
No podemos eludir las responsabilidades.
Aquello que se sueña no puede perderse
ni considerarse que no se ha soñado.
Tomaré pincel y papel en cuanto llegue a la ciudad de Wei, viejo
amigo.
Pienso en ti, y en mi esposa, sola y deshonrada en la capital.
Y en mi hijo.
Estoy exiliado en la inmensidad gris
del fin del mundo,
pero ya no me lamento;
agradezco el dolor de la mano.
Imagino el sabor de las moras
en el crepúsculo violáceo.
Y mañana llegaré a la ciudad de Wei.
Solo el fénix se eleva
y ya no desciende.Y todo cambia.
Pero nada se pierde.
He transcrito este guión de Neil Gaiman, para mi amiga, el hada Hasivi.










GRACIAS
ResponderEliminarTodo cambia pero nada se pierde...
todos queremos estar a salvo...
yo no era nada más que una mortal, tú me hiciste hada.....
Tu eras más que una simple mortal.
ResponderEliminarEras un hada sin nombre que
iba repartiendo magia sin saber.
Ahora tienes nombre y lo sabes.
Eso puede ser lo que haya
cambiado yo
para bien y para mal
vete a saber...
no siempre reparto magia, que lo sepas, jajajajjajajaj, gracias por todo querido amigo
ResponderEliminarborré el 3 comentario porque se había escrito mal, pero vamos que ponía lo mismo que el comentario siguiente....., es la edad
ResponderEliminarSi también repartes tortas, estupendo.
ResponderEliminarSiempre viene bien tener de tu lado
al primo de Zumosol.
(Aunque esté algo mayor, Chuachenager y Silvestre Estallone, imponen, aunque solo sea por lo feos)