"Yo tenía una nave espacial con la que, siempre por la noche, solía viajar al infinito espacio exterior. Era algo estrecha, pero la comodidad era estupenda. Se parecía un montón a una cama. A fin de cuentas, Pipi Calzaslargas viajaba donde le apetecía, y lo que pensaran los adultos le importaba un bledo.
Por suerte, yo era un niño y nada impedía que tuviera mi propia nave para volar. Coloqué todos los mandos en un panel que quedaba sobre mi cabeza. Alcanzaba fácilmente los botones, que eran muchos. Y aquellos mandos eran precisos y de la mejor calidad.
Salía a buscar nuevos mundos en esa nave-cama. También tenía una pantalla donde se veía el espacio y sus estrellas lejanas. Me sentía muy importante, porque, ¿cuántos tenían una de aquellas naves?"
Para entrar en el mundo de los sueños siempre me inventaba alguna historia fantástica. En mi mundo virtual era futbolista a veces —y eso que el fútbol me da lo mismo—, pero es que metía unos goles de los de ciento-una-la-aceituna.
Lo malo es que solo podía salir al campo un rato. Y si era necesario. Por ejemplo, si perdía mi equipo o era imprescindible ganar. (Es que me cansaba enseguida, ¿sabes?, de lo flacucho que era —hasta en la imaginación—).
También he sido el héroe que salva a los indefensos. Y he tenido poderes con los que sabía, antes que nadie, de los atentados para avisar a las pobres gentes inocentes.
Pero no sé cómo, ni cuándo ni por qué, mi preciosa puerta de acceso a los sueños se fue transformando en otra cosa: en un mundo confuso, en una habitación de tristeza y penumbra, donde las lágrimas caían silenciosamente hasta mis oídos.
En esa época mis ojos lloraban, solo mis ojos. No me gustaba quitarme la humedad de la cara: era la prueba de que lloraba. No se congestionaba mi nariz, como me pasa ahora.
La imaginación —verdadero motor que permitía el delicado funcionamiento de mi nave espacial— desarrolló para mí todo tipo de comportamientos que yo no entendía.
¡Qué poder destructor han tenido ahora los recuerdos más antiguos!
Creía olvidados aquellos actos de mi niñez. También muchos otros momentos oscuros, que torturaban mi sentimiento de culpa, han regresado. Una tremenda cantidad de imágenes degradantes, algunas como escenas grabadas en la memoria, me han asaltado desde hace poco más de una semana.
Tardé más de un mes en decidirme a escribir en Google:
“consecuencias abusos infantiles”.
Desde entonces, la vida se me ha puesto cuesta arriba.
Conseguí creer que todos mis secretos, bien guardados, serían inocuos. Ahora me encuentro con que la definición de mi carácter está desparramada por internet en múltiples descripciones sobre abusos en la infancia.
Es muy doloroso comprobar que lo peor de tu personalidad no proviene de tu naturaleza, sino de las experiencias que te obligaron a vivir.
Parece que la exculpación te va a sanar, pero darte cuenta de que te has acusado, juzgado y condenado tú solo puede enfermarte cuando han pasado tantos años.
La explicación de muchos de mis actos, que nunca había comprendido, está descrita con todo lujo de detalles.
Siento como si fuera un clon de otras personas, que me dan mucha más pena que yo mismo, generalmente.
Estoy —corrijo—, creo estar seguro, de que si conmigo hubieran ocurrido cosas parecidas a las que he leído o visto en vídeos sobre otros niños maltratados por sus padres, quizá no habría tenido fuerzas para seguir viviendo en la adolescencia.
Quizá mi vida no fue tan terrible y ahora estoy machacándome con lo negativo, siendo muy rígido conmigo mismo.
Y este antiguo pensamiento de desaparecer, tan frecuente y tan buscado en mi adolescencia, se me ha presentado él solito —el muy traicionero—, sin haberlo deseado yo esta vez.
Mi hermano era cuatro años y pico mayor que yo y dos hermanas en medio.
Todos nos quedábamos solos en muchas ocasiones. Había libros de sexo que mis hermanos tomaban en sus manos. Había tiempo y aburrimiento, y compartimos —cómplices— su contenido.
A mi hermano lo tenía por héroe del mundo mundial, como dice Manolito Gafotas, hasta que conocí a mi actual esposa.
Mi hermano me despertaba por la mañana para jugar con nuestros cuerpos —qué fino suena así—. También intentó llevar esos juegos más allá, cuando yo era muy pequeño.
Eso era así, no pasaba nada malo, ¿no?
Yo participaba y hacía lo que fuera necesario. Y lo que es peor, aquello no hizo que le odiara nunca. Quizá porque procuraba que yo no sintiera dolor mientras lo hacía.
Pero mi alma se escapaba poco a poco de la mano de mi inocencia.
Él, mi querido hermano, me utilizó continuamente para cualquier tarea, fuera de aquellos juegos, incluso cuando yo ya era mayorcito. Así se fue forjando mi carácter débil.
Aunque no soy tan blandi-blu como parece. (Esto me lo ha dicho una nueva amiga que me ayuda mucho).
Mi hermano querido, al que tanto desengaño me obligó a apartar a un lado, ha vuelto desde el recuerdo para decirme que —psché, inocentemente, claro— cambió las agujas del tren de mi vida.
Me cambió hacia una vía donde los “hijos del agobio y del dolor” se pierden sin remedio, y sin que a nadie le importe.
¿Por qué mis tías no hicieron nada, siendo yo tan niño, cuando me negué a bajarme los calzoncillos para probarme un bañador?
Las vi mirarse a los ojos, extrañadas, y comprendí que era mejor obedecer.
Qué inocente.
¿Por qué los profesores no hicieron nada, siendo yo tan niño, cuando me quedaba quieto en el recreo contra alguna fría columna de piedra?
¿Y por qué llevaba el pantalón de gimnasia puesto bajo los pantalones desde casa?
Era más fácil preguntarme si sujetaba la columna y reírse.
Y me buscaron un amigo raro como yo. Eso es matar dos pájaros de un tiro.
¿Por qué mis padres no hicieron nada, siendo yo tan niño, cuando les dijeron que yo era un fracaso escolar?
Era más fácil avergonzarse de tener por hijo al único niño que repitió curso en cuarto.
Y si yo no era más que un niño —por Dios, el más pequeño de la casa—, ¿por qué nadie se dio cuenta de nada cuando me acurruqué en la esquina de la bañera, llorando, en casa de unos tíos, porque no quería bajarme los calzoncillos delante de ellos para bañarme?
Y tú, hermano mío, mi querido hermano: sabías que yo estaba enfermo cuando iba a mi cama y necesitaba ponerme el pijama completamente a oscuras (cosa que aún hago, si en la cama de al lado duerme un hombre).
Y sabías que eras culpable de mis problemas cuando te imité en aquella gamberrada —y te imitaba porque te quería— por la que nuestro violento padre me golpeó la cabeza mientras me decía lo loco que estaba y su mujer miraba con desprecio.
Pero no abriste la boca, sino para recriminármelo. Ni me defendiste de las agresiones en grupo, sus escupitajos, silencio en el profesorado, a la vuelta en clase, no estabas allí, claro. Y yo no me di cuenta del enorme silencio que guardaste ante nuestros padres.
Papá, como es de esperar en un padre, gracias por haberme pedido que enseñara mi cuerpecito a quienes venían a casa, para demostrar mi hombría de seis años.
Gracias por llamarme loco mil veces en la vida. Me ayudó mucho.
Y gracias, sobre todo, por decirle a mi hija que se quedara con tu vieja pelota de tenis, para ver si algún día, con algo de suerte, sacaba a sus padres de la miseria.
Qué lengua tan afilada la tuya.
Y pensar que también te quise, a pesar de todo.
Mamá, tú me ponías paños calentitos sobre la vejiga —que me dolía mucho a veces—.
Me acompañaste al médico con la migraña, con mis repentinos sobresaltos nocturnos de adolescente.
Tú no te acuerdas de aquel olor a “humanidad”, como dijiste al abrir la puerta cerrada de nuestro cuarto.
¿Verdad, mamá, que tú no sabías nada de nada?
Ahora, con dos enfermedades autoinmunes a cuestas, diagnosticadas hace uno y dos meses, lo último que necesitaba era que mi mente se quebrara.
He perdido el sueño casi todas las noches.
Cuanto más busco, aparecen más y más efectos secundarios que rompen en trocitos una gran parte de mi vida.
A pesar de todo, empiezo a darme cuenta de que, tras el primer impacto, la vida sigue.
Y yo tengo que luchar otra vez, pero esta vez no es contra mí mismo.
Porque, ¿de qué me sirve ahora evaporarme sin más?
Si soy yo la víctima, ¿por qué renunciar a vivir?
Gracias, compañero Joan, por ayudar a encontrarnos aquí.
Aunque ya nadie puede devolverme mi fabulosa nave espacial del hiperespacio sideral, creo que veo —aunque muy lejos y con los ojillos empañados— la impresionante estela que siempre dejaba mi querida y tan bonita nave espacial.

No hay comentarios:
Publicar un comentario