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jueves, 1 de octubre de 2009

Ojos vendados

"Mi soledad no depende de la presencia o ausencia de gente... odio a quien roba mi soledad sin, a cambio, ofrecerme verdadera compañía." (Nietzsche)

Me dijo: ¿confías en mí?

Y antes de que yo pudiera responder del todo, ya me había cogido de la mano, me había acercado a él con esa autoridad suave que a veces se confunde con ternura, y me había vendado los ojos. La tela era oscura, y olía a algo más que ocultación o puntos de suspense.

Me acordé de Nueve semanas y media. Me acordé de Kim Basinger dejándose llevar, entregada, y de cómo esa imagen me había parecido alguna vez romántica. Intenté relajarme. Intenté poner el cuerpo en modo de espera, dejar que los otros sentidos tomaran el relevo, confiar en que alguien que te coge de la mano sabe y te permite aprender.

Pero de pronto levantó la voz.

— Camina.

— ¿Caminar? ¿Dónde?

— No preguntes y camina. Si te fías de mí, camina y no pares.

Empecé a andar. Despacio, con los brazos ligeramente separados del cuerpo, tanteando un aire que no me daba ninguna información útil. Nada me recordaba a cuando de niña jugábamos a la gallinita ciega, cuando la oscuridad era una promesa y al final siempre había alguien esperando con una risa. Aquí no había risa. Aquí solo había su voz dándome órdenes y mis pies obedeciendo por inercia, por educación, por ese reflejo viejo de no decepcionar a quien dice que confía en ti.

Después de varios pasos, algo se detuvo dentro de mí. No fue una decisión exactamente. Fue el cuerpo diciéndome lo que la cabeza todavía no se atrevía a formular. Ni mis pies ni mi mente querían seguir avanzando. Me quedé parada. Anclada en medio de un todo donde no había nada que yo pudiera ver ni tocar ni reconocer.

Y entonces llegaron los gritos.

— ¡¡Maldita zorra!! ¡¡Ya sabía yo que no tenía nada que hacer contigo!!

Las palabras llegaron antes de que yo pudiera prepararme para recibirlas. Pero algo curioso ocurrió: en lugar de encogerse, algo en mí se enderezó. Fui levantando los brazos poco a poco, con una calma que no esperaba encontrar en ese momento. Llevé la mano a la cara. Retiré la venda.

Ante mí había una vista espléndida. Diría que maravillosa. El tipo de paisaje que en otras circunstancias me habría dejado sin palabras, con ese silencio bueno que produce lo bello cuando te pilla desprevenida.

Pero al bajar la mirada, un escalofrío me recorrió el cuerpo de arriba abajo.

Estaba a un palmo del borde de un precipicio.

Me quedé mirándolo un momento. Solo un momento. Lo necesario para entender exactamente lo que había pasado, lo que podría haber pasado, la distancia exacta que había entre yo y el vacío mientras él me gritaba que caminara y no parara.

Entonces me alegré mucho. Me alegré profundamente, con una alegría fría y lúcida, de ser la maldita zorra de sus gritos.

Di media vuelta, despacio. Con la misma calma con que había quitado la venda. Lo miré una vez, lo suficiente para ver su cara roja de furia, esa rabia que bulle desde el fracaso ante la indiferencia del otro. Caminé hacia mi coche con paso firme, y sin levantar la voz le dije:

— Ahí te quedas.

Subí. Arranqué. No volví a verle más.

Aunque conservo la venda que me puso. La guardo en un cajón, doblada, sin ceremonias. Por si un día me falla la memoria.

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