Es extraño.
Se supone que viajar es alimento p'al espíritu y la mente.
Entre los borrones de mis viajes, con 8 ó 10 años, no lo sé, mientras íbamos a Irún, están las gotas en el vidrio del coche, el gris del lluvioso atardecer o la maneta de la ventanilla del 124.
Me pedía el lado de la puerta. Podía pasarme horas viendo en un punto
indeterminado cómo bajaba, por efecto de la gravedad, el cable de Telefónica
para luego subír rápido ante la llegada de otro poste. Tan hipnótico como el
pisar del tren entre las vías. Siempre fui obsesivo, tan hipersensible fuera
de lo común como impávido más aún, repetitivo, complicado, sombrío,
testarudo, intra iracundo, extra silencioso, capaz de resistirlo todo o la
nada y capaz de colmar la paciencia de cualquiera cuyos nervios no
estuvieran a prueba de bombas.
Tratando de que nadie lo notase cogía entre el índice y el pulgar el
saliente de la maneta. Si el coche giraba a la derecha, yo giraba la maneta
hacia mi. Si a la izquierda en sentido opuesto. No creo necesario explicarlo
pero, para quien no lo entienda, igual que si cogías el volante y lo ponías
en la puerta. Eso cuando desaparecía el cable telefónico. No me extrañaría
haber perdido baba en aquellos telares. Casi me meo ahora mismo del
nostálgico abandono que siento con tan solo recordarlo.
El motor del 124 se escuchaba sin esfuerzo pero yo lo imitaba
acompañando mi conducción y eso resultaba insoportable para los demás a
pesar de mis esfuerzos por hacerlo bajito. Las vibraciones me masajeaban
el cerebro. Tras balancear su paupérrima naturaleza fónica y sónica contra las evidentes ventajas del murmullo
proveniente de tan armoniosa como infante garganta supuse que no podrían percibirlo.
Viajar hubiera sido solo tristeza o penuria de no ser mis soluciones
magistrales. No entendía porqué mi padre movía a derecha e izquierda el
volante circulando por una recta. El día que me subieron a un cochecito de
mi tamaño, con volante real y pedales, mi padre no necesitó ir detrás mío
como hacían los demás papis. Pedaleé a toda pastilla moviendo convulsivo el
volante a derecha e izquierda. Mi padre voceaba "haz esto o lo otro",
gritaba desesperao ... pero ni caso. El circuito era bajar, vuelta de
180 grados y subir. Fin. Lo completé el primero en una exhalación. Mi padre
se disgustó porque eso no era disfrutar. No pude montar una segunda vez. No
me ofrecieron. "¿Porque movías el volante así?" Le miré a la cabeza y no
contesté. Bufó un "¡ BAH !" con sabor a porquería humana, a culo
cagao.
¿ En serio ? ¿ Estás de putabroma ? ¡ ¡ ES LO QUE HACÍAS TUUUUUUUUUUUUU ,
joder ! ! Te hubieras reído conmigo, me hubieras hecho un elogio por llegar
el primero ... lo complicado era arruinarme el mejor día de mi corta
estúpida vida. Y ... ¿ tampoco notaron cuánto disfruté ?
Pero íbamos pa' Irún. Mi padre tenía facilidad para cabrearse rayando lo
neurasténico (eso le llamó mi hermana) pero además, en los años de los
asesinatos de ETA, proponía soluciones estrambóticas: pedía encerrarlos en
el país vasco rodeándolos con un muro (visionario), llevar allí al ejército
y poner tanques por doquier o si rascabas un poco ... masacrarlos a todos. ¿
Ne-tan-ya-hu ?
Aunque muchas voces lo aseguraban y/o auguraban, no salí maricón. Pero
quién sabe. Me encantaban las pinturas de uñas; envidio las pinturas de uñas
todavía. Me iban los juegos de niñas igual que los demás juegos ¿No es
normal querer jugar a lo que sea? Pero cogí miedo, respeto ... ¿asco? a los
seres con sexo masculino del mundo. De esa guisa quedó el camino no
solo bloqueado sino alterado para siempre. Esto ya lo saben, perdón.
"¡ Mirad, la fábrica de Elgorriaga !" decía mi father. Ese paisaje de
naves industriales siempre cubiertas de nubes lloronas me deprimía.
Comentaban con emoción la de industria que había y tal. No entendía su
asombro.
"Rain, rain, go awayThis is mother's washing dayCome again another day"
Fue lo primero que aprendí en el colegio, ya en 5º de E.G.B. y sucedió por
primera vez con ilusión y ganas de aprender. No por el profe, Miguel,
contador profesional de historias personales, sino por los símbolos
preciosos de la pronunciación figurada y el nuevo extraño idioma que sin
embargo sonaba tan familiar.
Quizá fuese lo único bueno que aprendí, algo de inglés. Nunca me gustó el
francés ni el sentido de hacerlo. Creo que es mejor un buen helado de leche
merengada ... oggg que asco de comparación.
A veces creo con arrebatada sinceridad haber nacido en Maine. Por decir un
sitio. O en West Virginia por decir otro mientras escucho a Olivia Newton
John cantando "Country Roads". Soñando entre árboles separados por asfalto
con raya amarilla al medio. Tan de los EE.UU. era ella como yo.
Volviendo al viaje, a estas alturas ya en Irún, las cosas no cambiaron
demasiado. En Mendelu el olor era también asqueroso a yo no sé qué,
abundaban insectos asesinos dotados de infectas jeringuillas, camas de
altura descomunal, sobrenatural, inconcebible. Desbordamientos de la regata
de Zubimuxu que inundaban la casa de mi abuela ... negrura en todas las
paredes ... los techos todos como cumbres alejadas de suelos en madera.
Escaleras de madera, portal, descansillo común con barandilla y todo de
madera. Excepto la cocina. La cocina de cocinar era de hierro pero ... se
calentaba quemando madera. Noooo ... carbón vegetal o mineral
supongo.
Mis abuelos no tenían bañera. Dedúzcase pues que mi madre se lavaba en un
barreño. Sin calor. En cambio tenían retrete propio y no necesitaban ir
corriendo al exterior con la voluble y común necesidad de vaciar la vejiga o
los intestinos.
Pero Mendelu, barrio ahora tan nombrado en Hondarribia, tenía una cosa
buena. Si te asomabas a la ventana veías la calle y, cuando hacía sol, el
verde que traía tanta agua de lluvia era hermoso. Salías por la puerta de
casa y estabas en la calle pisando tierra, sintiendo nuevas sensaciones. Un
placer que me cuesta mucho aceptar de antemano ya desde chiquito. Me niego a
todo viaje, a todo cambio o novedad pero ... luego reconozco en ocasiones
alguna de sus ventajas.

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