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viernes, 1 de mayo de 2026

La coleta del asceta




Aún me queda un poco de pelo para hacerme una coleta.

Seamos sinceras: no hay cosa más aburrida que escuchar los males ajenos.
Yo les cuento a los especialistas que me salieron manchas rojas hace meses; que, si mi cuerpo se iluminase con cada dolor, sería un árbol de Navidad humano: cada articulación, la espalda, los brazos, la columna e intensos calambres nocturnos.

Todo se convierte en dolor: empujar el carro del lavaplatos, sujetar el cepillo de dientes, apagar la luz empujando el interruptor con miedo anticipado, usando el brazo. No hay escapatoria.

Pero ellos, empeñados en buscar los males en la mente, porque no ven nada relevante.

Ahora hay tristeza. Una tristeza espesa, mezclada con nostalgia y con preguntas que no encuentran respuesta. Se han activado recuerdos antiguos, heridas que no están cerradas, y, de pronto, todo parece señalarme, como si yo fuera el culpable de mi propia historia.

Siento la soledad en el cuerpo. Una distancia difícil de explicar, como si la piel también recordara lo que falta. He intentado acercarme a mi vida, a mi relación, buscando algo de calor, de contacto, pero no siempre encuentro el modo. Y, cuando ese intento falla, lo que aparece dentro es devastador: vergüenza, rechazo hacia mí mismo, la sensación de ser alguien equivocado.

Entonces llegan los pensamientos duros, los de siempre. Los que dicen que todo esto tiene una explicación sencilla: que el problema soy yo. Que hay algo defectuoso en mí desde el origen. Que las palabras que escuché de niño —los insultos, los golpes, el desprecio— eran, en el fondo, verdad.

Pero también hay otra parte que empieza a observar todo esto con cierta distancia. Que reconoce que esos pensamientos no nacen de la nada, sino de una historia muy larga de dolor, de confusión, de no haber sido cuidado como necesitaba.

Hoy me siento solo. Profundamente solo. Como si no hubiera un lugar claro en el que apoyarme. Pienso en quedarme en casa, en esconderme del mundo, en dejar que el agua de la ducha arrastre, aunque sea por un momento, esta sensación de suciedad interna que no sé de dónde viene.

Aun así, la vida sigue con su rutina: preparar la casa, ordenar, cumplir con lo esperado. Esperar la llegada de mi esposa, intentar que todo esté en su sitio. Hacer lo correcto, o al menos intentarlo. Pero incluso en lo cotidiano aparece el error, el pequeño fallo que confirma esa idea persistente: “siempre hago algo mal”.

Las horas pasan entre gestos repetidos: paseos, tareas, silencios compartidos. Conversaciones que no siempre conectan. Presencias que, a veces, parecen lejanas. Y, en medio de todo eso, sigo sintiendo que no encajo, que no estoy a la altura de lo que debería ser.

También arrastro otras luchas: la relación con la comida, los impulsos que regresan, la fragilidad ante ciertos comentarios que, aunque parezcan pequeños, me atraviesan con fuerza. Y el cuerpo, que duele. Un dolor constante que desgasta y que, a veces, resulta insoportable.

Hay momentos en los que imagino otra realidad, una en la que todo es más sencillo. Pero no sé cómo llegar ahí. Siento que dependo, que no sé sostenerme solo, que nunca aprendí del todo.

Y, sin embargo, aquí estoy. Confundido, herido, cansado… pero todavía intentando entender qué me pasa. Intentando separar lo que soy de todo lo que me hicieron creer que era.

O quizá sea todo tan sencillo como cortarme la coleta.
La coleta de un asceta. Vaya rima más estúpida.