"Si cierras los ojos y piensas en algo bonito, los fantasmas se irán y no podrán asustarte "
Si cierro los ojos, tendré miedo a no saber por dónde voy. Miedo a caerme. Miedo a no saber quién me acecha en la oscuridad que yo misma me he fabricado. Así que la solución de cerrar los ojos no vale más que para cinco minutos, y cinco minutos de nada no salvan a nadie.
Sé que cerrar los ojos es como no querer ver. Pero ya no quiero ver nada ni a nadie. No quiero verme. Quiero que todo desaparezca, todo, incluso yo, quiero desaparecer, dejar de sentir, dejar de ocupar este espacio que parece demasiado grande y demasiado pequeño a la vez. Pero no sé cómo hacerlo, porque desaparecer no es nada fácil. Pero que nada fácil.
Ni es bello vivir, ni la vida es bella, ni te amaré para siempre, ni hay gran familia. Solo hay dudas, vértigos, amistades peligrosas, laberintos, calles sin salida y amores perros. Tengo ganas de que todo acabe. Pero siempre hay algo que me ata, que me ata a esta miserable vida con tan pocas satisfacciones, con tanto sufrimiento y tanto esfuerzo que se pierde en el aire sin dejar rastro.
No hay soluciones razonables porque todo es irracional. Mi corazón quiere dejar de latir y mi mente va sin frenos, sin manos en el volante, sin nadie que sepa el destino. Algo me arrastra hacia el infierno, el de Dante, ese que tiene círculos y nombres y cierta lógica terrible. Pero yo me arrastro más allá, hacia donde el infierno ya no tiene mapa, y desde aquí abajo, desde este fondo sin fondo, el infierno se me antoja casi atractivo. Al menos tiene estructura. Al menos tiene nombre.
Hay voces que me dicen que no me arrastre. Hay manos tendidas. Pero no quiero oír, y tengo las manos resbaladizas, empapadas en un sudor frío que no me deja estar tranquila, que no me deja dormir, que no me deja ser. Me duelen las entrañas y tengo ganas de vomitar. Me da miedo mirar. Me da miedo dar la mano. Me da miedo, sobre todo, no tener miedo, porque el miedo al menos es una señal de que algo dentro todavía funciona.
Y ahí está eso que me ata. Dando vueltas, insistente, sin dejarme desaparecer del todo. Quizás esa sonrisa inocente que poco a poco me hace intentar aprender a andar sin cerrar los ojos. Que muy despacio, demasiado despacio para mi impaciencia, me ayuda a aprender a mirar para que lo que vea no me resulte horrible. Para que cuando me vea, no me resulte extraña.
Y puede que un día la opción de desaparecer tan solo se quede en el deseo de ir de vacaciones.
