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domingo, 29 de abril de 2018

El instrumental de James Rhodes

“Ser únicamente quien eres en un mundo que día y noche hace cuanto puede para que seas alguien distinto implica luchar —y nunca dejar de luchar— la batalla más difícil que puede afrontar cualquier ser humano.”
E. E. Cummings
James Rhodes

Gracias, amiga virtual —pero real— y compañera de blog de Blogger.

Me has regalado este libro de James Rhodes y, cuando lo vi, para serte sincero, pensé: (Oh, vaya. Ha gastado dinero en un libro horrible que no voy a leer.) Soy visual, olfativo, táctil y auditivo antes que inteligente, y no piqué el anzuelo.

Ver la cara de este hombre me produjo una sensación chunga. Lo dejé encima de una cama plegable de IKEA. Pobre. Es un sofá-cama que no hay culo, espalda ni piernas que lo soporten. Cada vez que entraba y salía de la habitación, el tipo me estaba mirando.

Y de pronto me dijo:

—Psssch… ¡Eh, tú! ¿De veras eres tan burro como para no leer ni una palabra?

Entonces leí: “Locura”. Memorias de música (rollo), medicina (rollo) y locura (¡tacháaan!). ¿Loco? ¿Quizá loco como yo?

—Déjame en paz —le contesté—. Eres un libro. Y das una postal con tu cara en la portada. Drogas, alcohol… y creído de ti mismo, ¿no?

—No es una postal. Pero ya veo lo limitado que andas de imaginación. Tus prejuicios tienen encarcelado a tu cerebro. Apestan a rancio. Adiós. Que te vaya bien.

Eso me dolió. Otro cerdo machito que, además, se atreve a criticarme. La conversación terminó ahí. Me dejó con la palabra en la boca.

Con desprecio saqué la postal. No lo era. Dice que le gusta España y agradece el afecto recibido en esta tierra. Mmm… mierda.

A ver qué dice la tira decorativa verde de famosos que han leído el libro: Elvira Lindo, Javier Cámara, Lorenzo Silva (ese ni me suena), Trueba. No me gustan sus valoraciones. Enric González, psché. Y Rosa Montero, sí: «Se puede aprender, aunque vengas con las heridas más crueles. Rhodes nos recuerda que siempre hay futuro.»

Mira. Todavía no he leído más que un poco. Ya se me andan saltando las lágrimas con el librito de los huevos, so cabrona.

No sé a qué velocidad podré leerlo, porque no ando muy fuerte de moral. Pero ya sabes que en esto tengo un imán y siempre quiero saber qué ha pasado, cómo lo superaron personas que de veras han sufrido abuso sexual.

Quiero decir que ya no considero lo mío como tal. Está claro que, de alguna forma, me afectó, porque mis experiencias respecto al sexo —que aún no existían— comenzaron por mal camino y porque mi imaginación cambió de vía, por desgracia: una vía muerta. O, más bien, una vía que acababa en los acantilados.

Digo mi imaginación, pero también muchos de mis actos y formas de sentir hacia los hombres, que ya estaban, al parecer, condicionadas por el síndrome autista de alto funcionamiento de los cojones que me tocó en la lotería de la neurodiversidad.

Por eso digo que la imaginación se chafó, y que el talento que pudo haberse desarrollado se perdió, porque los padres de antes eran como eran. Si tu madre te desea muerto antes de empezar a vivir, es normal que uno desee estar muerto después de vivir.

Pero, como digo, al lado de brutales agresiones lo mío fue un germen, una bacteria. El problema es que yo soy obsesivo, y eso, junto con una imaginación sin salida, desbordada por dentro, un aislamiento buscado que me concedía tiempo extra, no estudiar nunca —que también me daba tiempo extra—, y dedicar ese tiempo solo a lo que me interesaba exactamente, mientras que todo lo demás importaba una puta mierda, pues…

…excepto mi cariño por los animales, por las personas pequeñas, por los electrones, la música y los mecanismos, las cosas que dan vueltas y se repiten como un mantra tibetano, los imanes y observar a otras personas, sus actos y sus cosas… ya no sé por dónde iba, espera.

Ah, sí. Creo que quería decir que lo mío no fue abuso sexual. Que yo mismo me masacré sin quererlo.

Y ya está. Esta es mi carta de agradecimiento hasta el minuto 12:31 del día de hoy.

Gracias por acercarme de la mano a personas tan interesantes. Lo que es por mí, nunca hubiera sucedido.


29-04-2018 · 17:03

Alcanzo la página 23. Dice:

“De pequeño me pasaron cosas, me hicieron cosas que me llevaron a gestionar mi vida desde una posición según la cual yo, y solo yo, soy culpable de todo lo que desprecio de mi interior…”

Amiga, tú lo sabes mejor que yo. No voy a añadir nada. Esto está comentado por ti y dicho por mí en numerosas ocasiones, pero la brutal diferencia en comparación con lo vivido por James es tan apabullante que me hace sentir vergüenza y mentiroso. Y odio la mentira.

Encima tengo la sensación —extraña— de que escribo imitando su estilo y su forma de explicarse.


30-04-2018 · 08:30

Anoche imaginé esto para comenzar el sueño: una sala de conciertos vacía de gente, pero llena, con un deslumbrante piano de cola. Paso los dedos sobre el fulgor pulido de sus teclas. Hago sonar algunas notas. No puedo evitar hacerlo cuando estoy cerca de uno.

Antiguamente, en mis sueños, sabía tocarlo. Uno de los sueños más bellos e intensos de felicidad de mi vida.

De pronto entra este hombre y le digo: “Hello, James Edward Rhodes.” Y responde: “Hola.”

Miro su barba y su extraña camiseta. Bajo la vista al suelo junto a sus pies. El tiempo se detiene. Mil cosas pasan por mi cabeza —su vida y su sufrimiento—, pero no logro articular las palabras y nada sale por mi boca.

Él tampoco dice nada. Su mirada sabe casi más que yo mismo. Su cuerpo hace un breve ademán, como si fuera a saludarme. Me retiro un paso atrás.

Él toma asiento junto al piano y comienza a interpretar Waldstein, una de mis piezas favoritas.

Fin de la ilusión. Mis lágrimas corren libres y estúpidas sobre la almohada. La última estocada de otro día abre la puerta al hijo de la noche.

Grigory Sokolov, tildado por su conducta de autista —otra vez en sentido negativo—, demuestra que, solo por escucharle esta pieza, las personas merecen siempre una segunda oportunidad.


10-05-2018 · 15:09

Tengo en mi navegador un marcador de un blog que no suelo leer. Lo tengo por si un día me golpeo tan fuerte la cabeza como para recuperar una fe olvidada. Dice: «La vida es bella».

Y cada vez que abro el navegador lo leo. Y me repatea. La vida no es bella: es un infierno lleno de mierda. Todo apesta.

Página 105 del libro:

“El egoísmo de las víctimas es lo que más cuesta tolerar y tratar con compasión. Somos imbéciles. Es prácticamente imposible querernos. Azuzamos y azuzamos hasta conseguir al fin lo que queremos: más victimismo. A veces, mi capacidad de aguantar y desear el dolor es infinita, un pozo sin fondo de autodestrucción, y siento una emoción perversa al buscar más y más.”

Por suerte yo no he sido violado de niño durante cinco años por un hombre treinta o cuarenta años mayor, de manera dolorosa, secreta y agresiva, una y otra vez.

Gracias a la Luciérnaga de este blog y a James Rhodes por regalarme esta herramienta del ánimo:


12-05-2018 · 15:56

Página 115:

“En cuanto empiezas a hablar ya la has cagado. Los agresores que te obligaban a guardar silencio tenían toda la razón. No lo puedes volver a tapar. Es como sajar un forúnculo, con la diferencia de que lo que sale es un chorro aparentemente interminable de pus, bilis y residuos tóxicos que no disminuye ni decrece, sino cuya intensidad y volumen aumentan hasta que te estás ahogando en él como un hijo de puta.”

13-05-2018 · 15:53

Página 121. Ahí va una pista —o señal de peligro— sobre cómo se producen contagios de enfermedades mentales a través de internet:

“Y hallé el glorioso y desbocado mundo de los foros cibernéticos. […] En una de esas páginas la gente hablaba de los cortes autoinfligidos. […] Son casi una pandemia en el Reino Unido. […] En vez de recurrir a las tapas y las siestas…
En esta actividad están presentes todos los elementos que dan «seguridad» y que confieren tanto atractivo a las drogas ilegales (el ritual, el control del pensamiento, el portazo a todo sentimiento, el aislamiento, la vía de escape, la rabia general y las ganas de “que el mundo se vaya a tomar por culo”), y añade una dosis visceral de desprecio por uno mismo, mayor control, y la maravillosa sensación de poder gritarle al mundo cuánto dolor sientes sin tener que decirlo en voz alta.”

Coincido plenamente con la definición de J. E. Rhodes sobre los foros de internet:

“Pozos anónimos llenos de textos monótonos que se hacían pasar por un medio de ayuda, pero que no eran más que una excusa para que cada uno le vomitase al mundo sus diversas neurosis, perversiones, fetiches y manías, con la esperanza de dejar de sentirse «siempre solo» y, posiblemente, dar con alguien que estuviera peor.”

He visitado la web tan guapa de este chico: https://www.jamesrhodes.tv/

lunes, 16 de abril de 2018

Corre sin parar ¡huye!

"El pesar y la pobreza purifican el corazón del hombre, aunque nuestras mentes débiles no ven nada de valor en el universo, salvo la comodidad y la felicidad." Khalil Gibran
Portada del libro "Intemperie" de Javi Rey basado en la novela de Jesús Carrasco
⚠️ Advertencia de contenido: Este texto incluye referencias a abusos, violencia física y psicológica, humillación y recuerdos dolorosos de la infancia. Puede resultar sensible o perturbador para algunas personas lectoras.
¡Huye! ¡Corre sin parar!
Encontré esta portada en una novela gráfica.
Eres un cobarde. Siempre estás huyendo.
¡Pero de la mili no te vas a librar!
¡Ya verás cuando tu sargento te diga...!

Descansa en paz, padre. Me libré del servicio militar, pero sí, huyo. Corro sin parar.
Me detengo para comer. Recuperar el aliento y... respirar. Eso sí que es obligatorio.


Me detengo para pensar. Triste.

Después de algunos años recibiendo la etiqueta de autista en diferentes formatos, decidí participar en un estudio realizado por profesionales en T.E.A. y he sido diagnosticado con cierto grado de autismo. Ninguna sensación. Pensar.

Mi esposa dice que aprendí el guion autista y lo sigo a la perfección. Soy un actor magnífico. Pido perdón a todos si de veras he fingido ser autista. No merezco perdón. Lo siento. Dolor.

Este diagnóstico es como poner la señal de “Peligro: curvas” al principio de un camino sin vuelta, cuando ya lo has recorrido.
Y piensas. Del único camino importante.

Desconfío si creer en este diagnóstico, a pesar de la cantidad de evidencias liberadas del baúl de las incógnitas, que ahora deambulan como zombis por mi cerebro pidiendo un remedio que no existe.

Aún no sé si tengo que reaccionar y buscar ayuda o dejarlo estar. Dolor. Pensar duele.
Distraerse. Cómic.

Cuando encontré esta portada me vi escapando de nuevo. Imaginé un chico que huía de abusos sexuales supuestos, diferencias, desilusiones, vejaciones y golpes. Diferencias evidentes para todos menos para mí, y que yo jamás podría disimular al cien por cien (10.000).

Aunque parezca imposible, tener un hijo diferente puede asumirse como un regalo de Dios o como una maldición no merecida. Todo depende de los valores humanos de cada persona. Y si un hijo corre todo el tiempo, ya sea hacia dentro o lejos de todos nosotros, debemos preguntarnos si hemos hecho todo lo posible por ayudarle y tranquilizarle. Para que nos deje entrar en su refugio. Para que venga sin miedo hacia nosotros.

No sé si es extraño temer más la amenaza del puño y la cara inyectada en ira de un padre que el dolor de un cuerpo golpeado. Actualmente prefiero lo segundo.

Estoy tan convencido de que el cuerpo se queja de forma pasajera por sus magulladuras como de que el tormento puede arraigar en la mente, corroyendo día a día nuestro ser.

Qué curiosas coincidencias tiene la vida.
Cómo, entre los cientos de cómics que he pasado por encima, me voy a detener sobre este, decidido a robar su imagen para inventar un cuento que ya estaba escrito de forma similar en su interior.

Huyo de un ser perverso con cara demoníaca. Hablo de la amenaza violenta que fluye sigilosa bajo la piel de algunos hombres. Soy incapaz de detectarla bajo las mujeres y me convenzo, equivocado, de que en ellas no se encuentra.

Ellos siempre tratan de hacer valer su fuerza y me ven como una piltrafa con plumas. Bloquean mi paso deliberadamente con sus cuerpos musculados (a veces con hormonas, puaj). Tratan de imponer su altura o corpulencia a una distancia donde distingues su olor, su vena de mala saña y la extrema agresividad verbal que apesta su boca y enloquece sus cerebros crudos.

¿Qué puedo hacer? ¿Esconderme? Pues me aparto, no acudo. La huida de la hiena. El deslizarse, siseando, de una serpiente sibilina. El loco aullido de una bestia macabra con los atavismos más primitivos: matar o ser muerto. Un frenesí mental que debo sujetar fuerte antes de que me empuje fuera del círculo de las personas equilibradas y cabales.

¡Cómo se entretienen conmigo! Estar inclinado es barra libre para jugar, cogiéndome por las caderas y fingir que me poseen. ¡¡UH UH UHH!!, como los bonobos. Risas. “De buen rollo hago que te follo”.

Cogen mi brazo con fuerza y solo encuentran hueso; me empujan, me insultan con supuesta gracia y, a pesar de todo... ¿¿¡¡me quieren!!?? No lo entiendo (hay amores que matan). Yo también les quiero. Nadie es perfecto.

Me engañan una vez. Al día siguiente, otra vez más mientras ríen. Y otra... Me miran con superioridad esperando el rasgo que delate mi estupidez silenciosa... Sí. Hay que ser mala persona para disfrutar de algo así.

Habría que enfrentarse y contestar. Eso sí. Pero no. Demasiado premio liberarles de sus cárceles invisibles de deseo, envidia, rencor e insatisfacción.

Pero así es como se guisa en la olla a presión, y mi odio pide un plato lleno de venganza mientras yo le sirvo —siempre— un vaso de agua fresca. Dicen que ayuda a tragar.

¿Dónde quiero llegar? No tengo agilidad para reconocer siempre en los demás la forma de esos comportamientos y, menos aún, el fondo, por lo que no puedo responder a tiempo ni con proporción. Prefiero callar e ignorar el momento que excederme y equivocarme.

Ya me excedí. Ya me equivoqué. Dicen que me enfado con quien no debo y callo cuando no debo. Puto mundo de incomprensible mierda. Putos hombres. Odio. Agua.

Insistentes. Exigen que me porte como un hombre, de forma masculina.
Que mi edad sea fiel reflejo de mis actos. ¿Dónde se aprende eso? ¿Se aprende?

Alguien en posición de poder me dice en la cara, riendo, de buen rollo —no siempre—, que tratar conmigo sirve de aprendizaje para manejar la situación con otros “tarados”, aunque estén peor que yo, porque seguimos un patrón.

Sigo el rollo de entender la broma cuando en realidad me molesta mucho. Esto no es quejarse. Cuando no ponemos remedio, todos encontramos finalmente lo que merecemos.

Lo he pensado en casa. En frío. Dolor.

Me he sentido muy triste: como el mierda que huía siempre, ¿verdad, papá?

Pero personas así no son mejores que yo. Varones que babean cuando a su lado hay una mujer agradable y hablan mal de su compañera. Tipos que no dudan en cachondearse de los menos listos y, ante la inteligencia ajena, son ciegos.

Machos para los que la hombría es decir que se follarían a esta y a aquella la pondrían mirando a Cuenca. Viriles al comer y beber, fumar o escupir, y pisar sin respetar nada ni a nadie.

Hombres que ríen entre las lágrimas de su madre al morir el perro familiar. Que ríen, he dicho, preguntándose si alguno de ellos acarició acaso alguna vez al animal. Y ríen a grito pelado. Risas de barbarie y cromañón.

Huyo de personas así porque no son mejores que yo, padre.
—¡#@&%! ¡Siempre serás un @#%&*!

F-u-e-r-a. VETE.

Si no vas a ayudar, vete. ¿Ayudaste alguna vez? Márchate.

No puedo ser como ellos. No quiero. Aunque no pueda proteger mi piel mientras sus miradas o comentarios me invaden. Por más capas que lleve, ellos siempre arrancarán mi ropa sin tocarme.

—Quítate la ropa. Quiero ver tu cuerpo. Yo no tengo malicia. No pasa nada. Te mostraré mi cuerpo. Somos hombres. Soy como tú. Ven. ¿Lo ves? Tócalo. No temas. Yo soy fuerte y cuidaré de ti, pero has de obedecer. Date la vuelta.—

No. Claro que no fue así. Es solo el mensaje oculto.

Los hombres demuestran su poder con dinero, con la fuerza o la belleza de sus cuerpos. Se posicionan entre ellas como líderes con garantías genéticas o económicas seguras. ¿Sí? ¿Seguras?

¡¡PFFFFF!! Menuda mamarrachada propia de primates y antiguos esquemas humanos. En fin. Allá cada cual.

Tú corre, chico, corre. Pero hazlo de noche, para que nadie te vea llegar a lo más alto. Es mejor. Las estrellas esperan y nadie debe ver que las alcanzas. Nadie debe saber que en tus sueños todo es posible. No existe motivo para explicarlo ni quien pueda comprenderlo.


¿Qué es esto? ¿A vueltas con la religión? Pues mira:

En tu ascenso quizá veas una imagen de Cristo con las tres potencias del alma que, por suerte, no te faltan: el entendimiento, la voluntad y la memoria. Por tanto, entenderás que no has de pedir ayuda, que debes tener fuerte voluntad de seguir y recordar que estás solo en este camino.

Ucz się ucz, bo nauka to do potęgi klucz.

Huye, por lo tanto, con la idea de que vas.
Marcha entonces sabiendo que no es huir, puesto que no hay forma de poder escapar.
Así llegarás donde, sin duda, todo se habrá de olvidar.

Mi vida transcurre ya de prestado.
He muerto ahogado en el pasado, atropellado en el presente y, cuando la muerte llegue mañana, volverá por fin otra vida a conocerme.

Pero piénsalo —dice Rocío en su blog 12y3volveraempezar—:
Querer huir no arregla nada. Por muy lejos que se vaya, por largo tiempo que se emplee en ello, eso no limpia, no sana, no logra que uno encuentre su sitio, su vida, su verdad, su misión...

Mientras tanto, aparta tus lágrimas infantes del feroz aliento.
Ya verás, ya.

Verás cómo vuelve el agua a perfilar esa mirada limpia.
Tú retorna al agua que tanto te tranquiliza y bébete esos cielos como solo tú sabes amarlos.

Vuelve al calor enrollado de tu manta, junto al perro que nada pide lejos de tu compañía.
Del amor que disfrutas recoge su cosecha y reparte, generoso, la fuerza de su alimento.

Deja que el agua hable, gota a gota, por los capilares de la primera lluvia fina.
Abre tus brazos al viento y espera la llegada de la Gran Tormenta que cerrará, última, tus heridas.


No todo el mundo puede comprender el amor por la naturaleza, por los animales.