Infancias cruzadas
A veces la distancia entre dos hermanos se mide en palmos de tierra seca
entre parcelas contiguas, como sucede con herencias no conformes.
Otras
veces la distancia es marcada por silencios que se van tendiendo entre dos
puntos, como cables entre postes de telégrafo sin señal.
Damián
creció en la ladera agreste de un pueblo manchego, hijo de un jornalero
tullido por la posguerra. La miseria, su sequedad y falta de pulso,
extendida en raíces huecas por los recovecos de las mentes que de ella
mamaron sinsabores y privaciones acrecentando así las secuelas.
Su madre, que trabajó en casa de un rico fabricante hasta quedar
embarazada, le enseñó que la soledad podía convertirse en
oración —estúpida, infértil enseñanza— y que cuando la tristeza apretaba bastaba mirar el cielo del
anochecer, robando al sueño momentos vitales para abrir paso a las estrellas ... y los impertinentes
graznidos de una tripa vacía.
Aunque la penuria no permitía
juegos; aun así, Damián se entretenía con piedras, con lo que tiraban
vecinos de mayor fortuna o cortando el paso del regato si traía agua, allá
arribita por donde no apestaba. El resto de su interés era soñar con
sierras que olían a pino, con escapar del calor veraniego en charcas y
disfrutar de la tranquilidad de calles de tierra; pequeños afluentes de
una naturaleza plena.
A cien kilómetros, por no decir más, Germán gozaba de bañarse en casa, en
agua caliente. Como si el agua corriente entubada fuese lo normal. Como si
escribir con pluma de oro no fuera señal. Como si disponer de hojas en
blanco, de calefacción, comida abundante, bebidas no transparentes y juegos
modernos resultaran una cosa habitual.
Su padre —propietario de
un taller de calzado que la autarquía convirtió en emporio— le repetía que
el mundo no puede pararse; "dialogar es cosa de cotorras, algo inútil para
empresarios en nuestra posición". Bajo aquella máxima de prisa perpetua, de
ordeno y mando, Germán descubrió el poder de quedarse quieto: observaba a
los criados, adivinaba sus temores, les echaba cebo, picaban, los llevaba
donde quería. Ensayaba conejillos de Indias emocionales.
La
primera vez que hizo daño a una muchacha apenas tenía trece años; se dijo,
se convenció que era curiosidad científica.
Mientras Germán coleccionaba silencios rotos de las más débiles y aprendía a retorcer su perversión, Damián acumulaba rezos estériles y aprendía a callar cuando los falangistas entraban al bar; a quitarse la boina ante el cura; a obedecer. Pero una tarde, al volver del camposanto donde ayudaba a su tío, escuchó por la radio que el Gobierno abría plazas de verdugo «de confianza». Pagaban tres veces lo que un enterrador ganaba en un mes y, sobre todo, otorgaban un salvoconducto para evitar la leva de su hija mayor. Desde el umbral de casa, Damián miró los zapatos remendados de sus niñas y pensó "Vendería mi vida para salir de esta miseria".
Entretanto, en la mansión de mármol, Germán hacía inventario de trofeos: una horquilla especial, un pañuelo bordado "para Carmen", la pulsación asustada de un reloj de caballero que una chica llevaba en recuerdo de su padre y detenido en esa medianoche estrellada. En su cuaderno de contabilidad privada anotaba sensaciones: «piel tibia», «floración de sangre», «silencio definitivo», «expiración mínima», «olor a miedo». A veces releía versos de almas rotas, cansadas de vivir, pesimistas y se reconocía en cada palabra como si portara algún viso de sentimiento, como quien se mira en un espejo quebrado y trata de repararlo para no ser visto.

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