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lunes, 1 de junio de 2026

Marino con Poli y su hermana


Desde pequeño, a Marino le repetían lo mismo:

—Vaya cara más larga, ¿estás enfadado?

Y él nunca sabía qué responder a los amigos que sobrevinieron al repetir octavo. Tan pronto le decían "Marinado al encerado" como "cara huevo" pero si logró asumir la tontería fue a base de insistencia. 

Porque no estaba enfadado. Solo estaba pensando. Procesando cosas. Cuestionándolas por dentro mientras los demás iban a salto de mata. Como decía su abuela Rosamunda: quien en sí confía, yerra cada día.

Con aquellos chicos, las conversaciones se torcían por detalles absurdos. Un tono mal expresado. Una frase oculta en cuchilla de barbero. Una broma suspendida en el aire mientras ellos aterrizaban la siguiente.

Tampoco era novedad aquella sensación de estar con ellos para completar fases y protocolos en la vida. 

Por eso le sorprendió sentirse cómodo cuando empezó a quedar con Poli y sus amigas, al margen de ellos.

Ellas llenaban el silencio sin miedo. Él no escuchaba mejor pero oía más mientras descansaba su antifaz de corsario.

Ellas interpretaban miradas, gestos, intenciones ocultas.
A él no le preocupaba perder el hilo invisible de aquellas conclusiones mientras hacía equilibrios para no caer de la plancha en la goleta.

Pero, aun así, con ellas todo parecía más sencillo. Más tranquilo incluso, a pesar del eco que decía "Marinena con las nenas".

O eso pensaba él.


Cafetería Hollywood, una tarde cualquiera.

Marino espera junto a la puerta. Desde allí observa, a través del cristal, el ir y venir de los camareros, las mesas ocupadas y los clientes que entran y salen. Prefiere quedarse fuera. Le incomoda entrar solo y sentarse a esperar.

Mientras tanto, estudia las pequeñas irregularidades del pavimento y el reflejo de la gente en el escaparate al pasar por detrás.

Poli, que vive a escasos cien metros de allí, sale del portal.

Camina con calma, manoletinas negras, abrazándose la chaqueta contra el pecho. Parece moverse pidiendo perdón incluso cuando no hace nada malo. Legado de décadas en colegios de monjas.

Al verla acercarse, Marino empuja la puerta y ambos entran en el local.

El Hollywood huele a café reciente, a aseos perfumados con mal gusto, a suelo de fregona reposada en lejía y a madera vieja soñando con el día de San Juan para sacarse la humedad de las fibras.

Pocos minutos después, sentados junto a la ventana, Marino observa las hileras de burbujas en su refresco como quien estudia un fenómeno científico. Como cuando golpea con la cuchara el vaso del café con leche tras echarle azúcar y escucha cómo el sonido pasa de hueco y grave a más sólido y agudo.

—¿Llevabas mucho esperando? —pregunta Poli.

El aludido, sin pensar, deduce: «Restas a la hora actual la hora en que quedamos y sabes el tiempo que esperé». Pero responde:

—No. Estaba entretenido...

Es una verdad combinada con una mentira meliflua: gestionable sin complicación. Sin embargo, su ralentí inconsciente, en busca de algo más que decir, inserta unos puntos suspensivos que ella percibe como un «sí».

—Vaya... ¿y entretenido como ahora o es que le pasa algo a la Coca-Cola?

—Las burbujas suben siguiendo un camino, el de la burbuja anterior, así que las primeras fijan la ruta. Debe de ser algo relativo a los fluidos, a microcorrientes en el líquido, y también a que todas nacen de puntos del vaso con cascarrias pegadas y mal lavadas.

Poli entresonríe y pone cara de asco, sin saber si habla en serio.

—Qué cosas dices, mira que eres. Se le quitan a una las ganas de pedir nada.

Marino se encoge de hombros.

Silencio breve.

—Oye… tú estás siempre con el ordenador y ese rollo, ¿no?

—No siempre.

—¿Ah, no? Pues juraría que sueñas con programas y juegos de MSX, como mi futuro cuñado.

—Tu cuñado hace como que entiende, pero se le nota mucho que no. Que no es que yo lo sepa todo, pero procuro no inventar lo que no sé y, cuando vamos a las tiendas para lo de las cintas de juegos, se pone a hablar e imaginar cosas y yo pienso “madre mía, eso que ha dicho es una chorrada”, y espero que no me apunten a mí en la misma lista, porque los programas de ordenador que yo grabo los grabo desde el ordenador y no de cinta a cinta, que quedan peor. Pero para eso tengo que desproteger el cargador del programa, que suele ser un BLOAD, pero claro… tú no…

—Milagro histórico, has parado antes de los cinco minutos de monólogo.

Ella ríe sola, bajito. Luego lo mira con curiosidad.

—Entonces… ¿qué haces cuando no estás programando?

—Escribo.

—¿Escribes qué? ¿Más programas, los títulos de las cintas de juegos, números, listas de programas? —Guasa en saco roto.

—Sí, pero también hago dibujos a veces, grabo música o la escucho. O canto canciones. Otras veces leo libros insufribles, como La Regenta, diccionario en mano, para tratar de ser mejor escritor, porque pintar me estresa, no puedo corregir todo el rato. Y leo poemas y los escribo, pero es aún más difícil.

Poli parpadea.

—¿Poemas tú?

—Sí.

—No pega nada contigo, ¿vacilas?

—No, no tengo duda. ¿Por qué lo dices?—Poli omite los cortes de conexión en la conversación y procura mantener el hilo principal

—Porque tienes pinta de BIP-BIP, TIK-TIK en el teclado y esos ruidos.

Marino se queda pensando unos segundos.

—Los poemas también tienen estructuras, rimas, recuento de sílabas, sonidos que se repiten... a veces, solo con escuchar cómo suena un programa que voy a cargar, sé si fallará. Fallan a veces, y es un rollo porque tardan cuatro o seis minutos, algunos.

—Madre mía… poesía...

Poli se ríe, pero ahora con interés de verdad.

—A ver, tengo curiosidad… ¿te sabes alguna de las tuyas?

Marino coge una servilleta.

—Puedo escribirte una.

—¿Aquí?

—Claro.

—¿Ahora mismo?

Pero él ya está escribiendo, no tiene duda ni pausa. Quiere que la letra sea bella porque sabe que el contenido no puede ser perfecto, sublime.

Escribe, suelto, sin postureo ni tensión romántica o esa pausa teatral que sale en las películas.
Simplemente escribe.

Poli lo observa en silencio, cada vez más desconcertada. Como si estuviera ante el parto de una pluma estilográfica en una fábrica de cafeteras.

Marino termina y le pasa la servilleta.

—Toma.

Poli empieza a leer. Y deja de sonreír.

Sus ojos recorren las líneas despacio. Muy despacio. Con esa dificultad que el saco lagrimal impone subiendo por sus pupilas, haciendo borrones. O como el sofoco que le sube de la tripa al pecho.

Él aprovecha para repasar la cara de ella: el vello junto a las orejas, sus granos, los labios, un poco de caspa. Todo detalle es tenido en cuenta y valorado en nada importante porque, de su amiga, como del resto de la gente, lo importante está detrás.

Luego levanta la vista.

—Marino…

Él espera.

—Esto es… muy bonito.

—Gracias. —Le ha escrito cosas bonitas, incluyendo detalles que ella sabe y creía que los demás no.

Poli sigue mirándolo, pero ahora como si un pequeño puente la invitase a acercarse. No coquetea; presiente que no le serviría. Y lo mejor es que sea innecesario porque acaba de descubrir una puerta oculta en alguien que creía conocer. En alguien que ni siquiera se conoce. Que no sabe por qué actúa como actúa, por más que su obsesiva tenacidad le lleve a buscar respuestas válidas como una compulsión. Algo que jamás dejará de hacer.

—No pareces el tipo de persona que escribe cosas así.

—Esto lo hace cualquiera. Solo sientes, escribes y...

—Pues te equivocas mucho contigo mismo.

Marino no entiende exactamente qué significa eso.

Para él, la servilleta contiene frases aparentes que quieren forjar con intensidad reflejos de alguna novela o mini cuento en un sentimiento.

Pero algo ha cambiado en el ambiente.

Y él todavía no sabe el qué.




En el Birland, días más tarde

Más ruido. Más gente. Más vasos chocando que la vez anterior. Insoportable música de jazz que le saca de sus casillas.

Marino llega pronto, antes que puntual. Está sentado al fondo, intentando ignorar la sordina al final de la trompeta. Sabía que entrar era un error. No el porqué. En las películas sucedía sin más y quería imitarlo a contrapelo de su intuición. Lo pagaría con angustia, consumiéndole más rápido que él a su consumición.

Por suerte aparece Alba, huracán humano, también con retraso. Como hermana de Poli, las imagina unidas tipo imán. Cada una en un extremo.

Entra hablando, haciendo que la trompeta se trague la sordina antes incluso de llegar a la mesa.

—¡Bueno, bueno, bueno! ¡Aquí está el enigmático poeta!

Se deja caer en la silla frente a él.

—Hola —dice Marino.

—¡Madre mía, qué serio eres siempre! ¿Tú sabes sonreír o necesitas un accesorio para el MSX que llevas dentro?

—Creo que sí sonrío.

—Pues avisa cuando ocurra, porque me lo pierdo.

Alba se ríe con esa risa suya exagerada, escandalosa, contagiosa.
Luego cambia de tono de golpe y se inclina hacia delante con dramatismo.

—Tenemos que hablar.

Marino no contesta.

—Voy a ser directa.

—Ya lo eres normalmente.

—Correcto.

Alba señala la mesa como si estuviera interrogándolo. Él mira el punto que señala el dedo; el dedo doblado del que escapa la sangre como respuesta a la fuerza ejercida.

—Te gusta mi hermana.

Marino tarda un segundo.

—No.

—¡Marino, por favor! —Se tira hacia atrás y vuelca el cubo de servilletas con el gesto de los brazos.

—No me gusta.

—¡Pero si se nota muchísimo! A las mujeres ESO no se nos escapa.—Marino piensa en escaparse el pis.

—¿El qué?

—¡Ah! Ahora sí sonríes, pillo. Pues se nota en las miraditas a escondidas, en una servilleta que ahora está en un diario de amor, en las palabras románticas y... en el aura.

—No había aura. ¿Has buscado "aura" en el diccionario?

—¡A MÍ NO ME CAMBIES DE TEMA! —Palmetazo en la mesa, mirada bobalicona al techo, manos haciendo alitas de ángel bajo la barbilla antes de seguir, teatral como nadie—. ¡Había aura total!

Marino suspira despacio.

—Solo le escribí un poema, con cariño de amistad.

—Claro, claro… y el Titanic era una expedición marítima.

Ella sonríe, convencida de haber resuelto el misterio del siglo.

—Además, Poli está ilusionadísima. —“Ilusionadísima” suena monísimo en la mente del chico. ¡Cómo le gustaría decir eso tal cual!

Ella se levanta y se sienta pegada a él. Le coge una mano entre las suyas, junto al regazo; mano fría, incomodidad convertida en estatua de piedra. No sabe cómo liberarla. Tira un poco, ella la retiene. Siente el sudor, el adhesivo, la suavidad, la presión, la cercanía a mundos sin explorar, miedo e incluso “cosa” en forma de “coso”, que le sube desde muy abajo y trepa por la tripa hasta el pecho.

—No pretendía eso.

—Pues, hijo, lo has hecho. Te has dejado llevar por tus sentimientos. Aún no lo sabes, pero tu cuerpo habla antes que tú y tus poesías —se reclina hacia él con mirada indirecta— y es bueno. El amor llega así. Llevas años tras ella. Cuando venía Beatriz, la prima, y la tratabas siempre de maravilla, con mucha calidez. Eso no puedes negarlo.

—Que a tu hermana solo la veo como amiga.

Alba lo mira como quien escucha a un niño negar que se ha comido el chocolate con los berretes en la cara.

—Mira, Marino. No pasa nada. Eres tímido. Ella también. Todo muy adorable, bla, bla. Yo os ayudo y...

—Alba.

—¿Qué? No me interrumpas para cambiar de tema, que te parto los dedos. —Eso sí le hace gracia al hombrito, aunque en modo atracción-repulsión.

—De gustarme alguien…

Ella sonríe ampliamente.

—¡Ajá! ¡Lo sabía!

—…me gustas tú.

Silencio.

Silencio de ultra rumba.

El cerebro de Alba parece hacer un derrape interno. GRÑIEEEKKK.

—¿Yo? —Ahora sí, le devuelve la mano robada y retorna a su asiento.

—Sí. —Observa cómo la sangre vuelve a circular.

—¿A ti te gusto yo?

—Sí. —Sacude los dedos, se seca el sudor ajeno.

Alba abre la boca. La cierra. Vuelve a abrirla.

Por primera vez desde que Marino la conoce, se queda sin palabras. Y piensa: “Boquea como pez fuera del agua”.

—Pero… ¿yo? Esta broma no tiene gracia.

—Tú. Aunque lo preguntes tres veces. Que no significa que espere nada porque… bueno, tienes novio, ya está.

Alba suelta una carcajada nerviosa.

—Madre mía… pues sí que he leído mal la película.

—Fotonovela.

Ella se queda mirándolo unos segundos. Ya sin bromas.

Como si estuviera intentando recolocar todas las piezas.

—Pues no me esperaba esto ni de lejos... eh...

Marino se encoge de hombros.

—Yo soy soso. Tú salada, y tu hermana... es como yo.

Y, por primera vez en toda la noche, Alba se ríe flojito.

Termina el espectáculo en voz baja. Retorna la música. Ahora sí, hermosa y con mensaje de verdad, "Just the two of us" interpretada por Grover Washington Jr. con la voz de Bill Withers.


Con los años entendí que muchas personas viven convencidas de que todo el mundo habla el mismo idioma emocional.

Pero no es verdad.

Unas insinúan.
Otras interpretan.
Muchas rellenan silencios con teorías.

Y luego estamos las que creemos que las palabras significan exactamente lo que dicen.

Durante mucho tiempo pensé que el problema era mío.
Que había algo defectuoso en mi manera de relacionarme con las demás.

Porque yo hablaba claro… y, aun así, terminaban entendiendo otra cosa.

El tiempo te enseña algo curioso:

La mayoría de las personas no escucha solo lo que dices. Escucha también lo que imagina.

Poli veía sensibilidad donde yo veía simplemente escritura.
Alba veía una historia romántica donde yo solo veía una conversación normal.

Y quizá nadie estaba completamente equivocado.

Supongo que, al final, todas interpretamos a las demás usando nuestras propias películas internas.

La diferencia es consistente: o improvisas o necesitas el guion en papel.

Por eso me gusta escribir.

Porque en una página no hay gestos ocultos ni dobles sentidos involuntarios. O justo todo lo contrario, pero con la gran diferencia de que podemos volver, excavar entre frases para llegar a las raíces, porque las palabras permanecen quietas, exactas.

Si un personaje dice “te quiero”, no significa “quizá”, ni “a veces”, ni “depende del contexto”.

Significa eso.

Tal vez por eso aquella tarde se me quedó grabada.

No por el lío sentimental, la servilleta, una canción o la confesión inesperada, sino porque aprendí que muchas veces no vivimos la misma escena aunque compartamos la misma mesa.

domingo, 10 de mayo de 2026

Estoy muerto, el renacer

“Él morirá y yo moriré.
Estoy hoy lúcido, como si estuviese por morir.
Después morirá el planeta gigante donde pasó todo esto” Tabaquería, Pessoa

He muerto.

No ha habido túneles de luz ni voces llamándome desde ninguna parte. Tampoco un instante solemne que separase claramente una cosa de la otra. Ha sido más vulgar. Más silencioso.

Un momento estaba respirando, pensando quizá en alguna estupidez cotidiana, y al siguiente me encontraba aquí, de pie junto a la cama, observando mi propio cuerpo tendido bajo una sábana arrugada.

Nadie me ve.

Nadie me oye.

La habitación continúa existiendo sin mí con una indiferencia insoportable. Las persianas dejan entrar una luz pálida de final de tarde y el polvo flota atravesándola lentamente, como si el tiempo hubiese decidido moverse más despacio dentro de esta habitación.

He intentado hablar. Al principio pronuncié mi nombre. Después el suyo. Más tarde cualquier palabra absurda, solo para comprobar si todavía poseía una voz. Pero el silencio se tragó todo.

¿Puede sentirme alguien?

En realidad… ¿qué importa?

Y sin embargo importa.

Porque sigo conservando esa curiosidad que me caracterizaba. Esa necesidad enfermiza de entenderlo todo incluso cuando ya no sirve de nada comprender. Y si todavía siento curiosidad, entonces debe quedar algo humano en mí. Algo que no terminó de apagarse junto al cuerpo inmóvil que descansa sobre la cama.

Me importa saber en qué momento ella decidió deshacerse de mí.

No hablo exactamente del instante físico. No del gesto concreto ni de las manos ni del método. Hablo del momento anterior. El verdadero. El definitivo.

Ese lugar invisible donde alguien deja de amarte y empieza a imaginar la vida sin ti como un alivio.

Quizá ocurrió semanas atrás, mientras yo hablaba de cualquier tontería y ella fingía escucharme. Quizá sucedió una mañana cualquiera, observándome dormir. Tal vez fue gradual, como se pudren las paredes húmedas por dentro, sin que nadie perciba el daño hasta que aparece la primera grieta.

Ella sigue aquí.

Se mueve despacio por la habitación evitando mirar demasiado hacia la cama. Tiene el rostro agotado, pero no llora. Eso me desconcierta más que mi propia muerte.

Pensé que la odiaría al comprender lo ocurrido. Pero no siento odio. Solo una tristeza espesa, cansada, como si incluso las emociones hubieran perdido fuerza al abandonar el cuerpo.

La observo caminar de un lado a otro recogiendo objetos. Dobla ropa. Abre cajones. Se detiene a ratos, inmóvil, sosteniendo algo entre las manos mientras su mirada parece hundirse muy lejos de esta habitación.

Y entonces sucede.

Mientras permanezco absorto en mis pensamientos noto algo extraño. Algo diminuto. Una sensación imposible.

Los flecos de su chal rozan mi brazo al pasar junto a mí.

Se me eriza la piel.

—¿Qué piel?— pienso inmediatamente.

Pero lo he sentido.

Ella se detiene.

Muy despacio gira la cabeza hacia el lugar exacto donde me encuentro.

No puede verme. Lo sé. Y aun así permanece quieta durante unos segundos interminables, con esa expresión incierta de quien percibe una presencia o recuerda algo terrible.

Por primera vez desde que he muerto, tengo miedo de moverme.

Quizá todavía hay algo que me une a este mundo.

O quizá no soy yo quien no consigue marcharse.

Quizá es ella quien todavía no termina de dejarme ir.

viernes, 1 de mayo de 2026

La coleta del asceta

Aún me queda un poco de pelo para hacerme una coleta.

Seamos sinceras: no hay cosa más aburrida que escuchar los males ajenos.

Yo les cuento a los especialistas que me salieron manchas rojas hace meses; que, si mi cuerpo se iluminase con cada dolor, sería un árbol de Navidad humano: cada articulación, la espalda, los brazos, la columna y los intensos calambres nocturnos.

Todo se convierte en dolor: empujar el carro del lavaplatos, sujetar el cepillo de dientes, apagar la luz empujando el interruptor con miedo anticipado, usando el brazo. No hay escapatoria.

Pero ellos siguen empeñados en buscar los males en la mente, porque no ven nada relevante.

Ahora hay tristeza. Una tristeza difícil de masticar, con sabor a nostalgia y con interrogantes dispersos en busca del cartelito donde el muñeco corre y dice “EXIT”. Han brotado recuerdos angostos de medio siglo atrás, heridas que, lejos de haber sanado y cicatrizado, siguen segregando pus maloliente y, de pronto, todo parece señalarme.

¿Quién, sino yo, puede ser culpable de mi historia?

Siento la soledad en el cuerpo. Una distancia difícil de explicar, como si la piel quisiera mudarse a la piel más cercana, recordando también aquello que añora.

He buscado algo de calor, egoísta contacto íntimo de medio minuto o de la mitad de un cuarto de hora, en caricias que resultaron resbaladizas y fueron recibidas con desazón e incordio. Fallidas de nuevo, vuelven a mi interior devastadoras, convertidas en vergüenza, en rechazo hacia el mensajero, el ser equivocado de otras ocasiones.

Entonces se liberan de sus cadenas los pensamientos duros, los quebrantaalmas. Los que resuelven todo esto apuntando su dedo contra este autor. El que, desde el origen, salvado de aquel aborto fallido y prohibido de los años 60, vio la luz siendo una persona fallida y aborrecida.

Las palabras que escuché de niño —los insultos, los golpes, el desprecio— eran, en el fondo, una realidad insuperable.

Pero también una mini consciencia, un angelito —un querubín, aunque suene moñas— empieza a observar todo esto con cierta distancia. Reconoce que esos pensamientos no venían en el ADN, sino que se colaron en él a través de una historia larguísima de dolor y confusión, por no haber sido cuidado como necesitaba.

Hoy me siento solo. Profundamente solo. Como si este camino de tierra hubiera sido conquistado por el bosque a fuerza de falta de pisadas; sin albergues para el descanso, sin vistas, sin paisajes, pero ofreciendo miradas constantes al ayer.

Pienso en quedarme en casa, esconderme del mundo, dejar que el agua de la ducha arrastre, aunque solo sea por un momento, esta sensación de suciedad interna.

Aun así, la vida sigue con su rutina: preparar cuatro cosas en la casa, ordenar otras cuatro, cumplir con lo esperado. Esperar su llegada, intentar que todo esté en su sitio. Hacer lo correcto, o al menos intentarlo.

Pero incluso en lo cotidiano aparece el error, el pequeño fallo que confirma esa idea persistente: “siempre hago algo mal”.

Las horas pasan entre gestos repetidos: paseos de perro, tareas insidiosas, silencios a ambos lados del móvil. Conversaciones de audífono perdido, de “yo hablo de esto” y “tú entiendes aquello”. Presencias paralelas con direcciones opuestas, con distancias incrementales, divergentes a ratos.

En medio de todo eso, la pieza del puzle no encaja ni con martillo de goma: vengo del puzle de 5000 piezas y busco mi hueco en uno de 500.

A veces mi vuelo es tan raso que percibo el olor a pies y, si me elevo, no veo cuándo parar; y, cuando me doy cuenta, los pies parecen pertenecer a hormigas bípedas. Los demás nunca quieren estar a mi altura o, para ser modesto, quizá soy yo quien no sabe estar a la suya.

También soy guerrillero en otras peleas: las calorías, los impulsos de conteo y la fragilidad ante comentarios pequeños atraviesan sus lanzas con fuerza. Y el cuerpo, que duele. Un dolor constante que desgasta y resulta insoportable. Me pongo rabioso con solo verlo llegar.

Imagino otra realidad donde todo es más sencillo, pero… ¿cómo la alcanzo? Dependo, no sé sostenerme solo; nunca aprendí del todo. Demasiado aislamiento interno, demasiado dejado a mi libre juicio. Un juicio sin juez, abogado ni fiscal, en el que la condena está garantizada.

¡EH!, que aquí estoy. Confundido, herido, cansado… pero todavía intentando entender qué me pasa. Tratando de separar lo que soy de todo lo que me hicieron creer que era.

O quizá sea todo tan sencillo como cortarme la coleta.

La coleta de un asceta.

Vaya rima más estúpida.

viernes, 3 de abril de 2026

Marino prestado y aprendiz



Cuando Marino era pequeño, se colaba entre las madres y las miraba ensimismado pintar las uñas, cuidando los bordes, deslizando los pinceles. Luego estiraban los dedos hasta secarse. Brillaban con colores vibrantes y bonitos.

—¡Cuidado, a ver si la tiras, trae!

Solo le permitían coger aquellos preciosos frasquitos cuando les ponían el tapón con pincel. El olor era embriagador y, acostumbrado a marearse con el vino para que los mayores se rieran, podía aficionarse al pintauñas con facilidad. La acetona, los algodones, aquellas limas de ris-ras, por un lado menos, por el otro más…

Todo, de uso común, formaba parte del set de manicura: los cortauñas, las pinzas para los pelillos del bigote, tijeritas y accesorios para las cutículas…

«Cutículas» se podía pronunciar sin más, pero Marino alargaba la ese, giraba la cabecita y lo repetía en voz alta. Cutículas.

—Espejo, espejito, ¿quién es más lindo que Marinín? —decía una.
—Marinena —decía la del otro lado.
—Va a volver locas a las nenas —insistía la primera—. ¡Guapín!, míralo. Hay que ver lo precioso que es este chiquillo. Si no pusiera esa cara de enfado…
—¿Verdad que te gusta, cariño? ¿Quieres que te las pinte? Trae la manita —le decía aquella con amabilidad.
—Anda, ve a jugar con tus coches —le dijo su madre después del primer dedo.
—No quiero —respondió, apretando el morro.
—Pues deja de andar metiendo la nariz en los frascos, que al final vuelcas alguno. Toma, mira el «Hola».
—Sí, tú dale salseo, que…

Marino quería uñas rojas o rosas. Ese color le resultaba muy hermoso, pero prefería el azul para todo, sin motivo conocido. Y sabía que «Marinena» significaba lo mismo que cuando los chicos de clase le decían «mariquita», así que la oferta de pintarse todas era falsa. Pero al menos una uña tenía, bien bonita, aunque quedaba un poco escasa para la farándula.

La revista, de febrero del 70 aunque ya era 1971, amarilleaba y olía a antiguo pero traía en su portada a Marisa Mell con el pelo a colorines. O eso pensaba él, que estuvo mirándolo un rato, más alineado con ella que sorprendido.

—Las niñas pueden ponerse colores —pensaba confundiendo la actriz de la portada con las hermanas y las mamás que tenía delante.

Repasó con el dedo pintado aquel plumaje. Aquellos ojos y labios lucían y hablaban sin decir ni mú. Aprendía a reconocer la belleza en lo femenino, pero enseguida buscó la sección de humor, su parte favorita.

Las madres, a buen seguro, miraban de reojo al nene con una sonrisita que su madre quería ignorar y su padre corregir nada más asomar:

—Hijo, enséñales tu «título de hombre».

Y Marino se bajaba el pantalón corto y la ropita de debajo.  Las visitas reían igual que por beber vino. Él no asociaba aquello con nada todavía.

Como criatura de siete años que era, no entendía cómo alguien podía decir «lenteja», «radio» o «marica» para insultar. Para eso estaban «tonto», «idiota», «bobo».

Sabía que decían «marica» a niños que hablaban como niñas, que hacían gestos de niñas o jugaban a cosas de niñas, y no encontraba cuál era el problema.

—¿Por qué me llaman marica? Si las niñas no son maricas.

No era tanto «ser» como «parecer», pero sí. Sí que lo hacía. Jugaba con sus hermanas, hablaba como ellas, se movía como ellas e incluso hacía poses un tanto así, de forma inconsciente. Y debía hacerlo. Debía imitar y aprender.

Entonces puso el dedo pintado en los labios mientras miraba su uña en el espejo.

Y una de ellas preguntó:

—¿Qué tal te va en el cole? —y su madre se anticipaba.
—Mal. Es un vago. Este año, como el anterior. Suspende todo menos religión. El único de su clase que suspende todo —él abrió los ojos con miedo.
—Uy, pues parece listo. Qué raro, ¿no?
—Normal, no presta atención. Su padre dice que «es más vago que la chaqueta de un guardia». No atiende en clase, me dice el profesor, ni hace los deberes, ni va con los otros. Como el fútbol no le gusta…
—Hija, cuando salen así… yo los míos porque estoy encima, si no…
—Claro, tú tienes dos, pero cuatro es otra historia. No tengo tiempo. Ni ganas. Que si la tienda, que si los niños, que la casa… Además, él es así. En párvulos también. Se iba a otra mesa solo y no quería nada con los demás.
—Pues es extraño. A todos los niños les encanta…
—A este no. Mírale, ya se va. Como has sacado el asunto del colegio…

Exacto. Oír hablar del colegio le dolía tanto como esas palabras: «vago», «raro», «extraño», «marica» o «especial».

En su casa, donde Marino pasó tantísimo tiempo sin estudiar a lo largo de su vida, podía recrearse en muchos asuntos. Por ejemplo, creando mundos alternativos donde todas las personas salían iguales de serie en una máquina. Los pintó en tamaño hormiga en una cartulina y, realmente, aquello parecía un hormiguero humano, con escaleras, centros sanitarios, colegios, piscinas… y discurrían por todas partes en fila india, como las hormigas.

También dedicaba tiempo a observar a su hermanito mayor: un héroe, fuerte, valiente, listo… y poco recomendable como compañía para aprender.

Su querido Bro manejaba los cinco elementos con tanta destreza como peligro suponían sus enseñanzas: el fuego, el agua, la madera, la tierra y el metal.

Deberían ver a aquel muchacho, tan diferente a él, hacha en mano, fabricando lanzallamas, pólvora de azufre o dominando las aguas.

Las imitaciones del pequeño casi terminan en incendio, en asfixia por el humo de azufre o en ahogamiento en el río, con rescate in extremis.

Su hermano tenía cómics de Superman, con destrucciones masivas, y él, preciosos cuentos de hadas con moraleja.

A Marino no le importaba ser marica, pero no quería insultos, así que probaba, de entre las cosas de héroes, las que estaban a su alcance. Descartaba lanzarse desde una roca porque no se veía pingüino; subir a los árboles, pues no se veía pantera; ni ciclista, futbolista u otra cosa que terminase en «ista», aparte de artista. En realidad, todo lo que requería de ese físico potente y esa mente sin miedos que los héroes derrochaban le producía temblores.

A veces le acompañaba a jugar a las vías del tren para explorar los efectos de su paso sobre algún objeto. Otra ocasión, petardos en mano, mientras corrían detrás de niñas que huían despavoridas, Marino seguía a su hermano hasta que, de pronto, ¡ñiiiiiic! ¡skrrrrrt!, un coche frenó a escasos centímetros de él. Conmocionado, tiró los petardos y se volvió a casa mientras su hermano se alejaba gritando:

¡JARRRLgggg, jajaaajjjj, no corráis! —aterrorizando a las nenas. Y él pensaba:
—Casi me pilla el coche, como a Meme —su hermana mayor.

A sus hermanas, el cole femenino les quedaba alejado e iban solas, cruzando la calzada, hasta que un 600 de SEAT no hizo suficiente ¡ñiiiiiic! y poco ¡skrrrrrt!. La lanzó por los aires partiéndole la pierna. Su mamá tampoco tenía tiempo para acompañarlas.

Pero en cuarto de EGB llegó Guillermo, primer y último amigo con pluma, por el poder de un profesor benefactor que se jugó la excomunión de colegios religiosos al promover esta amistad. Cogió a Guille y le acercó hasta Marino, en su habitual columna de autoexclusión en hora de recreo, diciendo:

—Hala, jugad juntos, que los dos sois bastante raritos.

Juntas. Sí. Juntas hacían una pareja de amistad adorable. Iban a ver los patos, reían, comían los bocadillos de paté que su madre preparaba… y Marino hacía lo imposible por decir:

—Qué ricos.

Solo duró un 4º de EGB, porque tuvo que quedarse en ese curso el siguiente año y a Guillermo le recomendaron buscar amigos nuevos y no volvió siquiera a saludarle.

Llegó la nueva «hornada» de niños, un poco más pequeños, y había aprendido cómo encontrar su hueco: solo había que buscar en la sección de raritos.

Así pasaba este niño los días de clase. En vacaciones le enviaban «de prestado» con sus tías y tíos, como la falsa moneda, sin que nadie hiciera intención de quedársela.

Con los primos no había mucho que hacer por diferencia de edad. Se metía en las cocinas de las tías a olisquear. Y todo lo miraba atentamente: cada recoveco y elemento de aquellas casas, indiscreto, cotilla, olerón.

En uno de sus viajes de niño prestado, se repartieron a Marino entre los «tíos americanos» y la tía de la juguetería, que hacía sus delicias.

Le entusiasmaba la cocina de su tía, con trituradora en el fregadero y otras cosas que nunca había visto. A esa tía, que de americana tenía lo mismo que su madre de hindú, le iba mucho hacerse la fina con el coro. Su marido, cura sacrificado con apellido vasco de pura raza, tiraba más al piano. Bueno, era organista, pero en casa no tenían sitio para un órgano de catedral, con todos aquellos tubos.

La familia existía durante la comida. Luego, ¡puff!, solo olía a al hollín, como las brujas de sus cuentos al desvanecerse. Les observaba con atención y, aunque no entendía el inglés masticado con el que discutían entre sí y del cual solo salían para decirle «cómete eso» o «¿quieres más?», sabía que una persona siempre salía perdiendo: su tía. No le servía impostar la voz: no conseguía sincronizar su sintonía con aquel huraño escapado de un convento. Entonces ella hacía sniff con la nariz y volvía a la cocina, qué remedio, acompañada de un pequeño sobrino.

Los primos pasaban del renacuajo y a su prima, por ser mujer, le asignaron quedarse en casa a su cuidado. Él, diez u once años por entonces; ella, veinte o veintiuno.

En aquella enorme vivienda, con tres cuartos de baño, un salón gigantesco y amplias habitaciones, le habían asignado el aseo más feo y compartía dormitorio con Peter, que se pasaba las noches pescando locuciones remotas de los Estados Unidos y combatiendo el supurante acné de su rostro.

Aunque a Marino le encantaba bañarse, esa no era su casa y el baño asignado le daba asco. Así que el fino olfato de ella la impulsó a bañarle:

—Ya verás, luego te voy a lavar la cabeza como nunca te la han lavado. Te dará impresión, porque mezclo agua fría, pero es muy bueno para el pelo.

Para Marino, acostumbrado a poner cerrojo, a sus excesivos rituales higiénicos y a intentar verse en el espejo con un cuerpo diferente, la presencia de su prima se le antojaba… digamos, el área 51. Y esta vez nadie percibió su rechazo interno. Nadie dijo: «A este niño le pasa algo».

Pero… ¿sería otro engaño como el de su hermano?
¿Otro juego de los que se hacen quitando la ropa?
¿Las chicas también jugaban a eso?

La pequeña esperanza de que, siendo una chica, quizá fuese diferente no impidió que, nada más entrar en el cuarto de baño, empezase a desconectar, a esperar y obedecer todos sus comandos.

Y fue diferente. Le bañó, le secó y luego le lavó el pelo. La desconexión no le dejó percibir ni el agua helada. Solo quedó el recuerdo de recibir la muda limpia, de vestirse con el calor de una ayuda innecesaria o el peinado suave que se da a un bebé.


Aunque no pudiese acudir a ello cuando fuese necesario,
aunque la garra del temor y la anticipación lo atenazase para siempre,
en la tranquilidad de su aislamiento, en su solitaria e incesante introspección,
nunca olvidaría aquellos mimos, aquel atisbo de confianza.

Con este dibujo de hace 40 años actualizado por iA, Marino trató de dibujar su infancia


miércoles, 1 de abril de 2026

Darlo todo con agrado

“En lo más oscuro del invierno aprendí por fin que dentro de mí hay un verano invencible.”Albert Camus

Amiga, te dedico estas palabras tuyas.

Espero que te remuevan y te sientas en ellas y que, en estos 13 años, hayas encontrado la magia entre los ángeles de la guarda y la suerte tenga llena su cesta.

Os quiero a los dos, siempre desde un querer lejano, casi pretencioso por aspirar a más de lo que me es debido.

17-ENERO-2013

Hace tiempo que no escudriño en los rincones de mi alma… eso, si es que tengo alma. Siento que ya no puedo sostener los mundos felices que he creado para otros. Todo me pesa, y no porque me arrepienta de nada, sino porque creí que sería capaz de más y ahora descubro que no… que no tanto.

No me autoflagelo ni me castigo emocionalmente, pero necesito desahogarme. Necesito gritar que no puedo más. Y, al mismo tiempo, me doy cuenta de que, de algún modo, sí voy pudiendo, a pesar del dolor que dejan ciertas sacudidas; sobre todo cuando vienen de quien menos deseas que vengan.

Entonces comprendo que se me escapan muchas cosas, que por más que lo intente, apenas puedo hacer nada con determinadas personas. Y muchas veces ni siquiera es por lo que me duele a mí, sino por cómo todo termina salpicando a quienes quiero.

Un día escribí sobre lo útil que era tener una burbuja en la que evadirse, pero hay momentos en que la burbuja se pincha: entra lo malo y se escapa lo poco bueno que había.

He querido abarcar más de lo que puedo. He intentado mantener al margen de los problemas a quien, cómodamente, se aprovechó de ello. Y luego descubro que eso hace que muchas cosas se vuelvan contra mí: contra lo que me gustaría sentir y contra lo que, al final, termino sintiendo.

Mi lado oscuro me susurra y me desanima; mi lado luminoso se rebela; y el lado neutro me apaga. A veces me gustaría permanecer apagada durante mucho tiempo, despertar en otra época donde, pasara lo que pasara, nada dependiera de mí.

No me sirve empezar de cero —cometería los mismos errores—, pero no me importaría seguir adelante de otra manera.

Sé que, con todo y a pesar de todo, soy una privilegiada. Quizá sea casi un pecado quejarme, pero me quejo de lo anodino, de lo neutro, de no poder rebelarme contra ciertas personas y sus actos, por distintos motivos. Y eso repercute en mi ánimo, en la forma en que afronto las cosas.

Pero no puedo —ni debo— culpar a nadie. Todo es cosa mía. Este es mi grito ahogado, y no quiero que me anule por completo.

No tengo demasiadas ganas de escribir ni de hablar, porque temo transmitir mis miedos, mi desgana, mi desidia, mi hartura… Mis ánimos me suenan huecos, vacíos, falsos, y sé que no es así, que yo no soy así. Lo sé porque, aunque a veces mienta, nunca lo he hecho en eso: nunca he sido deshonesta con mis emociones. Me parece algo demasiado serio. Por eso, cuando no quiero decir algo, prefiero callar; y cuando lo digo, es porque lo siento de verdad.

Me daré un tiempo. Un tiempo para que, en el boceto de mi vida y en la de quienes la habitan, haya la menor cantidad posible de grises; para que, si tenemos que dar rodeos en lugar de avanzar en línea recta hacia lo que deseamos, no acabemos mareados, sino aprendiendo a disfrutar del paisaje.

Quizá, porque no quiero nada para mí, he querido demasiado para otros. Y hay veces en que la magia no aparece, en que los ángeles de la guarda descansan y la suerte se ha ido de pesca a otros lugares.

martes, 10 de marzo de 2026

Carta a Demetrio

El zorro ha vuelto a matar a todas las gallinas.

El zorro, no uno específico. La especie entera. No entiendo por qué no toma una sola y se la lleva. Al parecer, el alboroto, el instinto de supervivencia de las pobres gallinitas, provoca el instinto predador hasta que todo se queda tranquilo, estilo muerte.

Si alguna de esas plumíferas, alguna gallina sin instinto, se hubiera quedado inmóvil en una esquina, quizá seguiría viva.

No se puede culpar al animal; todos comprendemos que, como el lobo —especie—, atiende a un instinto.

Tu hijo no quiso matar a un zorro y dejar su cadáver por los alrededores para advertir al siguiente. Pero durante algún tiempo repartió esos huevos tan naturales con tus hijas. Pusiste difícil atenderlas: allá, lejos de la casa, apartado el corral, al otro lado del regato, junto al huerto.

Cuánto trabajo llevan esas labores. Pero tú no dabas trabajo que hacer si podías encargarte solo. Preferías ir solo a tapar las gallinas, a cuidar el huerto… y nosotros a disfrutarlo.

Aprovechábamos tu ausencia para robarte alguna lechuga y, de algún modo, Remeterio —como te decía Toñito—, siempre nos pillabas. Vigilando a lo lejos, observando detalles a ojo de halcón, conocedor del zorro y sus comportamientos zorriles.

Tus cosas… una Bultaco, un casco con una banda blanca en el centro… hasta que ella dijo que era un traste y hubo que quitarla. Pero la Beretta, esa escopeta que nadie logró quitarte, siguió detrás de tu sillón favorito en tu ausencia, hasta que la ley quiso reclamarla.

La casa ya se quejaba de soledades, de la repentina ausencia de Lucía y, cuando también tuviste que abandonarla, no volvió a ser la de antes.

Los pasos de tu hijo también eran huecos, arrastrados por una vida de servicio. Las noches perdieron el calor de aquellos ecos de familia reunida, con los turnos para ir al baño y aquellos chorros cortados en medio de la noche, a impulsos, que yo, pájaro de mal agüero, predije como cáncer de próstata. El inicio del fin.

Le dije a tu hija:

—Tu padre está sufriendo mucho dolor y no dice nada. ¿Has visto cómo suda?
—Sí. Solo tú y yo nos hemos fijado.

Tus cosas y tus métodos. La bota de vino por compañía del pastor que fuiste. Dirigiste el rebaño del señorito mientras Lucía hacía lo que podía con vuestro rebaño. La cafetera, ese campo de batalla entre nosotros a la hora de usarla: por cambiar el filtro por uno de papel, por la cantidad de café y agua, por esperar a la última gota… cuánto mimo y manía en tus cosas.

Qué humildes viviendas, qué lujos de paisajes. Un pie fuera de casa y el campo era vuestro jardín; por vecinos, los cantos rodados, las amapolas, los robles, las doloncillas, las charcas…

¡Cómo no te iba a parecer duro el suelo de asfalto de la ciudad después de una vida pisando tierra!

Casi lo mismo que un piso oscuro, de un edificio cualquiera, en mi calle Arapiles.

Casi el mismo matarile que le disteis a mi esposa, en vuestra casa de la ciudad, con solo 7 años. Con hermanas muy mayores. Sola. Sumando todas las carencias: las del afecto, las del alimento y los demás cuidados que se entregan con gusto a los hijos que se aman. Matarile suena hiperbólico considerando que se sobrevive no sin consecuencias al abandono y la desnutrición. Pero no siempre.

¿Quién dijo que fueseis santos? Ninguna lo somos.

Tengo mucho tiempo que no te veía”. Así dice nuestra vecina, de República Dominicana, para enmarcar las ausencias.

Aquella noche sonó el teléfono fuera de hora.
La noche en que falleciste.

Mi esposa lo atendió. Lloró mucho tu pérdida, sin otro remedio que el abrazo de nuestra hija.

Yo no pude reaccionar y ella nunca lo olvidará.
No tengo derecho a ser comprendido porque mi instinto sea bloquearme. Y el aspecto será el de un animal insensible a tu pérdida.

Mi instinto, o la falta de ese instinto, me lleva a llorar por las esquinas sin hacer ruido. Como esa gallina imaginaria. Nadie me vio caer de pena sobre las duras escaleras del cementerio cuando enterraron a tu esposa.

En mi egocéntrico modo de tener cariño, te convierto un poco en mi persona; apartado y feliz con tus ovejas, aislando el gallinero de las casas, cambiándote en tu pequeño cuarto de caldera y empeñado en usar la misma ropa, las mismas botas.

No sé cuánto tiempo tendré sin verte pero, aunque sea infinito —si no le damos crédito a la iglesia—, sí quiero que sepas que hubo un amor inquebrantable en esta cáscara casi vacía. Si algún día os encontráis, díselo a tu hija.

Y díselo así:

Que tuve amor por ti, por tu bigote o tus pantalones bajo el sobaco. Por reñirme sin hacerme daño. Por enfadarte sin rencor. Por tus cosas aunque fuesen pocas: por tus modos y esa resistencia sobrenatural al dolor.

Te ganaste mi afecto imperfecto y...

nos dejaste sin tu calor.

domingo, 1 de febrero de 2026

Marino... ¿Encontró el amor?

"Tenga paciencia con todo lo que no está resuelto en su corazón, y trate de amar las preguntas." Rainer Maria Rilke, Cartas a un joven poeta

Durante los cinco años siguientes, nuestro protagonista, además de repetir curso, fue elegido por ese motivo para una amistad doble con chavales de su clase. Chocaba con ellos en muchos aspectos, pero estaban de acuerdo en buscar amigas. Se apoyaban en él para iniciar conversación con ellas; se quedaban callados, sin habla.

En esos años tuvo diversas oportunidades para dar sus primeros pasos en el amor. Todo fracasos, como en los estudios, repitiendo tres veces más. Le proponían planes y ponía pegas a todos. Echó a perder incluso su amor platónico por María Jesús cuando ella lo supo y le aceptó. Los amigos le presentaban chicos y chicas pero él no quería con nadie.

Así llegaron a los veinte años. Sin saber bien cómo, ellos empezaron relaciones con dos chicas. Estela era amiga de Belén, y Belén, la novia de uno de ellos, Luis Carlos. El otro, Alonso, y su pareja —una chica que conocieron en otro grupo— preferían salir solos.

Era un escenario que Marino nunca pudo imaginar, siendo ellos, en su opinión, muy “cortados”. Pero él, no siendo vergonzoso, no tenía novia ni amigo: solo le quedaban Belén, Luis Carlos y Estela. Aún no se había dado cuenta de que era él quien tenía problemas; a tantos niveles y con tal profundidad que no podía verlos.

Un día, mientras estaban en un pub, Estela le preguntó:

Miraron a Luis Carlos y Belén, que se pasaban el rato como queriéndose. Para Marino eso era muy extraño. Los analizaba y no entendía. Parecían jugar: Luis la reñía por mirar a uno que pasaba, bastante guapo y alto, con buen tipo. Belén se reía, él la pellizcaba y hacía fuerza para producir dolor; ella chillaba; se enfadaban, se contentaban y se besuqueaban, o… era Luis quien miraba a alguna y entonces ella repetía la tontería.

Sabían que Marino los miraba casi sin pestañear y, cuando iban a regañarle por eso, Estela se anticipaba:

Sabía que Estela lo miraba en plan “cosa”. Pensó que esa muletilla equivaldría al verbo “pitufar”, versión sustantivos y adjetivos. Algo le decía que ella quería más, pero con cada respuesta suya él quería menos.

Aquel día toda la conversación fue de un estilo así. Él hablaba, ella oía. Iba a decir “como quien se para ante el mar y escucha el romper de las olas”, pero esto era más bien como quien oye el ruido de un coche que pasa cerca.

Después, cuando las chicas se iban, su amigo trataba de alcahuetear para que Estela y él salieran juntos, para cuando a ellos les apeteciese estar solos, como Alonso. Trataba de convencerle de lo buena chica que era.

Otro día, nada más encontrarse con ellos tres —pues quedaban aparte— dijeron que iban a casa de Estela. Sus padres habían ido al pueblo aquel fin de semana. Por dentro sintió que eso tenía mala pinta, pero no quiso echar agua a la fiesta: tan ilusionados estaban. Por algún motivo preferían engañarle, como el resto de personas que lo conocían, para evitar ese “no” que llevaba siempre en la lengua, listo para escupir.

Era una casa de planta baja en un barrio alto de altura y al revés de lo demás. Un barrio súper obrero. Una casita de aspecto humilde. Entraron y, directamente, desaparecieron los novios por una puerta. Ya conocían el lugar. Así pues, se quedó con ella en una especie de pequeño patio interior, con algunas ventanas de las habitaciones. El atardecer y la agradable temperatura del verano invitaban a casi todo.

Estela se le acercó simpática, pero algo más que no supo intuir. Según la IA, la palabra sería “juguetona”.

Estaban en pie. Ella preguntó:

Odiaba repetirse. La miró una vez más: el pelo negro, liso, sobre los hombros; los pómulos marcados, los coloretes, dientes, ceja… el cuerpo lo tenía ya más que controlado. Los hombros parecían subir de más, pero en conjunto le gustaba.

Estaba seguro de que, distraído con las manzanas, hubo gestos que no percibió, sugerencias en la voz, en sus modos, en la inclinación de su cabeza. Recordó que él inclinaba así la cabeza cuando se le metía agua dentro del oído al bucear. Esa confusión le hacía sentirse dentro de un traje de buzo en ocasiones. De esos buzos antiguos con tuberías y pesado casco de 24 kilos, con gancho en lo más alto.

Estela se acercó más.

Y le tomó por la cintura con cuidado para pegarse a él. Entonces la rechazó, nervioso perdido, su cuerpo tenso y revuelto diciendo lo contrario, el corazón palpitando, recordando la conversación del pub, a la vez que cierta flojera recorría su cuerpo.

Él compuso la escena. Imaginó una habitación con una cama con polvo. Imaginó olores, intentando omitirlo todo para cruzar un umbral tan desconocido como estudiado en fantasías.

Su cuerpo quería y se oponía a esas palabras:

“Señoría, objeción de la parte interesada: la moción de abstinencia de la mente no cuenta con consentimiento de los órganos involucrados.”

Y se lo perdió. La sentencia fue:

“Se condena a la mente del acusado a sesiones de conciliación con el cuerpo, incluyendo abrazos, sonrisas y, en caso de necesidad, besos guiados por el comité de deseos.”

No es preciso explicar que el acusado se dio a la fuga y, por ende, quedó más solo que un eco atrapado en paredes vacías; repasando los diálogos una y otra vez, encerrado en sus propios mecanismos, aferrado a ideas que lo consumían mientras el mundo seguía sin él, con el vacío que siempre lo perseguía apretándole por dentro, cada vez más cerca, pesado e inevitable.

A pesar de sus veinte años, presentía que jamás lo iba a conseguir. Sin embargo, aquel día, aprendió que no podía seguir siendo así. Con la siguiente chica lo intentaría de verdad y debería dejar que ella decidiera sobre aquello tan importante, en modo y orden de su elección, con aceptación, con humildad, reconociéndose perdedor de la ronda y procurando esperar al destino sin anticiparlo.


¿Qué consigues cuando te enamoras?

Una chica con un alfiler que pincha tu burbuja
Eso es lo que recibes por todos tus problemas
Nunca volveré a enamorarme
Nunca volveré a enamorarme

¿Qué consigues al besar a una chica?
Suficientes gérmenes para que te dé neumonía
Y después de eso, nunca volverá a llamarte
Nunca volveré a enamorarme
Nunca volveré a enamorarme

No me digas de qué va todo esto
Porque yo estuve allí y me alegro de haber salido
Fuera de esas cadenas, esas cadenas que te atan
Por eso estoy aquí para recordártelo

¿Qué consigues cuando te enamoras?
Suficientes lágrimas para llenar un océano
Eso es lo que recibes por tu devoción
Nunca volveré a enamorarme
Nunca volveré a enamorarme

No me digas de qué va todo esto
Porque yo estuve allí y me alegro de haber salido
Fuera de esas cadenas, esas cadenas que te atan
Por eso estoy aquí para recordártelo
Vengo a recordártelo, vengo a recordártelo
¡Ah! Vengo a recordártelo

¿Qué consigues cuando te enamoras?
Solo mentiras, dolor y tristeza
Al menos hasta mañana
Nunca volveré a enamorarme
Nunca volveré a enamorarme


viernes, 23 de enero de 2026

Mermelada de oro

“Amar es desnudarse de los nombres.”
Octavio Paz, Piedra de sol.

Mermelada de oro, acto de amor:

dos se meten en el mismo meteoro,
se hacen costumbre en la costura del sí,
y el sol, celoso, se queda sin palabra
mientras fermenta la mañana.

Yo, en medio, pongo un lugar:
lo mido, lo marco, lo aseguro,
lo coso con líneas torcidas.

Domingolandia:
una tierra de “sí, pero no”,
con estatuas cupidas, totalísimas,
como si el deseo tuviera uniforme.

Cree en el templo.

El mundo se sienta —mansito—
y no se te cae la nube encima.
Escucha el círculo:
da vueltas con disciplina.
Mira el triángulo:
te habla con tres bocas a la vez.
Todo se mezcla en un filo suave.

Y mírame esto:
la sensación ya no aclara,
no “dice”, no “explica”:
tiembla.
Y llora hacia adentro.
Y se hunde, gramando,
hasta el núcleo.

Traigo nuestra albura en cuartitos:
un cuadrado, una cuadra, un cuadro.
Y el mismo amor vuelve a ponerse el mismo traje,
y tú lo ves
como si fuera la primera vez.

No te puedo “desplegar” en otro sitio
sin que se me desordene el pozo.
Hago hélices con lo poco que tengo.
Cuento “cuántos” de ti caben en mí…
y siempre me da demasiados.

Bailes, fiestas inmortales:
yo no soy capaz de roer el sol
y luego llevarlo en un papel
sin que se me rompa la boca del tiempo.
Espinas por todas partes,
en el término, en el borde,
en cada día que se me clava.

Me gustaría decir:
“lo mismo, lo mismo”,
como si la cosa fuera simple,
como si la manzana obedeciera.
Pero Una no anda “en lo llano”:
anda en lo lando,
donde el suelo es palabra inventada.

A ratos el tiempo hace “quechero”:
suena raro,
y de pronto el pasado vuelve a empujar.
Todo, todo pasto:
y el pastor también era pasto.
Y yo, ¿qué soy?
Lo intento con vidrio pintado,
con alas hechas de papelitos.

Los nombres no nombran.
Los nombres se atascan.
Lo que entra se vuelve estatua por dentro.

Y entonces:
se sienta la curva,
resbala en mi lado,
y me supera la mente.
Me supera y me deja una disfranza:
una distancia con disfraz
que no sé quitarme.

Se vuelve confianza torcida:
un crónico, un incorrecto,
una máquina que opera
entre otros cuerpos.

Y sale la lista del cuerpo:

Arrastra.
Amasa.
Dificulta.
Llora.
Orina.
Sabe a sal.
Se cansa.
Se astilla.
Golea.
Cabecea contra un borde sin borde.

Y vuelve:
vuelve, vuelve,
poco a poco…

Se va desvaneciendo,
como si la luz se cansara,
como si el color dijera:
“hoy no”.
Y queda marchito.
Y aun así… queda.