"Me doy cuenta que si fuera estable, prudente y estático viviría en
la muerte. Por consiguiente, acepto la confusión, la incertidumbre,
el miedo y los altibajos emocionales, por que ése es el precio que
estoy dispuesto a pagar por una vida fluida, perpleja y excitante.”
Carl Rogers
El otro día busqué en Internet cómo es que los niños tranquilos
también terminan expulsados del colegio. Es sorprendente que el
resultado fuera el que se ve en la captura de pantalla o,
volviendo a buscarlo aquí. "Tranquilos" quedan los chicos y sus padres al expulsar a un
compañero con T.E.A. (trastorno del espectro autista).
Pero, pensando en cómo también los que no molestan en clase son
expulsados, recordé la historia de un chico, "que paso a deletrear":
Jorge era un chico tranquilo que escribía historias. Hacía la letra muy
pequeña y en cada renglón cuadriculado cabían dos líneas para evitar,
quizá, que el texto se partiera en dos hojas distintas. En su colegio se
realizaban test psicológicos que en su caso hablaban de inteligencia
normal, pero con introversión acusada. Tiempo atrás escribía tonterías,
pero hoy con 15 años va a ser pillado escribiendo contenidos
sexuales:
—Jorge, ¿qué andas escribiendo? —El muchacho, abstraído en el texto, no
se ha percatado de la aproximación del profesor.
—Nada. —Tapa y sujeta la hoja con la mano.
—Dámelo.
—No. —De pronto piensa en lo que sucederá si entrega su historia al
profesor. Pone la hoja al costado derecho del pupitre y, fuera de
alcance, la rompe en pedazos delante de toda la clase, que murmura y se
sorprende por el descaro de un compañero que parecía no existir. Rompe
por la mitad, una vez, otra vez y otra vez más hasta donde le permiten
las fuerzas. El profesor siente que la sangre le hierve. Un último
esfuerzo y la hoja queda partida de nuevo. Es un religioso con la mano
suelta, pero desde que otro muchacho le descolocó las gafas al
devolverle una torta, contiene un poco más la enorme mano que le cuelga
al final del brazo. Versión inversa de "la letra con sangre entra".
—Bien. Dame los trozos. No pasa nada. —Lo dice en tono
bajo. Jorge mira la boca que ha hablado y ve una sonrisa
leve; observa que está bien afeitado. Ve colores en las
mejillas y piensa que parecen rellenas de cocido
madrileño. Ve los ojos pequeños detrás de unas gafas de
cristal grueso y observa ese autorreflejo en los
contornos, que se repite hasta el infinito. Cosas de la
óptica que al chaval le atraen mucho. Calcula unos
ochocientos pelos tapizando los laterales parietales y ve
que algunos tienen trabajo cubriendo la pista de
aterrizaje. Esto tan grande que tiene al lado es un cura
mayor. No es mala persona, ¿verdad? No, no, o eso lo
piensa de verdad.
—Trae. —El hombre cierra los ojos y asiente. “No pasa
nada” recuerda el chico y pone los trocitos minúsculos de
papel en la palma de esa mano requetegorda y luego compara
los dedos con longanizas y visualiza una planta carnívora
capturando al incauto insecto de turno.
—Ahora coge tus cosas y ve a casa. Di a tus padres que te
ha expulsado el profesor de religión y no puedes volver al
colegio hasta que hablen con el tutor. —Al chico el tono
de voz le parece igual de conciliador y suave que hace un
momento. No se siente engañado. Sabe que ha hecho algo
mal. Sabe que lo merece y que la culpa le pertenece. Le
han cogido evadido de clase y escribiendo relatos para
adultos, pero comienza a coger sus cosas tranquilo.
—Espabila. No tenemos todo el día. —Pero no sabe
espabilar, así que, algo nervioso, termina de recoger
mirando si queda algo bajo la tapa del pupitre y empieza a
ponerse el abrigo con su ritual de siempre.
—¡¡PONTE EL ABRIGO AFUERA!! ¡¡VAMOSSS!! —Sale muy digno del aula y
cierra la puerta translúcida con sumo cuidado para no hacer ruido. Ahí
mismo apoya los libros en el suelo y comienza de nuevo a ponerse el
abrigo. Se oyen risas en el interior y el profesor abre la puerta.
—¡¡EN EL PATIO!! ¡¡BAJA Y PÓNTELO EN EL PATIO!!
—(Los abrigos se ponen antes de salir… ¿qué le pasa a este hombre?
¿bobo?) —Coge el abrigo y los libros y empieza a caminar cuando, de
pronto, le sobrecoge el fuerte golpe de la puerta.
La sensación de abandonar la clase con sus compañeros dentro le hace
sentirse diferente. Pasa junto a aulas con profesores de otros cursos y
otros alumnos que son hijos de otros padres con otros hermanos. Piensa y
dice: “Soy un extraterrestre”. Mira el pasillo, brillante e infinito, y
reproduce mentalmente su ritmo:
—(Ventana-ventana-puerta a la izquierda y habitación-habitación a la
derecha… ¿qué harán en estas habitaciones los curas?)
—(Ventana-ventana-puerta, habitación-habitación… ¿rezarán todos de
rodillas con el culo al aire?) —Recuerda el día que, mirando con los
prismáticos de su padre, vio a Don P.V.D. arrodillado junto a la
cabecera de su cama, con testa y palmas sumisas y los genitales
frescos tras un gran ventanal.
—(Ventana-ventana-puerta, habitación-habitación)—Siente que los
profesores le ven pasar sin más. Un chico expulsado al pasillo le
pregunta:
—¿También te han echado a ti?—Pasa en silencio mirándolo de reojo. No
pestañea. Vuelve a ser preguntado:
—¿Vas al servicio? ¿…a tu casa? —Silencio.
—(¿te han echado a ti?)—Sigue su paso hacia las escaleras. La sensación
de soledad no le desagrada. Caminar tranquilo sin ruidos ni empujones
por los pasillos es interesante: permite observarlo todo. Ha elegido las
escaleras viejas para llegar antes al patio. Están gastadas por el
centro.
—(¿cómo puede gastarse la piedra solo de pisarla?)—Imagina un
ejército de niños robot bajando las escaleras en silencio, todos al
mismo ritmo, en un circuito de movimiento infinito. El símbolo del
infinito le gusta mucho.
—(es un ocho delgado tumbado al sol) (¿por qué el suelo no está
gastado?) —Sale a los soportales y, aunque hace frío, el sol franquea
sus arcos y acaricia el escalón y la puerta de acceso a la biblioteca.
Se detiene y mira alrededor. El odioso patio de su colegio le parece
ahora hermoso en su vasta y desierta extensión, pero afeado por el ruido
ciudadano que roba su silencio. Cuando termina de ponerse el abrigo, se
sienta en el escalón con sus libros entre las piernas.
—(las escaleras se pisan por el mismo sitio y el suelo no) —
Después de felicitarse por su respuesta, habla en voz alta consigo
mismo:
—¿Qué ha pasado? ¿Qué hago aquí? Esto es grave. —Mira a derecha e
izquierda. La salida está a la derecha. Ahí estará el conserje. Le da
igual porque cuando salga no va a contestar ni va a dar opción al
diálogo. No le va a mirar. No existirá esa persona.
—Y ahora, ¿cómo lo voy a explicar? No tenía que haberle dado el papel.
—Pone la cabeza apoyada en las palmas de las manos. Se tapa la cara y
llora. Llora mucho imaginando a su padre cabreado y diciendo que está
loco… otra vez.
—¿Pero qué he hecho? —Se rasca las piernas. De pronto, un tornado
eléctrico de imágenes y porqués gira sin control y no consigue
detenerlo.
—¡¡Cómo eres tan estúpido!! ¡¡Cómo le has dado la hoja!! ¡¡IDIOTA!!
¡¡CÓMO ERES TAN IDIOTA!! —Llora y llora aunque nada se oye.
Un gorrión se ha posado cerca y pica una miga grande extraviada de algún
bocadillo que ve preparar a una madre devota. El come los bollos de pan a
secas. Le gusta así. El gorrión le mira y se mueve como por fotografías
tomadas a intervalos.
—Qué bonito eres. —Sonríe al gorrión y llegan dos más, acercándose al
primero. Coge su miga y escapa, perseguido por los otros dos. Han
levantado algo de polvo al elevarse.
—Nadie se libra de ser molestado. —Con la sonrisa evaporada y el gesto
neutro, marcha hacia la grandiosa puerta de acceso. El conserje dijo
algo, pero no escuchó ni contestó ni miró ni corrió ni se detuvo al ser
llamado por un ente inexistente. Hoy en día no está permitido expulsar
al pasillo ni fuera del colegio así, sin más.
El vacío se extendió sobre su mente y no sería capaz de recordar nada
hasta el día de su vuelta a clase. Entonces sus compañeros le atosigan.
Dicen muchas cosas, barbaridades de críos tontos que elevan a los
altares a villanos descarados en lugar de admirar a los trabajadores y
buenos que hay en clase y de quienes se puede aprender algo. El silencio
es gratis y se reparte por igual hasta el aburrimiento que llega rápido
a todos ellos. La reunión con el tutor ha sido por la tarde. Es su
profesor de ciencias. Y pregunta:
Un gorrión se ha posado cerca y pica una miga grande extraviada de algún
bocadillo que ve preparar a una madre devota. El come los bollos de pan
a secas. Le gusta así. El gorrión le mira y se mueve como por
fotografías tomadas a intervalos.
—Qué bonito eres. —Sonríe al gorrión y llegan dos más, acercándose al
primero. Coge su miga y escapa, perseguido por los otros dos. Han
levantado algo de polvo al elevarse.
—Nadie se libra de ser molestado. —Con la sonrisa evaporada y el gesto
neutro, marcha hacia la grandiosa puerta de acceso. El conserje dijo
algo, pero no escuchó ni contestó ni miró ni corrió ni se detuvo al ser
llamado por un ente inexistente. Hoy en día no está permitido expulsar
al pasillo ni fuera del colegio así, sin más.
—Ya. Ya sé que esa no era tu hoja. Solo quería darte la oportunidad de
decir la verdad. Y sé lo que escribiste en clase de religión. Quiero que
me cuentes qué te pasa. ¿Por qué escribiste esto? —Jorge mira sus manos.
Tiene puntos blancos en las uñas. Y un poco de mierda. «A ver si me las
limpio».— ¿Me escuchas?
—Mira la boca. Repite la pregunta y ve cómo junta los labios para decir
«mes». Cuando dice «cu» pone unos morros en forma de beso, y cuando dice
«chas» echa una chispa de saliva sobre la mesa. Observa la partícula
salivar en medio del amplio vacío de la mesa. Se parece a él mismo el
día que estaba mirando el patio vacío. Una mano reclama atención cayendo
firme sobre un libro y se eleva el polvo bajo la luz de la
mesilla.
—(Como el polvo del patio. ¿Al gorrión le robaron su miga?)
—Aquí cuentas que a un chico sus compañeros le preparan una humillación
en las escaleras del gimnasio: lo sujetan allí, lo dejan expuesto y todo
el colegio pasa por delante entre risas y comentarios crueles… ¿todo
esto lo has imaginado tú…? ¿… lo has copiado…?
Silencio. —El chico calla, mira a los lados y respira nervioso.
—Sé que los chicos bromean con eso de bajar los calzoncillos en el
vestidor del gimnasio. ¿Fue eso?
No responde. —Se araña las manos debajo de la mesa del tutor. Está muy
enfadado consigo mismo por haber entregado los papelitos. Vuelve a mirar
las uñas.
—No. (Mi hermano me lo ha repetido: «puedes llevar algo largas las
uñas, pero no sucias»).
—Oye. Mírame. —Y le mira. No ve nada ni a nadie, pero le mira. Mira a
los ojos. Ve globos oculares. Recuerda un niño que cayó de un columpio y
se saltó un ojo al caer sobre un borde de cemento saliente por desgaste
en la arena. Él recuerda cosas así en flashes y ve cejas, pestañas y los
poros de la piel —algunos con puntos negros y demodex en la nariz— y los
pelos del bigote que se adivinan bajo la piel, y se pregunta por qué
parecen azules las barbas de los hombres y si será porque usan «Aqua
Velva». Observa la forma del cráneo. El pelo en su nacimiento. A veces
duele ver caspa y otras sustancias expulsadas del cuerpo. Se expulsa lo
que no vale y a él le han expulsado. Sus pensamientos, aunque van a ser
interrumpidos, van forjando creencias subconscientes que nunca jamás
podrá borrar.
—Bueno… si no quieres hablar de esto… no importa. Lo vamos a dejar ahí.
¿Vale? —Vuelve al negro de los ojos. Bucea en esa charca negra mientras
él habla y comenta cosas sobre la actitud, el compañerismo y el estudio.
Va respondiendo como una máquina de suposiciones, sin saber cómo
funciona, pero lo hace conforme se supone que es debido.
Pasan unos segundos.
—Bien. No te pido más. —Se queda mirando al muchacho, pero una extraña
sensación hace que retire la mirada de él y se levanta. Se dirige a la
puerta y la abre—Anda. Marcha a clase. Y ánimooo…
Jorge va pensando:
—(Y ánimo. ¿Quién dice que no tengo ánimo?) (He ganado. Ha quitado la
mirada él. Yo he seguido mirando y él no ha podido. YO GANÉ. Vaya si
gané.)
Jorge juega a «mirada-clavada-sin-pestañeo», enfocando el fondo,
fijándose en los detalles de las caras… pero la distracción le hace
perder casi todos los mensajes.
Cuando vuelve al aula, un compañero reclama el relato encargado con
empujones y golpes en la cabeza y, a este bruto, serenamente le
replica:
—Tu relato pornográfico lo tiene el tutor. Si lo quieres, se lo pides a
él.
—Tú estás bobo. O me escribes otro… ¡O TE ENTERAS! —y lo grita al oído,
empujando antes de añadir, señalándolo con el dedo—: ¡… y que no sea tan
guarro!
En lo sucesivo le entrega a su acosador compañero los relatos de las
revistas Lib de su padre.
Lee sus notas una y otra vez. «Sb» para quienes sobresalen entre los
demás. Los que se hacen notar sin sobresalir se llevan la «N». Estar
bien a secas es la «B». Si no estás bien te dicen suficiente: «Sf» o
«Su». Para los antónimos del suficiente, la latina «I» del insuficiente,
el inepto y el incapaz. Pero lo peor de lo peor, el combinado «MD» para
los muy deficientes. Según el diccionario Espasa:
Deficiente:
adj. Imperfecto, mal hecho || Insuficiente respecto al nivel que
debería alcanzar || adj. y com. Persona cuyo coeficiente intelectual
está por debajo del nivel medio general || muy deficiente Calificación
académica por debajo del suspenso: es difícil remontar un muy
deficiente.
«Se le ve distraído en las explicaciones». Comentarios 6 - 0
apoyos. Cierto que es difícil remontar un Muy Deficiente. Y aún más si
son 3 o 4 aliados con otros tantos «Insuficientes».
Yo deseo para todos un planeta donde nunca se consiga ser deficiente o
muy deficiente. Donde importe la felicidad de los seres que lo habiten.
Donde los chicos reciban las atenciones que precisen para aprender a
vivir y convivir socialmente. Donde adultos —y no dioses— incorporen
nuevas vidas al mundo porque desbordan amor y desean entregarlo
razonablemente, pero sin límites y con dedicación en toda circunstancia.
Un lugar donde el poder no impere sobre la razón, ni el ansia de saber y
evolucionar obligue a corromper la esencia animal del ser humano o su
entorno. Un espacio de sexualidad sin vicio que acompañe al crecimiento
con naturalidad, sin tapar lo que somos ni lo que seremos. Donde las
grandiosas construcciones no tengan cabida y las poblaciones se diluyan
invisibles, sin cubrir el suelo que pisan. Un planeta imaginario donde
los niños que no pueden seguir a sus iguales sean conducidos sabia y
cuidadosamente a conocer el calor del cariño y la bondad de una compañía
que te sonríe al oído cuando no miras, o te ofrece algo interesante
cuando no atiendes.
Jorge quisiera haber aprendido a desenvolverse en la vida. A responder
siempre cuando le llaman. A decir que sí alguna vez en lugar de no para
evitar los cambios. A sonreír por fuera cuando está contento, ya que no
pueden ver en su interior. A salir de casa para estar bajo el sol sin
molestarse porque haya otras personas alrededor. A no temer ver mundo y
viajar porque tantísimas cosas escaparán sin duda a su control:
—los horarios del transporte, sus billetes y requisitos
—los enormes espacios llenos de laberínticos accesos de entrada y
salida
—las necesidades fisiológicas en lugares repletos de suciedad
—las locuciones incomprensibles ocultas tras el ruido infernal de
voces, llantos y gritos, carros con ruedas que bailan y maletas a punto
de explotar, cafeteras quemadas y aspiradoras industriales
ahogadas…
—luces que le abrasan reclamando atención desde todos los ángulos,
incluso en reflejos. Y hay reflejos en el suelo, en las máquinas, en las
gafas de sol, en las partes cromadas…
—personas peligrosas queriendo hacerse con sus cosas, y personas que
ríen y piensa que de él o que le miran raro
—señales de «espere su turno», de dirección o prohibición
—sabores que no quiere probar
—olores que odia descubrir en sobacos que fabrican bacterias a
millares
—empujones y tropiezos mientras escapa sin éxito de todos los cuerpos
en movimiento
—costumbres extrañas de países desconocidos cuando no entiende ni las
del propio
…y podría seguir.
Si no se puede percibir nada con tranquilidad, ¿qué necesidad hay de
salir fuera?
Este chico quiere la explicación para una actitud tan normal y unos
conocimientos tan deficientes. Algo que explique a quien le va
conociendo que ni es un genio ni ha sido un empollón de sobresalientes.
¿Cómo puede explicarse al mismo tiempo, incluso a las mismas personas,
que tampoco se padece una deficiencia? (Qué mal suena, OMG).
Jorge quiere entender el mundo que le rodea sin salir de su propio
mundo. Y aunque pasan y pasan años nunca es adulto porque…
"A solas, caigo a menudo en la nada. Debo mover con sigilo los pies
para no caer del borde del mundo a la nada. Tengo que golpear mi cabeza
contra una puerta dura para volver a mi cuerpo."
Virginia Woolf, Las olas.
Esa mano en el hombro molesta, pero vuestra compañía es guay.
Tener amigos es complicado.
Quiero imaginar que no entiendo la amistad porque probablemente no merezco sus
beneficios. Ya pasó ese momento donde tener amigos era necesidad. A veces me
parece que ya pasaron todos los momentos.
Incluso los que podían quedarme por vivir.
Comenzar animado una "entrada" no es bueno. Es un error. Quiero empezar con
uno. Acabo de leer un libro infantil.
"La niña que nunca cometía errores". Beatrice nunca se equivoca, pero está triste porque la perfección conlleva
esa carga: la de no probar las cosas incorrectas. Vamos, lo que he hecho toda
la vida y trato siempre de cambiar sin éxito. Y sin conseguir encima nada que
sea ni medio perfecto. Vamos al hilo:
La mujer que creó este blog compartido es mi única amiga actual, virtual y
real. Nuestra edad, capacidad y paciencia para tolerar los aspectos negativos
es muy flexible, gracias también al espacio y tiempo que nos separa y une.
Hasta donde alcanzo, recuerdo como una experiencia negativa y de
fracaso mi comportamiento social desde la infancia más lejana. No sé si por lo
mucho sufrido, fracasando al mismo tiempo en los estudios, pudiendo ser un
estudiante singular, brillante y de sobresaliente. Asfixiado ahora por el
rencor, veo a todos tras una humareda negra: los profesores, los amigos, los
amores, los padres... y al fondo, yo mismo fabricando el humo. Y sigo
necesitando saber por qué. Por eso escribo un resumen de mis amistades entre
los 6 y los 20 años. Para hallar el papel del personaje que fui en mi novela
vital y extraer alguna conclusión racional. Y detallo un par de hechos con su
diálogo, tratando de ser honesto y menos plasta. Los nombres están cambiados.
Empezaré por algo ya relatado con otro enfoque:
De pequeño, en el recreo, deseaba volver a clase con mi amada profesora
Manoli y no andar a la pesca de juegos o amigos. Ayudaba el terror a los
balonazos, el jaleo y la brutal agitación ilógica de los otros niños y chicos
más grandes. Un profesor lo solucionó el siguiente año presentándome a
Guillermo, argumentando que éramos igual de raritos. Aunque eso fue bueno,
duró poco, y mi primer año como repetidor lo pasé bien sin amigos, excepto
porque él parecía no conocerme. Cuando nos cruzábamos me decía a mí mismo:
éramos amigos. La etiqueta de repetidor tampoco ayuda a los niños callados y
solitarios a hacerlos ni a conservarlos. A determinadas edades parece que nada
se deben y esa amistad, al día o curso siguiente, se olvida y parece que nunca
existió nexo ni sentimiento alguno.
Era la época del repulsivo y sucio juego "Pico Zorro Zaina". Basta ver la
foto. Había que meter la cabeza en cualquier culo, agarrarse... y el de
la pared... como para no contagiar los piojos. Los niños no acostumbran a
limpiarse bien ni el culo ni nada. Sentía una repugnancia tremenda con solo
ver esos tumultos.
La misma que sentía en gimnasia, teniendo que agarrar a
compañeros por los tobillos para hacer la carretilla o, al levantarnos del
suelo, enganchados por los codos con las espaldas pegadas. Aún siento
vívidamente esas escenas. Luego los niños dejarían los pantalones cortos.
Pedrito y yo seríamos los últimos... "valientes".
¡¡Cómo saber que nos veían ridículos!!
Ah, pero me puse muy burro. "Cabezón" me decía mi madre. Me apretaba contra el
pecho y reía por lo quieto que me quedaba. Mi batalla al pantalón largo
resistía todos los argumentos excepto: "¿No ves que los otros niños se
van a reír de ti?". Mano de santo.
Mencionar mi rareza y romperme hasta doblar mi voluntad. Es
super-mega-estresante ir a comprar ropa nueva. Y poca gente lo comprende.
Probarla, ni te digo. Con lo que cuesta acostumbrarse y lo difícil que es
combinarla. Me agobia estrenarla y disgusto a mi esposa. En realidad nunca he
comprado nada de eso. Estilo. Eso lo tiene ella.
Uno puede vivir sin amigos... no sé según qué edades cuánto tiempo se puede.
Además vienen ellos solos, como vino Carlos Montalvo con su pelota de tenis y
me ofreció si quería jugar a mini futbol con su grupo entre las canastas de
baloncesto. Lo hice —algo había que hacer— y estuvo bien, pero mi habilidad
con la pelota era la de un avestruz miope y dijo un día: "Corres muy raro.
¿Por qué das esas zancadas?". Así que volví detrás de la valla de hockey a
resguardarme de los incansables balones de reglamento asesinos y Carlos siguió
con sus ligas de futbolcesto. Cuando no te interesas constantemente por los
amigos, se olvidan de ti. Bueno, la amiga de este blog no se cansó aún.
Yo compraba un par de sobres de cada álbum. Coleccionaba colecciones (¿no fue
una idea genial?) y ponía aquellos cromos en mi clasificador de A5. Me
ahorraba el intercambio con otros chicos. Ellos no conocieron todas las
colecciones. Allí estaba también mi colección de programas de televisión.
Tardé muchos años en tirarlo todo. La de Pipi Calzaslargas y La guerra de las
galaxias sí las traté de completar con mi hermana, que me acompañaba al
parque.
El año siguiente me entretenía escribiendo hojas con el esquema y
funcionamiento de pequeños dispositivos electrónicos o trucos con petardos,
cerillas y bombas fétidas que a muchos les interesaban y fotocopiaban.
Entonces Ángel Roncero se acercó a mí. Me preguntó si quería hacer
experimentos con sus amigos. Durante un tiempo hicimos los inventos que se me
ocurrían en casa de uno de ellos. Y estuvo bien. Me llevó a su casa de la
ciudad, a la tienda de barrio de sus padres y hasta me invitó a su pueblo a
pasar el día. Había lentejas para comer y de inmediato sentí asco al ver
aproximarse el cazo: las lentejas se agarraban y ayudaban entre sí para no
salir de él. Unos mamporrazos contra el plato hicieron las
presentaciones entre aquella plasta marrón y yo. Mi cara debía decir "Yo esto
no me lo como", pero leer caras requiere saber y ganas de leer.
—¡Anda, come! ¿No has dicho que te gustaban las lentejas?
¿Qué podía contestar? Nada. Sería sumamente gratificante que las otras
personas pudieran ayudarte sin pedirlo. Esta señora no parecía dispuesta a
retirar de mis narices aquella delicatessen. Seguro que cada dos por tres sus
lentejas sin agua se quemaban. Insistió:
—¡No tengo otra cosa, así que tú verás!
Ángel miraba de reojo y movía la pala del cono de cemento a la
hormigonera bajo algún imperativo de origen animal, mientras yo trataba de
adivinar cómo terminaría para mí ese mal rato. Lástima de reloj de
teletransporte.
—No... No me apetece...
—¡Pero pruébalas! ¡Verás qué ricas! ¡Mira a Ángel, le encantan!
Sí, sí, que sí, que miré a Ángel de nuevo, aunque lo tenía ya
requetevisto. Su hermoso hijo, incapaz de articular palabra, asentía
emocionado y rellenaba su siguiente cucharada brutal mientras lubricaba con
saliva el bocado anterior.
—No gracias. Es que no me gustan tan espesas
La buena señora y pésima cocinera no tenía ganas de complicarse en
discusiones que no iba a poder resolver a hostias, supongo. Traté de
arreglarlo:
—El pescado sí me apetece
Sí: yo era un chaval genial de ideas brillantes
—Pues no te doy el pescado, que lo mismo está poco hecho y tampoco te gusta.
Anda a la calle y esperas allí a Ángel que termine de comer
Esto no se discute. Lo mismo tenía razón. Me fui pa' la calle listo, aunque
con un agujero en la barriga y cierta presión en ojos y garganta. Me maldecía
por haber contrariado mi instinto al aceptar la invitación.
En barrios y pueblos jugaban a lo mismo: peleas a pedradas. Tampoco quise
jugar.
¿Cómo explicar a semejante bruto excitado que mi observación del arco
descrito por las piedras voladoras me costó una ceja partida en mi barrio?
Ahí
acabó la amistad como si nunca nos hubiéramos conocido ¿¿?? Ni siquiera me
devolvía el saludo.
Colección nueva: caras de amigos que no se acordaban de
mí. Para esto sigo siendo un bobo. Saludo y saludo y vuelvo a saludar, pero
muchos callan o tienen ataques de tortícolis. ¿No se supone que debemos
responder cuando se saluda? Cuando hago al revés y paso entre unos conocidos
del parque sin mirar a nadie, enseguida me llaman la atención. ¿En qué
quedamos?
Las comidas han sido toda mi vida una constante fuente de problemas. Me costó
mucho dejar de poner pegas a la comida que hacen otros y encima es obligado
mentir si no te gusta, pero te preguntan. Si voy a un restaurante siempre pido
filete (preferiblemente de lomo) con patatas y los demás me critican la
constante e inoportuna repetición. Yo no me meto en lo que comen los demás,
¿por qué al revés sí?
Y otro año más. Con pupitres de dos en dos, como siempre. Me senté junto al
niño que estaba tranquilo, solo y callado aunque a un metro del profesor.
Menudo rollo tener que estar pegado a otro chaval, oler su cuerpo, compartir
alguna cosa con él. Pero este era muy buen chico.
Juan Carlos fue el mejor
amigo que tuve nunca. Éramos él y yo. Dos es la cantidad perfecta.
Incluso conseguí pasar curso 3 años seguidos porque quería parecerme a él. Por
desgracia, los otros le pegaban y no sé el motivo... ¿aspecto, cuerpo, cara o
piel? No lo entenderé jamás.
Le insultaban y se reían de él. Yo miraba cagado
de miedo y me libraba. Nunca le defendí. Cuánto lo siento. Un día por mayo, en
8º curso, hice algo absolutamente incorrecto y fui expulsado del colegio.
Cuando volví, la cosa se puso al revés y era yo el insultado y golpeado
mientras él miraba, con la diferencia de que yo lo merecía y no voy a decir
por qué. Vaya par.
Aquel 8º de EGB fue mi cuarto y último año con él. Yo
pasaba las clases inventando dibujos laberínticos, alfabetos de letras
combinadas y sistemas de codificar texto, así que repetí curso otra vez. Se
marchó a un instituto y quedé solo. Le fue bien en la vida.
Barcarola de Offenbach en "La vida es bella" (quién pudiera vivir con
semejante esperanza, generosidad, gratitud y amor a los demás. ¿No os parece
un tipo genial y guapísimo?)
Entonces me fascinaba la flauta y la tocaba divinamente. El tutor, un hombre
joven con algo de maneras él y puede que yo también (cosa que nunca me importó
en nadie), me escogió para una actuación a medias con su acordeón.
Tras
interpretar mii fa faa mi mi re fa faa mi mi re fa faa mi miiii la barcarola
de Offenbach mirando al foco, se acercaron a decirme que la actuación fue una
chapuza porque sólo se me escuchaba a mí. Menudo fallo del tutor. Me metió en
el micrófono y él sin megafonía en el gran teatro-cine.
Durante la época de
ensayos me preguntaban los de clase si le tocaba la flauta al tutor y,
orgulloso (por una cosa que hacía bien), contestaba que sí y que él tocaba
su instrumento a la vez. Los pobres diablos reían y yo me apenaba de su
sordera musical... no sé cómo pude tardar años en comprenderlo y me siento
estúpido sin serlo.
Este tipo de cosas me pasan de continuo como cuando tenía 38 y un
compañero de trabajo me preguntó si había sido mariposa en mi otra vida y le
contesté que no creía en la reencarnación. A continuación empecé a dar paso a pensamientos sobre
orugas, mariposas y creencias filosóficas.
Tardé años, pero AAAAÑOS, en
comprenderlo casualmente. Joder, eso duele.
Mi adolescencia fue una continua, eterna mirada a través de la ventana de mi
habitación con idas y venidas dentro de la casa. Desde allí veía a los chicos
jugar y chillar en el patio del enorme colegio. Los observaba en la distancia
unas veces sorprendido por el caos de sus carreras, balones y movimientos y
otras cansado de sus gritos salvajes.
Otros días atendía al movimiento de las
nubes, al bajar de la lluvia, la nieve o los rayos. Hasta en sueños muchas
veces miraba tras aquellos cristales apoyado en la sobrenatural fuerza de la
imaginación dormida y unas noches los aviones Boeing caían del cielo sobre la
ciudad y otras toda ella era devorada por un incendio descontrolado que me
cercaba en lo alto del edificio.
Fue una adolescencia dolorosa y de
soledad rota en ocasiones, bordeando la locura y la depresión. La única
psicóloga a la que me atreví a preguntar, hermana de mis siguientes amigos,
reía y decía: "¡Qué vas a estar loco! ¡Es la adolescencia!".
Y bueno, cuando se repite curso es más fácil aprobar sin estudiar y queda
más tiempo libre. Al menos en un colegio religioso.
Y empecé a escribir historias en clase, pero Ignacio
Montejano me obligó a escribir relatos pornográficos si quería ahorrarme sus
golpes y empujones de pecho a lo macho cabrío. Era feo de cojones y un capullo
cochino que bajaba los calzoncillos en el gimnasio. Guarro, más que guarro.
Cerdo. Puerco. Cabrón. Mamón. Menuda psicosis pasaba por su culpa. Le entregué
sus relatos y pronto quedó horrorizado por lo que escribía para él y preguntó:
"¿De dónde sacas estas historias? ¡Son asquerosas!". Pero nunca se sació.
Para más I.N.R.I. y como "a perro flaco todo son pulgas", me pillaron
escribiéndolas en clase y me expulsaron del colegio por ello, una vez más, pero no supe
explicar nada a nadie.
Ahí vinieron a ofrecerme su amistad un par de chicos
procedentes del famoso grupo de futbol-tenis. Dos frikis que solo sabían
meterse en líos por los que la clase entera les perseguiría a tortas.
Con ellos, Alonso y Luis Carlos, compartí amistad unos 5 años, aunque siempre
manteniendo cierta distancia entre sus excesos y mis intereses.
Los eché de mi
casa en varias ocasiones. Cuando me quisieron drogar echando algo en la bebida
"para animarme" o cuando acepté organizar una fiesta en casa y apareció gente
fuera de la lista y con alcohol escondido. En menos de una hora paré la fiesta
y los eché a todos, borrachos algunos.
A estos dos amigos, los pillé en la
habitación de música lenta tratando de meter mano a una amiga borracha y les
corté el rollo y les insulté. Minutos después ella estaba sobria e hiperactiva
ayudando a limpiar todo. Siempre les tuve por pésimos amigos y no supe
encontrar otros mejores ni terminando con ellos de forma tajante.
Volvieron a
buscarme al cabo de unos meses y me acusaban de creerme mejor que ellos,
de ser muy duro... ¡qué suerte más buena y tan mala tuve! Al parecer nada es perfecto y aún no lo había aprendido.
Finalmente, y aunque quedaban bloqueados y mudos a la hora de hablar con
chicas, consiguieron sendas novias hacia los 20.
La amiga de uno de ellos,
guapa y simpática, quiso ser pareja conmigo, enseñarme el beso con lengua,
pero solo hacía que darme la razón en todo, en su conversación intuía que no había mucho espacio y no acepté ni lo uno ni lo otro. ¿Me creía mejor?, quizá si, fui un estúpido.
Tiempo después me ofrecieron salir con una chica más joven "dispuesta a
besarme el primer día" ¿¿¿??? y que tenía un bebé. Dije que no quería ser
responsable de un bebé (encantador y precioso, por cierto). Por esto me cogió manía aún más gente de entre los grupos con los que rozábamos.
Como alternativa
me ofrecieron ser amigo de Paco Montero, un chico creído y medio lelo que
guardaba habitualmente sus calzoncillos sucios bajo la cama:
—Como los dos estáis solos podéis salir juntos. ¿No os parece?
Como yo no contestaba habló Paco:
—A mí me parece bien, ¿y a ti?
—A mí no me parece bien
Dije sin querer dar explicaciones. Lo poco que de él sabía me bastaba. Paco
tomó la iniciativa para convencerme:
—Tío, no te queda otro remedio. Juntos podemos buscar nuevas amigas, no vamos
a ir con estos y sus novias... ahí... de carabinas...
El pobre lo decía convencido y se lo tuve que aclarar:
—Tengo remedio. Prefiero quedarme solo a salir contigo.
—Pero... ¿por qué?... tío... no lo entiendo...
—Porque no te soporto.
Y quedaron atónitos. Me pidieron que no fuera así... que lo
intentara... y me marché a mi casa porque Paco insistía en que no le
conocía suficiente, etc etc etc etc etc etc
----- Paco y la
"madre-que-regalaba-los-besos" fueron pareja algún tiempo y yo quedé sin
amigos ni ganas de ellos cuando menos me convenía. Reconozco que a estos dos
chicos los tenía muy cansados... siempre negándome a hacer lo que proponían...
y ellos se afanaron tanto en... No sé.
Con 20 años y sin amigos, comenzaba a ver mi futuro de soltero amargado y
solitario de por vida convencido de que jamás tendría pareja. La falta de amor
me asustaba y dolía más que la soledad, la abstinencia sexual, la muerte, la
nada o la locura.
Bueno, no. Tanto como la locura, no. Eso es exagerar.
Y ahora, omitiendo muchos capítulos y actores similares con quienes compartí
escenario, ¿qué se desprende de estas palabras?
Que soy un mal amigo,
que soy demasiado exquisito, que miro a los demás por debajo de mi perfil, que
me creo el niño en el bautizo y el muerto en el entierro, que debería
hacérmelo mirar (esto me lo dicen mucho), que si he tomado la medicación
(también), que si las drogas tan habituales de mi época joven me dejaron el
cerebro mal (también), que parezco un marqués...
Y sé que toda la culpa es
mía. Que merezco la mofa y las miradas de susto porque me comporto como un
lunático maleducado (otros dicen distraído) y que al mismo tiempo desconoce
los límites del cariño, de la generosidad y el respeto para saber cuánto dar,
cómo respetar ni cuándo amar. Ni a quienes.
¿Quiere decir todo esto que quiero estar solo y sin amigos? ¿Amo la soledad?
No. No. No. No. Y no. Eso es cinco veces no.
Por un momento iba a decir que
sí. ¿Tan poco claro lo tengo? No.
Era un sí muy claro por lo que voy diciendo
y haciendo con quienes me conocen (en persona). Pero algo no cuadra.
Busqué
canciones sobre amistad y soledad y mix. No encontré satisfactoria ninguna
hasta que paré ya cansado y recordé una de mis más queridas canciones. Cantada
por Carole King, You've got a friend.
Y con esta canción he llorado muchas veces, cantado y sentido profundamente su
letra. Y el día siguiente de esto he pensado que soy un fabuloso idealista de
la amistad, el amor, los abrazos... es decir, un mero espectador o un pésimo
actor que no sabe o por lo que sea no puede manejarse de forma natural
como las buenas personas: demasiada película y pocos hechos.
He sido un tipo con muchísima suerte porque he podido disfrutar de
amistades a pesar de mi desastroso manejo. Y entre esas últimas amistades una
chica me encontró atractivo aunque mal ataviado. Aún estaba con aquel par de amigos y ellos me aclararon que, cuando me la presentaron, no me había enterado de nada. Ni de la cara de ella, ni de su físico, ni de nada. La música, el humo, las luces tampoco ayudaban.
Quedamos un día y
llevamos juntos desde entonces. Muchas veces me pregunto qué ha obtenido
ella a cambio. Qué he hecho de bueno yo por ella durante tantos años.
Solo sé
que la quiero tanto como la necesito y que es por cariño que me sueña
independiente. Con ella no he necesitado amigos y he podido estar lo más solo
posible con la mejor de las compañías. Con muchísima suerte.
“Alone, I often fall down into nothingness. I must push my foot
stealthily lest I should fall off the edge of the world into nothingness.
I have to bang my head against some hard door to call myself back to the
body.”
Virginia Woolf, The Waves.