"Es muy fácil vivir aparentando ser tonto. De haberlo sabido antes me habría declarado idiota desde mi juventud, y puede que a estas fechas hasta fuera más inteligente. Pero quise tener ingenio demasiado pronto, y heme aquí ahora hecho un imbécil." Fíodor Dostoievsky.
|
| Cortaditos de almendra antes llamados "Canciller" |
Voy camino del supermercado a recoger un saco de pienso para el perro. Es comida con celulosa, baja en calorías. No sé por qué esta moda de alimentar con pienso. Creo que antes se les daban alimentos humanos o lo que no terminábamos en la mesa.
Hace calor y me cuesta mucho avanzar. Siento un cansancio doloroso de cintura hacia abajo. No está lejos, al menos.
Voy mirando al suelo. Las baldosas, con sus cortes estilo «tabletas de chocolate», van pasando por debajo de mi cuerpo. Es mi cuerpo el que avanza sobre ellas.
Siento como si viajara dentro de un robot y mi altura total fuera de unos 3 milímetros. Como si todo mi ser estuviera asomado en lo más alto, mirando a través de un gigantesco ventanal. Desde esta impresionante altura de 1.800 metros, el suelo pareciera moverse lentamente, como al mirar a tierra desde un avión. Es muy molesto sentir las tremendas vibraciones de este inmenso androide a cada paso que da. Pido que sea más cuidadoso al pisar, que se mueva con suavidad. Aunque me atiende y trata de hacerlo mejor, cada pisada sigue siendo atronadora. Siempre he procurado que sus pasos fueran suaves. Quizá por eso nos dijo un compañero de clase:
—¿Por qué caminas así? ¡Parece que estuvieras drogado!
El sol atiza nuestra coronilla de cura famélico y oriento la máquina hacia el sombrío que tiende la fila de árboles. De pronto levanta su cabeza hacia arriba. Entre ramas como rascacielos se balancean hojas del tamaño de campos de béisbol, recortando contra el cielo sus figuras vegetales.
Otros androides se cruzan, miran hacia nos, y nos volvemos la vista al suelo de chocolatinas. Creo que saben lo que pienso, pero cada cual se centra en lo suyo. Yo veo a esos otros en sus puentes de mando y me pregunto si les molestará el impacto de cada paso como a mí.
Siento la quemazón de los músculos que impulsan esta nave humanoide. Quiere detenerse. Se diría que está exhausta y, aunque en proporción a mi tamaño ya ha recorrido 10 km a una velocidad de 300 por hora, debe de haber avanzado escasos 170 metros.
Así, como cuando tenía 7 años, siguen siendo muchos de mis momentos caminando en la calle, pasando entre la gente. Así siguen siendo y, como entonces, para superar el cansancio o el dolor obligo a acelerar, forzar la marcha de esta figura construida en hueso y fibra muscular, ya deteriorada por vieja o mal cuidada.
Este muñeco, que antes, acostumbrado al sol, lucía hermosa piel moruna de piscina o bronceado playero, transporta ahora dentro un pequeño Pepito Grillo que va coordinando como puede el movimiento y el comportamiento; la voz y el silencio.
Nunca me gustó Pinocho. Recuerdo la película con Gina Lollobrigida desde un agobio de pesadilla, mientras comía un riquísimo y pequeño mantecado cortadito de almendras Canciller que compraba en la pastelería:
—¿Puedo comprar solo uno?
Y la amable dependienta me lo vendía. Es que yo era muy guapo. La última vez que la vi aún era amable, aunque anciana. Llevaba muleta y olía a pis.
|
| ¡Yo seré un niño auténtico! - Sheharzad Arshad |
¿Es esto un relato surrealista?
¿Debe un muñeco de madera conseguir parecerse a sus iguales a cualquier precio?