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jueves, 30 de julio de 2026

Al envés de los verbos (5)

De las dos fotos que Inés miró de frente. La otra, siendo niña

 ## V. El don

La hombría, en aquellos años, era un patrimonio: se heredaba, se hipotecaba y, sobre todo, podía perderse en pública subasta. No figuraba en el Registro, pero tenía sus asientos: el don delante del nombre, la escopeta detrás de la puerta, la palabra que nadie discutía y la mano en el hombro que lo cobraba todo. Don Amadeo tenía los cuatro asientos al corriente. Se le cancelaron en dos tardes de agosto del sesenta y cuatro, y este capítulo levanta acta de ambas, porque de esto sí que hay testigos, y hasta les sobran.

La primera fue en la báscula del concejo, día de feria, pesándose los corderos de la casa grande para el tratante de Ledesma. El mayoral cantaba pesadas, el señorito apuntaba, el tratante asentía, y todo iba saliendo como salía siempre, que es como conviene al que apunta. Nadie vio llegar a la Bebé porque aparcó lejos su coche y la Bebé no llegaba a los sitios: aparecía en ellos. Venía de pantalón, con el puro sin encender y una manera de plantarse que aquí no teníamos nombre para nombrar y que años después, cuando en Vitigudino echaron la película, aprendimos a llamar de Bonnie la de Clyde; que en este término las cosas primero pasan y luego, con veinte años de retraso, se aprende cómo se llamaban. Traía la libreta de hule bajo el brazo.

Se puso junto a la báscula, miró las pesas como se mira a un conocido y empezó a hacer lo que sabía: contar. En voz alta, sin prisa, con esa voz suya de leer listas.

Al tercer lote dijo:

—Ahí faltan once kilos. La pesa grande está hueca. Se le oye.

Se hizo ese silencio de sepulcro que precede a los muertos. El señorito se rió por la nariz, que era su manera perder ínfulas:

—Señora. Usted qué sabrá de ganado.

—De ganado, nada —dijo la Bebé, alternando miradas entre el sudor del hombre y su caspa en el chaleco—. De contar, lo sé todo.

Y sin tocar un cordero, de memoria y de oído, recompuso las pesadas de la mañana entera: lote a lote, kilo a kilo, con las mermas cantadas y las sumas al aire, hasta un total que no era el de la libreta del señorito, y la diferencia la dijo también, en pesetas, con céntimos, que fue el detalle que este pueblo no ha olvidado, porque los céntimos eran de los pobres. No acusó a nadie. Restó. Hay pocas cosas más terribles que una resta hecha en público por alguien que no sabe mentir. El tratante de Ledesma, que de pesas huecas entendía lo suyo, pidió comprobarla; sonó a caldera mala; y don Amadeo pagó la diferencia allí mismo, de pie, con billetes que le costaban la vida despegar por los cuarenta pares de ojos que había alrededor contándoselos. A él, nada menos que a él contarle, que era robarle la confianza y, al mismo tiempo, el honor y la hombría.

Nadie se rió. Se guardó la risa, como se cura aquí la matanza: colgada y a oscuras, para que dure el año entero.

Las escopetas de la Bebé, ya mirando abajo brindando una guasa por Amadeo
La segunda tarde fue a los diez días, y fue en el Cuartón. Don Amadeo apareció por la linde con la escopeta abierta al brazo y dos perros de casta que no sabían trabajar, a pretexto de unas perdices que nadie le había dado y con el propósito, esto lo entendió hasta el aire, de mear el término. Testigos: Argimiro, que guardaba; el mayor de las seis bocas, que le traía la cena en la fiambrera; dos segadores de Traguntía que venían de acabar. Ministro dormitaba a la sombra del olmo. Al oír abrirse la cancela, el toro alzó la cabeza, se puso en pie con esa lentitud de los animales grandes que no necesitan darse prisa, y echó a andar hacia el señorito. Manso. Al paso. Como va un toro manso hacia una persona: por ver si trae algo.

Don Amadeo vio venir quinientos kilos de casta y no vio la mansedumbre, porque la mansedumbre hay que merecerla para reconocerla. Se le cayó primero el color, luego la escopeta y por último el apellido; y el apellido se le cayó con ese ruido de pedorreta que en el patio de la escuela hacíamos con la boca para reírnos, solo que allí no fue broma, porque vino con su olor. Ganó la tapia en tres zancadas que no le conocía ni su sastre, se le enganchó la culera de pana en la coronilla de la pared, y del envión fue a sentarse, entero y con boina, en el pilón de abrevar, que en agosto baja verde. Ministro se paró donde estaba la escopeta, la olió, y se volvió al olmo, decepcionado, que él venía por pan.

La Bebé cruzó el prado sin apurarse, recogió el arma, le sacó los cartuchos como se le quitan las tijeras a un niño, y se la tendió por encima de la tapia con los caños por delante, que es como se le da la cuchara al que no sabe comer solo.

—La próxima vez silbe —dijo—. Al toro le gusta saber quién viene.

Y como el señorito, chorreando verdín, no acertaba a cogerla, la dejó apoyada en la pared, apuntó la hora en el hule y se fue a sus cuentas.

Esa noche, a la lumbre de Argimiro, se masticaba distinto. El mayor de las seis bocas, que lo había visto todo desde la cancela con la fiambrera en la mano, dijo de pronto, con esa manera que tienen los chavales de dar en un clavo que ni saben que existe:

—El toro no le ha hecho nada, padre. Supo que era manso, un cabestro en remojo.

Argimiro se quedó mirando a su hijo. Y se rió. Se rió por primera vez desde lo de Canelo, apretando los ojos sobre una risa baja y larga que le movía el bigote; la madre se santiguó de oirla, y las otras cinco bocas nos reímos por imitación, que es como mejor nos reímos siempre.

Aquella fue la única vez que el mayor abrió la navaja que llevaba cerrada desde el ajuste de San Miguel, pero como quedó dicho la abrió por la boca. Al día siguiente se volvió a Salamanca con el carbón, y en el reparto, y en las cocinas donde descargaba, y en los pueblos de la carretera, fue dejando la palabra cuando la pedían junto al recibo: sin levantar la voz, sin añadir cuentos y parándose a la mitad, que es donde más pesa. Un carbonero entra en muchas casas. Es el oficio que más puertas abre en un día, y el único al que se le abren estando sucias las manos.

La palabra salió de aquella lumbre y en tres días había dormido en todas. No hizo falta acordarla en concejo. Estas cosas no se votan: se comprueban.

Tres días tardó el pueblo en ponerse de acuerdo sobre un hombre que se había cagado de miedo.

El lunes, en la fragua, el herrero dijo «el Amadeo», así, sin don, tanteando, como quien pisa un hielo; y no se cayó ninguna herradura. Probó el estanquero. Probó el alguacil, que cobraba de él. No se cayó nada en ningún sitio. Aquí a un hombre no se le mata: se le quita el don, y lo demás lo hace el tiempo, que trabaja gratis y no deja huella. Y al año ya no era ni el Amadeo: era el Manso, con artículo, como los montes y los ríos. Así se nombra en este país lo que ya no puede defenderse.

Cinco letras. Reténgase el dato, y reténgase también que este pueblo se pasó después medio siglo dándolo por bueno para todo, incluso para lo que no era. Hay un perito esperándolo un capítulo más allá, con un calibre en la mano y sin saber lo que mide.

Lo demás fue el tiempo trabajando. Vendió los perros de casta uno a uno: para qué quiere perros quien ya no puede silbar delante de la gente. Pagó de su bolsillo la campana nueva del reloj de la torre, por sonar en algo; el pueblo le agradeció la campana y le siguió debiendo el don, que son deudas de distinta naturaleza y no se compensan.

Dos sonidos suyos quedaron en el pueblo. El ilustre gong de la campana y sonido del susto con el toro fueron memorables, puestos uno junto al otro. El uno, por reverencia divina que llegaba a oídos lejanos. El otro, irreverente y mundano como cualquier necesidad, tocaba solo en corto las narices más cercanas, como el de doña Enriqueta bajo el tejadillo del muradal que nos igualaba a todos.

En lo sucesivo anduvo como de perdices: mucho reclamo. En la mesa de la casa grande fueron quedando sillas de más, y en la iglesia oía misa el primero, solo en su banco de siempre, y el banco, con los años, fue pareciendo cada vez más largo.

Se murió en el noventa y seis, con todos los sacramentos y sin el don. Al entierro fue el pueblo entero, por comprobar. En la caja ponía «don Amadeo»,en letras doradas, que la madera admite lo que sea; y en el lateral, rascado con navaja y a oscuras, en algún momento entre el velatorio y el hoyo, otro con costumbre de igualar, ponía la otra cosa. Nunca se supo quién. Aquí nunca se sabe quién, y esa es exactamente la enfermedad que se está describiendo en este libreto, aunque esta vez saliera a favor.

Dos años después, los bancos hicieron con sus tierras lo de costumbre, y la casa grande la compró una fundación con nombre de Inés. Hoy en el palomar hay una biblioteca. Súbase quien quiera: los mismos tejados, otra luz, y desde la ventana del fondo se ve el alto, y desde el alto se ve la ventana, que era lo único que faltaba por igualar en el lugar. Las crías del valle estudian allí por las tardes con las becas de la Bebé, y ninguna sabe por qué la vieja del dril mandó poner en la escritura «las niñas y los niños», por ese orden; el orden, tratándose de ella, no fue nunca descuido.


De modo que aquella techumbre acabó dando lámpara. No lo escribo como consuelo. Lo escribo porque es verdad y porque no compensa, y las dos cosas caben en el mismo renglón, que es la especialidad de esta tierra junto al chorizo, el lomo embuchado con cuerda y el jamón de la matanza, todo colgado a oscuras y esperando turno. A eso llamamos curación.

Argimiro guardó para siempre la frase del monte. Más por innecesaria que por miedo o falsa cristiandad, que esa es la única muerte decente para esas frases: de viejas y sin estrenar. Robados —decía, ya de muy mayor, al sol del poyo— estamos desde los godos, y engañados desde antes; lo que acachina no es el hurto, es que te tengan por tonto mientras te lo hacen. 

Al Manso no lo enterró nadie en el monte.

Se le enterró en el nombre, con menos tierra y más losa fría y bien quieta.

miércoles, 29 de julio de 2026

Al envés de los verbos (4)

## IV. El volante y el escape

En los relojes, el escape es la pieza que impide que la cuerda se desboque: deja pasar el tiempo diente a diente, para que dure. Esto lo aprendí tarde y de mala manera, con un reloj abierto encima de una mesa y una mujer explicándomelo despacio con las manos ya hechas un puño. "Escape" le hizo gracia a Sagrario desde el primer día, y era la única gracia que se permitía delante de extraños: había cruzado media Europa para trabajar en escapes, ella, que de escaparse y ser invitada a ello sabía lo bastante para montar un taller.

Bienne la recibió nevada, y la nieve le pareció una forma educada de la escarcha: el mismo frío, mejor vestido. La pusieron en una fila de bancos con luz del norte, le calaron una lupa en la ceja y le dieron a pulso lo que a las suizas les daban con máquina, porque salía más barato y porque —esto se descubrió pronto— aquella española de letra picuda tenía en las manos un sosiego que no se aprende: le venía de serie, de un país entero donde lo mejor que puede hacerse con las manos es que no te las vean temblar.

En los papeles ponía régleuse. El oficio consistía en contar lo invisible: espirales de tres centésimas, vibraciones por hora, la respiración de un volante colgado de una espiral más fina que un suspiro. Al lado le pusieron a la que ponían siempre al lado de las nuevas, que en aquella casa venía a ser lo mismo que la jefa: una suiza grande de veintiséis años, pelirroja, sonrosada y salpicada de pecas, con manos capaces de amasar en fino y una precisión de bisturí filoso. La primera semana se le plantó detrás y le dijo, en un castellano que de Castilla tenía poco y venía tiempo aprendiendo a fuerza de tanta española:

—Usted respira como quien huye.

—Es que huyo.

—Aquí no. Aquí, si respira poco, se llega lejos.

Se llamaba Marie-Louise Perret y no se le conocía marido, ni falta que le hacía al relato de su vida, que era ella entera. Le enseñó a respirar por debajo del espiral: sorbos cortos, el aire administrado, el pecho quieto para que la pinza no baile. Le enseñó, sin decirlo, que la exactitud podía ser un sitio donde vivir: que hay gente a la que el mundo le sobra por todas partes y cabe, sin embargo, entera, en tres centésimas de milímetro. A Sagrario aquello le sonó de algo. Le sonó de una libreta de hule y de una voz cantando céntimos. Hay maestras que enseñan de lejos y cobran tarde.

Aquí, entretanto, no se supo nada. Constan tres datos de todos esos años: que estaba en Suiza, que no escribía y que no volvía. Con esos tres el pueblo le levantó una vida entera y se la dio por merecida, que es el único oficio en el que este término ha sido siempre puntual.

El contrato era de temporada: nueve meses de trabajo y tres meses al año fuera del territorio, sellado y comprobado; y mientras durase, prohibido cambiar de empleo, prohibido firmar un alquiler y prohibido traerse a nadie de los suyos. Esto último se pone aquí con todas sus letras, porque este término lleva medio siglo pasándole a esa mujer una factura que el papel le impedía pagar: aunque hubiera querido traerse a su madre, no podía. No estaba en su mano. Estaba en un sello.

Dos temporadas hizo, y las dos las pasó en Irún, pensión Aránzazu, un cuarto con lavabo y vistas a la estación. A la tercera la casa movió los papeles, porque una régleuse de aquel pulso no se manda al invierno cada año, y le dieron un permiso mejor. Dos veces estuvo a quinientos kilómetros de su madre y dos veces no los anduvo. La primera fue miedo y con esa palabra me lo dieron. La segunda ya no, y por eso la que cuenta es la segunda. Por la ventana veía formar y salir los trenes del sur, dos al día, con la misma cara con que de cría miraba los tejados desde abajo; solo que ahora la ventana encendida era la suya, y no había nadie enfrente para contarle las tejas.

Empezó cartas, allí y luego durante años. Todas se quedaban en la primera palabra, y la primera palabra era siempre «Madre», y ahí el pulso que sujetaba espirales de tres centésimas se iba, y la cuartilla acababa en el lavabo, deshecha, que el papel mojado no acusa. A los trece había escrito una palabra corta y la había tachado con una fuerza que atravesó tres hojas. A los veintitantos escribía otra, de cinco letras, y no pasaba de ahí. Este texto no se atreve a decir cuál de las dos pesaba más, y sospecha que era la misma cuenta.

Del pueblo se acordaba como se acuerda uno de una copla que le pegaron con la letra dentro: sin querer, entera, y en los momentos peores. Se acordaba de una tierra parda que al atardecer se volvía cárdena, por ese orden, como administrada; de un olmo que sacaba la guía verde todos los febreros sin permiso de nadie, de los frutos del almendro, que lo amargo también se viene a la cabeza aunque se envuelva en azúcar tostada. Se puede tener sed de un agua que ahoga ya en el segundo vaso. No viene en los contratos, pero se cotiza dolosa.

Con el papel cambiado de color y los inviernos adornados en tirolés, a Irún no volvió, y de Irún no se acordó, que la memoria también hace ajustes de plantilla.

En el invierno del sesenta y seis se le heló el agua en la jofaina del cuarto que alquilaba, y Marie-Louise, que tenía horario de trenes hasta para eso, lo dijo el lunes en el banco sin levantar la lupa: «Mi casa tiene dos luces y usted gasta poca.» Y fue así, con un usted que tardó meses en caerse y estuvo cuarenta y cuatro años caminando.

Lo primero que arregló Marie-Louise no fue un grifo: fue el pestillo del dormitorio, que engrasó sin que nadie se lo pidiera, porque había puertas que a Sagrario le sonaban a otra cosa y una puerta que suena es una puerta que manda. Después le dio la llave, le enseñó dónde estaba el cerrojo por dentro, y se fue a dormir a la otra habitación tres semanas sin que del asunto se hablara.

Y aquí este relato tiene que pararse a dar cuenta de sí mismo. En estas páginas hay dos cosas que yo no quería contar: lo del palomar y lo que sigue. Lo del palomar, repetido en el gallinero, no lo cuento ni lo voy a contar, y allá cada cual con lo que se figure. Lo que sigue lo pensaba callar por decencia, y me equivocaba, y me lo dijo su pareja en aquella cocina cuando se lo anuncié: que de lo otro este pueblo había estado hablando cuarenta años en voz baja sin decir nada, y que de esto no había hablado nunca nadie, y que ya estaba bien. Me lo contó entero y despacio, con la precisión con que se cuentan las vibraciones por hora. Va, pues, como me lo dieron. Quien no quiera leerlo, que salte cuatro párrafos, que para eso el papel separa los párrafos.
Fue en marzo, con la ventana cerrada y la casa oliendo a carbón. Marie-Louise decía todo antes de hacerlo. Voy a apagar la luz grande. Voy a sentarme aquí. Voy a tocarte el pelo. Y esperaba. Ese esperar fue lo que la deshizo, más que las manos: que a Sagrario, en veintitrés años de vida, nadie le había pedido permiso para nada, y ahora tenía delante a una mujer que se lo pedía para cada centímetro y que se paraba de verdad si ella no contestaba. Contestó. Dijo sí en un idioma y luego en el otro, por si acaso.

La desnudó como se abre un reloj: por el fondo primero, sin forzar la tapa, buscándole la uña al resorte. La rebeca, la blusa, la combinación fría; cada botón, dicho antes. La besó en la boca, en mitad de la cocina, mucho rato, hasta que Sagrario dejó de tener las manos en la mesa y le agarró las manos y luego fueron juntas, más abajo. Tenía Marie-Louise una boca ancha y unas manos de amasar pan y de colocar rubíes, las dos cosas a la vez, y en la cama las usó enteras, con una paciencia que no se aprende en la cama sino en el banco, contando lo invisible. Sagrario se supo mojada y le dio vergüenza, y se le pasó la vergüenza en el mismo minuto, que hay minutos así. Y estuvo en ella, avisando primero y ya sin avisar después, porque le habían dicho que no hacía falta, hasta que el cuerpo, que había llevado media vida como un abrigo de otro, se arqueó y se le quedó tenso y suelto de golpe, y le tembló todo lo que en aquel oficio no puede temblar.

Y entonces hizo un ruido.

No fue una palabra. Sagrario Gorjón llevaba desde el San José del cincuenta y siete midiendo cada cosa que le salía de la boca; aquel mismo año había dejado de cantar en el coro una voz que llevaba el tiple sin esfuerzo, y desde entonces no había vuelto a sonar delante de nadie más que para contestar corto. Aquella noche, a los veintitrés años, se le escapó un sonido largo que no significaba nada y que era suyo. Marie-Louise contó que se quedó quieta encima de ella, sin moverse, por no interrumpirlo. Fue lo primero que Sagrario recuperó de todo lo que le habían quitado, y lo recuperó por ahí, y a mí me parece bien y así lo dejo escrito.

Después se rieron a media voz, que es lo que ningún catecismo perdona.

Hay vidas enteras que caben en una frase, y esta cabe porque la hicieron ellas.

Durmieron desde entonces, cuarenta y cuatro inviernos, del mismo lado del frío; cortas las primaveras y escasos los veranos.
Aquí, la primavera de entonces, seguíamos con la escena montada. No le habíamos cambiado una palabra desde el sesenta y tres: entraba ella por la carretera de Vitigudino, un mayo cualquiera, con las fiestas y los coches en la plaza, y nosotros, sin aspavientos, sin reproche, con esa tranquilidad que aquí nos hace creer grandes, la perdonábamos. Eso ensayábamos, mientras en una cocina de la rue Basse dos mujeres se reían a media voz. Adviértase otra vez la dirección del verbo.

En el setenta y ocho el cuarzo barrió el oficio como una helada negra. Cerró la fila, cerró el taller, cerró medio Jura, y en la hoja de cotizaciones de Sagrario Gorjón Mieza quedaron catorce meses en blanco que los organismos llaman inactividad.  En la rue Basse no estuvieron en blanco: estuvieron a un sueldo, a una estufa y a dos mujeres comiendo patata y aprendiendo que también se puede respirar poco por gusto, que el oficio sirve para todo.

Trabajó luego veintiséis años en una empresa de limpieza. Pasó de limpiar rubíes a limpiar cristales: el pulso era el mismo; el sueldo, no. Fregaba oficinas de bancos donde el tiempo, que ella había sabido contar diente a diente, se contaba ya a puñados y en dinero ajeno, y no dejó nunca un cerco en un cristal, por la misma razón por la que no había dejado nunca una falta en los reyes godos: porque lo que hace una, aunque no lo mire nadie, la está haciendo a una. Del mismo modo le preguntaban:

—¿Viene a limpiar tan peinada y arreglada para gustar?—y la respuesta sencilla era;

—Si, para gustarme a mi.

—Y a nadie más, debe saber.

—Descuide, sobrado sé que este uniforme de limpieza me hace trasparente.

Con los años, a las dos les fueron encogiendo las manos: retracción palmar, dijo el médico, frecuente en ambos oficios; los dedos curvándose despacio hacia dentro, como si la mano quisiera guardar algo o guardarse. Por las noches, Marie-Louise le estiraba los dedos uno a uno, sin forzar. No conversaban mientras tanto. Hay conversaciones enteras que caben en diez dedos.

La esquela de Basilisa llegó en el noventa y nueve, doblada dentro de una carta de cuatro renglones sin firma entera, escrita por una mujer de este pueblo que no vendió nunca una noticia por una pastilla de menta y que aquella vez, a los cuarenta y tantos años de no decir nada, decidió que aquello sí se decía. De ella ya se ha hablado y el nombre sigue sin ponerse. Creyó hacer un bien, y a lo mejor lo hizo: aquella carta es la única razón por la que existen estas páginas, aunque tardara doce años en dar fruto.

La leyó de pie, junto al fogón. Dijo: «Ya.» Y puso la mesa. Cuarenta y un años de interés y el principal sin amortizar, y aquella noche se cerró la cuenta por defunción del acreedor, que es la peor manera de cerrar una cuenta. Marie-Louise no preguntó, que llevaba treinta y tres años sin preguntar lo que no se contestaba solo, y le estiró los dedos más despacio que ninguna.

En el año ocho escribió un pliego y no le puso fecha, que era su manera de no firmarse la muerte. Lo guardó donde se guardan los intentos. Catorce meses después escribió el segundo, con fecha del nueve de marzo, del que ya se ha transcrito y se transcribirá lo que hace al caso. Entre uno y otro, catorce meses: los mismos que una vez le dejó en blanco la vida. Las cuentas de esta mujer salieron siempre, hasta las que no quería echar.

Ya se ha dicho de dónde sale todo esto, pero conviene ponerlo por escrito con sus señas, que es lo que aquí no se hizo nunca. Sale de una cocina de la rue Basse y de una mujer de setenta y cuatro años que hablaba castellano de otros inviernos, con un reloj abierto encima de la mesa que iba desarmando mientras hablaba, con dos dedos que ya no cerraban, y a la que no se le movió el pulso más que en dos sitios, y uno de ellos queda escrito arriba. No hubo que sacarle nada: llevaba doce años esperando que alguien de este término volviera a preguntar. Que tardáramos doce es cosa nuestra, y también queda escrito.

Nos dio además una caja de latón. Dentro había un cuaderno de caligrafía del curso cincuenta y seis-cincuenta y siete, con tres hojas atravesadas por una tachadura, y dos pliegos. Ese cuaderno salió de aquí en febrero del sesenta y tres, en una maleta atada con una correa de petaca, y no volvió a salir de la caja: cuarenta y siete años cargando con lo único suyo que este pueblo no supo leerle. Lo demás lo hizo un perito de Salamanca, y de eso se hablará en su capítulo.

Murió Sagrario el dos de octubre como quien entrega el turno: con la mesa recogida y las pinzas Dumont del cinco en su paño, limpias. No consta quién estaba delante.

Consta quién estuvo siempre.

lunes, 27 de julio de 2026

Al envés de los verbos (3)

## III. La palabra corta

La escuela era una sala encalada con un mapa de las provincias, una estufa de serrín y doña Enriqueta, que enseñaba la historia de España de forma tediosa y odiosa, rezando, repitiendo, machacona y pegando de cuando en cuando con la regla de madera para despertar hasta los muertos si era menester. La lista de los reyes godos, de Ataúlfo a Rodrigo, que a quién podían importar a esas alturas, se copiaba siete veces al curso. Según ella, copiado siete veces no se olvidaba y, en la práctica, todos sabemos que lo que así se recuerda, por fuerza e insistencia, termina por no comprenderse muchas veces. La cría del pastor, la del alto, repitió la lista siete veces como era mandado. Y también Sagrario, siendo mayor su edad, las siete sin una falta, con una letra picuda y pareja que años más tarde daría trabajo a un perito, y de eso también se hablará a su hora. A ambas les cogió ojeriza desmedida, de esa frecuente en quienes debían entregarse solo a la enseñanza.

A la cría del alto comenzó así:

—¿Tu padre es pastor, no?

—Sí.

—Entonces seguro que tu madre hace quesos.

—Y muy ricos.

—Pues me gustaría probarlo.

—Normal.

Los malos modos de Enriqueta no fueron pagados en queso artesano porque la cría, aun siendo pequeña, ya disponía de sobrado conocimiento. Esas narices que rebosaban orgullo solo pudieron imaginarlo, de lejos y con la boca seca de tanta espera para paladearlo.

Tanto se le secó que un domingo de mayo, fiesta local, subió ella misma al alto, siendo un kilómetro de cuesta, sin costumbre de andar, a visitar a la madre sin que nadie la hubiera llamado. Se sentó en la cocina, alabó la casa, alabó el aire que corría por allí arriba, alabó lo bien criados que estaban los hijos, y no pidió. Pedir no pedía: era maestra. Se estuvo hora y media diciendo lo mucho que se hablaba en el pueblo de los quesos de aquella casa. La madre le fue dando conversación y no le fue dando queso. La cría, sentada en el suelo junto a la lumbre con un cuscurro en la mano, le echaba migas a los pies. Una a una, sin prisa, mirándola a la cara. Enriqueta se sacudía las medias con el canto de la mano y seguía hablando de quesos. La madre lo vio y no lo impidió. En este capítulo hay muchos que vieron y no impidieron, y de casi todos se hablará mal en las páginas que quedan; de aquella mujer no, porque hubo un solo silencio en todo el término que se puso del lado flaco, y fue ese. Enriqueta bajó del alto con las medias limpias y las manos vacías.

Cobrado el agravio en migas, se cobró ella el suyo en sílabas. Porque la cría del alto tenía la lengua trabada para las palabras largas, para las de muchas eses, para las que se atrancan a la mitad, y doña Enriqueta, que en cuarenta años de magisterio no descubrió otra cosa, descubrió aquello. Desde entonces la sacaba sola al estrado a decir los reyes godos de pie y de memoria, delante de todas. Ataúlfo lo pasaba. Sigerico lo pasaba. En Chindasvinto y en Recesvinto, que son los que Dios puso en esa lista para probar a las criaturas, se quedaba con la boca abierta y sin aire.

—Otra vez.

—Chin... Chindas...

—Otra vez, lengua de trapo.

Y la clase se reía por orden, que la risa en aquella escuela también se mandaba. Rodrigo sí lo decía. Rodrigo es corto, es el único que se sabe todo el mundo y es además el que lo perdió todo, pero a Rodrigo no la dejaban llegar. Los escribió sin una falta las siete veces de aquel curso y de los tres siguientes, con letra tan pareja como la de la otra, y no los pudo decir nunca. Allí aprendió lo que le ha valido para toda la vida, que es contestar corto: en dos palabras no hay dónde atrancarse. Sus hermanos, entretanto, se cobraron lo suyo como suelen los niños, lanzando piedras sobre el tejadillo del muradal mientras la maestra apretaba para hacer sus necesidades.

A la salida esperaba a veces el cabo Requejo, capote y pastillas.

—¿Qué habéis merendado?

—Pan —decía la del herrero.

—¿Con qué?

—Con hambre.

Las demás se reían y cobraban pastilla igual, que el cabo no era mala persona y la información, en los pueblos, se paga por adelantado y se cobra cuando conviene, cosa que en la ciudad va al revés. Con la cría del alto, de la que no quiero decir el nombre, aunque bien lo sepa, el interrogatorio rendía menos:

—A ver esa letra... mejorable. ¿Y tu padre, dónde anda estas noches?

—Durmiendo.

—¿Y las cabras?

—Soñando.

Lo que se le sacaba con la pastilla era nada: ella no quería pagos en pastillas ni preguntas estúpidas, y además ya tenía aprendido de primera mano lo que cuesta en esta vida abrir la boca delante de gente. El cabo se lo tomaba a risa y lo apuntaba a su modo, sin olvidarlo; así se llevaban entonces los archivos de este país, y no se ha demostrado que los de ahora fallen menos.

Si Enriqueta se vengó en tonterías contra la cría, por miedo al padre, que era de pocas bromas y tenía escopeta, contra Sagrario se pasó de largo para torcerle los caminos en la vida, sin miedo a un padre ya muerto que pudiera tomarla contra ella.

Que a Elías se lo llevó el río en la crecida de marzo del cincuenta y siete, ya quedó explicado en el capítulo primero, y con él se llevó la ruta del café y lo que la ruta daba de sí. Basilisa quedó viuda con la casa, la huerta corta y una hija de trece años, y en esa aritmética entra el señorito sin llamar a la puerta, porque los jornales de la casa grande eran los únicos del término y quien los repartía repartía, de propina, el orden del mundo.

A Sagrario le tenía manía por quién había sido su padre y por lo mismo que a la otra. Porque Elías subía de Portugal aquel café que en el pueblo se bebía, y de aquel café, igual que del queso del alto, Enriqueta no llegó a catar nunca. Olerlo sí lo olía, camino del aula, y con olerlo se le hacía la boca agua y se le disparaba un ansia viva jamás correspondida. Dos cosas no pudo tragarse en toda su vida, y las dos las pagaron dos crías.

Don Amadeo bajaba a la escuela dos veces al año, por la Pura y por San José, con estampas y un cucurucho de almendras garrapiñadas, y doña Enriqueta mandaba ponerse de pie sabiendo a qué venía ese Don. Aquel San José del cincuenta y siete, Enriqueta se detuvo en el pupitre tercero, el de Sagrario, por tiempo de más, indicando cuál de las niñas le recomendaba.

—Esta cría promete —dijo él dándose por enterado, sin dirigirse a ella, cómplice de Enriqueta—. Mándamela con los recados, doña Enriqueta, que tiene los deditos finos para... sacar los puerros y tomar los huevos... de las gallinas, sin romperlos.

—Es callada —dijo la maestra.

—Mejor.

De los recados no hay acta escrita. Lo que hay es relato. Y el cuento dice que Enriqueta pudrió los dientes con almendras garrapiñadas de La Alberca mientras que ese año dejó de cantar en el coro una voz que llevaba el tiple sin esfuerzo; que la cría aprendió los tejados del pueblo como otros aprenden los senderos, para saber a cada hora dónde no ir, y el tejado del palomar de la casa grande, que era el más alto, se sabía de memoria hasta las goteras.

El más alto del pueblo, sí; del término, no. Por encima de todos ellos está el alto, y en el alto una casa donde se levantan antes que el ganado, y desde cuya ventana, en noche clara, se le cuentan a la casa grande las tejas una por una. Allí había una cría de ocho años despierta a horas en que aquí no hay nadie despierto. Vio lo que vio sin saber qué veía, que para eso tenía ocho años. Lo entendió mucho más tarde, de golpe y con veinte años de retraso, que es como se entienden aquí las cosas. Y no lo cambió por una pastilla de menta ni entonces ni después. Quede apuntado, que al final se recoge.

Y bajo esa techumbre sucedieron cosas que no quiero contar tampoco, pues bastante llevo encima.

Las almendras garrapiñadas no volvió a probarlas nadie en casa de Basilisa, porque la muchacha las enterraba en el corral con la mano plana, pisoteando luego la tierra como se hace cuando no se quiere que crezca lo enterrado. El pueblo vio lo del corral de las gallinas y escuchó lo del palomar. El pueblo vio siempre todo y todo lo escuchó. Pero cuando nada se hace o dice de cuanto se ve y se oye, tampoco se levanta acta, y en ese registro, si existiera, estaría inscrita mucha gente con sus dos apellidos.

Y queda el cuaderno. En la penúltima hoja del cuaderno de caligrafía del curso cincuenta y seis-cincuenta y siete, entre la sexta y la séptima lista de los reyes godos, hay un renglón que empieza y no acaba, tachado con una fuerza que atravesó tres hojas. Fue en clase, una mañana de después de San José. Doña Enriqueta oyó abrirse el plumín como una pata de gallo y levantó la vista:

—¿Qué has tachado, Sagrario?

—Nada, señora.

—¿Cómo que nada? Nada es lo que tengo yo de renta diaria.

—Ya no pone nada.

—Pues aprieta menos, hija, que pareces un macho herrando.

La palabra tachada, fuese la que fuese, pasó al otro lado de tres hojas, hacia abajo, que es hacia donde pasan aquí las cosas que no se dicen. Era palabra corta. Eso se sabrá con exactitud pericial cincuenta y cuatro años más tarde, y de momento baste con lo que basta: que hay palabras que una cría de trece años escribe una vez, entierra como las almendras, y este pueblo tarda décadas en desenterrar por su cuenta, creyéndose que la inventa.

Los recados a la casa grande cesaron al año siguiente, sin que conste orden ni causa. Consta la pregunta de Basilisa, que Basilisa hizo en la cocina, delante del puchero, sin malicia, que es como se hacen las preguntas que más duelen:

—¿Qué le habrás hecho tú a don Amadeo, que ya no te manda a por nada?

La cría no contestó. Hay preguntas que no se contestan porque la respuesta no cabe por la boca, y hay madres que se mueren sin saber que preguntaron al revés. A esa pregunta, y no a otra cosa, se le estuvo pagando interés compuesto durante cuarenta y un años, y el principal no se amortizó nunca. Quede asentado aquí fríamente, estilo contable, y no se vuelva sobre ello.

En el invierno del sesenta y dos llamaron al carpintero a la casa grande, un jueves, para una falleba del palomar. El Zurdo padre era hablador de fragua, de los de teoría para todo, y volvió de aquel jueves callado, que en un hablador es una avería grave. Algo dijo, sin embargo, o algo empezó a decir donde no debía sobre los sucesos del palomar y el gallinero, porque a la semana, unas puertas —nunca se supo cuáles, con las pocas que hay en este término que pesen— le cogieron las dos manos. Las dos. La probabilidad de que dos hojas de puerta distintas alcancen en una semana las dos manos de un mismo carpintero la deja este texto al criterio del lector, que para eso lo lee. Al hijo, el Zurdo mozo, le llegó aquel otoño un billete pagado para Bilbao. Conste que nadie lo obligó. Conste quién pagaba entonces los billetes, las campanas y las estampas de este pueblo. Constar, lo que se dice constar, no consta nada, y en esa fórmula hemos vivido tan a gusto.

Y llegó el febrero del sesenta y tres. El contrato lo trajo un gestor de Salamanca que cobraba de una fundación con nombre de mujer a la que aquí no se saludaba: papel del Instituto Español de Emigración, relojería del Jura, temporada renovable, firma al pie y huella del índice derecho. Basilisa firmó donde le dijeron, con la boca torcida, y dijo que a Suiza iban las que iban, y no aclaró más, y no hizo falta.

Salió de noche cerrada, con la maleta atada con una correa de petaca que había sido de su padre. La helada tenía el campo en blanco y duro, la luna se iba por detrás del Cuartón, y en el olmo del alto, si alguien hubiera mirado, ya asomaba la guía verde de todos los febreros, sin permiso de nadie. En la revuelta del camino aguardaba la pareja, capotes y mosquetones, a una hora en que aquí nadie aguarda.

—¿Adónde, tan temprano?

—A Suiza.

—¿A qué?

—A los relojes.

—¿Sabes tú de relojes?

—Sé madrugar más que ellos.

—Ahora que marchas, sueltas la boca.

—Pues tengo más: como que hay quien acecha donde no pasa nada para ahorrarse problemas y permite que suceda lo que no debía, contra niña pobre, a manos de rico.

—¿Qué estás insinuando tú, pájara?

—Si pájara es la obligada a marchar, cuervos son los que esperan al descuido.

—Tú tienes...

—Yo tengo prisa, ustedes no sé qué tengan... pero Dios les guarde, al menos, tanto como guardan para sí.

El de más años paró la discusión y le tomó el contrato, lo miró al revés y al derecho, y se lo devolvió con dos dedos, como se devuelve lo que no se entiende. El papel olía a tampón nuevo. Ella lo guardó contra el pecho, debajo de la toquilla, que era exactamente donde su padre llevaba las petacas, y echó a andar hacia el coche de línea de Vitigudino. Al pasar el alto miró los tejados por última vez, con oficio de quien ya no los necesita, y un momento, uno solo, levantó la vista más arriba de los tejados.

No se despidió de nadie. Se dice.

Y se dice porque aquella madrugada, en el alto, había una ventana encendida, y detrás de la ventana una cría de catorce años a la que su madre acababa de levantar para el ordeño. Vio bajar por el camino a la que se iba y vio a los dos que la esperaban en la revuelta a una hora en que aquí nadie espera. No lo contó, que no tenía a quién ni para qué, y este pueblo lleva desde entonces creyendo que lo sabe todo porque lo vio todo. El pueblo no supo nunca nada. Lo supo una sola, se lo calló medio siglo y lo soltó el día en que hubo por fin quien preguntara. De ahí sale todo esto. Por eso de ella no digo el nombre.

viernes, 24 de julio de 2026

Al envés de los verbos (2)

## II. El Cuartón

El Cuartón es un alcor de berrocal con cuatro encinas de porte y un olmo al que hace años le cayó un rayo y no se dio por enterado. Cae ya en frontera con el término de Traguntía, que para el catastro es otro mundo y para las cabras el mismo. Desde arriba se ve la espadaña con su cigüeña de plantilla, los tejados en escalera hacia el cañón, y al fondo, donde antes cantaban los álamos del río, la lámina quieta. Las tardes aquí vienen pardas y luego cárdenas, por ese orden, como si alguien las administrara; y en el olmo hendido, cada febrero, sale una guía verde que nadie le ha pedido. El pueblo lo tiene por un error del árbol. El pueblo tiene por error casi todo lo que insiste.

La Bebé heredó el Cuartón en el cuarenta y ocho. Las obras del palacete escandalizaron dos veranos, y de dónde venía el caudal se dijo de todo: indiana de Cuba según unos, de un ultramarinos de Bilbao según otros. Recibida la herencia, una vez, una sola, se le preguntó por el origen de su riqueza —lo que nunca a sus padres— y ella, plantada en el atrio, contestó: «De contar.» Se quedó tan ancha y el pueblo tan estrecho, porque nadie entendió que estaba diciendo la pura verdad, que era su único idioma. La Bebé contaba. Con facilidad para los números y enseñanzas inabarcables para la mayoría, contaba los jornales al céntimo, con ábaco por guarda y las horas al minuto, apuntado todo en una libreta de hule negro que llevaba atada con una goma de petaca; pagaba en la mano, delante de testigos, cantando las cifras en voz alta como quien reza, y jamás debió una peseta ni perdonó un real, que para ella la exactitud no era virtud: era descanso. Vestía de dril los siete días, comía a las doce y media aunque ardiese Troya, y cuando en las fiestas tiraban cohetes se metía para adentro sin despedirse, no por desprecio, sino porque el estampido le entraba por un sitio que los demás no tenemos o tenemos tapiado.

El saludo se le negó, ya quedó dicho. Justo es añadir que ella tampoco lo practicaba, y no por soberbia: es que el «¿qué hay?» le parecía una pregunta, y ella no contestaba preguntas que no se hacían de verdad. Miraba a la boca o al botón de la pechera, nunca a los ojos, y sin mirar a los ojos veía más que nadie: quién cojeaba del pie y quién del alma, qué pared se había corrido dos cuartas en la noche de San Juan, qué cortina se retiraba por ciencia infusa o qué romana pesaba con caridad para el que vendía. Tenía capilla y no oía misa; decía que a Dios se le entiende mejor sin intermediarios, y el cura lo dejó apuntado donde apuntaba. A las siete de la tarde, a las siete y media y a las ocho menos cuarto, por ese orden y sin dispensa ni en los días de difuntos, sonaba el gramófono del palacete: una música que no era de aquí, que subía y bajaba como respiración de otro, y que traía al alto, cada atardecer, a un chucho lanudo y a la quinta cría del cabrero con los codos en la tapia.

Una tarde la Bebé salió al emparrado, la vio, y le dijo lo único que le dijo en años:

—Si vienes a oír, pasa. De pie se oye peor.

La cría no pasó. No pasó ese día ni ninguno. A la semana había una silla de anea arrimada a la tapia, del lado de fuera. Nadie la puso delante de ella y nadie la quitó en tres veranos. Hay maneras de entender la muralla ajena que no vienen en el catecismo.

Del toro hay que hablar, porque el pueblo no habló de otra cosa un año entero. Era un utrero cárdeno, sin hierro, comprado al destete y vivo sin saber cómo, y la Bebé lo dejó suelto por la finca como quien suelta una opinión. Le puso Ministro. Preguntada por qué, contestó: «Porque come sin trabajar y todos le tienen miedo.» Fue la única vez que se le conoció una gracia, y ni siquiera consta que lo fuera: con ella nunca se sabía si hacía humor o inventario. Ministro era bravo de sangre y manso de trato, que son cosas distintas y conviene retenerlo; seguía a la Bebé por las lindes como un perro grande, y a la niña, cuando vino la niña, la dejaba dormirse contra la paletilla, a la sombra del olmo, cosa que el pueblo contó y nadie creyó y era verdad.


El cabrero de arriba se llamaba Argimiro, aunque medio valle lo tuvo siempre por «el de las siete leguas». Gastaba un bigote recio de teniente, cuatro principios que no cabían en su jornal, y una vista que era el asombro de muchos y raíz del apodo: veía lo que cada cual hace cuando cree que nadie mira. Veía la perdiz agachada donde los demás ven rastrojo y el duro sevillano en la palma ajena antes de que la palma se cerrara. Para levantar piezas primero le sirvió Canelo dos temporadas; para lo último no le sirvió de nada nadie, porque ver venir el engaño y poder pararlo son oficios distintos, y al pobre solo le enseñan el primero.

El ajuste de San Miguel fue como fue. En la era de la casa grande, el mayoral cantando cabezas y el señorito al quite con la libreta:

—Cuarenta chotos, Argimiro, a lo dicho. Sale lo que sale.

—Salen dos más, don Amadeo. Cuéntelos su mercé, que están ahí.

—¿Dos más? —el señorito ni miró el corral; miró al cabrero, despacio, de la boina a las albarcas—. Tú qué vas a saber, hombre. Los números son como las escopetas: no se le dan a cualquiera.

Y le puso la mano en el hombro, esa mano, y con la mano le pagó lo que le quitaba del bolsillo. Argimiro apretó el bigote y cobró lo corto, que seis bocas no dejan sitio para la dignidad entera; la dignidad, en las casas pobres, se guarda a trozos, como el tocino.

Aquella noche, a la lumbre, lo oyeron sus hijos masticar en silencio y decir, sin alzar la voz, como quien comenta el tiempo:

—Cualquier día lo mato y lo entierro en el monte.

—Come y calla —dijo la madre.

—Comer, como. Tragar es lo que ya no hago.

El mayor de las seis bocas, que andaría por los diecisiete años, guardó la frase como se guardan las navajas: cerrada. Se verá más adelante que la abrió una sola vez, y no por la hoja. Al día siguiente partiría a Salamanca como aprendiz de carbonero en reparto, con la paga en ese mismo negro, sin rechistar, para ayudar a la casa como sus dos hermanas, que servían en casa ajena desde los siete años. Bajaba para las eras y para San Miguel, que de Salamanca se vuelve; y en uno de esos agostos, años más tarde, le tocó estar donde había que estar. Ya se verá.

A ese mismo Argimiro le ajustó la Bebé, poco después, las tardes de vigilar a Ministro por las lindes de fuera. Le pagó el primer sábado en la palma, al céntimo, cantando las cifras delante de la niña, y al llegar a la última moneda dijo: «Cabal.» Al cabrero se le mojaron los ojos y alegó que era del cierzo, y por una vez el cierzo cargó con una mentira piadosa. Robados, decía él, estamos desde los godos; pero que a uno le cuenten cabal es cosa que no se olvida, porque contar cabal es la única manera que hay de decirle a un pobre que no lo tienen por tonto.

A la niña se la trajo la Bebé un abril, de dónde no se dijo, como todo lo que valía la pena aquí. Venía con una enfermedad que no se supo nombrar, y conviene precisar lo que sí se supo: que comía, corría, silbaba mejor que los pastores y se dormía contra un toro. La enfermedad, por lo visto, consistía en el nombre. En la sacristía hubo una conversación entre el cura y la Bebé que Herminia, que limpiaba los cobres y detenía los trapos por retener lo dicho, refirió luego toda su vida sin cansarse:

—Esto habrá que mirarlo, doña...

—Bebé.

—...señora. La criatura...

—La niña.

—Habrá papeles que digan otra cosa.

—Los papeles se corrigen. Para eso se inventó la tachadura.

—¿Y si la criatura, el día de mañana...?

—Dice que es niña —cortó la Bebé, mirando al botón de la sotana—. No tengo por costumbre desmentir a quien dice la verdad. Es una costumbre rara, ya lo sé. En este pueblo casi no la gasta nadie.

El cura no bautizó y la Bebé no insistió, que para ella los sacramentos eran trámites y los trámites, a diferencia de las personas, podían esperar. La niña creció en el Cuartón con vestidos de percal cosidos por la propia Bebé —mal cosidos, todo hay que decirlo, con puntadas de contable—, y el pueblo, que no aguanta un hueco, rellenó el hueco con lo que llevaba dentro, que ya quedó dicho y no era bueno. Hay criaturas a las que el cuerpo les viene de otro y criaturas a las que les viene grande el nombre que les pusieron; el pueblo, que para los matices tiene el oído del cañón, las llamó raras a todas con la misma palabra, que aquí raro es el plural de solo y yo lo sé muy bien.

La niña quería entrar en un nombre. La cría del alto, por aquellos mismos años, quería caber en el suyo sin que el suyo la contara entera. Y abajo, en el pueblo, la hija de Elías empezaba a querer salirse del suyo: del nombre y de lo demás. No es lo mismo, ni de lejos, ninguna de las tres cosas. Pero se cosen con la misma hebra, y conviene no confundirlas, que este pueblo lleva medio siglo confundiéndolas y de ahí vienen la mitad de sus errores.

Coincidieron poco: la tapia por medio, la música por encima. Una tarde de agosto, con el gramófono en la segunda pieza, la niña se subió a la tapia por dentro y estuvieron un rato así, cada una de su lado, sin hablarse, oyendo aquello que subía y bajaba. Al terminar la pieza, la niña dijo: «Esta es la mía.» Y la cría del alto contestó, sin despegar los codos de la tapia: «Todas son de una.» No consta que se dijeran más en la vida. Hay amistades enteras que caben en dos frases si las frases están bien puestas.

En la libreta de hule, que se conserva —ya se dirá dónde—, hay un asiento de octubre del cincuenta y cinco que dice, con fecha y hora: «Visto pasar el puente al guarda de la casa grande con un perro canela atado corto. Anochecido. No consta más.» Con la Bebé nunca constaba más. Tampoco menos.

Berrocal, pedregosa tierra con este estanque de agua, cerca de El Cuartón, hoy en día.