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viernes, 9 de enero de 2026

Las últimas horas de Merry Chainy

El Shenandoah no llega como un río joven frente a la casa de Merry. Allí, donde Virginia se vuelve más occidental, el río adquiría obligaciones de adulto empujando con paciencia, lijando piedras, transportando hojas viejas y juncos enfermos, sin estruendos. Aquella tarde, el agua repartía la luz en cartas  doradas desde su baraja superficial y por debajo... nunca se sabría sin sumergirse en ella. Desde la orilla más cercana, la casa se diría una caja de música por descubrir. Si llegabas a ella, pisabas el ñiqui, ñiqui de porche y reverberabas el criegg en la puerta, siempre encontrabas o la voluptuosidad aflautada de Dolly Parton, o los dúos de mamá Naomi Judd e hija Winona cantándole al tractor John Deere. Quizá entre ventana y ventana se colase algún Denver pidiendo volver a su tierra, al lugar donde pertenece.

Merry Chainy se negaba a mirar el río con lágrima de despedida. Últimamente lo observaba con la atención tranquila de quien ya agotó las últimas preguntas, para quien ya sobran las explicaciones.

La mecedora protestó al recibir su peso. Allí cada objeto hablaba sin tapujos. Ella se burló de ella, concéntricas pues, traduciendo el habitual crujido en la clásica broma entre ambas. Tenía sesenta años; en las manos, los nudillos marcados; en los hombros, una forma de cansancio mecida más hacia fin de jornada que hacia cualquier otra cosa.

Dentro, la radio soltaba otra canción vieja de una emisora local. Muy bajita. Nunca la subía demasiado al atardecer; decía que si la música te grita, te tachunda o te bumba-retumba, acabas igual de vacío que sus repetitivos tambores. Y ella no estaba dispuesta a perderse el sonido del viento, del pico cantor o el run run del coche que perteneció a Philip Morgan, a lo lejos, ahora en manos de su hijo.

En la mesita del porche había dos cosas: una taza con café aún caliente y un sobre con el nombre de Sophie escrito despacio, letra fluida a lo Mary Shelley, cada curva con una pizca de melancolía, cada trazo con la fortaleza que siempre la acompañó.

Su hija Sophie vivía en Maine desde hacía años. Al principio habían sido los estudios: un máster a medias con un trabajo, luego el otro máster, después esa suma de días y micro dependencias que tratan engrilletarte al lugar. La distancia solo silenció al padre, locuaz en intenciones pero con una lengua poco o nada parlante. Merry, al contrario, llamaba los domingos por la tarde, siempre a la misma hora. Y si no podía contestar, o tardaba más de lo común, entonces dejaba un mensaje que empezaba igual:

—Soy yo. Nada, estoy bien pero quería saber cómo estás.

Luego venía cualquier cosa: una nueva receta vegana, una ardilla que frecuentaba el cubo de basura, un comentario sobre el último enredo presidencial. Y al final, una propinilla materna:

—Te quiero. Llámame cuando puedas y comentamos. Besosss.

Ella guardaba aquellos audios como otros guardan cartas.

En Maine, esa misma semana, Sophie había apagado el portátil con rabia. Llevaba días intentando escribir sin que le temblara la garganta. Sarah había entrado en la cocina con un jersey viejo y el pelo alborotado, y le había besado la nuca con la naturalidad de lo cotidiano.

—¿Otra vez nada? —preguntó sin reproche.

Ella negó, apoyando la frente en la encimera.

—Me da miedo… fijarla. Fijarla en palabras.

Sarah la rodeó por detrás. Ella respingó rápido, como animal herido, pero aún así se dejó. Porque su pareja hacía del contacto un punto de referencia, un anclaje y válvula para aliviar la presión:

—No la fijas —dijo ella—, por lo que leo... permites que fluya contigo.

Ella se giró y la besó. Primero con urgencia y gratitud estilo “no me sueltes ahora”. Y Sarah respondió sin prisa, como si supiera exactamente dónde apretar y dónde aflojar para que volviera a respirar.

A veces el amor es eso: una persona que te devuelve al propio cuerpo.

Dos días después sonó el teléfono. Sophie vio “mami” y sus labios se arquearon hacia arriba antes de contestar, como si pudiera adelantarse al alivio.

—Soy yo —dijo Merry al otro lado—. Nada, quería saber cómo estás.

Ella sonrió. Sentía que aún podía hacerlo sin más.

Hablaron de nada importante, cuando todo lo es. De un vecino que iba a vender sus herramientas. De que el río venía alto. De que estaba comiendo bien (siendo mal la mentira piadosa). De que Sarah había conseguido entradas para un concierto en Portland. Merry preguntó por ella con calidez, nada de formalidad. La había querido desde la primera visita, cuando Sarah, sin conocerla, se puso a lavar platos y a desenvolverse en la casa como si la conociera mejor que su propia hija.

—Esa chica tiene buenas manos—comentó aquella vez—. Se nota.

Al despedirse, Merry respiró hondo. La hija notó un segundo raro, una pausa más larga de lo normal.

—Qué te pasa, te noto algo cansada mami.—la hija única parece extender su infancia desde pequeñas palabras, trucos entre madres e hijos únicos. Madres únicas de hijos diversos. Lo mismo da.

—Un poco. Pero qué quieres, ya voy para una edad...

Ella apretó el móvil contra la oreja.

—Voy este mes. Hago lo posible por ir, ¿vale?.

—Nah, no te preocupes por mí —dijo Merry—. Ven si puedes. Y si no, me mandas alguna fotuca, algún vídeo vuestro, que yo me hago la valiente si os veo juntas y enamorás.

Ella cerró los ojos. Su pareja, que escuchaba desde el sofá, le hizo un gesto: vamos.

La noche siguiente, el sobre ya estaba escrito. Merry lo miró un rato sin abrirlo. Luego entró a la casa, caminó hasta la chimenea y se quedó frente al óleo.

Era pequeño. Colores tensos. Una energía rara, la conversación entre cervatillo y lobo a punto de saltar. Ella lo había comprado en una liquidación por cinco dólares porque el cuadro tenía una cosa que ella reconocía: un jolgorio de rayas y colores, un absurdo con un sentido que transcendía los propios. Puede que tan solo pensando en que su hija lo entendería mejor. Puede que solo por hacer un favor al hijo del vecino tras fallecer su padre.

Pasó un dedo por el marco, no por el lienzo. Con ese cuidado maternal que advierte de cuán poco cuesta romper algo.

En la mesa, empezó la carta.

Mi queridísima Sophie:

Si estás leyendo esto, significa que he hecho una de las mías: irme sin avisar del todo.

No te voy a pedir que seas fuerte ni que olvides. A mí me dijeron esas palabras como si fueran órdenes y ya no acepto órdenes. Te pido otra cosa: que comas. Que duermas. Que dejes que te abracen. Que no conviertas el amor en una prueba ni en un castigo que tú sola te impones.

Anda que... recuerdo la primera vez que te llevé a Maine. Eras una nena y mirabas el mar como si le tuvieras miedo, y no solo por lo fría que estaba el agua. Yo fingía valor, pero no por la extensión o las olas o la temperatura sino por su profundidad. Luego encogiste las piernas y rompiste a llorar con el cuajo que siempre tuviste. Sin embargo, la arena fue tu amiga, un juguete y una compulsión más de las tuyas cuando hubo que quitar hasta el último grano del último rincón de tu piel.

Quiero que recuerdes eso cuando el mundo se ponga pequeño. Que sepas que con amor, sea de tu madre, sea de tu Sarah, todo se supera. Incluso si todo lo pierdes, ¡siempre podrás sacar fuera ese cuajo tuyo!

Te dejo la casa. Tiene ruidos, ha visto muchas estaciones, ha tocado y quemado muchos palos su chimenea y tirará bien si la cuidas. Como cada persona de la que cuidamos, a veces sin darnos cuenta.

Te dejo mis libros. Bueno, y tus libros abandonados por falta de sitio. Siempre los guardé para tus visitas, como los juguetes pequeños y tus dibujos. Me hicieron compañía cuando no estabas y te añoraba. Y te dejo el cuadro de la sala, a ver si tú descifras su jeroglífico y si te carga, o te "ralla", como dicen ahora, no lo eches al fuego, que te conozco. Que óleo suena a combustible del bueno, y no. Piensa que es una buena obra por un buen vecino. Hay que cuidar de quienes nos rodean para no vernos solos el día de mañana. Tu madre era filósofa, anda la leche.

Y quiero que cuides a Sarah. Ya sabes que me doy cuenta de todo, no como tu padre, que podía verte rota y llorando que se quedaba más tieso que el palo de la escoba.

La vi mirarte, cómo te miraba, cosa que en tu "papucho" jamás sentí, dicho sea de paso. Porque no esté con nosotras no le vamos a hacer un altar, ni me lo hagáis a mi, por Dios. Y supe en seguida que ella te estaba queriendo bien. El amor bueno endereza y te hace mejor y mayor por dentro. A esta poeta mayor le queda poca cuerda. Algo más que las repeticiones se me pegaron de nuestro querido "papi".

Cuando te falte aire, ven al porche. Siéntate donde yo me sentaba. No buscándome con tristeza sino con la alegría de aprender a encontrarte.

Te quiero.

Mamá.

Sophie llegó desde Maine con el coche lleno de otros libros y ropa perfectamente enrollada—como si las capas de cebolla que cubrían a su padre la pudieran proteger a ella— y con Sarah al lado, conduciendo cuando Sophie se quedaba muda. No se resistieron a escuchar a John Denver pidiéndole al camino que las llevase a casa.

Pasaron por New Hampshire, Massachusetts, Connecticut, Nueva York, Nueva Jersey, Pennsylvania y Maryland. Estados, estaciones y nubes. Al final, el Shenandoah apareció como una línea de plata antigua entre árboles.

La casa olía a madera cansada y a suavizante. Ella dejó las llaves encima de la mesa y se quedó parada en el centro del salón, sin saber qué hacer con las manos. Su pareja no dijo nada; fue a ella, le apoyó la frente en la sien y se quedaron así. Un minuto. Dos. Hasta que volvió al cuerpo.

—Estoy aquí —susurró Sarah.

Encontraron la carta donde Merry la dejó. Visible, sin teatro. Ella la leyó en voz alta al principio, y a mitad se le quebró la voz. Sarah le sostuvo el papel con una mano, y con la otra le acarició el hombro, lento, en un gesto de compañía.

Cuando terminó solo hubo silencio. Solo la respiración de las dos en una casa que ya no tenía a Merry y, aun así, seguía gritando su manera de ordenar las cosas.

Más tarde, Sarah se quedó mirando el óleo. De lejos, primero. Luego se acercó tanto que ella se extrañó.

—¿Qué? —preguntó Sophie, con ojos tristes.

Tardó en contestar. Ese silencio suyo era el de quien está comparando, calculando, presintiendo.

—Mira esto—dijo al fin—, la forma de resolver el hombro. Y esta tensión aquí… No es “bonito”. Es… seguro.

Ella resopló, medio riendo, sin ganas, medio llorando.

—Es un cuadro de cinco dólares. Es un favor vecinal. No muy corriente en mi madre.

Sarah sacó el móvil, hizo una foto sin flash, amplió un detalle.

—No sé qué es —dijo—, pero no es cualquier cosa. Y este marco… Sophie, esto está pintado a mano.

No dijeron “Picasso” en voz alta al principio. Era una palabra demasiado grande para una casa tan chica.

Pero al día siguiente ella hizo lo que siempre hacía cuando algo le importaba: no se emocionó; trabajó. Llamó a un colega. Escribió correos. Pidió prudencia. Pidió citas.

Los días se llenaron de trámites y de una tensión rara, como si el duelo hubiera encontrado un segundo carril: además de perderla, ahora esto.

La confirmación llegó sin música.

Auténtico.

La cifra no se dijo de golpe. Se dijo en partes, con pausas e incomodidad. Ella miró el cuadro como se mira a un desconocido que, por algún motivo, te acaba de salvar.

No fue felicidad. Fue otra cosa: una sensación seca y luminosa de futuro.

—Lo sabía —murmuró ella, y no hablaba del pintor. Hablaba de Merry.

Porque Merry siempre había hecho eso: dejar algo listo sin que se notara. Un billete doblado en un libro. Un ingreso en su cuenta si su hija echaba un quejido en la oreja de su "mami". Un nombre de médico en un papelito. Una vela olorosa encendida antes de que tú entraras.

Con el tiempo, ella y su pareja decidieron no venderlo de la manera más rápida. Lo hicieron bien. Y lo que vino después fue dinero pero también con decisiones, abogados, impuestos, papeles. La vida mostrando su afilada dentadura.

Y, aun así, empezó a escribir.

No en Maine sino allí, frente al Shenandoah, en la mesa donde Merry había escrito la carta. La otra le preparaba café, le ponía una manta en las piernas, le dejaba espacio cuando ella se enfadaba con una frase.

Por las noches, abría el móvil y escuchaba audios antiguos de su madre. Ese “Nada, estoy bien pero quería saber cómo estás.” se le metió en la sangre y a veces era bálsamo y  relax y otras cristalizaba clavándose en las entrañas.

Un fin de semana subieron a Maine para cerrar asuntos del trabajo de ella y pasaron por Bangor. Ella vio la casa victoriana roja detrás de la verja de un tal Stephen King y pensó, con una claridad casi cómica, que escribir siempre ha sido esto: una mesa, una vida apretada, y alguien —una amiga, una madre, una esposa, una amante— que te empuja a seguir. O unas cuantas sustancias a falta de todo eso o precisamente por todo ello.

Volvieron a la casa del río. Allí, el aire olía a leña y a canela del obrador. Acompañada de cruasanes y rollos de canela, escribió capítulos enteros sin llorar, y luego lloró por fin, sin plantear batallas.

Una tarde, ella encontró a la otra en el porche, hablando sola.

—¿Qué haces? —preguntó— ¿Se te ha ido la chaveta, mi niña? —y continuó jocosa—Otro motivo más para quererte. Cuerda al ciento por ciento vales un poco menos.

Ella sonrió, con los ojos rojos.

—Le cuento el día. Como siempre.

Sintió que se había salido de una curva por hacer una bobada pero se sentó a su lado y le entrelazó los dedos.

—Cariño, entonces cuéntamelo también a mí.

Ella apoyó la cabeza en el hombro de Sarah. El río seguía trabajando ahí abajo. Con paciencia, alisando las piedras, interminables las hojas muertas y débiles los juncos.

Por momentos, la distancia entre Maine y Virginia Occidental dejó de ser un trazo en el mapa. Fue solo lo mismo de siempre: caminos, tiempo... la vida en movimiento.

—Mi madre estaría haciendo un chiste horrible ahora mismo,  de esos que mi padre repetía como un loro —dijo ella.

—Cuéntamelo—pidió Sarah—. Hazlo por ellos dos. O por vosotros tres. Podré soportarlo.

Lo hizo. Y se rieron de verdad, algo que su padre tanto deseaba: ver reír a los demás y reír sin haber entendido nada. Igual que quería llorar cuando no acertaba a sentir el dolor en los demás. Pero esto era risa, ese tipo de risa que pasa de valores vitales y moralinas, que no necesita ponerse de rodillas ante ellos y le basta ser natural.

Y así, sin discursos, Merry siguió presente: en el porche, en el modo de doblar una carta, en el amor que ella eligió, en la forma de volver a respirar.



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