Header

viernes, 3 de abril de 2026

Marino prestado y aprendiz

Cuando Marino era pequeño, se colaba entre las madres y las miraba ensimismado pintar las uñas, cuidando los bordes, deslizando los pinceles. Luego estiraban los dedos hasta secarse. Brillaban con vibrantes y bonitos colores.

—¡Cuidado, a ver si la tiras, trae!

Solo le permitían coger aquellos preciosos frasquitos cuando le ponían el tapón pincel. El olor era embriagador y, acostumbrado a marearse con el vino para que los mayores se rieran, podía aficionarse al pintauñas con facilidad. La acetona, los algodones, las limas aquellas de ris-ras, por un lado menos, por el otro más…

Todo, de uso común, formaba parte del set de manicura: los alicates cortauñas, las pinzas para los pelillos del bigote, tijeritas y accesorios para las cutículas…

«Cutículas» se podía pronunciar sin más, pero Marino alargaba la ese, giraba la cabecita y repetía «cutículas» en voz alta. Cutículas.

—Espejo, espejito, ¿quién es más lindo que Marinín? —decía una.
—Marinena —decía la del otro lado.
—Va a volver locas a las nenas —insistía la primera—. ¡Guapín!, míralo. Hay que ver lo precioso que es este chiquillo. Si no pusiera esa cara de enfado…
—¿Verdad que te gusta, cariño? ¿Quieres que te las pinte? Trae la manita —le decía aquella con amabilidad.
—Anda, ve a jugar con tus coches —le dijo su madre después del primer dedo.
—No quiero —respondió, apretando el morro.
—Pues deja de andar metiendo la nariz en los frascos, que al final vuelcas alguno. Toma, mira el «Hola».
—Sí, tú dale salseo, que…

Marino quería uñas rojas o rosas. Ese color le resultaba muy bonito, pero prefería el azul para todo, sin motivo conocido. Y sabía que «Marinena» tenía el mismo significado que cuando los chicos de clase le decían «mariquita», así que la oferta de pintarse todas era falsa. Pero al menos una uña tenía, bien bonita, si bien quedaba un poco escasa para la farándula.

La revista, de febrero del 70 aunque ya era 1971, amarilleaba y olía a antiguo pero traía en su portada a Marisa Mell con el pelo a colorines. O eso pensaba él, que estuvo mirándolo un rato, más alineado con ella que extrañado.

—Las niñas pueden ponerse colores —pensaba confundiendo la actriz de la portada con las hermanas y las mamás que tenía delante.

Repasó con el dedo pintado aquel plumaje. Aquellos ojos y labios brillaban y hablaban sin decir ni mú. Aprendía a conocer la belleza en lo femenino, pero enseguida buscó la sección de humor, su parte favorita.

Las madres, a buen seguro, miraban de reojo al nene con una sonrisita que su madre quería ignorar y su padre corregir nada más asomar:

—Hijo, enséñales tu «título de hombre».

Y Marino se bajaba el pantalón corto y la ropita de debajo.  Las visitas reían igual que por beber vino. Él no asociaba aquello con nada.

Como criatura de 7 años que era, no entendía cómo alguien podía decir «lenteja», «radio» o «marica» para insultar. Para eso estaban «tonto», «idiota», «bobo».

Sabía que decían «marica» a niños que hablaban como niñas, que hacían gestos de niñas o jugaban a cosas de niñas, y no encontraba cuál era el problema.

—¿Por qué me llaman marica? Si las niñas no son maricas.

No era tanto «ser» como «parecer», pero sí. Sí que lo hacía. Jugaba con sus hermanas, hablaba como ellas, se movía como ellas e incluso hacía poses un tanto así, de forma inconsciente. Y debía hacerlo. Debía imitar y aprender.

Entonces puso el dedo pintado en los labios mientras miraba su uña en el espejo.

Y una de ellas preguntó:

—¿Qué tal te va en el cole? —y su madre se anticipaba.
—Mal. Es un vago. Este año igual de mal que el anterior. Suspende todo menos religión. El único de su clase que suspende todo —él abrió los ojos con miedo.
—Uy, pues parece listo. Qué raro, ¿no?
—Normal, no presta atención. Su padre dice que «es más vago que la chaqueta de un guardia». No atiende en clase, me dice el profesor, ni hace los deberes, ni va con los otros. Como el fútbol no le gusta…
—Hija, cuando salen así… yo los míos porque estoy encima, si no…
—Claro, tú tienes dos, pero cuatro es otra historia. No tengo tiempo. Ni ganas. Que si la tienda, que si los niños, que la casa… Además, él es así. En párvulos igual. Se iba a otra mesa solo y no quería nada con los demás.
—Pues es extraño. A todos los niños les encanta…
—A este no. Mírale, ya se va. Como has sacado el asunto del colegio…

Exacto. Oír hablar del colegio le dolía tanto como esas palabras: «vago», «raro», «extraño», «marica» o «especial».

En su casa, donde Marino pasó tantísimo tiempo sin estudiar a lo largo de su vida, podía recrearse en muchos asuntos. Por ejemplo, creando mundos alternativos donde todas las personas salían iguales de serie en una máquina. Los pintó en tamaño hormiga en una cartulina y, realmente, aquello parecía un hormiguero humano, con escaleras, centros sanitarios, colegios, piscinas… y discurrían por todas partes en fila india, como las hormigas.

También dedicaba tiempo a observar a su hermanito mayor. Lo que viene siendo un héroe: fuerte, valiente, listo… y poco recomendable como compañía para aprender.

Su querido Bro manejaba los cinco elementos con igual destreza que peligro suponían sus enseñanzas: el fuego, el agua, la madera, la tierra y el metal.

Debieran ver a aquel muchacho, tan diferente a él hacha en mano, con el lanzallamas casero, fabricando pólvora de azufre y dominando las aguas.

Las imitaciones del pequeño resultaron en que casi prende fuego a la casa, la asfixia con el humo de azufre o el ahogamiento en el río con rescate in extremis.

Su hermano tenía cómics de Superman, con destrucciones masivas, y él preciosos cuentos de hadas, con moraleja.

A Marino no le importaba ser marica, pero no quería insultos, así que probaba, de entre las cosas de héroes, las que estaban a su alcance. Descartaba lanzarse desde una roca porque no se veía pingüino; subir a los árboles, pues no se veía pantera; ni ciclista, futbolista u otra cosa que terminase en «ista», aparte de artista. En realidad, todo lo que requería de ese físico potente y esa mente sin miedos que los héroes derrochaban le producía temblores.

A veces le acompañaba a jugar a las vías del tren para explorar los efectos de su paso sobre algún objeto. Otra ocasión, petardos en mano, mientras corrían detrás de niñas que huían despavoridas, Marino seguía a su hermano hasta que, de pronto, ¡ñiiiiiic! ¡skrrrrrt!, un coche frenó a escasos centímetros de él. Conmocionado, tiró los petardos y se volvió a casa mientras su hermano se alejaba gritando:

¡JARRRLgggg, jajaaajjjj, no corráis! —aterrorizando a las nenas, y él pensaba
—Casi me pilla el coche, como a meme
—su hermana mayor.

A sus hermanas, el cole femenino les quedaba alejado e iban solas, cruzando la calzada, hasta que un 600 de SEAT no hizo suficiente ¡ñiiiiiic! y poco ¡skrrrrrt!. La lanzó por los aires partiéndole la pierna. Su mamá tampoco tenía tiempo para acompañarlas.

Pero en cuarto de EGB llegó Guillermo, primer y último amigo con pluma, por el poder de un profesor benefactor que se jugó la excomunión de colegios religiosos al promover esta amistad. Cogió a Guille y le acercó hasta Marino, en su habitual columna de autoexclusión en hora de recreo, diciendo:

—Hala, jugad juntos, que los dos sois igual de raritos.

Juntas. Sí. Juntas hacían una pareja de amistad adorable. Iban a ver los patos, reían, comían los bocadillos de paté que su madre preparaba… y Marino hacía lo imposible por decir:

—Qué ricos.

Solo duró un 4º de EGB, porque tuvo que quedarse en ese curso el siguiente año y a Guillermo le recomendaron buscar amigos nuevos y no volvió siquiera a saludarle.

Llegó la nueva «hornada» de niños, un poco más pequeños, y había aprendido cómo encontrar su hueco: solo había que buscar en la sección de raritos.

Así pasaba este niño los días de clase. En vacaciones le enviaban «de prestado» con sus tías y tíos, como la falsa moneda, sin que nadie hiciera intención de quedársela.

Con los primos no había mucho que hacer por diferencia de edad. Se metía en las cocinas de las tías a olisquear. Y todo lo miraba atentamente: cada recoveco y elemento de aquellas casas, indiscreto, cotilla, olerón.

En uno de sus viajes de niño prestado, se repartieron a Marino entre los «tíos americanos» y la tía de la juguetería, que hacía sus delicias.

Le entusiasmaba la cocina de su tía «americana», con trituradora en el fregadero y otras cosas que nunca había visto. A esa tía, que de americana tenía lo mismo que su madre de hindú, le iba mucho hacerse la fina con el coro. Su marido, cura sacrificado con apellido vasco de pura raza, tiraba más al piano. Bueno, era organista, pero en casa no tenían sitio para un órgano de catedral, con todos aquellos tubos.

La familia existía durante la comida. Luego, ¡puff!, solo olía al mismo azufre que las brujas de sus cuentos. Les observaba con atención y, aunque no entendía el inglés masticado con el que discutían entre sí y del cual solo salían para decirle «cómete eso» o «¿quieres más?», sabía que una persona siempre salía perdiendo: su tía. No le servía impostar la voz: no conseguía sincronizar su sintonía con aquel huraño escapado de un convento. Entonces ella hacía sniff con la nariz y volvía a la cocina, qué remedio, acompañada de un pequeño sobrino.

Los primos americanos pasaban del renacuajo y a su prima, por ser mujer, le asignaron quedarse en casa a su cuidado. Él, diez u once años; ella, veinte o veintiuno. Aunque a Marino le encantaba bañarse, esa no era su casa y le daba asco. Así que el fino olfato de ella la impulsó a bañarle.

—Ya verás, luego te voy a lavar la cabeza como nunca te la han lavado. Te dará impresión, porque mezclo agua fría, pero es muy bueno para el pelo.

Para Marino, acostumbrado a poner cerrojo, a sus excesivos rituales higiénicos y a resolver malamente, la presencia de su prima se le antojaba… digamos el área 52. Y esta vez nadie percibió su rechazo interno. Nadie dijo: «A este niño le pasa algo».

Pero… ¿sería otro engaño como el de su hermano?
¿Otro juego de los que se hacen quitando la ropa?
¿Las chicas también jugaban a eso?

La pequeña esperanza de que, siendo una chica, quizá fuese diferente no impidió que, nada más entrar en el cuarto de baño, empezase a desconectar, a esperar y obedecer todos sus comandos.

Y fue diferente. Le bañó, le secó y luego le lavó el pelo. La desconexión no le dejó percibir ni el agua helada. Solo quedó el recuerdo de recibir la muda limpia, de vestirse con el calor de una ayuda innecesaria o el peinado suave que se da a un bebé.


Aunque no pudiese acudir a ello cuando fuese necesario,
aunque la garra del temor y la anticipación lo atenazasen para siempre,
en la tranquilidad de su aislamiento, en su solitaria e incesante introspección nunca olvidaría aquellos mimos, aquel atisbo de confianza.

miércoles, 1 de abril de 2026

Darlo todo con agrado

“En lo más oscuro del invierno aprendí por fin que dentro de mí hay un verano invencible.”Albert Camus

Amiga, te dedico estas palabras tuyas.

Espero que te remuevan y te sientas en ellas y que, en estos 13 años, hayas encontrado la magia entre los ángeles de la guarda y la suerte tenga llena su cesta.

Os quiero a los dos, siempre desde un querer lejano, casi pretencioso por aspirar a más de lo que me es debido.

17-ENERO-2013

Hace tiempo que no escudriño en los rincones de mi alma… eso, si es que tengo alma. Siento que ya no puedo sostener los mundos felices que he creado para otros. Todo me pesa, y no porque me arrepienta de nada, sino porque creí que sería capaz de más y ahora descubro que no… que no tanto.

No me autoflagelo ni me castigo emocionalmente, pero necesito desahogarme. Necesito gritar que no puedo más. Y, al mismo tiempo, me doy cuenta de que, de algún modo, sí voy pudiendo, a pesar del dolor que dejan ciertas sacudidas; sobre todo cuando vienen de quien menos deseas que vengan.

Entonces comprendo que se me escapan muchas cosas, que por más que lo intente, apenas puedo hacer nada con determinadas personas. Y muchas veces ni siquiera es por lo que me duele a mí, sino por cómo todo termina salpicando a quienes quiero.

Un día escribí sobre lo útil que era tener una burbuja en la que evadirse, pero hay momentos en que la burbuja se pincha: entra lo malo y se escapa lo poco bueno que había.

He querido abarcar más de lo que puedo. He intentado mantener al margen de los problemas a quien, cómodamente, se aprovechó de ello. Y luego descubro que eso hace que muchas cosas se vuelvan contra mí: contra lo que me gustaría sentir y contra lo que, al final, termino sintiendo.

Mi lado oscuro me susurra y me desanima; mi lado luminoso se rebela; y el lado neutro me apaga. A veces me gustaría permanecer apagada durante mucho tiempo, despertar en otra época donde, pasara lo que pasara, nada dependiera de mí.

No me sirve empezar de cero —cometería los mismos errores—, pero no me importaría seguir adelante de otra manera.

Sé que, con todo y a pesar de todo, soy una privilegiada. Quizá sea casi un pecado quejarme, pero me quejo de lo anodino, de lo neutro, de no poder rebelarme contra ciertas personas y sus actos, por distintos motivos. Y eso repercute en mi ánimo, en la forma en que afronto las cosas.

Pero no puedo —ni debo— culpar a nadie. Todo es cosa mía. Este es mi grito ahogado, y no quiero que me anule por completo.

No tengo demasiadas ganas de escribir ni de hablar, porque temo transmitir mis miedos, mi desgana, mi desidia, mi hartura… Mis ánimos me suenan huecos, vacíos, falsos, y sé que no es así, que yo no soy así. Lo sé porque, aunque a veces mienta, nunca lo he hecho en eso: nunca he sido deshonesta con mis emociones. Me parece algo demasiado serio. Por eso, cuando no quiero decir algo, prefiero callar; y cuando lo digo, es porque lo siento de verdad.

Me daré un tiempo. Un tiempo para que, en el boceto de mi vida y en la de quienes la habitan, haya la menor cantidad posible de grises; para que, si tenemos que dar rodeos en lugar de avanzar en línea recta hacia lo que deseamos, no acabemos mareados, sino aprendiendo a disfrutar del paisaje.

Quizá, porque no quiero nada para mí, he querido demasiado para otros. Y hay veces en que la magia no aparece, en que los ángeles de la guarda descansan y la suerte se ha ido de pesca a otros lugares.

martes, 10 de marzo de 2026

Carta a Demetrio

El zorro ha vuelto a matar a todas las gallinas.

El zorro, no uno específico. La especie entera. No entiendo por qué no toma una sola y se la lleva. Al parecer, el alboroto, el instinto de supervivencia de las pobres gallinitas, provoca el instinto predador hasta que todo se queda tranquilo, estilo muerte.

Si alguna de esas plumíferas, alguna gallina sin instinto, se hubiera quedado inmóvil en una esquina, quizá seguiría viva.

No se puede culpar al animal; todos comprendemos que, como el lobo —especie—, atiende a un instinto.

Tu hijo no quiso matar a un zorro y dejar su cadáver por los alrededores para advertir al siguiente. Pero durante algún tiempo repartió esos huevos tan naturales con tus hijas. Pusiste difícil atenderlas: allá, lejos de la casa, apartado el corral, al otro lado del regato, junto al huerto.

Cuánto trabajo llevan esas labores. Pero tú no dabas trabajo que hacer si podías encargarte solo. Preferías ir solo a tapar las gallinas, a cuidar el huerto… y nosotros a disfrutarlo.

Aprovechábamos tu ausencia para robarte alguna lechuga y, de algún modo, Remeterio —como te decía Toñito—, siempre nos pillabas. Vigilando a lo lejos, observando detalles a ojo de halcón, conocedor del zorro y sus comportamientos zorriles.

Tus cosas… una Bultaco, un casco con una banda blanca en el centro… hasta que ella dijo que era un traste y hubo que quitarla. Pero la Beretta, esa escopeta que nadie logró quitarte, siguió detrás de tu sillón favorito en tu ausencia, hasta que la ley quiso reclamarla.

La casa ya se quejaba de soledades, de la repentina ausencia de Lucía y, cuando también tuviste que abandonarla, no volvió a ser la de antes.

Los pasos de tu hijo también eran huecos, arrastrados por una vida de servicio. Las noches perdieron el calor de aquellos ecos de familia reunida, con los turnos para ir al baño y aquellos chorros cortados en medio de la noche, a impulsos, que yo, pájaro de mal agüero, predije como cáncer de próstata. El inicio del fin.

Le dije a tu hija:

—Tu padre está sufriendo mucho dolor y no dice nada. ¿Has visto cómo suda?
—Sí. Solo tú y yo nos hemos fijado.

Tus cosas y tus métodos. La bota de vino por compañía del pastor que fuiste. Dirigiste el rebaño del señorito mientras Lucía hacía lo que podía con vuestro rebaño. La cafetera, ese campo de batalla entre nosotros a la hora de usarla: por cambiar el filtro por uno de papel, por la cantidad de café y agua, por esperar a la última gota… cuánto mimo y manía en tus cosas.

Qué humildes viviendas, qué lujos de paisajes. Un pie fuera de casa y el campo era vuestro jardín; por vecinos, los cantos rodados, las amapolas, los robles, las doloncillas, las charcas…

¡Cómo no te iba a parecer duro el suelo de asfalto de la ciudad después de una vida pisando tierra!

Casi lo mismo que un piso oscuro, de un edificio cualquiera, en mi calle Arapiles.

Casi el mismo matarile que le disteis a mi esposa, en vuestra casa de la ciudad, con solo 7 años. Con hermanas muy mayores. Sola. Sumando todas las carencias: las del afecto, las del alimento y los demás cuidados que se entregan con gusto a los hijos que se aman. Matarile suena hiperbólico considerando que se sobrevive no sin consecuencias al abandono y la desnutrición. Pero no siempre.

¿Quién dijo que fueseis santos? Ninguna lo somos.

Tengo mucho tiempo que no te veía”. Así dice nuestra vecina, de República Dominicana, para enmarcar las ausencias.

Aquella noche sonó el teléfono fuera de hora.
La noche en que falleciste.

Mi esposa lo atendió. Lloró mucho tu pérdida, sin otro remedio que el abrazo de nuestra hija.

Yo no pude reaccionar y ella nunca lo olvidará.
No tengo derecho a ser comprendido porque mi instinto sea bloquearme. Y el aspecto será el de un animal insensible a tu pérdida.

Mi instinto, o la falta de ese instinto, me lleva a llorar por las esquinas sin hacer ruido. Como esa gallina imaginaria. Nadie me vio caer de pena sobre las duras escaleras del cementerio cuando enterraron a tu esposa.

En mi egocéntrico modo de tener cariño, te convierto un poco en mi persona; apartado y feliz con tus ovejas, aislando el gallinero de las casas, cambiándote en tu pequeño cuarto de caldera y empeñado en usar la misma ropa, las mismas botas.

No sé cuánto tiempo tendré sin verte pero, aunque sea infinito —si no le damos crédito a la iglesia—, sí quiero que sepas que hubo un amor inquebrantable en esta cáscara casi vacía. Si algún día os encontráis, díselo a tu hija.

Y díselo así:

Que tuve amor por ti, por tu bigote o tus pantalones bajo el sobaco. Por reñirme sin hacerme daño. Por enfadarte sin rencor. Por tus cosas aunque fuesen pocas: por tus modos y esa resistencia sobrenatural al dolor.

Te ganaste mi afecto imperfecto y...

nos dejaste sin tu calor.

domingo, 1 de febrero de 2026

Marino... ¿Encontró el amor?

"Tenga paciencia con todo lo que no está resuelto en su corazón, y trate de amar las preguntas." Rainer Maria Rilke, Cartas a un joven poeta

Durante los cinco años siguientes, nuestro protagonista, además de repetir curso, fue elegido por ese motivo para una amistad doble con chavales de su clase. Chocaba con ellos en muchos aspectos, pero estaban de acuerdo en buscar amigas. Se apoyaban en él para iniciar conversación con ellas; se quedaban callados, sin habla.

En esos años tuvo diversas oportunidades para dar sus primeros pasos en el amor. Todo fracasos, como en los estudios, repitiendo tres veces más. Le proponían planes y ponía pegas a todos. Echó a perder incluso su amor platónico por María Jesús cuando ella lo supo y le aceptó. Los amigos le presentaban chicos y chicas pero él no quería con nadie.

Así llegaron a los veinte años. Sin saber bien cómo, ellos empezaron relaciones con dos chicas. Estela era amiga de Belén, y Belén, la novia de uno de ellos, Luis Carlos. El otro, Alonso, y su pareja —una chica que conocieron en otro grupo— preferían salir solos.

Era un escenario que Marino nunca pudo imaginar, siendo ellos, en su opinión, muy “cortados”. Pero él, no siendo vergonzoso, no tenía novia ni amigo: solo le quedaban Belén, Luis Carlos y Estela. Aún no se había dado cuenta de que era él quien tenía problemas; a tantos niveles y con tal profundidad que no podía verlos.

Un día, mientras estaban en un pub, Estela le preguntó:

Miraron a Luis Carlos y Belén, que se pasaban el rato como queriéndose. Para Marino eso era muy extraño. Los analizaba y no entendía. Parecían jugar: Luis la reñía por mirar a uno que pasaba, bastante guapo y alto, con buen tipo. Belén se reía, él la pellizcaba y hacía fuerza para producir dolor; ella chillaba; se enfadaban, se contentaban y se besuqueaban, o… era Luis quien miraba a alguna y entonces ella repetía la tontería.

Sabían que Marino los miraba casi sin pestañear y, cuando iban a regañarle por eso, Estela se anticipaba:

Sabía que Estela lo miraba en plan “cosa”. Pensó que esa muletilla equivaldría al verbo “pitufar”, versión sustantivos y adjetivos. Algo le decía que ella quería más, pero con cada respuesta suya él quería menos.

Aquel día toda la conversación fue de un estilo así. Él hablaba, ella oía. Iba a decir “como quien se para ante el mar y escucha el romper de las olas”, pero esto era más bien como quien oye el ruido de un coche que pasa cerca.

Después, cuando las chicas se iban, su amigo trataba de alcahuetear para que Estela y él salieran juntos, para cuando a ellos les apeteciese estar solos, como Alonso. Trataba de convencerle de lo buena chica que era.

Otro día, nada más encontrarse con ellos tres —pues quedaban aparte— dijeron que iban a casa de Estela. Sus padres habían ido al pueblo aquel fin de semana. Por dentro sintió que eso tenía mala pinta, pero no quiso echar agua a la fiesta: tan ilusionados estaban. Por algún motivo preferían engañarle, como el resto de personas que lo conocían, para evitar ese “no” que llevaba siempre en la lengua, listo para escupir.

Era una casa de planta baja en un barrio alto de altura y al revés de lo demás. Un barrio súper obrero. Una casita de aspecto humilde. Entraron y, directamente, desaparecieron los novios por una puerta. Ya conocían el lugar. Así pues, se quedó con ella en una especie de pequeño patio interior, con algunas ventanas de las habitaciones. El atardecer y la agradable temperatura del verano invitaban a casi todo.

Estela se le acercó simpática, pero algo más que no supo intuir. Según la IA, la palabra sería “juguetona”.

Estaban en pie. Ella preguntó:

Odiaba repetirse. La miró una vez más: el pelo negro, liso, sobre los hombros; los pómulos marcados, los coloretes, dientes, ceja… el cuerpo lo tenía ya más que controlado. Los hombros parecían subir de más, pero en conjunto le gustaba.

Estaba seguro de que, distraído con las manzanas, hubo gestos que no percibió, sugerencias en la voz, en sus modos, en la inclinación de su cabeza. Recordó que él inclinaba así la cabeza cuando se le metía agua dentro del oído al bucear. Esa confusión le hacía sentirse dentro de un traje de buzo en ocasiones. De esos buzos antiguos con tuberías y pesado casco de 24 kilos, con gancho en lo más alto.

Estela se acercó más.

Y le tomó por la cintura con cuidado para pegarse a él. Entonces la rechazó, nervioso perdido, su cuerpo tenso y revuelto diciendo lo contrario, el corazón palpitando, recordando la conversación del pub, a la vez que cierta flojera recorría su cuerpo.

Él compuso la escena. Imaginó una habitación con una cama con polvo. Imaginó olores, intentando omitirlo todo para cruzar un umbral tan desconocido como estudiado en fantasías.

Su cuerpo quería y se oponía a esas palabras:

“Señoría, objeción de la parte interesada: la moción de abstinencia de la mente no cuenta con consentimiento de los órganos involucrados.”

Y se lo perdió. La sentencia fue:

“Se condena a la mente del acusado a sesiones de conciliación con el cuerpo, incluyendo abrazos, sonrisas y, en caso de necesidad, besos guiados por el comité de deseos.”

No es preciso explicar que el acusado se dio a la fuga y, por ende, quedó más solo que un eco atrapado en paredes vacías; repasando los diálogos una y otra vez, encerrado en sus propios mecanismos, aferrado a ideas que lo consumían mientras el mundo seguía sin él, con el vacío que siempre lo perseguía apretándole por dentro, cada vez más cerca, pesado e inevitable.

A pesar de sus veinte años, presentía que jamás lo iba a conseguir. Sin embargo, aquel día, aprendió que no podía seguir siendo así. Con la siguiente chica lo intentaría de verdad y debería dejar que ella decidiera sobre aquello tan importante, en modo y orden de su elección, con aceptación, con humildad, reconociéndose perdedor de la ronda y procurando esperar al destino sin anticiparlo.


¿Qué consigues cuando te enamoras?

Una chica con un alfiler que pincha tu burbuja
Eso es lo que recibes por todos tus problemas
Nunca volveré a enamorarme
Nunca volveré a enamorarme

¿Qué consigues al besar a una chica?
Suficientes gérmenes para que te dé neumonía
Y después de eso, nunca volverá a llamarte
Nunca volveré a enamorarme
Nunca volveré a enamorarme

No me digas de qué va todo esto
Porque yo estuve allí y me alegro de haber salido
Fuera de esas cadenas, esas cadenas que te atan
Por eso estoy aquí para recordártelo

¿Qué consigues cuando te enamoras?
Suficientes lágrimas para llenar un océano
Eso es lo que recibes por tu devoción
Nunca volveré a enamorarme
Nunca volveré a enamorarme

No me digas de qué va todo esto
Porque yo estuve allí y me alegro de haber salido
Fuera de esas cadenas, esas cadenas que te atan
Por eso estoy aquí para recordártelo
Vengo a recordártelo, vengo a recordártelo
¡Ah! Vengo a recordártelo

¿Qué consigues cuando te enamoras?
Solo mentiras, dolor y tristeza
Al menos hasta mañana
Nunca volveré a enamorarme
Nunca volveré a enamorarme


viernes, 23 de enero de 2026

Mermelada de oro

“Amar es desnudarse de los nombres.”
Octavio Paz, Piedra de sol.

Mermelada de oro, acto de amor:

dos se meten en el mismo meteoro,
se hacen costumbre en la costura del sí,
y el sol, celoso, se queda sin palabra
mientras fermenta la mañana.

Yo, en medio, pongo un lugar:
lo mido, lo marco, lo aseguro,
lo coso con líneas torcidas.

Domingolandia:
una tierra de “sí, pero no”,
con estatuas cupidas, totalísimas,
como si el deseo tuviera uniforme.

Cree en el templo.

El mundo se sienta —mansito—
y no se te cae la nube encima.
Escucha el círculo:
da vueltas con disciplina.
Mira el triángulo:
te habla con tres bocas a la vez.
Todo se mezcla en un filo suave.

Y mírame esto:
la sensación ya no aclara,
no “dice”, no “explica”:
tiembla.
Y llora hacia adentro.
Y se hunde, gramando,
hasta el núcleo.

Traigo nuestra albura en cuartitos:
un cuadrado, una cuadra, un cuadro.
Y el mismo amor vuelve a ponerse el mismo traje,
y tú lo ves
como si fuera la primera vez.

No te puedo “desplegar” en otro sitio
sin que se me desordene el pozo.
Hago hélices con lo poco que tengo.
Cuento “cuántos” de ti caben en mí…
y siempre me da demasiados.

Bailes, fiestas inmortales:
yo no soy capaz de roer el sol
y luego llevarlo en un papel
sin que se me rompa la boca del tiempo.
Espinas por todas partes,
en el término, en el borde,
en cada día que se me clava.

Me gustaría decir:
“lo mismo, lo mismo”,
como si la cosa fuera simple,
como si la manzana obedeciera.
Pero Una no anda “en lo llano”:
anda en lo lando,
donde el suelo es palabra inventada.

A ratos el tiempo hace “quechero”:
suena raro,
y de pronto el pasado vuelve a empujar.
Todo, todo pasto:
y el pastor también era pasto.
Y yo, ¿qué soy?
Lo intento con vidrio pintado,
con alas hechas de papelitos.

Los nombres no nombran.
Los nombres se atascan.
Lo que entra se vuelve estatua por dentro.

Y entonces:
se sienta la curva,
resbala en mi lado,
y me supera la mente.
Me supera y me deja una disfranza:
una distancia con disfraz
que no sé quitarme.

Se vuelve confianza torcida:
un crónico, un incorrecto,
una máquina que opera
entre otros cuerpos.

Y sale la lista del cuerpo:

Arrastra.
Amasa.
Dificulta.
Llora.
Orina.
Sabe a sal.
Se cansa.
Se astilla.
Golea.
Cabecea contra un borde sin borde.

Y vuelve:
vuelve, vuelve,
poco a poco…

Se va desvaneciendo,
como si la luz se cansara,
como si el color dijera:
“hoy no”.
Y queda marchito.
Y aun así… queda.

viernes, 9 de enero de 2026

Las últimas horas de Merry Chainy

El Shenandoah no llega como un río joven frente a la casa de Merry. Allí, donde Virginia se vuelve más occidental, el río adquiría obligaciones de adulto empujando con paciencia, lijando piedras, transportando hojas viejas y juncos enfermos, sin estruendos. Aquella tarde, el agua repartía la luz en cartas  doradas desde su baraja superficial y por debajo... nunca se sabría sin sumergirse en ella. Desde la orilla más cercana, la casa se diría una caja de música por descubrir. Si llegabas a ella, pisabas el ñiqui, ñiqui de porche y reverberabas el criegg en la puerta, siempre encontrabas o la voluptuosidad aflautada de Dolly Parton, o los dúos de mamá Naomi Judd e hija Winona cantándole al tractor John Deere. Quizá entre ventana y ventana se colase algún Denver pidiendo volver a su tierra, al lugar donde pertenece.

Merry Chainy se negaba a mirar el río con lágrima de despedida. Últimamente lo observaba con la atención tranquila de quien ya agotó las últimas preguntas, para quien ya sobran las explicaciones.

La mecedora protestó al recibir su peso. Allí cada objeto hablaba sin tapujos. Ella se burló de ella, concéntricas pues, traduciendo el habitual crujido en la clásica broma entre ambas. Tenía sesenta años; en las manos, los nudillos marcados; en los hombros, una forma de cansancio mecida más hacia fin de jornada que hacia cualquier otra cosa.

Dentro, la radio soltaba otra canción vieja de una emisora local. Muy bajita. Nunca la subía demasiado al atardecer; decía que si la música te grita, te tachunda o te bumba-retumba, acabas igual de vacío que sus repetitivos tambores. Y ella no estaba dispuesta a perderse el sonido del viento, del pico cantor o el run run del coche que perteneció a Philip Morgan, a lo lejos, ahora en manos de su hijo.

En la mesita del porche había dos cosas: una taza con café aún caliente y un sobre con el nombre de Sophie escrito despacio, letra fluida a lo Mary Shelley, cada curva con una pizca de melancolía, cada trazo con la fortaleza que siempre la acompañó.

Su hija Sophie vivía en Maine desde hacía años. Al principio habían sido los estudios: un máster a medias con un trabajo, luego el otro máster, después esa suma de días y micro dependencias que tratan de engrilletarte al lugar. La distancia solo silenció al padre, locuaz en intenciones pero con una lengua poco o nada parlante. Merry, al contrario, llamaba los domingos por la tarde, siempre a la misma hora. Y si no podía contestar, o tardaba más de lo común, entonces dejaba un mensaje que empezaba igual:

—Soy yo. Nada, estoy bien pero quería saber cómo estás.

Luego venía cualquier cosa: una nueva receta vegana, una ardilla que frecuentaba el cubo de basura, un comentario sobre el último enredo presidencial. Y al final, una propinilla materna:

—Te quiero. Llámame cuando puedas y comentamos. Besosss.

Ella guardaba aquellos audios como otros guardan cartas.

En Maine, esa misma semana, Sophie había apagado el portátil con rabia. Llevaba días intentando escribir sin que le temblara la garganta. Sarah había entrado en la cocina con un jersey viejo y el pelo alborotado, y le había besado la nuca con la naturalidad de lo cotidiano.

—¿Otra vez nada? —preguntó sin reproche.

Ella negó, apoyando la frente en la encimera.

—Me da miedo… fijarla. Fijarla en palabras.

Sarah la rodeó por detrás. Ella respingó rápido, como animal herido, pero aún así se dejó. Porque su pareja hacía del contacto un punto de referencia, un anclaje y válvula para aliviar la presión:

—No la fijas —dijo ella—, por lo que leo... permites que fluya contigo.

Ella se giró y la besó. Primero con urgencia y gratitud estilo “no me sueltes ahora”. Y Sarah respondió sin prisa, como si supiera exactamente dónde apretar y dónde aflojar para que volviera a respirar.

A veces el amor es eso: una persona que te devuelve al propio cuerpo.

Dos días después sonó el teléfono. Sophie vio “mami” y sus labios se arquearon hacia arriba antes de contestar, como si pudiera adelantarse al alivio.

—Soy yo —dijo Merry al otro lado—. Nada, quería saber cómo estás.

Ella sonrió. Sentía que aún podía hacerlo sin más.

Hablaron de nada importante, cuando todo lo es. De un vecino que iba a vender sus herramientas. De que el río venía alto. De que estaba comiendo bien (siendo mal la mentira piadosa). De que Sarah había conseguido entradas para un concierto en Portland. Merry preguntó por ella con calidez, nada de formalidad. La había querido desde la primera visita, cuando Sarah, sin conocerla, se puso a lavar platos y a desenvolverse en la casa como si la conociera mejor que su propia hija.

—Esa chica tiene buenas manos—comentó aquella vez—. Se nota.

Al despedirse, Merry respiró hondo. La hija notó un segundo raro, una pausa más larga de lo normal.

—Qué te pasa, te noto algo cansada mami.—la hija única parece extender su infancia desde pequeñas palabras, trucos entre madres e hijos únicos. Madres únicas de hijos diversos. Lo mismo da.

—Un poco. Pero qué quieres, ya voy para una edad...

Ella apretó el móvil contra la oreja.

—Voy este mes. Hago lo posible por ir, ¿vale?.

—Nah, no te preocupes por mí —dijo Merry—. Ven si puedes. Y si no, me mandas alguna fotuca, algún vídeo vuestro, que yo me hago la valiente si os veo juntas y enamorás.

Ella cerró los ojos. Su pareja, que escuchaba desde el sofá, le hizo un gesto: vamos.

La noche siguiente, el sobre ya estaba escrito. Merry lo miró un rato sin abrirlo. Luego entró a la casa, caminó hasta la chimenea y se quedó frente al óleo.

Era pequeño. Colores tensos. Una energía rara, la conversación entre cervatillo y lobo a punto de saltar. Ella lo había comprado en una liquidación por cinco dólares porque el cuadro tenía una cosa que ella reconocía: un jolgorio de rayas y colores, un absurdo con un sentido que transcendía los propios. Puede que tan solo pensando en que su hija lo entendería mejor. Puede que solo por hacer un favor al hijo del vecino tras fallecer su padre.

Pasó un dedo por el marco, no por el lienzo. Con ese cuidado maternal que advierte de cuán poco cuesta romper algo.

En la mesa, empezó la carta.

Mi queridísima Sophie:

Si estás leyendo esto, significa que he hecho una de las mías: irme sin avisar del todo.

No te voy a pedir que seas fuerte ni que olvides. A mí me dijeron esas palabras como si fueran órdenes y ya no acepto órdenes. Te pido otra cosa: que comas. Que duermas. Que dejes que te abracen. Que no conviertas el amor en una prueba ni en un castigo que tú sola te impones.

Anda que... recuerdo la primera vez que te llevé a Maine. Eras una nena y mirabas el mar como si le tuvieras miedo, y no solo por lo fría que estaba el agua. Yo fingía valor, pero no por la extensión o las olas o la temperatura sino por su profundidad. Luego encogiste las piernas y rompiste a llorar con el cuajo que siempre tuviste. Sin embargo, la arena fue tu amiga, un juguete y una compulsión más de las tuyas cuando hubo que quitar hasta el último grano del último rincón de tu piel.

Quiero que recuerdes eso cuando el mundo se ponga pequeño. Que sepas que con amor, sea de tu madre, sea de tu Sarah, todo se supera. Incluso si todo lo pierdes, ¡siempre podrás sacar fuera ese cuajo tuyo!

Te dejo la casa. Tiene ruidos, ha visto muchas estaciones, ha tocado y quemado muchos palos su chimenea y tirará bien si la cuidas. Como cada persona de la que cuidamos, a veces sin darnos cuenta.

Te dejo mis libros. Bueno, y tus libros abandonados por falta de sitio. Siempre los guardé para tus visitas, como los juguetes pequeños y tus dibujos. Me hicieron compañía cuando no estabas y te añoraba. Y te dejo el cuadro de la sala, a ver si tú descifras su jeroglífico y si te carga, o te "ralla", como dicen ahora, no lo eches al fuego, que te conozco. Que óleo suena a combustible del bueno, y no. Piensa que es una buena obra por un buen vecino. Hay que cuidar de quienes nos rodean para no vernos solos el día de mañana. Tu madre era filósofa, anda la leche.

Y quiero que cuides a Sarah. Ya sabes que me doy cuenta de todo, no como tu padre, que podía verte rota y llorando que se quedaba más tieso que el palo de la escoba.

La vi mirarte, cómo te miraba, cosa que en tu "papucho" jamás sentí, dicho sea de paso. Porque no esté con nosotras no le vamos a hacer un altar, ni me lo hagáis a mi, por Dios. Y supe en seguida que ella te estaba queriendo bien. El amor bueno endereza y te hace mejor y mayor por dentro. A esta poeta mayor le queda poca cuerda. Algo más que las repeticiones se me pegaron de nuestro querido "papi".

Cuando te falte aire, ven al porche. Siéntate donde yo me sentaba. No buscándome con tristeza sino con la alegría de aprender a encontrarte.

Te quiero.

Mamá.

Sophie llegó desde Maine con el coche lleno de otros libros y ropa perfectamente enrollada—como si las capas de cebolla que cubrían a su padre la pudieran proteger a ella— y con Sarah al lado, conduciendo cuando Sophie se quedaba muda. No se resistieron a escuchar a John Denver pidiéndole al camino que las llevase a casa.

Pasaron por New Hampshire, Massachusetts, Connecticut, Nueva York, Nueva Jersey, Pennsylvania y Maryland. Estados, estaciones y nubes. Al final, el Shenandoah apareció como una línea de plata antigua entre árboles.

La casa olía a madera cansada y a suavizante. Ella dejó las llaves encima de la mesa y se quedó parada en el centro del salón, sin saber qué hacer con las manos. Su pareja no dijo nada; fue a ella, le apoyó la frente en la sien y se quedaron así. Un minuto. Dos. Hasta que volvió al cuerpo.

—Estoy aquí —susurró Sarah.

Encontraron la carta donde Merry la dejó. Visible, sin teatro. Ella la leyó en voz alta al principio, y a mitad se le quebró la voz. Sarah le sostuvo el papel con una mano, y con la otra le acarició el hombro, lento, en un gesto de compañía.

Cuando terminó solo hubo silencio. Solo la respiración de las dos en una casa que ya no tenía a Merry y, aun así, seguía gritando su manera de ordenar las cosas.

Más tarde, Sarah se quedó mirando el óleo. De lejos, primero. Luego se acercó tanto que ella se extrañó.

—¿Qué? —preguntó Sophie, con ojos tristes.

Tardó en contestar. Ese silencio suyo era el de quien está comparando, calculando, presintiendo.

—Mira esto—dijo al fin—, la forma de resolver el hombro. Y esta tensión aquí… No es “bonito”. Es… seguro.

Ella resopló, medio riendo, sin ganas, medio llorando.

—Es un cuadro de cinco dólares. Es un favor vecinal. No muy corriente en mi madre.

Sarah sacó el móvil, hizo una foto sin flash, amplió un detalle.

—No sé qué es —dijo—, pero no es cualquier cosa. Y este marco… Sophie, esto está pintado a mano.

No dijeron “Picasso” en voz alta al principio. Era una palabra demasiado grande para una casa tan chica.

Pero al día siguiente ella hizo lo que siempre hacía cuando algo le importaba: no se emocionó; trabajó. Llamó a un colega. Escribió correos. Pidió prudencia. Pidió citas.

Los días se llenaron de trámites y de una tensión rara, como si el duelo hubiera encontrado un segundo carril: además de perderla, ahora esto.

La confirmación llegó sin música.

Auténtico.

La cifra no se dijo de golpe. Se dijo en partes, con pausas e incomodidad. Ella miró el cuadro como se mira a un desconocido que, por algún motivo, te acaba de salvar.

No fue felicidad. Fue otra cosa: una sensación seca y luminosa de futuro.

—Lo sabía —murmuró ella, y no hablaba del pintor. Hablaba de Merry.

Porque Merry siempre había hecho eso: dejar algo listo sin que se notara. Un billete doblado en un libro. Un ingreso en su cuenta si su hija echaba un quejido en la oreja de su "mami". Un nombre de médico en un papelito. Una vela olorosa encendida antes de que tú entraras.

Con el tiempo, ella y su pareja decidieron no venderlo de la manera más rápida. Lo hicieron bien. Y lo que vino después fue dinero pero también con decisiones, abogados, impuestos, papeles. La vida mostrando su afilada dentadura.

Y, aun así, empezó a escribir.

No en Maine sino allí, frente al Shenandoah, en la mesa donde Merry había escrito la carta. La otra le preparaba café, le ponía una manta en las piernas, le dejaba espacio cuando ella se enfadaba con una frase.

Por las noches, abría el móvil y escuchaba audios antiguos de su madre. Ese “Nada, estoy bien pero quería saber cómo estás.” se le metió en la sangre y a veces era bálsamo y  relax y otras cristalizaba clavándose en las entrañas.

Un fin de semana subieron a Maine para cerrar asuntos del trabajo de ella y pasaron por Bangor. Ella vio la casa victoriana roja detrás de la verja de un tal Stephen King y pensó, con una claridad casi cómica, que escribir siempre ha sido esto: una mesa, una vida apretada, y alguien —una amiga, una madre, una esposa, una amante— que te empuja a seguir. O unas cuantas sustancias a falta de todo eso o precisamente por todo ello.

Volvieron a la casa del río. Allí, el aire olía a leña y a canela del obrador. Acompañada de cruasanes y rollos de canela, escribió capítulos enteros sin llorar, y luego lloró por fin, sin plantear batallas.

Una tarde, ella encontró a la otra en el porche, hablando sola.

—¿Qué haces? —preguntó— ¿Se te ha ido la chaveta, mi niña? —y continuó jocosa—Otro motivo más para quererte. Cuerda al ciento por ciento vales un poco menos.

Ella sonrió, con los ojos rojos.

—Le cuento el día. Como siempre.

Sintió que se había salido de una curva por hacer una bobada pero se sentó a su lado y le entrelazó los dedos.

—Cariño, entonces cuéntamelo también a mí.

Ella apoyó la cabeza en el hombro de Sarah. El río seguía trabajando ahí abajo. Con paciencia, alisando las piedras, interminables las hojas muertas y débiles los juncos.

Por momentos, la distancia entre Maine y Virginia Occidental dejó de ser un trazo en el mapa. Fue solo lo mismo de siempre: caminos, tiempo... la vida en movimiento.

—Mi madre estaría haciendo un chiste horrible ahora mismo,  de esos que mi padre repetía como un loro —dijo ella.

—Cuéntamelo—pidió Sarah—. Hazlo por ellos dos. O por vosotros tres. Podré soportarlo.

Lo hizo. Y se rieron de verdad, algo que su padre tanto deseaba: ver reír a los demás y reír sin haber entendido nada. Igual que quería llorar cuando no acertaba a sentir el dolor en los demás. Pero esto era risa, ese tipo de risa que pasa de valores vitales y moralinas, que no necesita ponerse de rodillas ante ellos y le basta ser natural.

Y así, sin discursos, Merry siguió presente: en el porche, en el modo de doblar una carta, en el amor que ella eligió, en la forma de volver a respirar.



lunes, 10 de noviembre de 2025

Un médico con sentimientos

“El buen médico trata la enfermedad; el gran médico trata al paciente que tiene la enfermedad.”William Osler

Que sea una persona.
Solo eso.
Que sienta, de alguna forma, mi angustia.
Que sepa escucharme de principio a fin.
Que no juzgue y tenga tiempo.

Quiero un psiquiatra que no se burle de mí,
que su recetario dispense píldoras de amor,
y, aunque sea un hombre,
me trate con la paciencia y el cariño
que, sin pudor,
se dedica a cualquier niño.

Y una psicóloga que sepa leer,
con interés por conocer lo sucedido.
Que no dibuje en círculos las veces que me repito,
sino que averigüe por qué lo hago,
si para remover el dolor habrá un motivo.
No quiero sus pañuelos de papel,
sino que tome mis sueños en él,
pues mis lágrimas necesitan ser libres
para mojar estas manos y mi rostro:
acostumbradas ellas a cobijar y él,
a ser su amigo.

No quiero que la enfermera diga “desnúdate”,
llegando allí tal como soy, transparente tras los cristales
y en medio del frío.
No quiero subir de espaldas a una báscula
que ignora el peso de tantos años.
Prefiero desafiarla consciente:
de una vez, en público, de frente.
Y que escuchen al corazón sin herramientas,
pues lo que dice no atraviesa el frío de la campana
ni, de la manguera, llegarán a los oídos sus tormentas.

No quiero sentir cómo las demás personas dudan
ni ser acusado de inventar mundos alternativos.

Sobre todo, no quiero esto.
Por favor.
La duda,
no.

Dudar lo que viví me arrastra a la locura, al vacío y a su fondo más negro.
No creer en mis palabras es separar en trozos esta alma ya abatida.

Quiero médicos con sentimientos
y medicina para mis lamentos,
pero una que sea menos amarga,
y me permita contar
cuanto sea preciso escuchar.
Sin juicios, aceptando mis errores,
para que comprenda yo los suyos,
pues, entendiendo mi hipocondría,
su desidia yo entendería.

Que observen la piel enferma con quien la porta,
que la alumbren con conocimientos
y le hagan fotos delatoras,
y sepan ponerle nombre
a esto tan rojo,
a aquello tan blanco.
Que aparten castillos de fibromas
y sanen, de los eccemas, toda desazón.

No pongan en duda el liquen, la anorexia o el autismo.
Ni duden de la celiaquía, la psoriasis o el hipotiroidismo.
Mi cuerpo lo grita y tú
no puedes taparle la boca
si tienes sentimientos, si tú
también eres persona.

Mis lágrimas hace tiempo que migraron
entre las penas por los años,
siendo cada vez menos y
cada día más lejanos.

Faltan partes en mi cuerpo
bajo las señales de un vientre abierto,
pero en mi mente, cubierta de calcio,
las cicatrices dicen:
golpe seco,
y la sangre...
la sangre siempre mintiendo.

Y dicen:
bofetadas de odio,
pero la sangre
aún sigue corriendo.

Y dicen:
martillos de puños,
con la sangre retenida,
entre insultos,
sangre siempre,
y de su propia sangre,
con sabor a muerte o escondiendo
la eterna costra
de enorme herida.

No les pido que se contagien.
No busco infectarles sin control.
No les pido sentir mi dolor.

Solo quiero que te permitas ser persona,
sin blindar tus sentimientos,
pues llegará un día en que será otra
quien interprete tus sentidos, y,
ocultos en un caparazón
correoso, rudo,
allí mohínos, ahí marchitos,
serán imposibles de percibir
con esta claridad que hoy
comparto yo contigo.


NOTA:
En agradecimiento a Alicia
y a su amada hija Vega, que,
sin maravillarse, sin malicia,
hoy me escuchó comprendiendo,
en ningún momento dudando,
las pequeñas cosas que nos suceden.
Compartiendo
su espacio, su valioso tiempo y su experiencia
con este ser que
tan pronto duda de sí mismo como,
de un encuentro, de una conversación,
tan pronto se anima y sigue viviendo.