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lunes, 27 de julio de 2026

Al envés de los verbos (3)

  ## III. La palabra corta

La escuela era una sala encalada con un mapa de las provincias, una estufa de serrín y doña Enriqueta, que enseñaba la historia de España de forma tediosa y odiosa, rezando, repitiendo, machacona y pegando de cuando en cuando con la regla de madera para despertar hasta los muertos si era menester. La lista de los reyes godos, de Ataúlfo a Rodrigo, que a quién podían importar a esas alturas, se copiaba siete veces al curso. Según ella, copiado siete veces no se olvidaba y, en la práctica, todos sabemos que lo que así se recuerda, por fuerza e insistencia, termina por no comprenderse muchas veces. La cría del pastor, la del alto, la copió como era mandado. Y también Sagrario, siendo mayor su edad, las siete sin una falta, con una letra picuda y pareja que años más tarde daría trabajo a un perito, y de eso también se hablará a su hora. A ambas las cogió ojeriza desmedida, de esa frecuente en quienes debían entregarse solo a la enseñanza.

A la cría del alto, desde que perdió la dignidad de esta guisa:

—¿Tu padre es pastor, no?

—Sí.

—Entonces seguro que tu madre hace quesos.

—Y muy ricos.

—Pues me gustaría probarlo.

—Normal.

Los malos modos de Enriqueta no fueron pagados en queso artesano porque la cría, aun siendo pequeña, ya disponía de sobrado conocimiento. Esas narices que rebosaban orgullo solo atisbaron imaginarlo de lejos y la boca se le secó esperando paladearlo.

Tanto se le secó que un domingo de mayo, fiesta local, subió ella misma al alto, siendo un kilómetro de cuesta, sin costumbre de andar, a visitar a la madre sin que nadie la hubiera llamado. Se sentó en la cocina, alabó la casa, alabó el aire que corría por allí arriba, alabó lo bien criados que estaban los hijos, y no pidió. Pedir no pedía: era maestra. Se estuvo hora y media diciendo lo mucho que se hablaba en el pueblo de los quesos de aquella casa. La madre le fue dando conversación y no le fue dando queso. La cría, sentada en el suelo junto a la lumbre con un cuscurro en la mano, le echaba migas a los pies. Una a una, sin prisa, mirándola a la cara. Enriqueta se sacudía las medias con el canto de la mano y seguía hablando de quesos. La madre lo vio y no lo impidió. En este capítulo hay muchos que vieron y no impidieron, y de casi todos se hablará mal en las páginas que quedan; de aquella mujer no, porque hubo un solo silencio en todo el término que se puso del lado flaco, y fue ese. Enriqueta bajó del alto con las medias limpias y las manos vacías.

Cobrado el agravio en migas, se cobró ella el suyo en sílabas. Porque la cría del alto tenía la lengua trabada para las palabras largas, para las de muchas eses, para las que se atrancan a la mitad, y doña Enriqueta, que en cuarenta años de magisterio no descubrió otra cosa, descubrió aquello. Desde entonces la sacaba sola al estrado a decir los reyes godos de pie y de memoria, delante de todas. Ataúlfo lo pasaba. Sigerico lo pasaba. En Chindasvinto y en Recesvinto, que son los que Dios puso en esa lista para probar a las criaturas, se quedaba con la boca abierta y sin aire.

—Otra vez.

—Chin... Chindas...

—Otra vez, lengua de trapo.

Y la clase se reía por orden, que la risa en aquella escuela también se mandaba. Rodrigo sí lo decía. Rodrigo es corto, es el único que se sabe todo el mundo y es además el que lo perdió todo, pero a Rodrigo no la dejaban llegar. Los escribió sin una falta las siete veces de aquel curso y de los tres siguientes, con letra tan pareja como la de la otra, y no los pudo decir nunca. Allí aprendió lo que le ha valido para toda la vida, que es contestar corto: en dos palabras no hay dónde atrancarse. Sus hermanos, entretanto, se cobraron lo suyo como suelen los niños, lanzando piedras sobre el tejadillo del muradal mientras la maestra apretaba para hacer sus necesidades.

A la salida esperaba a veces el cabo Requejo, capote y pastillas.

—¿Qué habéis merendado?

—Pan —decía la del herrero.

—¿Con qué?

—Con hambre.

Las demás se reían y cobraban pastilla igual, que el cabo no era mala persona y la información, en los pueblos, se paga por adelantado y se cobra cuando conviene, cosa que en la ciudad va al revés. Con la cría del alto, de la que no quiero decir el nombre, aunque bien lo sepa, el interrogatorio rendía menos:

—A ver esa letra... mejorable. ¿Y tu padre, dónde anda estas noches?

—Durmiendo.

—¿Y las cabras?

—Soñando.

Lo que se le sacaba con la pastilla era nada: ella no quería pagos en pastillas ni preguntas estúpidas, y además ya tenía aprendido de primera mano lo que cuesta en esta vida abrir la boca delante de gente. El cabo se lo tomaba a risa y lo apuntaba a su modo, sin olvidarlo; así se llevaban entonces los archivos de este país, y no se ha demostrado que los de ahora fallen menos.

Si Enriqueta se vengó en tonterías contra la cría, por miedo al padre, que era de pocas bromas y tenía escopeta, contra Sagrario se pasó de largo para torcerle los caminos en la vida, sin miedo a un padre ya muerto que pudiera tomarla contra ella.

Que a Elías se lo llevó el río en la crecida de marzo del cincuenta y siete, ya quedó explicado en el capítulo primero, y con él se llevó la ruta del café y lo que la ruta daba de sí. Basilisa quedó viuda con la casa, la huerta corta y una hija de trece años, y en esa aritmética entra el señorito sin llamar a la puerta, porque los jornales de la casa grande eran los únicos del término y quien los repartía repartía, de propina, el orden del mundo.

A Sagrario la tenía manía por quién había sido su padre y por lo mismo que a la otra. Porque Elías subía de Portugal aquel café que en el pueblo se bebía, y de aquel café, igual que del queso del alto, Enriqueta no llegó a catar nunca. Olerlo sí lo olía, camino del aula, y con olerlo se le hacía la boca agua y se le disparaba un ansia viva jamás correspondida. Dos cosas no pudo tragarse en toda su vida, y las dos las pagaron dos crías.

Don Amadeo bajaba a la escuela dos veces al año, por la Pura y por San José, con estampas y un cucurucho de almendras garrapiñadas, y doña Enriqueta mandaba ponerse de pie sabiendo a qué venía ese Don. Aquel San José del cincuenta y siete, Enriqueta se detuvo en el pupitre tercero, el de Sagrario, por tiempo de más, indicando cuál de las niñas le recomendaba.

—Esta cría promete —dijo él dándose por enterado, sin dirigirse a ella, cómplice de Enriqueta—. Mándamela con los recados, doña Enriqueta, que tiene los deditos finos para... sacar los puerros y tomar los huevos... de las gallinas, sin romperlos.

—Es callada —dijo la maestra.

—Mejor.

De los recados no hay acta escrita. Lo que hay es relato. Y el cuento dice que Enriqueta pudrió los dientes con almendras garrapiñadas de La Alberca mientras que ese año dejó de cantar en el coro una voz que llevaba el tiple sin esfuerzo; que la cría aprendió los tejados del pueblo como otros aprenden los senderos, para saber a cada hora dónde no ir, y el tejado del palomar de la casa grande, que era el más alto, se sabía de memoria hasta las goteras.

El más alto del pueblo, sí; del término, no. Por encima de todos ellos está el alto, y en el alto una casa donde se levantan antes que el ganado, y desde cuya ventana, en noche clara, se le cuentan a la casa grande las tejas una por una. Allí había una cría de ocho años despierta a horas en que aquí no hay nadie despierto. Vio lo que vio sin saber qué veía, que para eso tenía ocho años. Lo entendió mucho más tarde, de golpe y con veinte años de retraso, que es como se entienden aquí las cosas. Y no lo cambió por una pastilla de menta ni entonces ni después. Quede apuntado, que al final se recoge.

Y bajo esa techumbre sucedieron cosas que no quiero contar tampoco, pues bastante llevo encima.

Las almendras garrapiñadas no volvió a probarlas nadie en casa de Basilisa, porque la muchacha las enterraba en el corral con la mano plana, pisoteando luego la tierra como se hace cuando no se quiere que crezca lo enterrado. El pueblo vio lo del corral de las gallinas y escuchó lo del palomar. El pueblo vio siempre todo y todo lo escuchó. Pero de cuanto se ve y oye pero nada se dice ni se hace, tampoco se levanta acta, y en ese registro, si existiera, estaría inscrita mucha gente con sus dos apellidos.

Y hay el cuaderno. En la penúltima hoja del cuaderno de caligrafía del curso cincuenta y seis-cincuenta y siete, entre la sexta y la séptima lista de los reyes godos, hay un renglón que empieza y no acaba, tachado con una fuerza que atravesó tres hojas. Fue en clase, una mañana de después de San José. Doña Enriqueta oyó abrirse el plumín como una pata de gallo y levantó la vista:

—¿Qué has tachado, Sagrario?

—Nada, señora.

—¿Cómo que nada? Nada es lo que tengo yo de renta diaria.

—Ya no pone nada.

—Pues aprieta menos, hija, que pareces un macho herrando.

La palabra tachada, fuese la que fuese, pasó al otro lado de tres hojas, hacia abajo, que es hacia donde pasan aquí las cosas que no se dicen. Era palabra corta. Eso se sabrá con exactitud pericial cincuenta y cuatro años más tarde, y de momento baste con lo que basta: que hay palabras que una cría de trece años escribe una vez, entierra como las almendras, y este pueblo tarda décadas en desenterrar por su cuenta, creyéndose que la inventa.

Los recados a la casa grande cesaron al año siguiente, sin que conste orden ni causa. Consta la pregunta de Basilisa, que Basilisa hizo en la cocina, delante del puchero, sin malicia, que es como se hacen las preguntas que más duelen:

—¿Qué le habrás hecho tú a don Amadeo, que ya no te manda a por nada?

La cría no contestó. Hay preguntas que no se contestan porque la respuesta no cabe por la boca, y hay madres que se mueren sin saber que preguntaron al revés. A esa pregunta, y no a otra cosa, se le estuvo pagando interés compuesto durante cuarenta y un años, y el principal no se amortizó nunca. Quede asentado aquí fríamente, estilo contable, y no se vuelva sobre ello.

En el invierno del sesenta y dos llamaron al carpintero a la casa grande, un jueves, para una falleba del palomar. El Zurdo padre era hablador de fragua, de los de teoría para todo, y volvió de aquel jueves callado, que en un hablador es una avería grave. Algo dijo, sin embargo, o algo empezó a decir donde no debía sobre los sucesos del palomar y el gallinero porque, a la semana, unas puertas —nunca se supo cuáles, con las pocas que hay en este término que pesen— le cogieron las dos manos. Las dos. La probabilidad de que dos hojas de puerta distintas alcancen en una semana las dos manos de un mismo carpintero la deja este texto al criterio del lector, que para eso lo lee. Al hijo, el Zurdo mozo, le llegó aquel otoño un billete pagado para Bilbao. Conste que nadie lo obligó. Conste quién pagaba entonces los billetes, las campanas y las estampas de este pueblo. Constar, lo que se dice constar, no consta nada, y en esa fórmula hemos vivido tan a gusto.

Y llegó el febrero del sesenta y tres. El contrato lo trajo un gestor de Salamanca que cobraba de una fundación con nombre de mujer a la que aquí no se saludaba: papel del Instituto Español de Emigración, relojería del Jura, temporada renovable, firma al pie y huella del índice derecho. Basilisa firmó donde le dijeron, con la boca torcida, y dijo que a Suiza iban las que iban, y no aclaró más, y no hizo falta.

Salió de noche cerrada, con la maleta atada con una correa de petaca que había sido de su padre. La helada tenía el campo en blanco y duro, la luna se iba por detrás del Cuartón, y en el olmo del alto, si alguien hubiera mirado, ya asomaba la guía verde de todos los febreros, sin permiso de nadie. En la revuelta del camino aguardaba la pareja, capotes y mosquetones, a una hora en que aquí nadie aguarda.

—¿Adónde, tan temprano?

—A Suiza.

—¿A qué?

—A los relojes.

—¿Sabes tú de relojes?

—Sé madrugar más que ellos.

—Ahora que marchas, sueltas la boca.

—Pues tengo más: como que hay quien acecha donde no pasa nada para ahorrarse problemas y permite que suceda lo que no debía, contra niña pobre, a manos de rico.

—¿Qué estás insinuando tú, pájara?

—Si pájara es la obligada a marchar, cuervos son los que esperan al descuido.

—Tú tienes...

—Yo tengo prisa, ustedes no sé qué tengan... pero Dios les guarde, al menos, tanto como guardan para sí.

El de más años paró la discusión y le tomó el contrato, lo miró al revés y al derecho, y se lo devolvió con dos dedos, como se devuelve lo que no se entiende. El papel olía a tampón nuevo. Ella lo guardó contra el pecho, debajo de la toquilla, que era exactamente donde su padre llevaba las petacas, y echó a andar hacia el coche de línea de Vitigudino. Al pasar el alto miró los tejados por última vez, con oficio de quien ya no los necesita, y un momento, uno solo, levantó la vista más arriba de los tejados.

No se despidió de nadie. Se dice.

Y se dice porque aquella madrugada, en el alto, había una ventana encendida, y detrás de la ventana una cría de catorce años a la que su madre acababa de levantar para el ordeño. Vio bajar por el camino a la que se iba y vio a los dos que la esperaban en la revuelta a una hora en que aquí nadie espera. No lo contó, que no tenía a quién ni para qué, y este pueblo lleva desde entonces creyendo que lo sabe todo porque lo vio todo. El pueblo no supo nunca nada. Lo supo una sola, se lo calló medio siglo y lo soltó el día en que hubo por fin quien preguntara. De ahí sale todo esto. Por eso de ella no digo el nombre.

Ya se llegará a eso en el capítulo que corresponda.

viernes, 24 de julio de 2026

Al envés de los verbos (2)

 ## II. El Cuartón

El Cuartón es un alcor de berrocal con cuatro encinas de porte y un olmo al que hace años le cayó un rayo y no se dio por enterado. Cae ya en frontera con el término de Traguntía, que para el catastro es otro mundo y para las cabras el mismo. Desde arriba se ve la espadaña con su cigüeña de plantilla, los tejados en escalera hacia el cañón, y al fondo, donde antes cantaban los álamos del río, la lámina quieta. Las tardes aquí vienen pardas y luego cárdenas, por ese orden, como si alguien las administrara; y en el olmo hendido, cada febrero, sale una guía verde que nadie le ha pedido. El pueblo lo tiene por un error del árbol. El pueblo tiene por error casi todo lo que insiste.

La Bebé heredó el Cuartón en el cuarenta y ocho. Las obras del palacete escandalizaron en su momento dos veranos, y de dónde venía el caudal se dijo de todo: indiana de Cuba según unos, de un ultramarinos de Bilbao según otros. Recibida la herencia, una vez, una sola, se le preguntó por el origen de su riqueza, lo que nunca a sus padres y ella, plantada en el atrio, contestó: «De contar.» Se quedó tan ancha y el pueblo tan estrecho, porque nadie entendió que estaba diciendo la pura verdad, que era su único idioma. La Bebé contaba. Con facilidad para los números y enseñanzas inabarcables para la mayoría, contaba los jornales al céntimo, con ábaco por guarda y las horas al minuto, apuntado todo en una libreta de hule negro que llevaba atada con una goma de petaca; pagaba en la mano, delante de testigos, cantando las cifras en voz alta como quien reza, y jamás debió una peseta ni perdonó un real, que para ella la exactitud no era virtud: era descanso. Vestía de dril los siete días, comía a las doce y media aunque ardiese Troya, y cuando en las fiestas tiraban cohetes se metía para adentro sin despedirse, no por desprecio, sino porque el estampido le entraba por un sitio que los demás no tenemos o tenemos tapiado.

El saludo se le negó, ya quedó dicho. Justo es añadir que ella tampoco lo practicaba, y no por soberbia: es que el «¿qué hay?» le parecía una pregunta, y ella no contestaba preguntas que no se hacían de verdad. Miraba a la boca o al botón de la pechera, nunca a los ojos, y sin mirar a los ojos veía más que nadie: quién cojeaba del pie y quién del alma, qué pared se había corrido dos cuartas en la noche de San Juan, qué cortina se retiraba por ciencia infusa o qué romana pesaba con caridad para el que vendía. Tenía capilla y no oía misa; decía que a Dios se le entiende mejor sin intermediarios, y el cura lo dejó apuntado donde apuntaba. A las siete de la tarde, a las siete y media y a las ocho menos cuarto, por ese orden y sin dispensa ni en los días de difuntos, sonaba el gramófono del palacete: una música que no era de aquí, que subía y bajaba como respiración de otro, y que traía al alto, cada atardecer, a un chucho lanudo y a la quinta cría del cabrero con los codos en la tapia.

Una tarde la Bebé salió al emparrado, la vio, y le dijo lo único que le dijo en años:

—Si vienes a oír, pasa. De pie se oye peor.

La cría no pasó. No pasó ese día ni ninguno. A la semana había una silla de anea arrimada a la tapia, del lado de fuera. Nadie la puso delante de ella y nadie la quitó en tres veranos. Hay maneras de entender la muralla ajena que no vienen en el catecismo.

Del toro hay que hablar, porque el pueblo no habló de otra cosa un año entero. Era un utrero cárdeno, sin hierro, comprado al destete y vivo sin saber cómo, y la Bebé lo dejó suelto por la finca como quien suelta una opinión. Le puso Ministro. Preguntada por qué, contestó: «Porque come sin trabajar y todos le tienen miedo.» Fue la única vez que se le conoció una gracia, y ni siquiera consta que lo fuera: con ella nunca se sabía si hacía humor o inventario. Ministro era bravo de sangre y manso de trato, que son cosas distintas y conviene retenerlo; seguía a la Bebé por las lindes como un perro grande, y a la niña, cuando vino la niña, la dejaba dormirse contra la paletilla, a la sombra del olmo, cosa que el pueblo contó y nadie creyó y era verdad.


El cabrero de arriba se llamaba Argimiro, aunque medio valle lo tuvo siempre por «el de las siete leguas». Gastaba un bigote recio de teniente, cuatro principios que no cabían en su jornal, y una vista que era el asombro de muchos y raíz del apodo: veía lo que cada cual hace cuando cree que nadie mira. Veía la perdiz agachada donde los demás ven rastrojo y el duro sevillano en la palma ajena antes de que la palma se cerrara. Para levantar piezas primero le sirvió Canelo dos temporadas; para lo último no le sirvió de nada nadie, porque ver venir el engaño y poder pararlo son oficios distintos, y al pobre solo le enseñan el primero.

El ajuste de San Miguel fue como fue. En la era de la casa grande, el mayoral cantando cabezas y el señorito al quite con la libreta:

—Cuarenta chotos, Argimiro, a lo dicho. Sale lo que sale.

—Salen dos más, don Amadeo. Cuéntelos su mercé, que están ahí.

—¿Dos más? —el señorito ni miró el corral; miró al cabrero, despacio, de la boina a las albarcas—. Tú qué vas a saber, hombre. Los números son como las escopetas: no se le dan a cualquiera.

Y le puso la mano en el hombro, esa mano, y con la mano le pagó lo que le quitaba del bolsillo. Argimiro apretó el bigote y cobró lo corto, que seis bocas no dejan sitio para la dignidad entera; la dignidad, en las casas pobres, se guarda a trozos, como el tocino.

Aquella noche, a la lumbre, lo oyeron sus hijos masticar en silencio y decir, sin alzar la voz, como quien comenta el tiempo:

—Cualquier día lo mato y lo entierro en el monte.

—Come y calla —dijo la madre.

—Comer, como. Tragar es lo que ya no hago.

La mayor de las seis bocas, que andaría por los diecisiete años, guardó la frase como se guardan las navajas: cerrada. Se verá más adelante que la abrió una sola vez, y no por la hoja. Al día siguiente partiría a Salamanca como aprendiz de carbonero en reparto, con la paga en ese mismo negro, sin rechistar, para ayudar a la casa como sus dos hermanas, que servían en casa ajena desde los siete años. Bajaba para las eras y para San Miguel, que de Salamanca se vuelve; y en uno de esos agostos, años más tarde, le tocó estar donde había que estar. Ya se verá.

A ese mismo Argimiro le ajustó la Bebé, poco después, las tardes de vigilar a Ministro por las lindes de fuera. Le pagó el primer sábado en la palma, al céntimo, cantando las cifras delante de la niña, y al llegar a la última moneda dijo: «Cabal.» Al cabrero se le mojaron los ojos y alegó que era del cierzo, y por una vez el cierzo cargó con una mentira piadosa. Robados, decía él, estamos desde los godos; pero que a uno le cuenten cabal es cosa que no se olvida, porque contar cabal es la única manera que hay de decirle a un pobre que no lo tienen por tonto.

A la niña se la trajo la Bebé un abril, de dónde no se dijo, como todo lo que valía la pena aquí. Venía con una enfermedad que no se supo nombrar, y conviene precisar lo que sí se supo: que comía, corría, silbaba mejor que los pastores y se dormía contra un toro. La enfermedad, por lo visto, consistía en el nombre. En la sacristía hubo una conversación entre el cura y la Bebé que Herminia, que limpiaba los cobres y detenía los trapos por retener lo dicho, refirió luego toda su vida sin cansarse:

—Esto habrá que mirarlo, doña...

—Bebé.

—...señora. La criatura...

—La niña.

—Habrá papeles que digan otra cosa.

—Los papeles se corrigen. Para eso se inventó la tachadura.

—¿Y si la criatura, el día de mañana...?

—Dice que es niña —cortó la Bebé, mirando al botón de la sotana—. No tengo por costumbre desmentir a quien dice la verdad. Es una costumbre rara, ya lo sé. En este pueblo casi no la gasta nadie.

El cura no bautizó y la Bebé no insistió, que para ella los sacramentos eran trámites y los trámites, a diferencia de las personas, podían esperar. La niña creció en el Cuartón con vestidos de percal cosidos por la propia Bebé —mal cosidos, todo hay que decirlo, con puntadas de contable—, y el pueblo, que no aguanta un hueco, rellenó el hueco con lo que llevaba dentro, que ya quedó dicho y no era bueno. Hay criaturas a las que el cuerpo les viene de otro y criaturas a las que les viene grande el nombre que les pusieron; el pueblo, que para los matices tiene el oído del cañón, las llamó raras a todas con la misma palabra, que aquí raro es el plural de solo y yo lo sé muy bien.

La niña quería entrar en un nombre. La cría del alto, por aquellos mismos años, quería caber en el suyo sin que el suyo la contara entera. Y abajo, en el pueblo, la hija de Elías empezaba a querer salirse del suyo: del nombre y de lo demás. No es lo mismo, ni de lejos, ninguna de las tres cosas. Pero se cosen con la misma hebra, y conviene no confundirlas, que este pueblo lleva medio siglo confundiéndolas y de ahí vienen la mitad de sus errores.

Coincidieron poco: la tapia por medio, la música por encima. Una tarde de agosto, con el gramófono en la segunda pieza, la niña se subió a la tapia por dentro y estuvieron un rato así, cada una de su lado, sin hablarse, oyendo aquello que subía y bajaba. Al terminar la pieza, la niña dijo: «Esta es la mía.» Y la cría del alto contestó, sin despegar los codos de la tapia: «Todas son de una.» No consta que se dijeran más en la vida. Hay amistades enteras que caben en dos frases si las frases están bien puestas.

En la libreta de hule, que se conserva —ya se dirá dónde—, hay un asiento de octubre del cincuenta y cinco que dice, con fecha y hora: «Visto pasar el puente al guarda de la casa grande con un perro canela atado corto. Anochecido. No consta más.» Con la Bebé nunca constaba más. Tampoco menos.

Berrocal, pedregosa tierra con este estanque de agua, cerca de El Cuartón, hoy en día.

domingo, 19 de julio de 2026

Al envés de los verbos (1 de 6)

Prólogo:

Como no soy candongo, empleo mi tiempo —descreído dios del apolo— en inventaros una historia. A vuestros ojos, lo será; a los de acá, se le hará roña, desacarreo en el cuerpo.

Habrá quien me reponga el nombre por lunático, por intentar hacer risión en párrafos entrizados y descuajeringarlos con ello, haciendo morralla de algo que pudo ser chulo porque no soy la monda, ni lo seré jamás.

Cosida en su combinación hallaréis verdades, de vidas y muertes. Estampadas sobre el vestido las fabulaciones, sus nostalgias y engaño manifiesto. Quizá se os atragante un pipo si coméis mientras leéis. Cuidad no añusgaros.

Mi perro se enrosca sobre los pies en solícito mimo. King siempre habla de un perro. Le copio el truco.

No quiero empantanaros los segundos dándoos más la tabarra y paso directo al capitulo uno, con palabra pretenciosa, para empercudir todo mi cateto y confundiros el estilo.

## I. El consuetudinario

Nosotros no la echamos. Conviene sentarlo primero y con estas palabras, porque en los pueblos la memoria se adquiere igual que las servidumbres de paso —posesión pública, pacífica, ininterrumpida y a bocinazos—, usucapiendo así hasta la mentira medio siglo, haciendo propia la versión de que la Gorjona se fue de motu propio.

Que se fue sola, un martes de un febrero y a tripa vacía. El aire subía del cañón con esa condición de aquí, un biruji que congela sin tiempo para enfriar: con la intensidad que te hace toser un día y solo cura cuando la guadaña quiera segarlo. A ella no la agarró el pecho, que solo tenía diecinueve años cuando marchó dejándonos su manera de mirar los tejados, alcanzando más allá e ignorando lo de acá.

Aquí las cosas ocurren en impersonal. A Elías Gorjón se lo llevó el río. Así se dijo en el cincuenta y siete y así se sigue diciendo, sin que haya hecho falta enmendarlo: se lo llevó el río, tres días aguas abajo, hasta el remanso del Fraile, con las dos petacas de café todavía ceñidas bajo los brazos y las correas tan apretadas que hubo que cortarlas con la navaja del practicante. Eso nos quedó de él. Un hombre ahogado abrazando lo suyo.

Del café no se preguntó de dónde venía, que del otro lado de la frontera no viene nada que se pueda decir; se dijo «lo suyo», y lo suyo, bien mirado, olía a tostadero de Oporto. Pero, a los tres días en remojo, aquello ya era café de aquí, aguachirle, y la Guardia, que entiende de jurisdicciones, dio el expediente por ahogado con su dueño.

El río que se lo llevó dejó de ser río en el sesenta y tantos. Ahora es una lámina quieta con horario de compuertas, y por debajo cruzan viejos, borrados los caminos, y el remanso del Fraile está a cuarenta metros de fondo, y no hay dónde ir a mirar. Es una comodidad que agradecemos, más en verano cuando toda Castilla es puro amarillo, da igual donde mires.

Al cabrero del señorito le pasó cosa parecida, y por lo cuento aquí, aunque fuese de una casa que me toca cerca. Guardaba las cabras de arriba y, cuando la cuenta no daba, bajaba un choto a escondidas para las seis bocas que tenía en casa —pasando de cinco a seis en inesperado, porque Dios dispuso menos pero en estas casas Él lleva el recuento y los desahogos el resto—. El señorito, que tenía perros de casta solo por decir «tengo» sin usarlos, ni tan siquiera sacarlos a paseo, le regaló uno: un perdiguero color canela, con papeles, Canelo. Un perro así, en manos de un cabrero, no vale para las cabras; valía para levantar la perdiz sin que se enterara el guarda así que la Benelli, traída de Urbino gozó de Canelo. Mucha escopeta y mucho perro. Aquí un perro con papeles no se compra fácil y quien lo recibe en regalo firma por debajo, como tratos de pequeña honra. Del señorito baste, de momento, esto: pagaba los favores con la mano en el hombro, pesada y agobiante. Pero Canelo duró solo dos temporadas. Luego se lo llevaron y en no hubo quien pusiera nombre al ladrón, que es la forma natural de la envidia aquí, sin  dejar rastro: actuando impersonal, como el río. Solo que el río devuelve lo que se lleva cuando ya no sirve y la envidia no ofrece retornos. El cabrero preguntó sin esperar respuesta, y nadie sabía nada, como aquí no se sabe nunca ni sabiendo con pruebas. Si acaso a chismes o boca-bocas lo sacabas. Y sus papeles, húmedos de los cristales, de los ojos húmedos, quedaron en el lavadero de la ventana acreditando la miseria de nuestras tierras.

Al hueco de Canelo lo tapó con lo primero que nadie iba a envidiarle: un chucho lanudo, rizado, huidizo y desgobernado, que bajó del Cuartón sin dueño y respondía, cuando le daba la gana, al nombre de Chas —por un ruido que hacía—. Era perro que no apuntaba ni cobraba, no valía; por eso estaba a salvo, que a Chas no lo iba a querer nadie más que los pobres, y contra eso la envidia no tiene nada que hacer. Corría con las cabras como las cabras, entre los pagos de la Bebé, por el tan nombrado Cuartón, y de allí no había modo de traerlo: tiraba hacia el palacete, hacia lo que sonaba en el palacete al atardecer, que no era música de aquí y a un perro le sonaba a comida.

Aunque no sonaba a Mayalde cantando "La polla", tema popular que relata cómo se consigue la riqueza desde una simple gallina o pareja de un pollo, esa música reclamaba los oídos más finos del lugar y desde el alto, la quinta cría del cabrero bajaba a lo mismo. Tiraba para allá, se paraba a escuchar y a escudriñar de paso lo que de los cuadros se entreveía por los balcones; y de los tejados del pueblo no quería saber. Lo suyo era lo que asomaba por la puerta de detrás del palacete, que por la puerta de detrás asoma siempre la vida verdadera de las casas.

Bien. Pues a Chas lo mató un coche en la recta del Cuartón a Vitigudino, una tarde, yendo hacia aquello. La cría no dijo nada. No fue ella quien lo enterró y pero si lo mucho que le había dolido, y ese, que se sepa, fue el primero de los silencios que se le quedó entero rondando con muchos otros, demasiados años, demasiado joven para entenderlos.

Foto coloreada de El Cuartón
La Bebé gobernaba "El Cuartón" y era lo contrario de pobre, que en llanura seca es un escándalo permanente. Tenía palacete, capilla propia y una piscina levantada sobre pilares en mitad de unos campos que no daban ni para el pan, con lo que el agua quedaba arriba y la tierra abajo, cada una en su sitio y las dos ofendiendo. Os enseñaré más tarde una foto, si descreéis de la piscina pero incluso a mi, que venía de la ciudad, me impresionó, tan cerca de una iglesia, como si fuera agua para bautismos o lugar limpiar de veras los pecados no contados a un cura ausente, cuando no sordo para según qué confesiones, duras e inabarcables un domingo cualquiera y sin aguardar después la clásica invitación a comer. 

Volvamos a la señora.

Tan pronto se la veía con un puro como se sabía que tenía por mascota un toro —de casta, bravío de sangre y manso con la mayoría—, suelto por la finca como vadeando la muerte para la que lo criaron. De pila se le conocía Inés Luna pero... la Bebé y bastaba. Porque llegó siendo bebé y de mayor se contó que trajo un día una niña de ocho añales, adoptada según unos y de nadie según otros, con una enfermedad que tampoco se supo nombrar y que el pueblo, que no aguanta un hueco, rellenó con lo que llevaba dentro. Qué fue de la niña, no se dijo. De la Bebé quedó esto: muerta hacía muchos años y sin quien la heredara, dejó escrito —para odio de otros ricos— que su fundación pagase los estudios a las niñas y, si eso, también a los niños de Traguntía. A una mujer a la que aquí se le tomó la fundación y se le negó el saludo le debe este valle la única puerta por la que ha salido alguien sin ahogarse: la dejó escrita, del otro lado del papel, y la puerta, bien mirada, tenía dos hojas. Por una pasó, con los años, la cría del alto, que aprendió con la tapia por medio, sin que nadie de su sangre pudiera enseñárselo, que también se vive del otro lado del papel: leyendo, contando, guardando renglones; y no se movió de aquí, ni falta que le hizo. Por la otra hoja salió la Gorjona, y eso entonces no lo supo ni ella: el papel que se la llevó un martes de febrero lo pagaba una fundación con nombre de mujer. Lo de respirar de otro modo se lo enseñaría después otra mujer de modos extranjeros, muy lejos de aquí, de la que se hablará a su hora. Maneras de ricos que no son aprobadas por quienes solo aparentan poder o riqueza.

De la pareja que aguardaba en la revuelta del camino, a una hora en que aquí no aguarda nadie, no se dijo. Del Zurdo tampoco: se marchó a Bilbao por su cuenta aquel otoño —conste que nadie lo obligó; conste que hubo quien le pagó el billete—, y allá, según llegó a saberse, no volvió a sujetar la garlopa. Un carpintero puede vivir sin sujetar la garlopa. A este, doce años en total, un cólico miserere le bastó.

Nadie dijo nada. Aquí nadie dice: se dice.

A Basilisa la cuidamos. Eso no se discute ni se ha discutido nunca: cuarenta y un años de vecindad estricta, la leña arrimada en octubre, el médico de Vitigudino traído dos veces en el coche de Anselmo, y al final, en la residencia de Aldeadávila, la ropa marcada con su nombre por si se perdía, que se perdió. La enterramos bien. Vino el pueblo entero. No vino la hija. Se dice sin acritud: se dice porque es el hecho, y el hecho, aquí, es lo único que se hereda.

Del cabo Requejo se acuerdan todavía los de nuestra quinta con simpatía. Era de Ciudad Rodrigo y no era mala persona. Estaba a la salida de la escuela con las pastillas de café con leche en el bolsillo del capote y les preguntaba tonterías a las chiquillas: que si qué habéis merendado, que si a ver esa letra, que si dónde anda tu padre estas noches. A una chiquilla se le saca cualquier cosa con una pastilla de café con leche; lo que nunca se sabe es lo que se hace después con lo que se le ha sacado, y de eso aquí no se levanta acta. Lo destinaron a Plasencia en el cincuenta y ocho. Mandó una postal por Navidad, una sola. Todavía la tiene Herminia.

Y de la Gorjona esperábamos noticia, susurros de visillo, lo que fuese con tal de saberla bien. Teníamos método, además. Cada agosto, con las fiestas, cuando bajan los de Bilbao y los de Madrid y aparcan en la plaza y abrazan a gente que no reconocen, había quien miraba la carretera de Vitigudino más rato del que hace falta para mirar una carretera. Teníamos hasta la escena pensada. Le habíamos escrito el papel. Entraba ella, y nosotros, sin aspavientos, sin reproche, con esa grandeza tranquila que aquí sale sola, la perdonábamos.

Adviértase la dirección del verbo. Nunca se nos ocurrió conjugarlo del otro lado.

No queríamos que nos contase nada, por cierto. Eso conviene sentarlo también. Lo que queríamos era que se sentase.

El sobre llegó en octubre, de una notaría de allá, con el matasellos ilegible y el nombre del pueblo escrito a máquina. No venía dirigido a nadie. Venía dirigido a los interesados. Estuvimos toda la tarde en la panera —dígase cantina— discutiendo si lo éramos.

miércoles, 1 de julio de 2026

Viejo cuaderno de bitácora

“Lo que sí existe es este tipo de niños: inteligentes, atentos, hipersensibles y, por estar totalmente orientados hacia el bienestar de los padres, también disponibles, utilizables y, sobre todo, transparentes, predecibles y manipulables… mientras su verdadero Yo (su mundo afectivo) permanece en el sótano de esa casa transparente en la que tienen que vivir, a veces hasta la pubertad y, no pocas veces, hasta que sean padres ellos mismos." Alice Miller 

Lo que voy a contar... va a haber quien trate de anticiparse.

No tiene que ver con bodegas ni vinos, pero las enólogas dicen: «En nariz se anticipan las notas de fruta negra que luego aparecen en boca».

El marido de una amiga de mi esposa se empeñó en ponerme un vasito de vino —botella sin etiquetar— diciéndome que era un Vega Sicilia.

Al verme encoger los hombros, apeló a altas instancias, obstinado en que era un bouquet tal y cual. Quería —lo sé sin necesidad de hacer lectura interlineal, dado su historial de estupideces— dejarme en ridículo.

Tardé unos segundos en desmontarle la película:

—No tengo ni idea de vinos. Si me pones vino Savin de cartón no lo voy a diferenciar.

Podría haber usado una marca de mejores referencias en mi memoria, pero quise llegar lo más lejos posible en menos tiempo del necesario para no enfadarme, y ahorrarle un disgusto a mi esposa y a la suya. Pero se puede ser pesado, aparte de torpe. Tuvo que porfiar:

—No me compares, se nota fácil la diferencia.

La jugada no le salió bien. Resumen: era vino de su pueblo.

Lo que voy a contar... ains. Quizá me cueste empezar porque me desagrada intentar relatar algunos de los tramos más fastidiosos de mi vida. Empezaré por algo liviano.

En el barrio de mis primeros años, las calles sin asfaltar daban piedras, barro, tierra y polvo. Jugar a las pedradas era normal. Una de mis cejas la partieron así mientras yo observaba alucinado la hermosa ondulación que describen al volar bajo el impulso adecuado. Lo anoté en «juegos peligrosos».

Y de lo que voy a contar ya un poco más intenso pero repetido... cuando venían visitas —familiares, supongo— y mi padre decía: «Hijo, enséñales el título de hombre», para que les mostrara lo que me diferenciaba de las nenas, con 6 o 7 añitos. Obedecía y había risas, así que lo anoté en «juegos graciosos».

Empecé el colegio con esa ingenuidad, sin saber que era necesario tener amigos y había que hacer cosas, ser así o asá, pero nada fuera de lo convencional. Elegí las enormes piedras que sostenían la escuela y me puse ahí, cual tortuga con frío, estrenando la sección «pasar desapercibido».

Luego, en cuarto de EGB, esquivé los juegos del hombre, un profe muy malvado. A saber:

El juego del sable divino
El juego del sable divino

Era una regla flexible de acero, enorme, usada como látigo contra nuestras espaldas. El golpe caía de arriba hacia abajo, que era donde el latigazo más dolía.

Sonar de aproximación
Sonar de aproximación

O acercar la frente al pupitre y recibir tal empellón por el cogote que te estampaba contra él.

Juego de la golondrina
Juego de la golondrina

Pintada en una hojita que pegaba en una esquina. Decía: «Mira al pajaritooo», y te arreaba una torta sin consagrar capaz de tumbar a cualquiera.

Iba cagado de miedo pero casi prefería las deposiciones impetuosas que mi despiadada celiaquía lanzaba estando en clase o en el recreo. Con todo, logré participar del juego de la golondrina por partida doble, en ambos lados de la cara. La segunda por llorar y amenazar, como cualquier niño, «se lo diré a mi padre». Con sus dedos marcados en mi cara añadió:
—Y ahora vete y cuéntaselo a tu padre.

Cuando mi padre me pegaba solía haber un motivo: haber olvidado la hora de bajar a la escuela, negarme a todo, no recordar mi nombre si se preguntaba a gritos, o cosas más graves, como romper algo o decir algo demasiado crudo.

Las violencias físicas son manejables hasta cierto punto. Los comentarios de chicos y adultos, sus actitudes, sus cargas de profundidad... si estás al lado te alcanzan. Si no las entiendes, mal vas a recibirlas, pero puedes anotarlas en el capítulo de «violencias».

Los afectos físicos —juegos escolares en que te robaban la ropa interior, o los que se practicaban sin ropa usando partes del cuerpo—, las exploraciones variadas, las exposiciones a imágenes, etc., se convirtieron en recurrentes; acumulando polvo y sacudiéndoselo a temporadas.

Cuando, estando en casa de mis tíos de Sanse, mi primo engañó a su hermana con juegos sin ropa haciéndome participar y, después del castigo, sus padres me enviaron a la bañera ¡a puerta abierta!, creí que el mundo se me venía encima y no podría pararlo; pero ese baño quedó en susto.

Con 10 años fui yo el engañado a jugar sin ropa y todo cambió para siempre. Un niño, enseñado a creer en Dios, que comienza a llorar por las noches y le ruega que se lo lleve con él. Un niño, y ya tuve suficiente.

Díganme si, con esas pocas experiencias, fue mala mi decisión de reducir las relaciones humanas. Puede que las limitaciones vinieran impuestas de serie, pero nadie ayudaba a sortearlas.

La adolescencia quedó tan bunkerizada que, cuando necesitaba salir, la evasión me costaba muchos disgustos anticipados pero, a pesar de mis dotes de videncia, debía intentarlo.Concluí que «los experimentos en casa y con gaseosa», es decir, para probar una idea arriesgada, primero con uno mismo, en un entorno donde, si sale mal, las consecuencias sean pequeñas. Eso hacía yo.

Escapar del asco de los abusos íntimos para saborear la intimidad fuera de uno mismo. Equiparable al 2,4,6-trinitrotolueno, TNT. Lo intenté así sobre los 14:

Mi hermana mayor —17 años— tenía una amiga muy bella: Pilar. Para ser sincero, todas las chicas me parecían criaturas hermosas, luminosas y buenas, y todos los chicos lo contrario. Es posible que Pilar no fuese bella por fuera y existiesen chicos buenos por dentro.

Pues Pilar venía a mi casa a esperar que mi hermana se arreglase, pero creo que, además, como nos ha sucedido a todos en casa ajena, las diferencias positivas acrecientan esa benéfica indulgencia con que solemos mirar lo que nos rodea.

Un día pidió bañarse. Yo no sabía cómo sería su bañera, pero agua tendría, así que no terminaba de entender cómo alguien podía desear darse un baño en casa desconocida, con la de cosas malas que pueden pasar.

La muchacha no hacía ruido. Desde fuera yo trataba de averiguar qué hacía —por algo me decían «espía»— y, de pronto, empezó a salir agua por debajo de la puerta. Corrí a avisar a mi hermana. La llamó:

—¡Pilar! ¿Qué haces? ¡Abre!

Y, como no contestaba, abrió con aguja de ganchillo. Se cabreó con ella e interpretó que le faltaban tornillos.

Mi pensamiento creativo construyó algo. A Pilar le habían pasado cosas malas. Algo que le recomendaba no bañarse en casa, que le decía «este lugar es seguro». Su cara era lánguida, pálida, como un ángel de porcelana blanca, quebrado, tratando de mantener juntos los trozos.

Mi hermana recogió el agua sola —Pilar seguía como en otro mundo— y luego entró al baño. La chica empezó a secar y peinar el pelo mojado, oscuro, largo. Me senté a su lado a mirarla.

Hoy ya sé que «eso no se hace» y si vagamente lo consigo hoy, entonces era inevitable. Desde muy adentro, desde una especie de devoción, yo quería ser así. Si prefieren decir «hormonas adolescentes», allá ustedes.

Tenía la impresión de estar a su lado y, a la vez, en lugares distintos, invisible para ella. Como no me veía, yo no paraba de escrutarla. Quería saberlo todo, pero las preguntas —muy complejas de elaborar, inalcanzables— impedían obtener las respuestas.

Y fui a lo más obvio por el camino más directo: veía que bajo su camiseta no llevaba ropa interior. Le pedí que me las enseñase.

¿Se podía pedir algo así? ¿Los agredidos pasan al bando de los agresores?

Pues lo hice y ella accedió. Cruzó los brazos sobre su cintura, cogió la camiseta y empezó a subirla. Aterrorizado, le pedí que parase, que no era en serio. Ella preguntó:

—¿Seguro?

Cuando dejó caer los brazos respiré de nuevo. Casi me da un soponcio.

Me dijo que había sido un buen chico y me dio el primer beso, labio a labio, duración: 2 segundos, ocultos tras la puerta de mi habitación. Ella se fue a otra parte mientras, tras la puerta, yo trataba de analizar la secuencia de vertiginosos sucesos eróticos.

Así llevé a cabo mi experimento macabro, sin razonar, sin meditar ni valorar los resultados, pero en lugar seguro. Y como casi me explotó escribí «sexo peligroso».

Dije que iba a contar cosas desagradables, en medio del calor y el hastío de Julio, cuando mi madre, de mala gana, dio cuerda a este muñeco.

Esa vivencia pudo ser otra mierda más para Pilar, que después siguió los pasos de mi hermana a un principado de diminutas dimensiones. Ambas encontraron pareja: mi hermana, un tipo infiel; Pilar, un maltratador.

A mi hermana mayor me la pidieron prestada, para estrenarse, los dos chicos por quienes fui elegido para amistad y, como si yo fuese un proxeneta de la peor calaña, más adelante querían emborrachar a mi amiga y vecina austriaca para saciar sus apetitos.

Como no les funcionó, me ofrecieron participar de algo similar contra una persona con cierto síndrome a la que uno de ellos conocía. Aún hoy me cuesta creerlo, pero entonces les dije de todo. Empezaba a dudar si estarían bien de la cabeza. Si alguien quiere saberlo, el futuro demostró que ninguno de los dos lo estaba. O de los tres.

Más adelante —digamos 2018—, mis jefes me llamaron al móvil mientras estaba con mi hija y mi esposa en Oviedo:

—Hola. Mira, que estamos en Asturias, de despedida de soltero.

—¿Y?

—Pues... ¿estás aquí con tu hija, no? Nos la podías dejar.

No entiendo, no contesto.

—Es que... macho. Nos ha fallado la cuqui que teníamos contratada.

Estaba cabreado pero, como soy idiota —y no me extraña que lo sepan, dada mi actitud—, no me salieron palabras.

—¡Oye! ¿Estás ahí?

Se pone el amigorro de turno. Dice:

—No les hagas caso, mándalos a tomar por culo, que están borrachos.

No era la forma de hablar de un borracho, pero sí la de un individuo que nunca ha disfrutado de una pizca de educación. Anotado: las bromas pesadas también llevan antifaz.

Antes de trabajar para estos, mi anterior jefe también realizó sus delicias conmigo. Y con mi compañero, que tuvo que volver a medicarse para no sacudirle por cómo nos presionaba. Son cosas de todos los trabajos, del día a día de cualquiera, y solo quiero relatarlas fiel a la realidad.

A este hombre le apodé «El General». Tenía que ir a su casa a veces, a los garajes bajo el chalé. Uno era trastero-cochera-pudridero y el otro cochera-vinoteca-gimnasio. El primero olía a fruta pocha y basura acumulada. Cuando me dejaba volver a casa, siempre en horario de trabajo, tenía que tirar sus trastos, aquella basura e incluso lo de reciclar.

Me enseñaba su bodega —otro con la misma historia— y su gimnasio. Como percibió que pasaba de vinos, fue a la sección de revistas de hombres musculosos de culturismo, y revistas de culturistas desnudos. Yo no decía nada y él seguía con su rollo de que el cuerpo no era para avergonzarse y que un hombre podía estar desnudo con otro, etc. Ese cuento ya lo tenía anotado y no colaba.

Se ponía pesado con «tienes que hacer ejercicio». Justo entonces yo padecía anorexia nerviosa y ni músculo ni grasa tenía. Ni capacidad para razonar.

Un día me indicó que probara uno de los aparatos de su revolcadero y, mientras yo colgaba de aquello —la imagen del murciélago en mi mente—, me dijo:

 —Respira.

Nunca he pisado un gimnasio, ni lo haré, pero me monitorizó poniendo las manos en el vientre:

—No respiras, respira mientras haces fuerza.

No me importaba tirar su basura, pero vi tarde que todo eran pruebas para conocer mis límites y supuso que no los tenía. A cada momento esperaba sentir sus manos desplazándose a lugares prohibidos. Confundía mis temblores con fallos musculares.

Le disgustaba mi delgadez y que no le atendiera para ganar peso. Batidos de proteína en polvo me ofrecía cuando ya tomaba «Ensure TwoCal», pero seguí soportando su basura mental y real hasta el final.

Algunos días llegaba borracho a la empresa. Su esposa me pedía llorando:

—Llévalo a casa, por favor.

Por una vez mi lengua se soltó rápida:

—¿Que lo lleve yo? Si está tu hijo ahí.

Ella negó:

—No... él no puede, es muy flojo. Tiene que ser alguien como tú, fuerte, con moral, con amabilidad y paciencia. Él no tiene nada de eso. Por Dios Santo te lo ruego.

Le llevé en la furgoneta de la empresa. Por el camino estuvo haciendo todo tipo de locuras. Tiró las cosas de la guantera por la ventana. Escupió mal, pringó el cristal y la baba colgaba puerta abajo.

Pidió:

—Llévame al bar, tomamos tú y yo una última copa, ¿de acuerdo?

—Sí.

Le llevé directo a su casa.

—Cabrón, me has engañado.

Se bajó. Llamé a la puerta del chalé para que saliera la hija.

Mientras, se abrió la bragueta y trató de mearme encima por haberle llevado a casa.

Mientras me perseguía manguera en mano y yo saltaba de acá para allá, su hija abrió la puerta. Se llevó la mano a la cara y miró a otro lado.

Si a esto le sumamos que en mi primer trabajo con nómina, explotado y engañado, un compañero tenía por costumbre cogerme por las caderas en cuanto me inclinaba a lo que fuese, para chocar sus genitales conmigo, que el otro compañero me dijera «Mariposa» y que en el trabajo actual me pateen el culo, me empujen con fuerza para que me quite de sus caminos o el niño culturista se plante en medio del mío para imponer su masculinidad, y que me insulten y digan barbaridades...

Debo anotar lo siguiente: produzco tanto deseo y rechazo como envidia e indiferencia, en proporciones variables. El título para esa sección... no tengo ánimo.

Los derroteros de este post, auténticos, son así. Como con espinas infectadas, pus pestilente y comportamientos mugrientos. ¿Consentidos? Aquí todo se ve con claridad pero, créanme, en el momento dominan las nieblas.

Si resumimos los últimos sucesos y enfocamos a los malvados, es natural que un día, cuando me crucé por la calle con Lidia Barrera A., mi psicóloga en la UTCA, le dijera:

—Si hubiera un botón que, al pulsarlo, todos los hombres desaparecieran de la faz de la tierra, no dudaría en utilizarlo.

Quedé excusado por mi situación en aquel entonces y ella me explicó que no todos los hombres eran malos.

Esa misma Lidia, en una de las sesiones, me preguntó esto:

—Me ha dicho Ana —la endocrina— que quieres hacerte una colonoscopia.

—Sí.

—Pues... no lo entiendo. Para alguien que dice que se quiere morir, no le veo sentido hacerse una colonoscopia. Eso es para quienes desean vivir.

No tenía muchas ganas de explicarlo, pero requirió que lo hiciera:

—Cuando digo que no quiero vivir, que quiero evaporarme y morir, no estoy diciendo que quiera morir en medio de un cáncer de colon, con dolor y sufrimiento.

—Pero... eso que dices de evaporarte, nadie muere así.

En fin. No conectamos. Ni ella se esforzó conmigo ni yo estaba en situación de rogar su atención, obligado a comer, a engordar y recuperarme. Para ella, «la vida es mucho más sencilla que todo eso».

Tampoco hubo sintonía con el psiquiatra, David González, que en una ocasión, sobre los abusos en la infancia, cuando mi esposa le preguntó:

—¿Es que nunca lo va a olvidar? No entiendo que a estas alturas esté dándole vueltas a eso, ya pasado...

—Nunca —dijo David—.

Y, tras pensarlo un instante, se sacó este chiste de psiquiatra:

—Bueno, quizá sí lo olvide algún día, si tiene alzhéimer.

Debía aburrirse mucho David. Conmigo la guasa estaba siempre servida:
—Con este Zarelis siento que me voy a hacer pis cada poco rato. Es muy molesto y...
—Pues te pones un pañal.

David, como director de aquel lugar, lanzó su diagnóstico sin dudar, otro día feliz:
—Tienes un trabajo reconocido, una esposa, una hija, casa.
—Si
—Y, claro, estar delgado es super-mega-guay.

En efecto. Es lo más. Cada día pensar en la muerte. Es estupendo comprender el efecto de los abusos sexuales y, un día, al salir de la prisión provincial y estar encerrado con los presos, recogiendo y entregando máquinas de escribir para ellos —curiosa distracción—, quedarme a punto de dar un volantazo para estamparme contra el primer camión. No quería hacer daño a nadie más así que aceleré y puse los cinco sentidos en permanecer en la carretera mientras aquella vieja furgoneta rugía de angustia.

¿Que yo me tomo todo a la tremenda? Puede.

¿Soy un débil mental? Claro.

¿Todas tenemos conversaciones así a lo largo de la vida? Seguro.

¿Que una cosa es recordarlo todo y otra removerlo? También.

Por eso os compartiré un par de sucesos en manos de Helena H., psicóloga en la Asociación de Ayuda a las Víctimas de Abusos Sexuales. Contaba con Manuela como directora y una abogada para las denuncias. Me aceptaron, a pesar de no ser mujer.

Un día, aún desconozco el motivo, me preguntó:

—Seguro que tú, si te cruzas por la calle con una mujer bonita, piensas: «A esa me la fxllaba yo».

Puse cara de estupor y respondí:

—Pero... ¿por qué dices eso de mí? ¡Qué asco!

Me pidió mil disculpas, etc. Pero ahí no queda la cosa.

Otro día, como me gusta llegar pronto, Helena no estaba aún en el piso de la asociación. Solo Manuela, en su despacho a un lado de la entrada, y yo, en la salita de espera al otro. Llegó a voz en grito, dirigiéndose a la directora:

—¿Sabes lo del niño y el abuelo? Pues que pillaron al abuelo dando por c. al nieto.

—¡SSSSHHHHH!

Manuela la mandó callar. Cerró la puerta del despacho y al rato salió sin dar explicaciones, como si nada hubiera ocurrido.

Poco tiempo después me invitó a dejar de ir, si a mí me parecía bien, con derecho a regresar. Y me pareció bien, pero no regresé, excepto para expresar gratitud, a pesar de todo.

Probado queda que ni todos los hombres son malos —aunque la mayoría sí— ni ellas todas buenas. El capítulo de «simpatía psico-psiquiátrica» queda abierto.

Si tuviera que contar algo sobre mujeres pasando ciertos límites conmigo, podría mencionar una mujer que solicitó mis servicios a domicilio, en torno al icónico año 2000.

Fue en mi primer trabajo. Iba a muchas casas entonces a poner equipos informáticos, pero la empresa comprobó que cuando yo volcaba mis conocimientos y emociones vendiendo, nadie en toda la ciudad lo hacía mejor. Pasé la mayor parte del tiempo como comercial y le contaba a la gente cosas que no entendía pero sí eran conscientes de que aquello era bueno y, sobre todo, verdadero.

Me acostumbré a estar en tienda y me fastidiaba tener que salir. Y esa mujer no tan mala, a la que su marido engañaba según mi jefe —y no era un jefe cotilla— con más de una, pidió asistencia técnica a domicilio. Envié al compañero, que acuñó ese «En tu otra vida fuiste mariposa» y volvió sin éxito técnico con una advertencia: «Quiere que vayas tú ahora, pero cuidado, que esa es una tigresa». La conocía y me parecía peligrosa. Fiel a mi costumbre de no valorar por medio de terceros acudí; no tenía otra opción.

Llegué a su chalé y me dijo que disponía de una o dos horas, pues tenía que recoger luego a los niños. Su marido en la empresa, ella sola en casa. Subimos al trastero donde estaba el PC con problemas. Después de revisar todo, no encontraba nada raro. De pronto me puso una mano en la pierna, junto a la ingle. Pegué tal salto que casi me parto la crisma con el techo abovedado. Me pidió disculpas, etc.

Mucha gente toca brazos, manos, hombros, etc. A mi hija le partí la nariz de un codazo por tan solo tocarme las costillas mientras me afeitaba. No soy la persona más recomendable para sorpresas, y no puedo decir que aquella mujer guardase parentesco con los tigres por tan poca cosa.

Al hilo de eso mismo, de la mano en la ingle, puedo relatar otro suceso, este algo más intenso.

En el mismo lugar de trabajo me pidieron otra vez ir a revisar un PC con problemas. Lo habitual. ¿Los ordenadores de ahora dan menos guerra o hay más conocimiento? No estoy seguro. Pero esta era la casa de una pareja unos 15 años mayor que yo.

La mujer había decidido montar un SPA en un local, hipotecando su casa para conseguirlo, en contra de mi recomendación y un serio pesimismo sobre el lugar y nuestra ciudad. A mi pesar, porque a ella le tenía aprecio, pasó mis recomendaciones y razonamientos por su amplio y algo arrugado arco del triunfo.

Mujer de carácter, psicóloga retirada, había sacado toda su familia adelante, a pesar de las secuelas de una grave intoxicación, muy sonada en la época. El SPA no sería reto suficiente y lo dejó muy bien montado. Yo colaboré en la parte informática y ella me agradecía el trato.

Cuando llegué a su casa, él, aficionado a trenes, me llevó al PC y me explicó el problema, que tampoco existía. Como no pasaba nada, dije que me iba, pero quiso retenerme:

—Espera, que te voy a enseñar unas fotos. Abre esa carpeta.

Yo al mando del ratón, él a mi izquierda. Ella en pie. Fotos de trenes.

—¿Qué te parecen? ¡Vaya máquinas! Son hermosas, ¿a que sí?

—A mí los trenes me dan asco. Las vías huelen muy mal. Pero es estupendo para ti, por lo visto.

Hice ademán de levantarme pero me cogió por el brazo. En ese momento me apetecía ponerle el teclado de sombrero en trozos pequeños.

—Espera, hombre, abre esa otra carpeta, ya verás.

Agobiado, me sentó, y ella aprovechó para marcharse. Eran fotos de mujeres desnudas, descargadas de internet y clasificadas por contenidos. No entendía el cambio.

Mi cuerpo, sin embargo, había reaccionado entre la parálisis y lo fisiológicamente inesperado.

—¡Vaya máquinas! ¿Eh?, ¡no dirás que estas no son máquinas hermosas!

—No son máquinas, son mujeres desnudas, espatarradas...

Quise levantarme de nuevo pero esta vez su mano, firme sobre mi muslo, de nuevo en el mismo lugar, y esta vez no hubo brinco.

Mantenía su mano apretando y extendía algún dedo hasta localizar lo buscado. ¿Qué señales envié para equivocarle... mi cuerpo traidor? ¿La rigidez, los ojos como platos... la falta de respuesta no basta?

Yo pensaba que estaba a salvo de este tipo de cosas. Que ningún hombre volvería a tocarme por ahí sin sufrir una agresión mía. Sobrevaloré mis anotaciones imaginarias y las realidades impusieron su norma.

—Y ahora abre esa otra, esa, esa de ahí. —Abrí la carpeta. Eran fotos, ya no de modelos, sino de una mujer de cierta edad, con los pechos caídos, con tripa grande, en la ducha, sin el rostro. No cabía duda de que era su pareja.

—¿Qué te parecen estas?

Ahora sí. Ahora me salen todos los improperios, todas las agresividades e incluso las respuestas racionales. En esos momentos no. A pesar de todo, contesté:

—Son fotos de una mujer en la ducha, mayor. Y no son fotos de internet, por el nombre de los archivos.

A ese descuido que supuse doloroso reaccionó con una sonrisa tan asquerosa como su olor.

Pegó un último restregón de mano antes de permitirme salir.

Pasados unos días, en la tienda, me invitaron a ir gratis al SPA. Eso me apetecía. Me dijeron que podía ir un viernes, cuando no trabajan y estaría solo. Y él que podía hacer desnudo el circuito pero, al ver mi reacción, ella añadió:

—También puedes llevar el bañador.

Me recomendaron masaje de piernas pero pedí de espalda. Él insistió en piernas, «todo el día de pie, atendiendo», pero ella aceptó espalda.

Acudo con el bañador. Me ducho. Última oferta para hacer el circuito desnudo:

—He criado siete hijos, lo tengo todo superado; pero como decidas. Te espero fuera.Salgo con el bañador. Paso por la sala de vahos, la sauna, la piscina de hidromasaje, el camino de piedras, la manguera de riego... pero rechazo la ducha fría. Paso a la sala de masaje. Olor agradable, musiqueta, luces suaves. Me da una toalla y un tanga de papel minúsculo. Dice que no tiene de caballero y espera fuera.

Me seco a gran velocidad temiendo que pase sin avisar. Me pongo aquello como puedo y me tumbo sin más. Y se asoma:

—¿Todo bien? ¡Uy, si ya estás echado!

El masaje fue bien. Al día siguiente dolor como sentiría un pulpo al que golpearon para ablandarlo. ¿Que pasó las manos más allá del final de la espalda, por aquí y por allá? Sí. ¿Que mi cuerpo reaccionó y ella me levantaba por las caderas? Sí. Hay más, pero no consigo narrarlo sin perderme en algo que no sé si entiendo del todo. No hubo más de lo que hubo, y eso ya es bastante.

Al salir, ella de puertas adentro, yo de puertas afuera, acercó mucho su cara a la mía. Me retiré asustado y me dijo:

—Has sido un buen chico, gracias.

Otra vez el buen chico.

En mis habituales rebobinados y análisis de sucesos eróticos inexplicables, años después, como digo, recordé que ella tenía muchísimas dioptrías, no veía, ni llevaba las gafas. Supongo que solo quería ver mi cara.

Sé que cierto capítulo de lo contado no lleva título pero ya tengo el índice de este libro y, cuando lo imprima, lo llevaré a quemar con la misma lógica de sus historias, suponiendo el FIN algún día.

Lo que voy a contar... ya terminé de contarlo.

Narraría ahora los casos de chicos buenos pero, ruego disculpas: no los recuerdo.


Llegamos al final de este resumen. Si a alguien le extrañó encontrar incierto humor, dudoso humor, imágenes poco apropiadas a estas historias... les invito a ver un pequeño clip de la película Joker.

He sido de esos que hacen caras a los bebés de otras personas. A mi, por suerte, me advirtieron que parecía un degenerado y una persona pervertida así que, pude ahorrarme la risa-llanto. Pero Arthur...