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sábado, 27 de junio de 2026

¿Luciérnaga? si. ¿De paso? no

Con la mirada infantil, ya brillante

Una vez escuché decir que dentro de los cuentos viven cosas que no son verdad y otras que nadie se atreve a llamar por su nombre.

Lo contó un hombre que reía y disfrutaba mucho. Su voz sonaba clara, suave y con la calidez de esas mañanas que llegan al fondo de nuestras cocinas por la ventana, sin pedir permiso.

Yo le creí. Quizá porque esa misma tarde se volvió lluviosa y, golpeando insistentes en los cristales,  sus hijas trataban de aprender una canción.

Pensé entonces que las historias nacían la necesidad de que algo permanezca cuando todo lo demás se mueve. Los libros las sostienen, no son su bautismo.

Al principio creí en una estrella de esas que aparecen de repente en el lugar exacto donde uno  acostumbraba mirar, aquí abajo. Creí que ella nunca había vivido en las alturas ni caído de esos cielos multicapa que impiden asomarse fuera.

Brillaba tanto que parecía innecesaria la noche. Uno podía encontrarla entre el ruido de la calle, entre las conversaciones ajenas, incluso en el silencio mantenido de mis penas.

Era una historia sencilla: un poco de ternura, algo de esperanza, y esa costumbre tan humana de confundir la luz con la permanencia.

Pero nadie ve el desgaste de las estrellas.

Nadie pregunta cuántas noches llevan ardiendo.

Hay luces que pasan años enteros calentando a otros, guiando a otros, perdonando a otros, hasta que un día descubren que jamás hubo nadie pendiente de su frío.

Y entonces ocurre algo pequeño. Tan pequeño que suele pasar desapercibido.

Una palabra dicha sin cuidado.

Una burla.

Una indiferencia más.

Una puerta que se cierra.

Nada que parezca importante.

Sin embargo, a veces la piedra final, la que rompe un cristal, no es la más grande, sino la que llega después de miles. La que irrumpe como un trueno, la que, como los bólidos del cielo, nos deja mudos, boquiabiertos.

Aquella estrella siguió brillando un tiempo. Eso es lo más triste. Que siguió iluminando a quienes la herían. Que siguió ofreciendo refugio a quienes nunca se preguntaron si ella también necesitaba uno.

Y una noche comprendió algo.

Comprendió que algunas personas se acostumbran tanto a recibir luz que olvidan mirar el rostro de quien sostiene la lámpara.

Olvidan dar las gracias.

Olvidan preguntar.

Olvidan que una palabra puede salvar una tarde y que otra puede quedarse viviendo durante años
en el lugar más vulnerable de alguien.

Los poetas lo saben.

Por eso escriben despacio.

Porque han visto sonreír a quienes regresaban a casa para llorar a solas.

Porque han conocido personas que parecían fuertes sólo porque nadie se había detenido a escuchar el ruido de sus grietas.

Y porque saben que existen dolores que no hacen sangre.

Dolores que se sientan a la mesa contigo.

Que duermen a tu lado.

Que envejecen contigo.

Dolores tan profundos que terminan formando parte de la voz con la que dices tu propio nombre.

La estrella se apagó una noche.

No hizo ruido. Nadie vio el momento. Al día siguiente el cielo parecía exactamente el mismo.

Y quizá por eso fue tan terrible.

Porque hubo quien siguió caminando bajo aquella ausencia sin darse cuenta de que la luz que echaba de menos era la misma que un día tuvo delante y no supo cuidar.

Desde entonces, cuando miro el firmamento, no pienso en las estrellas que brillan.

Pienso en las que se extinguieron esperando una palabra amable, una mirada, un gesto sencillo que les dijera:

«Te veo.
Sé que estás ahí.
Gracias por la luz.»

Y me pregunto cuántas personas, sin saberlo, estarán sosteniendo hoy una lámpara para nosotros mientras nosotros miramos hacia otra parte.

Uy... que lloro. Qué tonta me pongo. Gracias Luciérnaga.


lunes, 1 de junio de 2026

Marino con Poli y su hermana


Desde pequeño, a Marino le repetían lo mismo:

—Vaya cara más larga, ¿estás enfadado?

Y él nunca sabía qué responder a los amigos que sobrevinieron al repetir octavo. Tan pronto le decían "Marinado al encerado" como "cara huevo" pero si logró asumir la tontería fue ignorándolo. 

Porque no estaba enfadado. Solo estaba pensando. Procesando cosas. Cuestionándolas por dentro mientras los demás iban a salto de mata. Como decía su abuela Rosamunda: quien en sí confía, yerra cada día.

Con aquellos chicos, las conversaciones se torcían por detalles absurdos. Un tono mal expresado. Una frase oculta en cuchilla de barbero. Una broma suspendida en el aire mientras ellos aterrizaban la siguiente.

Tampoco era novedad aquella sensación de estar con ellos para completar fases y protocolos en la vida. 

Por eso le sorprendió sentirse cómodo cuando empezó a quedar con Poli y sus amigas, al margen de ellos.

Ellas llenaban el silencio sin miedo. Él no escuchaba mejor pero oía más mientras descansaba su antifaz de corsario.

Ellas interpretaban miradas, gestos, intenciones ocultas.
A él no le preocupaba perder el hilo invisible de aquellas conclusiones mientras hacía equilibrios para no caer de la plancha en la goleta.

Pero, aun así, con ellas todo parecía más sencillo. Más tranquilo incluso, a pesar del eco que decía "Marinena con las nenas".

O eso pensaba él.


Cafetería Hollywood, una tarde cualquiera.

Marino espera junto a la puerta. Desde allí observa, a través del cristal, el ir y venir de los camareros, las mesas ocupadas y los clientes que entran y salen. Prefiere quedarse fuera. Le incomoda entrar solo y sentarse a esperar.

Mientras tanto, estudia las pequeñas irregularidades del pavimento y el reflejo de la gente en el escaparate al pasar por detrás.

Poli, que vive a escasos cien metros de allí, sale del portal.

Camina con calma, manoletinas negras, abrazándose la chaqueta contra el pecho. Parece moverse pidiendo perdón incluso cuando no hace nada malo. Legado de décadas en colegios de monjas.

Al verla acercarse, Marino empuja la puerta y ambos entran en el local.

El Hollywood huele a café reciente, a aseos perfumados con mal gusto, a suelo de fregona reposada en lejía y a madera vieja soñando con el día de San Juan para sacarse la humedad de las fibras.

Pocos minutos después, sentados junto a la ventana, Marino observa las hileras de burbujas en su refresco como quien estudia un fenómeno científico. Como cuando golpea con la cuchara el vaso del café con leche tras echarle azúcar y escucha cómo el sonido pasa de hueco y grave a más sólido y agudo.

—¿Llevabas mucho esperando? —pregunta Poli.

El aludido, sin pensar, deduce: «Restas a la hora actual la hora en que quedamos y sabes el tiempo que esperé». Pero responde:

—No. Estaba entretenido...

Es una verdad combinada con una mentira meliflua: gestionable sin complicación. Sin embargo, su ralentí inconsciente, en busca de algo más que decir, inserta unos puntos suspensivos que ella percibe como un «sí».

—Vaya... ¿y entretenido como ahora o es que le pasa algo a la Coca-Cola?

—Las burbujas suben siguiendo un camino, el de la burbuja anterior, así que las primeras fijan la ruta. Debe de ser algo relativo a los fluidos, a microcorrientes en el líquido, y también a que todas nacen de puntos del vaso con cascarrias pegadas y mal lavadas.

Poli entresonríe y pone cara de asco, sin saber si habla en serio.

—Qué cosas dices, mira que eres. Se le quitan a una las ganas de pedir nada.

Marino se encoge de hombros.

Silencio breve.

—Oye… tú estás siempre con el ordenador y ese rollo, ¿no?

—No siempre.

—¿Ah, no? Pues juraría que sueñas con programas y juegos de MSX, como mi futuro cuñado.

—Tu cuñado hace como que entiende, pero se le nota mucho que no. Que no es que yo lo sepa todo, pero procuro no inventar lo que no sé y, cuando vamos a las tiendas para lo de las cintas de juegos, se pone a hablar e imaginar cosas y yo pienso “madre mía, eso que ha dicho es una chorrada”, y espero que no me apunten a mí en la misma lista, porque los programas de ordenador que yo grabo los grabo desde el ordenador y no de cinta a cinta, que quedan peor. Pero para eso tengo que desproteger el cargador del programa, que suele ser un BLOAD, pero claro… tú no…

—Milagro histórico, has parado antes de los cinco minutos de monólogo.

Ella ríe sola, bajito. Luego lo mira con curiosidad.

—Entonces… ¿qué haces cuando no estás programando?

—Escribo.

—¿Escribes qué? ¿Más programas, los títulos de las cintas de juegos, números, listas de programas? —Guasa en saco roto.

—Sí, pero también hago dibujos a veces, grabo música o la escucho. O canto canciones. Otras veces leo libros insufribles, como La Regenta, diccionario en mano, para tratar de ser mejor escritor, porque pintar me estresa, no puedo corregir todo el rato. Y leo poemas y los escribo, pero es aún más difícil.

Poli parpadea.

—¿Poemas tú?

—Sí.

—No pega nada contigo, ¿vacilas?

—No, no tengo duda. ¿Por qué lo dices?—Poli omite los cortes de conexión en la conversación y procura mantener el hilo principal

—Porque tienes pinta de BIP-BIP, TIK-TIK en el teclado y esos ruidos.

Marino se queda pensando unos segundos.

—Los poemas también tienen estructuras, rimas, recuento de sílabas, sonidos que se repiten... a veces, solo con escuchar cómo suena un programa que voy a cargar, sé si fallará. Fallan a veces, y es un rollo porque tardan cuatro o seis minutos, algunos.

—Madre mía… poesía...

Poli se ríe, pero ahora con interés de verdad.

—A ver, tengo curiosidad… ¿te sabes alguna de las tuyas?

Marino coge una servilleta.

—Puedo escribirte una.

—¿Aquí?

—Claro.

—¿Ahora mismo?

Pero él ya está escribiendo, no tiene duda ni pausa. Quiere que la letra sea bella porque sabe que el contenido no puede ser perfecto, sublime.

Escribe, suelto, sin postureo ni tensión romántica o esa pausa teatral que sale en las películas.
Simplemente escribe.

Poli lo observa en silencio, cada vez más desconcertada. Como si estuviera ante el parto de una pluma estilográfica en una fábrica de cafeteras.

Marino termina y le pasa la servilleta.

—Toma.

Poli empieza a leer. Y deja de sonreír.

Sus ojos recorren las líneas despacio. Muy despacio. Con esa dificultad que el saco lagrimal impone subiendo por sus pupilas, haciendo borrones. O como el sofoco que le sube de la tripa al pecho.

Él aprovecha para repasar la cara de ella: el vello junto a las orejas, sus granos, los labios, un poco de caspa. Todo detalle es tenido en cuenta y valorado en nada importante porque, de su amiga, como del resto de la gente, lo importante está detrás.

Luego levanta la vista.

—Marino…

Él espera.

—Esto es… muy bonito.

—Gracias. —Le ha escrito cosas bonitas, incluyendo detalles que ella sabe y creía que los demás no.

Poli sigue mirándolo, pero ahora como si un pequeño puente la invitase a acercarse. No coquetea; presiente que no le serviría. Y lo mejor es que sea innecesario porque acaba de descubrir una puerta oculta en alguien que creía conocer. En alguien que ni siquiera se conoce. Que no sabe por qué actúa como actúa, por más que su obsesiva tenacidad le lleve a buscar respuestas válidas como una compulsión. Algo que jamás dejará de hacer.

—No pareces el tipo de persona que escribe cosas así.

—Esto lo hace cualquiera. Solo sientes, escribes y...

—Pues te equivocas mucho contigo mismo.

Marino no entiende exactamente qué significa eso.

Para él, la servilleta contiene frases aparentes que quieren forjar con intensidad reflejos de alguna novela o mini cuento en un sentimiento.

Pero algo ha cambiado en el ambiente.

Y él todavía no sabe el qué.




En el Birland, días más tarde

Más ruido. Más gente. Más vasos chocando que la vez anterior. Insoportable música de jazz que le saca de sus casillas.

Marino llega pronto, antes que puntual. Está sentado al fondo, intentando ignorar la sordina al final de la trompeta. Sabía que entrar era un error. No el porqué. En las películas sucedía sin más y quería imitarlo a contrapelo de su intuición. Lo pagaría con angustia, consumiéndole más rápido que él a su consumición.

Por suerte aparece Alba, huracán humano, también con retraso. Como hermana de Poli, las imagina unidas tipo imán. Cada una en un extremo.

Entra hablando, haciendo que la trompeta se trague la sordina antes incluso de llegar a la mesa.

—¡Bueno, bueno, bueno! ¡Aquí está el enigmático poeta!

Se deja caer en la silla frente a él.

—Hola —dice Marino.

—¡Madre mía, qué serio eres siempre! ¿Tú sabes sonreír o necesitas un accesorio para el MSX que llevas dentro?

—Creo que sí sonrío.

—Pues avisa cuando ocurra, porque me lo pierdo.

Alba se ríe con esa risa suya exagerada, escandalosa, contagiosa.
Luego cambia de tono de golpe y se inclina hacia delante con dramatismo.

—Tenemos que hablar.

Marino no contesta.

—Voy a ser directa.

—Ya lo eres normalmente.

—Correcto.

Alba señala la mesa como si estuviera interrogándolo. Él mira el punto que señala el dedo; el dedo doblado del que escapa la sangre como respuesta a la fuerza ejercida.

—Te gusta mi hermana.

Marino tarda un segundo.

—No.

—¡Marino, por favor! —Se tira hacia atrás y vuelca el cubo de servilletas con el gesto de los brazos.

—No me gusta.

—¡Pero si se nota muchísimo! A las mujeres ESO no se nos escapa.—Marino piensa en escaparse el pis.

—¿El qué?

—¡Ah! Ahora sí sonríes, pillo. Pues se nota en las miraditas a escondidas, en una servilleta que ahora está en un diario de amor, en las palabras románticas y... en el aura.

—No había aura. ¿Has buscado "aura" en el diccionario?

—¡A MÍ NO ME CAMBIES DE TEMA! —Palmetazo en la mesa, mirada bobalicona al techo, manos haciendo alitas de ángel bajo la barbilla antes de seguir, teatral como nadie—. ¡Había aura total!

Marino suspira despacio.

—Solo le escribí un poema, con cariño de amistad.

—Claro, claro… y el Titanic era una expedición marítima.

Ella sonríe, convencida de haber resuelto el misterio del siglo.

—Además, Poli está ilusionadísima. —“Ilusionadísima” suena monísimo en la mente del chico. ¡Cómo le gustaría decir eso tal cual!

Ella se levanta y se sienta pegada a él. Le coge una mano entre las suyas, junto al regazo; mano fría, incomodidad convertida en estatua de piedra. No sabe cómo liberarla. Tira un poco, ella la retiene. Siente el sudor, el adhesivo, la suavidad, la presión, la cercanía a mundos sin explorar, miedo e incluso “cosa” en forma de “coso”, que le sube desde muy abajo y trepa por la tripa hasta el pecho.

—No pretendía eso.

—Pues, hijo, lo has hecho. Te has dejado llevar por tus sentimientos. Aún no lo sabes, pero tu cuerpo habla antes que tú y tus poesías —se reclina hacia él con mirada indirecta— y es bueno. El amor llega así. Llevas años tras ella. Cuando venía Beatriz, la prima, y la tratabas siempre de maravilla, con mucha calidez. Eso no puedes negarlo.

—Que a tu hermana solo la veo como amiga.

Alba lo mira como quien escucha a un niño negar que se ha comido el chocolate con los berretes en la cara.

—Mira, Marino. No pasa nada. Eres tímido. Ella también. Todo muy adorable, bla, bla. Yo os ayudo y...

—Alba.

—¿Qué? No me interrumpas para cambiar de tema, que te parto los dedos. —Eso sí le hace gracia al hombrito, aunque en modo atracción-repulsión.

—De gustarme alguien…

Ella sonríe ampliamente.

—¡Ajá! ¡Lo sabía!

—…me gustas tú.

Silencio.

Silencio de ultra rumba.

El cerebro de Alba parece hacer un derrape interno. GRÑIEEEKKK.

—¿Yo? —Ahora sí, le devuelve la mano robada y retorna a su asiento.

—Sí. —Observa cómo la sangre vuelve a circular.

—¿A ti te gusto yo?

—Sí. —Sacude los dedos, se seca el sudor ajeno.

Alba abre la boca. La cierra. Vuelve a abrirla.

Por primera vez desde que Marino la conoce, se queda sin palabras. Y piensa: “Boquea como pez fuera del agua”.

—Pero… ¿yo? Esta broma no tiene gracia.

—Tú. Aunque lo preguntes tres veces. Que no significa que espere nada porque… bueno, tienes novio, ya está.

Alba suelta una carcajada nerviosa.

—Madre mía… pues sí que he leído mal la película.

—Fotonovela.

Ella se queda mirándolo unos segundos. Ya sin bromas.

Como si estuviera intentando recolocar todas las piezas.

—Pues no me esperaba esto ni de lejos... eh...

Marino se encoge de hombros.

—Yo soy soso. Tú salada, y tu hermana... es como yo.

Y, por primera vez en toda la noche, Alba se ríe flojito.

Termina el espectáculo en voz baja. Retorna la música. Ahora sí, hermosa y con mensaje de verdad, "Just the two of us" interpretada por Grover Washington Jr. con la voz de Bill Withers.


Con los años entendí que muchas personas viven convencidas de que todo el mundo habla el mismo idioma emocional.

Pero no es verdad.

Unas insinúan.
Otras interpretan.
Muchas rellenan silencios con teorías.

Y luego estamos las que creemos que las palabras significan exactamente lo que dicen.

Durante mucho tiempo pensé que el problema era mío.
Que había algo defectuoso en mi manera de relacionarme con las demás.

Porque yo hablaba claro… y, aun así, terminaban entendiendo otra cosa.

El tiempo te enseña algo curioso:

La mayoría de las personas no escucha solo lo que dices. Escucha también lo que imagina.

Poli veía sensibilidad donde yo veía simplemente escritura.
Alba veía una historia romántica donde yo solo veía una conversación normal.

Y quizá nadie estaba completamente equivocado.

Supongo que, al final, todas interpretamos a las demás usando nuestras propias películas internas.

La diferencia es consistente: o improvisas o necesitas el guion en papel.

Por eso me gusta escribir.

Porque en una página no hay gestos ocultos ni dobles sentidos involuntarios. O justo todo lo contrario, pero con la gran diferencia de que podemos volver, excavar entre frases para llegar a las raíces, porque las palabras permanecen quietas, exactas.

Si un personaje dice “te quiero”, no significa “quizá”, ni “a veces”, ni “depende del contexto”.

Significa eso.

Tal vez por eso aquella tarde se me quedó grabada.

No por el lío sentimental, la servilleta, una canción o la confesión inesperada, sino porque aprendí que muchas veces no vivimos la misma escena aunque compartamos la misma mesa.

domingo, 10 de mayo de 2026

Estoy muerto, el renacer

“Él morirá y yo moriré.
Estoy hoy lúcido, como si estuviese por morir.
Después morirá el planeta gigante donde pasó todo esto” Tabaquería, Pessoa

He muerto.

No ha habido túneles de luz ni voces llamándome desde ninguna parte. Tampoco un instante solemne que separase claramente una cosa de la otra. Ha sido más vulgar. Más silencioso.

Un momento estaba respirando, pensando quizá en alguna estupidez cotidiana, y al siguiente me encontraba aquí, de pie junto a la cama, observando mi propio cuerpo tendido bajo una sábana arrugada.

Nadie me ve.

Nadie me oye.

La habitación continúa existiendo sin mí con una indiferencia insoportable. Las persianas dejan entrar una luz pálida de final de tarde y el polvo flota atravesándola lentamente, como si el tiempo hubiese decidido moverse más despacio dentro de esta habitación.

He intentado hablar. Al principio pronuncié mi nombre. Después el suyo. Más tarde cualquier palabra absurda, solo para comprobar si todavía poseía una voz. Pero el silencio se tragó todo.

¿Puede sentirme alguien?

En realidad… ¿qué importa?

Y sin embargo importa.

Porque sigo conservando esa curiosidad que me caracterizaba. Esa necesidad enfermiza de entenderlo todo incluso cuando ya no sirve de nada comprender. Y si todavía siento curiosidad, entonces debe quedar algo humano en mí. Algo que no terminó de apagarse junto al cuerpo inmóvil que descansa sobre la cama.

Me importa saber en qué momento ella decidió deshacerse de mí.

No hablo exactamente del instante físico. No del gesto concreto ni de las manos ni del método. Hablo del momento anterior. El verdadero. El definitivo.

Ese lugar invisible donde alguien deja de amarte y empieza a imaginar la vida sin ti como un alivio.

Quizá ocurrió semanas atrás, mientras yo hablaba de cualquier tontería y ella fingía escucharme. Quizá sucedió una mañana cualquiera, observándome dormir. Tal vez fue gradual, como se pudren las paredes húmedas por dentro, sin que nadie perciba el daño hasta que aparece la primera grieta.

Ella sigue aquí.

Se mueve despacio por la habitación evitando mirar demasiado hacia la cama. Tiene el rostro agotado, pero no llora. Eso me desconcierta más que mi propia muerte.

Pensé que la odiaría al comprender lo ocurrido. Pero no siento odio. Solo una tristeza espesa, cansada, como si incluso las emociones hubieran perdido fuerza al abandonar el cuerpo.

La observo caminar de un lado a otro recogiendo objetos. Dobla ropa. Abre cajones. Se detiene a ratos, inmóvil, sosteniendo algo entre las manos mientras su mirada parece hundirse muy lejos de esta habitación.

Y entonces sucede.

Mientras permanezco absorto en mis pensamientos noto algo extraño. Algo diminuto. Una sensación imposible.

Los flecos de su chal rozan mi brazo al pasar junto a mí.

Se me eriza la piel.

—¿Qué piel?— pienso inmediatamente.

Pero lo he sentido.

Ella se detiene.

Muy despacio gira la cabeza hacia el lugar exacto donde me encuentro.

No puede verme. Lo sé. Y aun así permanece quieta durante unos segundos interminables, con esa expresión incierta de quien percibe una presencia o recuerda algo terrible.

Por primera vez desde que he muerto, tengo miedo de moverme.

Quizá todavía hay algo que me une a este mundo.

O quizá no soy yo quien no consigue marcharse.

Quizá es ella quien todavía no termina de dejarme ir.

viernes, 1 de mayo de 2026

La coleta del asceta

Aún me queda un poco de pelo para hacerme una coleta.

Seamos sinceras: no hay cosa más aburrida que escuchar los males ajenos.

Yo les cuento a los especialistas que me salieron manchas rojas hace meses; que, si mi cuerpo se iluminase con cada dolor, sería un árbol de Navidad humano: cada articulación, la espalda, los brazos, la columna y los intensos calambres nocturnos.

Todo se convierte en dolor: empujar el carro del lavaplatos, sujetar el cepillo de dientes, apagar la luz empujando el interruptor con miedo anticipado, usando el brazo. No hay escapatoria.

Pero ellos siguen empeñados en buscar los males en la mente, porque no ven nada relevante.

Ahora hay tristeza. Una tristeza difícil de masticar, con sabor a nostalgia y con interrogantes dispersos en busca del cartelito donde el muñeco corre y dice “EXIT”. Han brotado recuerdos angostos de medio siglo atrás, heridas que, lejos de haber sanado y cicatrizado, siguen segregando pus maloliente y, de pronto, todo parece señalarme.

¿Quién, sino yo, puede ser culpable de mi historia?

Siento la soledad en el cuerpo. Una distancia difícil de explicar, como si la piel quisiera mudarse a la piel más cercana, recordando también aquello que añora.

He buscado algo de calor, egoísta contacto íntimo de medio minuto o de la mitad de un cuarto de hora, en caricias que resultaron resbaladizas y fueron recibidas con desazón e incordio. Fallidas de nuevo, vuelven a mi interior devastadoras, convertidas en vergüenza, en rechazo hacia el mensajero, el ser equivocado de otras ocasiones.

Entonces se liberan de sus cadenas los pensamientos duros, los quebrantaalmas. Los que resuelven todo esto apuntando su dedo contra este autor. El que, desde el origen, salvado de aquel aborto fallido y prohibido de los años 60, vio la luz siendo una persona fallida y aborrecida.

Las palabras que escuché de niño —los insultos, los golpes, el desprecio— eran, en el fondo, una realidad insuperable.

Pero también una mini consciencia, un angelito —un querubín, aunque suene moñas— empieza a observar todo esto con cierta distancia. Reconoce que esos pensamientos no venían en el ADN, sino que se colaron en él a través de una historia larguísima de dolor y confusión, por no haber sido cuidado como necesitaba.

Hoy me siento solo. Profundamente solo. Como si este camino de tierra hubiera sido conquistado por el bosque a fuerza de falta de pisadas; sin albergues para el descanso, sin vistas, sin paisajes, pero ofreciendo miradas constantes al ayer.

Pienso en quedarme en casa, esconderme del mundo, dejar que el agua de la ducha arrastre, aunque solo sea por un momento, esta sensación de suciedad interna.

Aun así, la vida sigue con su rutina: preparar cuatro cosas en la casa, ordenar otras cuatro, cumplir con lo esperado. Esperar su llegada, intentar que todo esté en su sitio. Hacer lo correcto, o al menos intentarlo.

Pero incluso en lo cotidiano aparece el error, el pequeño fallo que confirma esa idea persistente: “siempre hago algo mal”.

Las horas pasan entre gestos repetidos: paseos de perro, tareas insidiosas, silencios a ambos lados del móvil. Conversaciones de audífono perdido, de “yo hablo de esto” y “tú entiendes aquello”. Presencias paralelas con direcciones opuestas, con distancias incrementales, divergentes a ratos.

En medio de todo eso, la pieza del puzle no encaja ni con martillo de goma: vengo del puzle de 5000 piezas y busco mi hueco en uno de 500.

A veces mi vuelo es tan raso que percibo el olor a pies y, si me elevo, no veo cuándo parar; y, cuando me doy cuenta, los pies parecen pertenecer a hormigas bípedas. Los demás nunca quieren estar a mi altura o, para ser modesto, quizá soy yo quien no sabe estar a la suya.

También soy guerrillero en otras peleas: las calorías, los impulsos de conteo y la fragilidad ante comentarios pequeños atraviesan sus lanzas con fuerza. Y el cuerpo, que duele. Un dolor constante que desgasta y resulta insoportable. Me pongo rabioso con solo verlo llegar.

Imagino otra realidad donde todo es más sencillo, pero… ¿cómo la alcanzo? Dependo, no sé sostenerme solo; nunca aprendí del todo. Demasiado aislamiento interno, demasiado dejado a mi libre juicio. Un juicio sin juez, abogado ni fiscal, en el que la condena está garantizada.

¡EH!, que aquí estoy. Confundido, herido, cansado… pero todavía intentando entender qué me pasa. Tratando de separar lo que soy de todo lo que me hicieron creer que era.

O quizá sea todo tan sencillo como cortarme la coleta.

La coleta de un asceta.

Vaya rima más estúpida.