"Nuestra alma es una morada. Y al recordar las casas, los cuartos, aprendemos a morar en nosotros mismos."
— Gaston Bachelard, La poética del espacio
Hay una antigua fábrica de harina reconvertida en vivienda por un noble inglés que se enamoró, dicen que irremediablemente, de una mujer del lugar. De esas historias que empiezan con un viaje y terminan con raíces que uno no había planeado echar en ningún sitio.
Tiene una torre que nos mira desde lejos con cierta altivez, como quien lleva suficientes años en pie como para no tener que justificarse ante nadie. Y en lo más alto de esa torre, una vidriera. Según la hora del día y la luz que entre, los colores cambian. A veces parece que respira.
Las habladurías dicen que en esa habitación de la vidriera se encuentra el cuerpo de un niño embalsamado.
Dicen que murió, y que el dolor fue tan hondo, tan sin fondo, que les impidió enterrarlo. Que prefirieron guardarlo cerca, en lo más alto, donde pudieran seguir sintiéndolo presente aunque ya no lo estuviera. Hay formas de duelo que el mundo no entiende y que sin embargo tienen su propia lógica terrible.
Yo mismo pude preguntar en el pueblo más cercano. Muchos habían oído la historia, con sus variantes y sus adornos, como ocurre siempre con las historias que llevan años circulando de boca en boca. Pero no todos la creían cierta. Algunos la contaban con el tono de quien sabe que está adornando la verdad y no le importa demasiado. Otros con una convicción que daba respeto.
Tuve incluso la oportunidad de preguntar a la actual dueña de la casa, una tataranieta de aquel noble que se quedó prendado de aquella belleza del lugar y nunca volvió a su isla. Ni confirmó ni desmintió. Solo puso una sonrisa maliciosa, de las que lo dicen todo diciendo nada, posiblemente harta ya de tantas preguntas formuladas con la misma mezcla de morbo y cortesía que llevaba décadas recibiendo.
Todas las casonas y palacetes con torre tienen su leyenda. Y si no llegan a leyenda, tienen por lo menos algún chisme que aderece los días y alimente la imaginación de los vecinos y los paseantes. Es casi un requisito arquitectónico. Una torre sin secreto es solo piedra.
Y hay días en que pienso que nosotros mismos somos casonas con torres. Cada uno con su habitación cerrada en lo más alto, su vidriera que cambia de color según la luz, su historia que ni se confirma ni se desmiente cuando alguien se atreve a preguntar. Sin leyendas que corran de pueblo en pueblo, quizá, pero con señales que solo unos pocos perciben, y que pueden dar ocasión a habladurías o a alimentar ese misterio discreto que nos envuelve sin que la mayoría lo note.
No somos libros abiertos. Nada es exactamente lo que parece. Pero quien lee despacio, con paciencia, entre las líneas de lo que alguien dice y de lo que calla, de cómo entra a una habitación y de cómo la abandona, de qué le hace soltar una carcajada y qué le apaga los ojos, ese lector tranquilo sacará sus conclusiones. Acertará o no. Eso ya es otra cuestión, y depende tanto de quien lee como de quien, consciente o inconscientemente, escribe.
Pero no precipitarse ya es un acierto. En sí mismo, ya es casi un arte.
Voy a ver si cambio unos cristales de la vidriera. Qué lata. Siempre se rompe alguno.



