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domingo, 19 de julio de 2026

Al envés de los verbos (1 de 6)

Prólogo:

Como no soy candongo, empleo mi tiempo —descreído dios del apolo— en inventaros una historia. A vuestros ojos, lo será; a los de acá, se le hará roña, desacarreo en el cuerpo.

Habrá quien me reponga el nombre por lunático, por intentar hacer risión en párrafos entrizados y descuajeringarlos con ello, haciendo morralla de algo que pudo ser chulo porque no soy la monda, ni lo seré jamás.

Cosida en su combinación hallaréis verdades, de vidas y muertes. Estampadas sobre el vestido las fabulaciones, sus nostalgias y engaño manifiesto. Quizá se os atragante un pipo si coméis mientras leéis. Cuidad no añusgaros.

Mi perro se enrosca sobre los pies en solícito mimo. King siempre habla de un perro. Le copio el truco.

No quiero empantanaros los segundos dándoos más la tabarra y paso directo al capitulo uno, con palabra pretenciosa, para empercudir todo mi cateto y confundiros el estilo.

## I. El consuetudinario

Nosotros no la echamos. Conviene sentarlo primero y con estas palabras, porque en los pueblos la memoria se adquiere igual que las servidumbres de paso —posesión pública, pacífica, ininterrumpida y a bocinazos—, usucapiendo así hasta la mentira cincuenta y tres años, poseyendo sin sobresalto la versión de que a la Gorjona no la echó nadie.

Se fue sola, un martes de febrero, sin desayunar. El aire subía del cañón con esa condición de aquí, un biruji que congela sin tiempo para enfriar: con ese intenso que te hace toser un día y solo cura cuando la guadaña quiera segarlo. A ella no la agarró el pecho, que solo tenía diecinueve años cuando marchó dejándonos su manera de mirar los tejados; alcanzando más allá e ignorando lo de acá.

Aquí las cosas ocurren en impersonal. A Elías Gorjón se lo llevó el río. Así se dijo en el cincuenta y siete y así se sigue diciendo, sin que en medio siglo haya hecho falta enmendarlo: se lo llevó el río, tres días aguas abajo, hasta el remanso del Fraile, con las dos petacas de café todavía ceñidas bajo los brazos y las correas tan apretadas que hubo que cortarlas con la navaja del practicante. Eso nos quedó de él. Un hombre ahogado abrazando lo suyo.

Del café no se preguntó de dónde venía, que del otro lado de la frontera no viene nada que se pueda decir; se dijo «lo suyo», y lo suyo, bien mirado, olía a tostadero de Oporto. Pero el agua legaliza. A los tres días de remojo, aquello ya era café de aquí, y la Guardia, que entiende de jurisdicciones, dio el expediente por ahogado con su dueño.

El río que se lo llevó dejó de ser río en el sesenta y tres. Ahora es una lámina quieta con horario de compuertas, y por debajo van los caminos viejos, y el remanso del Fraile está a cuarenta metros de fondo, y no hay dónde ir a mirar. Es una comodidad. No la buscamos, pero la agradecemos.

Al cabrero del señorito le pasó una cosa parecida, y por eso entra aquí, aunque fuese de otra casa. Guardaba las cabras de arriba y, cuando la cuenta no daba, bajaba un choto a escondidas para las seis bocas que tenía en casa —que no pasaron de seis, porque Dios dispuso ese orden, y en estas casas es Él quien lleva el recuento—. El señorito, que tenía perros de casta y no cazaba con ellos, que era su manera de tenerlos, le regaló uno: un perdiguero color canela, con papeles, Canelo. Un perro así, en manos de un cabrero, no vale para las cabras; valía para lo que de verdad hacía falta, que era levantar la perdiz sin que se enterara el guarda. Aquí un perro con papeles no se compra ni se merece: se recibe, y quien lo recibe queda firmado por debajo, como los tratos que no se firman por encima. Del señorito baste, de momento, esto: pagaba los favores con la mano en el hombro, y aquí una mano en el hombro pesa lo que una hipoteca. Duró Canelo dos temporadas. Luego se lo llevaron —repárese en el verbo: no se murió, no se perdió, no se escapó—, y en medio siglo no ha habido quien le ponga nombre a la mano que lo hizo, que es la forma que tiene aquí la envidia de no dejar rastro: obra en impersonal, como el río, solo que el río devuelve lo que se lleva cuando ya no sirve y la envidia no devuelve nunca. El cabrero preguntó lo que se pregunta sin esperar respuesta, y nadie sabía nada, como aquí no se sabe nunca. Los papeles se quedaron en el vasar sin acreditar ya a nadie.

Al hueco de Canelo lo tapó con lo primero que nadie iba a envidiarle: un chucho lanudo, rizado, desgobernado, que bajó del Cuartón sin dueño y respondía, cuando le daba la gana, al nombre de Chas —por un ruido que hacía y ya nadie recuerda—. Era perro que no apuntaba, no cobraba, no valía; por eso mismo estaba a salvo, que a Chas no lo iba a querer nadie más que los pobres, y contra eso la envidia no tiene nada que hacer. Corría con las cabras entre los pagos de la Bebé, por el tan nombrado Cuartón, y de allí no había modo de traerlo: tiraba hacia el palacete, hacia lo que sonaba en el palacete al atardecer, que no era música de aquí y a un perro le sonaba a comida. Desde el alto, la quinta cría del pastor hacía lo mismo. Tiraba para allá, se paraba a oír la música, a escudriñar los cuadros y no vigilaba los tejados, sino lo que venía por la puerta de detrás. Bien. Pues a Chas lo mató un coche en la recta del Cuartón a Vitigudino, una tarde, yendo hacia aquello. La cría no dijo nada. No fue ella quien lo enterró: fue ella la que enterró que le había dolido, y ese, que se sepa, fue el primer silencio que se le quedó entero.

La Bebé gobernaba "El Cuartón" y era lo contrario de pobre, que en llanura seca es un escándalo permanente. Tenía palacete, capilla propia y una piscina levantada sobre pilares en mitad de unos campos que no daban ni para el pan, con lo que el agua quedaba arriba y la tierra abajo, cada una en su sitio y las dos ofendiendo. Tan pronto se la veía con un puro como se sabía que tenía por mascota un toro —de casta, bravío de sangre y manso con ella—, suelto por la finca como si a todo el mundo se le hubiera olvidado la muerte para la que lo criaron. De pila se le conocía Inés Luna pero... la Bebé y basta. Porque llegó siendo bebé y de mayor inventaron que trajo un día una criatura: una niña de 8 añales, adoptada según unos y de nadie según otros, con una enfermedad que tampoco se supo nombrar y que el pueblo, que no aguanta un hueco, rellenó con lo que llevaba dentro. Qué fue de la niña, no se dijo. De la Bebé quedó esto: muerta hacía muchos años y sin quien la heredara, dejó escrito —para odio de otros ricos— que su fundación pagase los estudios a los niños y a las niñas de Traguntía. A una mujer a la que aquí se le tomó la fundación y se le negó el saludo le debe este valle la única puerta por la que ha salido alguien sin ahogarse: la dejó escrita, del otro lado del papel. Y a aquella cría del alto —la que años después se fue un martes de febrero sin desayunar— alguien tuvo que enseñarle que se podía respirar de otro modo y vivir del otro lado del papel; no se lo enseñó nadie de su sangre; se lo enseñó, de lejos, una mujer con modos extranjeros. Maneras de ricos que no son aprobadas por quienes solo aparentan poder o riqueza.

De la pareja que aguardaba en la revuelta del camino, a una hora en que aquí no aguarda nadie, no se dijo. Del Zurdo tampoco: se marchó a Bilbao por su cuenta aquel otoño —conste que nadie lo obligó; conste que hubo quien le pagó el billete—, y allá, según llegó a saberse, no volvió a sujetar la garlopa. Un carpintero puede vivir sin sujetar la garlopa. A este, doce años en total, un cólico miserere le bastó.

Nadie dijo nada. Aquí nadie dice: se dice.

A Basilisa la cuidamos. Eso no se discute ni se ha discutido nunca: cuarenta y un años de vecindad estricta, la leña arrimada en octubre, el médico de Vitigudino traído dos veces en el coche de Anselmo, y al final, en la residencia de Aldeadávila, la ropa marcada con su nombre por si se perdía, que se perdió. La enterramos bien. Vino el pueblo entero. No vino la hija. Se dice sin acritud: se dice porque es el hecho, y el hecho, aquí, es lo único que se hereda.

Del cabo Requejo se acuerdan todavía los de nuestra quinta con simpatía. Era de Ciudad Rodrigo y no era mala persona. Estaba a la salida de la escuela con las pastillas de café con leche en el bolsillo del capote y les preguntaba tonterías a las crías: que si qué habéis merendado, que si a ver esa letra, que si dónde anda tu padre estas noches. A una cría se le saca cualquier cosa con una pastilla de café con leche; lo que nunca se sabe es lo que se hace después con lo que se le ha sacado, y de eso aquí no se levanta acta. Lo destinaron a Plasencia en el cincuenta y ocho. Mandó una postal por Navidad, una sola. Todavía la tiene Herminia.

Y de la Gorjona esperábamos noticia, susurros de visillo, lo que fuese con tal de saberla bien. Teníamos método, además. Cada agosto, con las fiestas, cuando bajan los de Bilbao y los de Madrid y aparcan en la plaza y abrazan a gente que no reconocen, había quien miraba la carretera de Vitigudino más rato del que hace falta para mirar una carretera. Teníamos hasta la escena pensada. Le habíamos escrito el papel. Entraba ella, y nosotros, sin aspavientos, sin reproche, con esa grandeza tranquila que aquí sale sola, la perdonábamos.

Adviértase la dirección del verbo. Nunca se nos ocurrió conjugarlo del otro lado.

No queríamos que nos contase nada, por cierto. Eso conviene sentarlo también. Lo que queríamos era que se sentase.

El sobre llegó en octubre, de una notaría de allá, con el matasellos ilegible y el nombre del pueblo escrito a máquina. No venía dirigido a nadie. Venía dirigido a los interesados. Estuvimos toda la tarde en la panera —dígase cantina— discutiendo si lo éramos.

miércoles, 1 de julio de 2026

Viejo cuaderno de bitácora

“Lo que sí existe es este tipo de niños: inteligentes, atentos, hipersensibles y, por estar totalmente orientados hacia el bienestar de los padres, también disponibles, utilizables y, sobre todo, transparentes, predecibles y manipulables… mientras su verdadero Yo (su mundo afectivo) permanece en el sótano de esa casa transparente en la que tienen que vivir, a veces hasta la pubertad y, no pocas veces, hasta que sean padres ellos mismos." Alice Miller 

Lo que voy a contar... va a haber quien trate de anticiparse.

No tiene que ver con bodegas ni vinos, pero las enólogas dicen: «En nariz se anticipan las notas de fruta negra que luego aparecen en boca».

El marido de una amiga de mi esposa se empeñó en ponerme un vasito de vino —botella sin etiquetar— diciéndome que era un Vega Sicilia.

Al verme encoger los hombros, apeló a altas instancias, obstinado en que era un bouquet tal y cual. Quería —lo sé sin necesidad de hacer lectura interlineal, dado su historial de estupideces— dejarme en ridículo.

Tardé unos segundos en desmontarle la película:

—No tengo ni idea de vinos. Si me pones vino Savin de cartón no lo voy a diferenciar.

Podría haber usado una marca de mejores referencias en mi memoria, pero quise llegar lo más lejos posible en menos tiempo del necesario para no enfadarme, y ahorrarle un disgusto a mi esposa y a la suya. Pero se puede ser pesado, aparte de torpe. Tuvo que porfiar:

—No me compares, se nota fácil la diferencia.

La jugada no le salió bien. Resumen: era vino de su pueblo.

Lo que voy a contar... ains. Quizá me cueste empezar porque me desagrada intentar relatar algunos de los tramos más fastidiosos de mi vida. Empezaré por algo liviano.

En el barrio de mis primeros años, las calles sin asfaltar daban piedras, barro, tierra y polvo. Jugar a las pedradas era normal. Una de mis cejas la partieron así mientras yo observaba alucinado la hermosa ondulación que describen al volar bajo el impulso adecuado. Lo anoté en «juegos peligrosos».

Y de lo que voy a contar ya un poco más intenso pero repetido... cuando venían visitas —familiares, supongo— y mi padre decía: «Hijo, enséñales el título de hombre», para que les mostrara lo que me diferenciaba de las nenas, con 6 o 7 añitos. Obedecía y había risas, así que lo anoté en «juegos graciosos».

Empecé el colegio con esa ingenuidad, sin saber que era necesario tener amigos y había que hacer cosas, ser así o asá, pero nada fuera de lo convencional. Elegí las enormes piedras que sostenían la escuela y me puse ahí, cual tortuga con frío, estrenando la sección «pasar desapercibido».

Luego, en cuarto de EGB, esquivé los juegos del hombre, un profe muy malvado. A saber:

El juego del sable divino
El juego del sable divino

Era una regla flexible de acero, enorme, usada como látigo contra nuestras espaldas. El golpe caía de arriba hacia abajo, que era donde el latigazo más dolía.

Sonar de aproximación
Sonar de aproximación

O acercar la frente al pupitre y recibir tal empellón por el cogote que te estampaba contra él.

Juego de la golondrina
Juego de la golondrina

Pintada en una hojita que pegaba en una esquina. Decía: «Mira al pajaritooo», y te arreaba una torta sin consagrar capaz de tumbar a cualquiera.

Iba cagado de miedo pero casi prefería las deposiciones impetuosas que mi despiadada celiaquía lanzaba estando en clase o en el recreo. Con todo, logré participar del juego de la golondrina por partida doble, en ambos lados de la cara. La segunda por llorar y amenazar, como cualquier niño, «se lo diré a mi padre». Con sus dedos marcados en mi cara añadió:
—Y ahora vete y cuéntaselo a tu padre.

Cuando mi padre me pegaba solía haber un motivo: haber olvidado la hora de bajar a la escuela, negarme a todo, no recordar mi nombre si se preguntaba a gritos, o cosas más graves, como romper algo o decir algo demasiado crudo.

Las violencias físicas son manejables hasta cierto punto. Los comentarios de chicos y adultos, sus actitudes, sus cargas de profundidad... si estás al lado te alcanzan. Si no las entiendes, mal vas a recibirlas, pero puedes anotarlas en el capítulo de «violencias».

Los afectos físicos —juegos escolares en que te robaban la ropa interior, o los que se practicaban sin ropa usando partes del cuerpo—, las exploraciones variadas, las exposiciones a imágenes, etc., se convirtieron en recurrentes; acumulando polvo y sacudiéndoselo a temporadas.

Cuando, estando en casa de mis tíos de Sanse, mi primo engañó a su hermana con juegos sin ropa haciéndome participar y, después del castigo, sus padres me enviaron a la bañera ¡a puerta abierta!, creí que el mundo se me venía encima y no podría pararlo; pero ese baño quedó en susto.

Con 10 años fui yo el engañado a jugar sin ropa y todo cambió para siempre. Un niño, enseñado a creer en Dios, que comienza a llorar por las noches y le ruega que se lo lleve con él. Un niño, y ya tuve suficiente.

Díganme si, con esas pocas experiencias, fue mala mi decisión de reducir las relaciones humanas. Puede que las limitaciones vinieran impuestas de serie, pero nadie ayudaba a sortearlas.

La adolescencia quedó tan bunkerizada que, cuando necesitaba salir, la evasión me costaba muchos disgustos anticipados pero, a pesar de mis dotes de videncia, debía intentarlo.Concluí que «los experimentos en casa y con gaseosa», es decir, para probar una idea arriesgada, primero con uno mismo, en un entorno donde, si sale mal, las consecuencias sean pequeñas. Eso hacía yo.

Escapar del asco de los abusos íntimos para saborear la intimidad fuera de uno mismo. Equiparable al 2,4,6-trinitrotolueno, TNT. Lo intenté así sobre los 14:

Mi hermana mayor —17 años— tenía una amiga muy bella: Pilar. Para ser sincero, todas las chicas me parecían criaturas hermosas, luminosas y buenas, y todos los chicos lo contrario. Es posible que Pilar no fuese bella por fuera y existiesen chicos buenos por dentro.

Pues Pilar venía a mi casa a esperar que mi hermana se arreglase, pero creo que, además, como nos ha sucedido a todos en casa ajena, las diferencias positivas acrecientan esa benéfica indulgencia con que solemos mirar lo que nos rodea.

Un día pidió bañarse. Yo no sabía cómo sería su bañera, pero agua tendría, así que no terminaba de entender cómo alguien podía desear darse un baño en casa desconocida, con la de cosas malas que pueden pasar.

La muchacha no hacía ruido. Desde fuera yo trataba de averiguar qué hacía —por algo me decían «espía»— y, de pronto, empezó a salir agua por debajo de la puerta. Corrí a avisar a mi hermana. La llamó:

—¡Pilar! ¿Qué haces? ¡Abre!

Y, como no contestaba, abrió con aguja de ganchillo. Se cabreó con ella e interpretó que le faltaban tornillos.

Mi pensamiento creativo construyó algo. A Pilar le habían pasado cosas malas. Algo que le recomendaba no bañarse en casa, que le decía «este lugar es seguro». Su cara era lánguida, pálida, como un ángel de porcelana blanca, quebrado, tratando de mantener juntos los trozos.

Mi hermana recogió el agua sola —Pilar seguía como en otro mundo— y luego entró al baño. La chica empezó a secar y peinar el pelo mojado, oscuro, largo. Me senté a su lado a mirarla.

Hoy ya sé que «eso no se hace» y si vagamente lo consigo hoy, entonces era inevitable. Desde muy adentro, desde una especie de devoción, yo quería ser así. Si prefieren decir «hormonas adolescentes», allá ustedes.

Tenía la impresión de estar a su lado y, a la vez, en lugares distintos, invisible para ella. Como no me veía, yo no paraba de escrutarla. Quería saberlo todo, pero las preguntas —muy complejas de elaborar, inalcanzables— impedían obtener las respuestas.

Y fui a lo más obvio por el camino más directo: veía que bajo su camiseta no llevaba ropa interior. Le pedí que me las enseñase.

¿Se podía pedir algo así? ¿Los agredidos pasan al bando de los agresores?

Pues lo hice y ella accedió. Cruzó los brazos sobre su cintura, cogió la camiseta y empezó a subirla. Aterrorizado, le pedí que parase, que no era en serio. Ella preguntó:

—¿Seguro?

Cuando dejó caer los brazos respiré de nuevo. Casi me da un soponcio.

Me dijo que había sido un buen chico y me dio el primer beso, labio a labio, duración: 2 segundos, ocultos tras la puerta de mi habitación. Ella se fue a otra parte mientras, tras la puerta, yo trataba de analizar la secuencia de vertiginosos sucesos eróticos.

Así llevé a cabo mi experimento macabro, sin razonar, sin meditar ni valorar los resultados, pero en lugar seguro. Y como casi me explotó escribí «sexo peligroso».

Dije que iba a contar cosas desagradables, en medio del calor y el hastío de Julio, cuando mi madre, de mala gana, dio cuerda a este muñeco.

Esa vivencia pudo ser otra mierda más para Pilar, que después siguió los pasos de mi hermana a un principado de diminutas dimensiones. Ambas encontraron pareja: mi hermana, un tipo infiel; Pilar, un maltratador.

A mi hermana mayor me la pidieron prestada, para estrenarse, los dos chicos por quienes fui elegido para amistad y, como si yo fuese un proxeneta de la peor calaña, más adelante querían emborrachar a mi amiga y vecina austriaca para saciar sus apetitos.

Como no les funcionó, me ofrecieron participar de algo similar contra una persona con cierto síndrome a la que uno de ellos conocía. Aún hoy me cuesta creerlo, pero entonces les dije de todo. Empezaba a dudar si estarían bien de la cabeza. Si alguien quiere saberlo, el futuro demostró que ninguno de los dos lo estaba. O de los tres.

Más adelante —digamos 2018—, mis jefes me llamaron al móvil mientras estaba con mi hija y mi esposa en Oviedo:

—Hola. Mira, que estamos en Asturias, de despedida de soltero.

—¿Y?

—Pues... ¿estás aquí con tu hija, no? Nos la podías dejar.

No entiendo, no contesto.

—Es que... macho. Nos ha fallado la cuqui que teníamos contratada.

Estaba cabreado pero, como soy idiota —y no me extraña que lo sepan, dada mi actitud—, no me salieron palabras.

—¡Oye! ¿Estás ahí?

Se pone el amigorro de turno. Dice:

—No les hagas caso, mándalos a tomar por culo, que están borrachos.

No era la forma de hablar de un borracho, pero sí la de un individuo que nunca ha disfrutado de una pizca de educación. Anotado: las bromas pesadas también llevan antifaz.

Antes de trabajar para estos, mi anterior jefe también realizó sus delicias conmigo. Y con mi compañero, que tuvo que volver a medicarse para no sacudirle por cómo nos presionaba. Son cosas de todos los trabajos, del día a día de cualquiera, y solo quiero relatarlas fiel a la realidad.

A este hombre le apodé «El General». Tenía que ir a su casa a veces, a los garajes bajo el chalé. Uno era trastero-cochera-pudridero y el otro cochera-vinoteca-gimnasio. El primero olía a fruta pocha y basura acumulada. Cuando me dejaba volver a casa, siempre en horario de trabajo, tenía que tirar sus trastos, aquella basura e incluso lo de reciclar.

Me enseñaba su bodega —otro con la misma historia— y su gimnasio. Como percibió que pasaba de vinos, fue a la sección de revistas de hombres musculosos de culturismo, y revistas de culturistas desnudos. Yo no decía nada y él seguía con su rollo de que el cuerpo no era para avergonzarse y que un hombre podía estar desnudo con otro, etc. Ese cuento ya lo tenía anotado y no colaba.

Se ponía pesado con «tienes que hacer ejercicio». Justo entonces yo padecía anorexia nerviosa y ni músculo ni grasa tenía. Ni capacidad para razonar.

Un día me indicó que probara uno de los aparatos de su revolcadero y, mientras yo colgaba de aquello —la imagen del murciélago en mi mente—, me dijo:

 —Respira.

Nunca he pisado un gimnasio, ni lo haré, pero me monitorizó poniendo las manos en el vientre:

—No respiras, respira mientras haces fuerza.

No me importaba tirar su basura, pero vi tarde que todo eran pruebas para conocer mis límites y supuso que no los tenía. A cada momento esperaba sentir sus manos desplazándose a lugares prohibidos. Confundía mis temblores con fallos musculares.

Le disgustaba mi delgadez y que no le atendiera para ganar peso. Batidos de proteína en polvo me ofrecía cuando ya tomaba «Ensure TwoCal», pero seguí soportando su basura mental y real hasta el final.

Algunos días llegaba borracho a la empresa. Su esposa me pedía llorando:

—Llévalo a casa, por favor.

Por una vez mi lengua se soltó rápida:

—¿Que lo lleve yo? Si está tu hijo ahí.

Ella negó:

—No... él no puede, es muy flojo. Tiene que ser alguien como tú, fuerte, con moral, con amabilidad y paciencia. Él no tiene nada de eso. Por Dios Santo te lo ruego.

Le llevé en la furgoneta de la empresa. Por el camino estuvo haciendo todo tipo de locuras. Tiró las cosas de la guantera por la ventana. Escupió mal, pringó el cristal y la baba colgaba puerta abajo.

Pidió:

—Llévame al bar, tomamos tú y yo una última copa, ¿de acuerdo?

—Sí.

Le llevé directo a su casa.

—Cabrón, me has engañado.

Se bajó. Llamé a la puerta del chalé para que saliera la hija.

Mientras, se abrió la bragueta y trató de mearme encima por haberle llevado a casa.

Mientras me perseguía manguera en mano y yo saltaba de acá para allá, su hija abrió la puerta. Se llevó la mano a la cara y miró a otro lado.

Si a esto le sumamos que en mi primer trabajo con nómina, explotado y engañado, un compañero tenía por costumbre cogerme por las caderas en cuanto me inclinaba a lo que fuese, para chocar sus genitales conmigo, que el otro compañero me dijera «Mariposa» y que en el trabajo actual me pateen el culo, me empujen con fuerza para que me quite de sus caminos o el niño culturista se plante en medio del mío para imponer su masculinidad, y que me insulten y digan barbaridades...

Debo anotar lo siguiente: produzco tanto deseo y rechazo como envidia e indiferencia, en proporciones variables. El título para esa sección... no tengo ánimo.

Los derroteros de este post, auténticos, son así. Como con espinas infectadas, pus pestilente y comportamientos mugrientos. ¿Consentidos? Aquí todo se ve con claridad pero, créanme, en el momento dominan las nieblas.

Si resumimos los últimos sucesos y enfocamos a los malvados, es natural que un día, cuando me crucé por la calle con Lidia Barrera A., mi psicóloga en la UTCA, le dijera:

—Si hubiera un botón que, al pulsarlo, todos los hombres desaparecieran de la faz de la tierra, no dudaría en utilizarlo.

Quedé excusado por mi situación en aquel entonces y ella me explicó que no todos los hombres eran malos.

Esa misma Lidia, en una de las sesiones, me preguntó esto:

—Me ha dicho Ana —la endocrina— que quieres hacerte una colonoscopia.

—Sí.

—Pues... no lo entiendo. Para alguien que dice que se quiere morir, no le veo sentido hacerse una colonoscopia. Eso es para quienes desean vivir.

No tenía muchas ganas de explicarlo, pero requirió que lo hiciera:

—Cuando digo que no quiero vivir, que quiero evaporarme y morir, no estoy diciendo que quiera morir en medio de un cáncer de colon, con dolor y sufrimiento.

—Pero... eso que dices de evaporarte, nadie muere así.

En fin. No conectamos. Ni ella se esforzó conmigo ni yo estaba en situación de rogar su atención, obligado a comer, a engordar y recuperarme. Para ella, «la vida es mucho más sencilla que todo eso».

Tampoco hubo sintonía con el psiquiatra, David González, que en una ocasión, sobre los abusos en la infancia, cuando mi esposa le preguntó:

—¿Es que nunca lo va a olvidar? No entiendo que a estas alturas esté dándole vueltas a eso, ya pasado...

—Nunca —dijo David—.

Y, tras pensarlo un instante, se sacó este chiste de psiquiatra:

—Bueno, quizá sí lo olvide algún día, si tiene alzhéimer.

Debía aburrirse mucho David. Conmigo la guasa estaba siempre servida:
—Con este Zarelis siento que me voy a hacer pis cada poco rato. Es muy molesto y...
—Pues te pones un pañal.

David, como director de aquel lugar, lanzó su diagnóstico sin dudar, otro día feliz:
—Tienes un trabajo reconocido, una esposa, una hija, casa.
—Si
—Y, claro, estar delgado es super-mega-guay.

En efecto. Es lo más. Cada día pensar en la muerte. Es estupendo comprender el efecto de los abusos sexuales y, un día, al salir de la prisión provincial y estar encerrado con los presos, recogiendo y entregando máquinas de escribir para ellos —curiosa distracción—, quedarme a punto de dar un volantazo para estamparme contra el primer camión. No quería hacer daño a nadie más así que aceleré y puse los cinco sentidos en permanecer en la carretera mientras aquella vieja furgoneta rugía de angustia.

¿Que yo me tomo todo a la tremenda? Puede.

¿Soy un débil mental? Claro.

¿Todas tenemos conversaciones así a lo largo de la vida? Seguro.

¿Que una cosa es recordarlo todo y otra removerlo? También.

Por eso os compartiré un par de sucesos en manos de Helena H., psicóloga en la Asociación de Ayuda a las Víctimas de Abusos Sexuales. Contaba con Manuela como directora y una abogada para las denuncias. Me aceptaron, a pesar de no ser mujer.

Un día, aún desconozco el motivo, me preguntó:

—Seguro que tú, si te cruzas por la calle con una mujer bonita, piensas: «A esa me la fxllaba yo».

Puse cara de estupor y respondí:

—Pero... ¿por qué dices eso de mí? ¡Qué asco!

Me pidió mil disculpas, etc. Pero ahí no queda la cosa.

Otro día, como me gusta llegar pronto, Helena no estaba aún en el piso de la asociación. Solo Manuela, en su despacho a un lado de la entrada, y yo, en la salita de espera al otro. Llegó a voz en grito, dirigiéndose a la directora:

—¿Sabes lo del niño y el abuelo? Pues que pillaron al abuelo dando por c. al nieto.

—¡SSSSHHHHH!

Manuela la mandó callar. Cerró la puerta del despacho y al rato salió sin dar explicaciones, como si nada hubiera ocurrido.

Poco tiempo después me invitó a dejar de ir, si a mí me parecía bien, con derecho a regresar. Y me pareció bien, pero no regresé, excepto para expresar gratitud, a pesar de todo.

Probado queda que ni todos los hombres son malos —aunque la mayoría sí— ni ellas todas buenas. El capítulo de «simpatía psico-psiquiátrica» queda abierto.

Si tuviera que contar algo sobre mujeres pasando ciertos límites conmigo, podría mencionar una mujer que solicitó mis servicios a domicilio, en torno al icónico año 2000.

Fue en mi primer trabajo. Iba a muchas casas entonces a poner equipos informáticos, pero la empresa comprobó que cuando yo volcaba mis conocimientos y emociones vendiendo, nadie en toda la ciudad lo hacía mejor. Pasé la mayor parte del tiempo como comercial y le contaba a la gente cosas que no entendía pero sí eran conscientes de que aquello era bueno y, sobre todo, verdadero.

Me acostumbré a estar en tienda y me fastidiaba tener que salir. Y esa mujer no tan mala, a la que su marido engañaba según mi jefe —y no era un jefe cotilla— con más de una, pidió asistencia técnica a domicilio. Envié al compañero, que acuñó ese «En tu otra vida fuiste mariposa» y volvió sin éxito técnico con una advertencia: «Quiere que vayas tú ahora, pero cuidado, que esa es una tigresa». La conocía y me parecía peligrosa. Fiel a mi costumbre de no valorar por medio de terceros acudí; no tenía otra opción.

Llegué a su chalé y me dijo que disponía de una o dos horas, pues tenía que recoger luego a los niños. Su marido en la empresa, ella sola en casa. Subimos al trastero donde estaba el PC con problemas. Después de revisar todo, no encontraba nada raro. De pronto me puso una mano en la pierna, junto a la ingle. Pegué tal salto que casi me parto la crisma con el techo abovedado. Me pidió disculpas, etc.

Mucha gente toca brazos, manos, hombros, etc. A mi hija le partí la nariz de un codazo por tan solo tocarme las costillas mientras me afeitaba. No soy la persona más recomendable para sorpresas, y no puedo decir que aquella mujer guardase parentesco con los tigres por tan poca cosa.

Al hilo de eso mismo, de la mano en la ingle, puedo relatar otro suceso, este algo más intenso.

En el mismo lugar de trabajo me pidieron otra vez ir a revisar un PC con problemas. Lo habitual. ¿Los ordenadores de ahora dan menos guerra o hay más conocimiento? No estoy seguro. Pero esta era la casa de una pareja unos 15 años mayor que yo.

La mujer había decidido montar un SPA en un local, hipotecando su casa para conseguirlo, en contra de mi recomendación y un serio pesimismo sobre el lugar y nuestra ciudad. A mi pesar, porque a ella le tenía aprecio, pasó mis recomendaciones y razonamientos por su amplio y algo arrugado arco del triunfo.

Mujer de carácter, psicóloga retirada, había sacado toda su familia adelante, a pesar de las secuelas de una grave intoxicación, muy sonada en la época. El SPA no sería reto suficiente y lo dejó muy bien montado. Yo colaboré en la parte informática y ella me agradecía el trato.

Cuando llegué a su casa, él, aficionado a trenes, me llevó al PC y me explicó el problema, que tampoco existía. Como no pasaba nada, dije que me iba, pero quiso retenerme:

—Espera, que te voy a enseñar unas fotos. Abre esa carpeta.

Yo al mando del ratón, él a mi izquierda. Ella en pie. Fotos de trenes.

—¿Qué te parecen? ¡Vaya máquinas! Son hermosas, ¿a que sí?

—A mí los trenes me dan asco. Las vías huelen muy mal. Pero es estupendo para ti, por lo visto.

Hice ademán de levantarme pero me cogió por el brazo. En ese momento me apetecía ponerle el teclado de sombrero en trozos pequeños.

—Espera, hombre, abre esa otra carpeta, ya verás.

Agobiado, me sentó, y ella aprovechó para marcharse. Eran fotos de mujeres desnudas, descargadas de internet y clasificadas por contenidos. No entendía el cambio.

Mi cuerpo, sin embargo, había reaccionado entre la parálisis y lo fisiológicamente inesperado.

—¡Vaya máquinas! ¿Eh?, ¡no dirás que estas no son máquinas hermosas!

—No son máquinas, son mujeres desnudas, espatarradas...

Quise levantarme de nuevo pero esta vez su mano, firme sobre mi muslo, de nuevo en el mismo lugar, y esta vez no hubo brinco.

Mantenía su mano apretando y extendía algún dedo hasta localizar lo buscado. ¿Qué señales envié para equivocarle... mi cuerpo traidor? ¿La rigidez, los ojos como platos... la falta de respuesta no basta?

Yo pensaba que estaba a salvo de este tipo de cosas. Que ningún hombre volvería a tocarme por ahí sin sufrir una agresión mía. Sobrevaloré mis anotaciones imaginarias y las realidades impusieron su norma.

—Y ahora abre esa otra, esa, esa de ahí. —Abrí la carpeta. Eran fotos, ya no de modelos, sino de una mujer de cierta edad, con los pechos caídos, con tripa grande, en la ducha, sin el rostro. No cabía duda de que era su pareja.

—¿Qué te parecen estas?

Ahora sí. Ahora me salen todos los improperios, todas las agresividades e incluso las respuestas racionales. En esos momentos no. A pesar de todo, contesté:

—Son fotos de una mujer en la ducha, mayor. Y no son fotos de internet, por el nombre de los archivos.

A ese descuido que supuse doloroso reaccionó con una sonrisa tan asquerosa como su olor.

Pegó un último restregón de mano antes de permitirme salir.

Pasados unos días, en la tienda, me invitaron a ir gratis al SPA. Eso me apetecía. Me dijeron que podía ir un viernes, cuando no trabajan y estaría solo. Y él que podía hacer desnudo el circuito pero, al ver mi reacción, ella añadió:

—También puedes llevar el bañador.

Me recomendaron masaje de piernas pero pedí de espalda. Él insistió en piernas, «todo el día de pie, atendiendo», pero ella aceptó espalda.

Acudo con el bañador. Me ducho. Última oferta para hacer el circuito desnudo:

—He criado siete hijos, lo tengo todo superado; pero como decidas. Te espero fuera.Salgo con el bañador. Paso por la sala de vahos, la sauna, la piscina de hidromasaje, el camino de piedras, la manguera de riego... pero rechazo la ducha fría. Paso a la sala de masaje. Olor agradable, musiqueta, luces suaves. Me da una toalla y un tanga de papel minúsculo. Dice que no tiene de caballero y espera fuera.

Me seco a gran velocidad temiendo que pase sin avisar. Me pongo aquello como puedo y me tumbo sin más. Y se asoma:

—¿Todo bien? ¡Uy, si ya estás echado!

El masaje fue bien. Al día siguiente dolor como sentiría un pulpo al que golpearon para ablandarlo. ¿Que pasó las manos más allá del final de la espalda, por aquí y por allá? Sí. ¿Que mi cuerpo reaccionó y ella me levantaba por las caderas? Sí. Hay más, pero no consigo narrarlo sin perderme en algo que no sé si entiendo del todo. No hubo más de lo que hubo, y eso ya es bastante.

Al salir, ella de puertas adentro, yo de puertas afuera, acercó mucho su cara a la mía. Me retiré asustado y me dijo:

—Has sido un buen chico, gracias.

Otra vez el buen chico.

En mis habituales rebobinados y análisis de sucesos eróticos inexplicables, años después, como digo, recordé que ella tenía muchísimas dioptrías, no veía, ni llevaba las gafas. Supongo que solo quería ver mi cara.

Sé que cierto capítulo de lo contado no lleva título pero ya tengo el índice de este libro y, cuando lo imprima, lo llevaré a quemar con la misma lógica de sus historias, suponiendo el FIN algún día.

Lo que voy a contar... ya terminé de contarlo.

Narraría ahora los casos de chicos buenos pero, ruego disculpas: no los recuerdo.


Llegamos al final de este resumen. Si a alguien le extrañó encontrar incierto humor, dudoso humor, imágenes poco apropiadas a estas historias... les invito a ver un pequeño clip de la película Joker.

He sido de esos que hacen caras a los bebés de otras personas. A mi, por suerte, me advirtieron que parecía un degenerado y una persona pervertida así que, pude ahorrarme la risa-llanto. Pero Arthur...