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domingo, 1 de noviembre de 2026

Marino, Quod est esse

Esta es la navaja que un quinqui le robó a Marino al salir del salón recreativo

Me gusta cómo suenan los latinajos, lo misteriosos que parecen y, puestos en mis palabras, con ínfulas de una sabiduría que no tengo y para la que no me alcanza. Pero vamos con Marino, que se ha hecho con muchas «entradas» y no se cansa el chaval.

Marino... es lo que es. Puede intentar parecerse a otras personas, adoptar otros modos, pero, en cuanto se descuida un poco, vuelve a su esencia.

¿Tiene esencia un niño? Pues claro. Pero, si se expone demasiado, si se sobreutiliza, los demás se acostumbran a su aroma hasta dejar de percibirlo. Lo extraordinario se normaliza, lo extraño se vuelve familiar y termina por no extrañar casi nada.

¿Por qué la gente quiere ser diferente? ¿Y para qué?

De pequeño, llegaron un día unos tíos, padrino y madrina de él. Cuando pensaba en sus padrinos siempre se decía: «tienen que cuidarme si se mueren mis padres». Esa era la norma moral religiosa no escrita. Una ley no escrita que valía lo que los ceros a la izquierda. Pero él no lo sabía. Le trajeron, además, un maletín de los Estados Unidos con muchos coches. Y preguntó a su padrino:

—¿Eres piloto de Fórmula 1?

—No. Soy organista —eso no lo entendía el nen—. ¿Sabes un piano? Pues el órgano es lo mismo, con más teclas y más pedales.

El nene sabía que no era organista sino piloto de Fórmula 1 porque hablaba extraño, tenía pelazo y patillas enormes, como Emerson Fittipaldi. Sabía además que los mayores dicen cosas tontas para confundir, porque sí, porque pueden y saben hacerlo muy bien. Sabía que no podría entender más allá y tampoco le dieron oportunidad de seguir preguntando porque su madrina interrumpió:

—Qué niño más guapo mi Marino, mi querido ahijado, vas a traer locas a las niñas.

Y su padre, ya emocionado, ordenó:

—Hijo, enséñales el título de hombre.

Y Marino obedecía, bajándose los pantalones hasta quedar expuesto ante las visitas. Era muy divertido para los demás, aunque él no sabía cuántas de aquellas risas eran forzadas. Bastante tenía con hacer lo que se le pedía.

A su hermano le daba envidia que el pequeño fuese el centro de atenciones, solo por ser más pequeño. ¿Envidiaría también la orden paterna de enseñar a las visitas su título? Seguro que también. 

Años más tarde, iba el chaval por el pasillo con sus zapatillas de cuadros, de viejecito en invierno continental. Lo del clima continental lo menciono porque a Marino le hace ilusión. Era una de las pocas cosas que aprendió en clase de geografía. Iba silencioso, hacia el cuarto de estar donde estudiaba su hermanita año y medio mayor que él.

Que no fuesen nueve o diez los meses de diferencia viene de cuando la madre trató por todos los medios de no tener más hijos, que ya lo conté cuando decía que la percha de alambre colgaba de un armario vacío en aquella minitragedia de una semana con el chico.

Era por la tarde, la luz encendida, silencio y ambiente de una sola estudiante. Libros y cuadernos extendidos. A él le producía fascinación ver cuánto esfuerzo ponía para ser una de las mejores en su clase, cómo se organizaba, algo imposible de imitar. Ella dijo, sin levantar la vista de los textos:

—Sé que estás ahí, fantasma.

Otro de los motes en la casa. Enano, fantasma, espía, cabezón...

¿Cuál fue su reacción? Marcha atrás, paso a paso, silencioso, desaparecer. Al menos, como ella no le miró ni rompió el hechizo lunático, pudo desvanecerse y dejarle a su hermanita la duda razonable: «¿Estaba... o me lo he imaginado?», mientras él sonreía ante la mera posibilidad de que eso pudiera suceder.

Los pasos marcha atrás le encantan. Los hará a todas las edades posibles. Se imagina que camina como los flamencos, con esas patas que parecen doblarse hacia atrás. Rosado ya está de espíritu, de andares va fino filipino como «aquello que se mueve en lo alto del palillo» que cantaban Enrique y Ana. Y de ilusiones, como un perro cuando vuelve a casa su compañía humana.

Ya en su habitación, perdido el objeto, debe encontrar nuevo objetivo. Lo primero en lo que pensó fue en asaltar un fortín. El de su hermano, caja de acero. La caja con sus dos muelles y ganchos. Con un par de alambres de acero, doblados al efecto, uno a la derecha y otro a la izquierda, tirar y listo.

Ahí escondía su hermano los secretos físicos, los secretos de alcoba en otro sitio inexpugnable.

Ordenador Sinclair ZX81 con su pack de expansión de memoria

Años después encontrará ahí escondida la llave que da acceso al joyero adaptado. Luego aprenderá que la llave del joyero es aún más sencilla de solventar con el simple gancho de sujeción de un tonto llavero que su hermano deja en uno de sus cajones privados. Véase la foto del comienzo, con el sistema de enganche. Obsérvese asimismo la navaja que aquel quinqui robó al chaval en el episodio cinco.

Abrió el joyero acolchado y... ¡tachán!, ahí estaba el glorioso ZX81 con su fuente de alimentación. 1 KB o 1024 bytes de memoria y expansión de 16 KB.

El manual, absolutamente imprescindible, quedaba a su disposición, en un inglés perfecto y sencillo que a Marino le encantaba. Empezó por donde tocaba: la instrucción «PRINT». Practicar y esperar al capítulo 8 para la programación. Una a una, todas las instrucciones comprendidas, los programas iban creciendo.

Así emplearía durante años buena parte de su tiempo libre, y también del que debía dedicar al estudio. Aquello acabaría convirtiéndose en un sistema extensivo para el resto de su vida. ¿Era programador? No. ¿Era escritor? No. ¿Poeta? Tampoco. Entonces... ¿qué había dentro de ese chico? Pues ganas de descubrir por sí mismo las cosas. A tal punto que, en clases particulares de mates con Felisa...

—¿Qué has puesto aquí?

—La solución.

—Eso es la cuenta de la vieja. Hazlo con las fórmulas. —Y tachón indiscriminado en forma de gusano que ella realizaba con gracia pero a él le resultaba vejatorio.

—Pero si el resultado...

—¡Que uses las fórmulaaaaaas! —Y tachaba otro poco más cuando trataba de señalar la respuesta.

—Pero aquí... —Y le quitó la hoja del cuaderno, la estrujó y la tiró a la papelera.

—¡A trabajar he dicho! No seas zulú.

Zulú, que ahora es una expresión... ¿cómo se dice...? ¿Racista? ¿Supremacista?, como «hacer el indio». Pues eso, le llamó zulú como si los zulúes fuesen menos listos por usar la cuenta de la vieja, es decir, algo funcional, poco profesional, pero efectivo y resultón. Como la regla de tres, con infinitas aplicaciones en la vida real.

Felisa quería a Marino, ya se dijo. Le atendió y le regaló cuidados que otras personas no pudieron. Con ella aprobó asignaturas imposibles con resultados aún más increíbles, teniendo en cuenta —que no en cuneta— que suspendía todo de forma progresiva, evaluación tras evaluación, con sufrimiento creciente por igual e intenso por demás.

Felisa y Don Jesús. D. Jesús, vivo a día de hoy, era por entonces un cura joven, profe de inglés y música con maneras similares a las de Marino. Él amaba la música, como el chico, que tocaba la flauta por sí solo, sin enseñanzas de nadie. Solo aprobaba dibujo, inglés, religión (sin estudiar, regalo divino) y las prácticas de música con flauta.

La teoría de todo aquello, los textos apelmazados, se le atascaba como la grasa en una cañería, poco a poco, hasta que todo terminaba por colapsar.

D. Jesús, amoroso, tenía un acordeón lleno de botones por un lado y de teclas como las del piano por el otro. Aquello no era como las flautas dulces, en las que bastaba con tapar los agujeros. Vio que el chico estaba en los márgenes —tampoco llegó mucho más lejos— y le propuso para la función escolar. Acudía a su despacho de la sacristía con la flauta y practicaban «Barcarola», de Jacques Offenbach. Iba atemorizado, pero tocaba la flauta sin miedo alguno. La flauta no era problema, pero sí que le asustaba que D. Jesús pudiera querer más cosas, no relativas a lo musical, o no entenderse con él.

Por más que lo intentó, Marino no era capaz de recuperar los recuerdos de aquellos ensayos. Todo se le convertía en borrones: mesa de despacho, D. Jesús sentado en ella con el acordeón sobre el muslo y su tono de voz, relajado y femenino. Algún truco sobre cómo poner los dedos, sobre cómo coger la flauta y llegar con ella al fa sostenido agudo. Lo imborrable era el cuello alto del jersey gris, metido por dentro del pantalón del mismo color. Todo iba ajustado al cuerpo esbelto que lucía, para envidia de los prebostes, adláteres y homólogos de su organización. Normal: miraba el cuello más que nada, preguntándose cómo podía soportar la tela estranguladora.

De recordar algo eran la melodía y los deméritos de los compañeros de clase tras la representación, afanados siempre en mantener bajo el agua su cabeza en cuanto asomaba su nariz fuera.

Cada noche anterior a un ensayo, en su cabeza bullían las secuencias de lo que podría suceder: intentaba prever los movimientos de cada mano e imaginar dónde estarían los límites entre la cabeza del cura y su oreja, entre los brazos del cura y su cuerpo pequeño, estrecho, todavía infantil, entre lo que quería decir y lo que su mente entendía de otro modo. Y aun así, cuando los compañeros lo asediaron, no supo interpretarlo:

—¡Qué! ¿Qué hacéis los dos en la sacristía, eh? —Se lo preguntaba uno de los siete hijos de la familia Trevijano, personas pagadas de sí mismas que iban con él a clase. Por haber repetido curso, tuvo ocasión de conocer a varios de ellos. Todos de media notable, notablemente pedantes.

—Tocar.

—Jaaaaa, ja, jaaaa, y... ¿qué tocáis? —Le ponían el capote y entraba como un torito lleno de espadas ocultas en el pecho—. ¿Le tocas la flauta?

—Claro... Cada uno toca su instrumento y...

Sobran explicaciones. 

—JAAAAAA, JAJAAAJAJJAAAAAA, me muero de risa. Me parto la caja del pecho. —Caja cortada con tijera, ninguna gracia, expresión tonta la de la caja y el pecho, más bobas las risas mortales.

Ya.

En clase de gimnasia, hacía lo que podía; correr hacia arriba, correr a defender abajo, no tocar un balón pero sí sudar la camiseta. Ese día les dejaron jugar. Fin del partido. En dirección al gimnasio, a la sesión de terror cambiador de ropa, le abordó el profesor, militar retirado.

—Tú —le tocó la china—, y tú, y tú, los tres vagos. Venid aquí. Vais a ir al director y le explicáis que no habéis querido jugar con vuestros compañeros al fútbol en clase de gimnasia.

Uno de ellos tenía excusa, labia y cero vergüenza. El otro, un chico muy bajito y poca cosa, como Marino en versión mini, pero con un descaro impresionante. Marino se quejó:

—Pero si he estado corriendo todo el tiempo, no he dejado de jugar...

—Mentira. No mientas. —El profe, puesto hasta las orejas de orujos en los cafés, no sabía lo que pasaba en el patio, pero tenía premeditada toda aquella escena.

—No miento.

—¿Entonces soy yo el que miente?

—No, no he dicho eso.

—Ahora vais tú y estos amiguitos tuyos, los tres igual de vagos e inútiles, y le explicáis al director que no os ha dado la gana participar, que habéis estado hablando y riéndoos de los demás chicos. —El más alto, sin temor alguno, intervino con desvergüenza en nombre propio:

—No olvide usted, si no le importa, que tengo un problema físico y no puedo participar; es mi médico el que lo dice. ¿Le traigo la hoja o la olvidó en la taberna?

—No hace falta. Ve a cambiarte, vago, listillo con excusas. Ya te ajustaré las cuentas.

—Yo tengo el tobillo hinchado, no podía correr, mire... —Siguió el otro. Si el tobillo estaba hinchado, el cerebro de aquel desgraciado, retirado del ejército por tener el fémur soldado con la tibia, debía estar también soldado a su escasez neuronal.

—Pues ve a cambiarte también. De puro ñañarras es que das hasta pena. Marcha. Bueno, y tú, vago de siete suelas, ¿qué excusa te puedes inventar? Y quita esa cara de susto, que cuando vayas al director aprenderás a obedecer.

—No necesito excusa, yo he estado jugando. Mire, mire el sudor, yo...

—Y mis cojones son claveles. Otra vez con el calor y sudor. En el ejército... ahí sí sudarás. Y echarás el bofe. A dirección por idiota. Hala. No repliques más.

Y Marino, lleno de injusticia y pesadumbre, encontró al tutor y director en una galería y le explicó lo sucedido. Aquel hombre, que Marino tenía por mala persona, le resultó simpático. Quizá Marino se equivocaba con él. Aquel día, al menos, dejó abierta esa posibilidad en su corazón:

—No te preocupes, vuelve al gimnasio y le dices que te he castigado a escribir mil veces alguna frase.

—¿Qué frase?

—Ninguna, no hace falta, ya sé lo que pasa entre ese profesor y tú. Ahora vete. —Un cura proponiendo mentiras... ¡Inaudito! Marino no sabía qué era peor, ir con la milonga de mil veces nada y enfurecer al comandante cero patatero o inventarse una frase y... pero nadie le preguntó por el castigo.

A Don Gimnasias tendría que sufrirlo muchas otras ocasiones y a base de esforzarse se doblaría el tobillo, que ese sí estaría de veras hinchado. A D. Jesús se le encomendó ir a otra parte con su acordeón aquel mismo año: a meter los dedos en otras teclas, a mover su cuerpo junto a otros encerados y a salvar a otras criaturas de sus miserias. A Don Marino le tocaba afrontar la repetición de curso por segunda vez y nueva soledad incrementada con niños aún más niños.

El siguiente curso tuvo la ilusión de participar, por primera vez en su vida, en un concurso de fotografía en su colegio. Llevó la foto con su nombre y el título «Detalle de la mañana». La foto mostraba a una preciosa flor que había rociado con agua y que podemos ver aquí porque Marino me la prestó. La cámara era una Zeiss Ikon Contaflex con objetivo Synchro-Compur que su padre compró en los años 50. Ganó el concurso, orgulloso al escuchar su nombre, «Ganador, Marino...». Le dieron el diploma. Mientras volvía a su pupitre, el sacerdote soltó un «Ganador... como único concursante» y las risas y los dedos le acompañaron hasta su asiento a la vez que su sonrisa se desdibujaba. Eso no le impedía sentir que él había participado mientras los demás no pudieron ni siquiera imaginar cómo intentarlo.

"Detalle de la mañana", la foto del concurso

Si algo había que aprender, era harto complicado.

Frases que no eran frases,
premios envenenados,
castigos que no eran castigos
para fantasmas de carne y hueso...

curas suaves
y sacerdotes sin «sa»,

niños obligados a usar títulos
que sus cuerpos no otorgaban,

militares bigotudos
retirados del fascio,

fustigaciones,
flagelaciones
y azotes autoinfligidos
en cuerpo y mente
tras muros clericales,

hostigamiento
entre alumnado y profesorado,
entre «Pater, Filius et Spiritus Diaboli»

Tras pensarlo mucho, Marino concluyó que no entendía los motivos de nadie, y que de tanto buscarlos había olvidado los suyos. Cuanto más se esforzaba en comprender a los demás, más desaparecía él de la ecuación.

Es la paradoja de un chico que se pasaría la vida sintiéndose visible para ser utilizado e invisible para ser comprendido.

jueves, 1 de octubre de 2026

Un coro para no estar solos

Reflexión a partir de la «Balada para los poetas andaluces de hoy», de Rafael Alberti

Hay preguntas que esperan despertar a quien las escucha y no aguardan respuesta. Cuando Rafael Alberti, desterrado al otro lado del océano tras la guerra que nos partió en bandos, preguntaba qué cantaban, qué miraban, qué sentían los poetas de su tierra, estaba tomándole el pulso a un tiempo que empezaba, ya entonces, a enfermar. Y lo que encontraba era un silencio inmenso alrededor de la voz. El poeta cantaba, y el canto parecía volver en los ecos de un país deshabitado; miraba, y todos los ojos  eran opacos; sentía, y en su pecho anidaba, abrazada al silencio, la incomprensión. La pregunta de fondo era espantosa en su sencillez: ¿dónde están las personas? Sus cuerpos abundan, sí, pero las personas: las que se rebelan y se permiten herir por lo que ven. Las que reconocen en el dolor ajeno una carta con su nombre en ella.

Setenta años después, lozana, la pregunta solo cambia de dirección. Las voces abundan —jamás hubo tantas— pero escasea la escucha. Nunca antes supimos tanto del sufrimiento del mundo y solo ahora  nos roza tan poco. Hemos perfeccionado una forma inédita de ceguera: la que mira sin pestañeo a través de una pantalla mentirosa.

El "Ensayo sobre la ceguera" de Saramago sería premonitorio si hubiera sido el único en la tierra en pronunciarse. Y ese es el problema: en nuestro interior lo compartimos, pero no alzamos la voz para denunciarlo.

El dolor nos llega en tiempo real y en alta definición, y precisamente por eso resbala: convertido en contenido, comprimido entre un anuncio y una trivialidad, un bombardeo dura lo que tarda el pulgar en deslizarse. La compasión es un músculo, y se atrofia tanto por exceso de estímulo como por falta de uso. Así caminamos entre náufragos con la serenidad de quien atraviesa un decorado: el anciano que lleva semanas sin oír su nombre en boca de nadie, la mujer que llora en el andén, el niño que alcanza una costa inesperada. Vemos el dolor tras el cristal de nuestra cámara Gesell, con sensibilidad atrofiada: un ver sin ser vistos. Esa es la soledad que el poema presentía: la voz fuera del coro en un mundo con los sentidos apagados.

Donde se apaga la sensibilidad, además, la memoria se seca. La desmemoria es el combustible del descuido que favorece la repetición. Cada guerra comienza en el punto preciso donde termina el recuerdo de la anterior. Europa juró sobre sus propias cenizas que nunca más, y bastaron dos generaciones para que el vocabulario del odio regresara con ropa nueva: el otro convertido en plaga, la frontera en trinchera, el algoritmo en megáfono de la rabia. Volvemos a escuchar la vieja música —esa deshumanización que precede, siempre, al exterminio— y la tarareamos distraídos, como si no supiéramos ya de memoria cómo termina. Guernica no fue la advertencia de un siglo: fue la radiografía del corazón humano en el instante en que decide dejar de sentir. Y la espiral del odio no gira sola; gira porque la empujan, cada día, millones de pequeñas renuncias a conmoverse.

Pero la balada de Alberti no termina en esa tumba: gira sobre sí misma, se pone en pie. En su tramo final, el poema pasa de preguntar a ordenar: alzar la voz, alzar los ojos, alzar el latido. Y promete con la desesperación de quienes aún aman: que quien se alce descubrirá que nunca estuvo solo; que hay oídos aguardando, miradas que buscan, sangre latiendo con sangre de perfectos desconocidos, pero al mismo compás. La soledad, viene a decir, es un espejismo de quienes la imaginan necesaria para sentir. Y remata con una lección que remueve los cimientos más profundos: la hondura del poeta no se vislumbra en el encierro de su cripta; el canto solo alcanza su fondo verdadero cuando sale a la intemperie y se hace de todos. La hondura no es un pozo: es un cielo abierto, compartido.

La historia, además, quiso darle la razón de un modo casi milagroso: aquellos versos escritos en el destierro, en la más completa soledad, acabaron convertidos en canción por el grupo Aguaviva, que los llevó a las radios en los setenta. El poema, coreado en un país amordazado, preguntaba si quedaba alguien. Y fue respondido por una multitud. Ninguna soledad es definitiva mientras alguien se atreva a cantar más alto que su miedo.

De esa certeza nace nuestra tarea. A las personas sencillas y razonables —que son más, muchísimas más de lo que el ruido permite creer— hay que decirles: vuestra compasión no es ingenuidad; es la última tecnología que nos queda para no despeñarnos. Ejercedla con el empeño del oficio bien hecho, a diario y en lo pequeño: en pronunciar el nombre del vecino, en la escucha sin prisa, en la negativa serena a repetir la consigna que deshumaniza. Sentir ya es resistir; nombrar el dolor ajeno es una forma de amor político.

Y a quien vive atrincherado en el fanatismo —porque también a él debe llegar este canto, o no será el canto de todos— hay que hablarle sin desprecio, que es justamente el idioma que su odio necesita para justificarse. Decirle: el odio te prometió una patria y te ha construido una celda; te prometió hermanos y te ha rodeado de centinelas. Debajo de tu certeza de hierro hubo un día un niño que lo sentía todo, y esa puerta no se ha cerrado. Nadie regresa de la rabia a través de la humillación; se regresa cuando alguien, desde la orilla de enfrente, se obstina en seguir viéndote humano. Ser ese alguien es hoy la forma más alta de la valentía.

Porque esto, y no cualquier libertad disfrazada, significa saber elegir. La historia no es una rueda que gira sobre nosotros: es una encrucijada que se abre ante cada generación con la misma pregunta entre las manos. No estamos condenados a la espiral; estamos tan solo tentados por ella. Y contra esa tentación existe un acto tan antiguo como la humanidad: elegir mirar, elegir escuchar, elegir que el dolor del otro nos concierna. Cada gesto de atención es un arma menos en todos los arsenales para la próxima guerra y un motivo menos para alimentarla.

Que este sea, entonces, el destino del poema entre nosotros: dejar de ser pregunta para volverse coro. El coro no exige voces iguales —las necesita distintas—; exige una sola piel erizada en cada cuerpo y la decisión de disfrutar unidos su canto.

Estuve en un coro, me costó mucho aceptar ser solo uno más, pero aprendí que sumar o restar una sola de nosotras no lo hacía menos, que, respetando nuestros tiempos, limitando e imitando el volumen, callando a una y gritando a un gesto, éramos poderosas. Fue hermoso mientras duró.

Alcemos, pues, la voz hasta comprobar que alguien escucha; levantemos los ojos hasta sentirnos mirados; dejemos que el corazón suene tan fuerte que nadie, en ninguna orilla, pueda ya creerse solo.

El mundo se sostiene cuando, aun pensando diferente, nadie sufre sin testigos ni ama sin compañía.


¿Qué cantan los poetas andaluces de ahora?

¿Qué miran los poetas andaluces de ahora?

¿Qué sienten los poetas andaluces de ahora?


Cantan con voz de hombre, ¿pero dónde los hombres? 

Con ojos de hombre miran, ¿pero dónde los hombres?

Con pecho de hombre sienten, ¿pero dónde los hombres?

Cantan, y cuando cantan parece que están solos.

Miran, y cuando miran parece que están solos.

Sienten, y cuando sienten parece que están solos.


¿Es que ya Andalucía se ha quedado sin nadie?

¿Es que acaso en los montes andaluces no hay nadie?

¿Que en los mares y campos andaluces no hay nadie?


¿No habrá ya quien responda a la voz del poeta?

¿Quien mire al corazón sin muros del poeta?

¿Tantas cosas han muerto que no hay más que el poeta?


Cantad alto. Oiréis que oyen otros oídos.

Mirad alto. Veréis que miran otros ojos.

Latid alto. Sabréis que palpita otra sangre.


No es más hondo el poeta en su oscuro subsuelo

encerrado. Su canto asciende a más profundo

cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres.


martes, 1 de septiembre de 2026

Yo tenía... no sé qué

"Aunque el mundo esté lleno de sufrimiento, también está lleno de personas que lo superan."

— Helen Keller

Yo tenía el dedo en un dedal. Era escaso para culito de vino.
Ancho para un ser infantil y perfecto para firmar en puntos un quebranto.

El dedo pregunta por el tamaño de lo que atraviesa.
La travesura no sabe ser discreta, es así, lo son los años.


Hay quienes aterrizan en el mundo con la piel donde debería ir el uniforme, el disfraz inverso.
Cada vibración percibida, una confusión pequeña, una pregunta sin efectuar.
Cada mirada ajena, un peso incógnito con raíces de alien, el pasajero más cercano.

El mundo nació igual para muchos y de a pocos se fue diferenciando en capas. Ir adaptándose fue la misión de esos pocos.
Lo recorremos a lo Ricitos de Oro, abriendo las escotillas al revés y sacando los pies de las alforjas para dormir en camas que nos vienen chiquitas o sin saber cómo encaja un cuerpo pequeño en superficies inadecuadas.

Nos dan plano y manual en idioma georgiano, siendo naturales de Tudela.


Me he comprado una nave con hangar espacial industrial. Pagar a plazos es una ventaja contractual. Nuevos mundos considerales a mis extraordinarias capacidades, preparadas las estrellas, sobrevolaré vuestras órbitas a ratos y con ellas me miraréis.

Mas mirad a lo alto, a lo ancho o a lo ligero: lo mismo da que me tiene siempre que ampliéis la manera de mirar.

Exclusivo, niño con nave especial considerable, industrial y con saltos portal a portal.


Mi precioso transporte a los sueños se convirtió en el primer Transformer del mundo, difícil de manejar, inabarcable, bloqueado en una cabina de camarote oscuro y triste, donde las lágrimas caían, sssshh_!
sssshh_! y más sssshh_! hasta mis pabellones deportivos en lo auditivo y sensorial.


Alguien, en lugar de ser refugio inter-mundos se convirtió en primera lección terrenal. La que el cuerpo aprende antes que la mente: peligro marciano con cara reconocida, que el amor y el daño pueden llegar de la misma mano, que mano sin "m" no es mano y sobrevivir suena a moco de bebé caprichoso.

HEY BRO ! Despierta! SSSSHHHH__!
¡Cuidado, nos atacan!, algo o alguien se ha colado en la nave!

Jugarrrr, jaguarrr, grrrrr, mmmm, frisssss, frassss
Por aquí, por acullá, todo vale, nada vale lo demás.

De la mano de inocente grumete, un agujero negro quiere aplastarnos en su gravedad inmensa.
Motores a toda vela, abre, la ventanilla no se abre, cierro, no podrá pasar a mis dominios fractales, los desechos en la compuerta, el misil no la derriba.
"EMPUJAAAAA!" se dicen la cosas, que son varias, de hierro, con hidrosferas de emulsión a látex.
"No puedooo" respondo, no resistiréeeee, pero resisto.


Mis tías encogieron, no se cómo, sus hombros, cuando el infante tripulante se negó a estrenar la prenda de baños luz.

Las vi mirarse a los ojos, no a las órbitas lunares, a los puros luceros tragaluces, extrañadas. Robaron mis condecoraciones y, degradado, obedecí y les di mi piel, codiciada piel con cositas de nene.

Qué inocente.

Los profes también eligieron encoger las complicaciones, cuando este peque no quería jugar con los otros mequetrefes.
Fría columna de piedra, inamovible pierna, segura frontera, rugoso paraguas contra la tormenta.
-¡OIGA! ¡SU HIJO NO JUEGA!
-Habla cucurucho que no te escucho

Más fácil acudir a mi y preguntarme si sujetaba la columna, reírse del astro y del nauta que aún buscaba sus sueños en la tierra prometida.


Hubo años en que el cuerpo se convirtió en el único territorio donde ejercer soberanía.

Decidir cuánto. Decidir cuándo. Decidir si.

Porque cuando las aristas del dolor no cortan lo bastante, uno aprende a sacarles filo.
El tentáculo de roca guiada rompiendo mi lisura, el hambre de víbora su idioma y yo, incrementando en callados mi patrimonio.


Pa' patria papá. Loconel Coward y, a sus órdenes locas, Madson el hijo.
Quedó eso como ecolálico adjetivo, despectivo, dejando clara su espesa ligereza vocal.

Mamá, Killer Hider Mom, ¿no te acuerdas, hija, de aquel olor a humanidad? Lo dijiste.

Lo dijiste, cuando él quiso abrir. Cuando él, tu favorito, resolvió el cerrojazo sabedor de lo prohibido.
Tu machote ibérico cerró y abrió y, entonces fue cuando lo dijiste.

Nuestro cuarto cerrado,
la ventana abierta y las verdades,
salieron volando a ciencia cierta.
¿Verdad, mamá, que tu antifaz impedía saber nada de nada?


Este antiguo pensamiento de diluir mi estrella en el espacio exterior es antiguo, sinónimo de infantil, chocante figura menguante, estacional, difusa y otra vez creciente.

Ese pensamiento tan frecuente y buscado durante aquella adolescencia, Toc-Toc, llamó a la puerta de mi nave:
-Abra usted, salga de su cavernícola chatarra espacial, disfrute de un simpático pozo negro en el estómago.

Ya sin combustible, oxidada, el panel de mandos dibujado en un papel perdido entre papeles, no olvidado pero si apartado, se fue consumiendo entre el polvo de los cementerios altos de un armario.

Ese vacío extensible vuelve de entre los vellos de mi bigote, traicionero, sin saber qué curvatura espacial escogió para alcanzarme.

Los que han estado ahí saben de qué va la vaina. De querer marcharse si con eso, lo que sea, se calla el ruido hacia adentro, se apagan los quejidos y sus lamentos.


Mi cuerpo se queda como si nada.
Nada lo altera ni se muere.
No flota ni navega.
Pierde energía.
No pasa de sólido a gusanoso.
Mi cuerpo es la nada
en una espera interminable.

Al principio creí en una nova estelar, repentina como el lugar exacto donde uno acostumbraba mirar.

Brillaba y, en su fulgor, incluso en un solo reflejo, la noche era innecesaria.

Al final se trataba tan solo de un sencillo esquema con algo de ternura, pizcas de esperanza, y esa costumbre tan humana de confundir oscilación con permanencia.

Mi estrella era negra, con geometría y densidades cósmicas. De su oscuro nada podía escapar, solo permanecer apretado en una asfixia, inaccesible al juicio.


Los poetas, sabiéndolo, escriben sin márgenes, a lo largo de la secuoya, entre los húmedos pliegues de sus cortezas.

Porque han visto estrellas apagarse mucho antes de que el cielo lo admita.
Porque conocen el momento exacto en que una ilusión sigue brillando aunque ya no exista.

Y porque alguna vez, mientras todos miraban hacia arriba, ellos sintieron romperse el firmamento.


Mi tiempo, aunque infinitesimal a escala planetaria, vence.
No que se rinda, sino que va terminando, alejado de su comienzo.
Perdida la capacidad, la memoria, consumidas las ganas, pasada toda hambre, quería contar lo que  aún tenía. Yo tenía... pero no sé qué era.

No espero recuperar aquel vehículo interestelar.
No veo más estela que la del dolor ciático en la fisio,
de cerca por los ojos secos del Sjorgen y,
de lejos, por la visión de un viejo miope.
No tengo noticias de, ni nostalgias por
aquella, mi antes y solo por entonces querida,
bonita nave espacial.

sábado, 1 de agosto de 2026

La soledad universal

He visto Pluribus, temporada uno, con mucho interés porque representa algo que rara vez aparece en la ciencia ficción: la soledad universal (versión 2.0).

No la soledad de alguien aislado, sino la de quien no forma parte del grupo.

Refleja cómo se vive pareciendo igual que otras personas, sin conectar con ellas ni lograr que compartan tu punto de vista.

Es la despersonalización escenificada en un ente que suma a todos los individuos.

En una sociedad así, muchas de las cosas que hoy ordenan nuestras vidas perderían sentido.

Y quizá no sería tan extraño. Ya vivimos en una época donde:

  1. la moda textil sirve para diferenciarnos de lo que gasta la vecina, aunque la fábrica produzca miles de copias idénticas;
  2. la moda quirúrgica promete perfección corporal o facial hasta desembocar, a menudo, en una fealdad artificial;
  3. la moda mental convierte determinadas etiquetas diagnósticas en identidades deseables; lo que sea por la ansiada triple excepcionalidad y, si es posible, con privilegio bello.

¿Qué sería de nosotras si la conciencia colectiva dejase de ser una ficción?

Lo que perdería valor

cinco mujeres tomadas de la mano al atardecer

La belleza, la fama o el poder funcionan porque existen individuos separados que buscan reconocimiento, validación o influencia.

  1. La belleza, como jerarquía social, dejaría de servir para obtener amor, estatus o poder.
  2. El poder personal perdería buena parte de su sentido si el liderazgo fuese una simple función técnica.
  3. La fama y el prestigio serían sustituidos por una forma de reconocimiento compartido.

Lo que cambiaría de forma

dinero disolviéndose en la naturaleza

Otras estructuras quizá no desaparecerían, sino que adoptarían formas distintas.

  1. El dinero podría convertirse en un artefacto primitivo de intercambio.
  2. La competencia extrema cedería terreno a formas de cooperación más eficientes.
  3. El mérito dejaría de ser estrictamente individual para convertirse en un logro del conjunto.

Lo que sacrificaríamos

siluetas humanas transparentes compartiendo emociones

Porque la integración absoluta también tendría costes.

  1. La privacidad podría convertirse en moneda de cambio para compartir emociones y pensamientos.
  2. Las fronteras identitarias quedarían diluidas en una experiencia común.
  3. El miedo a la soledad desaparecería... pero también parte de la individualidad que hoy apreciamos.

Después de recorrer todas esas posibilidades descubro que me atraen muchas de sus consecuencias.

Me gusta imaginar un mundo menos obsesionado con la belleza, el prestigio, la competencia o las fronteras.

Sin embargo, hay algo que no consigo aceptar.

La desaparición del individuo.

Porque, a ratos, siento que soy una vela prendida al final de su mecha, en medio de una tormenta.

Una empeñada en consumir la cera que le quede con luz permanente, sin excesivas llamaradas amarillas ni agónicas flamas azuladas predestinadas al humo.

Quizá por eso me cuesta desear el mundo que propone Pluribus. Porque, aun sintiéndome aislado muchas veces, sigo prefiriendo ser una llama pequeña antes que desaparecer dentro de un fuego inmenso.