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domingo, 10 de mayo de 2026

Estoy muerto, el renacer

“Él morirá y yo moriré.
Estoy hoy lúcido, como si estuviese por morir.
Después morirá el planeta gigante donde pasó todo esto” Tabaquería, Pessoa

He muerto.

No ha habido túneles de luz ni voces llamándome desde ninguna parte. Tampoco un instante solemne que separase claramente una cosa de la otra. Ha sido más vulgar. Más silencioso.

Un momento estaba respirando, pensando quizá en alguna estupidez cotidiana, y al siguiente me encontraba aquí, de pie junto a la cama, observando mi propio cuerpo tendido bajo una sábana arrugada.

Nadie me ve.

Nadie me oye.

La habitación continúa existiendo sin mí con una indiferencia insoportable. Las persianas dejan entrar una luz pálida de final de tarde y el polvo flota atravesándola lentamente, como si el tiempo hubiese decidido moverse más despacio dentro de esta habitación.

He intentado hablar. Al principio pronuncié mi nombre. Después el suyo. Más tarde cualquier palabra absurda, solo para comprobar si todavía poseía una voz. Pero el silencio se tragó todo.

¿Puede sentirme alguien?

En realidad… ¿qué importa?

Y sin embargo importa.

Porque sigo conservando esa curiosidad que me caracterizaba. Esa necesidad enfermiza de entenderlo todo incluso cuando ya no sirve de nada comprender. Y si todavía siento curiosidad, entonces debe quedar algo humano en mí. Algo que no terminó de apagarse junto al cuerpo inmóvil que descansa sobre la cama.

Me importa saber en qué momento ella decidió deshacerse de mí.

No hablo exactamente del instante físico. No del gesto concreto ni de las manos ni del método. Hablo del momento anterior. El verdadero. El definitivo.

Ese lugar invisible donde alguien deja de amarte y empieza a imaginar la vida sin ti como un alivio.

Quizá ocurrió semanas atrás, mientras yo hablaba de cualquier tontería y ella fingía escucharme. Quizá sucedió una mañana cualquiera, observándome dormir. Tal vez fue gradual, como se pudren las paredes húmedas por dentro, sin que nadie perciba el daño hasta que aparece la primera grieta.

Ella sigue aquí.

Se mueve despacio por la habitación evitando mirar demasiado hacia la cama. Tiene el rostro agotado, pero no llora. Eso me desconcierta más que mi propia muerte.

Pensé que la odiaría al comprender lo ocurrido. Pero no siento odio. Solo una tristeza espesa, cansada, como si incluso las emociones hubieran perdido fuerza al abandonar el cuerpo.

La observo caminar de un lado a otro recogiendo objetos. Dobla ropa. Abre cajones. Se detiene a ratos, inmóvil, sosteniendo algo entre las manos mientras su mirada parece hundirse muy lejos de esta habitación.

Y entonces sucede.

Mientras permanezco absorto en mis pensamientos noto algo extraño. Algo diminuto. Una sensación imposible.

Los flecos de su chal rozan mi brazo al pasar junto a mí.

Se me eriza la piel.

—¿Qué piel?— pienso inmediatamente.

Pero lo he sentido.

Ella se detiene.

Muy despacio gira la cabeza hacia el lugar exacto donde me encuentro.

No puede verme. Lo sé. Y aun así permanece quieta durante unos segundos interminables, con esa expresión incierta de quien percibe una presencia o recuerda algo terrible.

Por primera vez desde que he muerto, tengo miedo de moverme.

Quizá todavía hay algo que me une a este mundo.

O quizá no soy yo quien no consigue marcharse.

Quizá es ella quien todavía no termina de dejarme ir.

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