Cornelia se alojaba como estudiante en una habitación del ático que
había sobre la casa de mis padres. También coincidía con las otras
“pupilas” de nuestra vecina en el ascensor, pero era evidente que
Cornelia no era nacional y me apetecía conocer de primera mano a una
persona de otro país y hablar de sus costumbres.
Por entonces tenía dos amigos. Los únicos con quienes he tenido vida
social. Todos éramos célibes sin votos y disfrutábamos el suplicio de
una castidad fingida, educados en colegio de curas, segregados por
alguno de los dos sexos reconocidos. Si me hubieran dado a elegir sin
tiempo para pensar, hubiera elegido ir a un colegio de chicas. Más tarde
alguien me aplicaría la expresión “mariquita entre ellas” de manera
equivocada e ignorante respecto de su verdadero significado.
El caso es que mis amigos, Alonso y Luis Carlos, estaban más salidos
que la antena de un 600 y, viendo que hablaba con ella, creyeron que
podrían —o podríamos— estrenarnos con ella, y un día me abordaron
así:
—Anda, tío, a ti que no te da corte... queda con ella. Hacemos una
fiesta y tal, la emborrachamos un poco y nos lo montamos —dijo
Alonso.
—Joder, mira que sois guarros. Solo pensáis en eso. Si queréis,
quedamos con ella para dar una vuelta, ir a algún pub y hablar.
—¡Bueh! ¡Venga, tío! ¡Ahora no te hagas el culto, que tienes tantas
ganas como nosotros!
—Sí... yo tengo las mismas ganas... pero no a cualquier precio, y esa
idea no me parece buena. A saber qué pensaría ella si...
—¡Pero qué va a pensar ni qué! ¡Si a las extranjeras les encanta tener
sexo! ¡No son como las de aquí, idiota...!
—¡Sabrás tú, de tanto que has estado con gente de fuera!
Se turnaban para “atacarme”:
—Venga, tío, no te enfades. Anda, no seas aguafiestas, no seas así
—añadió Luis Carlos, y con su tiki-taka siguió Alonso:
—Siempre estás igual. Nosotros al menos vamos de cara, mientras tú vas
de legal y puritano, pero no eres mejor que nosotros.
—Yo nunca he dicho que lo sea.
—No lo dices, pero lo demuestras: sales más tarde y te vas el primero a
casa, como si no fuésemos suficiente para ti...
—Y nunca quieres ir al cine con nosotros, ni quieres salir a beber...
quieres hacernos sentir mal.
—Si os gusta ir a ver porno al cine es cosa vuestra. A mí no me
apetece. Ya he ido un par de veces y me basta.
—Claro, porque tu padre tiene porno en casa y ahí te la cascas como una
bestia enjaulada —rieron a mandíbula rota.
—Qué brutos sois. Si no salgo a las cuatro de la tarde es porque luego
me aburro como una ostra.
—¿Lo ves? Ya te estás poniendo por encima con que te aburrimos y somos
brutos. Luego nos regalas chicles haciéndote el majete, pero solo lo
haces porque te da asco nuestro aliento.
—Tíos, es muy desagradable salir de casa y encontraros ya medio
borrachos a vinos a las siete, y además aguantaros ese tufo en medio de
las tonterías que hacéis.
—¿Y te has parado a pensar cómo nos sentimos o por qué nos
emborrachamos?
—No. ¿Es que tengo yo la culpa?
—Bah, con tal de llamar la atención hasta te haces la víctima. No todo
tiene que ver contigo. —Alonso se dio la vuelta y atizó una patada a una
piedra. Luis Carlos acudió al relevo:
—Venga, hombre, hazlo por nosotros, solo esta vez y ya no te volvemos a
pedir nada.
—No tenéis escrúpulos. ¿No os dais asco? ¿Os acordáis cuando queríais
hacéroslo con mi hermana mayor?
—¡Hala!, ahora no saques eso, joder, que teníamos quince años.
—Tú dieciséis y él quince, pero para mí que habéis sido siempre dos
viejos verdes. No pienso hacerle eso a Cornelia. Voy a quedar con ella
yo solo mientras esté aquí y listo.
—¡AHHH! ¡AHORA LO ENTIENDO! ¡Qué egoísta eres! ¡La quieres solo para
ti! Te la llevarás a tu casa y así disfrutas tú solo con ella. —Me llevé
las manos a la cabeza. Estaba a punto de reventar, pero antes añadió
Alonso esta amenaza:
—Pues si quedas con ella solo, lo mismo cuando se vaya no volvemos a
salir contigo.
—Correré ese “riesgo”. Adiós.
Aquel día me volví todavía más pronto a casa. Estaba harto de sus
majaderías, siempre con la misma historia.
Hacía algunos días que salía con ella por la ciudad. Íbamos a algún
pub y hablábamos de su país y de muchas cosas más.
Yo decía: “Mira cuántos árboles hay en nuestra ciudad, ¿no es
bonita?”, y a ella eso le parecía una broma: en su país había
muchísimas más zonas verdes.
Yo me pedía un mosto o una clara de cerveza. Ella... no recuerdo,
pero le chocaba un montón verme comer las pipas que nos ponían en un
platito: “Es que eso en mi país se lo damos a los loros”.
También le hacía mucha gracia que tuviéramos un rey. Le parecía un
atraso de antiguas épocas.
Un día, antes de salir, le pedí que pasara dentro de mi casa y que
tomara asiento en el sofá del salón, y lo hizo sin dudar. Quizá puedan
imaginar para qué, aunque lo dudo. Lo que hice a continuación se me
había ocurrido un minuto antes de que bajara del ático y llamara a mi
puerta.
Encendí el mezclador: por un canal, el micrófono estéreo de
condensador, y por otro, el tocadiscos de plato extraíble con cabezal
magnético, ambos de la marca Aiwa.
Puse la aguja sobre el vinilo en la última canción, “A Piece of Sky”,
de la banda sonora original de la película
Yentl. Cornelia Köhler me
observaba, supongo que algo extrañada por todo aquello. Cogí el
micrófono y comencé a cantar sobre la voz de Barbra Streisand.
Mezcladas nuestras voces en aquella especie de karaoke “made in home”,
mis errores vocales se podían ocultar mejor.
Canté.
Canté hasta el final sin mirar a mi obligada espectadora, pero no
estaba entrenado para prolongar mi chorro de voz hasta los diecinueve
segundos de Barbra en ese final apoteósico.
Quise disculparme, en la comprensión de que no me era posible igualar
aquella fuerza arrolladora, y encontré que ella estaba encantada.
Plis, plas, aplausos.
Visto desde la distancia de los años, me parece un hecho propio de
narcisistas viciosos, ¿no creen?
¿Tendrían razón Alonso y Luis Carlos? He aquí un suceso
alternativo:
Cuando éramos pequeños, nuestros padres nos llevaban al campo. Máximo
de sesenta kilómetros. Iban dos familias más, amigas de mis padres. Un
día me enviaron al Renault 4L de otra familia. De mala gana fui, pero
en el viaje, de pronto, me puse a cantar, vaya usted a saber por qué,
“Son tus perfumes, mujer”, de Carlos Mejía Godoy y Los de Palacagüina.
Al amigo de mi padre le encantó aquello y cuando aparcaron corrió a
festejarlo:
—¡Venid todos un momento! ¡Venid! ¡Veréis qué bien canta Fermi!
—horror de los horrores. Yo deseaba hacer andar mi jeep de Madelman
por terreno agreste despacio y con todo el cuidado, pero aquel hombre
me cogió por los brazos y me puso sobre un peñasco cual lagartija a la
solana. Solo por eso le hubiera puesto el jeep de sombrero, pero ante
tanta gente me quedé bloqueado. Yo llevaba un niqui (palabra viejuna)
marrón, de rayas anchas y manga corta baja y algo ajustada. Estiré mis
mangas.
—¡Venga! ¡Canta como antes en el coche! Son tus perfumes, mujer...
🎵🎶 —solo hacía falta fijarse en mi cara de morrongo. El buen hombre
no entendía mi enorme disgusto. Su hijo, por el contrario, pasaba de
súper animado a pendenciero en un flash. Mientras yo me convertía en
un personaje mohíno a la vista de todos, su hijo Tito enganchó mi jeep
y se puso a correr con él sobre el suelo areno-pedregoso y poco
propicio para la velocidad. Al momento había volcado, pero él seguía
arrastrándolo de todas formas. Estaba a punto de llorar cuando se me
acercó su esposa:
—¡Déjale en paz, atontado! ¡No ves que no quiere! Anda, ven, baja de
ahí. ¡TITOOOO, DEJA EL COCHE Y VEN AQUÍ! —qué amor de mujer. Qué risas
los unos, qué comentarios los otros entre la impaciencia y la
impotencia, el aburrimiento y la compasión.
—¡Bah, qué muchacho más soso! Es que teníais que haberle visto
cantando: “Tus pechos, cántaros de miel...”
Eran trece años los que tenía, pero no crecí ni me adapté ni maduré
como era de esperar. Y moriré sin haberlo hecho jamás, me
parece.
Cuando Cornelia finalizó su curso de idioma español, tocaba regresar
a su país, Austria. Era de una región muy autonomista. Su preciosa
Vorarlberg...
Creo que no fui capaz de darle un abrazo o al menos un beso de
despedida. Siempre se me han dado mal esas cosas.
En el último momento, antes de darse la vuelta, me dijo que le
picaban los ojos. Ninguna de las imágenes que pasaron por mi mente
encajaba con aquel comentario de ella: humo de coches,
pestañas...
Se marchó y aún tardé tiempo en comprender aquel picor en sus ojos.
No soy bobo, pero para determinadas cuestiones soy muy lento o ni
siquiera alcanzo.
Fue una corta pero bonita amistad, en cualquier caso.
Saludos, Cornelia. Espero que hayas sido muy feliz.
Los amigos volvieron. Aunque sin rencores, aprendieron a pasar de mí
cuando querían divertirse. Durante un tiempo creí sus engaños y me
venía bien para dedicarme a mis asuntos, pero una cosa era pasar del
cine y otra pasar de otras chicas y chicos. Cuando lo descubrí, no se
lo perdoné y no volví a salir con ellos hasta que vinieron a
disculparse después de rodar por las calles como perros
abandonados.
Por mi parte, quise encontrar mi camino sin ellos y en un par de
ocasiones estorbé en un grupo compuesto por seis viejas amigas. Ahí se
puede deducir que no hubiera sido buena elección el colegio de chicas.
También llevé mis lágrimas a correr en lo oscuro de algunos salones de
cine que pasaban películas antiguas a precio económico. Eran en blanco
y negro y en un idioma que tampoco era el mío.
Es importante conocerse para saber qué necesitamos, lo que más nos
conviene o cómo podemos ser un poco más felices.
Así es la vida.
Ellos encontraron pareja a pesar de sus dificultades para iniciar una
conversación, pero yo no era capaz de encontrar cómo, qué o quién, y
rechacé las amistades que me propusieron Alonso y Luis Carlos. La
soledad es una compañera muy triste, pero ni en esas condiciones era
capaz de empezar una amistad cualquiera fuera de determinados
parámetros.
A veces, ser más rígido que una tabla de planchar es peor que estar
más salido que el pico de su plancha.
En todo caso, recordaré a aquellos dos chicos que una vez fuisteis:
Alonso, con su Ennio Morricone y aquel puñado de dólares, fascinado
con Clint Eastwood; Luis Carlos escuchando
Das Boot en las
profundidades de su U-boot alemán, apasionado de la historia y los
soldaditos.
Ya es tarde para ser otra persona. Tarde para cambiar las decisiones
de toda una vida. Tarde para modificar el rumbo al futuro.
Ya va siendo hora de descansar. No estaría mal.