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viernes, 31 de julio de 2026

Al envés de los verbos (6)


## VI. Lo entrelineado

El sobre de la notaría de allá estuvo una semana detrás de las botellas, y hubo que apartarlo cada vez que alguien pedía anís. Se abrió la cantina —panera, teatro... al caso era igual—, un jueves de octubre del diez, después de la partida, porque para las cosas graves este pueblo siempre ha preferido el mármol de las mesas al de los altares.

Anselmo el de Anselmo se puso las gafas, que solo se pone para el dominó y para las esquelas.

—«A los interesados» —leyó, y miró por encima del papel.

—Interesados somos todos.

—Habla por ti.

—Siempre hablo por mí. Por eso me entero de menos.

Vino el cura de guardia, que atiende además Masueco, Pereña y Cabeza de Framontanos y abre esta iglesia dos domingos al mes. Vino con sotana y no se la quitó en toda la lectura, que ya se sabe cómo se ponen estas paredes en octubre. Y se leyó lo que había: que Sagrario Gorjón Mieza, nacida aquí el tres de enero del cuarenta y cuatro, hija de Elías y de Basilisa, había fallecido en Bienne, cantón de Berna, el dos de octubre, y que dejaba un pliego escrito de su mano. Constaba unido un pliego anterior, sin fecha y por eso inservible, que se conservaba sin más valor que el de acreditar que lo intentó dos veces.

Entre uno y otro mediaban catorce meses. Nadie sabía aún, de los presentes, qué medían esos catorce meses. Ahora se sabe, y se deja medido: catorce fueron los que el cuarzo le dejó en blanco en la hoja de cotizaciones, y catorce los que tardó en atreverse a ponerle fecha a lo suyo. A esta mujer lo que se le rompía se le rompía siempre por el mismo sitio y con la misma medida.

Del segundo pliego, que es el que vale, se transcribió lo que hace al caso, y se transcribe otra vez aquí, con lo que entonces no se pudo poner: las caras.

«En Bienne, a 9 de marzo de 2009. Yo, Sagrario Gorjón Mieza, de sesenta y cinco años, en mi juicio, escribo esto de mi mano porque me han dicho que así vale.»

«Ítem. A Marie-Louise Perret, de esta ciudad, el piso de la rue Basse, lo que hay dentro, lo del banco y las pinzas Dumont del cinco, que son mías desde el sesenta y siete y no las ha tocado nadie. Ella me ha aprendido a respirar poco, que es lo que hace falta para el espiral y para lo demás. Hemos trabajado juntas quince años y hemos vivido juntas cuarenta y dos. No la he nombrado nunca delante de nadie de mi sangre. Que conste ahora, ya que no cuesta.»

Nadie preguntó en el bar quién era Marie-Louise Perret. Se entendió lo bastante para no preguntar y lanzar miradas de perfil a la del pelo colorao, que aquí la comprensión y la mala idea gastan el mismo silencio, y esa tarde, por una vez, el silencio fue del primer género. Herminia dijo «pues mira» y removió el café, y en este valle «pues mira» es una amnistía. El cura de guardia se miró las manos y siguió con la sotana, soltando los dos botones que le cortaban el aire.

«Ítem. A quien quede de Sebastián Cachón, el Zurdo, que estaba en Baracaldo y no sé si estará, veintidós mil francos. Que se los gasten en lo que quieran. A mí me consta por qué su padre no pudo volver a sujetar la garlopa. No me pidan que lo escriba aquí: lo he escrito ya, y va aparte.»

Uno de los viejos se metió las manos debajo de la mesa mientras se leía eso. No dijo nada. Aquí las manos se esconden solas y saben por qué.

Sebastián llevaba muerto desde el setenta y cuatro: doce años de Bilbao y un cólico miserere para rematar. Ella no lo sabía, y en eso este término y ella quedaron por fin en paz, que ninguno de los dos le contó nunca nada al otro. Lo aparte fue aparte, como ella dispuso: la notaría lo entregó en Baracaldo, en mano, a los nietos de Sebastián, que eran bisnietos del carpintero de las manos. Bajaron un mayo, tres, con pegatina de Vizcaya. No enseñaron el papel ni lo mentaron. Pagaron una lápida nueva para el bisabuelo, de granito de aquí, con dos manos esculpidas en hueco, abiertas, y se volvieron sin tomar café. La lápida está en la segunda fila del camposanto viejo. Quien pase, que mire las manos y eche la cuenta que quiera, que para eso las dejaron abiertas. Se supo que los niños nuevos, los de la casa rural,  escapaban las mañanas de hielo y sacaban cubitos tenebrosos con forma de manos. La infancia no conoce algunos límites y en sentido inverso, las infancias no deberían invadirse tampoco, que las edades a un lado y otros mandan, o deberían hacerlo.

«Ítem. A mi madre, Basilisa Mieza, le dejo los cuarenta y un años. Ella sabrá.»

Anselmo lo leyó dos veces. La segunda, más bajo, por ver si en la segunda cabía.

Al margen, de letra del secretario: «Cláusula ineficaz por premoriencia de la legataria, fallecida el 14 de junio de 1999.» El pliego es de 2009. No consta que lo ignorase. Constaba: la esquela le llegó doblada dentro de una carta de cuatro renglones sin firma entera, y la leyó de pie, junto al fogón, y dijo «Ya», y puso la mesa. Legar ausencia a una muerta es la única escritura que esta tierra enseña a otorgar del todo, y la enseña gratis, y no admite renuncia. Cuarenta y un años le habíamos arrimado nosotros la leña a Basilisa. Cuarenta y uno le dejó la hija. Las cuentas de esa mujer salieron siempre. Lo que no dijo el pliego, porque no hacía falta, es a quién le cargaba los intereses; y aquella pregunta de la cocina, la del puchero, la que se hizo al revés, quedó al fin contestada por el procedimiento de no contestarla: ella sabrá. Sabía.

«Ítem. Los tres bancales del pago de la Peña Escrita, con sus olivos y la caseta, a quien los quiera, con una sola carga: que no los poden. Que se hagan acebuche. Ya está bien.»

Alguien se rió al fondo. Fue una risa corta, y fue del lado de ella, y en esta panera con pretensiones de bar no se había reído nunca nadie de ese lado.

La carga modal se hizo constar. No es exigible por persona alguna. Los bancales se podaron a la primavera siguiente, por decoro, y el que subió con las tijeras bajó diciendo que aquello no era poda, que era peinar a un muerto. El decoro duró una poda. Desde entonces no ha subido tijera a la Peña Escrita, y aquello va cerrándose en acebuchal bravío donde crían las rabilargas y no entra nadie, que era exactamente el testamento: tres bancales desobedeciendo a este pueblo a perpetuidad. Ya está bien, dejó dicho. Pues ya está.

«Ítem. A la parroquia, un sobre lacrado que va con esto. No es dinero. Que lo pongan en el sagrario, con lo demás que hay ahí, y que no lo abran, ni el cura, que esté ahí presente y callado y no haga falta decirlo nunca más, que es lo único que he pedido en mi vida y lo pido ahora que ya no molesto, y si alguno lo abre que no me lo cuenten, que ya no estoy, y si no lo abren tampoco me lo cuenten, no me contéis nada, no me contéis nada nunca.»

Herminia se levantó y fregó una taza que estaba limpia.

El sobre está donde ella dispuso. Nadie lo ha abierto. Conviene precisar que nadie lo ha intentado. Hay quien comulga de medio lado, por no darle el frente al sagrario, y a eso en el catecismo no le han puesto nombre todavía: la fe, en este pueblo, siempre ha consistido en saber con exactitud dónde no mirar.

«Ítem. De mi cuerpo no dispongo. Que decida quien esté delante.»

Firma entera, con los dos apellidos.

Estaba delante quien había estado siempre.

Decidió el fuego, y luego el jardín del recuerdo del cementerio de Madretsch, que es común y no lleva nombres, y que era, de las dos maneras que hay de no volver, la que ellas tenían habladas: la limpia. Lo hablaron años antes en la cocina, con un reloj abierto encima de la mesa, y no les llevó una tarde: les llevó lo que se tarda en decir dos frases y seguir cenando. En el certificado previo se hizo constar presbicia y retracción palmar bilateral, frecuente en el oficio de limpiar también. Como manejar minucias o agarrar palos de fregar y barrer, recibir palos en el alma por fuerza ha de encogerla, y más, siendo de criatura. Y nada menos ni nada más. De lo demás que traían aquellas manos no entiende la medicina, que tampoco es su negociado y por eso lo cuento yo, que me bastan dos luceros para verlo.

La adveración exigía cotejo con documentos indubitados, y en este término no había ninguno: en cuarenta y ocho años no escribió una línea a nadie de aquí, y aquí nadie guarda lo que no le mandan. Hubo que ir juntando tres, y los tres, mírese como se mire, los guardaron mujeres.

El primero salió de un archivo: su expediente del Instituto Español de Emigración, Salamanca, 1963, con firma al pie y huella del índice derecho, y los sellos de las dos únicas temporadas que pasó en la pensión Aránzazu, de Irún, que ya quedaron contadas, y a qué distancia, y por qué no se anduvo.

El segundo salió de un misal. Fue al vaciar la casa, en el noventa y nueve, y no lo buscaba nadie: se cayó al levantarlo, como se caen esas cosas. Una estampa de Primera Comunión de mayo del cincuenta y cuatro, dedicada al dorso con letra de diez años, que ponía «Para mi madre» y debajo el nombre entero, sin una falta y sin un temblor, que a los diez años esa palabra se escribía de un tirón. Estaba en la página del Jueves Santo, que es la noche del prendimiento. Se incorporó en calidad de documento indubitado y no se hizo constar otra cosa, aunque otra cosa hubiera: que Basilisa, que no guardaba nada, guardó eso, y lo guardó ahí, y en tantos años no se lo dijo a nadie, ni a su hija cuando pudo.

El tercero salió de una caja de latón. El cuaderno de caligrafía del curso cincuenta y tantos, que salió de aquí en febrero del sesenta y cuantos dentro de una maleta atada con una correa de petaca, se estuvo por siempre en aquella caja, los que ella vivió con él a mano y sin abrirlo, y volvió mucho después en un tren y en mi regazo, porque no quise facturarlo: la lista de los reyes godos copiada siete veces, de Ataúlfo a Rodrigo, sin una falta, y en la penúltima hoja el renglón tachado que atraviesa tres hojas.

El perito era un hombre de Salamanca, joven para lo que uno se figura, con las uñas comidas y unos guantes de algodón que se ponía para tocar el papel y se quitaba para escribir. Trabajó en una mesa con flexo, junto a la ventana. Puso el cuaderno a contraluz, pasó el calibre por encima del tachón sin apretar, como se pasa la mano por una frente, y dijo lo que dicen los que no saben lo que tienen delante:

—Qué letra más bonita para diez años.

—Trece —dije yo.

Midió la tachadura —tenía el ancho justo de una palabra corta—, la consignó como rasgo idiosincrásico de presión coincidente con el pliego de 2009 y la tuvo por refuerzo del dictamen de identidad de mano. Debajo no se leyó nada. Tampoco se intentó: no era el objeto de la pericia. Cinco letras cabían. Este texto no afirma cuáles.

Yo estaba delante y no pregunté. Dos palabras me cabían en la boca. Me cabían de sobra.

Este relato se limita a recordar que este pueblo tardó ocho años en poner por nombre a un hombre lo que una cría de trece había escrito y enterrado en un cuaderno, y que cuando el pueblo por fin lo dijo creyó que lo inventaba. No se inventa nada. Se desentierra.

El dictamen concluyó que la mano de 1957 y la mano de 2009 son la misma mano. Su sintaxis la desmentía; la letra la sostuvo. Por auto de 4 de noviembre de 2011 se declaró el pliego escrito y firmado por la causante y se mandó protocolizar. Queda así acreditado, con eficacia frente a todos y por resolución firme, que la niña que copió siete veces a los reyes godos y la mujer que murió en Bienne eran la misma persona. Es lo único que ha quedado probado. Es, en rigor, lo único que alguien pidió que se probara.

No consta lo demás. No consta un pestillo engrasado sin que nadie lo pidiera. No consta una silla de anea arrimada del lado de fuera de una tapia. No constan diez dedos estirados uno a uno todas las noches, sin conversación, durante incontables inviernos. Nada de eso se protocoliza en ningún sitio. Todo eso pasó, y pasó más rato que lo otro, y a la hora de contar los años de esta mujer conviene tenerlo en la mano, que si no salen las cuentas cortas y salen mal.

Devuelto el cuaderno por el juzgado, no se supo qué hacer con él, que es lo que aquí pasa siempre con lo que vuelve. Está en la escuela, que hoy es centro social y tiene máquina de café y wifi los días que hay, dentro de una vitrina con otras dos cosas y sin un cartel que explique ninguna.

La pesa grande de la báscula del concejo, hueca, que alguien guardó por vergüenza o por trofeo, y de eso ya nadie se acuerda.

La libreta de hule negro de la Bebé, atada todavía con su goma de petaca pelada, que la fundación depositó allí al comprar la casa grande, y que está abierta, porque abierta la dejó el que la puso, por el asiento de octubre del cincuenta y cinco: con fecha y hora, un guarda cruzando el puente con un perro canela atado corto, anochecido, y no consta más.

Y el cuaderno, abierto por la penúltima hoja.

Tres objetos y una sola pregunta, que es la de estas páginas enteras: cuál de los tres está hueco.

La vitrina la pusieron en la pared donde estuvo el estrado.

Una cría me preguntó el invierno pasado, haciendo los deberes con el abrigo puesto, qué era aquello del cristal. Le dije que un cuaderno. No mentí. Se me han pasado cincuenta años aprendiendo a decir primero la verdad, sin dejar hueco a la mentira.

Un mayo de después vino en el coche de línea una extranjera mayor, derecha como un minutero, con un transistor pequeño en el bolso y las manos encogidas hacia dentro. No preguntó por la casa, ni por la tumba de Basilisa, ni por nadie, y tardé un rato en entender por qué: no le hacía falta. Se sabía este pueblo mejor que nosotros. Se lo habían contado de noche, en voz baja y en una cocina años enteros y seguidos, que es la única manera en que este término se ha contado nunca así.

Preguntó, en un castellano oxidado:

—¿El olmo?

La subimos Herminia y yo, despacio, por la sombra, parando dos veces sin decir que parábamos. Me dio el brazo en la última cuesta. Tenía la mano igual que la tenía ella, los dedos curvados hacia dentro como si guardaran algo, y yo, que no he tenido nunca las manos así, las llevé un rato como si las tuviera.

La guía verde estaba en lo suyo, sin permiso de nadie, como todos los febreros y ya, por lo visto, también los mayos, estos al menos con motivo. La extranjera la miró un rato largo y dijo algo en lo suyo, bajito, que no entendimos y no pedimos que nos tradujera, que hay cosas que traducidas restan fuerza y no es justo.

Le saqué yo la silla de anea y se la puse junto a la tapia, del lado de fuera. Ahí mismo me la pusieron a mí tres veranos, sin que yo la pidiera y sin que nadie la mentase, y en tres veranos no me senté una sola vez. Aquella silla estuvo esperando medio siglo a que alguien se le sentara encima. Se sentó una suiza. No fui yo.

Se acomodó despacio, la silla crujió un lamento, miró hacia el palacete, que ya es biblioteca, y dijo:

—Aquí se oye bien.

No supo lo que había dicho. Yo sí.

Cincuenta años he tardado en devolver una silla. Es lo único que he devuelto en mi vida, y ni siquiera se la devolví a quien me la puso.

Las tres del lado de fuera, y ninguna supo de las otras. La suiza, que no ha pasado una tapia de este término en su vida. Yo, que tuve la silla tres veranos y no me senté. Y la que miró de noche, desde el camino, con la maleta atada, y ya no soltó palabra; más corta imposible.

Y a la caída del sol la mujer encendió el transistor, poca cosa, una música que no era de aquí, que subía y bajaba como respiración de otro, y por primera vez en la historia de este término la música bajó del alto hacia los tejados en lugar de subir desde el palacete, y los tejados, durante una tarde entera, fueron solamente tejados.

Mientras sonaba, ella se estiraba los dedos. Uno a uno, sin forzar, con la mano buena tirando de la otra y luego al revés. Lo hacía sin mirárselos, mirando al valle, como quien reza lo que tiene aprendido. Herminia se lo iba a decir y le apreté el brazo. Tantos años estirándoselos a otra y ahora se los estira ella sola. Eso no lo pone en ningún papel de los que llevo citados y es lo único de todo aquel mes que no he podido quitarme de encima.

De la niña de la Bebé se supo lo que quiso saberse, que fue poco y llegó tarde: que en la fundación, desde el año que faltó el ama, las cartas de las becas las firma una letra menuda que nadie de aquí ha sabido poner cara; que a las crías becadas les añade una posdata de su puño que las madres no entienden y las crías sí, y que hay una que la lleva desde hace años en la cartera, doblada en cuatro, y ya se le está partiendo por el doblez; y que en el archivo de la fundación hay un expediente antiguo, de los primeros, donde un nombre está tachado con regla y otro escrito encima con letra de contable. Vale lo entrelineado. Por una vez, algo tachado que descansó.

Y queda por enmendar este documento en tres particulares, y se enmiendan todas, que para eso se ha llegado hasta aquí.

Primera. Se escribió en el capítulo tercero que en el alto había una cría de ocho años despierta a horas en que aquí no hay nadie despierto, y que vio lo que vio sin saber qué veía. Era yo. Vi luz en el palomar de la casa grande fuera de horas, y vi salir por la trasera una figura pequeña que se paraba en cada esquina antes de doblarla. Tenía ocho años y no supe qué veía. Lo supe de golpe a los veintiocho, un día cualquiera y sin venir a cuento, con veinte años de retraso, que es como se entienden aquí las cosas. Y con veintiocho años y entendido del todo, tampoco lo dije.

Segunda. Se escribió que nadie la vio marcharse aquel martes de febrero pero si una cría de catorce años a la que su madre acababa de levantar para el ordeño, y se escribió en tercera persona, que es el disfraz más barato que se vende en este término. Era yo también. Vi bajar por el camino a Sagrario, con la maleta atada con la correa de una petaca de su padre y el vaho por delante y diecinueve años que partían el suelo de tanto peso. Vi a los dos que aguardaban en la revuelta cuando aquí no aguarda nadie. Y al pasar el alto levantó la vista un momento, uno solo, más arriba de todos los tejados. Más arriba estaba mi ventana, y yo detrás de ella con el candil encendido, y no lo apagué, y tampoco abrí. Tenía la mano en el pestillo. Estaba frío y no lo corrí. Años después, en otra casa, otra mujer engrasó uno para ella. No es lo mismo.

Me he pasado medio siglo poniéndole a aquella figura un gesto que desde tan lejos no pude verle: el de sacudirse las zapatillas en la última linde, para no llevarse de aquí ni el polvo de los caminos. No sé si lo hizo. Sé que se lo tenía ganado. Y sé que inventármelo ha sido mi manera particular de hacer lo que hace todo el mundo en este pueblo, que es rellenar con lo que uno lleva dentro.

La tercera la pido yo. Agosto del sesenta y cuatro, la lumbre de mi padre, la palabra de mi hermano. Me reí la primera. Sabía desde los ocho años lo que sabía y me reí de un hombre porque se había cagado de miedo delante de un toro. Eso fue todo lo que este pueblo le cobró, y yo cobré con él, y he estado cómoda medio siglo dentro de aquella risa.

Escribí cuatro renglones en el noventa y nueve, con la esquela dentro, y no firmé entero, que hasta para eso me sobró cobardía. Después tardé doce años en coger un tren, y cuando lo cogí ya llegaba tarde para lo que iba: la que me esperaba sentada, con un reloj abierto encima de la mesa, era la otra. Y el que preguntó, cuando por fin se preguntó, no era de aquí: era el que vino de la ciudad, mi marido, que no sabía que aquí no se pregunta. Lo preguntó de pie, con el abrigo doblado en el brazo, mientras yo recogía las tazas por no estarme quieta. Preguntó una sola cosa y se calló lo que quedaba de tarde. Cuarenta y ocho años sin que nadie preguntase, y ella empezó a contestar antes de que él terminara.

No dije adiós. No dije nada, y llevo medio siglo escribiendo «no se dijo nada» porque en plural se miente mejor y sale más barato el reparto. Que conste ahora, ya que no cuesta. Costaba entonces. Ese era el precio, y lo pagó ella sola, y aquí seguimos discutiendo en el bar si somos los interesados.

Teníamos escrito perdonarla. Cincuenta años ensayando una escena de mayo, con las fiestas y los coches en la plaza, y en la escena la perdonábamos nosotros a ella, sin aspavientos, sin reproche. El papel se ha quedado viejo y en el reparto ya no queda nadie con cara.

El nombre no lo pongo. Escribí que no quería decirlo aunque bien lo sabía, y era verdad por partida doble. No lo callo ya por esconderme: lo callo porque el nombre que le hacía falta a estas páginas era el otro, y ese sí está escrito entero, con los dos apellidos, en un pliego de Bienne y en un auto de un mes concreto. Con uno basta. Nunca hubo sitio aquí para dos.

Las dos acabamos contestando en dos palabras, y no fue por lo mismo. A ella la callaron: tenía voz, llevaba el tiple sin esfuerzo, y dejó de llevarlo a los trece por lo que le hicieron en un palomar. A mí no me quitó nadie nada, porque no había qué quitarme: se me atrancaba Chindasvinto y una maestra hizo el resto delante de todas. Pero bien mirado, me quitaron los cuidados y el cariño de unos padres para que Enriqueta perdiera la diana fija y me enviaron a Salamanca siendo niña. Lo de ella fue un robo. Lo mío venía de casa y me sacó de casa. Medio siglo he tardado en no confundirlo, y aquí lo dejo sin confundir, que bastante he mezclado ya en estas páginas.

Escribo, pues, lo mío, que es de dos palabras, porque en dos palabras no hay dónde atrancarse. Eso me lo enseñaron a la fuerza en aquel estrado, y es lo único que aprendí bien allí, de estos ojos, en una memoria infalible y la humildad de compaña:

Sagrario, perdóname.

Lo tachado, no vale, y, al envés de los verbos, asoman honestas las verdades que más duelen.

jueves, 30 de julio de 2026

Al envés de los verbos (5)

De las dos fotos que Inés miró de frente. La otra, siendo niña

 ## V. El don

La hombría, en aquellos años, era un patrimonio: se heredaba, se hipotecaba y, sobre todo, podía perderse en pública subasta. No figuraba en el Registro, pero tenía sus asientos: el don delante del nombre, la escopeta detrás de la puerta, la palabra que nadie discutía y la mano en el hombro que lo cobraba todo. Don Amadeo tenía los cuatro asientos al corriente. Se le cancelaron en dos tardes de agosto del sesenta y cuatro, y este capítulo levanta acta de ambas, porque de esto sí que hay testigos, y hasta les sobran.

La primera fue en la báscula del concejo, día de feria, pesándose los corderos de la casa grande para el tratante de Ledesma. El mayoral cantaba pesadas, el señorito apuntaba, el tratante asentía, y todo iba saliendo como salía siempre, que es como conviene al que apunta. Nadie vio llegar a la Bebé porque aparcó lejos su coche y la Bebé no llegaba a los sitios: aparecía en ellos. Venía de pantalón, con el puro sin encender y una manera de plantarse que aquí no teníamos nombre para nombrar y que años después, cuando en Vitigudino echaron la película, aprendimos a llamar de Bonnie la de Clyde; que en este término las cosas primero pasan y luego, con veinte años de retraso, se aprende cómo se llamaban. Traía la libreta de hule bajo el brazo.

Se puso junto a la báscula, miró las pesas como se mira a un conocido y empezó a hacer lo que sabía: contar. En voz alta, sin prisa, con esa voz suya de leer listas.

Al tercer lote dijo:

—Ahí faltan once kilos. La pesa grande está hueca. Se le oye.

Se hizo ese silencio de sepulcro que precede a los muertos. El señorito se rió por la nariz, que era su manera perder ínfulas:

—Señora. Usted qué sabrá de ganado.

—De ganado, nada —dijo la Bebé, alternando miradas entre el sudor del hombre y su caspa en el chaleco—. De contar, lo sé todo.

Y sin tocar un cordero, de memoria y de oído, recompuso las pesadas de la mañana entera: lote a lote, kilo a kilo, con las mermas cantadas y las sumas al aire, hasta un total que no era el de la libreta del señorito, y la diferencia la dijo también, en pesetas, con céntimos, que fue el detalle que este pueblo no ha olvidado, porque los céntimos eran de los pobres. No acusó a nadie. Restó. Hay pocas cosas más terribles que una resta hecha en público por alguien que no sabe mentir. El tratante de Ledesma, que de pesas huecas entendía lo suyo, pidió comprobarla; sonó a caldera mala; y don Amadeo pagó la diferencia allí mismo, de pie, con billetes que le costaban la vida despegar por los cuarenta pares de ojos que había alrededor contándoselos. A él, nada menos que a él contarle, que era robarle la confianza y, al mismo tiempo, el honor y la hombría.

Nadie se rió. Se guardó la risa, como se cura aquí la matanza: colgada y a oscuras, para que dure el año entero.

Las escopetas de la Bebé, ya mirando abajo brindando una guasa por Amadeo
La segunda tarde fue a los diez días, y fue en el Cuartón. Don Amadeo apareció por la linde con la escopeta abierta al brazo y dos perros de casta que no sabían trabajar, a pretexto de unas perdices que nadie le había dado y con el propósito, esto lo entendió hasta el aire, de mear el término. Testigos: Argimiro, que guardaba; el mayor de las seis bocas, que le traía la cena en la fiambrera; dos segadores de Traguntía que venían de acabar. Ministro dormitaba a la sombra del olmo. Al oír abrirse la cancela, el toro alzó la cabeza, se puso en pie con esa lentitud de los animales grandes que no necesitan darse prisa, y echó a andar hacia el señorito. Manso. Al paso. Como va un toro manso hacia una persona: por ver si trae algo.

Don Amadeo vio venir quinientos kilos de casta y no vio la mansedumbre, porque la mansedumbre hay que merecerla para reconocerla. Se le cayó primero el color, luego la escopeta y por último el apellido; y el apellido se le cayó con ese ruido de pedorreta que en el patio de la escuela hacíamos con la boca para reírnos, solo que allí no fue broma, porque vino con su olor. Ganó la tapia en tres zancadas que no le conocía ni su sastre, se le enganchó la culera de pana en la coronilla de la pared, y del envión fue a sentarse, entero y con boina, en el pilón de abrevar, que en agosto baja verde. Ministro se paró donde estaba la escopeta, la olió, y se volvió al olmo, decepcionado, que él venía por pan.

La Bebé cruzó el prado sin apurarse, recogió el arma, le sacó los cartuchos como se le quitan las tijeras a un niño, y se la tendió por encima de la tapia con los caños por delante, que es como se le da la cuchara al que no sabe comer solo.

—La próxima vez silbe —dijo—. Al toro le gusta saber quién viene.

Y como el señorito, chorreando verdín, no acertaba a cogerla, la dejó apoyada en la pared, apuntó la hora en el hule y se fue a sus cuentas.

Esa noche, a la lumbre de Argimiro, se masticaba distinto. El mayor de las seis bocas, que lo había visto todo desde la cancela con la fiambrera en la mano, dijo de pronto, con esa manera que tienen los chavales de dar en un clavo que ni saben que existe:

—El toro no le ha hecho nada, padre. Supo que era manso, un cabestro en remojo.

Argimiro se quedó mirando a su hijo. Y se rió. Se rió por primera vez desde lo de Canelo, apretando los ojos sobre una risa baja y larga que le movía el bigote; la madre se santiguó de oirla, y las otras cinco bocas nos reímos por imitación, que es como mejor nos reímos siempre.

Aquella fue la única vez que el mayor abrió la navaja que llevaba cerrada desde el ajuste de San Miguel, pero como quedó dicho la abrió por la boca. Al día siguiente se volvió a Salamanca con el carbón, y en el reparto, y en las cocinas donde descargaba, y en los pueblos de la carretera, fue dejando la palabra cuando la pedían junto al recibo: sin levantar la voz, sin añadir cuentos y parándose a la mitad, que es donde más pesa. Un carbonero entra en muchas casas. Es el oficio que más puertas abre en un día, y el único al que se le abren estando sucias las manos.

La palabra salió de aquella lumbre y en tres días había dormido en todas. No hizo falta acordarla en concejo. Estas cosas no se votan: se comprueban.

Tres días tardó el pueblo en ponerse de acuerdo sobre un hombre que se había cagado de miedo.

El lunes, en la fragua, el herrero dijo «el Amadeo», así, sin don, tanteando, como quien pisa un hielo; y no se cayó ninguna herradura. Probó el estanquero. Probó el alguacil, que cobraba de él. No se cayó nada en ningún sitio. Aquí a un hombre no se le mata: se le quita el don, y lo demás lo hace el tiempo, que trabaja gratis y no deja huella. Y al año ya no era ni el Amadeo: era el Manso, con artículo, como los montes y los ríos. Así se nombra en este país lo que ya no puede defenderse.

Cinco letras. Reténgase el dato, y reténgase también que este pueblo se pasó después medio siglo dándolo por bueno para todo, incluso para lo que no era. Hay un perito esperándolo un capítulo más allá, con un calibre en la mano y sin saber lo que mide.

Lo demás fue el tiempo trabajando. Vendió los perros de casta uno a uno: para qué quiere perros quien ya no puede silbar delante de la gente. Pagó de su bolsillo la campana nueva del reloj de la torre, por sonar en algo; el pueblo le agradeció la campana y le siguió debiendo el don, que son deudas de distinta naturaleza y no se compensan.

Dos sonidos suyos quedaron en el pueblo. El ilustre gong de la campana y sonido del susto con el toro fueron memorables, puestos uno junto al otro. El uno, por reverencia divina que llegaba a oídos lejanos. El otro, irreverente y mundano como cualquier necesidad, tocaba solo en corto las narices más cercanas, como el de doña Enriqueta bajo el tejadillo del muradal que nos igualaba a todos.

En lo sucesivo anduvo como de perdices: mucho reclamo. En la mesa de la casa grande fueron quedando sillas de más, y en la iglesia oía misa el primero, solo en su banco de siempre, y el banco, con los años, fue pareciendo cada vez más largo.

Se murió en el noventa y seis, con todos los sacramentos y sin el don. Al entierro fue el pueblo entero, por comprobar. En la caja ponía «don Amadeo»,en letras doradas, que la madera admite lo que sea; y en el lateral, rascado con navaja y a oscuras, en algún momento entre el velatorio y el hoyo, otro con costumbre de igualar, ponía la otra cosa. Nunca se supo quién. Aquí nunca se sabe quién, y esa es exactamente la enfermedad que se está describiendo en este libreto, aunque esta vez saliera a favor.

Dos años después, los bancos hicieron con sus tierras lo de costumbre, y la casa grande la compró una fundación con nombre de Inés. Hoy en el palomar hay una biblioteca. Súbase quien quiera: los mismos tejados, otra luz, y desde la ventana del fondo se ve el alto, y desde el alto se ve la ventana, que era lo único que faltaba por igualar en el lugar. Las crías del valle estudian allí por las tardes con las becas de la Bebé, y ninguna sabe por qué la vieja del dril mandó poner en la escritura «las niñas y los niños», por ese orden; el orden, tratándose de ella, no fue nunca descuido.


De modo que aquella techumbre acabó dando lámpara. No lo escribo como consuelo. Lo escribo porque es verdad y porque no compensa, y las dos cosas caben en el mismo renglón, que es la especialidad de esta tierra junto al chorizo, el lomo embuchado con cuerda y el jamón de la matanza, todo colgado a oscuras y esperando turno. A eso llamamos curación.

Argimiro guardó para siempre la frase del monte. Más por innecesaria que por miedo o falsa cristiandad, que esa es la única muerte decente para esas frases: de viejas y sin estrenar. Robados —decía, ya de muy mayor, al sol del poyo— estamos desde los godos, y engañados desde antes; lo que acachina no es el hurto, es que te tengan por tonto mientras te lo hacen. 

Al Manso no lo enterró nadie en el monte.

Se le enterró en el nombre, con menos tierra y más losa fría y bien quieta.

miércoles, 29 de julio de 2026

Al envés de los verbos (4)

## IV. El volante y el escape

En los relojes, el escape es la pieza que impide que la cuerda se desboque: deja pasar el tiempo diente a diente, para que dure. Esto lo aprendí tarde y de mala manera, con un reloj abierto encima de una mesa y una mujer explicándomelo despacio con las manos ya hechas un puño. "Escape" le hizo gracia a Sagrario desde el primer día, y era la única gracia que se permitía delante de extraños: había cruzado media Europa para trabajar en escapes, ella, que de escaparse y ser invitada a ello sabía lo bastante para montar un taller.

Bienne la recibió nevada, y la nieve le pareció una forma educada de la escarcha: el mismo frío, mejor vestido. La pusieron en una fila de bancos con luz del norte, le calaron una lupa en la ceja y le dieron a pulso lo que a las suizas les daban con máquina, porque salía más barato y porque —esto se descubrió pronto— aquella española de letra picuda tenía en las manos un sosiego que no se aprende: le venía de serie, de un país entero donde lo mejor que puede hacerse con las manos es que no te las vean temblar.

En los papeles ponía régleuse. El oficio consistía en contar lo invisible: espirales de tres centésimas, vibraciones por hora, la respiración de un volante colgado de una espiral más fina que un suspiro. Al lado le pusieron a la que ponían siempre al lado de las nuevas, que en aquella casa venía a ser lo mismo que la jefa: una suiza grande de veintiséis años, pelirroja, sonrosada y salpicada de pecas, con manos capaces de amasar en fino y una precisión de bisturí filoso. La primera semana se le plantó detrás y le dijo, en un castellano que de Castilla tenía poco y venía tiempo aprendiendo a fuerza de tanta española:

—Usted respira como quien huye.

—Es que huyo.

—Aquí no. Aquí, si respira poco, se llega lejos.

Se llamaba Marie-Louise Perret y no se le conocía marido, ni falta que le hacía al relato de su vida, que era ella entera. Le enseñó a respirar por debajo del espiral: sorbos cortos, el aire administrado, el pecho quieto para que la pinza no baile. Le enseñó, sin decirlo, que la exactitud podía ser un sitio donde vivir: que hay gente a la que el mundo le sobra por todas partes y cabe, sin embargo, entera, en tres centésimas de milímetro. A Sagrario aquello le sonó de algo. Le sonó de una libreta de hule y de una voz cantando céntimos. Hay maestras que enseñan de lejos y cobran tarde.

Aquí, entretanto, no se supo nada. Constan tres datos de todos esos años: que estaba en Suiza, que no escribía y que no volvía. Con esos tres el pueblo le levantó una vida entera y se la dio por merecida, que es el único oficio en el que este término ha sido siempre puntual.

El contrato era de temporada: nueve meses de trabajo y tres meses al año fuera del territorio, sellado y comprobado; y mientras durase, prohibido cambiar de empleo, prohibido firmar un alquiler y prohibido traerse a nadie de los suyos. Esto último se pone aquí con todas sus letras, porque este término lleva medio siglo pasándole a esa mujer una factura que el papel le impedía pagar: aunque hubiera querido traerse a su madre, no podía. No estaba en su mano. Estaba en un sello.

Dos temporadas hizo, y las dos las pasó en Irún, pensión Aránzazu, un cuarto con lavabo y vistas a la estación. A la tercera la casa movió los papeles, porque una régleuse de aquel pulso no se manda al invierno cada año, y le dieron un permiso mejor. Dos veces estuvo a quinientos kilómetros de su madre y dos veces no los anduvo. La primera fue miedo y con esa palabra me lo dieron. La segunda ya no, y por eso la que cuenta es la segunda. Por la ventana veía formar y salir los trenes del sur, dos al día, con la misma cara con que de cría miraba los tejados desde abajo; solo que ahora la ventana encendida era la suya, y no había nadie enfrente para contarle las tejas.

Empezó cartas, allí y luego durante años. Todas se quedaban en la primera palabra, y la primera palabra era siempre «Madre», y ahí el pulso que sujetaba espirales de tres centésimas se iba, y la cuartilla acababa en el lavabo, deshecha, que el papel mojado no acusa. A los trece había escrito una palabra corta y la había tachado con una fuerza que atravesó tres hojas. A los veintitantos escribía otra, de cinco letras, y no pasaba de ahí. Este texto no se atreve a decir cuál de las dos pesaba más, y sospecha que era la misma cuenta.

Del pueblo se acordaba como se acuerda uno de una copla que le pegaron con la letra dentro: sin querer, entera, y en los momentos peores. Se acordaba de una tierra parda que al atardecer se volvía cárdena, por ese orden, como administrada; de un olmo que sacaba la guía verde todos los febreros sin permiso de nadie, de los frutos del almendro, que lo amargo también se viene a la cabeza aunque se envuelva en azúcar tostada. Se puede tener sed de un agua que ahoga ya en el segundo vaso. No viene en los contratos, pero se cotiza dolosa.

Con el papel cambiado de color y los inviernos adornados en tirolés, a Irún no volvió, y de Irún no se acordó, que la memoria también hace ajustes de plantilla.

En el invierno del sesenta y seis se le heló el agua en la jofaina del cuarto que alquilaba, y Marie-Louise, que tenía horario de trenes hasta para eso, lo dijo el lunes en el banco sin levantar la lupa: «Mi casa tiene dos luces y usted gasta poca.» Y fue así, con un usted que tardó meses en caerse y estuvo cuarenta y cuatro años caminando.

Lo primero que arregló Marie-Louise no fue un grifo: fue el pestillo del dormitorio, que engrasó sin que nadie se lo pidiera, porque había puertas que a Sagrario le sonaban a otra cosa y una puerta que suena es una puerta que manda. Después le dio la llave, le enseñó dónde estaba el cerrojo por dentro, y se fue a dormir a la otra habitación tres semanas sin que del asunto se hablara.

Y aquí este relato tiene que pararse a dar cuenta de sí mismo. En estas páginas hay dos cosas que yo no quería contar: lo del palomar y lo que sigue. Lo del palomar, repetido en el gallinero, no lo cuento ni lo voy a contar, y allá cada cual con lo que se figure. Lo que sigue lo pensaba callar por decencia, y me equivocaba, y me lo dijo su pareja en aquella cocina cuando se lo anuncié: que de lo otro este pueblo había estado hablando cuarenta años en voz baja sin decir nada, y que de esto no había hablado nunca nadie, y que ya estaba bien. Me lo contó entero y despacio, con la precisión con que se cuentan las vibraciones por hora. Va, pues, como me lo dieron. Quien no quiera leerlo, que salte cuatro párrafos, que para eso el papel separa los párrafos.
Fue en marzo, con la ventana cerrada y la casa oliendo a carbón. Marie-Louise decía todo antes de hacerlo. Voy a apagar la luz grande. Voy a sentarme aquí. Voy a tocarte el pelo. Y esperaba. Ese esperar fue lo que la deshizo, más que las manos: que a Sagrario, en veintitrés años de vida, nadie le había pedido permiso para nada, y ahora tenía delante a una mujer que se lo pedía para cada centímetro y que se paraba de verdad si ella no contestaba. Contestó. Dijo sí en un idioma y luego en el otro, por si acaso.

La desnudó como se abre un reloj: por el fondo primero, sin forzar la tapa, buscándole la uña al resorte. La rebeca, la blusa, la combinación fría; cada botón, dicho antes. La besó en la boca, en mitad de la cocina, mucho rato, hasta que Sagrario dejó de tener las manos en la mesa y le agarró las manos y luego fueron juntas, más abajo. Tenía Marie-Louise una boca ancha y unas manos de amasar pan y de colocar rubíes, las dos cosas a la vez, y en la cama las usó enteras, con una paciencia que no se aprende en la cama sino en el banco, contando lo invisible. Sagrario se supo mojada y le dio vergüenza, y se le pasó la vergüenza en el mismo minuto, que hay minutos así. Y estuvo en ella, avisando primero y ya sin avisar después, porque le habían dicho que no hacía falta, hasta que el cuerpo, que había llevado media vida como un abrigo de otro, se arqueó y se le quedó tenso y suelto de golpe, y le tembló todo lo que en aquel oficio no puede temblar.

Y entonces hizo un ruido.

No fue una palabra. Sagrario Gorjón llevaba desde el San José del cincuenta y siete midiendo cada cosa que le salía de la boca; aquel mismo año había dejado de cantar en el coro una voz que llevaba el tiple sin esfuerzo, y desde entonces no había vuelto a sonar delante de nadie más que para contestar corto. Aquella noche, a los veintitrés años, se le escapó un sonido largo que no significaba nada y que era suyo. Marie-Louise contó que se quedó quieta encima de ella, sin moverse, por no interrumpirlo. Fue lo primero que Sagrario recuperó de todo lo que le habían quitado, y lo recuperó por ahí, y a mí me parece bien y así lo dejo escrito.

Después se rieron a media voz, que es lo que ningún catecismo perdona.

Hay vidas enteras que caben en una frase, y esta cabe porque la hicieron ellas.

Durmieron desde entonces, cuarenta y cuatro inviernos, del mismo lado del frío; cortas las primaveras y escasos los veranos.
Aquí, la primavera de entonces, seguíamos con la escena montada. No le habíamos cambiado una palabra desde el sesenta y tres: entraba ella por la carretera de Vitigudino, un mayo cualquiera, con las fiestas y los coches en la plaza, y nosotros, sin aspavientos, sin reproche, con esa tranquilidad que aquí nos hace creer grandes, la perdonábamos. Eso ensayábamos, mientras en una cocina de la rue Basse dos mujeres se reían a media voz. Adviértase otra vez la dirección del verbo.

En el setenta y ocho el cuarzo barrió el oficio como una helada negra. Cerró la fila, cerró el taller, cerró medio Jura, y en la hoja de cotizaciones de Sagrario Gorjón Mieza quedaron catorce meses en blanco que los organismos llaman inactividad.  En la rue Basse no estuvieron en blanco: estuvieron a un sueldo, a una estufa y a dos mujeres comiendo patata y aprendiendo que también se puede respirar poco por gusto, que el oficio sirve para todo.

Trabajó luego veintiséis años en una empresa de limpieza. Pasó de limpiar rubíes a limpiar cristales: el pulso era el mismo; el sueldo, no. Fregaba oficinas de bancos donde el tiempo, que ella había sabido contar diente a diente, se contaba ya a puñados y en dinero ajeno, y no dejó nunca un cerco en un cristal, por la misma razón por la que no había dejado nunca una falta en los reyes godos: porque lo que hace una, aunque no lo mire nadie, la está haciendo a una. Del mismo modo le preguntaban:

—¿Viene a limpiar tan peinada y arreglada para gustar?—y la respuesta sencilla era;

—Si, para gustarme a mi.

—Y a nadie más, debe saber.

—Descuide, sobrado sé que este uniforme de limpieza me hace trasparente.

Con los años, a las dos les fueron encogiendo las manos: retracción palmar, dijo el médico, frecuente en ambos oficios; los dedos curvándose despacio hacia dentro, como si la mano quisiera guardar algo o guardarse. Por las noches, Marie-Louise le estiraba los dedos uno a uno, sin forzar. No conversaban mientras tanto. Hay conversaciones enteras que caben en diez dedos.

La esquela de Basilisa llegó en el noventa y nueve, doblada dentro de una carta de cuatro renglones sin firma entera, escrita por una mujer de este pueblo que no vendió nunca una noticia por una pastilla de menta y que aquella vez, a los cuarenta y tantos años de no decir nada, decidió que aquello sí se decía. De ella ya se ha hablado y el nombre sigue sin ponerse. Creyó hacer un bien, y a lo mejor lo hizo: aquella carta es la única razón por la que existen estas páginas, aunque tardara doce años en dar fruto.

La leyó de pie, junto al fogón. Dijo: «Ya.» Y puso la mesa. Cuarenta y un años de interés y el principal sin amortizar, y aquella noche se cerró la cuenta por defunción del acreedor, que es la peor manera de cerrar una cuenta. Marie-Louise no preguntó, que llevaba treinta y tres años sin preguntar lo que no se contestaba solo, y le estiró los dedos más despacio que ninguna.

En el año ocho escribió un pliego y no le puso fecha, que era su manera de no firmarse la muerte. Lo guardó donde se guardan los intentos. Catorce meses después escribió el segundo, con fecha del nueve de marzo, del que ya se ha transcrito y se transcribirá lo que hace al caso. Entre uno y otro, catorce meses: los mismos que una vez le dejó en blanco la vida. Las cuentas de esta mujer salieron siempre, hasta las que no quería echar.

Ya se ha dicho de dónde sale todo esto, pero conviene ponerlo por escrito con sus señas, que es lo que aquí no se hizo nunca. Sale de una cocina de la rue Basse y de una mujer de setenta y cuatro años que hablaba castellano de otros inviernos, con un reloj abierto encima de la mesa que iba desarmando mientras hablaba, con dos dedos que ya no cerraban, y a la que no se le movió el pulso más que en dos sitios, y uno de ellos queda escrito arriba. No hubo que sacarle nada: llevaba doce años esperando que alguien de este término volviera a preguntar. Que tardáramos doce es cosa nuestra, y también queda escrito.

Nos dio además una caja de latón. Dentro había un cuaderno de caligrafía del curso cincuenta y seis-cincuenta y siete, con tres hojas atravesadas por una tachadura, y dos pliegos. Ese cuaderno salió de aquí en febrero del sesenta y tres, en una maleta atada con una correa de petaca, y no volvió a salir de la caja: cuarenta y siete años cargando con lo único suyo que este pueblo no supo leerle. Lo demás lo hizo un perito de Salamanca, y de eso se hablará en su capítulo.

Murió Sagrario el dos de octubre como quien entrega el turno: con la mesa recogida y las pinzas Dumont del cinco en su paño, limpias. No consta quién estaba delante.

Consta quién estuvo siempre.

lunes, 27 de julio de 2026

Al envés de los verbos (3)

## III. La palabra corta

La escuela era una sala encalada con un mapa de las provincias, una estufa de serrín y doña Enriqueta, que enseñaba la historia de España de forma tediosa y odiosa, rezando, repitiendo, machacona y pegando de cuando en cuando con la regla de madera para despertar hasta los muertos si era menester. La lista de los reyes godos, de Ataúlfo a Rodrigo, que a quién podían importar a esas alturas, se copiaba siete veces al curso. Según ella, copiado siete veces no se olvidaba y, en la práctica, todos sabemos que lo que así se recuerda, por fuerza e insistencia, termina por no comprenderse muchas veces. La cría del pastor, la del alto, repitió la lista siete veces como era mandado. Y también Sagrario, siendo mayor su edad, las siete sin una falta, con una letra picuda y pareja que años más tarde daría trabajo a un perito, y de eso también se hablará a su hora. A ambas les cogió ojeriza desmedida, de esa frecuente en quienes debían entregarse solo a la enseñanza.

A la cría del alto comenzó así:

—¿Tu padre es pastor, no?

—Sí.

—Entonces seguro que tu madre hace quesos.

—Y muy ricos.

—Pues me gustaría probarlo.

—Normal.

Los malos modos de Enriqueta no fueron pagados en queso artesano porque la cría, aun siendo pequeña, ya disponía de sobrado conocimiento. Esas narices que rebosaban orgullo solo pudieron imaginarlo, de lejos y con la boca seca de tanta espera para paladearlo.

Tanto se le secó que un domingo de mayo, fiesta local, subió ella misma al alto, siendo un kilómetro de cuesta, sin costumbre de andar, a visitar a la madre sin que nadie la hubiera llamado. Se sentó en la cocina, alabó la casa, alabó el aire que corría por allí arriba, alabó lo bien criados que estaban los hijos, y no pidió. Pedir no pedía: era maestra. Se estuvo hora y media diciendo lo mucho que se hablaba en el pueblo de los quesos de aquella casa. La madre le fue dando conversación y no le fue dando queso. La cría, sentada en el suelo junto a la lumbre con un cuscurro en la mano, le echaba migas a los pies. Una a una, sin prisa, mirándola a la cara. Enriqueta se sacudía las medias con el canto de la mano y seguía hablando de quesos. La madre lo vio y no lo impidió. En este capítulo hay muchos que vieron y no impidieron, y de casi todos se hablará mal en las páginas que quedan; de aquella mujer no, porque hubo un solo silencio en todo el término que se puso del lado flaco, y fue ese. Enriqueta bajó del alto con las medias limpias y las manos vacías.

Cobrado el agravio en migas, se cobró ella el suyo en sílabas. Porque la cría del alto tenía la lengua trabada para las palabras largas, para las de muchas eses, para las que se atrancan a la mitad, y doña Enriqueta, que en cuarenta años de magisterio no descubrió otra cosa, descubrió aquello. Desde entonces la sacaba sola al estrado a decir los reyes godos de pie y de memoria, delante de todas. Ataúlfo lo pasaba. Sigerico lo pasaba. En Chindasvinto y en Recesvinto, que son los que Dios puso en esa lista para probar a las criaturas, se quedaba con la boca abierta y sin aire.

—Otra vez.

—Chin... Chindas...

—Otra vez, lengua de trapo.

Y la clase se reía por orden, que la risa en aquella escuela también se mandaba. Rodrigo sí lo decía. Rodrigo es corto, es el único que se sabe todo el mundo y es además el que lo perdió todo, pero a Rodrigo no la dejaban llegar. Los escribió sin una falta las siete veces de aquel curso y de los tres siguientes, con letra tan pareja como la de la otra, y no los pudo decir nunca. Allí aprendería lo que le valió para toda la vida: mirar y acordarse. Los ojos no se atrancan. Y en los sitios donde no se levanta acta, el que mira y se acuerda va llevando la única cuenta que hay, para enseñarla cuando más conviene. Sus hermanos, entretanto, se cobraron lo suyo como suelen los niños, lanzando piedras sobre el tejadillo del muradal mientras la maestra apretaba para hacer sus necesidades.

A la salida esperaba a veces el cabo Requejo, capote y pastillas.

—¿Qué habéis merendado?

—Pan —decía la del herrero.

—¿Con qué?

—Con hambre.

Las demás se reían y cobraban pastilla igual, que el cabo no era mala persona y la información, en los pueblos, se paga por adelantado y se cobra cuando conviene, cosa que en la ciudad va al revés. Con la cría del alto, de la que no quiero decir el nombre, aunque bien lo sepa, el interrogatorio rendía menos:

—A ver esa letra... mejorable. ¿Y tu padre, dónde anda estas noches?

—Durmiendo.

—¿Y las cabras?

—Soñando.

Lo que se le sacaba con la pastilla era nada: ella no quería pagos en pastillas ni preguntas estúpidas, y además ya tenía aprendido de primera mano lo que cuesta en esta vida abrir la boca delante de gente. El cabo se lo tomaba a risa y lo apuntaba a su modo, sin olvidarlo; así se llevaban entonces los archivos de este país, y no se ha demostrado que los de ahora fallen menos.

Si Enriqueta se vengó en tonterías contra la cría, por miedo al padre, que era de pocas bromas y tenía escopeta, contra Sagrario se pasó de largo para torcerle los caminos en la vida, sin miedo a un padre ya muerto que pudiera tomarla contra ella.

Que a Elías se lo llevó el río en la crecida de marzo del cincuenta y siete, ya quedó explicado en el capítulo primero, y con él se llevó la ruta del café y lo que la ruta daba de sí. Basilisa quedó viuda con la casa, la huerta corta y una hija de trece años, y en esa aritmética entra el señorito sin llamar a la puerta, porque los jornales de la casa grande eran los únicos del término y quien los repartía repartía, de propina, el orden del mundo.

A Sagrario le tenía manía por quién había sido su padre y por lo mismo que a la otra. Porque Elías subía de Portugal aquel café que en el pueblo se bebía, y de aquel café, igual que del queso del alto, Enriqueta no llegó a catar nunca. Olerlo sí lo olía, camino del aula, y con olerlo se le hacía la boca agua y se le disparaba un ansia viva jamás correspondida. Dos cosas no pudo tragarse en toda su vida, y las dos las pagaron dos crías.

Don Amadeo bajaba a la escuela dos veces al año, por la Pura y por San José, con estampas y un cucurucho de almendras garrapiñadas, y doña Enriqueta mandaba ponerse de pie sabiendo a qué venía ese Don. Aquel San José del cincuenta y siete, Enriqueta se detuvo en el pupitre tercero, el de Sagrario, por tiempo de más, indicando cuál de las niñas le recomendaba.

—Esta cría promete —dijo él dándose por enterado, sin dirigirse a ella, cómplice de Enriqueta—. Mándamela con los recados, doña Enriqueta, que tiene los deditos finos para... sacar los puerros y tomar los huevos... de las gallinas, sin romperlos.

—Es callada —dijo la maestra.

—Mejor.

De los recados no hay acta escrita. Lo que hay es relato. Y el cuento dice que Enriqueta pudrió los dientes con almendras garrapiñadas de La Alberca mientras que ese año dejó de cantar en el coro una voz que llevaba el tiple sin esfuerzo; que la cría aprendió los tejados del pueblo como otros aprenden los senderos, para saber a cada hora dónde no ir, y el tejado del palomar de la casa grande, que era el más alto, se sabía de memoria hasta las goteras.

El más alto del pueblo, sí; del término, no. Por encima de todos ellos está el alto, y en el alto una casa donde se levantan antes que el ganado, y desde cuya ventana, en noche clara, se le cuentan a la casa grande las tejas una por una. Allí había una cría de ocho años despierta a horas en que aquí no hay nadie despierto. Vio lo que vio sin saber qué veía, que para eso tenía ocho años. Lo entendió mucho más tarde, de golpe y con veinte años de retraso, que es como se entienden aquí las cosas. Y no lo cambió por una pastilla de menta ni entonces ni después. Quede apuntado, que al final se recoge.

Y bajo esa techumbre sucedieron cosas que no quiero contar tampoco, pues bastante llevo encima.

Las almendras garrapiñadas no volvió a probarlas nadie en casa de Basilisa, porque la muchacha las enterraba en el corral con la mano plana, pisoteando luego la tierra como se hace cuando no se quiere que crezca lo enterrado. El pueblo vio lo del corral de las gallinas y escuchó lo del palomar. El pueblo vio siempre todo y todo lo escuchó. Pero cuando nada se hace o dice de cuanto se ve y se oye, tampoco se levanta acta, y en ese registro, si existiera, estaría inscrita mucha gente con sus dos apellidos.

Y queda el cuaderno. En la penúltima hoja del cuaderno de caligrafía del curso cincuenta y seis-cincuenta y siete, entre la sexta y la séptima lista de los reyes godos, hay un renglón que empieza y no acaba, tachado con una fuerza que atravesó tres hojas. Fue en clase, una mañana de después de San José. Doña Enriqueta oyó abrirse el plumín como una pata de gallo y levantó la vista:

—¿Qué has tachado, Sagrario?

—Nada, señora.

—¿Cómo que nada? Nada es lo que tengo yo de renta diaria.

—Ya no pone nada.

—Pues aprieta menos, hija, que pareces un macho herrando.

La palabra tachada, fuese la que fuese, pasó al otro lado de tres hojas, hacia abajo, que es hacia donde pasan aquí las cosas que no se dicen. Era palabra corta. Eso se sabrá con exactitud pericial cincuenta y cuatro años más tarde, y de momento baste con lo que basta: que hay palabras que una cría de trece años escribe una vez, entierra como las almendras, y este pueblo tarda décadas en desenterrar por su cuenta, creyéndose que la inventa.

Los recados a la casa grande cesaron al año siguiente, sin que conste orden ni causa. Consta la pregunta de Basilisa, que Basilisa hizo en la cocina, delante del puchero, sin malicia, que es como se hacen las preguntas que más duelen:

—¿Qué le habrás hecho tú a don Amadeo, que ya no te manda a por nada?

La cría no contestó. Hay preguntas que no se contestan porque la respuesta no cabe por la boca, y hay madres que se mueren sin saber que preguntaron al revés. A esa pregunta, y no a otra cosa, se le estuvo pagando interés compuesto durante cuarenta y un años, y el principal no se amortizó nunca. Quede asentado aquí fríamente, estilo contable, y no se vuelva sobre ello.

En el invierno del sesenta y dos llamaron al carpintero a la casa grande, un jueves, para una falleba del palomar. El Zurdo padre era hablador de fragua, de los de teoría para todo, y volvió de aquel jueves callado, que en un hablador es una avería grave. Algo dijo, sin embargo, o algo empezó a decir donde no debía sobre los sucesos del palomar y el gallinero, porque a la semana, unas puertas —nunca se supo cuáles, con las pocas que hay en este término que pesen— le cogieron las dos manos. Las dos. La probabilidad de que dos hojas de puerta distintas alcancen en una semana las dos manos de un mismo carpintero la deja este texto al criterio del lector, que para eso lo lee. Al hijo, el Zurdo mozo, le llegó aquel otoño un billete pagado para Bilbao. Conste que nadie lo obligó. Conste quién pagaba entonces los billetes, las campanas y las estampas de este pueblo. Constar, lo que se dice constar, no consta nada, y en esa fórmula hemos vivido tan a gusto.

Y llegó el febrero del sesenta y tres. El contrato lo trajo un gestor de Salamanca que cobraba de una fundación con nombre de mujer a la que aquí no se saludaba: papel del Instituto Español de Emigración, relojería del Jura, temporada renovable, firma al pie y huella del índice derecho. Basilisa firmó donde le dijeron, con la boca torcida, y dijo que a Suiza iban las que iban, y no aclaró más, y no hizo falta.

Salió de noche cerrada, con la maleta atada con una correa de petaca que había sido de su padre. La helada tenía el campo en blanco y duro, la luna se iba por detrás del Cuartón, y en su olmo, si alguien hubiera mirado, ya asomaba la guía verde de todos los febreros, sin permiso de nadie. En la revuelta del camino aguardaba la pareja, capotes y mosquetones, a una hora en que aquí nadie aguarda.

—¿Adónde, tan temprano?

—A Suiza.

—¿A qué?

—A los relojes.

—¿Sabes tú de relojes?

—Sé madrugar más que ellos.

—Ahora que marchas, sueltas la boca.

—Pues tengo más: como que hay quien acecha donde no pasa nada para ahorrarse problemas y permite que suceda lo que no debía, contra niña pobre, a manos de rico.

—¿Qué estás insinuando tú, pájara?

—Si pájara es la obligada a marchar, cuervos son los que esperan al descuido.

—Tú tienes...

—Yo tengo prisa, ustedes no sé qué tengan... pero Dios les guarde, al menos, tanto como guardan para sí.

El de más años paró la discusión y le tomó el contrato, lo miró al revés y al derecho, y se lo devolvió con dos dedos, como se devuelve lo que no se entiende. El papel olía a tampón nuevo. Ella lo guardó contra el pecho, debajo de la toquilla, que era exactamente donde su padre llevaba las petacas, y echó a andar hacia el coche de línea de Vitigudino. Al pasar el alto miró los tejados por última vez, con oficio de quien ya no los necesita, y un momento, uno solo, levantó la vista más arriba de los tejados.

No se despidió de nadie. Se dice.

Y se dice porque aquella madrugada, en el alto, había una ventana encendida, y detrás de la ventana una cría de catorce años a la que su madre acababa de levantar para el ordeño. Vio bajar por el camino a la que se iba y vio a los dos que la esperaban en la revuelta a una hora en que aquí nadie espera. No lo contó, que no tenía a quién ni para qué, y este pueblo lleva desde entonces creyendo que lo sabe todo porque lo vio todo. El pueblo no supo nunca nada. Lo supo una sola, se lo calló medio siglo y lo soltó el día en que hubo por fin quien preguntara. De ahí sale todo esto. Por eso de ella no digo el nombre.