Después morirá el planeta gigante donde pasó todo esto” Tabaquería,
Pessoa
He muerto.
No ha habido túneles de luz ni voces llamándome desde ninguna parte.
Tampoco un instante solemne que separase claramente una cosa de la otra.
Ha sido más vulgar. Más silencioso.
Un momento estaba respirando, pensando quizá en alguna estupidez
cotidiana, y al siguiente me encontraba aquí, de pie junto a la cama,
observando mi propio cuerpo tendido bajo una sábana arrugada.
Nadie me ve.
Nadie me oye.
La habitación continúa existiendo sin mí con una indiferencia
insoportable. Las persianas dejan entrar una luz pálida de final de tarde
y el polvo flota atravesándola lentamente, como si el tiempo hubiese
decidido moverse más despacio dentro de esta habitación.
He intentado hablar. Al principio pronuncié mi nombre. Después el suyo.
Más tarde cualquier palabra absurda, solo para comprobar si todavía poseía
una voz. Pero el silencio se tragó todo.
¿Puede sentirme alguien?
En realidad… ¿qué importa?
Y sin embargo importa.
Porque sigo conservando esa curiosidad que me caracterizaba. Esa
necesidad enfermiza de entenderlo todo incluso cuando ya no sirve de nada
comprender. Y si todavía siento curiosidad, entonces debe quedar algo
humano en mí. Algo que no terminó de apagarse junto al cuerpo inmóvil que
descansa sobre la cama.
Me importa saber en qué momento ella decidió deshacerse de mí.
No hablo exactamente del instante físico. No del gesto concreto ni de las
manos ni del método. Hablo del momento anterior. El verdadero. El
definitivo.
Ese lugar invisible donde alguien deja de amarte y empieza a imaginar la
vida sin ti como un alivio.
Quizá ocurrió semanas atrás, mientras yo hablaba de cualquier tontería y
ella fingía escucharme. Quizá sucedió una mañana cualquiera, observándome
dormir. Tal vez fue gradual, como se pudren las paredes húmedas por
dentro, sin que nadie perciba el daño hasta que aparece la primera
grieta.
Ella sigue aquí.
Se mueve despacio por la habitación evitando mirar demasiado hacia la
cama. Tiene el rostro agotado, pero no llora. Eso me desconcierta más que
mi propia muerte.
Pensé que la odiaría al comprender lo ocurrido. Pero no siento odio. Solo
una tristeza espesa, cansada, como si incluso las emociones hubieran
perdido fuerza al abandonar el cuerpo.
La observo caminar de un lado a otro recogiendo objetos. Dobla ropa. Abre
cajones. Se detiene a ratos, inmóvil, sosteniendo algo entre las manos
mientras su mirada parece hundirse muy lejos de esta habitación.
Y entonces sucede.
Mientras permanezco absorto en mis pensamientos noto algo extraño. Algo
diminuto. Una sensación imposible.
Los flecos de su chal rozan mi brazo al pasar junto a mí.
Se me eriza la piel.
—¿Qué piel?— pienso inmediatamente.
Pero lo he sentido.
Ella se detiene.
Muy despacio gira la cabeza hacia el lugar exacto donde me encuentro.
No puede verme. Lo sé. Y aun así permanece quieta durante unos segundos
interminables, con esa expresión incierta de quien percibe una presencia o
recuerda algo terrible.
Por primera vez desde que he muerto, tengo miedo de moverme.
Quizá todavía hay algo que me une a este mundo.
O quizá no soy yo quien no consigue marcharse.
Quizá es ella quien todavía no termina de dejarme ir.
Aún me queda un poco de pelo para hacerme una coleta.
Seamos sinceras: no hay cosa más aburrida que escuchar los males ajenos.
Yo les cuento a los especialistas que me salieron manchas rojas hace meses; que, si mi cuerpo se iluminase con cada dolor, sería un árbol de Navidad humano: cada articulación, la espalda, los brazos, la columna y los intensos calambres nocturnos.
Todo se convierte en dolor: empujar el carro del lavaplatos, sujetar el cepillo de dientes, apagar la luz empujando el interruptor con miedo anticipado, usando el brazo. No hay escapatoria.
Pero ellos siguen empeñados en buscar los males en la mente, porque no ven nada relevante.
Ahora hay tristeza. Una tristeza difícil de masticar, con sabor a nostalgia y con interrogantes dispersos en busca del cartelito donde el muñeco corre y dice “EXIT”. Han brotado recuerdos angostos de medio siglo atrás, heridas que, lejos de haber sanado y cicatrizado, siguen segregando pus maloliente y, de pronto, todo parece señalarme.
¿Quién, sino yo, puede ser culpable de mi historia?
Siento la soledad en el cuerpo. Una distancia difícil de explicar, como si la piel quisiera mudarse a la piel más cercana, recordando también aquello que añora.
He buscado algo de calor, egoísta contacto íntimo de medio minuto o de la mitad de un cuarto de hora, en caricias que resultaron resbaladizas y fueron recibidas con desazón e incordio. Fallidas de nuevo, vuelven a mi interior devastadoras, convertidas en vergüenza, en rechazo hacia el mensajero, el ser equivocado de otras ocasiones.
Entonces se liberan de sus cadenas los pensamientos duros, los quebrantaalmas. Los que resuelven todo esto apuntando su dedo contra este autor. El que, desde el origen, salvado de aquel aborto fallido y prohibido de los años 60, vio la luz siendo una persona fallida y aborrecida.
Las palabras que escuché de niño —los insultos, los golpes, el desprecio— eran, en el fondo, una realidad insuperable.
Pero también una mini consciencia, un angelito —un querubín, aunque suene moñas— empieza a observar todo esto con cierta distancia. Reconoce que esos pensamientos no venían en el ADN, sino que se colaron en él a través de una historia larguísima de dolor y confusión, por no haber sido cuidado como necesitaba.
Hoy me siento solo. Profundamente solo. Como si este camino de tierra hubiera sido conquistado por el bosque a fuerza de falta de pisadas; sin albergues para el descanso, sin vistas, sin paisajes, pero ofreciendo miradas constantes al ayer.
Pienso en quedarme en casa, esconderme del mundo, dejar que el agua de la ducha arrastre, aunque solo sea por un momento, esta sensación de suciedad interna.
Aun así, la vida sigue con su rutina: preparar cuatro cosas en la casa, ordenar otras cuatro, cumplir con lo esperado. Esperar su llegada, intentar que todo esté en su sitio. Hacer lo correcto, o al menos intentarlo.
Pero incluso en lo cotidiano aparece el error, el pequeño fallo que confirma esa idea persistente: “siempre hago algo mal”.
Las horas pasan entre gestos repetidos: paseos de perro, tareas insidiosas, silencios a ambos lados del móvil. Conversaciones de audífono perdido, de “yo hablo de esto” y “tú entiendes aquello”. Presencias paralelas con direcciones opuestas, con distancias incrementales, divergentes a ratos.
En medio de todo eso, la pieza del puzle no encaja ni con martillo de goma: vengo del puzle de 5000 piezas y busco mi hueco en uno de 500.
A veces mi vuelo es tan raso que percibo el olor a pies y, si me elevo, no veo cuándo parar; y, cuando me doy cuenta, los pies parecen pertenecer a hormigas bípedas. Los demás nunca quieren estar a mi altura o, para ser modesto, quizá soy yo quien no sabe estar a la suya.
También soy guerrillero en otras peleas: las calorías, los impulsos de conteo y la fragilidad ante comentarios pequeños atraviesan sus lanzas con fuerza. Y el cuerpo, que duele. Un dolor constante que desgasta y resulta insoportable. Me pongo rabioso con solo verlo llegar.
Imagino otra realidad donde todo es más sencillo, pero… ¿cómo la alcanzo? Dependo, no sé sostenerme solo; nunca aprendí del todo. Demasiado aislamiento interno, demasiado dejado a mi libre juicio. Un juicio sin juez, abogado ni fiscal, en el que la condena está garantizada.
¡EH!, que aquí estoy. Confundido, herido, cansado… pero todavía intentando entender qué me pasa. Tratando de separar lo que soy de todo lo que me hicieron creer que era.
O quizá sea todo tan sencillo como cortarme la coleta.
Cuando Marino era pequeño, se colaba entre las madres y las miraba
ensimismado pintar las uñas, cuidando los bordes, deslizando los pinceles.
Luego estiraban los dedos hasta secarse. Brillaban con colores vibrantes y bonitos.
—¡Cuidado, a ver si la tiras, trae!
Solo le permitían coger aquellos preciosos frasquitos cuando les ponían el
tapón con pincel. El olor era embriagador y, acostumbrado a marearse con el
vino para que los mayores se rieran, podía aficionarse al pintauñas con
facilidad. La acetona, los algodones, aquellas limas de ris-ras, por
un lado menos, por el otro más…
Todo, de uso común, formaba
parte del set de manicura: los cortauñas, las pinzas para los
pelillos del bigote, tijeritas y accesorios para las cutículas…
«Cutículas» se podía pronunciar sin más, pero Marino alargaba la ese, giraba la cabecita y lo repetía en voz alta. Cutículas.
—Espejo, espejito, ¿quién es más lindo que Marinín? —decía una.
—Marinena —decía la del otro lado.
—Va a volver locas a las nenas —insistía la primera—. ¡Guapín!, míralo.
Hay que ver lo precioso que es este chiquillo. Si no pusiera esa cara de
enfado…
—¿Verdad que te gusta, cariño? ¿Quieres que te las pinte? Trae la manita
—le decía aquella con amabilidad.
—Anda, ve a jugar con tus coches —le dijo su madre después del primer
dedo.
—No quiero —respondió, apretando el morro.
—Pues deja de andar metiendo la nariz en los frascos, que al final vuelcas
alguno. Toma, mira el «Hola».
—Sí, tú dale salseo, que…
Marino quería uñas rojas o rosas. Ese color le resultaba muy hermoso, pero
prefería el azul para todo, sin motivo conocido. Y sabía que «Marinena» significaba lo mismo que cuando los chicos de clase le decían «mariquita», así que la oferta de pintarse todas era falsa. Pero al menos
una uña tenía, bien bonita, aunque quedaba un poco escasa para la
farándula.
La
revista, de febrero del 70 aunque ya era 1971, amarilleaba y olía a antiguo pero traía en su portada a
Marisa Mell con el pelo a colorines. O eso pensaba él, que estuvo
mirándolo un rato, más alineado con ella que sorprendido.
—Las niñas pueden ponerse colores —pensaba confundiendo la actriz de la portada con las hermanas y las mamás que tenía delante.
Repasó con el dedo pintado aquel plumaje. Aquellos ojos y labios
lucían y hablaban sin decir ni mú. Aprendía a reconocer la belleza en lo
femenino, pero enseguida buscó la sección de humor, su parte
favorita.
Las madres, a buen seguro, miraban de reojo al nene con una sonrisita que
su madre quería ignorar y su padre corregir nada más asomar:
—Hijo, enséñales tu «título de hombre».
Y Marino se bajaba el pantalón corto y la ropita de debajo. Las
visitas reían igual que por beber vino. Él no asociaba aquello con
nada todavía.
Como criatura de siete años que era, no entendía cómo alguien podía decir
«lenteja», «radio» o «marica» para insultar. Para eso estaban «tonto»,
«idiota», «bobo».
Sabía que decían «marica» a niños que hablaban
como niñas, que hacían gestos de niñas o jugaban a cosas de niñas, y no
encontraba cuál era el problema.
—¿Por qué me llaman marica? Si las niñas no son maricas.
No era tanto «ser» como «parecer», pero sí. Sí que lo hacía. Jugaba con
sus hermanas, hablaba como ellas, se movía como ellas e incluso hacía
poses un tanto así, de forma inconsciente. Y debía hacerlo. Debía imitar y
aprender.
Entonces puso el dedo pintado en los labios mientras miraba su uña en el
espejo.
Y una de ellas preguntó:
—¿Qué tal te va en el cole? —y su madre se anticipaba.
—Mal. Es un vago. Este año, como el anterior. Suspende todo
menos religión. El único de su clase que suspende todo —él abrió los ojos
con miedo.
—Uy, pues parece listo. Qué raro, ¿no?
—Normal, no presta atención. Su padre dice que «es más vago que la
chaqueta de un guardia». No atiende en clase, me dice el profesor, ni hace
los deberes, ni va con los otros. Como el fútbol no le gusta…
—Hija, cuando salen así… yo los míos porque estoy encima, si no…
—Claro, tú tienes dos, pero cuatro es otra historia. No tengo tiempo. Ni
ganas. Que si la tienda, que si los niños, que la casa… Además, él es así.
En párvulos también. Se iba a otra mesa solo y no quería nada con los
demás.
—Pues es extraño. A todos los niños les encanta…
—A este no. Mírale, ya se va. Como has sacado el asunto del colegio…
Exacto. Oír hablar del colegio le dolía tanto como esas palabras: «vago»,
«raro», «extraño», «marica» o «especial».
En su casa, donde Marino pasó tantísimo tiempo sin estudiar a lo largo de
su vida, podía recrearse en muchos asuntos. Por ejemplo, creando mundos
alternativos donde todas las personas salían iguales de serie en una
máquina. Los pintó en tamaño hormiga en una cartulina y, realmente,
aquello parecía un hormiguero humano, con escaleras, centros sanitarios,
colegios, piscinas… y discurrían por todas partes en fila india, como las
hormigas.
También dedicaba tiempo a observar a su hermanito mayor: un héroe, fuerte, valiente, listo… y poco recomendable como compañía para aprender.
Su querido Bro manejaba los cinco elementos con tanta destreza como peligro suponían sus enseñanzas: el fuego, el agua, la madera, la tierra y
el metal.
Deberían ver a aquel muchacho, tan diferente a él, hacha en mano, fabricando lanzallamas, pólvora de azufre o dominando las aguas.
Las imitaciones del pequeño casi terminan en incendio, en asfixia por el humo de azufre o en ahogamiento en el río, con rescate in extremis.
Su hermano tenía cómics de Superman, con
destrucciones masivas, y él, preciosos cuentos de hadas con moraleja.
A Marino no le importaba ser marica, pero no quería insultos, así que
probaba, de entre las cosas de héroes, las que estaban a su alcance.
Descartaba lanzarse desde una roca porque no se veía pingüino; subir a los
árboles, pues no se veía pantera; ni ciclista, futbolista u otra cosa que
terminase en «ista», aparte de artista. En realidad, todo lo que requería
de ese físico potente y esa mente sin miedos que los héroes derrochaban le
producía temblores.
A veces le acompañaba a jugar a las vías del tren para explorar los
efectos de su paso sobre algún objeto. Otra ocasión, petardos en mano,
mientras corrían detrás de niñas que huían despavoridas, Marino seguía a
su hermano hasta que, de pronto, ¡ñiiiiiic!¡skrrrrrt!, un
coche frenó a escasos centímetros de él. Conmocionado, tiró los petardos y
se volvió a casa mientras su hermano se alejaba gritando:
—¡JARRRLgggg, jajaaajjjj, no corráis! —aterrorizando a las nenas. Y él pensaba: —Casi me pilla el coche, como a Meme —su hermana mayor.
A sus hermanas, el cole femenino les quedaba alejado e iban solas,
cruzando la calzada, hasta que un 600 de SEAT no hizo suficiente
¡ñiiiiiic! y poco ¡skrrrrrt!. La lanzó por los aires partiéndole la
pierna. Su mamá tampoco tenía tiempo para acompañarlas.
Pero en cuarto de EGB llegó Guillermo, primer y último amigo con pluma,
por el poder de un profesor benefactor que se jugó la excomunión de
colegios religiosos al promover esta amistad. Cogió a Guille y le acercó
hasta Marino, en su habitual columna de autoexclusión en hora de recreo,
diciendo:
—Hala, jugad juntos, que los dos sois bastante raritos.
Juntas. Sí. Juntas hacían una pareja de amistad adorable. Iban a ver los
patos, reían, comían los bocadillos de paté que su madre preparaba… y
Marino hacía lo imposible por decir:
—Qué ricos.
Solo duró un 4º de EGB, porque tuvo que quedarse en ese curso el
siguiente año y a Guillermo le recomendaron buscar amigos nuevos y no
volvió siquiera a saludarle.
Llegó la nueva «hornada» de niños, un poco más pequeños, y había
aprendido cómo encontrar su hueco: solo había que buscar en la sección de
raritos.
Así pasaba este niño los días de clase. En vacaciones le enviaban «de
prestado» con sus tías y tíos, como la falsa moneda, sin que nadie hiciera
intención de quedársela.
Con los primos no había mucho que hacer por diferencia de edad. Se metía
en las cocinas de las tías a olisquear. Y todo lo miraba atentamente: cada
recoveco y elemento de aquellas casas, indiscreto, cotilla, olerón.
En uno de sus viajes de niño prestado, se repartieron a Marino entre los
«tíos americanos» y la tía de la juguetería, que hacía sus delicias.
Le entusiasmaba la cocina de su tía, con trituradora en el
fregadero y otras cosas que nunca había visto. A esa tía, que de americana
tenía lo mismo que su madre de hindú, le iba mucho hacerse la fina con el
coro. Su marido, cura sacrificado con apellido vasco de pura raza, tiraba
más al piano. Bueno, era organista, pero en casa no tenían sitio para un
órgano de catedral, con todos aquellos tubos.
La familia existía durante la comida. Luego, ¡puff!, solo olía a al hollín, como las brujas de sus cuentos al desvanecerse. Les observaba con atención y, aunque
no entendía el inglés masticado con el que discutían entre sí y del cual
solo salían para decirle «cómete eso» o «¿quieres más?», sabía que una
persona siempre salía perdiendo: su tía. No le servía impostar la voz: no
conseguía sincronizar su sintonía con aquel huraño escapado de un
convento. Entonces ella hacía
sniff con la nariz y volvía a
la cocina, qué remedio, acompañada de un pequeño sobrino.
Los primos pasaban del renacuajo y a su prima, por ser mujer,
le asignaron quedarse en casa a su cuidado. Él, diez u once años; ella,
veinte o veintiuno.
En aquella enorme vivienda, con tres cuartos de baño, un salón gigantesco y amplias habitaciones, le habían asignado el aseo más feo y compartía dormitorio con Peter, que se pasaba las noches pescando locuciones remotas de los Estados Unidos y combatiendo el supurante acné de su rostro.
Aunque a Marino le encantaba bañarse, esa no era su
casa y el baño asignado le daba asco. Así que el fino olfato de ella la impulsó a
bañarle: —Ya verás, luego te voy a lavar la cabeza como nunca te la han lavado. Te
dará impresión, porque mezclo agua fría, pero es muy bueno para el
pelo.
Para Marino, acostumbrado a poner cerrojo, a sus excesivos rituales
higiénicos y a intentar verse en el espejo con un cuerpo diferente, la presencia de su prima se le
antojaba… digamos, el área 51. Y esta vez nadie percibió su rechazo
interno. Nadie dijo: «A este niño le pasa algo».
Pero… ¿sería otro engaño como el de su hermano?
¿Otro juego de los que se hacen quitando la ropa?
¿Las chicas también jugaban a eso?
La pequeña esperanza de que, siendo una chica, quizá fuese diferente no
impidió que, nada más entrar en el cuarto de baño, empezase a desconectar,
a esperar y obedecer todos sus comandos.
Y fue diferente. Le bañó, le secó y luego le lavó el pelo. La desconexión
no le dejó percibir ni el agua helada. Solo quedó el recuerdo de recibir la
muda limpia, de vestirse con el calor de una ayuda innecesaria o el peinado
suave que se da a un bebé.
Aunque no pudiese acudir a ello cuando fuese necesario, aunque la garra
del temor y la anticipación lo atenazase para siempre, en la
tranquilidad de su aislamiento, en su solitaria e incesante introspección, nunca olvidaría aquellos mimos, aquel atisbo de confianza.
“En lo más oscuro del invierno aprendí por fin que dentro de mí hay un
verano invencible.”
—
Albert Camus
Amiga, te dedico estas palabras tuyas.
Espero que te remuevan y te sientas en ellas y que, en estos 13 años,
hayas encontrado la magia entre los ángeles de la guarda y la suerte tenga
llena su cesta.
Os quiero a los dos, siempre desde un querer lejano, casi pretencioso por
aspirar a más de lo que me es debido.
17-ENERO-2013
Hace tiempo que no escudriño en los rincones de mi alma… eso, si es que
tengo alma. Siento que ya no puedo sostener los mundos felices que he
creado para otros. Todo me pesa, y no porque me arrepienta de nada, sino
porque creí que sería capaz de más y ahora descubro que no… que no
tanto.
No me autoflagelo ni me castigo emocionalmente, pero necesito
desahogarme. Necesito gritar que no puedo más. Y, al mismo tiempo, me doy
cuenta de que, de algún modo, sí voy pudiendo, a pesar del dolor que dejan
ciertas sacudidas; sobre todo cuando vienen de quien menos deseas que
vengan.
Entonces comprendo que se me escapan muchas cosas, que por más que lo
intente, apenas puedo hacer nada con determinadas personas. Y muchas veces
ni siquiera es por lo que me duele a mí, sino por cómo todo termina
salpicando a quienes quiero.
Un día escribí sobre lo útil que era tener una burbuja en la que
evadirse, pero hay momentos en que la burbuja se pincha: entra lo malo y
se escapa lo poco bueno que había.
He querido abarcar más de lo que puedo. He intentado mantener al margen
de los problemas a quien, cómodamente, se aprovechó de ello. Y luego
descubro que eso hace que muchas cosas se vuelvan contra mí: contra lo que
me gustaría sentir y contra lo que, al final, termino sintiendo.
Mi lado oscuro me susurra y me desanima; mi lado luminoso se rebela; y el
lado neutro me apaga. A veces me gustaría permanecer apagada durante mucho
tiempo, despertar en otra época donde, pasara lo que pasara, nada
dependiera de mí.
No me sirve empezar de cero —cometería los mismos errores—, pero no me
importaría seguir adelante de otra manera.
Sé que, con todo y a pesar de todo, soy una privilegiada. Quizá sea casi
un pecado quejarme, pero me quejo de lo anodino, de lo neutro, de no poder
rebelarme contra ciertas personas y sus actos, por distintos motivos. Y
eso repercute en mi ánimo, en la forma en que afronto las cosas.
Pero no puedo —ni debo— culpar a nadie. Todo es cosa mía. Este es mi
grito ahogado, y no quiero que me anule por completo.
No tengo demasiadas ganas de escribir ni de hablar, porque temo
transmitir mis miedos, mi desgana, mi desidia, mi hartura… Mis ánimos me
suenan huecos, vacíos, falsos, y sé que no es así, que yo no soy así. Lo
sé porque, aunque a veces mienta, nunca lo he hecho en eso: nunca he sido
deshonesta con mis emociones. Me parece algo demasiado serio. Por eso,
cuando no quiero decir algo, prefiero callar; y cuando lo digo, es porque
lo siento de verdad.
Me daré un tiempo. Un tiempo para que, en el boceto de mi vida y en la de
quienes la habitan, haya la menor cantidad posible de grises; para que, si
tenemos que dar rodeos en lugar de avanzar en línea recta hacia lo que
deseamos, no acabemos mareados, sino aprendiendo a disfrutar del
paisaje.
Quizá, porque no quiero nada para mí, he querido demasiado para otros. Y
hay veces en que la magia no aparece, en que los ángeles de la guarda
descansan y la suerte se ha ido de pesca a otros lugares.
El zorro, no uno específico. La especie entera. No entiendo por qué no
toma una sola y se la lleva. Al parecer, el alboroto, el instinto de
supervivencia de las pobres gallinitas, provoca el instinto predador hasta
que todo se queda tranquilo, estilo muerte.
Si alguna de esas plumíferas, alguna gallina sin instinto, se hubiera
quedado inmóvil en una esquina, quizá seguiría viva.
No se puede culpar al animal; todos comprendemos que, como el lobo
—especie—, atiende a un instinto.
Tu hijo no quiso matar a un zorro y dejar su cadáver por los alrededores
para advertir al siguiente. Pero durante algún tiempo repartió esos huevos
tan naturales con tus hijas. Pusiste difícil atenderlas: allá, lejos de la
casa, apartado el corral, al otro lado del regato, junto al huerto.
Cuánto trabajo llevan esas labores. Pero tú no dabas trabajo que hacer si
podías encargarte solo. Preferías ir solo a tapar las gallinas, a cuidar
el huerto… y nosotros a disfrutarlo.
Aprovechábamos tu ausencia para robarte alguna lechuga y, de algún modo,
Remeterio —como te decía Toñito—, siempre nos pillabas. Vigilando a lo
lejos, observando detalles a ojo de halcón, conocedor del zorro y sus
comportamientos zorriles.
Tus cosas… una Bultaco, un casco con una banda blanca en el centro… hasta
que ella dijo que era un traste y hubo que quitarla. Pero la Beretta, esa
escopeta que nadie logró quitarte, siguió detrás de tu sillón favorito en
tu ausencia, hasta que la ley quiso reclamarla.
La casa ya se quejaba de soledades, de la repentina ausencia de Lucía y,
cuando también tuviste que abandonarla, no volvió a ser la de antes.
Los pasos de tu hijo también eran huecos, arrastrados por una vida de
servicio. Las noches perdieron el calor de aquellos ecos de familia
reunida, con los turnos para ir al baño y aquellos chorros cortados en
medio de la noche, a impulsos, que yo, pájaro de mal agüero, predije como
cáncer de próstata. El inicio del fin.
Le dije a tu hija:
—Tu padre está sufriendo mucho dolor y no dice nada. ¿Has visto cómo
suda?
—Sí. Solo tú y yo nos hemos fijado.
Tus cosas y tus métodos. La bota de vino por compañía del pastor que
fuiste. Dirigiste el rebaño del señorito mientras Lucía hacía lo que podía
con vuestro rebaño. La cafetera, ese campo de batalla entre nosotros a la
hora de usarla: por cambiar el filtro por uno de papel, por la cantidad de
café y agua, por esperar a la última gota… cuánto mimo y manía en tus
cosas.
Qué humildes viviendas, qué lujos de paisajes. Un pie fuera de casa y el
campo era vuestro jardín; por vecinos, los cantos rodados, las amapolas,
los robles, las doloncillas, las charcas…
¡Cómo no te iba a parecer duro el suelo de asfalto de la ciudad después
de una vida pisando tierra!
Casi lo mismo que un piso oscuro, de un edificio cualquiera, en mi calle
Arapiles.
Casi el mismo matarile que le disteis a mi esposa, en vuestra casa de
la ciudad, con solo 7 años. Con hermanas muy mayores. Sola. Sumando
todas las carencias: las del afecto, las del alimento y los demás
cuidados que se entregan con gusto a los hijos que se aman. Matarile suena hiperbólico considerando que se
sobrevive —no sin consecuencias— al abandono y la desnutrición. Pero no siempre.
¿Quién dijo que fueseis santos? Ninguna lo somos.
“Tengo mucho tiempo que no te veía”. Así dice nuestra vecina, de
República Dominicana, para enmarcar las ausencias.
Aquella noche sonó el teléfono fuera de hora.
La noche en que falleciste.
Mi esposa lo atendió. Lloró mucho tu pérdida, sin otro remedio que el
abrazo de nuestra hija.
Yo no pude reaccionar y ella nunca lo olvidará.
No tengo derecho a ser comprendido porque mi instinto sea bloquearme. Y el
aspecto será el de un animal insensible a tu pérdida.
Mi instinto, o la falta de ese instinto, me lleva a llorar por las
esquinas sin hacer ruido. Como esa gallina imaginaria. Nadie me vio caer
de pena sobre las duras escaleras del cementerio cuando enterraron a tu
esposa.
En mi egocéntrico modo de tener cariño, te convierto un poco en mi
persona; apartado y feliz con tus ovejas, aislando el gallinero de las
casas, cambiándote en tu pequeño cuarto de caldera y empeñado en usar la
misma ropa, las mismas botas.
No sé cuánto tiempo tendré sin verte pero, aunque sea infinito —si no le
damos crédito a la iglesia—, sí quiero que sepas que hubo un amor
inquebrantable en esta cáscara casi vacía. Si algún día os encontráis,
díselo a tu hija.
Y díselo así:
Que tuve amor por ti, por tu bigote o tus pantalones bajo el sobaco.
Por reñirme sin hacerme daño. Por enfadarte sin rencor. Por tus cosas
aunque fuesen pocas: por tus modos y esa resistencia sobrenatural al
dolor.
"Tenga paciencia con todo lo que no está resuelto en su corazón, y
trate de amar las preguntas." — Rainer Maria Rilke, Cartas a un joven poeta
Durante los cinco años siguientes, nuestro protagonista, además de repetir
curso, fue elegido por ese motivo para una amistad doble con chavales de su
clase. Chocaba con ellos en muchos aspectos, pero estaban de acuerdo en
buscar amigas. Se apoyaban en él para iniciar conversación con ellas; se
quedaban callados, sin habla.
En esos años tuvo diversas oportunidades para dar sus primeros pasos en el
amor. Todo fracasos, como en los estudios, repitiendo tres veces más. Le
proponían planes y ponía pegas a todos. Echó a perder incluso su amor
platónico por María Jesús cuando ella lo supo y le aceptó. Los amigos le presentaban chicos y
chicas pero él no quería con nadie.
Así llegaron a los veinte años. Sin saber bien cómo, ellos empezaron
relaciones con dos chicas. Estela era amiga de Belén, y Belén, la novia de
uno de ellos, Luis Carlos. El otro, Alonso, y su pareja —una chica que
conocieron en otro grupo— preferían salir solos.
Era un escenario que Marino nunca pudo imaginar, siendo ellos, en su
opinión, muy “cortados”. Pero él, no siendo vergonzoso, no tenía novia ni
amigo: solo le quedaban Belén, Luis Carlos y Estela. Aún no se había dado
cuenta de que era él quien tenía problemas; a tantos niveles y con tal
profundidad que no podía verlos.
Un día, mientras estaban en un pub, Estela le preguntó:
—¿Yo te gusto?—Sí, como amiga.—Podemos salir juntos, como algo más.—No.—Hala, ¿no te da cosa rechazarme?—¿Cosa? ¿Qué cosa?—Pues eso, cosa, no sé… ¿tú no dices “cosa”?—¿Quieres decir que si me da pena, sensación de tristeza?—Bah, da igual, si me vas a corregir las palabras… no sé.—Lo siento, no… en realidad me hace gracia que uses “cosa” para tantas
cosas.—era su manera de agradar—Oh, veo que también usas “cosa” cuando quieres.—Claro.
Miraron a Luis Carlos y Belén, que se pasaban el rato como queriéndose. Para
Marino eso era muy extraño. Los analizaba y no entendía. Parecían jugar:
Luis la reñía por mirar a uno que pasaba, bastante guapo y alto, con buen
tipo. Belén se reía, él la pellizcaba y hacía fuerza para producir dolor;
ella chillaba; se enfadaban, se contentaban y se besuqueaban, o… era Luis
quien miraba a alguna y entonces ella repetía la tontería.
Sabían que Marino los miraba casi sin pestañear y, cuando iban a regañarle
por eso, Estela se anticipaba:
—Oye, Marino, háblame, anda, que me aburro.—¿De qué quieres que hablemos? ¿De cine?—Bueno.—Pues… a ver, ¿qué películas te gustan?—Todas.—¿Todas? ¿Te da igual del oeste, de guerra, de amor, ciencia ficción,
policíacas…?—Sí, me divierto igual.—Ya. Y la música… ¿qué tipo de música te gusta?—Me gustan todas las canciones, no tengo preferencia.—Pero música clásica, por ejemplo, o flamenco, rock tipo Kiss o Queen,
rock progresivo tipo Alan Parsons, pop tipo Michael Jackson o Mecano,
electrónica estilo Depeche Mode…—Todo está bien, pero mejor las canciones españolas, que se entienda lo
que dicen. La clásica es un rollo, eso no es música.—¿Qué? Pero si así es como se desarrolló todo, es… imagina un pueblo en
el que no hay agua, luz ni ningún servicio.—Pobre gente.—Pues eso: llega la civilización y se desarrolla todo, y la música
clásica es como si la civilización llegase a la música que hacían con
panderos, tambores, flautas y cantantes, ¿no crees?—Ay… qué bien hablas. Sigue, que me entretiene mucho.—Entonces… ¿el flamenco te gusta?—Claro, una rumbita… siempre está bien, pa bailar en las fiestas.—Uf. Pues a mí no. Y no me gusta bailar ni las fiestas.—Bueno, pa gustos los colores.—Sí, pero no TODOS los colores.—Sigue hablando, anda.
Sabía que Estela lo miraba en plan “cosa”. Pensó que esa muletilla
equivaldría al verbo “pitufar”, versión sustantivos y adjetivos. Algo le
decía que ella quería más, pero con cada respuesta suya él quería menos.
—¿Y qué me dices de los libros? ¿Qué tipo de novela te gusta?—No sé, todas.—Pero… esto es como lo de la música: hay libros que son duros de
comprender, que hablan de temas complicados.—Pues esos no los leemos, ya está.—Claro, pero hay que saber, tratar de entender, aprender.—¿Pa qué, pa sufrir? No. Libro que no has de leer, ayuda a prender.—Por Dios…—sonrió—¿Te hago gracia?—Pues sí, eres tan… extensa en aficiones…—Ya es algo, que te rías conmigo además de hacerme entrevistas.—Claro que me río, pero no te hago entrevista. Es para…—Entonces, ¿un poco sí te gusto?—Eh… ya te lo dije, como amiga sí.
Aquel día toda la conversación fue de un estilo así. Él hablaba, ella oía.
Iba a decir “como quien se para ante el mar y escucha el romper de las
olas”, pero esto era más bien como quien oye el ruido de un coche que pasa
cerca.
Después, cuando las chicas se iban, su amigo trataba de alcahuetear para que
Estela y él salieran juntos, para cuando a ellos les apeteciese estar solos,
como Alonso. Trataba de convencerle de lo buena chica que era.
Otro día, nada más encontrarse con ellos tres —pues quedaban aparte— dijeron
que iban a casa de Estela. Sus padres habían ido al pueblo aquel fin de
semana. Por dentro sintió que eso tenía mala pinta, pero no quiso echar agua
a la fiesta: tan ilusionados estaban. Por algún motivo preferían engañarle,
como el resto de personas que lo conocían, para evitar ese “no” que llevaba
siempre en la lengua, listo para escupir.
Era una casa de planta baja en un barrio alto de altura y al revés de lo
demás. Un barrio súper obrero. Una casita de aspecto humilde. Entraron y,
directamente, desaparecieron los novios por una puerta. Ya conocían el
lugar. Así pues, se quedó con ella en una especie de pequeño patio interior,
con algunas ventanas de las habitaciones. El atardecer y la agradable
temperatura del verano invitaban a casi todo.
Estela se le acercó simpática, pero algo más que no supo intuir. Según la
IA, la palabra sería “juguetona”.
Estaban en pie. Ella preguntó:
—¿Has besado a una chica ya, con lengua?—No.—Pues si quieres, yo te enseño. Te va a gustar. ¿Quieres?—No.—¿Pero… por qué? Si da mucho gustito, no seas tonto.—Es que yo creo que tiene que haber amor.—Bueno, hombre, eso viene después. ¿No te gusto?
Odiaba repetirse. La miró una vez más: el pelo negro, liso, sobre los
hombros; los pómulos marcados, los coloretes, dientes, ceja… el cuerpo lo
tenía ya más que controlado. Los hombros parecían subir de más, pero en
conjunto le gustaba.
—Sí, eres guapa y muy sana. Te pareces a una manzana sonrosada.—¿Y eso? Vaya comparación…—Es que tus coloretes y la piel tan blanca me la recuerdan. Te veo y
pienso en esas manzanas.—Y… ¿te gustan mucho… las manzanas?
Estaba seguro de que, distraído con las manzanas, hubo gestos que no
percibió, sugerencias en la voz, en sus modos, en la inclinación de su
cabeza. Recordó que él inclinaba así la cabeza cuando se le metía agua
dentro del oído al bucear. Esa confusión le hacía sentirse dentro de un
traje de buzo en ocasiones. De esos buzos antiguos con tuberías y pesado
casco de 24 kilos, con gancho en lo más alto.
—Mucho. Que estén duras al morder, con sabor dulce, crujientes al
masticar y muy jugosas. Algunas manzanas están como blandas, terrosas
y…
Estela se acercó más.
—Pues está bien, si así te gusto más.—Me gustas como amiga.—Una buena amiga que puede enseñarte cosas buenas.—Ya… pero…—Ven.
Y le tomó por la cintura con cuidado para pegarse a él. Entonces la rechazó,
nervioso perdido, su cuerpo tenso y revuelto diciendo lo contrario, el
corazón palpitando, recordando la conversación del pub, a la vez que cierta
flojera recorría su cuerpo.
—Que no, es que…—Anda, Marino, no seas bobín. Si no hay nadie en casa. Belén y Luis lo
están pasando en grande. Mi cama está más polveá… estos, mi hermano y su
novia… y total, esto es un beso con lengua. No pasamos más allá de eso… si
no quieres.
Él compuso la escena. Imaginó una habitación con una cama con polvo. Imaginó
olores, intentando omitirlo todo para cruzar un umbral tan desconocido como
estudiado en fantasías.
—¿Vamos dentro… más tranquilos?—No hace falta, se está bien aquí.
Su cuerpo quería y se oponía a esas palabras:
“Señoría, objeción de la parte interesada: la moción de abstinencia de la
mente no cuenta con consentimiento de los órganos involucrados.”
—Pues no entiendo. Cualquier chico desearía aprender.—Pero yo creo que primero…—“Primero el amor”, lo pillo, y como amiga, ¿qué?—Eres muy maja.—Y te gusto… ¿físicamente?—Claro, ya te lo he dicho cuatro veces.—A ver si es verdá: ¿qué te gusta de mí?—Pues… tu cuerpo, tu forma de ser…—De mi cuerpo, ¿qué te gusta?—Las…—¿Estas?—Sí… también.—Anda, qué pillo. ¿Prefieres que empecemos por otro sitio? A lo mejor eso
te apetece más.—Menos aún.—¿Qué?—Que me apetece menos todavía si no hay amor.—Qué pesado con el amor.—Ya, si yo… o sea, me apetece, pero sé que si me pongo no querré parar y
querré más, y luego no quiero decirte que no te amo.—Ay, por Dios… mmm, pues nos vamos a aburrir hasta que ellos
terminen.—No sé, no sabía que veníamos a…—Ya, pero… tal como estamos, era aprovechar, y así nos conocíamos
mejor.—Sí, conoceríamos mejor los cuerpos.—Chico, no sé, dices cada cosa… como si fuéramos máquinas, y aquí hay
cariño. Tú me gustas mucho y te equivocas cerrándote en banda. Eres un
cabezón.—Me lo dicen mucho.—Normal que lo digan. En fin. Tú te lo pierdes.
Y se lo perdió. La sentencia fue:
“Se condena a la mente del acusado a sesiones de conciliación con el cuerpo,
incluyendo abrazos, sonrisas y, en caso de necesidad, besos guiados por el
comité de deseos.”
No es preciso explicar que el acusado se dio a la fuga y, por ende, quedó
más solo que un eco atrapado en paredes vacías; repasando los diálogos una y
otra vez, encerrado en sus propios mecanismos, aferrado a ideas que lo
consumían mientras el mundo seguía sin él, con el vacío que siempre lo
perseguía apretándole por dentro, cada vez más cerca, pesado e
inevitable.
A pesar de sus veinte años, presentía que jamás lo
iba a conseguir. Sin embargo, aquel día, aprendió que no podía seguir siendo
así. Con la siguiente chica lo intentaría de verdad y debería dejar que ella
decidiera sobre aquello tan importante, en modo y orden de su elección, con
aceptación, con humildad, reconociéndose perdedor de la ronda y procurando
esperar al destino sin anticiparlo.
Una chica con un alfiler que pincha tu burbuja
Eso es lo que recibes por todos tus problemas
Nunca volveré a enamorarme
Nunca volveré a enamorarme
¿Qué consigues al besar a una chica?
Suficientes gérmenes para que te dé neumonía
Y después de eso, nunca volverá a llamarte
Nunca volveré a enamorarme
Nunca volveré a enamorarme
No me digas de qué va todo esto
Porque yo estuve allí y me alegro de haber salido
Fuera de esas cadenas, esas cadenas que te atan
Por eso estoy aquí para recordártelo
¿Qué consigues cuando te enamoras?
Suficientes lágrimas para llenar un océano
Eso es lo que recibes por tu devoción
Nunca volveré a enamorarme
Nunca volveré a enamorarme
No me digas de qué va todo esto
Porque yo estuve allí y me alegro de haber salido
Fuera de esas cadenas, esas cadenas que te atan
Por eso estoy aquí para recordártelo
Vengo a recordártelo, vengo a recordártelo
¡Ah! Vengo a recordártelo
¿Qué consigues cuando te enamoras?
Solo mentiras, dolor y tristeza
Al menos hasta mañana
Nunca volveré a enamorarme
Nunca volveré a enamorarme
dos se meten en el mismo meteoro,
se hacen costumbre en la costura del sí,
y el sol, celoso, se queda sin palabra
mientras fermenta la mañana.
Yo, en medio, pongo un lugar:
lo mido, lo marco, lo aseguro,
lo coso con líneas torcidas.
Domingolandia:
una tierra de “sí, pero no”,
con estatuas cupidas, totalísimas,
como si el deseo tuviera uniforme.
Cree en el templo.
El mundo se sienta —mansito—
y no se te cae la nube encima.
Escucha el círculo:
da vueltas con disciplina.
Mira el triángulo:
te habla con tres bocas a la vez.
Todo se mezcla en un filo suave.
Y mírame esto:
la sensación ya no aclara,
no “dice”, no “explica”:
tiembla.
Y llora hacia adentro.
Y se hunde, gramando,
hasta el núcleo.
Traigo nuestra albura en cuartitos:
un cuadrado, una cuadra, un cuadro.
Y el mismo amor vuelve a ponerse el mismo traje,
y tú lo ves
como si fuera la primera vez.
No te puedo “desplegar” en otro sitio
sin que se me desordene el pozo.
Hago hélices con lo poco que tengo.
Cuento “cuántos” de ti caben en mí…
y siempre me da demasiados.
Bailes, fiestas inmortales:
yo no soy capaz de roer el sol
y luego llevarlo en un papel
sin que se me rompa la boca del tiempo.
Espinas por todas partes,
en el término, en el borde,
en cada día que se me clava.
Me gustaría decir:
“lo mismo, lo mismo”,
como si la cosa fuera simple,
como si la manzana obedeciera.
Pero Una no anda “en lo llano”:
anda en lo lando,
donde el suelo es palabra inventada.
A ratos el tiempo hace “quechero”:
suena raro,
y de pronto el pasado vuelve a empujar.
Todo, todo pasto:
y el pastor también era pasto.
Y yo, ¿qué soy?
Lo intento con vidrio pintado,
con alas hechas de papelitos.
Los nombres no nombran.
Los nombres se atascan.
Lo que entra se vuelve estatua por dentro.
Y entonces:
se sienta la curva,
resbala en mi lado,
y me supera la mente.
Me supera y me deja una disfranza:
una distancia con disfraz
que no sé quitarme.
Se vuelve confianza torcida:
un crónico, un incorrecto,
una máquina que opera
entre otros cuerpos.
Y sale la lista del cuerpo:
Arrastra.
Amasa.
Dificulta.
Llora.
Orina.
Sabe a sal.
Se cansa.
Se astilla.
Golea.
Cabecea contra un borde sin borde.
Y vuelve:
vuelve, vuelve,
poco a poco…
Se va desvaneciendo,
como si la luz se cansara,
como si el color dijera:
“hoy no”.
Y queda marchito.
Y aun así… queda.
El Shenandoah no llega como un río joven frente a la casa de Merry. Allí,
donde Virginia se vuelve más occidental, el río adquiría obligaciones de
adulto empujando con paciencia, lijando piedras, transportando hojas viejas
y juncos enfermos, sin estruendos. Aquella tarde, el agua repartía la luz en
cartas doradas desde su baraja superficial y por debajo... nunca se
sabría sin sumergirse en ella. Desde la orilla más cercana, la casa se diría
una caja de música por descubrir. Si llegabas a ella, pisabas el ñiqui,
ñiqui de porche y reverberabas el criegg en la puerta, siempre encontrabas o
la voluptuosidad aflautada de Dolly Parton, o los dúos de mamá Naomi Judd e
hija Winona cantándole al tractor John Deere. Quizá entre ventana y ventana
se colase algún Denver pidiendo volver a su tierra, al lugar donde
pertenece.
Merry Chainy se negaba a mirar el río con lágrima de despedida. Últimamente
lo observaba con la atención tranquila de quien ya agotó las últimas
preguntas, para quien ya sobran las explicaciones.
La mecedora protestó al recibir su peso. Allí cada objeto hablaba sin
tapujos. Ella se burló de ella, concéntricas pues, traduciendo el habitual
crujido en la clásica broma entre ambas. Tenía sesenta años; en las manos,
los nudillos marcados; en los hombros, una forma de cansancio mecida más
hacia fin de jornada que hacia cualquier otra cosa.
Dentro, la radio soltaba otra canción vieja de una emisora local. Muy
bajita. Nunca la subía demasiado al atardecer; decía que si la música te
grita, te tachunda o te bumba-retumba, acabas igual de vacío que sus
repetitivos tambores. Y ella no estaba dispuesta a perderse el sonido del
viento, del pico cantor o el run run del coche que perteneció a Philip
Morgan, a lo lejos, ahora en manos de su hijo.
En la mesita del porche había dos cosas: una taza con café aún caliente y
un sobre con el nombre de Sophie escrito despacio, letra fluida a lo Mary
Shelley, cada curva con una pizca de melancolía, cada trazo con la fortaleza
que siempre la acompañó.
Su hija Sophie vivía en Maine desde hacía años. Al principio habían sido
los estudios: un máster a medias con un trabajo, luego el otro máster,
después esa suma de días y micro dependencias que tratan de engrilletarte al
lugar. La distancia solo silenció al padre, locuaz en intenciones pero con
una lengua poco o nada parlante. Merry, al contrario, llamaba los domingos
por la tarde, siempre a la misma hora. Y si no podía contestar, o tardaba
más de lo común, entonces dejaba un mensaje que empezaba igual:
—Soy yo. Nada, estoy bien pero quería saber cómo estás.
Luego venía cualquier cosa: una nueva receta vegana, una ardilla que
frecuentaba el cubo de basura, un comentario sobre el último enredo
presidencial. Y al final, una propinilla materna:
—Te quiero. Llámame cuando puedas y comentamos. Besosss.
Ella guardaba aquellos audios como otros guardan cartas.
En Maine, esa misma semana, Sophie había apagado el portátil con rabia.
Llevaba días intentando escribir sin que le temblara la garganta. Sarah
había entrado en la cocina con un jersey viejo y el pelo alborotado, y le
había besado la nuca con la naturalidad de lo cotidiano.
—¿Otra vez nada? —preguntó sin reproche.
Ella negó, apoyando la frente en la encimera.
—Me da miedo… fijarla. Fijarla en palabras.
Sarah la rodeó por detrás. Ella respingó rápido, como animal herido, pero
aún así se dejó. Porque su pareja hacía del contacto un punto de referencia,
un anclaje y válvula para aliviar la presión:
—No la fijas —dijo ella—, por lo que leo... permites que fluya
contigo.
Ella se giró y la besó. Primero con urgencia y gratitud estilo “no me
sueltes ahora”. Y Sarah respondió sin prisa, como si supiera exactamente
dónde apretar y dónde aflojar para que volviera a respirar.
A veces el amor es eso: una persona que te devuelve al propio cuerpo.
Dos días después sonó el teléfono. Sophie vio “mami” y sus labios se
arquearon hacia arriba antes de contestar, como si pudiera adelantarse al
alivio.
—Soy yo —dijo Merry al otro lado—. Nada, quería saber cómo estás.
Ella sonrió. Sentía que aún podía hacerlo sin más.
Hablaron de nada importante, cuando todo lo es. De un vecino que iba a
vender sus herramientas. De que el río venía alto. De que estaba comiendo
bien (siendo mal la mentira piadosa). De que Sarah había conseguido entradas
para un concierto en Portland. Merry preguntó por ella con calidez, nada de
formalidad. La había querido desde la primera visita, cuando Sarah, sin
conocerla, se puso a lavar platos y a desenvolverse en la casa como si la
conociera mejor que su propia hija.
—Esa chica tiene buenas manos—comentó aquella vez—. Se nota.
Al despedirse, Merry respiró hondo. La hija notó un segundo raro, una pausa
más larga de lo normal.
—Qué te pasa, te noto algo cansada mami.—la hija única parece extender su
infancia desde pequeñas palabras, trucos entre madres e hijos únicos. Madres
únicas de hijos diversos. Lo mismo da.
—Un poco. Pero qué quieres, ya voy para una edad...
Ella apretó el móvil contra la oreja.
—Voy este mes. Hago lo posible por ir, ¿vale?.
—Nah, no te preocupes por mí —dijo Merry—. Ven si puedes. Y si no, me
mandas alguna fotuca, algún vídeo vuestro, que yo me hago la valiente si os
veo juntas y enamorás.
Ella cerró los ojos. Su pareja, que escuchaba desde el sofá, le hizo un
gesto: vamos.
La noche siguiente, el sobre ya estaba escrito. Merry lo miró un rato sin
abrirlo. Luego entró a la casa, caminó hasta la chimenea y se quedó frente
al óleo.
Era pequeño. Colores tensos. Una energía rara, la conversación entre
cervatillo y lobo a punto de saltar. Ella lo había comprado en una
liquidación por cinco dólares porque el cuadro tenía una cosa que ella
reconocía: un jolgorio de rayas y colores, un absurdo con un sentido que
transcendía los propios. Puede que tan solo pensando en que su hija lo
entendería mejor. Puede que solo por hacer un favor al hijo del vecino tras
fallecer su padre.
Pasó un dedo por el marco, no por el lienzo. Con ese cuidado maternal que
advierte de cuán poco cuesta romper algo.
En la mesa, empezó la carta.
Mi queridísima Sophie:
Si estás leyendo esto, significa que he hecho una de las mías: irme sin
avisar del todo.
No te voy a pedir que seas fuerte ni que olvides. A mí me dijeron esas
palabras como si fueran órdenes y ya no acepto órdenes. Te pido otra cosa:
que comas. Que duermas. Que dejes que te abracen. Que no conviertas el
amor en una prueba ni en un castigo que tú sola te impones.
Anda que... recuerdo la primera vez que te llevé a Maine. Eras una nena y
mirabas el mar como si le tuvieras miedo, y no solo por lo fría que estaba
el agua. Yo fingía valor, pero no por la extensión o las olas o la
temperatura sino por su profundidad. Luego encogiste las piernas y
rompiste a llorar con el cuajo que siempre tuviste. Sin embargo, la arena
fue tu amiga, un juguete y una compulsión más de las tuyas cuando hubo que
quitar hasta el último grano del último rincón de tu piel.
Quiero que recuerdes eso cuando el mundo se ponga pequeño. Que sepas que
con amor, sea de tu madre, sea de tu Sarah, todo se supera. Incluso si
todo lo pierdes, ¡siempre podrás sacar fuera ese cuajo tuyo!
Te dejo la casa. Tiene ruidos, ha visto muchas estaciones, ha tocado y
quemado muchos palos su chimenea y tirará bien si la cuidas. Como cada
persona de la que cuidamos, a veces sin darnos cuenta.
Te dejo mis libros. Bueno, y tus libros abandonados por falta de sitio.
Siempre los guardé para tus visitas, como los juguetes pequeños y tus
dibujos. Me hicieron compañía cuando no estabas y te añoraba. Y te dejo el
cuadro de la sala, a ver si tú descifras su jeroglífico y si te carga, o
te "ralla", como dicen ahora, no lo eches al fuego, que te conozco. Que
óleo suena a combustible del bueno, y no. Piensa que es una buena obra por
un buen vecino. Hay que cuidar de quienes nos rodean para no vernos solos
el día de mañana. Tu madre era filósofa, anda la leche.
Y quiero que cuides a Sarah. Ya sabes que me doy cuenta de todo, no como
tu padre, que podía verte rota y llorando que se quedaba más tieso que el
palo de la escoba.
La vi mirarte, cómo te miraba, cosa que en tu "papucho" jamás sentí,
dicho sea de paso. Porque no esté con nosotras no le vamos a hacer un
altar, ni me lo hagáis a mi, por Dios. Y supe en seguida que ella te
estaba queriendo bien. El amor bueno endereza y te hace mejor y mayor por
dentro. A esta poeta mayor le queda poca cuerda. Algo más que las
repeticiones se me pegaron de nuestro querido "papi".
Cuando te falte aire, ven al porche. Siéntate donde yo me sentaba. No
buscándome con tristeza sino con la alegría de aprender a
encontrarte.
Te quiero.
Mamá.
Sophie llegó desde Maine con el coche lleno de otros libros y ropa
perfectamente enrollada—como si las capas de cebolla que cubrían a su padre
la pudieran proteger a ella— y con Sarah al lado, conduciendo cuando Sophie
se quedaba muda. No se resistieron a escuchar a John Denver pidiéndole al
camino que las llevase a casa.
Pasaron por New Hampshire, Massachusetts, Connecticut, Nueva York, Nueva
Jersey, Pennsylvania y Maryland. Estados, estaciones y nubes. Al final, el
Shenandoah apareció como una línea de plata antigua entre árboles.
La casa olía a madera cansada y a suavizante. Ella dejó las llaves encima
de la mesa y se quedó parada en el centro del salón, sin saber qué hacer con
las manos. Su pareja no dijo nada; fue a ella, le apoyó la frente en la sien
y se quedaron así. Un minuto. Dos. Hasta que volvió al cuerpo.
—Estoy aquí —susurró Sarah.
Encontraron la carta donde Merry la dejó. Visible, sin teatro. Ella la leyó
en voz alta al principio, y a mitad se le quebró la voz. Sarah le sostuvo el
papel con una mano, y con la otra le acarició el hombro, lento, en un gesto
de compañía.
Cuando terminó solo hubo silencio. Solo la respiración de las dos en una
casa que ya no tenía a Merry y, aun así, seguía gritando su manera de
ordenar las cosas.
Más tarde, Sarah se quedó mirando el óleo. De lejos, primero. Luego se
acercó tanto que ella se extrañó.
—¿Qué? —preguntó Sophie, con ojos tristes.
Tardó en contestar. Ese silencio suyo era el de quien está comparando,
calculando, presintiendo.
—Mira esto—dijo al fin—, la forma de resolver el hombro. Y esta tensión
aquí… No es “bonito”. Es… seguro.
Ella resopló, medio riendo, sin ganas, medio llorando.
—Es un cuadro de cinco dólares. Es un favor vecinal. No muy corriente en mi
madre.
Sarah sacó el móvil, hizo una foto sin flash, amplió un detalle.
—No sé qué es —dijo—, pero no es cualquier cosa. Y este marco… Sophie, esto
está pintado a mano.
No dijeron “Picasso” en voz alta al principio. Era una palabra demasiado
grande para una casa tan chica.
Pero al día siguiente ella hizo lo que siempre hacía cuando algo le
importaba: no se emocionó; trabajó. Llamó a un colega. Escribió correos.
Pidió prudencia. Pidió citas.
Los días se llenaron de trámites y de una tensión rara, como si el duelo
hubiera encontrado un segundo carril: además de perderla, ahora esto.
La confirmación llegó sin música.
Auténtico.
La cifra no se dijo de golpe. Se dijo en partes, con pausas e incomodidad.
Ella miró el cuadro como se mira a un desconocido que, por algún motivo, te
acaba de salvar.
No fue felicidad. Fue otra cosa: una sensación seca y luminosa de
futuro.
—Lo sabía —murmuró ella, y no hablaba del pintor. Hablaba de Merry.
Porque Merry siempre había hecho eso: dejar algo listo sin que se notara.
Un billete doblado en un libro. Un ingreso en su cuenta si su hija echaba un
quejido en la oreja de su "mami". Un nombre de médico en un papelito. Una
vela olorosa encendida antes de que tú entraras.
Con el tiempo, ella y su pareja decidieron no venderlo de la manera más
rápida. Lo hicieron bien. Y lo que vino después fue dinero pero también con
decisiones, abogados, impuestos, papeles. La vida mostrando su afilada
dentadura.
Y, aun así, empezó a escribir.
No en Maine sino allí, frente al Shenandoah, en la mesa donde Merry había
escrito la carta. La otra le preparaba café, le ponía una manta en las
piernas, le dejaba espacio cuando ella se enfadaba con una frase.
Por las noches, abría el móvil y escuchaba audios antiguos de su madre. Ese
“Nada, estoy bien pero quería saber cómo estás.” se le metió en la sangre y
a veces era bálsamo y relax y otras cristalizaba clavándose en las
entrañas.
Un fin de semana subieron a Maine para cerrar asuntos del trabajo de ella y
pasaron por Bangor. Ella vio la casa victoriana roja detrás de la verja de
un tal Stephen King y pensó, con una claridad casi cómica, que escribir
siempre ha sido esto: una mesa, una vida apretada, y alguien —una amiga, una
madre, una esposa, una amante— que te empuja a seguir. O unas cuantas
sustancias a falta de todo eso o precisamente por todo ello.
Volvieron a la casa del río. Allí, el aire olía a leña y a canela del
obrador. Acompañada de cruasanes y rollos de canela, escribió capítulos
enteros sin llorar, y luego lloró por fin, sin plantear batallas.
Una tarde, ella encontró a la otra en el porche, hablando sola.
—¿Qué haces? —preguntó— ¿Se te ha ido la chaveta, mi niña? —y continuó
jocosa—Otro motivo más para quererte. Cuerda al ciento por ciento vales un
poco menos.
Ella sonrió, con los ojos rojos.
—Le cuento el día. Como siempre.
Sintió que se había salido de una curva por hacer una bobada pero se sentó
a su lado y le entrelazó los dedos.
—Cariño, entonces cuéntamelo también a mí.
Ella apoyó la cabeza en el hombro de Sarah. El río seguía trabajando ahí
abajo. Con paciencia, alisando las piedras, interminables las hojas muertas
y débiles los juncos.
Por momentos, la distancia entre Maine y Virginia Occidental dejó de ser un
trazo en el mapa. Fue solo lo mismo de siempre: caminos, tiempo... la vida
en movimiento.
—Mi madre estaría haciendo un chiste horrible ahora mismo, de esos
que mi padre repetía como un loro —dijo ella.
—Cuéntamelo—pidió Sarah—. Hazlo por ellos dos. O por vosotros tres. Podré
soportarlo.
Lo hizo. Y se rieron de verdad, algo que su padre tanto deseaba: ver reír a
los demás y reír sin haber entendido nada. Igual que quería llorar cuando no
acertaba a sentir el dolor en los demás. Pero esto era risa, ese tipo de
risa que pasa de valores vitales y moralinas, que no necesita ponerse de
rodillas ante ellos y le basta ser natural.
Y así, sin discursos, Merry siguió presente: en el porche, en el modo de
doblar una carta, en el amor que ella eligió, en la forma de volver a
respirar.