Durante los cinco años siguientes, nuestro protagonista, además de repetir curso, fue elegido por ese motivo para una amistad doble con chavales de su clase. Chocaba con ellos en muchos aspectos, pero estaban de acuerdo en buscar amigas. Se apoyaban en él para iniciar conversación con ellas; se quedaban callados, sin habla.
En esos años tuvo diversas oportunidades para dar sus primeros pasos en el amor. Todo fracasos, como en los estudios, repitiendo tres veces más. Le proponían planes y ponía pegas a todos. Echó a perder incluso su amor platónico por María Jesús cuando ella lo supo y le aceptó. Los amigos le presentaban chicos y chicas pero él no quería con nadie.
Así llegaron a los veinte años. Sin saber bien cómo, ellos empezaron relaciones con dos chicas. Estela era amiga de Belén, y Belén, la novia de uno de ellos, Luis Carlos. El otro, Alonso, y su pareja —una chica que conocieron en otro grupo— preferían salir solos.
Era un escenario que Marino nunca pudo imaginar, siendo ellos, en su opinión, muy “cortados”. Pero él, no siendo vergonzoso, no tenía novia ni amigo: solo le quedaban Belén, Luis Carlos y Estela. Aún no se había dado cuenta de que era él quien tenía problemas; a tantos niveles y con tal profundidad que no podía verlos.
Un día, mientras estaban en un pub, Estela le preguntó:
—¿Yo te gusto?—Sí, como amiga.—Podemos salir juntos, como algo más.—No.—Hala, ¿no te da cosa rechazarme?—¿Cosa? ¿Qué cosa?—Pues eso, cosa, no sé… ¿tú no dices “cosa”?—¿Quieres decir que si me da pena, sensación de tristeza?—Bah, da igual, si me vas a corregir las palabras… no sé.—Lo siento, no… en realidad me hace gracia que uses “cosa” para tantas cosas.—era su manera de agradar—Oh, veo que también usas “cosa” cuando quieres.—Claro.
Miraron a Luis Carlos y Belén, que se pasaban el rato como queriéndose. Para Marino eso era muy extraño. Los analizaba y no entendía. Parecían jugar: Luis la reñía por mirar a uno que pasaba, bastante guapo y alto, con buen tipo. Belén se reía, él la pellizcaba y hacía fuerza para producir dolor; ella chillaba; se enfadaban, se contentaban y se besuqueaban, o… era Luis quien miraba a alguna y entonces ella repetía la tontería.
Sabían que Marino los miraba casi sin pestañear y, cuando iban a regañarle por eso, Estela se anticipaba:
—Oye, Marino, háblame, anda, que me aburro.—¿De qué quieres que hablemos? ¿De cine?—Bueno.—Pues… a ver, ¿qué películas te gustan?—Todas.—¿Todas? ¿Te da igual del oeste, de guerra, de amor, ciencia ficción, policíacas…?—Sí, me divierto igual.—Ya. Y la música… ¿qué tipo de música te gusta?—Me gustan todas las canciones, no tengo preferencia.—Pero música clásica, por ejemplo, o flamenco, rock tipo Kiss o Queen, rock progresivo tipo Alan Parsons, pop tipo Michael Jackson o Mecano, electrónica estilo Depeche Mode…—Todo está bien, pero mejor las canciones españolas, que se entienda lo que dicen. La clásica es un rollo, eso no es música.—¿Qué? Pero si así es como se desarrolló todo, es… imagina un pueblo en el que no hay agua, luz ni ningún servicio.—Pobre gente.—Pues eso: llega la civilización y se desarrolla todo, y la música clásica es como si la civilización llegase a la música que hacían con panderos, tambores, flautas y cantantes, ¿no crees?—Ay… qué bien hablas. Sigue, que me entretiene mucho.—Entonces… ¿el flamenco te gusta?—Claro, una rumbita… siempre está bien, pa bailar en las fiestas.—Uf. Pues a mí no. Y no me gusta bailar ni las fiestas.—Bueno, pa gustos los colores.—Sí, pero no TODOS los colores.—Sigue hablando, anda.
Sabía que Estela lo miraba en plan “cosa”. Pensó que esa muletilla equivaldría al verbo “pitufar”, versión sustantivos y adjetivos. Algo le decía que ella quería más, pero con cada respuesta suya él quería menos.
—¿Y qué me dices de los libros? ¿Qué tipo de novela te gusta?—No sé, todas.—Pero… esto es como lo de la música: hay libros que son duros de comprender, que hablan de temas complicados.—Pues esos no los leemos, ya está.—Claro, pero hay que saber, tratar de entender, aprender.—¿Pa qué, pa sufrir? No. Libro que no has de leer, ayuda a prender.—Por Dios…—sonrió—¿Te hago gracia?—Pues sí, eres tan… extensa en aficiones…—Ya es algo, que te rías conmigo además de hacerme entrevistas.—Claro que me río, pero no te hago entrevista. Es para…—Entonces, ¿un poco sí te gusto?—Eh… ya te lo dije, como amiga sí.
Aquel día toda la conversación fue de un estilo así. Él hablaba, ella oía. Iba a decir “como quien se para ante el mar y escucha el romper de las olas”, pero esto era más bien como quien oye el ruido de un coche que pasa cerca.
Después, cuando las chicas se iban, su amigo trataba de alcahuetear para que Estela y él salieran juntos, para cuando a ellos les apeteciese estar solos, como Alonso. Trataba de convencerle de lo buena chica que era.
Otro día, nada más encontrarse con ellos tres —pues quedaban aparte— dijeron que iban a casa de Estela. Sus padres habían ido al pueblo aquel fin de semana. Por dentro sintió que eso tenía mala pinta, pero no quiso echar agua a la fiesta: tan ilusionados estaban. Por algún motivo preferían engañarle, como el resto de personas que lo conocían, para evitar ese “no” que llevaba siempre en la lengua, listo para escupir.
Era una casa de planta baja en un barrio alto de altura y al revés de lo demás. Un barrio súper obrero. Una casita de aspecto humilde. Entraron y, directamente, desaparecieron los novios por una puerta. Ya conocían el lugar. Así pues, se quedó con ella en una especie de pequeño patio interior, con algunas ventanas de las habitaciones. El atardecer y la agradable temperatura del verano invitaban a casi todo.
Estela se le acercó simpática, pero algo más que no supo intuir. Según la IA, la palabra sería “juguetona”.
Estaban en pie. Ella preguntó:
—¿Has besado a una chica ya, con lengua?—No.—Pues si quieres, yo te enseño. Te va a gustar. ¿Quieres?—No.—¿Pero… por qué? Si da mucho gustito, no seas tonto.—Es que yo creo que tiene que haber amor.—Bueno, hombre, eso viene después. ¿No te gusto?
Odiaba repetirse. La miró una vez más: el pelo negro, liso, sobre los hombros; los pómulos marcados, los coloretes, dientes, ceja… el cuerpo lo tenía ya más que controlado. Los hombros parecían subir de más, pero en conjunto le gustaba.
—Sí, eres guapa y muy sana. Te pareces a una manzana sonrosada.—¿Y eso? Vaya comparación…—Es que tus coloretes y la piel tan blanca me la recuerdan. Te veo y pienso en esas manzanas.—Y… ¿te gustan mucho… las manzanas?
Estaba seguro de que, distraído con las manzanas, hubo gestos que no percibió, sugerencias en la voz, en sus modos, en la inclinación de su cabeza. Recordó que él inclinaba así la cabeza cuando se le metía agua dentro del oído al bucear. Esa confusión le hacía sentirse dentro de un traje de buzo en ocasiones. De esos buzos antiguos con tuberías y pesado casco de 24 kilos, con gancho en lo más alto.
—Mucho. Que estén duras al morder, con sabor dulce, crujientes al masticar y muy jugosas. Algunas manzanas están como blandas, terrosas y…
Estela se acercó más.
—Pues está bien, si así te gusto más.—Me gustas como amiga.—Una buena amiga que puede enseñarte cosas buenas.—Ya… pero…—Ven.
Y le tomó por la cintura con cuidado para pegarse a él. Entonces la rechazó, nervioso perdido, su cuerpo tenso y revuelto diciendo lo contrario, el corazón palpitando, recordando la conversación del pub, a la vez que cierta flojera recorría su cuerpo.
—Que no, es que…—Anda, Marino, no seas bobín. Si no hay nadie en casa. Belén y Luis lo están pasando en grande. Mi cama está más polveá… estos, mi hermano y su novia… y total, esto es un beso con lengua. No pasamos más allá de eso… si no quieres.
Él compuso la escena. Imaginó una habitación con una cama con polvo. Imaginó olores, intentando omitirlo todo para cruzar un umbral tan desconocido como estudiado en fantasías.
—¿Vamos dentro… más tranquilos?—No hace falta, se está bien aquí.
Su cuerpo quería y se oponía a esas palabras:
“Señoría, objeción de la parte interesada: la moción de abstinencia de la mente no cuenta con consentimiento de los órganos involucrados.”
—Pues no entiendo. Cualquier chico desearía aprender.—Pero yo creo que primero…—“Primero el amor”, lo pillo, y como amiga, ¿qué?—Eres muy maja.—Y te gusto… ¿físicamente?—Claro, ya te lo he dicho cuatro veces.—A ver si es verdá: ¿qué te gusta de mí?—Pues… tu cuerpo, tu forma de ser…—De mi cuerpo, ¿qué te gusta?—Las…—¿Estas?—Sí… también.—Anda, qué pillo. ¿Prefieres que empecemos por otro sitio? A lo mejor eso te apetece más.—Menos aún.—¿Qué?—Que me apetece menos todavía si no hay amor.—Qué pesado con el amor.—Ya, si yo… o sea, me apetece, pero sé que si me pongo no querré parar y querré más, y luego no quiero decirte que no te amo.—Ay, por Dios… mmm, pues nos vamos a aburrir hasta que ellos terminen.—No sé, no sabía que veníamos a…—Ya, pero… tal como estamos, era aprovechar, y así nos conocíamos mejor.—Sí, conoceríamos mejor los cuerpos.—Chico, no sé, dices cada cosa… como si fuéramos máquinas, y aquí hay cariño. Tú me gustas mucho y te equivocas cerrándote en banda. Eres un cabezón.—Me lo dicen mucho.—Normal que lo digan. En fin. Tú te lo pierdes.
Y se lo perdió. La sentencia fue:
“Se condena a la mente del acusado a sesiones de conciliación con el cuerpo, incluyendo abrazos, sonrisas y, en caso de necesidad, besos guiados por el comité de deseos.”
No es preciso explicar que el acusado se dio a la fuga y, por ende, quedó más solo que un eco atrapado en paredes vacías; repasando los diálogos una y otra vez, encerrado en sus propios mecanismos, aferrado a ideas que lo consumían mientras el mundo seguía sin él, con el vacío que siempre lo perseguía apretándole por dentro, cada vez más cerca, pesado e inevitable.
A pesar de sus veinte años, presentía que jamás lo iba a conseguir. Sin embargo, aquel día, aprendió que no podía seguir siendo así. Con la siguiente chica lo intentaría de verdad y debería dejar que ella decidiera sobre aquello tan importante, en modo y orden de su elección, con aceptación, con humildad, reconociéndose perdedor de la ronda y procurando esperar al destino sin anticiparlo.
dos se meten en el mismo meteoro,
se hacen costumbre en la costura del sí,
y el sol, celoso, se queda sin palabra
mientras fermenta la mañana.
Yo, en medio, pongo un lugar:
lo mido, lo marco, lo aseguro,
lo coso con líneas torcidas.
Domingolandia:
una tierra de “sí, pero no”,
con estatuas cupidas, totalísimas,
como si el deseo tuviera uniforme.
Cree en el templo.
El mundo se sienta —mansito—
y no se te cae la nube encima.
Escucha el círculo:
da vueltas con disciplina.
Mira el triángulo:
te habla con tres bocas a la vez.
Todo se mezcla en un filo suave.
Y mírame esto:
la sensación ya no aclara,
no “dice”, no “explica”:
tiembla.
Y llora hacia adentro.
Y se hunde, gramando,
hasta el núcleo.
Traigo nuestra albura en cuartitos:
un cuadrado, una cuadra, un cuadro.
Y el mismo amor vuelve a ponerse el mismo traje,
y tú lo ves
como si fuera la primera vez.
No te puedo “desplegar” en otro sitio
sin que se me desordene el pozo.
Hago hélices con lo poco que tengo.
Cuento “cuántos” de ti caben en mí…
y siempre me da demasiados.
Bailes, fiestas inmortales:
yo no soy capaz de roer el sol
y luego llevarlo en un papel
sin que se me rompa la boca del tiempo.
Espinas por todas partes,
en el término, en el borde,
en cada día que se me clava.
Me gustaría decir:
“lo mismo, lo mismo”,
como si la cosa fuera simple,
como si la manzana obedeciera.
Pero Amrit Khurana no anda “en lo llano”:
anda en lo lando,
donde el suelo es palabra inventada.
A ratos el tiempo hace “quechero”:
suena raro,
y de pronto el pasado vuelve a empujar.
Todo, todo pasto:
y el pastor también era pasto.
Y yo, ¿qué soy?
Lo intento con vidrio pintado,
con alas hechas de papelitos.
Los nombres no nombran.
Los nombres se atascan.
Lo que entra se vuelve estatua por dentro.
Y entonces:
se sienta la curva,
resbala en mi lado,
y me supera la mente.
Me supera y me deja una disfranza:
una distancia con disfraz
que no sé quitarme.
Se vuelve confianza torcida:
un crónico, un incorrecto,
una máquina que opera
entre otros cuerpos.
Y sale la lista del cuerpo:
Arrastra.
Amasa.
Dificulta.
Llora.
Orina.
Sabe a sal.
Se cansa.
Se astilla.
Golea.
Cabecea contra un borde sin borde.
Y vuelve:
vuelve, vuelve,
poco a poco…
Se va desvaneciendo,
como si la luz se cansara,
como si el color dijera:
“hoy no”.
Y queda marchito.
Y aun así… queda.
El Shenandoah no llega como un río joven frente a la casa de Merry. Allí, donde Virginia se vuelve más occidental, el río adquiría obligaciones de adulto empujando con paciencia, lijando piedras, transportando hojas viejas y juncos enfermos, sin estruendos. Aquella tarde, el agua repartía la luz en cartas doradas desde su baraja superficial y por debajo... nunca se sabría sin sumergirse en ella. Desde la orilla más cercana, la casa se diría una caja de música por descubrir. Si llegabas a ella, pisabas el ñiqui, ñiqui de porche y reverberabas el criegg en la puerta, siempre encontrabas o la voluptuosidad aflautada de Dolly Parton, o los dúos de mamá Naomi Judd e hija Winona cantándole al tractor John Deere. Quizá entre ventana y ventana se colase algún Denver pidiendo volver a su tierra, al lugar donde pertenece.
Merry Chainy se negaba a mirar el río con lágrima de despedida. Últimamente lo observaba con la atención tranquila de quien ya agotó las últimas preguntas, para quien ya sobran las explicaciones.
La mecedora protestó al recibir su peso. Allí cada objeto hablaba sin tapujos. Ella se burló de ella, concéntricas pues, traduciendo el habitual crujido en la clásica broma entre ambas. Tenía sesenta años; en las manos, los nudillos marcados; en los hombros, una forma de cansancio mecida más hacia fin de jornada que hacia cualquier otra cosa.
Dentro, la radio soltaba otra canción vieja de una emisora local. Muy bajita. Nunca la subía demasiado al atardecer; decía que si la música te grita, te tachunda o te bumba-retumba, acabas igual de vacío que sus repetitivos tambores. Y ella no estaba dispuesta a perderse el sonido del viento, del pico cantor o el run run del coche que perteneció a Philip Morgan, a lo lejos, ahora en manos de su hijo.
En la mesita del porche había dos cosas: una taza con café aún caliente y un sobre con el nombre de Sophie escrito despacio, letra fluida a lo Mary Shelley, cada curva con una pizca de melancolía, cada trazo con la fortaleza que siempre la acompañó.
Su hija Sophie vivía en Maine desde hacía años. Al principio habían sido los estudios: un máster a medias con un trabajo, luego el otro máster, después esa suma de días y micro dependencias que tratan de engrilletarte al lugar. La distancia solo silenció al padre, locuaz en intenciones pero con una lengua poco o nada parlante. Merry, al contrario, llamaba los domingos por la tarde, siempre a la misma hora. Y si no podía contestar, o tardaba más de lo común, entonces dejaba un mensaje que empezaba igual:
—Soy yo. Nada, estoy bien pero quería saber cómo estás.
Luego venía cualquier cosa: una nueva receta vegana, una ardilla que frecuentaba el cubo de basura, un comentario sobre el último enredo presidencial. Y al final, una propinilla materna:
—Te quiero. Llámame cuando puedas y comentamos. Besosss.
Ella guardaba aquellos audios como otros guardan cartas.
En Maine, esa misma semana, Sophie había apagado el portátil con rabia. Llevaba días intentando escribir sin que le temblara la garganta. Sarah había entrado en la cocina con un jersey viejo y el pelo alborotado, y le había besado la nuca con la naturalidad de lo cotidiano.
—¿Otra vez nada? —preguntó sin reproche.
Ella negó, apoyando la frente en la encimera.
—Me da miedo… fijarla. Fijarla en palabras.
Sarah la rodeó por detrás. Ella respingó rápido, como animal herido, pero aún así se dejó. Porque su pareja hacía del contacto un punto de referencia, un anclaje y válvula para aliviar la presión:
—No la fijas —dijo ella—, por lo que leo... permites que fluya contigo.
Ella se giró y la besó. Primero con urgencia y gratitud estilo “no me sueltes ahora”. Y Sarah respondió sin prisa, como si supiera exactamente dónde apretar y dónde aflojar para que volviera a respirar.
A veces el amor es eso: una persona que te devuelve al propio cuerpo.
Dos días después sonó el teléfono. Sophie vio “mami” y sus labios se arquearon hacia arriba antes de contestar, como si pudiera adelantarse al alivio.
—Soy yo —dijo Merry al otro lado—. Nada, quería saber cómo estás.
Ella sonrió. Sentía que aún podía hacerlo sin más.
Hablaron de nada importante, cuando todo lo es. De un vecino que iba a vender sus herramientas. De que el río venía alto. De que estaba comiendo bien (siendo mal la mentira piadosa). De que Sarah había conseguido entradas para un concierto en Portland. Merry preguntó por ella con calidez, nada de formalidad. La había querido desde la primera visita, cuando Sarah, sin conocerla, se puso a lavar platos y a desenvolverse en la casa como si la conociera mejor que su propia hija.
—Esa chica tiene buenas manos—comentó aquella vez—. Se nota.
Al despedirse, Merry respiró hondo. La hija notó un segundo raro, una pausa más larga de lo normal.
—Qué te pasa, te noto algo cansada mami.—la hija única parece extender su infancia desde pequeñas palabras, trucos entre madres e hijos únicos. Madres únicas de hijos diversos. Lo mismo da.
—Un poco. Pero qué quieres, ya voy para una edad...
Ella apretó el móvil contra la oreja.
—Voy este mes. Hago lo posible por ir, ¿vale?.
—Nah, no te preocupes por mí —dijo Merry—. Ven si puedes. Y si no, me mandas alguna fotuca, algún vídeo vuestro, que yo me hago la valiente si os veo juntas y enamorás.
Ella cerró los ojos. Su pareja, que escuchaba desde el sofá, le hizo un gesto: vamos.
La noche siguiente, el sobre ya estaba escrito. Merry lo miró un rato sin abrirlo. Luego entró a la casa, caminó hasta la chimenea y se quedó frente al óleo.
Era pequeño. Colores tensos. Una energía rara, la conversación entre cervatillo y lobo a punto de saltar. Ella lo había comprado en una liquidación por cinco dólares porque el cuadro tenía una cosa que ella reconocía: un jolgorio de rayas y colores, un absurdo con un sentido que transcendía los propios. Puede que tan solo pensando en que su hija lo entendería mejor. Puede que solo por hacer un favor al hijo del vecino tras fallecer su padre.
Pasó un dedo por el marco, no por el lienzo. Con ese cuidado maternal que advierte de cuán poco cuesta romper algo.
En la mesa, empezó la carta.
Mi queridísima Sophie:
Si estás leyendo esto, significa que he hecho una de las mías: irme sin avisar del todo.
No te voy a pedir que seas fuerte ni que olvides. A mí me dijeron esas palabras como si fueran órdenes y ya no acepto órdenes. Te pido otra cosa: que comas. Que duermas. Que dejes que te abracen. Que no conviertas el amor en una prueba ni en un castigo que tú sola te impones.
Anda que... recuerdo la primera vez que te llevé a Maine. Eras una nena y mirabas el mar como si le tuvieras miedo, y no solo por lo fría que estaba el agua. Yo fingía valor, pero no por la extensión o las olas o la temperatura sino por su profundidad. Luego encogiste las piernas y rompiste a llorar con el cuajo que siempre tuviste. Sin embargo, la arena fue tu amiga, un juguete y una compulsión más de las tuyas cuando hubo que quitar hasta el último grano del último rincón de tu piel.
Quiero que recuerdes eso cuando el mundo se ponga pequeño. Que sepas que con amor, sea de tu madre, sea de tu Sarah, todo se supera. Incluso si todo lo pierdes, ¡siempre podrás sacar fuera ese cuajo tuyo!
Te dejo la casa. Tiene ruidos, ha visto muchas estaciones, ha tocado y quemado muchos palos su chimenea y tirará bien si la cuidas. Como cada persona de la que cuidamos, a veces sin darnos cuenta.
Te dejo mis libros. Bueno, y tus libros abandonados por falta de sitio. Siempre los guardé para tus visitas, como los juguetes pequeños y tus dibujos. Me hicieron compañía cuando no estabas y te añoraba. Y te dejo el cuadro de la sala, a ver si tú descifras su jeroglífico y si te carga, o te "ralla", como dicen ahora, no lo eches al fuego, que te conozco. Que óleo suena a combustible del bueno, y no. Piensa que es una buena obra por un buen vecino. Hay que cuidar de quienes nos rodean para no vernos solos el día de mañana. Tu madre era filósofa, anda la leche.
Y quiero que cuides a Sarah. Ya sabes que me doy cuenta de todo, no como tu padre, que podía verte rota y llorando que se quedaba más tieso que el palo de la escoba.
La vi mirarte, cómo te miraba, cosa que en tu "papucho" jamás sentí, dicho sea de paso. Porque no esté con nosotras no le vamos a hacer un altar, ni me lo hagáis a mi, por Dios. Y supe en seguida que ella te estaba queriendo bien. El amor bueno endereza y te hace mejor y mayor por dentro. A esta poeta mayor le queda poca cuerda. Algo más que las repeticiones se me pegaron de nuestro querido "papi".
Cuando te falte aire, ven al porche. Siéntate donde yo me sentaba. No buscándome con tristeza sino con la alegría de aprender a encontrarte.
Te quiero.
Mamá.
Sophie llegó desde Maine con el coche lleno de otros libros y ropa perfectamente enrollada—como si las capas de cebolla que cubrían a su padre la pudieran proteger a ella— y con Sarah al lado, conduciendo cuando Sophie se quedaba muda. No se resistieron a escuchar a John Denver pidiéndole al camino que las llevase a casa.
Pasaron por New Hampshire, Massachusetts, Connecticut, Nueva York, Nueva Jersey, Pennsylvania y Maryland. Estados, estaciones y nubes. Al final, el Shenandoah apareció como una línea de plata antigua entre árboles.
La casa olía a madera cansada y a suavizante. Ella dejó las llaves encima de la mesa y se quedó parada en el centro del salón, sin saber qué hacer con las manos. Su pareja no dijo nada; fue a ella, le apoyó la frente en la sien y se quedaron así. Un minuto. Dos. Hasta que volvió al cuerpo.
—Estoy aquí —susurró Sarah.
Encontraron la carta donde Merry la dejó. Visible, sin teatro. Ella la leyó en voz alta al principio, y a mitad se le quebró la voz. Sarah le sostuvo el papel con una mano, y con la otra le acarició el hombro, lento, en un gesto de compañía.
Cuando terminó solo hubo silencio. Solo la respiración de las dos en una casa que ya no tenía a Merry y, aun así, seguía gritando su manera de ordenar las cosas.
Más tarde, Sarah se quedó mirando el óleo. De lejos, primero. Luego se acercó tanto que ella se extrañó.
—¿Qué? —preguntó Sophie, con ojos tristes.
Tardó en contestar. Ese silencio suyo era el de quien está comparando, calculando, presintiendo.
—Mira esto—dijo al fin—, la forma de resolver el hombro. Y esta tensión aquí… No es “bonito”. Es… seguro.
Ella resopló, medio riendo, sin ganas, medio llorando.
—Es un cuadro de cinco dólares. Es un favor vecinal. No muy corriente en mi madre.
Sarah sacó el móvil, hizo una foto sin flash, amplió un detalle.
—No sé qué es —dijo—, pero no es cualquier cosa. Y este marco… Sophie, esto está pintado a mano.
No dijeron “Picasso” en voz alta al principio. Era una palabra demasiado grande para una casa tan chica.
Pero al día siguiente ella hizo lo que siempre hacía cuando algo le importaba: no se emocionó; trabajó. Llamó a un colega. Escribió correos. Pidió prudencia. Pidió citas.
Los días se llenaron de trámites y de una tensión rara, como si el duelo hubiera encontrado un segundo carril: además de perderla, ahora esto.
La confirmación llegó sin música.
Auténtico.
La cifra no se dijo de golpe. Se dijo en partes, con pausas e incomodidad. Ella miró el cuadro como se mira a un desconocido que, por algún motivo, te acaba de salvar.
No fue felicidad. Fue otra cosa: una sensación seca y luminosa de futuro.
—Lo sabía —murmuró ella, y no hablaba del pintor. Hablaba de Merry.
Porque Merry siempre había hecho eso: dejar algo listo sin que se notara. Un billete doblado en un libro. Un ingreso en su cuenta si su hija echaba un quejido en la oreja de su "mami". Un nombre de médico en un papelito. Una vela olorosa encendida antes de que tú entraras.
Con el tiempo, ella y su pareja decidieron no venderlo de la manera más rápida. Lo hicieron bien. Y lo que vino después fue dinero pero también con decisiones, abogados, impuestos, papeles. La vida mostrando su afilada dentadura.
Y, aun así, empezó a escribir.
No en Maine sino allí, frente al Shenandoah, en la mesa donde Merry había escrito la carta. La otra le preparaba café, le ponía una manta en las piernas, le dejaba espacio cuando ella se enfadaba con una frase.
Por las noches, abría el móvil y escuchaba audios antiguos de su madre. Ese “Nada, estoy bien pero quería saber cómo estás.” se le metió en la sangre y a veces era bálsamo y relax y otras cristalizaba clavándose en las entrañas.
Un fin de semana subieron a Maine para cerrar asuntos del trabajo de ella y pasaron por Bangor. Ella vio la casa victoriana roja detrás de la verja de un tal Stephen King y pensó, con una claridad casi cómica, que escribir siempre ha sido esto: una mesa, una vida apretada, y alguien —una amiga, una madre, una esposa, una amante— que te empuja a seguir. O unas cuantas sustancias a falta de todo eso o precisamente por todo ello.
Volvieron a la casa del río. Allí, el aire olía a leña y a canela del obrador. Acompañada de cruasanes y rollos de canela, escribió capítulos enteros sin llorar, y luego lloró por fin, sin plantear batallas.
Una tarde, ella encontró a la otra en el porche, hablando sola.
—¿Qué haces? —preguntó— ¿Se te ha ido la chaveta, mi niña? —y continuó jocosa—Otro motivo más para quererte. Cuerda al ciento por ciento vales un poco menos.
Ella sonrió, con los ojos rojos.
—Le cuento el día. Como siempre.
Sintió que se había salido de una curva por hacer una bobada pero se sentó a su lado y le entrelazó los dedos.
—Cariño, entonces cuéntamelo también a mí.
Ella apoyó la cabeza en el hombro de Sarah. El río seguía trabajando ahí abajo. Con paciencia, alisando las piedras, interminables las hojas muertas y débiles los juncos.
Por momentos, la distancia entre Maine y Virginia Occidental dejó de ser un trazo en el mapa. Fue solo lo mismo de siempre: caminos, tiempo... la vida en movimiento.
—Mi madre estaría haciendo un chiste horrible ahora mismo, de esos que mi padre repetía como un loro —dijo ella.
—Cuéntamelo—pidió Sarah—. Hazlo por ellos dos. O por vosotros tres. Podré soportarlo.
Lo hizo. Y se rieron de verdad, algo que su padre tanto deseaba: ver reír a los demás y reír sin haber entendido nada. Igual que quería llorar cuando no acertaba a sentir el dolor en los demás. Pero esto era risa, ese tipo de risa que pasa de valores vitales y moralinas, que no necesita ponerse de rodillas ante ellos y le basta ser natural.
Y así, sin discursos, Merry siguió presente: en el porche, en el modo de doblar una carta, en el amor que ella eligió, en la forma de volver a respirar.
Que sea una persona.
Solo eso.
Que sienta, de alguna forma, mi angustia.
Que sepa escucharme de principio a fin.
Que no juzgue y tenga tiempo.
Quiero un psiquiatra que no se burle de mí,
que su recetario dispense píldoras de amor,
y, aunque sea un hombre,
me trate con la paciencia y el cariño
que, sin pudor,
se dedica a cualquier niño.
Y una psicóloga que sepa leer,
con interés por conocer lo sucedido.
Que no dibuje en círculos las veces que me repito,
sino que averigüe por qué lo hago,
si para remover el dolor habrá un motivo.
No quiero sus pañuelos de papel,
sino que tome mis sueños en él,
pues mis lágrimas necesitan ser libres
para mojar estas manos y mi rostro:
acostumbradas ellas a cobijar y él,
a ser su amigo.
No quiero que la enfermera diga “desnúdate”,
llegando allí tal como soy, transparente tras los cristales
y en medio del frío.
No quiero subir de espaldas a una báscula
que ignora el peso de tantos años.
Prefiero desafiarla consciente:
de una vez, en público, de frente.
Y que escuchen al corazón sin herramientas,
pues lo que dice no atraviesa el frío de la campana
ni, de la manguera, llegarán a los oídos sus tormentas.
No quiero sentir cómo las demás personas dudan
ni ser acusado de inventar mundos alternativos.
Sobre todo, no quiero esto.
Por favor.
La duda,
no.
Dudar lo que viví me arrastra a la locura, al vacío y a su fondo más negro.
No creer en mis palabras es separar en trozos esta alma ya abatida.
Quiero médicos con sentimientos
y medicina para mis lamentos,
pero una que sea menos amarga,
y me permita contar
cuanto sea preciso escuchar.
Sin juicios, aceptando mis errores,
para que comprenda yo los suyos,
pues, entendiendo mi hipocondría,
su desidia yo entendería.
Que observen la piel enferma con quien la porta,
que la alumbren con conocimientos
y le hagan fotos delatoras,
y sepan ponerle nombre
a esto tan rojo,
a aquello tan blanco.
Que aparten castillos de fibromas
y sanen, de los eccemas, toda desazón.
No pongan en duda el liquen, la anorexia o el autismo.
Ni duden de la celiaquía, la psoriasis o el hipotiroidismo.
Mi cuerpo lo grita y tú
no puedes taparle la boca
si tienes sentimientos, si tú
también eres persona.
Mis lágrimas hace tiempo que migraron
entre las penas por los años,
siendo cada vez menos y
cada día más lejanos.
Faltan partes en mi cuerpo
bajo las señales de un vientre abierto,
pero en mi mente, cubierta de calcio,
las cicatrices dicen:
golpe seco,
y la sangre...
la sangre siempre mintiendo.
Y dicen:
bofetadas de odio,
pero la sangre
aún sigue corriendo.
Y dicen:
martillos de puños,
con la sangre retenida,
entre insultos,
sangre siempre,
y de su propia sangre,
con sabor a muerte o escondiendo
la eterna costra
de enorme herida.
No les pido que se contagien.
No busco infectarles sin control.
No les pido sentir mi dolor.
Solo quiero que te permitas ser persona,
sin blindar tus sentimientos,
pues llegará un día en que será otra
quien interprete tus sentidos, y,
ocultos en un caparazón
correoso, rudo,
allí mohínos, ahí marchitos,
serán imposibles de percibir
con esta claridad que hoy
comparto yo contigo.
NOTA:
En agradecimiento a Alicia
y a su amada hija Vega, que,
sin maravillarse, sin malicia,
hoy me escuchó comprendiendo,
en ningún momento dudando,
las pequeñas cosas que nos suceden.
Compartiendo
su espacio, su valioso tiempo y su experiencia
con este ser que tan pronto duda de sí mismo como, de un encuentro, de una conversación,
tan pronto se anima y sigue viviendo.
Después de unas cuantas jornadas marcadas por la inestabilidad, el tiempo hoy se presenta distinto. Poco a poco se va imponiendo el anticiclón, así que tendremos un día tranquilo, sin riesgo de lluvias. Cielo parcialmente nublado por la mañana, y luego, ya por la tarde, el sol. Temperaturas suaves, rondando los veinte grados. Viento del oeste y suroeste, flojo, con alguna racha moderada en las alturas.
Enfermera. Eso decía cuando me preguntaban qué quería ser de mayor.
Y lo conseguí.
Aunque hace muchos años que no ejerzo.
Ahora soy meteoróloga.
Sí. Manu necesita saber qué tiempo hará cada día. Entra en la cocina, se sienta, y me mira. Yo ya tengo mi rutina: miro por la ventana, después abro una aplicación en el móvil —bastante fiable, por cierto— y le cuento. Parezco Mario Picazo dando el tiempo.
Manu tiene doce años. Es la persona que más quiero en el mundo. Y, aunque no lo diga, yo sé que también soy la persona que él más quiere. Pero su cariño es tan sutil, tan suyo, que a veces parece invisible.
Nunca me había planteado tener un hijo. Fue Carlos quien quiso.
Aunque esa decisión siempre se toma entre dos, ¿no?
Yo creo que, en el fondo, tener un hijo es algo inconsciente, un salto al vacío. No sabes lo que se te viene encima.
Total, que nos pusimos a ello. Yo con más ganas que él.
Y, mira, al final la tortilla se dio la vuelta: él era el que quería tenerlo y fui yo la que se empeñó. Tras varios abortos me diagnosticaron útero bicorne, un útero en forma de corazón. Cuando lo escuché, me pareció tan romántico.
Un útero en forma de corazón.
Pensé: no puede haber lugar mejor para albergar el fruto de nuestro amor.
Pero no.
Todo lo contrario: abortos, ingresos, pérdidas.
Y al final, después de tantos intentos, el embarazo llegó a término.
Siempre pienso que Manu nació cinco semanas antes por las ganas que yo tenía de tenerlo conmigo. Bueno, conmigo… y con su padre.
Me moría por ver la cara de Carlos cuando lo tuviera en brazos.
Recuerdo el alivio que sentí cuando me lo pusieron encima.
Porque, por muchas cosas que digan sobre el embarazo y el parto, lo que sientes es eso: alivio.
Alivio, y una felicidad que te deja temblando.
De Carlos no recuerdo nada.
No recuerdo si me tocó la mano, si me acarició, si dijo algo.
Nada. Curioso, ¿no?
Mi hombre, el amor de mi vida, mi gran apoyo… y al final, mi gran decepción.
El diagnóstico de Manu lo cambió todo. Se cargó, de un plumazo, el amor, la comprensión, la complicidad de tantos años.
Tener un hijo con autismo no es fácil.
Habrá quien piense que es una desgracia.
Yo misma lo pensé.
¿Por qué a nosotros? ¿Por qué se nos tiene que complicar así la vida?
¿Qué hice mal?
¿Y si fue culpa mía por empeñarme tanto?
Se te cae el mundo encima.
Luego aprendes, te acostumbras, incluso llegas a disfrutarlo.
Yo ahora lo disfruto.
Carlos nunca pudo.
Él siempre necesitó buscar culpables: mi útero, yo, lo que fuera, por no haberle dado un hijo “normal”.
Al final nos separamos.
Cada uno siguió por su lado.
Y no solo dejamos de ser amigos: ahora somos enemigos.
Nunca más se preocupó de su hijo.
Por eso digo que las madres estamos hechas de otra pasta.
No nos resignamos, porque resignarse es rendirse.
Nosotras asumimos, naturalizamos y seguimos luchando para que nuestros hijos sean felices… y nosotras con ellos.
No quiero decir que no haya padres así también, pero son los menos.
Somos nosotras las que dejamos el trabajo para dedicarnos a la crianza, las que vamos al neurólogo, las que discutimos con los profesores, las que aprendemos a traducir el lenguaje de nuestros hijos.
Somos nosotras.
Carambolatea.
Tea.
T-E-A.
Cuando me dijeron que mi hijo tenía TEA, me quedé paralizada.
No por miedo, ni por pensar que esa etiqueta iba a cambiar mi vida, sino porque simplemente no podía creerlo.
—Su hijo tiene TEA —me dijo el médico, con esa voz sin matices.
Y yo me quedé callada, sin saber ni qué responder.
Trastorno del espectro autista.
Pero con el tiempo encontré otro significado para esas tres letras.
TEA: tienes especiales aptitudes.
Porque creo que estos niños están tocados por un don.
Manu, con tres años, era capaz de girar un libro como un malabarista.
Y ahora observa los objetos, los sube, los baja, los mira de lado, los examina sin que nunca se le caigan.
Tiene su ritmo, su forma de mirar el mundo.
Recuerdo otro niño, de la asociación a la que vamos.
El primer día que nos vio —o que yo pensé que nos vio, porque no cruzaba la mirada con nadie— me dijo:
—Los martes a las seis nunca estáis aquí.
Yo le respondí:
—Nos cambiaron la hora.
Y enseguida preguntó:
—¿Cuál es tu fecha de nacimiento?
—Quince de agosto —le dije.
—Completa —me pidió.
—Quince de agosto de 1976.
Él se quedó un segundo callado y murmuró:
—Domingo.
Domingo.
Yo me quedé helada. Miré a su madre, y ella sonrió.
¿Cómo podía estar tan tranquila con semejante Einstein al lado?
Por eso digo: TEA, tienes especiales aptitudes.
Me gusta fijarme en eso. En el don.
A Manu siempre le digo:
“Mira, tú tienes un superpoder. Un secreto. Puede que haya muchas cosas que se te den mal, pero si los niños del cole supieran lo que sabes hacer, creerían que eres un superhéroe.”
Ahora lo veo así.
En positivo.
Lo que un día me pareció una tragedia, hoy ya no lo es.
Mi escala de valores cambió por completo.
Sé que nunca lo recogeré de un partido de fútbol ni de una clase de inglés.
Pero también sé que hace cosas que otros niños no pueden.
Y aplaudo sus pequeños logros.
Recuerdo el día que señaló el armario y dijo:
—Colate.
Yo: —¿Chocolate?
Asentó.
Le dejé media tableta. Y la otra media me la comí yo. Había que celebrarlo.
Pero no, no es fácil.
Es duro.
Muy duro.
A veces tienes que soportar las miradas de los demás:
esas que te juzgan, que preguntan qué le pasa, por qué chilla, por qué se mueve así.
Y tú… tú te preguntas: ¿qué quieren que haga?
Si muchas veces ni yo misma sé qué hacer.
Entonces te sientes sola.
Sola.
Cuando descubres que lo que era un proyecto de dos terminó siendo un proyecto de una.
Sola cuando tus amigos dejan de invitarte.
Sola cuando las abuelas no se atreven a cuidarlo.
Sola cuando a tu hijo no lo llaman a los cumpleaños.
Y piensas:
¿Cuándo dejé de pensar en mí?
¿Cuándo cambié los tacones por zapatos planos?
¿Cuándo dejé de preocuparme por las canas, por el pelo que se me cae?
Y piensas también: podría volver a enamorarme, ¿no?
Podría.
Conocer a alguien que me hiciera sentir deseada otra vez.
Pero no.
No ahora.
Vuelvo a la realidad.
Y me digo: ahora tengo que pensar en Manu.
En él.
Porque él me necesita.
Y aunque esté cansada, agotada, harta de pelear contra todo, pienso en él, respiro hondo… y encuentro fuerzas para seguir.
Solo hay una palabra que me ronda la cabeza todo el tiempo: mañana.
Mañana, el futuro.
¿Qué va a pasar mañana?
No lo sé.
Pero hoy, hoy al mediodía, va a salir el sol.
Nota: Este texto es una transcripción adaptada del video que lo encabeza.
Te dirán que eres una persona problemática, que deberías esforzarte más por encajar.
Pronto te darás cuenta de que no puedes confiar en nadie, porque te pedirán que hagas cosas que te destrozan.
Aprenderás lo que es tener miedo y seguir respirando.
Aprenderás a usar el miedo para sobrevivir.
Verás a los demás y pensarás que te falta algo, y no sabrás por qué.
Aprenderás que la gente puede ser cruel por gusto,
y las cicatrices de sus palabras se grabarán en tu cerebro.
Tus piernas cederán, olvidarás cómo permanecer de pie.
Te dirán que lo haces a propósito… y te lo creerás.
Aprenderás a odiarte igual que te odian ellos.
Tomarás pastillas diseñadas para calmarte,
pero ni así encontrarás calma. Acariciarás la superficie plateada del blíster
y darás gracias a todos los dioses por esas maravillas
que te dan espacio para pensar y existir
sin el martilleo constante de la ansiedad.
Aprenderás que esas pastillas son lo único capaz de salvarte.
Te preguntarás por qué nadie se molestó en dar un paso atrás
para verte de verdad.
Creerás que eres una carga.
Aprenderás que tu vida vale menos que la de otra gente.
Pero vivirás a pesar de todo.
Mantendrás cerca a quienes no te abandonaron.
Te esforzarás más de lo que creías posible y sobrevivirás.
Has roto y curado las micro fisuras de tu alma
cada vez que lloraste,
cada vez que las palabras de alguien te rompieron,
cada vez que deseaste la muerte
pero sobreviviste a la noche.
Carl Sagan dijo que estamos hechos de materia estelar,
que cuando el universo estalló por primera vez
creó los átomos que al final se convirtieron en nosotros.
Sobrevivirás porque hace 13.772 millones de años que te crearon,
y eres un ser cósmico.
Has brillado en el cielo nocturno
antes de que existieran el día y la noche.
La gente corriente nunca lo comprenderá,
porque dan por sentado lo que viven,
y tú has tenido que luchar por tu existencia a cada paso del camino.
Así que lo sabes, conoces el precio de la supervivencia.
Un día saludarás a la muerte sin temor,
porque el miedo no te es desconocido.
Pero tu miedo te otorga poder,
y quizá por eso te temen:
porque conocen tu potencial,
porque sabían que eras más,
y por eso intentaron arrebatártelo a palos.
Versión editada para lectura a partir del episodio 252 de Psicoflix
Entrevistan: Je y Darío (Psicoflix) Entrevistada: Gema García, psicóloga experta en Trastornos de la Conducta Alimentaria; docente universitaria y co-creadora de Un lugar seguro.
Je. Gema, bienvenida. ¿Cómo estás y cómo te organizas entre clínica, formación y vida personal?
Gema García. Muy bien y en equilibrio. En Un lugar seguro cuidamos mucho los límites y la estructura: horarios razonables, descansos y autocuidado. Si el terapeuta no está bien, lo nota la asistencia.
Darío. ¿Qué te llevó a especializarte en TCA?
Gema. Los TCA condensan muchas piezas de la clínica (estado de ánimo, autoestima, familia, trauma, estilo de personalidad). El hospital de día —con trabajo individual, grupos, comedor y familias— me atrapó. Adapté el ritmo por conciliación, pero sigo centrada en TCA.
El “clic” autismo–anorexia
Je. ¿Cómo te encontraste con el cruce autismo–anorexia?
Gema. Por clínica. Teníamos procesos atascados; una colega del ámbito del autismo nos habló de la comorbilidad con anorexia. Derivamos a evaluación y se confirmaron diagnósticos. Con ajustes, los tratamientos se desbloquearon y hoy están de alta. Es un vínculo que se investiga desde hace poco y aún no se enseñaba en los posgrados cuando yo me formé.
“Cuando entendimos el perfil autista subyacente y adaptamos el contexto, los tratamientos empezaron a avanzar.”
Je. ¿Qué señales clínicas pueden alertarnos en TCA de un perfil autista subyacente?
Gema. Rigidez extrema, preferencia por lo conocido, hipersensibilidad sensorial (ruidos, olores, texturas, colores), historia de dificultades sociales y puertas de entrada atípicas al TCA (no siempre empieza por el ideal de delgadez). Recomiendo red de colaboradores expertos (especialmente en mujeres) y cribado sistemático en primera visita.
Darío. Hablabas de porcentajes llamativos. ¿De qué magnitud?
Gema. Las cifras que se manejan son altas: entre ~20% y ~35% de mujeres con anorexia nerviosa pueden cumplir criterios de autismo. Esto nos obliga a screening desde el inicio y a diagnóstico diferencial.
Darío. ¿Cómo diferencias rasgos autistas de efectos de la inanición?
Gema. La inanición por sí sola genera rigidez, obsesividad, depresión y aislamiento; puede parecer autismo. Tres claves: revisar historia del desarrollo, renutrir antes de concluir si hay infrapeso y evaluar conjuntamente TCA + autismo.
Je. ¿Qué pruebas o estrategias de evaluación recomiendas cuando hay sospecha?
Gema. Trabajo en equipo: especialista en TCA y especialista en autismo. Cribados específicos como el Swedish Eating Assessment for Autism Spectrum Disorders ayudan. El peso de cada rol cambia según la fase: en restricción severa lidera TCA; con clínica estabilizada, gana peso la psicoeducación y la adaptación a la vida diaria tras el diagnóstico. Y un mensaje clave: diferente no es peor.
Darío. ¿Por qué los protocolos estándar (p. ej., hospitales de día) fallan más aquí?
Gema. Porque pueden ser una tormenta perfecta sensorial y social: cambios de terapeuta, ruidos, luces, grupos, exigencia conversacional en el comedor. Si no ajustamos, duplicamos la ansiedad y se desploma la adherencia.
Gema. Reencuadrando la “rigidez” como necesidad de estructura. Planes muy estructurados y predecibles, metas concretas y anticipadas. Cuando aparece el clic motivacional, suelen ser pacientes muy adherentes.
Gema. Evitar dobles demandas; la conversación puede ser carga extra. No imponer mezclas o texturas nuevas sin plan gradual. No atribuir la ansiedad solo a “miedo a engordar” si hay problema sensorial. En hospital de día, aprovechar la estructura férrea anticipando y modulando estímulos.
Darío. ¿Qué intervenciones complementarias te funcionan?
Gema. La remediación cognitiva (trabaja estilo de pensamiento: coherencia central, set-shifting) y su generalización a la vida diaria. Y RO-DBT (Radically Open-DBT), orientada al exceso de control; incluye mindfulness, regulación emocional y conexión social. Hay manual en castellano (Tres Olas).
Je. Volviendo a la evaluación, ¿cuándo priorizarías el trabajo sensorial?
Gema. Cuando la sobrecarga sensorial domina el día a día: empezamos por estabilizar entorno, rutinas y señales corporales. La expansión alimentaria se hace con exposiciones graduadas y con control del estímulo.
Darío. ¿Cómo abordas la motivación cuando la rigidez domina?
Gema. Con objetivos muy concretos y anticipados (qué, cómo, cuándo), usando los intereses especiales como palanca y con exposiciones graduadas que respeten el umbral sensorial. Cuando se produce el clic, suelen ser muy adherentes.
Gema. Tratar la rigidez solo como “resistencia”; imponer mezclas de texturas sin plan; forzar comer y conversar a la vez; ignorar la sobrecarga sensorial. Mejor estructura previsora, anticipación y menor estímulo.