![]() |
| Reflexión a partir de la «Balada para los poetas andaluces de hoy», de Rafael Alberti |
Hay preguntas que esperan despertar a quien las escucha y no aguardan respuesta. Cuando Rafael Alberti, desterrado al otro lado del océano tras la guerra que nos partió en bandos, preguntaba qué cantaban, qué miraban, qué sentían los poetas de su tierra, estaba tomándole el pulso a un tiempo que empezaba, ya entonces, a enfermar. Y lo que encontraba era un silencio inmenso alrededor de la voz. El poeta cantaba, y el canto parecía volver en los ecos de un país deshabitado; miraba, y todos los ojos eran opacos; sentía, y en su pecho anidaba, abrazada al silencio, la incomprensión. La pregunta de fondo era espantosa en su sencillez: ¿dónde están las personas? Sus cuerpos abundan, sí, pero las personas: las que se rebelan y se permiten herir por lo que ven. Las que reconocen en el dolor ajeno una carta con su nombre en ella.
Setenta años después, lozana, la pregunta solo cambia de dirección. Las voces abundan —jamás hubo tantas— pero escasea la escucha. Nunca antes supimos tanto del sufrimiento del mundo y solo ahora nos roza tan poco. Hemos perfeccionado una forma inédita de ceguera: la que mira sin pestañeo a través de una pantalla mentirosa.
El "Ensayo sobre la ceguera" de Saramago sería premonitorio si hubiera sido el único en la tierra en pronunciarse. Y ese es el problema: en nuestro interior lo compartimos, pero no alzamos la voz para denunciarlo.
El dolor nos llega en tiempo real y en alta definición, y precisamente por eso resbala: convertido en contenido, comprimido entre un anuncio y una trivialidad, un bombardeo dura lo que tarda el pulgar en deslizarse. La compasión es un músculo, y se atrofia tanto por exceso de estímulo como por falta de uso. Así caminamos entre náufragos con la serenidad de quien atraviesa un decorado: el anciano que lleva semanas sin oír su nombre en boca de nadie, la mujer que llora en el andén, el niño que alcanza una costa inesperada. Vemos el dolor tras el cristal de nuestra cámara Gesell, con sensibilidad atrofiada: un ver sin ser vistos. Esa es la soledad que el poema presentía: la voz fuera del coro en un mundo con los sentidos apagados.
Donde se apaga la sensibilidad, además, la memoria se seca. La desmemoria es el combustible del descuido que favorece la repetición. Cada guerra comienza en el punto preciso donde termina el recuerdo de la anterior. Europa juró sobre sus propias cenizas que nunca más, y bastaron dos generaciones para que el vocabulario del odio regresara con ropa nueva: el otro convertido en plaga, la frontera en trinchera, el algoritmo en megáfono de la rabia. Volvemos a escuchar la vieja música —esa deshumanización que precede, siempre, al exterminio— y la tarareamos distraídos, como si no supiéramos ya de memoria cómo termina. Guernica no fue la advertencia de un siglo: fue la radiografía del corazón humano en el instante en que decide dejar de sentir. Y la espiral del odio no gira sola; gira porque la empujan, cada día, millones de pequeñas renuncias a conmoverse.
Pero la balada de Alberti no termina en esa tumba: gira sobre sí misma, se pone en pie. En su tramo final, el poema pasa de preguntar a ordenar: alzar la voz, alzar los ojos, alzar el latido. Y promete con la desesperación de quienes aún aman: que quien se alce descubrirá que nunca estuvo solo; que hay oídos aguardando, miradas que buscan, sangre latiendo con sangre de perfectos desconocidos, pero al mismo compás. La soledad, viene a decir, es un espejismo de quienes la imaginan necesaria para sentir. Y remata con una lección que remueve los cimientos más profundos: la hondura del poeta no se vislumbra en el encierro de su cripta; el canto solo alcanza su fondo verdadero cuando sale a la intemperie y se hace de todos. La hondura no es un pozo: es un cielo abierto, compartido.
La historia, además, quiso darle la razón de un modo casi milagroso: aquellos versos escritos en el destierro, en la más completa soledad, acabaron convertidos en canción por el grupo Aguaviva, que los llevó a las radios en los setenta. El poema, coreado en un país amordazado, preguntaba si quedaba alguien. Y fue respondido por una multitud. Ninguna soledad es definitiva mientras alguien se atreva a cantar más alto que su miedo.
De esa certeza nace nuestra tarea. A las personas sencillas y razonables —que son más, muchísimas más de lo que el ruido permite creer— hay que decirles: vuestra compasión no es ingenuidad; es la última tecnología que nos queda para no despeñarnos. Ejercedla con el empeño del oficio bien hecho, a diario y en lo pequeño: en pronunciar el nombre del vecino, en la escucha sin prisa, en la negativa serena a repetir la consigna que deshumaniza. Sentir ya es resistir; nombrar el dolor ajeno es una forma de amor político.
Y a quien vive atrincherado en el fanatismo —porque también a él debe llegar este canto, o no será el canto de todos— hay que hablarle sin desprecio, que es justamente el idioma que su odio necesita para justificarse. Decirle: el odio te prometió una patria y te ha construido una celda; te prometió hermanos y te ha rodeado de centinelas. Debajo de tu certeza de hierro hubo un día un niño que lo sentía todo, y esa puerta no se ha cerrado. Nadie regresa de la rabia a través de la humillación; se regresa cuando alguien, desde la orilla de enfrente, se obstina en seguir viéndote humano. Ser ese alguien es hoy la forma más alta de la valentía.
Porque esto, y no cualquier libertad disfrazada, significa saber elegir. La historia no es una rueda que gira sobre nosotros: es una encrucijada que se abre ante cada generación con la misma pregunta entre las manos. No estamos condenados a la espiral; estamos tan solo tentados por ella. Y contra esa tentación existe un acto tan antiguo como la humanidad: elegir mirar, elegir escuchar, elegir que el dolor del otro nos concierna. Cada gesto de atención es un arma menos en todos los arsenales para la próxima guerra y un motivo menos para alimentarla.
Que este sea, entonces, el destino del poema entre nosotros: dejar de ser pregunta para volverse coro. El coro no exige voces iguales —las necesita distintas—; exige una sola piel erizada en cada cuerpo y la decisión de disfrutar unidos su canto.
Estuve en un coro, me costó mucho aceptar ser solo uno más, pero aprendí que sumar o restar una sola de nosotras no lo hacía menos, que, respetando nuestros tiempos, limitando e imitando el volumen, callando a una y gritando a un gesto, éramos poderosas. Fue hermoso mientras duró.
Alcemos, pues, la voz hasta comprobar que alguien escucha; levantemos los ojos hasta sentirnos mirados; dejemos que el corazón suene tan fuerte que nadie, en ninguna orilla, pueda ya creerse solo.
El mundo se sostiene cuando, aun pensando diferente, nadie sufre sin testigos ni ama sin compañía.
¿Qué cantan los poetas andaluces de ahora?
¿Qué miran los poetas andaluces de ahora?
¿Qué sienten los poetas andaluces de ahora?
Cantan con voz de hombre, ¿pero dónde los hombres?
Con ojos de hombre miran, ¿pero dónde los hombres?
Con pecho de hombre sienten, ¿pero dónde los hombres?
Cantan, y cuando cantan parece que están solos.
Miran, y cuando miran parece que están solos.
Sienten, y cuando sienten parece que están solos.
¿Es que ya Andalucía se ha quedado sin nadie?
¿Es que acaso en los montes andaluces no hay nadie?
¿Que en los mares y campos andaluces no hay nadie?
¿No habrá ya quien responda a la voz del poeta?
¿Quien mire al corazón sin muros del poeta?
¿Tantas cosas han muerto que no hay más que el poeta?
Cantad alto. Oiréis que oyen otros oídos.
Mirad alto. Veréis que miran otros ojos.
Latid alto. Sabréis que palpita otra sangre.
No es más hondo el poeta en su oscuro subsuelo
encerrado. Su canto asciende a más profundo
cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres.
