Punishing a child.
"Las circunstancias nos definen. Nos obligan a tomar un camino u otro, y después nos castigan por ello" Ivan Turgenev
Yo tenía unos... ¿ocho o quizá diez años? No lo sé. Mis padres me habían enviado, junto con mi hermana, un año mayor que yo, a casa de mi tía para pasar parte del verano. Sí, todo estaba previsto y, un buen día, mi madre nos subió al tren y pidió al revisor que, por favor, vigilara nuestra llegada a Zarautz, donde algún familiar nos estaría esperando. Esto parecerá extraño hoy en día, pero entonces no debía de serlo. No podía acompañarnos porque debía quedarse en Ávila, atendiendo el negocio familiar.
Nosotros esperábamos y preparábamos con emoción estos viajes. Comprábamos chuches, leche condensada en tubo, etc., pero el trayecto se hacía demasiado largo y había que racionar. Bueno, el caso es que llegamos con suerte y buena ayuda (supongo), y nos recogió algún familiar. Todos vivían allí: mis primos, mis tíos y dos abuelos. En esa tierra tan bella, con el verde pintado en sus campos, a diferencia del ocre de mi tierra en verano, ¡y con playa!
A casa de mis tíos venía con frecuencia un niño más pequeño que yo, quizá de cuatro años, y a su lado yo me sentía «un mayor» como el que más. Este niño vivía enfrente, cruzando la calle, a escasos cien metros. Sus padres decían que tenía problemas para dormir y me ofrecí para ir a su casa a contarle un cuento. A todos les pareció bien. Mi hermana estaba aquel día en casa de otra tía, en otro pueblo cercano.
Le conté de memoria, inventando un poco por aquí y otro poco por allá, una historia de la colección de cuentos de hadas que teníamos en casa de mis padres. Recuerdo perfectamente cómo el niño atendía, aunque no soy capaz de decir su nombre. Sé que puse mucho cariño y, sentado a los pies de su cama, veía la puerta abierta sin que nadie me vigilara, mientras hablaba y explicaba mi historia para él.
No sé cómo sucedió, pero debían acostar al niño demasiado pronto, porque había luz en la calle cuando empecé y esta se fue marchando sin avisar, suavemente, sin que yo me diera cuenta. El niño cerró los ojitos en algún momento y, cuando terminé, estaba dormido.
Me sentí muy contento e importante por haber conseguido llevar los sueños al nene. Sus padres me sonreían y me dieron las gracias. Se despidieron de mí en la puerta de su casa y de allí fui directamente a la de mi tía. Estaba ansioso por explicarles mi hazaña.
Cuando ella abrió la puerta, me dijo serenamente lo disgustados que estaban conmigo. Mi tío se había ido a la cama del disgusto. Me dijo que era muy tarde y que estaban preocupados. Y, a pesar de que me preguntaba una y otra vez lo mismo:
—¿Cómo has podido hacernos esto?
No supe explicar nada ni conseguí abrir siquiera la boca. Ahora estaba castigado. En solo unos pasos crucé dos mundos. Y también tenía que irme a la cama sin cenar. Eso no me había pasado nunca.
Y me fui a la cama. Me acosté tal como me dijeron. Me quité la ropa, me puse el pijama y me metí en la cama. Mi cabeza no podía reaccionar.
Entonces llegó mi tía, agarró la manilla de la puerta y dijo:
—...Y encima no pides perdón. No me esperaba esto de ti.
Cerró la puerta y yo me quedé allí, con un tremendo dolor en la garganta, hasta que arranqué a llorar en silencio, como siempre he hecho. Y desde la cama, que estaba pegada al ventanuco abierto, de madera oscura, miraba cómo las estrellas bailaban sobre mis ojos llenos de pena y lágrimas.
Mis padres gritaban y/o pegaban. Recibías tu palo y tus voces acompañadas de caras furiosas, y llorabas, pero esto... Aquí eran ellos los que lloraban... por mi culpa. Yo había hecho un daño tremendo... ¿yo? Si yo era de esos niños que no hacen ruido...
Y, después de un buen rato, cuando sintieron mi llanto imperceptible y sofocado tras la puerta, después de demasiado llanto desesperado, entró mi tío y me dijo que fuera a pedir perdón y a darle un beso a mi tía, que estaba en su cama, también llorando. Y fui a pedir perdón, a dar el beso, antes de volver a mi cama.
Cuando mi hermana y yo regresamos a casa, llevaba conmigo un peculiar acento vasco. También un recuerdo escondido.
Ayer volví a recordar esta historia y el final que yo había ocultado durante muchos años. Entonces no me di cuenta (bastante problema tenía). Pero ahora puedo ver a mi tía de nuevo cuando me acerqué a besarla: ella no estaba llorando.


