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Kajsa Flingling Flinkfeldt |
Hace unos días, mis padres salieron de viaje y me encargaron el cuidado
de sus plantas, carentes de salud.
Cuando entré en mi antigua casa, todo era silencio y el pasillo recibió
la visita mostrando su rechazo habitual con una escasa claridad. Tomé la
regadera pensando las veces que mi padre confundió su nombre con el mío,
y guardé en un bolsillo la idea de crear arte moderno fundiéndola con la
pantalla de plasma.
En la cocina, los aromas inconfundibles del ayer, tan ayer que estaban
rancios, me disuadieron de huronear en los armarios en busca de algo
para picar. Me centré en la tarea, dejé marchar el agua con óxido por el
desagüe y llené la regadera, mientras disfrutaba de ese tufillo a
cañerías que algunas casas antiguas destilan con los años.
Siempre que me toca este trabajito, que es siempre, procuro tardar el
mínimo tiempo necesario.
Me dirigí al salón, donde una de las cuatro plantas —que por ser tan
pocas deberían tener nombre propio— esperaba ansiosa su ración. La casa
entera, como siempre abarrotada de cosas, mostraba orgullosa un
micrófono junto a una foto, como si la gente del retrato tuviera algo
rimbombante que decir.
Tampoco era extraño encontrar su negativo en el cajón de abajo, junto a
una pila gastada. O un mando a distancia muerto, debajo de un frasco de
ambientador cerrado y también gastado. Todo ello estaba pulverizado
superficialmente, con la más fina capa de polvo añejo.
Era y es, una de esas casas donde colocar algo en su sitio, la basura,
supondría un acto tildado de genocida, y con grave riesgo para la
integridad del autor.
Una vez terminé mi obra de caridad con los escasos tiestos que
encontré, me dispuse a salir de la casa de sueño y pesadilla, soledad y
llanto. Pero en una columna del salón, una fotografía de mi infancia, me
dio el alto.
Me vi allí, como el niño de corta edad y sonrisa inocente que fui.
Sobre mi cabeza estaban las de mis hermanos mayores, con gestos que iban
desde lo tímido a lo autosuficiente, pasando por lo travieso.
Entonces se me ocurrió mirar otras fotos para buscarme en ellas. Para
encontrarme y ver mi cara de niño con ojos nuevos, ya que, aunque nunca
me ha gustado ni ser fotografiado ni reconocerme en fotos, pensé que
podrían resolver alguna duda sobre mi niñez, difícil de explicar.
¿Masoquismo o añoranza?
Todavía no sé qué me movió a escrutar mi gesto entre las viejas
fotografías del cajón.
Encontré una donde soplaba las velas sobre una tarta de cumpleaños,
cuando todavía no lloraba en el momento de la canción. Claro que
entonces tenía esa edad en que la cabeza produce un desequilibrio,
peligroso en aquel instante para la tarta.
También me encontré escondido detrás de mis hermanos en fila, ellos
sonrientes, y yo con un gesto vacío que me encogió el ombligo.
Después de comprobar que no había respuesta válida entre aquellas
imágenes, ponga usted que ya no quería encontrarla, mientras cerraba el
álbum, una foto cayó al suelo.
No me había fijado en ella porque aparecía tan solo mi hermano,
mostrando su poderío de karateka aficionado a películas de Bruce Lee.
Pero al recogerla, me llamó la atención una de las posesiones de mi
hermano al fondo de la imagen: su caja fuerte privada de seguridad
asegurada.
Cuando se casó y, algún tiempo después, marchó de casa y heredé todo el
espacio de la habitación que compartíamos, dejó tras de sí algunos
objetos, que poco a poco recuperó o dejó olvidados. Uno de ellos era ese
fortín de acero o caja de los secretos fuertes, en que él confiara
antaño.
Decidí internarme en aquella mi antigua celda, para comprobar si
finalmente se había llevado su caja de seguridad o, por el contrario,
seguía en su oscuro rincón.
La caja seguía en su sitio. Sabía que, al marcharse mi hermano, la caja
quedó custodiando un llavero, una pluma oxidada marca Montblanc de
imitación, una moneda portuguesa de un escudo y un encendedor de
plástico gentileza de Winston.
Sentí un extraño deseo de volver a abrir la caja, esta vez sin usar
alambres ni otros trucos, porque las llaves quedaron en su cajón
particular. Con un corto chirrido y un vistazo, supe que las joyitas
seguían a buen recaudo, pero había un objeto nuevo que no recordaba: una
canica azul.
Cuando la cogí y miré a través de ella hacia la luz del sol, descubrí
una esfera de azul intenso, con una curiosa forma estriada que se
dirigía hacia el centro desde todos los puntos. En el centro, una
segunda esfera de color negro fue lo que más me asombró, porque el negro
interior no reflejaba la luz, sino que parecía absorberla.
Embobado como estaba examinándola, de pronto tuve la sensación de
entrever una joven mirándome justo frente a mí. Imaginaciones.
Decidí quedarme aquella bola perfecta de cristal y, tras colocar todo
en su lugar, me marché decididamente, procurando esquivar los recuerdos
que me asediaban sin descanso en cada rincón.
Tenía la certeza de que nadie iba a preguntar por la canica, de la
misma forma que comencé a creer, quizá por un ataque de fantasía pueril,
que contenía algún misterio aún sin descubrir. Además, parecía llevar
tiempo esperando aquel preciso momento y que solo yo sabría distinguir
su categoría entre semejantes compañeros de cuarto.
De regreso a mi casa, la desvanecida imagen instantánea del insólito
ente que me contemplaba desde el otro lado de la pequeña burbuja azul,
quería tomar forma en mi cabeza.
Después de recibir una sonora pitada de un coche que hubo de frenar en
seco para no llevarme por delante, y tras escuchar las lindezas que su
conductor me dedicó, mientras se atornillaba la sien con un dedo, dejé
las elucubraciones y suposiciones para otra ocasión con menos
riesgo.
Cuando llegué, puse la canica dentro de un anillo que había en mi
mesilla de noche para evitar que rodara hasta el suelo. Me dediqué a
preparar la cena, trabajo harto complicado: pan de molde, york con queso
y agua.
No hay nada como hacer bien las cosas simples de la vida.
Pensar en esta idea dibujó en mi cara una sonrisa condescendiente.
Reconocer tus debilidades, admitirlas y dejarte llevar por ellas
perezosamente, supone tan solo un pequeño descuento de tus créditos
personales. Siempre habrá tiempo para mejorar.
Aquel día de abril, no daba para más. La noche extendía silenciosamente
su capa negra sobre la ciudad, que ofrecía una frágil resistencia
prendiendo sus farolas incandescentes, y formando esa bruma luminosa que
invita al sueño.

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