dos se meten en el mismo meteoro,
se hacen costumbre en la costura del sí,
y el sol, celoso, se queda sin palabra
mientras fermenta la mañana.
Yo, en medio, pongo un lugar:
lo mido, lo marco, lo aseguro,
lo coso con líneas torcidas.
Domingolandia:
una tierra de “sí, pero no”,
con estatuas cupidas, totalísimas,
como si el deseo tuviera uniforme.
Cree en el templo.
El mundo se sienta —mansito—
y no se te cae la nube encima.
Escucha el círculo:
da vueltas con disciplina.
Mira el triángulo:
te habla con tres bocas a la vez.
Todo se mezcla en un filo suave.
Y mírame esto:
la sensación ya no aclara,
no “dice”, no “explica”:
tiembla.
Y llora hacia adentro.
Y se hunde, gramando,
hasta el núcleo.
Traigo nuestra albura en cuartitos:
un cuadrado, una cuadra, un cuadro.
Y el mismo amor vuelve a ponerse el mismo traje,
y tú lo ves
como si fuera la primera vez.
No te puedo “desplegar” en otro sitio
sin que se me desordene el pozo.
Hago hélices con lo poco que tengo.
Cuento “cuántos” de ti caben en mí…
y siempre me da demasiados.
Bailes, fiestas inmortales:
yo no soy capaz de roer el sol
y luego llevarlo en un papel
sin que se me rompa la boca del tiempo.
Espinas por todas partes,
en el término, en el borde,
en cada día que se me clava.
Me gustaría decir:
“lo mismo, lo mismo”,
como si la cosa fuera simple,
como si la manzana obedeciera.
Pero Una no anda “en lo llano”:
anda en lo lando,
donde el suelo es palabra inventada.
A ratos el tiempo hace “quechero”:
suena raro,
y de pronto el pasado vuelve a empujar.
Todo, todo pasto:
y el pastor también era pasto.
Y yo, ¿qué soy?
Lo intento con vidrio pintado,
con alas hechas de papelitos.
Los nombres no nombran.
Los nombres se atascan.
Lo que entra se vuelve estatua por dentro.
Y entonces:
se sienta la curva,
resbala en mi lado,
y me supera la mente.
Me supera y me deja una disfranza:
una distancia con disfraz
que no sé quitarme.
Se vuelve confianza torcida:
un crónico, un incorrecto,
una máquina que opera
entre otros cuerpos.
Y sale la lista del cuerpo:
Arrastra.
Amasa.
Dificulta.
Llora.
Orina.
Sabe a sal.
Se cansa.
Se astilla.
Golea.
Cabecea contra un borde sin borde.
Y vuelve:
vuelve, vuelve,
poco a poco…
Se va desvaneciendo,
como si la luz se cansara,
como si el color dijera:
“hoy no”.
Y queda marchito.
Y aun así… queda.
El Shenandoah no llega como un río joven frente a la casa de Merry. Allí,
donde Virginia se vuelve más occidental, el río adquiría obligaciones de
adulto empujando con paciencia, lijando piedras, transportando hojas viejas
y juncos enfermos, sin estruendos. Aquella tarde, el agua repartía la luz en
cartas doradas desde su baraja superficial y por debajo... nunca se
sabría sin sumergirse en ella. Desde la orilla más cercana, la casa se diría
una caja de música por descubrir. Si llegabas a ella, pisabas el ñiqui,
ñiqui de porche y reverberabas el criegg en la puerta, siempre encontrabas o
la voluptuosidad aflautada de Dolly Parton, o los dúos de mamá Naomi Judd e
hija Winona cantándole al tractor John Deere. Quizá entre ventana y ventana
se colase algún Denver pidiendo volver a su tierra, al lugar donde
pertenece.
Merry Chainy se negaba a mirar el río con lágrima de despedida. Últimamente
lo observaba con la atención tranquila de quien ya agotó las últimas
preguntas, para quien ya sobran las explicaciones.
La mecedora protestó al recibir su peso. Allí cada objeto hablaba sin
tapujos. Ella se burló de ella, concéntricas pues, traduciendo el habitual
crujido en la clásica broma entre ambas. Tenía sesenta años; en las manos,
los nudillos marcados; en los hombros, una forma de cansancio mecida más
hacia fin de jornada que hacia cualquier otra cosa.
Dentro, la radio soltaba otra canción vieja de una emisora local. Muy
bajita. Nunca la subía demasiado al atardecer; decía que si la música te
grita, te tachunda o te bumba-retumba, acabas igual de vacío que sus
repetitivos tambores. Y ella no estaba dispuesta a perderse el sonido del
viento, del pico cantor o el run run del coche que perteneció a Philip
Morgan, a lo lejos, ahora en manos de su hijo.
En la mesita del porche había dos cosas: una taza con café aún caliente y
un sobre con el nombre de Sophie escrito despacio, letra fluida a lo Mary
Shelley, cada curva con una pizca de melancolía, cada trazo con la fortaleza
que siempre la acompañó.
Su hija Sophie vivía en Maine desde hacía años. Al principio habían sido
los estudios: un máster a medias con un trabajo, luego el otro máster,
después esa suma de días y micro dependencias que tratan de engrilletarte al
lugar. La distancia solo silenció al padre, locuaz en intenciones pero con
una lengua poco o nada parlante. Merry, al contrario, llamaba los domingos
por la tarde, siempre a la misma hora. Y si no podía contestar, o tardaba
más de lo común, entonces dejaba un mensaje que empezaba igual:
—Soy yo. Nada, estoy bien pero quería saber cómo estás.
Luego venía cualquier cosa: una nueva receta vegana, una ardilla que
frecuentaba el cubo de basura, un comentario sobre el último enredo
presidencial. Y al final, una propinilla materna:
—Te quiero. Llámame cuando puedas y comentamos. Besosss.
Ella guardaba aquellos audios como otros guardan cartas.
En Maine, esa misma semana, Sophie había apagado el portátil con rabia.
Llevaba días intentando escribir sin que le temblara la garganta. Sarah
había entrado en la cocina con un jersey viejo y el pelo alborotado, y le
había besado la nuca con la naturalidad de lo cotidiano.
—¿Otra vez nada? —preguntó sin reproche.
Ella negó, apoyando la frente en la encimera.
—Me da miedo… fijarla. Fijarla en palabras.
Sarah la rodeó por detrás. Ella respingó rápido, como animal herido, pero
aún así se dejó. Porque su pareja hacía del contacto un punto de referencia,
un anclaje y válvula para aliviar la presión:
—No la fijas —dijo ella—, por lo que leo... permites que fluya
contigo.
Ella se giró y la besó. Primero con urgencia y gratitud estilo “no me
sueltes ahora”. Y Sarah respondió sin prisa, como si supiera exactamente
dónde apretar y dónde aflojar para que volviera a respirar.
A veces el amor es eso: una persona que te devuelve al propio cuerpo.
Dos días después sonó el teléfono. Sophie vio “mami” y sus labios se
arquearon hacia arriba antes de contestar, como si pudiera adelantarse al
alivio.
—Soy yo —dijo Merry al otro lado—. Nada, quería saber cómo estás.
Ella sonrió. Sentía que aún podía hacerlo sin más.
Hablaron de nada importante, cuando todo lo es. De un vecino que iba a
vender sus herramientas. De que el río venía alto. De que estaba comiendo
bien (siendo mal la mentira piadosa). De que Sarah había conseguido entradas
para un concierto en Portland. Merry preguntó por ella con calidez, nada de
formalidad. La había querido desde la primera visita, cuando Sarah, sin
conocerla, se puso a lavar platos y a desenvolverse en la casa como si la
conociera mejor que su propia hija.
—Esa chica tiene buenas manos—comentó aquella vez—. Se nota.
Al despedirse, Merry respiró hondo. La hija notó un segundo raro, una pausa
más larga de lo normal.
—Qué te pasa, te noto algo cansada mami.—la hija única parece extender su
infancia desde pequeñas palabras, trucos entre madres e hijos únicos. Madres
únicas de hijos diversos. Lo mismo da.
—Un poco. Pero qué quieres, ya voy para una edad...
Ella apretó el móvil contra la oreja.
—Voy este mes. Hago lo posible por ir, ¿vale?.
—Nah, no te preocupes por mí —dijo Merry—. Ven si puedes. Y si no, me
mandas alguna fotuca, algún vídeo vuestro, que yo me hago la valiente si os
veo juntas y enamorás.
Ella cerró los ojos. Su pareja, que escuchaba desde el sofá, le hizo un
gesto: vamos.
La noche siguiente, el sobre ya estaba escrito. Merry lo miró un rato sin
abrirlo. Luego entró a la casa, caminó hasta la chimenea y se quedó frente
al óleo.
Era pequeño. Colores tensos. Una energía rara, la conversación entre
cervatillo y lobo a punto de saltar. Ella lo había comprado en una
liquidación por cinco dólares porque el cuadro tenía una cosa que ella
reconocía: un jolgorio de rayas y colores, un absurdo con un sentido que
transcendía los propios. Puede que tan solo pensando en que su hija lo
entendería mejor. Puede que solo por hacer un favor al hijo del vecino tras
fallecer su padre.
Pasó un dedo por el marco, no por el lienzo. Con ese cuidado maternal que
advierte de cuán poco cuesta romper algo.
En la mesa, empezó la carta.
Mi queridísima Sophie:
Si estás leyendo esto, significa que he hecho una de las mías: irme sin
avisar del todo.
No te voy a pedir que seas fuerte ni que olvides. A mí me dijeron esas
palabras como si fueran órdenes y ya no acepto órdenes. Te pido otra cosa:
que comas. Que duermas. Que dejes que te abracen. Que no conviertas el
amor en una prueba ni en un castigo que tú sola te impones.
Anda que... recuerdo la primera vez que te llevé a Maine. Eras una nena y
mirabas el mar como si le tuvieras miedo, y no solo por lo fría que estaba
el agua. Yo fingía valor, pero no por la extensión o las olas o la
temperatura sino por su profundidad. Luego encogiste las piernas y
rompiste a llorar con el cuajo que siempre tuviste. Sin embargo, la arena
fue tu amiga, un juguete y una compulsión más de las tuyas cuando hubo que
quitar hasta el último grano del último rincón de tu piel.
Quiero que recuerdes eso cuando el mundo se ponga pequeño. Que sepas que
con amor, sea de tu madre, sea de tu Sarah, todo se supera. Incluso si
todo lo pierdes, ¡siempre podrás sacar fuera ese cuajo tuyo!
Te dejo la casa. Tiene ruidos, ha visto muchas estaciones, ha tocado y
quemado muchos palos su chimenea y tirará bien si la cuidas. Como cada
persona de la que cuidamos, a veces sin darnos cuenta.
Te dejo mis libros. Bueno, y tus libros abandonados por falta de sitio.
Siempre los guardé para tus visitas, como los juguetes pequeños y tus
dibujos. Me hicieron compañía cuando no estabas y te añoraba. Y te dejo el
cuadro de la sala, a ver si tú descifras su jeroglífico y si te carga, o
te "ralla", como dicen ahora, no lo eches al fuego, que te conozco. Que
óleo suena a combustible del bueno, y no. Piensa que es una buena obra por
un buen vecino. Hay que cuidar de quienes nos rodean para no vernos solos
el día de mañana. Tu madre era filósofa, anda la leche.
Y quiero que cuides a Sarah. Ya sabes que me doy cuenta de todo, no como
tu padre, que podía verte rota y llorando que se quedaba más tieso que el
palo de la escoba.
La vi mirarte, cómo te miraba, cosa que en tu "papucho" jamás sentí,
dicho sea de paso. Porque no esté con nosotras no le vamos a hacer un
altar, ni me lo hagáis a mi, por Dios. Y supe en seguida que ella te
estaba queriendo bien. El amor bueno endereza y te hace mejor y mayor por
dentro. A esta poeta mayor le queda poca cuerda. Algo más que las
repeticiones se me pegaron de nuestro querido "papi".
Cuando te falte aire, ven al porche. Siéntate donde yo me sentaba. No
buscándome con tristeza sino con la alegría de aprender a
encontrarte.
Te quiero.
Mamá.
Sophie llegó desde Maine con el coche lleno de otros libros y ropa
perfectamente enrollada—como si las capas de cebolla que cubrían a su padre
la pudieran proteger a ella— y con Sarah al lado, conduciendo cuando Sophie
se quedaba muda. No se resistieron a escuchar a John Denver pidiéndole al
camino que las llevase a casa.
Pasaron por New Hampshire, Massachusetts, Connecticut, Nueva York, Nueva
Jersey, Pennsylvania y Maryland. Estados, estaciones y nubes. Al final, el
Shenandoah apareció como una línea de plata antigua entre árboles.
La casa olía a madera cansada y a suavizante. Ella dejó las llaves encima
de la mesa y se quedó parada en el centro del salón, sin saber qué hacer con
las manos. Su pareja no dijo nada; fue a ella, le apoyó la frente en la sien
y se quedaron así. Un minuto. Dos. Hasta que volvió al cuerpo.
—Estoy aquí —susurró Sarah.
Encontraron la carta donde Merry la dejó. Visible, sin teatro. Ella la leyó
en voz alta al principio, y a mitad se le quebró la voz. Sarah le sostuvo el
papel con una mano, y con la otra le acarició el hombro, lento, en un gesto
de compañía.
Cuando terminó solo hubo silencio. Solo la respiración de las dos en una
casa que ya no tenía a Merry y, aun así, seguía gritando su manera de
ordenar las cosas.
Más tarde, Sarah se quedó mirando el óleo. De lejos, primero. Luego se
acercó tanto que ella se extrañó.
—¿Qué? —preguntó Sophie, con ojos tristes.
Tardó en contestar. Ese silencio suyo era el de quien está comparando,
calculando, presintiendo.
—Mira esto—dijo al fin—, la forma de resolver el hombro. Y esta tensión
aquí… No es “bonito”. Es… seguro.
Ella resopló, medio riendo, sin ganas, medio llorando.
—Es un cuadro de cinco dólares. Es un favor vecinal. No muy corriente en mi
madre.
Sarah sacó el móvil, hizo una foto sin flash, amplió un detalle.
—No sé qué es —dijo—, pero no es cualquier cosa. Y este marco… Sophie, esto
está pintado a mano.
No dijeron “Picasso” en voz alta al principio. Era una palabra demasiado
grande para una casa tan chica.
Pero al día siguiente ella hizo lo que siempre hacía cuando algo le
importaba: no se emocionó; trabajó. Llamó a un colega. Escribió correos.
Pidió prudencia. Pidió citas.
Los días se llenaron de trámites y de una tensión rara, como si el duelo
hubiera encontrado un segundo carril: además de perderla, ahora esto.
La confirmación llegó sin música.
Auténtico.
La cifra no se dijo de golpe. Se dijo en partes, con pausas e incomodidad.
Ella miró el cuadro como se mira a un desconocido que, por algún motivo, te
acaba de salvar.
No fue felicidad. Fue otra cosa: una sensación seca y luminosa de
futuro.
—Lo sabía —murmuró ella, y no hablaba del pintor. Hablaba de Merry.
Porque Merry siempre había hecho eso: dejar algo listo sin que se notara.
Un billete doblado en un libro. Un ingreso en su cuenta si su hija echaba un
quejido en la oreja de su "mami". Un nombre de médico en un papelito. Una
vela olorosa encendida antes de que tú entraras.
Con el tiempo, ella y su pareja decidieron no venderlo de la manera más
rápida. Lo hicieron bien. Y lo que vino después fue dinero pero también con
decisiones, abogados, impuestos, papeles. La vida mostrando su afilada
dentadura.
Y, aun así, empezó a escribir.
No en Maine sino allí, frente al Shenandoah, en la mesa donde Merry había
escrito la carta. La otra le preparaba café, le ponía una manta en las
piernas, le dejaba espacio cuando ella se enfadaba con una frase.
Por las noches, abría el móvil y escuchaba audios antiguos de su madre. Ese
“Nada, estoy bien pero quería saber cómo estás.” se le metió en la sangre y
a veces era bálsamo y relax y otras cristalizaba clavándose en las
entrañas.
Un fin de semana subieron a Maine para cerrar asuntos del trabajo de ella y
pasaron por Bangor. Ella vio la casa victoriana roja detrás de la verja de
un tal Stephen King y pensó, con una claridad casi cómica, que escribir
siempre ha sido esto: una mesa, una vida apretada, y alguien —una amiga, una
madre, una esposa, una amante— que te empuja a seguir. O unas cuantas
sustancias a falta de todo eso o precisamente por todo ello.
Volvieron a la casa del río. Allí, el aire olía a leña y a canela del
obrador. Acompañada de cruasanes y rollos de canela, escribió capítulos
enteros sin llorar, y luego lloró por fin, sin plantear batallas.
Una tarde, ella encontró a la otra en el porche, hablando sola.
—¿Qué haces? —preguntó— ¿Se te ha ido la chaveta, mi niña? —y continuó
jocosa—Otro motivo más para quererte. Cuerda al ciento por ciento vales un
poco menos.
Ella sonrió, con los ojos rojos.
—Le cuento el día. Como siempre.
Sintió que se había salido de una curva por hacer una bobada pero se sentó
a su lado y le entrelazó los dedos.
—Cariño, entonces cuéntamelo también a mí.
Ella apoyó la cabeza en el hombro de Sarah. El río seguía trabajando ahí
abajo. Con paciencia, alisando las piedras, interminables las hojas muertas
y débiles los juncos.
Por momentos, la distancia entre Maine y Virginia Occidental dejó de ser un
trazo en el mapa. Fue solo lo mismo de siempre: caminos, tiempo... la vida
en movimiento.
—Mi madre estaría haciendo un chiste horrible ahora mismo, de esos
que mi padre repetía como un loro —dijo ella.
—Cuéntamelo—pidió Sarah—. Hazlo por ellos dos. O por vosotros tres. Podré
soportarlo.
Lo hizo. Y se rieron de verdad, algo que su padre tanto deseaba: ver reír a
los demás y reír sin haber entendido nada. Igual que quería llorar cuando no
acertaba a sentir el dolor en los demás. Pero esto era risa, ese tipo de
risa que pasa de valores vitales y moralinas, que no necesita ponerse de
rodillas ante ellos y le basta ser natural.
Y así, sin discursos, Merry siguió presente: en el porche, en el modo de
doblar una carta, en el amor que ella eligió, en la forma de volver a
respirar.