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martes, 1 de septiembre de 2026

Yo tenía... no sé qué

"Aunque el mundo esté lleno de sufrimiento, también está lleno de personas que lo superan."

— Helen Keller

Yo tenía el dedo en un dedal. Era escaso para culito de vino.
Ancho para un ser infantil y perfecto para firmar en puntos un quebranto.

El dedo pregunta por el tamaño de lo que atraviesa.
La travesura no sabe ser discreta, es así, lo son los años.


Hay quienes aterrizan en el mundo con la piel donde debería ir el uniforme, el disfraz inverso.
Cada vibración percibida, una confusión pequeña, una pregunta sin efectuar.
Cada mirada ajena, un peso incógnito con raíces de alien, el pasajero más cercano.

El mundo nació igual para muchos y de a pocos se fue diferenciando en capas. Ir adaptándose fue la misión de esos pocos.
Lo recorremos a lo Ricitos de Oro, abriendo las escotillas al revés y sacando los pies de las alforjas para dormir en camas que nos vienen chiquitas o sin saber cómo encaja un cuerpo pequeño en superficies inadecuadas.

Nos dan plano y manual en idioma georgiano, siendo naturales de Tudela.


Me he comprado una nave con hangar espacial industrial. Pagar a plazos es una ventaja contractual. Nuevos mundos considerales a mis extraordinarias capacidades, preparadas las estrellas, sobrevolaré vuestras órbitas a ratos y con ellas me miraréis.

Mas mirad a lo alto, a lo ancho o a lo ligero: lo mismo da que me tiene siempre que ampliéis la manera de mirar.

Exclusivo, niño con nave especial considerable, industrial y con saltos portal a portal.


Mi precioso transporte a los sueños se convirtió en el primer Transformer del mundo, difícil de manejar, inabarcable, bloqueado en una cabina de camarote oscuro y triste, donde las lágrimas caían, sssshh_!
sssshh_! y más sssshh_! hasta mis pabellones deportivos en lo auditivo y sensorial.


Alguien, en lugar de ser refugio inter-mundos se convirtió en primera lección terrenal. La que el cuerpo aprende antes que la mente: peligro marciano con cara reconocida, que el amor y el daño pueden llegar de la misma mano, que mano sin "m" no es mano y sobrevivir suena a moco de bebé caprichoso.

HEY BRO ! Despierta! SSSSHHHH__!
¡Cuidado, nos atacan!, algo o alguien se ha colado en la nave!

Jugarrrr, jaguarrr, grrrrr, mmmm, frisssss, frassss
Por aquí, por acullá, todo vale, nada vale lo demás.

De la mano de inocente grumete, un agujero negro quiere aplastarnos en su gravedad inmensa.
Motores a toda vela, abre, la ventanilla no se abre, cierro, no podrá pasar a mis dominios fractales, los desechos en la compuerta, el misil no la derriba.
"EMPUJAAAAA!" se dicen la cosas, que son varias, de hierro, con hidrosferas de emulsión a látex.
"No puedooo" respondo, no resistiréeeee, pero resisto.


Mis tías encogieron, no se cómo, sus hombros, cuando el infante tripulante se negó a estrenar la prenda de baños luz.

Las vi mirarse a los ojos, no a las órbitas lunares, a los puros luceros tragaluces, extrañadas. Robaron mis condecoraciones y, degradado, obedecí y les di mi piel, codiciada piel con cositas de nene.

Qué inocente.

Los profes también eligieron encoger las complicaciones, cuando este peque no quería jugar con los otros mequetrefes.
Fría columna de piedra, inamovible pierna, segura frontera, rugoso paraguas contra la tormenta.
-¡OIGA! ¡SU HIJO NO JUEGA!
-Habla cucurucho que no te escucho

Más fácil acudir a mi y preguntarme si sujetaba la columna, reírse del astro y del nauta que aún buscaba sus sueños en la tierra prometida.


Hubo años en que el cuerpo se convirtió en el único territorio donde ejercer soberanía.

Decidir cuánto. Decidir cuándo. Decidir si.

Porque cuando las aristas del dolor no cortan lo bastante, uno aprende a sacarles filo.
El tentáculo de roca guiada rompiendo mi lisura, el hambre de víbora su idioma y yo, incrementando en callados mi patrimonio.


Pa' patria papá. Loconel Coward y, a sus órdenes locas, Madson el hijo.
Quedó eso como ecolálico adjetivo, despectivo, dejando clara su espesa ligereza vocal.

Mamá, Killer Hider Mom, ¿no te acuerdas, hija, de aquel olor a humanidad? Lo dijiste.

Lo dijiste, cuando él quiso abrir. Cuando él, tu favorito, resolvió el cerrojazo sabedor de lo prohibido.
Tu machote ibérico cerró y abrió y, entonces fue cuando lo dijiste.

Nuestro cuarto cerrado,
la ventana abierta y las verdades,
salieron volando a ciencia cierta.
¿Verdad, mamá, que tu antifaz impedía saber nada de nada?


Este antiguo pensamiento de diluir mi estrella en el espacio exterior es antiguo, sinónimo de infantil, chocante figura menguante, estacional, difusa y otra vez creciente.

Ese pensamiento tan frecuente y buscado durante aquella adolescencia, Toc-Toc, llamó a la puerta de mi nave:
-Abra usted, salga de su cavernícola chatarra espacial, disfrute de un simpático pozo negro en el estómago.

Ya sin combustible, oxidada, el panel de mandos dibujado en un papel perdido entre papeles, no olvidado pero si apartado, se fue consumiendo entre el polvo de los cementerios altos de un armario.

Ese vacío extensible vuelve de entre los vellos de mi bigote, traicionero, sin saber qué curvatura espacial escogió para alcanzarme.

Los que han estado ahí saben de qué va la vaina. De querer marcharse si con eso, lo que sea, se calla el ruido hacia adentro, se apagan los quejidos y sus lamentos.


Mi cuerpo se queda como si nada.
Nada lo altera ni se muere.
No flota ni navega.
Pierde energía.
No pasa de sólido a gusanoso.
Mi cuerpo es la nada
en una espera interminable.

Al principio creí en una nova estelar, repentina como el lugar exacto donde uno acostumbraba mirar.

Brillaba y, en su fulgor, incluso en un solo reflejo, la noche era innecesaria.

Al final se trataba tan solo de un sencillo esquema con algo de ternura, pizcas de esperanza, y esa costumbre tan humana de confundir oscilación con permanencia.

Mi estrella era negra, con geometría y densidades cósmicas. De su oscuro nada podía escapar, solo permanecer apretado en una asfixia, inaccesible al juicio.


Los poetas, sabiéndolo, escriben sin márgenes, a lo largo de la secuoya, entre los húmedos pliegues de sus cortezas.

Porque han visto estrellas apagarse mucho antes de que el cielo lo admita.
Porque conocen el momento exacto en que una ilusión sigue brillando aunque ya no exista.

Y porque alguna vez, mientras todos miraban hacia arriba, ellos sintieron romperse el firmamento.


Mi tiempo, aunque infinitesimal a escala planetaria, vence.
No que se rinda, sino que va terminando, alejado de su comienzo.
Perdida la capacidad, la memoria, consumidas las ganas, pasada toda hambre, quería contar lo que  aún tenía. Yo tenía... pero no sé qué era.

No espero recuperar aquel vehículo interestelar.
No veo más estela que la del dolor ciático en la fisio,
de cerca por los ojos secos del Sjorgen y,
de lejos, por la visión de un viejo miope.
No tengo noticias de, ni nostalgias por
aquella, mi antes y solo por entonces querida,
bonita nave espacial.

miércoles, 1 de julio de 2026

Viejo cuaderno de bitácora

“Lo que sí existe es este tipo de niños: inteligentes, atentos, hipersensibles y, por estar totalmente orientados hacia el bienestar de los padres, también disponibles, utilizables y, sobre todo, transparentes, predecibles y manipulables… mientras su verdadero Yo (su mundo afectivo) permanece en el sótano de esa casa transparente en la que tienen que vivir, a veces hasta la pubertad y, no pocas veces, hasta que sean padres ellos mismos." Alice Miller 

Lo que voy a contar... va a haber quien trate de anticiparse.

No tiene que ver con bodegas ni vinos, pero las enólogas dicen: «En nariz se anticipan las notas de fruta negra que luego aparecen en boca».

El marido de una amiga de mi esposa se empeñó en ponerme un vasito de vino —botella sin etiquetar— diciéndome que era un Vega Sicilia.

Al verme encoger los hombros, apeló a altas instancias, obstinado en que era un bouquet tal y cual. Quería —lo sé sin necesidad de hacer lectura interlineal, dado su historial de estupideces— dejarme en ridículo.

Tardé unos segundos en desmontarle la película:

—No tengo ni idea de vinos. Si me pones vino Savin de cartón no lo voy a diferenciar.

Podría haber usado una marca de mejores referencias en mi memoria, pero quise llegar lo más lejos posible en menos tiempo del necesario para no enfadarme, y ahorrarle un disgusto a mi esposa y a la suya. Pero se puede ser pesado, aparte de torpe. Tuvo que porfiar:

—No me compares, se nota fácil la diferencia.

La jugada no le salió bien. Resumen: era vino de su pueblo.

Lo que voy a contar... ains. Quizá me cueste empezar porque me desagrada intentar relatar algunos de los tramos más fastidiosos de mi vida. Empezaré por algo liviano.

En el barrio de mis primeros años, las calles sin asfaltar daban piedras, barro, tierra y polvo. Jugar a las pedradas era normal. Una de mis cejas la partieron así mientras yo observaba alucinado la hermosa ondulación que describen al volar bajo el impulso adecuado. Lo anoté en «juegos peligrosos».

Y de lo que voy a contar ya un poco más intenso pero repetido... cuando venían visitas —familiares, supongo— y mi padre decía: «Hijo, enséñales el título de hombre», para que les mostrara lo que me diferenciaba de las nenas, con 6 o 7 añitos. Obedecía y había risas, así que lo anoté en «juegos graciosos».

Empecé el colegio con esa ingenuidad, sin saber que era necesario tener amigos y había que hacer cosas, ser así o asá, pero nada fuera de lo convencional. Elegí las enormes piedras que sostenían la escuela y me puse ahí, cual tortuga con frío, estrenando la sección «pasar desapercibido».

Luego, en cuarto de EGB, esquivé los juegos del hombre, un profe muy malvado. A saber:

El juego del sable divino
El juego del sable divino

Era una regla flexible de acero, enorme, usada como látigo contra nuestras espaldas. El golpe caía de arriba hacia abajo, que era donde el latigazo más dolía.

Sonar de aproximación
Sonar de aproximación

O acercar la frente al pupitre y recibir tal empellón por el cogote que te estampaba contra él.

Juego de la golondrina
Juego de la golondrina

Pintada en una hojita que pegaba en una esquina. Decía: «Mira al pajaritooo», y te arreaba una torta sin consagrar capaz de tumbar a cualquiera.

Iba cagado de miedo pero casi prefería las deposiciones impetuosas que mi despiadada celiaquía lanzaba estando en clase o en el recreo. Con todo, logré participar del juego de la golondrina por partida doble, en ambos lados de la cara. La segunda por llorar y amenazar, como cualquier niño, «se lo diré a mi padre». Con sus dedos marcados en mi cara añadió:
—Y ahora vete y cuéntaselo a tu padre.

Cuando mi padre me pegaba solía haber un motivo: haber olvidado la hora de bajar a la escuela, negarme a todo, no recordar mi nombre si se preguntaba a gritos, o cosas más graves, como romper algo o decir algo demasiado crudo.

Las violencias físicas son manejables hasta cierto punto. Los comentarios de chicos y adultos, sus actitudes, sus cargas de profundidad... si estás al lado te alcanzan. Si no las entiendes, mal vas a recibirlas, pero puedes anotarlas en el capítulo de «violencias».

Los afectos físicos —juegos escolares en que te robaban la ropa interior, o los que se practicaban sin ropa usando partes del cuerpo—, las exploraciones variadas, las exposiciones a imágenes, etc., se convirtieron en recurrentes; acumulando polvo y sacudiéndoselo a temporadas.

Cuando, estando en casa de mis tíos de Sanse, mi primo engañó a su hermana con juegos sin ropa haciéndome participar y, después del castigo, sus padres me enviaron a la bañera ¡a puerta abierta!, creí que el mundo se me venía encima y no podría pararlo; pero ese baño quedó en susto.

Con 10 años fui yo el engañado a jugar sin ropa y todo cambió para siempre. Un niño, enseñado a creer en Dios, que comienza a llorar por las noches y le ruega que se lo lleve con él. Un niño, y ya tuve suficiente.

Díganme si, con esas pocas experiencias, fue mala mi decisión de reducir las relaciones humanas. Puede que las limitaciones vinieran impuestas de serie, pero nadie ayudaba a sortearlas.

La adolescencia quedó tan bunkerizada que, cuando necesitaba salir, la evasión me costaba muchos disgustos anticipados pero, a pesar de mis dotes de videncia, debía intentarlo.Concluí que «los experimentos en casa y con gaseosa», es decir, para probar una idea arriesgada, primero con uno mismo, en un entorno donde, si sale mal, las consecuencias sean pequeñas. Eso hacía yo.

Escapar del asco de los abusos íntimos para saborear la intimidad fuera de uno mismo. Equiparable al 2,4,6-trinitrotolueno, TNT. Lo intenté así sobre los 14:

Mi hermana mayor —17 años— tenía una amiga muy bella: Pilar. Para ser sincero, todas las chicas me parecían criaturas hermosas, luminosas y buenas, y todos los chicos lo contrario. Es posible que Pilar no fuese bella por fuera y existiesen chicos buenos por dentro.

Pues Pilar venía a mi casa a esperar que mi hermana se arreglase, pero creo que, además, como nos ha sucedido a todos en casa ajena, las diferencias positivas acrecientan esa benéfica indulgencia con que solemos mirar lo que nos rodea.

Un día pidió bañarse. Yo no sabía cómo sería su bañera, pero agua tendría, así que no terminaba de entender cómo alguien podía desear darse un baño en casa desconocida, con la de cosas malas que pueden pasar.

La muchacha no hacía ruido. Desde fuera yo trataba de averiguar qué hacía —por algo me decían «espía»— y, de pronto, empezó a salir agua por debajo de la puerta. Corrí a avisar a mi hermana. La llamó:

—¡Pilar! ¿Qué haces? ¡Abre!

Y, como no contestaba, abrió con aguja de ganchillo. Se cabreó con ella e interpretó que le faltaban tornillos.

Mi pensamiento creativo construyó algo. A Pilar le habían pasado cosas malas. Algo que le recomendaba no bañarse en casa, que le decía «este lugar es seguro». Su cara era lánguida, pálida, como un ángel de porcelana blanca, quebrado, tratando de mantener juntos los trozos.

Mi hermana recogió el agua sola —Pilar seguía como en otro mundo— y luego entró al baño. La chica empezó a secar y peinar el pelo mojado, oscuro, largo. Me senté a su lado a mirarla.

Hoy ya sé que «eso no se hace» y si vagamente lo consigo hoy, entonces era inevitable. Desde muy adentro, desde una especie de devoción, yo quería ser así. Si prefieren decir «hormonas adolescentes», allá ustedes.

Tenía la impresión de estar a su lado y, a la vez, en lugares distintos, invisible para ella. Como no me veía, yo no paraba de escrutarla. Quería saberlo todo, pero las preguntas —muy complejas de elaborar, inalcanzables— impedían obtener las respuestas.

Y fui a lo más obvio por el camino más directo: veía que bajo su camiseta no llevaba ropa interior. Le pedí que me las enseñase.

¿Se podía pedir algo así? ¿Los agredidos pasan al bando de los agresores?

Pues lo hice y ella accedió. Cruzó los brazos sobre su cintura, cogió la camiseta y empezó a subirla. Aterrorizado, le pedí que parase, que no era en serio. Ella preguntó:

—¿Seguro?

Cuando dejó caer los brazos respiré de nuevo. Casi me da un soponcio.

Me dijo que había sido un buen chico y me dio el primer beso, labio a labio, duración: 2 segundos, ocultos tras la puerta de mi habitación. Ella se fue a otra parte mientras, tras la puerta, yo trataba de analizar la secuencia de vertiginosos sucesos eróticos.

Así llevé a cabo mi experimento macabro, sin razonar, sin meditar ni valorar los resultados, pero en lugar seguro. Y como casi me explotó escribí «sexo peligroso».

Dije que iba a contar cosas desagradables, en medio del calor y el hastío de Julio, cuando mi madre, de mala gana, dio cuerda a este muñeco.

Esa vivencia pudo ser otra mierda más para Pilar, que después siguió los pasos de mi hermana a un principado de diminutas dimensiones. Ambas encontraron pareja: mi hermana, un tipo infiel; Pilar, un maltratador.

A mi hermana mayor me la pidieron prestada, para estrenarse, los dos chicos por quienes fui elegido para amistad y, como si yo fuese un proxeneta de la peor calaña, más adelante querían emborrachar a mi amiga y vecina austriaca para saciar sus apetitos.

Como no les funcionó, me ofrecieron participar de algo similar contra una persona con cierto síndrome a la que uno de ellos conocía. Aún hoy me cuesta creerlo, pero entonces les dije de todo. Empezaba a dudar si estarían bien de la cabeza. Si alguien quiere saberlo, el futuro demostró que ninguno de los dos lo estaba. O de los tres.

Más adelante —digamos 2018—, mis jefes me llamaron al móvil mientras estaba con mi hija y mi esposa en Oviedo:

—Hola. Mira, que estamos en Asturias, de despedida de soltero.

—¿Y?

—Pues... ¿estás aquí con tu hija, no? Nos la podías dejar.

No entiendo, no contesto.

—Es que... macho. Nos ha fallado la cuqui que teníamos contratada.

Estaba cabreado pero, como soy idiota —y no me extraña que lo sepan, dada mi actitud—, no me salieron palabras.

—¡Oye! ¿Estás ahí?

Se pone el amigorro de turno. Dice:

—No les hagas caso, mándalos a tomar por culo, que están borrachos.

No era la forma de hablar de un borracho, pero sí la de un individuo que nunca ha disfrutado de una pizca de educación. Anotado: las bromas pesadas también llevan antifaz.

Antes de trabajar para estos, mi anterior jefe también realizó sus delicias conmigo. Y con mi compañero, que tuvo que volver a medicarse para no sacudirle por cómo nos presionaba. Son cosas de todos los trabajos, del día a día de cualquiera, y solo quiero relatarlas fiel a la realidad.

A este hombre le apodé «El General». Tenía que ir a su casa a veces, a los garajes bajo el chalé. Uno era trastero-cochera-pudridero y el otro cochera-vinoteca-gimnasio. El primero olía a fruta pocha y basura acumulada. Cuando me dejaba volver a casa, siempre en horario de trabajo, tenía que tirar sus trastos, aquella basura e incluso lo de reciclar.

Me enseñaba su bodega —otro con la misma historia— y su gimnasio. Como percibió que pasaba de vinos, fue a la sección de revistas de hombres musculosos de culturismo, y revistas de culturistas desnudos. Yo no decía nada y él seguía con su rollo de que el cuerpo no era para avergonzarse y que un hombre podía estar desnudo con otro, etc. Ese cuento ya lo tenía anotado y no colaba.

Se ponía pesado con «tienes que hacer ejercicio». Justo entonces yo padecía anorexia nerviosa y ni músculo ni grasa tenía. Ni capacidad para razonar.

Un día me indicó que probara uno de los aparatos de su revolcadero y, mientras yo colgaba de aquello —la imagen del murciélago en mi mente—, me dijo:

 —Respira.

Nunca he pisado un gimnasio, ni lo haré, pero me monitorizó poniendo las manos en el vientre:

—No respiras, respira mientras haces fuerza.

No me importaba tirar su basura, pero vi tarde que todo eran pruebas para conocer mis límites y supuso que no los tenía. A cada momento esperaba sentir sus manos desplazándose a lugares prohibidos. Confundía mis temblores con fallos musculares.

Le disgustaba mi delgadez y que no le atendiera para ganar peso. Batidos de proteína en polvo me ofrecía cuando ya tomaba «Ensure TwoCal», pero seguí soportando su basura mental y real hasta el final.

Algunos días llegaba borracho a la empresa. Su esposa me pedía llorando:

—Llévalo a casa, por favor.

Por una vez mi lengua se soltó rápida:

—¿Que lo lleve yo? Si está tu hijo ahí.

Ella negó:

—No... él no puede, es muy flojo. Tiene que ser alguien como tú, fuerte, con moral, con amabilidad y paciencia. Él no tiene nada de eso. Por Dios Santo te lo ruego.

Le llevé en la furgoneta de la empresa. Por el camino estuvo haciendo todo tipo de locuras. Tiró las cosas de la guantera por la ventana. Escupió mal, pringó el cristal y la baba colgaba puerta abajo.

Pidió:

—Llévame al bar, tomamos tú y yo una última copa, ¿de acuerdo?

—Sí.

Le llevé directo a su casa.

—Cabrón, me has engañado.

Se bajó. Llamé a la puerta del chalé para que saliera la hija.

Mientras, se abrió la bragueta y trató de mearme encima por haberle llevado a casa.

Mientras me perseguía manguera en mano y yo saltaba de acá para allá, su hija abrió la puerta. Se llevó la mano a la cara y miró a otro lado.

Si a esto le sumamos que en mi primer trabajo con nómina, explotado y engañado, un compañero tenía por costumbre cogerme por las caderas en cuanto me inclinaba a lo que fuese, para chocar sus genitales conmigo, que el otro compañero me dijera «Mariposa» y que en el trabajo actual me pateen el culo, me empujen con fuerza para que me quite de sus caminos o el niño culturista se plante en medio del mío para imponer su masculinidad, y que me insulten y digan barbaridades...

Debo anotar lo siguiente: produzco tanto deseo y rechazo como envidia e indiferencia, en proporciones variables. El título para esa sección... no tengo ánimo.

Los derroteros de este post, auténticos, son así. Como con espinas infectadas, pus pestilente y comportamientos mugrientos. ¿Consentidos? Aquí todo se ve con claridad pero, créanme, en el momento dominan las nieblas.

Si resumimos los últimos sucesos y enfocamos a los malvados, es natural que un día, cuando me crucé por la calle con Lidia Barrera A., mi psicóloga en la UTCA, le dijera:

—Si hubiera un botón que, al pulsarlo, todos los hombres desaparecieran de la faz de la tierra, no dudaría en utilizarlo.

Quedé excusado por mi situación en aquel entonces y ella me explicó que no todos los hombres eran malos.

Esa misma Lidia, en una de las sesiones, me preguntó esto:

—Me ha dicho Ana —la endocrina— que quieres hacerte una colonoscopia.

—Sí.

—Pues... no lo entiendo. Para alguien que dice que se quiere morir, no le veo sentido hacerse una colonoscopia. Eso es para quienes desean vivir.

No tenía muchas ganas de explicarlo, pero requirió que lo hiciera:

—Cuando digo que no quiero vivir, que quiero evaporarme y morir, no estoy diciendo que quiera morir en medio de un cáncer de colon, con dolor y sufrimiento.

—Pero... eso que dices de evaporarte, nadie muere así.

En fin. No conectamos. Ni ella se esforzó conmigo ni yo estaba en situación de rogar su atención, obligado a comer, a engordar y recuperarme. Para ella, «la vida es mucho más sencilla que todo eso».

Tampoco hubo sintonía con el psiquiatra, David González, que en una ocasión, sobre los abusos en la infancia, cuando mi esposa le preguntó:

—¿Es que nunca lo va a olvidar? No entiendo que a estas alturas esté dándole vueltas a eso, ya pasado...

—Nunca —dijo David—.

Y, tras pensarlo un instante, se sacó este chiste de psiquiatra:

—Bueno, quizá sí lo olvide algún día, si tiene alzhéimer.

Debía aburrirse mucho David. Conmigo la guasa estaba siempre servida:
—Con este Zarelis siento que me voy a hacer pis cada poco rato. Es muy molesto y...
—Pues te pones un pañal.

David, como director de aquel lugar, lanzó su diagnóstico sin dudar, otro día feliz:
—Tienes un trabajo reconocido, una esposa, una hija, casa.
—Si
—Y, claro, estar delgado es super-mega-guay.

En efecto. Es lo más. Cada día pensar en la muerte. Es estupendo comprender el efecto de los abusos sexuales y, un día, al salir de la prisión provincial y estar encerrado con los presos, recogiendo y entregando máquinas de escribir para ellos —curiosa distracción—, quedarme a punto de dar un volantazo para estamparme contra el primer camión. No quería hacer daño a nadie más así que aceleré y puse los cinco sentidos en permanecer en la carretera mientras aquella vieja furgoneta rugía de angustia.

¿Que yo me tomo todo a la tremenda? Puede.

¿Soy un débil mental? Claro.

¿Todas tenemos conversaciones así a lo largo de la vida? Seguro.

¿Que una cosa es recordarlo todo y otra removerlo? También.

Por eso os compartiré un par de sucesos en manos de Helena H., psicóloga en la Asociación de Ayuda a las Víctimas de Abusos Sexuales. Contaba con Manuela como directora y una abogada para las denuncias. Me aceptaron, a pesar de no ser mujer.

Un día, aún desconozco el motivo, me preguntó:

—Seguro que tú, si te cruzas por la calle con una mujer bonita, piensas: «A esa me la fxllaba yo».

Puse cara de estupor y respondí:

—Pero... ¿por qué dices eso de mí? ¡Qué asco!

Me pidió mil disculpas, etc. Pero ahí no queda la cosa.

Otro día, como me gusta llegar pronto, Helena no estaba aún en el piso de la asociación. Solo Manuela, en su despacho a un lado de la entrada, y yo, en la salita de espera al otro. Llegó a voz en grito, dirigiéndose a la directora:

—¿Sabes lo del niño y el abuelo? Pues que pillaron al abuelo dando por c. al nieto.

—¡SSSSHHHHH!

Manuela la mandó callar. Cerró la puerta del despacho y al rato salió sin dar explicaciones, como si nada hubiera ocurrido.

Poco tiempo después me invitó a dejar de ir, si a mí me parecía bien, con derecho a regresar. Y me pareció bien, pero no regresé, excepto para expresar gratitud, a pesar de todo.

Probado queda que ni todos los hombres son malos —aunque la mayoría sí— ni ellas todas buenas. El capítulo de «simpatía psico-psiquiátrica» queda abierto.

Si tuviera que contar algo sobre mujeres pasando ciertos límites conmigo, podría mencionar una mujer que solicitó mis servicios a domicilio, en torno al icónico año 2000.

Fue en mi primer trabajo. Iba a muchas casas entonces a poner equipos informáticos, pero la empresa comprobó que cuando yo volcaba mis conocimientos y emociones vendiendo, nadie en toda la ciudad lo hacía mejor. Pasé la mayor parte del tiempo como comercial y le contaba a la gente cosas que no entendía pero sí eran conscientes de que aquello era bueno y, sobre todo, verdadero.

Me acostumbré a estar en tienda y me fastidiaba tener que salir. Y esa mujer no tan mala, a la que su marido engañaba según mi jefe —y no era un jefe cotilla— con más de una, pidió asistencia técnica a domicilio. Envié al compañero, que acuñó ese «En tu otra vida fuiste mariposa» y volvió sin éxito técnico con una advertencia: «Quiere que vayas tú ahora, pero cuidado, que esa es una tigresa». La conocía y me parecía peligrosa. Fiel a mi costumbre de no valorar por medio de terceros acudí; no tenía otra opción.

Llegué a su chalé y me dijo que disponía de una o dos horas, pues tenía que recoger luego a los niños. Su marido en la empresa, ella sola en casa. Subimos al trastero donde estaba el PC con problemas. Después de revisar todo, no encontraba nada raro. De pronto me puso una mano en la pierna, junto a la ingle. Pegué tal salto que casi me parto la crisma con el techo abovedado. Me pidió disculpas, etc.

Mucha gente toca brazos, manos, hombros, etc. A mi hija le partí la nariz de un codazo por tan solo tocarme las costillas mientras me afeitaba. No soy la persona más recomendable para sorpresas, y no puedo decir que aquella mujer guardase parentesco con los tigres por tan poca cosa.

Al hilo de eso mismo, de la mano en la ingle, puedo relatar otro suceso, este algo más intenso.

En el mismo lugar de trabajo me pidieron otra vez ir a revisar un PC con problemas. Lo habitual. ¿Los ordenadores de ahora dan menos guerra o hay más conocimiento? No estoy seguro. Pero esta era la casa de una pareja unos 15 años mayor que yo.

La mujer había decidido montar un SPA en un local, hipotecando su casa para conseguirlo, en contra de mi recomendación y un serio pesimismo sobre el lugar y nuestra ciudad. A mi pesar, porque a ella le tenía aprecio, pasó mis recomendaciones y razonamientos por su amplio y algo arrugado arco del triunfo.

Mujer de carácter, psicóloga retirada, había sacado toda su familia adelante, a pesar de las secuelas de una grave intoxicación, muy sonada en la época. El SPA no sería reto suficiente y lo dejó muy bien montado. Yo colaboré en la parte informática y ella me agradecía el trato.

Cuando llegué a su casa, él, aficionado a trenes, me llevó al PC y me explicó el problema, que tampoco existía. Como no pasaba nada, dije que me iba, pero quiso retenerme:

—Espera, que te voy a enseñar unas fotos. Abre esa carpeta.

Yo al mando del ratón, él a mi izquierda. Ella en pie. Fotos de trenes.

—¿Qué te parecen? ¡Vaya máquinas! Son hermosas, ¿a que sí?

—A mí los trenes me dan asco. Las vías huelen muy mal. Pero es estupendo para ti, por lo visto.

Hice ademán de levantarme pero me cogió por el brazo. En ese momento me apetecía ponerle el teclado de sombrero en trozos pequeños.

—Espera, hombre, abre esa otra carpeta, ya verás.

Agobiado, me sentó, y ella aprovechó para marcharse. Eran fotos de mujeres desnudas, descargadas de internet y clasificadas por contenidos. No entendía el cambio.

Mi cuerpo, sin embargo, había reaccionado entre la parálisis y lo fisiológicamente inesperado.

—¡Vaya máquinas! ¿Eh?, ¡no dirás que estas no son máquinas hermosas!

—No son máquinas, son mujeres desnudas, espatarradas...

Quise levantarme de nuevo pero esta vez su mano, firme sobre mi muslo, de nuevo en el mismo lugar, y esta vez no hubo brinco.

Mantenía su mano apretando y extendía algún dedo hasta localizar lo buscado. ¿Qué señales envié para equivocarle... mi cuerpo traidor? ¿La rigidez, los ojos como platos... la falta de respuesta no basta?

Yo pensaba que estaba a salvo de este tipo de cosas. Que ningún hombre volvería a tocarme por ahí sin sufrir una agresión mía. Sobrevaloré mis anotaciones imaginarias y las realidades impusieron su norma.

—Y ahora abre esa otra, esa, esa de ahí. —Abrí la carpeta. Eran fotos, ya no de modelos, sino de una mujer de cierta edad, con los pechos caídos, con tripa grande, en la ducha, sin el rostro. No cabía duda de que era su pareja.

—¿Qué te parecen estas?

Ahora sí. Ahora me salen todos los improperios, todas las agresividades e incluso las respuestas racionales. En esos momentos no. A pesar de todo, contesté:

—Son fotos de una mujer en la ducha, mayor. Y no son fotos de internet, por el nombre de los archivos.

A ese descuido que supuse doloroso reaccionó con una sonrisa tan asquerosa como su olor.

Pegó un último restregón de mano antes de permitirme salir.

Pasados unos días, en la tienda, me invitaron a ir gratis al SPA. Eso me apetecía. Me dijeron que podía ir un viernes, cuando no trabajan y estaría solo. Y él que podía hacer desnudo el circuito pero, al ver mi reacción, ella añadió:

—También puedes llevar el bañador.

Me recomendaron masaje de piernas pero pedí de espalda. Él insistió en piernas, «todo el día de pie, atendiendo», pero ella aceptó espalda.

Acudo con el bañador. Me ducho. Última oferta para hacer el circuito desnudo:

—He criado siete hijos, lo tengo todo superado; pero como decidas. Te espero fuera.Salgo con el bañador. Paso por la sala de vahos, la sauna, la piscina de hidromasaje, el camino de piedras, la manguera de riego... pero rechazo la ducha fría. Paso a la sala de masaje. Olor agradable, musiqueta, luces suaves. Me da una toalla y un tanga de papel minúsculo. Dice que no tiene de caballero y espera fuera.

Me seco a gran velocidad temiendo que pase sin avisar. Me pongo aquello como puedo y me tumbo sin más. Y se asoma:

—¿Todo bien? ¡Uy, si ya estás echado!

El masaje fue bien. Al día siguiente dolor como sentiría un pulpo al que golpearon para ablandarlo. ¿Que pasó las manos más allá del final de la espalda, por aquí y por allá? Sí. ¿Que mi cuerpo reaccionó y ella me levantaba por las caderas? Sí. Hay más, pero no consigo narrarlo sin perderme en algo que no sé si entiendo del todo. No hubo más de lo que hubo, y eso ya es bastante.

Al salir, ella de puertas adentro, yo de puertas afuera, acercó mucho su cara a la mía. Me retiré asustado y me dijo:

—Has sido un buen chico, gracias.

Otra vez el buen chico.

En mis habituales rebobinados y análisis de sucesos eróticos inexplicables, años después, como digo, recordé que ella tenía muchísimas dioptrías, no veía, ni llevaba las gafas. Supongo que solo quería ver mi cara.

Sé que cierto capítulo de lo contado no lleva título pero ya tengo el índice de este libro y, cuando lo imprima, lo llevaré a quemar con la misma lógica de sus historias, suponiendo el FIN algún día.

Lo que voy a contar... ya terminé de contarlo.

Narraría ahora los casos de chicos buenos pero, ruego disculpas: no los recuerdo.


Llegamos al final de este resumen. Si a alguien le extrañó encontrar incierto humor, dudoso humor, imágenes poco apropiadas a estas historias... les invito a ver un pequeño clip de la película Joker.

He sido de esos que hacen caras a los bebés de otras personas. A mi, por suerte, me advirtieron que parecía un degenerado y una persona pervertida así que, pude ahorrarme la risa-llanto. Pero Arthur...

Arthur escribe en su diario:

"No imagino que mi muerte me traiga más dólares que mi vida."

No podía comprender que donde decía "dolares" quería decir dolores. No podía hasta que escuché de nuevo el video. No podía y, no sé cuánto tiempo necesita otra persona para comprender eso pero así, como tantas otras veces en mi vida, no comprender se convierte en una serie de puntos suspensivos que en ocasiones me cuesta la vida entera resolver. Eso también genera dolores.

domingo, 14 de abril de 2024

Chartwell Manor, presente contínuo (y 2)

 “Al perdonar y olvidar todo el tiempo, el amor y el dolor se convierten en una misma cosa a ojos de un niño herido.” Pat Benatar

(recreación por iA)  Jennifer Elizabeth Johnson

⚠️ Advertencia de contenido: Este texto describe abuso sexual, violencia física y psicológica hacia niños, traumas infantiles y negligencia adulta. Contiene lenguaje explícito y relatos de situaciones intensamente angustiosas. Puede resultar muy sensible o perturbador para algunos lectores.

¿Alguna vez, de niño, has sido tan víctima de un cuidador que has llevado la cicatriz hasta la edad adulta? Muchos de ustedes sí, así que permítanme preguntarles lo siguiente: ¿Qué pasaría si más tarde en la vida descubrieras que otros niños habían sido aterrorizados en mayor medida que tú por esa misma persona? Añadamos otro nivel: ¿Qué pasaría si de repente te enterases de que dicho perpetrador cumplió condena en prisión por algunos de sus crímenes más atroces? ¿Cuál sería tu reacción emocional? ¿Sentirías pena por los que tienen cicatrices más grandes? ¿Sentirías alivio o alegría al saber que el agresor fue castigado? ¿Qué ocurre cuando te das cuenta de que lo que te ocurrió a ti podría haber sido peor, y lo fue para muchos otros?

A los ocho años fui a un internado kafkiano de pesadilla.   Era una niña terrible, sin lugar a dudas, y necesité que me separaran de mi hermana pequeña, Laurie, para protegerla. Yo nací de nalgas. Había intentado salir del útero de culo, doblada en dos trozos de carne infantil, con los pies apretados contra la cabeza. Hubo escasez de oxígeno y, como resultado, tuve una disfunción cerebral mínima, que más tarde derivó en un grave trastorno del comportamiento. O quizá ocurrió porque me caí en el baño cuando aún era un bebé y me golpeé la cabeza contra el suelo de baldosas, con fuerza. ¿Podría ser que mi enfermedad preexistente se viera exacerbada por el implacable estilo de crianza de mi padre? Fuera cual fuera el motivo, yo era un monstruo, pero estos problemas no salieron a la luz hasta los dos años, que es cuando vino al mundo mi hermana Laurie.

Según mis padres, estaba celosa del nuevo bebé y me comportaba de un modo que ellos no estaban preparados para afrontar. Tenía frecuentes rabietas, tiraba cosas y hacía agujeros en la pared rosa de mi habitación. Dejé de comer la mayoría de los alimentos, sobre todo verduras. La versión de mi padre es que lo hacía todo para llamar la atención, aunque esa atención viniera en forma de paliza. Prefería la atención negativa a ninguna.

Cuando me hice mayor no me llevaba bien con otros niños. Se rumorea que tiré un ladrillo a otro niño y que no era amable con los animales.  Pero nadie sufrió mi ira más que mi hermana pequeña. Mi madre afirma que desde muy pequeña mi padre me pegaba sin piedad, y que yo se lo devolvía a Laurie.

El matrimonio de mis padres era una unión impía, por no decir otra cosa. Se peleaban constantemente y, cuando yo tenía cinco años, mi padre se fue de casa, a lo que siguió un agrio proceso de divorcio. Mi madre tuvo que hacerse cargo sola de mi hermana y de mí. Tras el divorcio, mi padre se mudó a un barrio marginal de Piscataway, Nueva Jersey, mientras que nosotros permanecimos en Kendall Park. Mi hermana y yo sólo le veíamos una vez cada dos fines de semana, así que mi madre, a todos los efectos, era madre soltera. Aún recuerdo un día en el que me ensañé especialmente con mi hermana. Mi madre estaba sola con nosotras dos a cuestas. Tenía que hacer un recado rápido y no quería meternos en la furgoneta. Yo tenía siete años y Laurie cinco.

"Déjame hacer de canguro", le dije.
"Es una idea terrible", respondió mi madre.
Le supliqué. "¿Por favor? Prometo portarme bien".

En contra de lo que sospechaba que era su mejor juicio, accedió. Apenas llevaba cinco minutos en la puerta cuando yo estaba encima de mi hermana, tumbada en nuestro sofá de terciopelo gris, con las rodillas en su pecho, golpeándola con los puños cerrados y una malevolencia propia de un dragón. Por razones que no recuerdo, realmente quería hacer daño. Me invadía una rabia inidentificable.

Los gritos desgarradores de mi hermana debieron de oírse desde fuera de la casa porque, al volver, mi madre salió corriendo por la puerta, hizo una línea B hacia el sofá, me quitó de encima de mi hermana y me tiró al suelo. No se lo reprocho. Yo haría lo mismo como madre. Todavía me siento culpable por todo lo que le hice a Laurie, pero ese día se me queda grabado porque estaba tan fuera de control que creo que había alguna posibilidad de que hubiera matado a mi hermana si mi madre hubiera llegado a casa unos minutos después. Era una perspectiva aterradora para mi madre. La separación geográfica era la única solución eficaz, así que a los ocho años me condenaron a Chartwell Manor por un tiempo indeterminado.

Matrimonio Lynch. Terrence Lynch y Judy Linch.


Chartwell Manor, llamada así por la finca de Winston Churchill, estaba situada en la ciudad de Mendham, Nueva Jersey, en el condado de Morris. La dirigían Terrence y Judy Lynch o, como a mí me gusta llamarlos, The Lynch Mob. Cumplí tres años de condena allí antes de que me pusieran en libertad. El director era un sádico británico de unos treinta años. Llevaba gafas de montura de alambre, hablaba con un marcado acento británico y tenía el pelo oscuro perfectamente peinado hacia un lado. Su cuerpo era ligeramente rechoncho y tenía una cabeza redonda con forma de querubín, lo que le daba un aspecto engañosamente inocuo. Nos ordenaron que nos refiriéramos a él únicamente como "Sir".

Judy Lynch. Chartwell Manor 1971.

Su esposa Judy era una mujer americana muy grande y con muchas curvas. Tenía unos pechos enormes, un macroculo y siempre llevaba un gran moño castaño oscuro en lo alto de la cabeza.  Llevaba vestidos ajustados de color oscuro.  No había visto un trasero tan grande en toda mi vida. Sus caderas se movían tanto al caminar que era fácil imaginársela contoneándose por un estrecho pasillo, balanceándolas a derecha e izquierda, golpeándose cada vez contra las paredes. Era fría, estoica y tan intimidante como su marido. Rara vez sonreía y a veces golpeaba a las chicas con saña. Aunque nunca fui testigo directo, un alumno afirma que la vio golpear a una chica con una fusta durante lo que pareció una eternidad. Otro declaró que él y su amigo vieron impotentes cómo le daba un puñetazo en la cara a una niña de doce años, tirándola al suelo por el supuesto delito de haber besado a un chico. Judy llevaba un gran anillo de diamantes en forma de picaporte de cristal, por lo que sus puñetazos hacían daño. Cada vez que entraba en una habitación, la mayoría de nosotros teníamos la costumbre de desaparecer, siempre que eso fuera una opción.

"Sir" habría sido un gran dictador postapocalíptico. No me di cuenta de lo trastornado que estaba hasta que fui mucho mayor, y hace muy poco descubrí que era mucho más chungo de lo que había imaginado.

Pillsbury Dough Boyish
Todavía puedo evocar una imagen bastante clara del día en que me llevaron allí para entrevistarme.  Estábamos en lo alto de su majestuosa escalera de color sanguina mientras nos sonreía a mi madre y a mí con esa falsa jovialidad propia de los Teleñecos. Se parecía un poco al Pillsbury Dough Boyish como para que cualquiera de nosotras percibiera algún tipo de peligro.

La gran mansión de piedra era regia y elegante, impresionante para algunos, imagino. El edificio albergaba las viviendas de los Lynch, las aulas y el dormitorio de los chicos. El vestíbulo era enorme, con las aulas a la izquierda y un gran comedor a la izquierda de las aulas. Elegantes puertas francesas conectaban las tres secciones, y ventanas francesas adornaban todo el edificio. También había lámparas de araña.  Todas las habitaciones del edificio estaban alfombradas de rojo, excepto el comedor y las aulas, que tenían suelos de piedra pintada y de madera noble, respectivamente. La moqueta daba al lugar un aire a lo Stephen King y parecía reflejar la sed de sangre de Lynch. Se extendía desde el vestíbulo hasta las escaleras dobles, envolventes y de estilo mansión, hasta todos los pasillos de la segunda y tercera planta, donde se encontraban el despacho de Sir, el apartamento de los Lynch, un teléfono público y los dormitorios de los chicos.

"¿Has ido alguna vez a un campamento para dormir fuera, Jennifer?", me preguntó Lynch. Sonreí y asentí. "Pues esto se parece mucho", dijo sonriendo.

Resultó que, excepto por el elemento de vivir lejos de casa, no se parecía en nada a un campamento de verano. Yo había vivido en varios campamentos de verano. Recuerdo las manualidades, los malvaviscos asados, los partidos de voleibol, las hogueras y la exuberante vegetación de los campamentos de Pensilvania. No recuerdo haber sido nunca golpeada o humillada por una persona con autoridad en un lugar así.

Mientras corría en círculos alrededor de la majestuosa escalera, oí al señor Lynch decirle a mi madre: "Nuestra especialidad son los hiperactivos", o algo parecido. Mientras sus ojos seguían mis frenéticos piececitos correteando, no se me ocurrió en ese momento que probablemente estaba pensando en la paliza que me estaría dando, de no haber sido por la presencia de mi madre. Vio en mí a una fiera. Yo era la arpía y él iba a domarme.

Los chicos superaban en número a las chicas en una proporción de cinco a uno. Había aproximadamente dieciséis chicas y ochenta chicos, así que las chicas vivían en una casita separada, que en realidad era una casa de cinco habitaciones. Todas las habitaciones, excepto la de la madre, estaban decoradas con colores. Había una habitación roja, naranja, verde y morada. Las paredes eran blancas, pero la ropa de cama y las alfombras tenían una combinación de colores. Viví en todas ellas en algún momento. En el pasillo de abajo había un teléfono público para llamadas a cobro revertido.

El dormitorio de las chicas era una especie de infierno en sí mismo, a pesar de la falta de presencia del "Señor" allí. 

Sólo había un cuarto de baño donde las chicas mayores se metían conmigo constantemente; siempre intentando obligarme a tomar baños que yo no creía necesitar.  Me insultaban en plan "fea", "pelo grasiento" y otros. Tuvimos una madre encantadora llamada Barbara Sainsbury durante un breve periodo de tiempo, pero Olga Reimer, que era mucho más desagradable que cualquiera de mis compañeras, pronto la sustituyó. Olga era una vieja bruja muy desagradable.  También era británica, pero mucho mayor que los Lynch. No sé cuál era su relación con Sir, pero lo sustituía bastante bien en cuanto a disciplina excesiva. Recuerdo que me preguntaba qué les pasaba a los británicos, ya que en aquella época mi contacto con ellos era muy limitado. La recuerdo vagamente arrastrándome por el pelo en más de una ocasión. Le encantaba decirme lo idiota que era. "Eres idiota, Jennifer. Realmente lo eres. Eres una idiota de verdad", me decía con voz aguda y acento británico.

Edificio de lo que fue "Chartwell Manor School"

Al principio, volvía a casa todos los fines de semana. Nunca olvidaré la primera vez que volví el domingo por la noche sollozando en el coche de mi madre. Mi madre nos había trasladado a Nueva York, así que el trayecto hasta la escuela duraba poco más de una hora. Después de subir por el largo y sinuoso camino de entrada y pasar por el bosque cubierto de nieve que abarcaba la distancia entre las viviendas de las chicas y la mansión, le supliqué a mi madre que no me dejara allí. No sabría ni cómo describir la sensación de terror y abandono. El Sr. Lynch no me quería. Mi madre tuvo que arrastrarme hasta la puerta y marcharse lo más rápido posible.  Más tarde, esa misma noche, llamé a mi madre, todavía sollozando. Al igual que en la cárcel, las llamadas a cobro revertido eran la única opción.

Marcaba el cero y el número y cuando la operadora se ponía en línea yo decía. "Hola, me gustaría hacer una llamada a cobro revertido, me llamo Jennifer".

Mi madre siempre aceptaba las llamadas cuando estaba en casa, al menos eso parecía. Pero había vuelto a salir, así que a veces estaba fuera y alguna niñera contestaba al teléfono. Odiaba esas noches. Esa noche en particular cometí el error de llamar a mi madre desde el teléfono público de la mansión, justo al final del pasillo de la oficina de Sir y del apartamento de la pareja.

"Mamá, por favor, no me hagas quedarme aquí. Odio estar aquí. Extraño tanto mi casa y son tan malos".

"Te acostumbrarás Jen, te lo prometo. Sólo te llevará un tiem..."

Mi madre apenas pronunció una frase antes de que el señor me arrebatara el teléfono de la mano y me exigiera que fuera a esperarle a su despacho. Mientras me dirigía en esa dirección, le oí hablar con mi madre.  Estaba inquietantemente sereno. "No se preocupe, señora Johnson. Jennifer está un poco agitada en este momento. Voy a intentar calmarla". Colgó el teléfono, volvió furioso a su despacho y empezó a pegarme a diestro y siniestro, sobre todo en la cabeza y la cara. "¿Cómo te atreves a montar una escena así?", me dijo. Le supliqué que dejara de pegarme y finalmente, tras unos cinco o seis golpes, me sacó a empujones de su despacho. Practiqué lo que le diría a mi madre el fin de semana siguiente cuando volviera a casa. Este hombre mentía a los padres. Seguro que ella entendería que este gulag no era lugar para su hija.

Bueno, no me sacaron; de hecho, empecé a pasar allí la mayoría de los fines de semana. Mis padres decidieron que necesitaba acostumbrarme al lugar y que llevarme a casa para estar con mi madre o mi padre era demasiado molesto. Estoy bastante segura de que el Sr. Lynch estaba detrás de esta decisión. Como la mayoría de los sociópatas, podía ser extremadamente encantador y convincente cuando tenía una agenda. Los padres veían a una persona totalmente diferente a nosotros.  Ellos vieron a Fred Rogers. Nosotros vimos a un guardia de prisión draconiano. Lynch podía ser tan encantador a veces que muchos padres donaban dinero a la escuela regularmente, y una estudiante incluso me dijo que su madre había puesto a los Lynch en su testamento. Mi madre creía que el Sr. Lynch era un buen instructor que actuaba en mi interés, y que mis cuentos eran sólo el resultado de la imaginación activa de los niños.

Mi madre estaba equivocada, y todas mis futuras llamadas las hice desde el dormitorio de las chicas. Poco después de mi fuga, a los once años, la escuela fue investigada por acusaciones de abuso de menores.  En el año 1976 los acusadores de Lynch no tuvieron éxito en su búsqueda de justicia. Lo que he descubierto recientemente es que la escuela cerró en 1984, cuando yo tenía diecinueve años, después de que el director, Terrence Michael Lynch, fuera condenado a catorce años de prisión por abusos sexuales y físicos rituales a niños. También se especula mucho con que algunos de los peores abusos nunca fueron llevados a juicio y siguen sin estar documentados: incidentes como el tráfico sexual y la creación de pornografía infantil, que al parecer tuvieron lugar durante las excursiones anuales de Chartwell a Europa.

Lynch sólo cumplió siete años de su condena y fue puesto en libertad en 1997 para convertirse en voluntario de Beginnings, un centro de rehabilitación de toxicómanos donde abusó de hombres adultos de forma similar, a pesar de que estaba sujeto a la Ley de Megan. Al parecer, no era sólo un pedófilo; cualquier persona vulnerable era presa fácil. Según informó Kevin Coughlin, del The Daily Record, un periódico local de Morristown, en 2009 tres supervivientes de Beginnings recibieron un total de 780.000$ por los abusos que sufrieron bajo el cuidado de Lynch.

Si tuviera que elegir una habitación de Chartwell como el lugar más siniestro del campus, tendría que elegir el vestíbulo. Todos estábamos allí abajo, sobre aquella horrible alfombra carmesí, alineados por curso con nuestros uniformes escolares para lo que Sir llamaba asamblea. Los uniformes eran absurdos: americanas azul marino con la insignia de Chartwell Manor, faldas grises para las chicas y pantalones grises para los chicos.  Ambos sexos debían llevar corbata. Me veía ridícula frente al espejo. ¿Quién se viste así? ¿También era algo británico? El señor Lynch se subía a su estrado en toda su excéntrica gloria y nos sermoneaba sobre tonterías.

La asamblea se reunía varias veces al día. De todas las imágenes de las aulas de esta escuela, ésta es la que más se me quedó grabada, porque es donde el Sr. Lynch se mostraba menos comedido y más venenoso. Fue en esta sala donde el Sr. Lynch nos sometió repetidamente a su aterradora jerga psicológica, sabiendo perfectamente que muchos de nosotros éramos demasiado jóvenes para entenderla. No teníamos adónde ir ni podíamos hacer nada a menos que quisiéramos que nos pegara, así que nos quedábamos allí de pie escuchándole hasta que nos despedía.

Era nuestro predicador evangelista personal, sólo que, a diferencia de un evangelista de televisión, no teníamos la opción de apagarlo. Yo no entendía casi nada de lo que decía, pero lo esencial era el libertinaje y la desobediencia, y sus consecuencias. Como cualquier tertuliano del Club 700, utilizaba el miedo y la propaganda para mantenernos a raya.

Empezaba con un tono de voz severo pero sereno, y luego se volvía progresivamente más ruidoso y delirante, agitando las manos mientras gritaba sobre drogas, lujuria o cualquiera que fuera su azote du jour. Uno de sus temas favoritos eran las ventajas de los castigos corporales. No se cansaba de "tranquilizarnos" diciéndonos que nos pegaba por amor.

He entrevistado a antiguos alumnos y muchos de ellos creían que las declaraciones de afecto de Lynch eran auténticas. Aunque temían a Sir, también lo consideraban una figura paterna, y se sentían desesperados por su aprobación. Según algunos de los chicos que entrevisté, esta traición a la confianza fue quizá el aspecto más perjudicial del abuso. El dolor que algunos arrastraron más tarde en la vida fue tan inmanejable que muchos sufrieron el síndrome de Estocolmo, con recuerdos del abuso reprimidos hasta bien entrados los veinte y los treinta años. Algunos antiguos alumnos respondieron a mi investigación con un desprecio reaccionario, que sólo puedo imaginar que proviene del dolor asociado a estos recuerdos y de la necesidad de reprimirlos.

Más allá de la mierda habitual de "Si no te pego, no aprenderás, y si no aprendes no sobrevivirás en el mundo", la mayoría de las veces sólo recuerdo palabras al azar durante estas asambleas. El único grupo de palabras que me viene a la memoria era "¡Joder, joder, joder! Precioso, precioso". Sus manos parecían volar en todas direcciones mientras lo decía. Intentaba dejar claro lo feas que eran las palabrotas y lo pecadores que éramos por usarlas. Otras palabras que recuerdo haber oído eran "pecado, lujuria, caos, anarquía, drogas, honor, puta, virgen, pura, zorra, zeppelín, mujer y tentación".

(recreación por iA)

Terrence Michael Lynch fue el primero en enseñarme el complejo virgen/puta. Para él, las chicas debían ser "puras". Hablaba con gran desprecio de una chica de su época escolar llamada "Mattress Mary" a la que se refería como "puta". Los alumnos mayores de Chartwell tenían 15 años. Como los adolescentes están predispuestos a ser a la vez sexuales y curiosos, era inevitable que se produjeran algunas caricias, y de vez en cuando alguna de las alumnas era puesta como ejemplo, de la peor manera imaginable. Primero las avergonzaban delante de todo el alumnado y luego las golpeaban. No recuerdo las palabras exactas que utilizó Sir, pero a los ocho años ya sabía lo que era una golfa, y sabía que sólo se podía serlo si eras una chica.  También sabía que si eras una de las chicas pilladas en algún devaneo adolescente sancionado por la Madre Naturaleza, el Señor nos convencería al resto de que eras una Jezabel de la peor calaña, capaz de las más oscuras transgresiones sexuales. Sí, nosotros éramos las pervertidas: Proyección en acción: ¡Llamando al Dr. Freud! Lo que se me ocurre ahora es que Sir estaba celoso de las chicas, porque eran el objeto del afecto de los chicos. Se decía que Judy Lynch había hecho "controles de virginidad" rutinarios a algunas de las chicas mayores. Los funcionarios intentaron presentar un caso contra ella también, pero el Estado carecía de testigos dispuestos a declarar.

Matrimonio Lynch. Terrence Lynch y Judy Linch.

No recuerdo qué tipo de cristianismo fundamentalista abrazó Sir, pero a la luz del hecho de que ahora sé que era un delincuente sexual convicto, es mucho más fácil conectar los puntos psicopáticos. 

Es bien sabido que existe un fuerte vínculo entre la represión sexual y la desviación sexual, y cuanto más sigue un orador la narrativa de que "el sexo es sucio y vergonzoso", más pervertido es en realidad o está destinado a ser. Ya conoces el dicho: "Me parece que protestas demasiado" o algo así. 

[Nota: Se sospecha que, porque alguien insiste demasiado en algo, debe ser cierto lo contrario de lo que dice. La autora hace alusión a un texto de Hamlett donde su madre dice: "the Lady Doth protest too much"]

Mientras yo asistía a Chartwell hubo al menos dos chicas que fueron expulsadas o retiradas por "indiscreciones" sexuales. La historia oficial era que las habían expulsado, pero yo sabía lo mentiroso patológico que era Sir, así que lo cuestionaba todo.

Dianna Carrington y Courtney Abbot abandonaron Chartwell Manor por estas razones, pero no antes de ser marcadas con una Scarlett Letter tanto física como psicológica. Los estudiantes con moratones eran habituales. Recuerdo que volví a casa con un moratón gigante en el culo, aunque en aquella ocasión fue la señora Lynch la que me golpeó. Mi madre se mostró extrañamente indiferente cuando se lo enseñé. Poco después de que Dianna se fuera, sus padres decidieron llevar a Sir a los tribunales. No estaban impresionados con las ronchas en el trasero de sus hijas. Las chicas iban a ser testigos. Algún tiempo antes de que sus padres vinieran, los Lynch llevaron a todas las chicas a un aula para "ensayar".

"Los padres de la Srta. Carrington van a hacerles algunas preguntas". El señor nos dijo. "Os van a preguntar si os pegamos aquí y les vais a decir que no. ¿Está claro?"

Todos asentimos con la cabeza. Nadie iba a martirizarse por esta causa. Afortunadamente, los padres de Dianna nunca se acercaron a mí.  No creo que hubiera sido lo suficientemente valiente para decirles la verdad.

Las asambleas ya eran bastante malas cuando Sir se limitaba a soltar peroratas al azar, pero de vez en cuando necesitaba una víctima real: alguien a quien acusar, de quien burlarse o a quien aterrorizar sin motivo.  Recuerdo al menos dos ocasiones en las que yo fui la víctima elegida.  Yo era uno de los alumnos que él odiaba, por lo que fui su objetivo de forma desproporcionada. No había nada más espantoso que ser señalado como el juguete personal de este hombre, especialmente delante de toda la escuela. Le había visto hacerlo con otros.

A los ocho años ya era lo bastante independiente como para darme cuenta de que algo iba muy mal, incluso cuando su objetivo eran otros alumnos. Le había visto anunciar que alguien había atascado uno de los lavabos de los chicos y buscar un chivo expiatorio. No tardó mucho en señalar a un niño de once años y decirle: "Sr. Green, tiene usted una cara muy culpable. Suba a mi despacho y espéreme". Así es como el Sr. Lynch juzgó nuestros supuestos crímenes. Al parecer, no era un gran fan del sistema judicial estadounidense, en el que se requieren pruebas reales antes de dictar sentencia.

No mucho después, me acusaron de un delito más grave. Durante los fines de semana, la mayoría de los estudiantes se iban a casa, así que las chicas dormían en las habitaciones vacías de los chicos en el dormitorio de la mansión. Durante ese fin de semana, saquearon las pertenencias de un estudiante varón y le destrozaron un aparato de radio o algo así. Yo no sabía nada de aquello ni tenía nada que ver, pero que me aspen si Il Duce deja que eso se interponga en la administración de su particular estilo de justicia.  Después de despotricar sobre los presuntos actos vandálicos cometidos, anunció sin vacilar que yo era la culpable.

"¡Señorita Johnson!", dijo. 

"¡Usted rompió la radio de ese chico sólo porque no tenía una propia! ¡Suba a mi oficina! Se la descontaremos de su cuenta de estudiante para reponerla".

Así que, al mismo tiempo, estaba perdiendo dinero, tenía a todo el alumnado en mi contra y recibía una paliza. La combinación de rabia y miedo que experimenté fue inimaginable, porque estaba tan enfadada que quería matarle, pero también tan aterrorizada que todo lo que podía murmurar era "¡Pero yo no he sido! No he sido yo. No he sido yo!" que, como puedes imaginar, no surtió efecto.

Nunca subí a su despacho, así que no recibí esa paliza. Me negué a recibir una paliza con un cepillo de madera por algo que no había hecho. Por suerte, ese día tenía tantos otros niños a los que pegar o violar que debió de olvidarse de ello. Más tarde descubrí que era habitual que algunas de las antiguas víctimas de Lynch volvieran al colegio, a menudo en estado de embriaguez por las drogas o el alcohol, llevando a cabo actos de vandalismo y robando coches, dinero y otras cosas. Con toda probabilidad, estaba cargando con la culpa de alguien a quien Lynch ya no tenía acceso.

Uno de los últimos actos de vandalismo en represalia contra los Lynch: la lápida de Terrence y Judy fue "bautizada" por un antiguo alumno.

Las llamadas a mi madre eran frecuentes. "¿Cuándo puedo volver a casa?" preguntaba al volver de las vacaciones de Acción de Gracias. Mi morriña siempre era peor después de visitar a mi madre o a mi padre.

"En Navidad", me dijo.

"¿En Navidad?" le pregunté. "Navidad es como dentro de seis semanas".

"Pasará rápido, ya verás", decía.

A veces se lo suplicaba. "Déjame volver a casa", le decía. "Te prometo que me portaré bien". Pero eso ya lo había oído antes.

Las vacaciones de Navidad llegaban y se iban con toda la emoción y la posterior angustia que suponía ver a la familia durante sólo un par de semanas. Las Navidades y los veranos eran las vacaciones más largas que tenía en Chartwell, pero cuanto más tiempo pasaba en casa, más difícil me resultaba volver, aunque después del primer año estaba más resignada a la tristeza.  Creo que el término psicoanalítico es "impotencia aprendida". De todos modos, mis padres no iban a hacerme caso.

El hematoma mencionado fue consecuencia de fumar. 

Por aquel entonces vivía en el piso de arriba con las chicas mayores: Karen, Anita y la "guarrilla" Courtney. Éramos cuatro en la habitación, y a veces algunos de los chicos bajaban a hurtadillas de la mansión al dormitorio de las chicas en mitad de la noche. Teníamos una repisa justo al lado de nuestra ventana, donde los chicos se colgaban, aunque no tengo ni idea de cómo llegaban allí en realidad.  Mis compañeras y los chicos me despertaron del más profundo de los sueños. Solté un gruñido. Estaba cansada.

"Vuelve a dormirte. Estás soñando", me repetía Courtney una y otra vez. Al final me desperté del todo. No tenía mucho sentido intentar dormir. Las chicas estaban fumando y hablando. Yo tenía poco interés en fumar en ese momento, pero Courtney dijo: "Es una testigo, así que tiene que dar una calada de seguridad". Así que lo hice. Chupé un cigarrillo y expulsé el humo inmediatamente sin inhalar. A la mañana siguiente, después de que mis compañeras de piso se hubieran ido, Olga entró en la habitación para hacer limpieza y empezó a olisquear.

"Huelo cigarrillos. Jennifer, ¿alguna de las chicas fumaba aquí? Tenía intención de mentir, pero me puse tan nerviosa que tragué saliva y me oí decir "Sí" en un tono vacilante, casi susurrante.

Más tarde, ese mismo día, nos golpearon a las cuatro con la parte de madera de un cepillo para el pelo. Todas estábamos sentadas en el salón de los Lynch y, cuando llegó nuestro turno, la señora Lynch nos llevó a su dormitorio y nos ordenó que nos levantáramos las faldas y nos bajáramos la ropa interior. Permaneció muy callada durante las palizas. Apenas pronunció una palabra durante todo el tiempo que estuvimos allí. A veces los villanos más callados son los que más miedo dan. Cuando llegó mi turno intenté bloquear los primeros golpes con las manos, pero eso dolió igual. La quemadura en el culo fue intensa y grité. Era el peor dolor que había experimentado nunca. Nunca había sentido tanto alivio como en el momento en que terminó. No sé cuántos azotes recibí, probablemente unos diez, pero creía que el moratón del tamaño de un pomelo que abarcaba ambas nalgas tenía una historia que contar.

Las leyes de protección de la infancia declaraban ilegal dejar marcas duraderas, especialmente moratones. No recuerdo cómo, pero conocía esas leyes, así que supuse que, naturalmente, ese sería el punto de inflexión para mi madre. No podía ignorar unos moratones así, ¿verdad?  Su reacción ante el moratón fue similar a todas mis otras quejas de maltrato. "¿Qué has hecho?" o "Seguro que no querían dejarme un moratón así". Creo que se sentía atrapada y en conflicto con su falta de opciones, lo que le hacía ignorar verdades inconvenientes. ¿De qué otra forma se pueden justificar unas declaraciones tan culpabilizadoras?

En otra ocasión, el señor tuvo a bien humillarme durante una asamblea, sin ningún motivo en particular. Estaba explicando que una chica nueva de un país extranjero acababa de entrar como alumna, pero que no hablaba nada de inglés.

"Tienes que hablarle suavemente", dijo. "No como Jennifer Johnson. No digas "¡Hola!"", dijo, mientras emitía sonidos guturales fuertes, como si estuviera imitando a un monstruo de verdad. Los alumnos se rieron mientras a mí se me saltaban las lágrimas. No parecía importarles que yo fuera la única amiga de la chica nueva y que hubiera pasado mi tiempo libre llevándola de un lado a otro, señalando objetos y diciéndolos en inglés para que pudiera repetirlos y aprender, cosa que ella parecía apreciar enormemente. Me sentí absolutamente mortificada. Después de que se le pasara la risa, preguntó: "¿Jennifer ya está llorando?" con una gran sonrisa de comemierda en la cara. Para su gran satisfacción, sí.

El Sr. Lynch me lo hizo en más de dos ocasiones, pero éstas fueron las más memorables. Quizá mis problemas de conducta eran tan graves que merecía una paliza de vez en cuando. Pero no recuerdo ninguna paliza "justa".  Las medidas disciplinarias justificadas son mucho menos frecuentes que los actos flagrantes de maltrato, así que el maltrato lo que recuerdo.

El caso es que yo sabía que estaba mal. Sabía que lo que me estaba pasando no era normal. Sabía que era injusto. A menudo me pregunto si esto tiene algo que ver con el hecho de que me criaron sin religión. La mayoría de los niños aceptan lo que ocurre en su infancia como algo normal, pero yo tenía un detector de mentiras mejor que el de la mayoría, y no me impresionaban ni lo más mínimo las falsas figuras paternas con equivocados complejos de Dios. Odiaba a ese hombre hasta la médula. Comprendía sus intenciones.

No recuerdo por qué, a los once años me sacaron de allí definitivamente. Tal vez la culpabilidad de mi madre pudo con ella, o tal vez creyó que yo sería menos violenta después de vivir en unas circunstancias tan punitivas y despóticas. Sinceramente, no recuerdo muchos detalles de mis visitas a casa porque, por muy malas que fueran, siempre era mejor estar en casa. Por esta razón, no puedo decirte con seguridad si golpeé a Laurie con menos frecuencia o con menos malicia durante las visitas a casa o después de mi estancia en Chartwell. Lo que sí puedo decirte es que seguía siendo un niña muy enfadada, probablemente más que antes.

Lo que no comprendí hasta la edad adulta fue que el hombre estaba loco de remate. Antes de eso, estaba demasiado ocupada reflexionando sobre lo malvado que era y lo mucho que me había hecho daño.  No me quedaban recursos emocionales para pensar en su enfermedad.  Después de procesarlo, el veredicto de culpabilidad sigue en pie. No siento compasión por ese hombre ni por su enfermedad.  Ha hecho daño a demasiada gente como para aprovecharse de mi empatía. Como dijo una víctima: "Las vidas arruinadas de las que este tipo es responsable son asombrosas".

Brendan Burt era estudiante a principios de los ochenta, justo antes de que cerraran la escuela. Me contó que Lynch le llevaba habitualmente a su despacho, le ordenaba bajarse los pantalones, le acariciaba los genitales, le penetraba el ano con el dedo y luego le pegaba. También me informó de que en una ocasión Lynch amenazó con romperle el brazo a su madre si le contaba a alguien los malos tratos, y que a veces, después de las palizas, Lynch le felicitaba por "aguantarlo como un hombre".

Tal vez uno de los relatos más inquietantes giró en torno a una epidemia de incontinencia intestinal que tuvo lugar durante un año en los dormitorios de los chicos. Según Brendan, algunos de los chicos defecaban en sus camas, y todos los estudiantes afectados fueron asignados a habitaciones específicas. "Esas habitaciones deberían haber sido puestas en cuarentena", cuenta, ya que el olor era muy desagradable. Ninguna de las chicas estaba afectada, lo que sugiere que no era el resultado de una enfermedad contagiosa. Al principio pensé que debía de estar causado por daños rectales derivados de la sodomía, pero una hipótesis igualmente plausible es que fuera psicosomático; los alumnos se ensuciaban para mantener a Lynch alejado de sus rectos. Al parecer, algunos estudiantes dejaron de limpiarse después de defecar, probablemente con el mismo fin.

Tengo entendido que Lynch murió en 2011 tras ponerse muy enfermo durante un viaje a Cuba. La historia oficial es que fue allí con un grupo de misioneros, pero existe la sospecha generalizada de que este viaje estaba pensado como un tour sexual para pedófilos, aunque no puedo confirmarlo ni desmentirlo.

Lo peor de todo para mí es que mi madre siempre había sido esquiva a la hora de rendir cuentas por haberme enviado a ese colegio en primer lugar. Tuvimos broncas por ello todas las Navidades durante un tiempo, hasta que mi padrastro, Phil, se empeñó en convencer a mi madre de que aceptara algo de culpa por lo que había pasado.

Recuerdo estar llorando, sentada en nuestro mullido sofá seccional de color blanquecino, unos frente a otros, rodeados de papel de regalo destrozado y un árbol de Navidad iluminado de blanco a varios metros de distancia.  No recuerdo cómo empezó la conversación, pero recuerdo haber dicho algo así como: "¡He vuelto a casa con un moratón enorme en el culo y me habéis mandado de vuelta!".

"¿Cómo sabes que tenías un moretón? ¿Cómo pudiste verlo?" Sí, realmente me preguntó eso.

"¡En un espejo!" Dije

"¿Qué espejo?", respondió mi madre.

En ese momento intervino mi padrastro Phil. "¡Gretchen!", dijo con cara de asombro.

Esta fue la Navidad que puso fin a este tema. Según ella misma admitió, Phil fue el único hombre al que mi madre amó de verdad. No amaba a mi padre ni a mi primer padrastro. Phil era su único y verdadero amor, así que su opinión importaba. Mi madre se dio cuenta de que había llegado el momento de dejar de menospreciarme y tomarse en serio mis quejas sobre Chartwell. Yo tenía veintidós o veintitrés años y era la primera disculpa sólida que me daba. Era sincera, y todo lo que necesitaba de ella.

"Lo siento Jen, siento haberte enviado a un lugar tan horrible. Si tuviera que volver a hacerlo, elegiría otra opción. Ojalá pudiera volver atrás, pero no puedo. Era una madre joven y no sabía cómo controlar la situación. No tuve el apoyo de tu padre ni de nadie. Los setenta fueron una época muy de culpar a las madres. Pensé que estaba haciendo lo correcto en ese momento".

Había mucho de verdad en eso. Entonces no sabían lo que saben ahora sobre el TDAH. Cada vez que le pasaba algo malo a un niño, se daba por sentado que la madre era totalmente culpable. Mi madre trabajaba a jornada completa, cuidaba de mi hermana y estaba enzarzada en un proceso judicial con mi padre por una pensión alimenticia retroactiva y no pagada. En consecuencia, se había hecho ilusiones pensando que un entorno de tipo militar protegería a Laurie durante un tiempo y me enderezaría. Tenía razón en lo primero, pero se equivocaba en lo segundo.

Hace poco busqué en Google "Chartwell Manor boarding school abuse" y me aparecieron varios artículos. En la era de Internet, con tanta información a mi disposición, me pregunto por qué nunca me había planteado hacer esto antes. Durante todos estos años, sólo había que pulsar un botón. Podría haberme dado una mayor claridad en las profundidades del retorcido funcionamiento interno de Lynch.  Supongo que pensé que todo había quedado atrás.

Según un artículo publicado en 2006 por Peggy Wright, también del Morristown, New Jersey Daily Record, los niños eran rutinariamente alineados desnudos, golpeados y abusados a través de diversas manifestaciones ceremoniales. 

Como señala Wright, Michael Uhl describió a Lynch como alguien que tenía "una cualidad enérgica e hipnótica que obligaba a los alumnos a obedecerle, incluso cuando los doblaba sobre sus rodillas para golpearlos con una zapatilla, la mano, un cepillo o una paleta".  El artículo también explica que Lynch "cumplió en prisión siete de los 14 años de condena por abusar sexualmente de niños azotándoles, apretándoles los genitales o administrándoles enemas".

Hace poco hablé con el Sr. Uhl por teléfono durante cinco horas. Debido a la prescripción, Uhl fue el único estudiante de nuestra época que demandó con éxito a Lynch. Su abogado argumentó que los recuerdos de los abusos eran tan dolorosos que Uhl los había reprimido hasta los veinte años con tal eficacia que enviaba a Lynch tarjetas de Navidad anuales, incluso después de haber sido encarcelado por sus crímenes. Lynch utilizaba diversas técnicas para adoctrinar a los alumnos. Lo que recuerdo concretamente es que me obligaban a ver todos los años la película de Sidney Poitier "To Sir With Love". También recuerdo las ceremonias de graduación, en las que se obligaba a los graduados a cantar "Thank You Very Much" de "A Chorus Line". Nuestros anuarios estaban llenos de declaraciones autocomplacientes escritas por y sobre Lynch en tercera persona. El tema dominante en todos estos ejemplos parecía ser la interminable gratitud que todos deberíamos sentir por una persona que, en esencia, era nuestro secuestrador.

Algunas de las anécdotas de Wright procedían de alumnos como Andrew Fleisig, que afirmaba haber recibido una "azotaina en el trasero" sólo por llorar cuando llegó a Chartwell por primera vez. ¿Le suena? El estudiante Glenn Head, que asistió a Chartwell más o menos al mismo tiempo que yo, afirmó que a Lynch le gustaba "pegar a los chicos y luego abrazarlos cuando lloraban".

Algunos estudiantes afirman que les ordenó masturbarse delante de Lynch, mientras que otros dicen que les obligó a practicarle sexo oral. Otros afirman que Lynch los sodomizó. La escuela ofrecía un viaje anual a Europa por mil dólares, que era mucho dinero en aquella época. Mis padres estaban arruinados, así que nunca fui. En retrospectiva, agradezco las limitaciones económicas de mis padres, porque se dice que algunos de los peores abusos ocurrieron en esos viajes. Como las leyes sobre el consumo de alcohol son más laxas en Europa, Lynch permitía a los estudiantes beber cerveza y vino. Un estudiante afirmó que fue drogado, violado y filmado por un grupo que acompañaba a Lynch. Ese estudiante se suicidó. Confió el incidente a Uhl, por lo que desconozco su identidad. Desde entonces, he oído hablar de al menos otros cuatro chicos que se quitaron la vida en algún momento después de dejar Chartwell. En mi investigación busqué específicamente información sobre el suicidio. Todo esto me fue mencionado a través de conversaciones casuales. Si se tiene en cuenta el hecho de que el porcentaje de antiguos alumnos que están en contacto entre sí es una mera fracción de todos los ex alumnos de Chartwell, sería lógico desde un punto de vista matemático suponer que hubo muchos más, tal vez docenas que se quitaron la vida.

Muchos estudiantes, como Sam Jacobs y Kevin Steiner, lucharon contra el abuso de sustancias. Algunos se convirtieron en delincuentes. Kevin Steiner murió en un accidente de coche, durante el cual estuvo entrando y saliendo de rehabilitación y robando coches. Llegó a robar los coches de Lynch. Sam Jacobs fue condenado por violación a los 14 años, pocas semanas después de que Lynch lo sodomizara.

Brendan interiorizó la culpa y se autodestruyó abusando de las drogas. 

No supo por qué hasta los 30 años, cuando tuvo visiones de Chartwell en un sueño. "Apenas dormí durante los tres años siguientes", me dijo. Tanto Mike Uhl como Brendan Burt habían conseguido mantener a raya los recuerdos hasta la edad adulta, pero en ambos casos todos sus recuerdos afloraron en un único momento decisivo, como un tsunami emocional. En el caso de Uhl, ocurrió cuando Lynch le envió desde la cárcel una extraña parábola plagada de metáforas que contenía un extraño mensaje sobre la aceptación del victimismo.

Pero Lynch abusaba de los niños incluso antes de la creación de Chartwell Manor. Bill Moore era un alumno judío de sexto curso en los años sesenta en la escuela Somerset Hills de Warren, en el condado de Somerset, donde, según el antiguo profesor Jerry Amedeo, Lynch fue despedido cuando el propietario descubrió que azotaba a los niños. Los abusos sexuales sólo se descubrieron tras la marcha de Lynch, cuando los alumnos se sintieron lo suficientemente seguros como para empezar a hablar.  No sólo se golpeaba a los alumnos, se les obligaba a desfilar desnudos juntos y se les seleccionaba para acurrucarse en la cama con el Sr. Lynch para pasar un rato íntimo en la televisión, Wright explica cómo Moore le describió una escena en la que "Lynch se llevaba parte de un peine al labio superior e imitaba a Adolf Hitler". En 2006, Lynch trabajó como voluntario en un centro de rehabilitación para adultos llamado Beginnings, donde abusó de hombres, presumiblemente porque ya no tenía acceso a niños.

En un giro irónico, fue el agente de libertad condicional de Lynch quien le consiguió el puesto en Beginnings, debido a su "experiencia" como director, a pesar de su condición de delincuente sexual registrado.  Lynch se declaró culpable de tres cargos de tocamientos, tras lo cual sólo pasó diez meses en una cárcel del condado. La corta condena probablemente tuvo algo que ver con lo bien relacionado que estaba con la policía local, a la que regalaba caras botellas de whisky todas las Navidades.

El año 1984 completó casi dos décadas de abusos de Lynch que pasaron desapercibidos para las fuerzas del orden. 

Yo tenía diecinueve años aquel año y ojalá me hubiera enterado entonces de su encarcelamiento. Me habría permitido cerrar el caso antes. También podría haber escrito este ensayo mientras los Lynch seguían vivos, exponiéndolos a todo el país. Nunca me había dado cuenta de que yo era uno de las más afortunadas. Sin duda, hay innumerables supervivientes y víctimas.

"Sir" Terrence Michael Lynch está muerto y bajo tierra, pero su legado de tiranía perdurará mucho tiempo. Según extensas investigaciones psicológicas, es probable que las historias de muchas víctimas se extiendan a generaciones de familias venideras. Jacobs es un ejemplo de ello.

Después de mucho investigar, descubrí que Sam empezó a abusar sexualmente de niñas en la adolescencia temprana y a los catorce años violó a una niña a punta de navaja. Según Sam, Lynch había intentado sodomizarle poco antes, pero no pudo completar el acto porque Sam gritó tanto por el dolor que Lynch retrocedió por miedo a ser descubierto.

"Me pegaba, abusaba de mí y luego me frotaba el culo y me decía lo mucho que me quería", me contó Sam. "Era como una figura paterna".

"Eso es probablemente lo que más te jodió", le dije.

"Sin duda", respondió.

Sam cometió su primer delito como adulto en el año 1977 y pasó diez años en prisión. En lo que a mí respecta, esto es obra de Lynch. No excuso a Sam por su comportamiento, ya que creo que tomó la decisión de violar. Sin embargo, creo firmemente que no se habría convertido en un violador si no hubiera sido por los años de abusos que sufrió.

Sam salió de un centro de tratamiento en 1987 y, en 1994, se casó y tuvo una hija, pero se divorció poco después a causa del consumo excesivo de drogas y alcohol. Fue encarcelado de nuevo entre 2002 y 2006 por un cargo de acoso. Según documentos judiciales de 2006 y 2009, Sam fue condenado a permanecer en un centro de tratamiento de delincuentes sexuales en virtud de un mandato de internamiento civil, a pesar de que había cumplido su pena de prisión y no había cometido ningún delito sexual en décadas.  Debido al incidente de acoso, el tribunal decidió que seguía siendo un depredador sexualmente violento, a pesar de que el cargo de acoso se consideró no sexual. En la actualidad sigue detenido.

Sam y yo hablamos mucho por teléfono estos días.  

Me contó que Lynch abusó de él sexual, física y emocionalmente con frecuencia y severidad. "No odio a las mujeres", me dijo. "Cuando violé a esas chicas nunca quise hacer daño a nadie. Algunas se defendieron y las dejé marchar, porque no quería ser violento. No me daba cuenta de que violar era un acto violento o dañino. Era inseguro y no sabía cómo hablar con las chicas. Lynch me quitó todo el control. Pensé que era la única manera de recuperarlo. Pensé que era la única forma de demostrar que era un hombre".

"¿Tus víctimas no lloraban?" Le pregunté.

"No, en realidad, me rogaron que no les hiciera daño. 

Les dije que no quería hacerles daño. Durante mi encarcelamiento hice mucha terapia. Hasta entonces no me di cuenta del daño que había hecho. Antes de eso, realmente creía que disfrutaban. Incluso se la chupé a algunas antes de violarlas, por lo que podía parecer más una seducción que una violación".

Antes, había enviado a Sam una sentida carta junto con una copia de mi última versión de las memorias y algunos ejemplares de artículos sobre el encarcelamiento de Lynch. Me dijo que las fotos de Lynch que aparecían en el artículo le llenaban de terror y que lloró cuando leyó mi carta. No creo que esté acostumbrado a que la gente le trate con empatía.

"Sam", le dije. "Te das cuenta de que cuando tus víctimas ven fotos tuyas tienen la misma reacción visceral. Lo entiendes, ¿verdad?"

"Ahora sí", dijo. "Realmente me arrepiento de haber hecho daño a esas mujeres. Fui un gilipollas".

Sam Jacobs era un chico joven y guapo. Cuando sólo tenía cuatro años, su padre lo puso al cuidado de Lynch en Somerset Hills, donde Lynch era entonces director. Después de que Lynch fuera despedido de Somerset y creara Chartwell Manor, el padre de Sam permitió que Lynch se llevara a su hijo con él. Las investigaciones llevadas a cabo durante varios años indican que la conciencia y la capacidad de empatía de un niño no están completamente formadas antes de los seis años. Algunas personas recuerdan a un Sam Jacobs muy distinto del que hoy conocen los psicólogos, los abogados y el personal de la prisión.

El Sam Jacobs que conocí brevemente de niño era dulce y juguetón, nunca mezquino; al menos no conmigo. 

Había muchos matones. Él no era uno de ellos, a pesar de que yo era una niña torpe y delgada con dientes de ciervo, seis años menor que él, que fue acosada por muchos. Amedeo, que también fue profesor de Sam en Somerset recuerda a Sam como "un gran chico". Lynch robó a Sam tanto su inocencia como su humanidad. Nunca tuvo ninguna oportunidad. Su trágica historia da un significado totalmente nuevo a la frase "conducto de la escuela a la cárcel".

¿Qué pienso y siento ahora que sé lo que sé? Estoy triste por sus víctimas masculinas, pero agradecida de que no abusara de niñas, al menos que yo sepa. A pesar de lo desagradable que fue para mí vivir esos tres años, me consuela el hecho de que yo no era un niño ni una adolescente en Chartwell Manor. Ahora me pregunto cuántos antiguos alumnos se habrán convertido ellos mismos en pedófilos. Me alegro de que Lynch cumpliera una condena dura, pero ojalá hubiera sido más larga. Me repugna que a un delincuente sexual registrado se le haya dado la libertad de volver a abusar con tanta facilidad aparente y una supervisión tan negligente.

¿Cuántas otras víctimas hay ahora por ahí haciendo daño a la gente? ¿Y a quién harán daño sus víctimas? ¿Cuántas almas de Lynch perdidas y rotas andan sueltas sin refugio? Son preguntas que pocos podemos responder. Sólo sabemos que la infamia del hombre que conocimos como "Sir" y "Dr. Mike" probablemente perdurará mucho después de nuestras vidas, y ése es el aspecto más inquietante de todos.

Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator