Cuando Marino era pequeño, se colaba entre las madres y las miraba ensimismado pintar las uñas, cuidando los bordes, deslizando los pinceles. Luego estiraban los dedos hasta secarse. Brillaban con vibrantes y bonitos colores.
—¡Cuidado, a ver si la tiras, trae!
Solo le permitían coger aquellos preciosos frasquitos cuando le ponían el
tapón pincel. El olor era embriagador y, acostumbrado a marearse con el
vino para que los mayores se rieran, podía aficionarse al pintauñas con
facilidad. La acetona, los algodones, las limas aquellas de ris-ras, por
un lado menos, por el otro más…
Todo, de uso común, formaba
parte del set de manicura: los alicates cortauñas, las pinzas para los
pelillos del bigote, tijeritas y accesorios para las cutículas…
«Cutículas» se podía pronunciar sin más, pero Marino alargaba la ese, giraba la cabecita y repetía «cutículas» en voz alta. Cutículas.
—Espejo, espejito, ¿quién es más lindo que Marinín? —decía una.
—Marinena —decía la del otro lado.
—Va a volver locas a las nenas —insistía la primera—. ¡Guapín!, míralo.
Hay que ver lo precioso que es este chiquillo. Si no pusiera esa cara de
enfado…
—¿Verdad que te gusta, cariño? ¿Quieres que te las pinte? Trae la manita
—le decía aquella con amabilidad.
—Anda, ve a jugar con tus coches —le dijo su madre después del primer
dedo.
—No quiero —respondió, apretando el morro.
—Pues deja de andar metiendo la nariz en los frascos, que al final vuelcas
alguno. Toma, mira el «Hola».
—Sí, tú dale salseo, que…
Marino quería uñas rojas o rosas. Ese color le resultaba muy bonito, pero prefería el azul para todo, sin motivo conocido. Y sabía que «Marinena» tenía el mismo significado que cuando los chicos de clase le decían «mariquita», así que la oferta de pintarse todas era falsa. Pero al menos una uña tenía, bien bonita, si bien quedaba un poco escasa para la farándula.
La revista, de febrero del 70 aunque ya era 1971, amarilleaba y olía a antiguo pero traía en su portada a Marisa Mell con el pelo a colorines. O eso pensaba él, que estuvo mirándolo un rato, más alineado con ella que extrañado.
—Las niñas pueden ponerse colores —pensaba confundiendo la actriz de la portada con las hermanas y las mamás que tenía delante.
Repasó con el dedo pintado aquel plumaje. Aquellos ojos y labios brillaban y hablaban sin decir ni mú. Aprendía a conocer la belleza en lo femenino, pero enseguida buscó la sección de humor, su parte favorita.
Las madres, a buen seguro, miraban de reojo al nene con una sonrisita que su madre quería ignorar y su padre corregir nada más asomar:
—Hijo, enséñales tu «título de hombre».
Y Marino se bajaba el pantalón corto y la ropita de debajo. Las
visitas reían igual que por beber vino. Él no asociaba aquello con
nada.
Como criatura de 7 años que era, no entendía cómo alguien podía decir
«lenteja», «radio» o «marica» para insultar. Para eso estaban «tonto»,
«idiota», «bobo».
Sabía que decían «marica» a niños que hablaban
como niñas, que hacían gestos de niñas o jugaban a cosas de niñas, y no
encontraba cuál era el problema.
—¿Por qué me llaman marica? Si las niñas no son maricas.
No era tanto «ser» como «parecer», pero sí. Sí que lo hacía. Jugaba con sus hermanas, hablaba como ellas, se movía como ellas e incluso hacía poses un tanto así, de forma inconsciente. Y debía hacerlo. Debía imitar y aprender.
Entonces puso el dedo pintado en los labios mientras miraba su uña en el espejo.
Y una de ellas preguntó:
—¿Qué tal te va en el cole? —y su madre se anticipaba.
—Mal. Es un vago. Este año igual de mal que el anterior. Suspende todo
menos religión. El único de su clase que suspende todo —él abrió los ojos
con miedo.
—Uy, pues parece listo. Qué raro, ¿no?
—Normal, no presta atención. Su padre dice que «es más vago que la
chaqueta de un guardia». No atiende en clase, me dice el profesor, ni hace
los deberes, ni va con los otros. Como el fútbol no le gusta…
—Hija, cuando salen así… yo los míos porque estoy encima, si no…
—Claro, tú tienes dos, pero cuatro es otra historia. No tengo tiempo. Ni
ganas. Que si la tienda, que si los niños, que la casa… Además, él es así.
En párvulos igual. Se iba a otra mesa solo y no quería nada con los
demás.
—Pues es extraño. A todos los niños les encanta…
—A este no. Mírale, ya se va. Como has sacado el asunto del colegio…
Exacto. Oír hablar del colegio le dolía tanto como esas palabras: «vago», «raro», «extraño», «marica» o «especial».
En su casa, donde Marino pasó tantísimo tiempo sin estudiar a lo largo de su vida, podía recrearse en muchos asuntos. Por ejemplo, creando mundos alternativos donde todas las personas salían iguales de serie en una máquina. Los pintó en tamaño hormiga en una cartulina y, realmente, aquello parecía un hormiguero humano, con escaleras, centros sanitarios, colegios, piscinas… y discurrían por todas partes en fila india, como las hormigas.
También dedicaba tiempo a observar a su hermanito mayor. Lo que viene siendo un héroe: fuerte, valiente, listo… y poco recomendable como compañía para aprender.
Su querido Bro manejaba los cinco elementos con igual destreza que peligro suponían sus enseñanzas: el fuego, el agua, la madera, la tierra y el metal.
Debieran ver a aquel muchacho, tan diferente a él hacha en mano, con el lanzallamas casero, fabricando pólvora de azufre y dominando las aguas.
Las imitaciones del pequeño resultaron en que casi prende fuego a la casa, la asfixia con el humo de azufre o el ahogamiento en el río con rescate in extremis.
Su hermano tenía cómics de Superman, con
destrucciones masivas, y él preciosos cuentos de hadas, con moraleja.
A Marino no le importaba ser marica, pero no quería insultos, así que probaba, de entre las cosas de héroes, las que estaban a su alcance. Descartaba lanzarse desde una roca porque no se veía pingüino; subir a los árboles, pues no se veía pantera; ni ciclista, futbolista u otra cosa que terminase en «ista», aparte de artista. En realidad, todo lo que requería de ese físico potente y esa mente sin miedos que los héroes derrochaban le producía temblores.
A veces le acompañaba a jugar a las vías del tren para explorar los efectos de su paso sobre algún objeto. Otra ocasión, petardos en mano, mientras corrían detrás de niñas que huían despavoridas, Marino seguía a su hermano hasta que, de pronto, ¡ñiiiiiic! ¡skrrrrrt!, un coche frenó a escasos centímetros de él. Conmocionado, tiró los petardos y se volvió a casa mientras su hermano se alejaba gritando:
—¡JARRRLgggg, jajaaajjjj, no corráis! —aterrorizando a las nenas,
y él pensaba
—Casi me pilla el coche,
como a meme—su hermana mayor.
A sus hermanas, el cole femenino les quedaba alejado e iban solas, cruzando la calzada, hasta que un 600 de SEAT no hizo suficiente ¡ñiiiiiic! y poco ¡skrrrrrt!. La lanzó por los aires partiéndole la pierna. Su mamá tampoco tenía tiempo para acompañarlas.
Pero en cuarto de EGB llegó Guillermo, primer y último amigo con pluma, por el poder de un profesor benefactor que se jugó la excomunión de colegios religiosos al promover esta amistad. Cogió a Guille y le acercó hasta Marino, en su habitual columna de autoexclusión en hora de recreo, diciendo:
—Hala, jugad juntos, que los dos sois igual de raritos.
Juntas. Sí. Juntas hacían una pareja de amistad adorable. Iban a ver los
patos, reían, comían los bocadillos de paté que su madre preparaba… y
Marino hacía lo imposible por decir:
—Qué ricos.
Solo duró un 4º de EGB, porque tuvo que quedarse en ese curso el siguiente año y a Guillermo le recomendaron buscar amigos nuevos y no volvió siquiera a saludarle.
Llegó la nueva «hornada» de niños, un poco más pequeños, y había aprendido cómo encontrar su hueco: solo había que buscar en la sección de raritos.
Así pasaba este niño los días de clase. En vacaciones le enviaban «de prestado» con sus tías y tíos, como la falsa moneda, sin que nadie hiciera intención de quedársela.
Con los primos no había mucho que hacer por diferencia de edad. Se metía en las cocinas de las tías a olisquear. Y todo lo miraba atentamente: cada recoveco y elemento de aquellas casas, indiscreto, cotilla, olerón.
En uno de sus viajes de niño prestado, se repartieron a Marino entre los «tíos americanos» y la tía de la juguetería, que hacía sus delicias.
Le entusiasmaba la cocina de su tía «americana», con trituradora en el fregadero y otras cosas que nunca había visto. A esa tía, que de americana tenía lo mismo que su madre de hindú, le iba mucho hacerse la fina con el coro. Su marido, cura sacrificado con apellido vasco de pura raza, tiraba más al piano. Bueno, era organista, pero en casa no tenían sitio para un órgano de catedral, con todos aquellos tubos.
La familia existía durante la comida. Luego, ¡puff!, solo olía al mismo azufre que las brujas de sus cuentos. Les observaba con atención y, aunque no entendía el inglés masticado con el que discutían entre sí y del cual solo salían para decirle «cómete eso» o «¿quieres más?», sabía que una persona siempre salía perdiendo: su tía. No le servía impostar la voz: no conseguía sincronizar su sintonía con aquel huraño escapado de un convento. Entonces ella hacía sniff con la nariz y volvía a la cocina, qué remedio, acompañada de un pequeño sobrino.
Los primos americanos pasaban del renacuajo y a su prima, por ser mujer, le asignaron quedarse en casa a su cuidado. Él, diez u once años; ella, veinte o veintiuno. Aunque a Marino le encantaba bañarse, esa no era su casa y le daba asco. Así que el fino olfato de ella la impulsó a bañarle.
—Ya verás, luego te voy a lavar la cabeza como nunca te la han lavado. Te dará impresión, porque mezclo agua fría, pero es muy bueno para el pelo.
Para Marino, acostumbrado a poner cerrojo, a sus excesivos rituales higiénicos y a resolver malamente, la presencia de su prima se le antojaba… digamos el área 52. Y esta vez nadie percibió su rechazo interno. Nadie dijo: «A este niño le pasa algo».
Pero… ¿sería otro engaño como el de su hermano?
¿Otro juego de los que se hacen quitando la ropa?
¿Las chicas también jugaban a eso?
La pequeña esperanza de que, siendo una chica, quizá fuese diferente no impidió que, nada más entrar en el cuarto de baño, empezase a desconectar, a esperar y obedecer todos sus comandos.
Y fue diferente. Le bañó, le secó y luego le lavó el pelo. La desconexión no le dejó percibir ni el agua helada. Solo quedó el recuerdo de recibir la muda limpia, de vestirse con el calor de una ayuda innecesaria o el peinado suave que se da a un bebé.
Aunque no pudiese acudir a ello cuando fuese necesario,
aunque la garra del temor y la anticipación lo atenazasen para siempre,
en la tranquilidad de su aislamiento, en su solitaria e incesante introspección nunca olvidaría aquellos mimos, aquel atisbo de confianza.




