No quejarse ni lamentarse puede manifestar la ausencia de dolor y sufrimiento, o la contención de palabras más que el mutismo absoluto. Un rostro que no cambia ni se baña en lágrimas hace suponer un bienestar llano, una forma de ser o una simple etapa favorable.
A veces, la realidad más descarnada y lacerante se oculta bajo el silencio, favoreciendo esa completa ceguera que le facilita la vida a su entorno.
¿Es la violación motivo suficiente para el dolor? ¿Lo es el abuso sexual en la infancia, siendo lejano y hasta confuso? ¿O lo será, quizá, una infancia o juventud de aislamiento y persecución, golpes e insultos? ¿Son asuntos para enterrar hondo y olvidarse?
Algunos animales entierran el alimento para después, cuando la necesidad estruje el estómago agudizando los sentidos. Muchas personas tratan de sepultar sus heridas en la memoria, ignorando que es un todo, que nada se separa del resto de cuanto allí está fielmente grabado. Cada nueva imagen, olor, sonido, sabor, roce o palabra será capaz de desvanecer en segundos el refugio de cualquier recuerdo oculto. Cuando menos, nos obligará a volver allí, reconstruirlo, echar más tierra, más alcohol, más mierda.
La tía de mi esposa, pasados los 100 años y consciente de que su cuerpo era incapaz de continuar, dijo un día:
—La vida se me ha hecho corta.
¿Cómo puede ser que la vida resulte insoportable siendo aún joven —cuando faltan tantas experiencias—, o que las ya vividas basten para desbordar cada recoveco de la mente hasta asfixiarla?
Puede ser. Porque el engaño es capaz de fracturar la inocencia, tanto como el desengaño de triturar una nueva esperanza mientras tratas de recuperarte. Puede ser porque lo único que no te decepciona es la soledad cuando necesitas tanta ayuda. Porque todos los golpes que continuarás recibiendo con puntualidad caerán sobre el hematoma invisible del alma. Para dirigirte hacia tu esquina del ring y que no te levantes otra vez con ganas de pelear. Para amordazar tu voz cuando por fin la encuentras, y no haya nadie que quiera escuchar. Porque nadie quiere escuchar.
No quejarse; callar. A veces, la falta de actitud, su cambio, la permanencia en zona negativa, los mil errores y silencios sin fin, los llantos inexplicables, las pésimas notas en los exámenes, la apatía por todo —incluidas las ilusiones de antes—, los despidos en el trabajo, las largas estancias en Babia… no son señales suficientes. Tener ojos no acompaña de manera intrínseca la facultad de apreciar el paisaje. Distinguir el sufrimiento de alguien puede ser motivo de huida, de ceguera. Incluso de mofa. Saberlo es como poner otra grapa más en los labios. Suponerlo es sellarlos para siempre.
Te preguntas: ¿quién va a creerme? ¡A mí! ¡A ese ser que vaga por la casa como un espíritu perdido y que de pronto encuentras observándote, inexpresivo, desde la puerta! ¡A alguien que no se preocupa por sus escasas amistades! ¿Quién puede creer a alguien que no se comporta como las personas normales, como los chicos y chicas de su edad, sino desde esa detestable adultez viciada de amargura?
Ahí están los ancianos, en la residencia. Mientras espero para entregar su pedido, los veo dispersos por toda la planta baja —enorme—, rodeada por televisores silenciados de 52″, entre maceteros de 1 × 1 metro y algún sofá o asiento múltiple. Una mujer trata de abrirse paso con el andador, empujando a los que están en silla de ruedas. La mayoría, solos; algunos, rodeados de familiares aburridos, mientras una enfermera lee su glucómetro como una abeja sobrevuela entre malvas y amapolas.
Ahí están todos, sumando milenios de experiencias exhaustas, en fila india hacia el secreto y hermoso almacén de los libros olvidados.
Me digo, convencido:
«Cuantos más dientes nos faltan, más años de vida nos sobran».
Y, a continuación, me pregunto:
«¿Dónde quedaron todas esas criaturas que un día fuimos? Tan hermosas e inocentes… tan humanas, sanas, frescas…?»
La rutina sirve para anticiparlo todo. Una de aquellas noches infantiles de verano, en casa de mi tía, compartía habitación con un primo cercano a los 18. En medio de la oscuridad, mientras escuchaba la remota señal de radio estadounidense de turno, me explicó, al tiempo que trataba de secar su abundante acné con alcohol, cuán duro resultaba su trabajo en una fábrica de zapatillas: coger las alpargatas y sujetarlas con una goma elástica, meterlas en una caja. Esa era toda su tarea. Para él, un trabajo duro repetir la misma secuencia hasta el infinito. Para mí, por entonces, una delicia imaginarme máquina. Siempre me fascinó ser una. Hacer perfectamente la misma tarea. Ahora sé que está bien, pero no todos los días de tu vida.
Necesito mi rutina, aunque sea la peor del mundo, porque no sé cómo hacer funcionar otra. Todas las noches vuelvo a ella antes de dormir. Imagino sucesos tremendos con otras personas, ficciones imposibles en el marco de lo cotidiano. El día entero escapando de todas las personas me lleva a relacionarme con ellas, por la noche, sobre una inconcebible balsa de acechantes amenazas. Y me duermo pronto. Quizá por lo soporífero que resulta ser el perpetuo protagonista de tus propias películas. Acaso por la tranquilidad que me suscita fantasear pesadillas de la misma forma desde hace tantos años, sin que sucedan peores cosas. Porque nada en la vida real podrá superar esa maldad que supongo de las personas. Y porque nada ha cambiado desde que, siendo niño, dejé de ser héroe, tripulante de naves espaciales y de hermosas historias, para transformarme en un ser abyecto, una tumoración maligna que devora su propio ser.
Así, cuando llega la mañana, algunos días, la dedicatoria de mi primer pensamiento sigue siendo, sin dramatismo, para la muerte. Pero tampoco es tan extraño.
Aun así, amo a casi todos los animales, a las plantas, a las rocas, a los cielos despejados de la noche y al calor del sol por la mañana; al agua más que a mi sangre. Y aprecio una pizca de cariño en las poquitas personas que, de alguna manera, me importan.
Feliz día de Reyes Magos. Que ustedes lo hayan disfrutado.