Desde pequeño, a Marino le repetían lo mismo:
—Vaya cara más larga, ¿estás enfadado?
Y él nunca sabía qué responder a los amigos que sobrevinieron al repetir octavo. Tan pronto le decían "Marinado al encerado" como "cara huevo" pero si logró asumir la tontería fue a base de insistencia.
Porque no estaba enfadado. Solo estaba pensando. Procesando cosas. Cuestionándolas por dentro mientras los demás iban a salto de mata. Como decía su abuela Rosamunda: quien en sí confía, yerra cada día.
Con aquellos chicos, las conversaciones se torcían por detalles absurdos. Un tono mal expresado. Una frase oculta en cuchilla de barbero. Una broma suspendida en el aire mientras ellos aterrizaban la siguiente.
Tampoco era novedad aquella sensación de estar con ellos para completar fases y protocolos en la vida.
Por eso le sorprendió sentirse cómodo cuando empezó a quedar con Poli y sus amigas, al margen de ellos.
Ellas llenaban el silencio sin miedo. Él no escuchaba mejor pero oía más mientras descansaba su antifaz de corsario.
Ellas interpretaban miradas, gestos, intenciones ocultas.
A él no le preocupaba perder el hilo invisible de aquellas conclusiones mientras hacía equilibrios para no caer de la plancha en la goleta.
Pero, aun así, con ellas todo parecía más sencillo. Más tranquilo incluso, a pesar del eco que decía "Marinena con las nenas".
O eso pensaba él.
Cafetería Hollywood, una tarde cualquiera.
Marino espera junto a la puerta. Desde allí observa, a través del cristal, el ir y venir de los camareros, las mesas ocupadas y los clientes que entran y salen. Prefiere quedarse fuera. Le incomoda entrar solo y sentarse a esperar.
Mientras tanto, estudia las pequeñas irregularidades del pavimento y el reflejo de la gente en el escaparate al pasar por detrás.
Poli, que vive a escasos cien metros de allí, sale del portal.
Camina con calma, manoletinas negras, abrazándose la chaqueta contra el pecho. Parece moverse pidiendo perdón incluso cuando no hace nada malo. Legado de décadas en colegios de monjas.
Al verla acercarse, Marino empuja la puerta y ambos entran en el local.
El Hollywood huele a café reciente, a aseos perfumados con mal gusto, a suelo de fregona reposada en lejía y a madera vieja soñando con el día de San Juan para sacarse la humedad de las fibras.
Pocos minutos después, sentados junto a la ventana, Marino observa las hileras de burbujas en su refresco como quien estudia un fenómeno científico. Como cuando golpea con la cuchara el vaso del café con leche tras echarle azúcar y escucha cómo el sonido pasa de hueco y grave a más sólido y agudo.
—¿Llevabas mucho esperando? —pregunta Poli.
El aludido, sin pensar, deduce: «Restas a la hora actual la hora en que quedamos y sabes el tiempo que esperé». Pero responde:
—No. Estaba entretenido...
Es una verdad combinada con una mentira meliflua: gestionable sin complicación. Sin embargo, su ralentí inconsciente, en busca de algo más que decir, inserta unos puntos suspensivos que ella percibe como un «sí».
—Vaya... ¿y entretenido como ahora o es que le pasa algo a la Coca-Cola?
—Las burbujas suben siguiendo un camino, el de la burbuja anterior, así que las primeras fijan la ruta. Debe de ser algo relativo a los fluidos, a microcorrientes en el líquido, y también a que todas nacen de puntos del vaso con cascarrias pegadas y mal lavadas.
Poli entresonríe y pone cara de asco, sin saber si habla en serio.
—Qué cosas dices, mira que eres. Se le quitan a una las ganas de pedir nada.
Marino se encoge de hombros.
Silencio breve.
—Oye… tú estás siempre con el ordenador y ese rollo, ¿no?
—No siempre.
—¿Ah, no? Pues juraría que sueñas con programas y juegos de MSX, como mi futuro cuñado.
—Tu cuñado hace como que entiende, pero se le nota mucho que no. Que no es que yo lo sepa todo, pero procuro no inventar lo que no sé y, cuando vamos a las tiendas para lo de las cintas de juegos, se pone a hablar e imaginar cosas y yo pienso “madre mía, eso que ha dicho es una chorrada”, y espero que no me apunten a mí en la misma lista, porque los programas de ordenador que yo grabo los grabo desde el ordenador y no de cinta a cinta, que quedan peor. Pero para eso tengo que desproteger el cargador del programa, que suele ser un BLOAD, pero claro… tú no…
—Milagro histórico, has parado antes de los cinco minutos de monólogo.
Ella ríe sola, bajito. Luego lo mira con curiosidad.
—Entonces… ¿qué haces cuando no estás programando?
—Escribo.
—¿Escribes qué? ¿Más programas, los títulos de las cintas de juegos, números, listas de programas? —Guasa en saco roto.
—Sí, pero también hago dibujos a veces, grabo música o la escucho. O canto canciones. Otras veces leo libros insufribles, como La Regenta, diccionario en mano, para tratar de ser mejor escritor, porque pintar me estresa, no puedo corregir todo el rato. Y leo poemas y los escribo, pero es aún más difícil.
Poli parpadea.
—¿Poemas tú?
—Sí.
—No pega nada contigo, ¿vacilas?
—No, no tengo duda. ¿Por qué lo dices?—Poli omite los cortes de conexión en la conversación y procura mantener el hilo principal
—Porque tienes pinta de BIP-BIP, TIK-TIK en el teclado y esos ruidos.
Marino se queda pensando unos segundos.
—Los poemas también tienen estructuras, rimas, recuento de sílabas, sonidos que se repiten... a veces, solo con escuchar cómo suena un programa que voy a cargar, sé si fallará. Fallan a veces, y es un rollo porque tardan cuatro o seis minutos, algunos.
—Madre mía… poesía...
Poli se ríe, pero ahora con interés de verdad.
—A ver, tengo curiosidad… ¿te sabes alguna de las tuyas?
Marino coge una servilleta.
—Puedo escribirte una.
—¿Aquí?
—Claro.
—¿Ahora mismo?
Pero él ya está escribiendo, no tiene duda ni pausa. Quiere que la letra sea bella porque sabe que el contenido no puede ser perfecto, sublime.
Escribe, suelto, sin postureo ni tensión romántica o esa pausa teatral que sale en las películas.
Simplemente escribe.
Poli lo observa en silencio, cada vez más desconcertada. Como si estuviera ante el parto de una pluma estilográfica en una fábrica de cafeteras.
Marino termina y le pasa la servilleta.
—Toma.
Poli empieza a leer. Y deja de sonreír.
Sus ojos recorren las líneas despacio. Muy despacio. Con esa dificultad que el saco lagrimal impone subiendo por sus pupilas, haciendo borrones. O como el sofoco que le sube de la tripa al pecho.
Él aprovecha para repasar la cara de ella: el vello junto a las orejas, sus granos, los labios, un poco de caspa. Todo detalle es tenido en cuenta y valorado en nada importante porque, de su amiga, como del resto de la gente, lo importante está detrás.
Luego levanta la vista.
—Marino…
Él espera.
—Esto es… muy bonito.
—Gracias. —Le ha escrito cosas bonitas, incluyendo detalles que ella sabe y creía que los demás no.
Poli sigue mirándolo, pero ahora como si un pequeño puente la invitase a acercarse. No coquetea; presiente que no le serviría. Y lo mejor es que sea innecesario porque acaba de descubrir una puerta oculta en alguien que creía conocer. En alguien que ni siquiera se conoce. Que no sabe por qué actúa como actúa, por más que su obsesiva tenacidad le lleve a buscar respuestas válidas como una compulsión. Algo que jamás dejará de hacer.
—No pareces el tipo de persona que escribe cosas así.
—Esto lo hace cualquiera. Solo sientes, escribes y...
—Pues te equivocas mucho contigo mismo.
Marino no entiende exactamente qué significa eso.
Para él, la servilleta contiene frases aparentes que quieren forjar con intensidad reflejos de alguna novela o mini cuento en un sentimiento.
Pero algo ha cambiado en el ambiente.
Y él todavía no sabe el qué.
En el Birland, días más tarde
Más ruido. Más gente. Más vasos chocando que la vez anterior. Insoportable música de jazz que le saca de sus casillas.
Marino llega pronto, antes que puntual. Está sentado al fondo, intentando ignorar la sordina al final de la trompeta. Sabía que entrar era un error. No el porqué. En las películas sucedía sin más y quería imitarlo a contrapelo de su intuición. Lo pagaría con angustia, consumiéndole más rápido que él a su consumición.
Por suerte aparece Alba, huracán humano, también con retraso. Como hermana de Poli, las imagina unidas tipo imán. Cada una en un extremo.
Entra hablando, haciendo que la trompeta se trague la sordina antes incluso de llegar a la mesa.
—¡Bueno, bueno, bueno! ¡Aquí está el enigmático poeta!
Se deja caer en la silla frente a él.
—Hola —dice Marino.
—¡Madre mía, qué serio eres siempre! ¿Tú sabes sonreír o necesitas un accesorio para el MSX que llevas dentro?
—Creo que sí sonrío.
—Pues avisa cuando ocurra, porque me lo pierdo.
Alba se ríe con esa risa suya exagerada, escandalosa, contagiosa.
Luego cambia de tono de golpe y se inclina hacia delante con dramatismo.
—Tenemos que hablar.
Marino no contesta.
—Voy a ser directa.
—Ya lo eres normalmente.
—Correcto.
Alba señala la mesa como si estuviera interrogándolo. Él mira el punto que señala el dedo; el dedo doblado del que escapa la sangre como respuesta a la fuerza ejercida.
—Te gusta mi hermana.
Marino tarda un segundo.
—No.
—¡Marino, por favor! —Se tira hacia atrás y vuelca el cubo de servilletas con el gesto de los brazos.
—No me gusta.
—¡Pero si se nota muchísimo! A las mujeres ESO no se nos escapa.—Marino piensa en escaparse el pis.
—¿El qué?
—¡Ah! Ahora sí sonríes, pillo. Pues se nota en las miraditas a escondidas, en una servilleta que ahora está en un diario de amor, en las palabras románticas y... en el aura.
—No había aura. ¿Has buscado "aura" en el diccionario?
—¡A MÍ NO ME CAMBIES DE TEMA! —Palmetazo en la mesa, mirada bobalicona al techo, manos haciendo alitas de ángel bajo la barbilla antes de seguir, teatral como nadie—. ¡Había aura total!
Marino suspira despacio.
—Solo le escribí un poema, con cariño de amistad.
—Claro, claro… y el Titanic era una expedición marítima.
Ella sonríe, convencida de haber resuelto el misterio del siglo.
—Además, Poli está ilusionadísima. —“Ilusionadísima” suena monísimo en la mente del chico. ¡Cómo le gustaría decir eso tal cual!
Ella se levanta y se sienta pegada a él. Le coge una mano entre las suyas, junto al regazo; mano fría, incomodidad convertida en estatua de piedra. No sabe cómo liberarla. Tira un poco, ella la retiene. Siente el sudor, el adhesivo, la suavidad, la presión, la cercanía a mundos sin explorar, miedo e incluso “cosa” en forma de “coso”, que le sube desde muy abajo y trepa por la tripa hasta el pecho.
—No pretendía eso.
—Pues, hijo, lo has hecho. Te has dejado llevar por tus sentimientos. Aún no lo sabes, pero tu cuerpo habla antes que tú y tus poesías —se reclina hacia él con mirada indirecta— y es bueno. El amor llega así. Llevas años tras ella. Cuando venía Beatriz, la prima, y la tratabas siempre de maravilla, con mucha calidez. Eso no puedes negarlo.
—Que a tu hermana solo la veo como amiga.
Alba lo mira como quien escucha a un niño negar que se ha comido el chocolate con los berretes en la cara.
—Mira, Marino. No pasa nada. Eres tímido. Ella también. Todo muy adorable, bla, bla. Yo os ayudo y...
—Alba.
—¿Qué? No me interrumpas para cambiar de tema, que te parto los dedos. —Eso sí le hace gracia al hombrito, aunque en modo atracción-repulsión.
—De gustarme alguien…
Ella sonríe ampliamente.
—¡Ajá! ¡Lo sabía!
—…me gustas tú.
Silencio.
Silencio de ultra rumba.
El cerebro de Alba parece hacer un derrape interno. GRÑIEEEKKK.
—¿Yo? —Ahora sí, le devuelve la mano robada y retorna a su asiento.
—Sí. —Observa cómo la sangre vuelve a circular.
—¿A ti te gusto yo?
—Sí. —Sacude los dedos, se seca el sudor ajeno.
Alba abre la boca. La cierra. Vuelve a abrirla.
Por primera vez desde que Marino la conoce, se queda sin palabras. Y piensa: “Boquea como pez fuera del agua”.
—Pero… ¿yo? Esta broma no tiene gracia.
—Tú. Aunque lo preguntes tres veces. Que no significa que espere nada porque… bueno, tienes novio, ya está.
Alba suelta una carcajada nerviosa.
—Madre mía… pues sí que he leído mal la película.
—Fotonovela.
Ella se queda mirándolo unos segundos. Ya sin bromas.
Como si estuviera intentando recolocar todas las piezas.
—Pues no me esperaba esto ni de lejos... eh...
Marino se encoge de hombros.
—Yo soy soso. Tú salada, y tu hermana... es como yo.
Y, por primera vez en toda la noche, Alba se ríe flojito.
Termina el espectáculo en voz baja. Retorna la música. Ahora sí, hermosa y con mensaje de verdad, "Just the two of us" interpretada por Grover Washington Jr. con la voz de Bill Withers.
Con los años entendí que muchas personas viven convencidas de que todo el mundo habla el mismo idioma emocional.
Pero no es verdad.
Unas insinúan.
Otras interpretan.
Muchas rellenan silencios con teorías.
Y luego estamos las que creemos que las palabras significan exactamente lo que dicen.
Durante mucho tiempo pensé que el problema era mío.
Que había algo defectuoso en mi manera de relacionarme con las demás.
Porque yo hablaba claro… y, aun así, terminaban entendiendo otra cosa.
El tiempo te enseña algo curioso:
La mayoría de las personas no escucha solo lo que dices. Escucha también lo que imagina.
Poli veía sensibilidad donde yo veía simplemente escritura.
Alba veía una historia romántica donde yo solo veía una conversación normal.
Y quizá nadie estaba completamente equivocado.
Supongo que, al final, todas interpretamos a las demás usando nuestras propias películas internas.
La diferencia es consistente: o improvisas o necesitas el guion en papel.
Por eso me gusta escribir.
Porque en una página no hay gestos ocultos ni dobles sentidos involuntarios. O justo todo lo contrario, pero con la gran diferencia de que podemos volver, excavar entre frases para llegar a las raíces, porque las palabras permanecen quietas, exactas.
Si un personaje dice “te quiero”, no significa “quizá”, ni “a veces”, ni “depende del contexto”.
Significa eso.
Tal vez por eso aquella tarde se me quedó grabada.
No por el lío sentimental, la servilleta, una canción o la confesión inesperada, sino porque aprendí que muchas veces no vivimos la misma escena aunque compartamos la misma mesa.

