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| Esta es la navaja que un quinqui le robó a Marino al salir del salón recreativo |
Me gusta cómo suenan los latinajos, lo misteriosos que parecen y, puestos en mis palabras, con ínfulas de una sabiduría que no tengo y para la que no me alcanza. Pero vamos con Marino, que se ha hecho con muchas «entradas» y no se cansa el chaval.
Marino... es lo que es. Puede intentar parecerse a otras personas, adoptar otros modos, pero, en cuanto se descuida un poco, vuelve a su esencia.
¿Tiene esencia un niño? Pues claro. Pero, si se expone demasiado, si se sobreutiliza, los demás se acostumbran a su aroma hasta dejar de percibirlo. Lo extraordinario se normaliza, lo extraño se vuelve familiar y termina por no extrañar casi nada.
¿Por
qué la gente quiere ser diferente? ¿Y para qué?
De pequeño,
llegaron un día unos tíos, padrino y madrina de él. Cuando pensaba en sus
padrinos siempre se decía: «tienen que cuidarme si se mueren mis padres». Esa
era la norma moral religiosa no escrita. Una ley no escrita que valía lo que
los ceros a la izquierda. Pero él no lo sabía. Le trajeron, además, un maletín
de los Estados Unidos con muchos coches. Y preguntó a su padrino:
—¿Eres piloto de Fórmula 1?
—No. Soy organista —eso no lo entendía
el nen—. ¿Sabes un piano? Pues el órgano es lo mismo, con más teclas y más
pedales.
El nene sabía que no era organista sino piloto de Fórmula
1 porque hablaba extraño, tenía pelazo y patillas enormes, como
Emerson Fittipaldi. Sabía además que los mayores dicen cosas tontas para confundir, porque sí,
porque pueden y saben hacerlo muy bien. Sabía que no podría entender más allá
y tampoco le dieron oportunidad de seguir preguntando porque su madrina
interrumpió:
—Qué niño más guapo mi Marino, mi querido ahijado, vas
a traer locas a las niñas.
Y su padre, ya emocionado, ordenó:
—Hijo,
enséñales el título de hombre.
Y Marino obedecía, bajándose los pantalones hasta quedar expuesto ante las visitas. Era muy divertido para los demás, aunque él no sabía cuántas de aquellas risas eran forzadas. Bastante tenía con hacer lo que se le pedía.
A su hermano
le daba envidia que el pequeño fuese el centro de atenciones, solo por ser más
pequeño. ¿Envidiaría también la orden paterna de enseñar a las visitas su
título? Seguro que también.
Años más tarde, iba el chaval por
el pasillo con sus zapatillas de cuadros, de viejecito en invierno
continental. Lo del clima continental lo menciono porque a Marino le hace
ilusión. Era una de las pocas cosas que aprendió en clase de geografía. Iba
silencioso, hacia el cuarto de estar donde estudiaba su hermanita año y medio
mayor que él.
Que no fuesen nueve o diez los meses de diferencia viene de
cuando la madre trató por todos los medios de no tener más hijos, que ya lo
conté cuando decía que la percha de alambre colgaba de un armario vacío en
aquella minitragedia de una semana con el chico.
Era por la tarde, la luz encendida, silencio y ambiente de una sola estudiante. Libros y cuadernos extendidos. A él le producía fascinación ver cuánto esfuerzo ponía para ser una de las mejores en su clase, cómo se organizaba, algo imposible de imitar. Ella dijo, sin levantar la vista de los textos:
—Sé que estás ahí, fantasma.
Otro de los motes en la casa. Enano, fantasma, espía, cabezón...
¿Cuál fue su reacción? Marcha atrás, paso a paso, silencioso, desaparecer. Al menos, como ella no le miró ni rompió el hechizo lunático, pudo desvanecerse y dejarle a su hermanita la duda razonable: «¿Estaba... o me lo he imaginado?», mientras él sonreía ante la mera posibilidad de que eso pudiera suceder.
Los pasos marcha atrás le encantan. Los hará a todas las edades posibles. Se imagina que camina como los flamencos, con esas patas que parecen doblarse hacia atrás. Rosado ya está de espíritu, de andares va fino filipino como «aquello que se mueve en lo alto del palillo» que cantaban Enrique y Ana. Y de ilusiones, como un perro cuando vuelve a casa su compañía humana.
Ya en su habitación, perdido el objeto, debe encontrar nuevo objetivo. Lo
primero en lo que pensó fue en asaltar un fortín. El de su hermano, caja de
acero. La caja con sus dos muelles y ganchos. Con un par de alambres de acero,
doblados al efecto, uno a la derecha y otro a la izquierda, tirar y listo.
Ahí
escondía su hermano los secretos físicos, los secretos de alcoba en otro sitio
inexpugnable.
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| Ordenador Sinclair ZX81 con su pack de expansión de memoria |
Años después encontrará ahí escondida la llave que da acceso al joyero
adaptado. Luego aprenderá que la llave del joyero es aún más sencilla de
solventar con el simple gancho de sujeción de un tonto llavero que su hermano
deja en uno de sus cajones privados. Véase la foto del comienzo, con el
sistema de enganche. Obsérvese asimismo la navaja que aquel quinqui robó al
chaval en el
episodio cinco.
Abrió el joyero acolchado y... ¡tachán!, ahí estaba el glorioso
ZX81
con su fuente de alimentación. 1 KB o 1024 bytes de memoria y expansión de 16
KB.
El manual, absolutamente imprescindible, quedaba a su disposición, en un inglés perfecto y sencillo que a Marino le encantaba. Empezó por donde tocaba: la instrucción «PRINT». Practicar y esperar al capítulo 8 para la programación. Una a una, todas las instrucciones comprendidas, los programas iban creciendo.
Así emplearía durante años buena parte de su tiempo libre, y también del que debía dedicar al estudio. Aquello acabaría convirtiéndose en un sistema extensivo para el resto de su vida. ¿Era programador? No. ¿Era escritor? No. ¿Poeta? Tampoco. Entonces... ¿qué había dentro de ese chico? Pues ganas de descubrir por sí mismo las cosas. A tal punto que, en clases particulares de mates con Felisa...
—¿Qué has puesto aquí?
—La solución.
—Eso es la cuenta de la vieja. Hazlo con las fórmulas. —Y tachón indiscriminado en forma de gusano que ella realizaba con gracia pero a él le resultaba vejatorio.
—Pero si el resultado...
—¡Que uses las fórmulaaaaaas! —Y tachaba otro poco más cuando trataba de señalar la respuesta.
—Pero aquí... —Y le quitó la hoja del cuaderno, la estrujó y la tiró a la papelera.
—¡A trabajar he dicho! No seas zulú.
Zulú, que ahora es una expresión... ¿cómo se dice...? ¿Racista? ¿Supremacista?, como «hacer el indio». Pues eso, le llamó zulú como si los zulúes fuesen menos listos por usar la cuenta de la vieja, es decir, algo funcional, poco profesional, pero efectivo y resultón. Como la regla de tres, con infinitas aplicaciones en la vida real.
Felisa quería a Marino, ya se dijo. Le atendió y le regaló cuidados que otras personas no pudieron. Con ella aprobó asignaturas imposibles con resultados aún más increíbles, teniendo en cuenta —que no en cuneta— que suspendía todo de forma progresiva, evaluación tras evaluación, con sufrimiento creciente por igual e intenso por demás.
Felisa y Don Jesús. D. Jesús, vivo a día de hoy, era por entonces un cura joven, profe de inglés y música con maneras similares a las de Marino. Él amaba la música, como el chico, que tocaba la flauta por sí solo, sin enseñanzas de nadie. Solo aprobaba dibujo, inglés, religión (sin estudiar, regalo divino) y las prácticas de música con flauta.
La teoría de todo aquello, los textos apelmazados, se le atascaba como la grasa en una cañería, poco a poco, hasta que todo terminaba por colapsar.
D. Jesús, amoroso, tenía un acordeón lleno de botones por un lado y de teclas como las del piano por el otro. Aquello no era como las flautas dulces, en las que bastaba con tapar los agujeros. Vio que el chico estaba en los márgenes
—tampoco llegó mucho más lejos— y le propuso para la función escolar. Acudía a
su despacho de la sacristía con la flauta y practicaban «Barcarola», de
Jacques Offenbach. Iba atemorizado, pero tocaba la flauta sin miedo alguno. La flauta no era
problema, pero sí que le asustaba que D. Jesús pudiera querer más cosas, no
relativas a lo musical, o no entenderse con él.
Por más que lo intentó, Marino no era capaz de recuperar los recuerdos de
aquellos ensayos. Todo se le convertía en borrones: mesa de despacho, D. Jesús
sentado en ella con el acordeón sobre el muslo y su tono de voz, relajado y
femenino. Algún truco sobre cómo poner los dedos, sobre cómo coger la flauta y
llegar con ella al fa sostenido agudo. Lo imborrable era el cuello alto del
jersey gris, metido por dentro del pantalón del mismo color. Todo iba ajustado
al cuerpo esbelto que lucía, para envidia de los prebostes, adláteres y
homólogos de su organización. Normal: miraba el cuello más que nada,
preguntándose cómo podía soportar la tela estranguladora.
De
recordar algo eran la melodía y los deméritos de los compañeros de clase tras
la representación, afanados siempre en mantener bajo el agua su cabeza en
cuanto asomaba su nariz fuera.
Cada noche anterior a un ensayo, en su cabeza bullían las secuencias de lo que podría suceder: intentaba prever los movimientos de cada mano e imaginar dónde estarían los límites entre la cabeza del cura y su oreja, entre los brazos del cura y su cuerpo pequeño, estrecho, todavía infantil, entre lo que quería decir y lo que su mente entendía de otro modo. Y aun así, cuando los compañeros lo asediaron, no supo interpretarlo:
—¡Qué! ¿Qué hacéis los dos en la sacristía, eh? —Se lo preguntaba uno de los
siete hijos de la familia Trevijano, personas pagadas de sí mismas que iban
con él a clase. Por haber repetido curso, tuvo ocasión de conocer a varios de
ellos. Todos de media notable, notablemente pedantes.
—Tocar.
—Jaaaaa, ja, jaaaa, y... ¿qué tocáis? —Le ponían el capote y entraba como un torito lleno de espadas ocultas en el pecho—. ¿Le tocas la flauta?
—Claro... Cada uno toca su instrumento y...
Sobran explicaciones.
—JAAAAAA, JAJAAAJAJJAAAAAA, me muero de risa. Me parto la caja del pecho. —Caja cortada con tijera, ninguna gracia, expresión tonta la de la caja y el pecho, más bobas las risas mortales.
Ya.
En clase de gimnasia, hacía lo que podía; correr hacia arriba, correr a defender abajo, no tocar un balón pero sí sudar la camiseta. Ese día les dejaron jugar. Fin del partido. En dirección al gimnasio, a la sesión de terror cambiador de ropa, le abordó el profesor, militar retirado.
—Tú —le tocó la china—, y tú, y tú, los tres vagos. Venid aquí. Vais a ir al director y le explicáis que no habéis querido jugar con vuestros compañeros al fútbol en clase de gimnasia.
Uno de ellos tenía excusa, labia y cero vergüenza. El otro, un chico muy bajito y poca cosa, como Marino en versión mini, pero con un descaro impresionante. Marino se quejó:
—Pero si he estado corriendo todo el tiempo, no he dejado de jugar...
—Mentira. No mientas. —El profe, puesto hasta las orejas de orujos en los cafés, no sabía lo que pasaba en el patio, pero tenía premeditada toda aquella escena.
—No miento.
—¿Entonces soy yo el que miente?
—No, no he dicho eso.
—Ahora vais tú y estos amiguitos tuyos, los tres igual de vagos e inútiles, y le explicáis al director que no os ha dado la gana participar, que habéis estado hablando y riéndoos de los demás chicos. —El más alto, sin temor alguno, intervino con desvergüenza en nombre propio:
—No olvide usted, si no le importa, que tengo un problema físico y no puedo participar; es mi médico el que lo dice. ¿Le traigo la hoja o la olvidó en la taberna?
—No hace falta. Ve a cambiarte, vago, listillo con excusas. Ya te ajustaré las cuentas.
—Yo tengo el tobillo hinchado, no podía correr, mire... —Siguió el otro. Si el tobillo estaba hinchado, el cerebro de aquel desgraciado, retirado del ejército por tener el fémur soldado con la tibia, debía estar también soldado a su escasez neuronal.
—Pues ve a cambiarte también. De puro ñañarras es que das hasta pena. Marcha. Bueno, y tú, vago de siete suelas, ¿qué excusa te puedes inventar? Y quita esa cara de susto, que cuando vayas al director aprenderás a obedecer.
—No necesito excusa, yo he estado jugando. Mire, mire el sudor, yo...
—Y mis cojones son claveles. Otra vez con el calor y sudor. En el ejército... ahí sí sudarás. Y echarás el bofe. A dirección por idiota. Hala. No repliques más.
Y Marino, lleno de injusticia y pesadumbre, encontró al tutor y director en una galería y le explicó lo sucedido. Aquel hombre, que Marino tenía por mala persona, le resultó simpático. Quizá Marino se equivocaba con él. Aquel día, al menos, dejó abierta esa posibilidad en su corazón:
—No te preocupes, vuelve al gimnasio y le dices que te he castigado a escribir mil veces alguna frase.
—¿Qué frase?
—Ninguna, no hace falta, ya sé lo que pasa entre ese profesor y tú. Ahora
vete. —Un cura proponiendo mentiras... ¡Inaudito! Marino no sabía qué era
peor, ir con la milonga de mil veces nada y enfurecer al comandante cero
patatero o inventarse una frase y... pero nadie le preguntó por el castigo.
A
Don Gimnasias tendría que sufrirlo muchas otras ocasiones y a base de
esforzarse se doblaría el tobillo, que ese sí estaría de veras hinchado. A D.
Jesús se le encomendó ir a otra parte con su acordeón aquel mismo año: a meter
los dedos en otras teclas, a mover su cuerpo junto a otros encerados y a
salvar a otras criaturas de sus miserias. A Don Marino le tocaba afrontar la
repetición de curso por segunda vez y nueva soledad incrementada con niños aún
más niños.
El siguiente curso tuvo la ilusión de participar, por
primera vez en su vida, en un concurso de fotografía en su colegio. Llevó la
foto con su nombre y el título «Detalle de la mañana». La foto mostraba
a una preciosa flor que había rociado con agua y que podemos ver aquí
porque Marino me la prestó. La cámara era una Zeiss Ikon Contaflex con
objetivo Synchro-Compur que su padre compró en los años 50. Ganó el concurso,
orgulloso al escuchar su nombre, «Ganador, Marino...». Le dieron el diploma.
Mientras volvía a su pupitre, el sacerdote soltó un «Ganador... como único
concursante» y las risas y los dedos le acompañaron hasta su asiento a la vez
que su sonrisa se desdibujaba. Eso no le impedía sentir que él había
participado mientras los demás no pudieron ni siquiera imaginar cómo
intentarlo.
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| "Detalle de la mañana", la foto del concurso |
Si algo había que aprender, era harto complicado.
Frases que no eran frases,
premios envenenados,
castigos que no eran castigos
para fantasmas de carne y hueso...curas suaves
y sacerdotes sin «sa»,
niños obligados a usar títulos
que sus cuerpos no otorgaban,
militares bigotudos
retirados del fascio,fustigaciones,
flagelaciones
y azotes autoinfligidos
en cuerpo y mente
tras muros clericales,hostigamiento
entre alumnado y profesorado,
entre «Pater, Filius et Spiritus Diaboli»
Tras pensarlo mucho, Marino concluyó que no entendía los motivos de nadie, y que de tanto buscarlos había olvidado los suyos. Cuanto más se esforzaba en comprender a los demás, más desaparecía él de la ecuación.
Es la paradoja de un chico que se pasaría la vida sintiéndose visible para ser utilizado e invisible para ser comprendido.




