Historias, cuentos, relatos, experiencias y fantasías de una persona diagnosticada autista en la edad adulta
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viernes, 1 de mayo de 2026
La coleta del asceta
domingo, 2 de junio de 2024
Llorar no es lo más ...
A veces encuentro a otras personas valorando el llanto como la máxima expresión de tristeza. Como si lo vivido por esas personas antes de echar lágrimas no hubiera sido bastante, no hubieran sido suficiente conscientes o no hubieran llegado al tope que da paso al moco —explíqueme lo de "tendido", cómo se tiende un moco al sol junto a la ropa recién lavada, si guarda relación con ello y con cuales ganas iba nadie a salir a tender sus mocos, que no sus lágrimas, en esa situación.
He llorado bastante y en silencio hasta los 15 "como si no hubiera un mañana"—aquí entiendo la expresión: si no vas a conocer el día de mañana hoy puedes hacer lo que quieras pero sin molestar a nadie.
Después de llorar creo recordar una cierta sensación de alivio.
Hay terapias para reír desde el siglo 16 y en la actualidad también se hacen terapias de llanto.
Cuando alguien llora a la mínima (de lágrima fácil) puede ser que tenga ligero el lagrimal, que al engranar su torbellino interior de sensaciones desborden por ahí o que conociendo sus beneficios se preste a ello sin pensarlo antes.
Pero es posible detenerlo. Arrestar la confusión. Bloquear y evitar las consecuencias si te ven porque suele haber consecuencias.
Si lloras para quien te quiere o lloras para tu enemigo los resultados pueden ser incluso inversos: que de quien esperabas ayuda y comprensión recibas rechazo y te pida que pares de inmediato o encontrar una voz amiga en quien menos imaginas, quizá hasta una disculpa.
Hace tiempo, años, que quiero llorar porque me duelen los huesos de todo el cuerpo y me cabreo con ellos pero nada puedo hacerles. Es cansancio. Lo es, ¿no?. Estoy hasta las narices y no aguanto más ... eso me creo pero "no es tan fácil morirse" como dijo el chino con su chinesca sabiduría en una peli.
Pero llorar no es lo más de nada. A veces el silencio más hondo y continuado es la expresión máxima del dolor interno.
Por otro lado, un dolor físico intenso como el cólico renal de mi riñón izquierdo, produjo risas en mi casa mientras el cuerpo se retorcía y no sé qué hacía mi cara. Debía ser chistosa. Qué extraño.
No puedo ni suponer cómo se puede convivir con esa dolencia si hace 17 años que aguardo con terror su retorno en cuanto amaga o se menciona. Hay personas con superpoderes, supervalores, superfamilias o super-hostias-vete-a-saber.
Los niños lloran por cualquier cosa pero también ríen por cualquier motivo. Su sonrisa es maravillosa y nada, nada en el mundo es mejor que ver feliz un bebé, una nena, un chiquitín.
Si tuviera que llorar sería por las inocentes víctimas de tanto terror y tanta guerra sin fin.
Si Dios está en todas partes será dentro de las balas y las bombas o ... no estará en ninguna. Ni será.
martes, 7 de mayo de 2024
Pesamientos contagiosos
De la consulta de psiquiatría acaba de salir un paciente, uno, una que
une, y aprovecha el descanso de turno para escribir en su diario personal.
No es ético sacar del hospital historias, relatar opiniones particulares,
producirlas al margen del ámbito profesional para uso privado. Esta
psiquiatra lo hace, a pesar de todo.
Se figura otro empleo. ¿Profesora? Sea.
Al salir del aula he esperado a un alumno, Oscar (su nombre es otro), y le he pedido que acuda a mi despacho en horario de tutorías. Quiero conocerle. Puede ser de interés para mis casos en estudio.
Se ha demorado en responder. Ha abierto mucho los ojos y ha seguido su camino con un “vale”, haciéndome sentir como una presencia fantasmal en el pasillo del instituto, solo perceptible a su mirada sorpresiva pero de habitual ausente.
Ha llegado demasiado puntual, ha entrado y cerrado tras de sí para quedarse quieto como una estatua. Esta rigidez confirma mi buena elección.
—Buenas tardes, Oscar. Aguarda un momento, que enseguida estoy
contigo—segunda reacción inesperada: sin más se ha vuelto hacia un cuadro
especial que yo misma coloqué tras la puerta, a salvo de ojos curiosos.
Quería
que el cuadro estuviera solo presente para mí: no visto al entrar y como un
objeto decorativo cualquiera al salir. ¿Habrá adivinado él…? Pero no. Tan
solo estaba haciendo un reconocimiento. Voy fingiendo distracción mientras
aseguro la grabadora bajo la mesa y extraigo de la cajonera un cuaderno de
anotaciones
—Ya está. Siéntate, por favor—no me hace caso y,
cuando termina de mirar, se acerca al cuadro. Un estremecimiento de
aprensión—¡Oscar!, por favor, siéntate… no seas tan cotilla.
—Perdón, no quería molestar—y se sienta en una silla lateral, contra la pared, en lugar de ponerse frente a mí.
—Mejor aquí, en esta silla, que ahí se hace raro… como si estuviéramos reservándola a alguien, ¿no te parece?—sonrío.
—Claro—se le ve incómodo, girando a todas partes la cabeza, con la mirada recorriéndolo todo de nuevo. Como si me ignorase otra vez, un espectro frente a él. Baja la mirada. Se sienta con las manos bajo las piernas, las palmas hacia la silla.
—A ver. Te he pedido que vinieras porque en clase he notado que pasas mucho tiempo mirando por la ventana sin prestar atención—le doy tiempo esperando unas palabras que no llegan… quizá pretende ser quien da tiempo para que continúe explicando—¿te has enterado de algo en clase?—pregunta directa, le doy más tiempo esta vez.
—No—gesto neutro, monosílabo seco. Por algo se empieza.
—¿No?
—Eso he dicho—ahora me mira inquisitivo. Mi pelo, mi gafa, mi boca, y se detiene en mis dedos volteando el bolígrafo. Mierda de pregunta, de utensilio para inseguridades, qué estupidez la mía. ¿Quiere saber si soy inteligente?
—Perdona, no esperaba esa respuesta y… —interrumpe con una pregunta orientada a la afirmación, lindante a la grosería, átona, pesada y contundente:
—¿Esperaba otra mejor para su grabadora?—el rubor sube como fuego imparable colina arriba. Palpitaciones en la sien como amonestaciones, contradicción y sin tiempo para explorar una mentira creíble. Pongo la grabadora en la mesa.
—Vale, te pido mil disculpas. Esto no lo hago… no es para… —niego con la cabeza—lo hago para aprender, para mejorar en mi tutoría… lo siento, debí preguntarte—y me señalo reconociendo la culpa.
—No se preocupe. Puede grabar. No pasa nada. Estoy acostumbrado a la observación, al comentario y a que no traigan nada bueno en general, pero no pasa nada. Yo también grababa en mi casa las conversaciones telefónicas. Construí un aparato que las detectaba y activaba una grabadora. Tampoco me trajo nada bueno, además de la grabadora con sus componentes desperdigados por la habitación… rota, quiero decir.
—Ah, qué curioso. ¿Y lo hiciste tú?—primero niega haberla roto él, entiende lo que le parece. Después se reconoce estúpido y habla en extenso y aburrido monólogo sobre la construcción del cacharro. Espero en medio de su discurso mientras me pregunto cómo supo que tenía escondida una grabadora tan pequeña. Lanzo una mirada rápida hacia la cajonera bajo la mesa. Contrariado, deja de hablar. Le miro.
—Se reflejaba el piloto rojo de grabación en la ventana—no puedo creerlo, me vuelvo, imposible—la tienes abierta en modo oscilobatiente vertical y la inclinación ayuda. Una casualidad.
—Bueno, Oscar, nos desviamos del asunto. Que te pasas casi todas las clases mirando por la ventana y suspendes también otras asignaturas. Quisiera saber si necesitas ayuda, si yo… —vuelve a interrumpir.
—¿Y quién no necesita ayuda?—se remueve sobre la silla, se yergue, vuelve la mirada al cuadro. No puede ser.
—Pero estoy contigo y tus problemas; los demás son tema aparte—niega.
—Lo apartado de los demás… la exclusión, es el tema.
—Es el tema porque… —mis manos abiertas hacia los lados, esperando su explicación, pero él concibe que seré yo quien lo aclare. No entiende mis gestos de nuevo—A ver. Ese grupo con quienes tomas el descanso… no son… ¿sientes que te excluyen?
—Con alguien tengo que estar. No quiero parecer el raro número uno. Y finjo. Trato de hacer gracia. Río bromas que entiendo a medias, tarde o que me desagradan. Pongo sonrisa y me dicen “serio” o hacen frases incomprensibles como “parece que hubiera matado al Manolete”.
—¿Y mirar por la ventana cómo te favorece en esta situación?
—Allí con suerte están las nubes. Quizá el viento meciendo los árboles. Puede que pájaros. La luz, el azul, el gris. Allí está lo más sencillo. Lo que se explica por sí mismo sin rodeos. Lo que transcurre a una velocidad admisible. Estoy tras la ventana pero del lado que no quiero. Oigo los ecos de vuestras voces moduladas sobre renglones dobles, siendo fuera los silencios, si acaso modulados entre los murmullos del viento.
—Uh, suenan bonitas esas palabras. Escondes en ellas… ¿rencor? ¿Deseo? —pausa— ¿odio?
—Escondo lo mismo que usted, que tú, en ese cuadro junto a la puerta, a la vez que quieres ocultar el cuadro entero.
—¿Cómo? Es un simple dibujo, nada más.
—Tu rubor dice lo contrario.
—No es… yo soy así, es mi piel…
—En efecto. También yo soy como tu piel, transparente aunque no quisiera.
—A ver, Oscar, te he… —interrumpe.
—A ver y a escuchar, a sentir al otro, a comprender…
—No me líes con palabras revueltas. Solo quería ayudarte, pero veo que no estás por la labor, así que… —me encojo de hombros. Se levanta.
—Ya—va hacia el cuadro.
—Aquí abajo, muy pequeñitas, entre esta hierba que simula garabatos, están tus iniciales. Un patrón de dibujo las delata. Esta barca en medio de un mar en calma, casi perdida en el horizonte. La bruma. Dime cómo se encuentra la chica que se adivina en ella. Dime cómo puede estar en calma el mar, no un lago sino el mar. El ancho mar. Tanto que te hace inalcanzable. Cuéntame quién es ese hombre que observa en lo alto del acantilado. Y explícame qué hacen esas dos criaturas en una playa tan enorme sin compañía de adultos. Mejor aún, no me lo cuentes. Cuéntatelo tú.—y sale del despacho.
Ahora la psiquiatra se levanta. Se acerca al ventanal y, con aire triste, mira por la ventana.
domingo, 8 de octubre de 2023
Prohibido estar triste
"Infeliz es quien piensa en su infancia y solo evoca recuerdos de miedo y tristeza." (H. P. Lovecraft)
Ayer salí a pasear al perro.
Para según quién, las 9:00 será pronto un sábado por la mañana. Llevé los auriculares de tapón para sobrellevar el paso lento de mi amigo. Le gusta caminar sus 1.800 metros: casi dos kilómetros oliendo y haciendo como que mea por todas partes. Sí, es mucho territorio. Así de fuertes tiene los musletes.
El caso es que decidí recordar la música de Triana. «Hijos del agobio y del dolor». Pensé lo triste que sonaba esa voz y gran parte de su música. Repasaba por entonces, con 12 o 14 años, cada uno de los seres que poblaban aquella portada tan oscura y deprimente. Quizá solo era mi estado mental, la forma de interpretar aquello.
Hay personas que parecen arrastrar toda su vida un halo de tristeza hasta consumir su último aliento.
Recordé a Los Secretos y ese «Ojos de gata». Artistas que imagino dando escape, desde la profundidad de su dolor, a canciones como estas.
Puede que sentir una profunda tristeza nos permita conocer mejor la alegría. Quizá haya otras personas capaces de pasar la mayor parte del tiempo disfrutando de una energía más vital y escapen de inmediato ante la más mínima vibración triste.
En cuanto oigo, veo, presiento esa llama azul, me transformo en polilla hasta arder desde el tuétano.
«The Eagle Will Rise Again», de The Alan Parsons Project, me acompañó en muchos momentos solo y retirado de todos: familia o amigos. Nadie podía servir de ayuda para lo incomprensible. Nada dentro de mí me animaba a solicitarla, a hablar. Sumergía todo el cuerpo en cada nota, su triste desarrollo… «Let me see the light», déjame ver la luz.
Estúpido pretender que la música hablara por mí.
Uno sigue adelante porque el instinto está en los genes, pero no es lo mismo vivir la vida que sobrellevarla.
Continuar en base a los instintos me ha convertido en menos animal, a pesar de todo. Porque muchos no han sido instintos animales. Si hay diferencias entre las demás especies y esta nuestra, autoproclamada inteligente, son los instintos aprendidos…
Ya que está mal vista la locura de la tristeza, ¿podríamos mezclar los términos?
martes, 4 de julio de 2023
Depresión adolescente
No conozco la nomenclatura ni tengo los conceptos de una profesional en psicología.
No pido ayuda porque no es posible pedir ayuda.
Solo estoy ... loco.
Siempre, desde siempre. Eso dijo Él.
El otro él, viéndome crecer desde pequeño. Rarito primero. Chiflado después.
Gracias a Él, ahora sí, tuvo un hijo normal y de hijas más en cantidad y más normales si cabe. Yo, solo yo, nací con este cerebro tormentoso. Adalid iniciático del orgullo loco.
Oigo hablar de deprimidos adolescentes y he recordado.
Dicen son difíciles de diagnosticar y uno de sus síntomas puede ser el aislamiento. El silencio. El llanto. No querer salir ni relacionarse con sus iguales.
Todo mentiras. Lo que quieres no es en general lo que consigues ni sabes cómo alcanzarlo.
¿ Intentarlo ? Sería fijar metas lejanas. Imaginas llegar a verlas y son borrones, zonas oscuras o llenas de dudas. Es lo que trae la necesidad de anticipar, planear para evitar sorpresas. Eso si tienes la suerte de conocer tus deseos internos. Incluso con esa fortuna no coinciden con lo que necesitas o más te conviene.
De garantía es lo que tienes en tu mano. Un yo sin objetivos rodeado de objetos. Las cosas no mienten. La sociedad en cambio tergiversa los caminos y, cuando no puedes ver, caes de bruces sobre las babas de tu propio llanto. Un llanto inaudible pero bien profundo donde implosiona el cerebro empujándote a ...
A los 15, los 16 años debería llegarse a la cima de la felicidad. Con hormonas que nos ponen a tope en esa edad, todo vívido, al 500 por cien. Esos periodos en los que ni siquiera somos capaces de poner en valor nuestras vidas, arriesgando todo por o para nada, probando lo negado, lo que esté más a mano sin consideraciones ni reflexiones filosóficas de mierda.
Por igual exacerbada, la depresión puede convertirse en un infierno insufrible, extenso y sin fin aparente. No se piensa en llegar a mayor, en el porvenir ni el sembrar aunque nos taladren con esos consejos paternalistas.
Pregúntate qué falló si esa criatura se quitó la vida en su mejor-peor momento. O si continuó viviendo, de dónde provino la sombra en torno a sus ojos. Cómo resultó que su sonrisa era tan cara de hallar. O qué hacía en su tiempo libre para fracasar en la escuela año, tras año, tras año desde los 6 años a pesar de casi no salir de su habitación.
Muchos días encontraba qué hacer en casa. El agua infinita corriendo en el lavabo por mis manos. Un coche detrás de otro, detrás de otro, detrás de otro. Qué interesante alineación. Qué preciosidad matemática. Cuánta paciencia. El tiempo marchando a contar sus segundos a la frontera exterior.
¿ Se suicida en un momento de lucidez o de horror ?
¿ Se autolesiona cuando no es capaz de hacerlo ?
Mi adolescencia fue incolora. Con tufo a muerte. Cogí papel y costumbre por escribir. Sobre el vacío, sobre la nada. La melancolía, el desencanto y el disgusto. El desagrado por no comprender. Las personas, mi diferencia. Buscándola a oscuras con un cerebro normal hasta reconocer ese órgano de incuestionable anormalidad.
Me desagrada remover entre aquellos años. Quizá la adolescencia se retrasó y nunca llegó la adultez.
Pregunten a sus adolescencias dormidas. Cuenten aquí, a esa nada. Nada les será respondido.
El mundo social es una continua celebración. Una fiesta de las mentiras que disfrutan en mayor medida sus principales invitados. Parece que en su mayoría mis disfraces para la fiesta siguen siendo equivocados.
Creo en la habitación apartada, en la columna, la esquina.
Elijo faltar a las verbenas, hacer hueco para la muchedumbre.
Ausentarme de relaciones, de familias.
Traté de ser amigo pero ya no recuerdo qué supone.
Ni quiero.
Lego mi asiento en el cine. Cedo mi turno en el bus.
Callo hasta la
ruina mi aumento de sueldo.
Busco la cola sin cola, la puerta abierta y
la ventana no.
El eclipse en el centro de luces cegadoras.
Se ríen de mi. Sé que ríen como brutos. Como hienas. Blandiendo lenguas tan bífidas como el sentido de sus palabras. Amenazando con garras tras clavar tan hondo sus dientes como el último predador que conocerás.
Así pues ...
... seco mi cerebro de afecto y los ojos también secan.
Saco mi ropa en la ducha y solo el agua, nada más que el agua, se convierte en mi pasión final. Transparente, cálida, purificante. Ajustada a mi forma. Acude acariciando la piel y se retira de inmediato. Calma esta sed sin pedir nada a cambio.
Cuántas veces, fuera, hecho de menos morir dentro de aquella adolescencia tan capaz.
lunes, 6 de enero de 2020
Repita, por favor
"Algunos aman las flores y los animales porque son incapaces de entenderse con sus semejantes." Sigrid Undset
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| Cuéntalo - Laurie Halse Anderson (guión) & Emily Carrol (dibujos) |

"You'd be socket at how many adults are already dead inside, walking around with no clue, waiting for a heart attack or a cancer to finish the job. When people don't express themselves, they die one piece at a time. It's the saddest thing I know."
🪶 Nota de lectura (by chatgpt)
Este texto se adentra en los repliegues del silencio y del sufrimiento
invisible: el que no grita, no pide, no se queja. Explora cómo el dolor
puede camuflarse en la rutina, en la contención, en la aparente calma que
rodea a quien ya ha aprendido a callar. La voz del narrador, lúcida y
cansada, recorre la fragilidad humana con una ternura seca, sin
victimismo, pero también sin concesiones.
En su observación de los otros —los ancianos, los niños que fuimos, los
fantasmas cotidianos— late una conciencia feroz de lo que queda vivo pese
a todo: la lucidez, la compasión, el amor mínimo por lo que aún respira.
domingo, 19 de abril de 2015
Tristeza en la espina dorsal
"Me gusta la gente que me hace reir. Honestamente creo que es lo que más me gusta, reir. Cura infinidad de dolencias. Probablemente sea esto lo más importante en una persona." Audrey Hepburn

De "El libro triste". Escrito por Quentin Blake y dibujado por Michael Rosen
Este soy yo cuando estoy triste.Quizá pueda parecer que estoy contento en esta foto.En realidad estoy triste pero finjo que estoy contento.Lo hago porque creo que no le gusto a los demás cuando tengo aspecto triste.
viernes, 26 de abril de 2013
EXILIADOS - Un cuento de Neil Gaiman (de The Sandman Vol.7)
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The SandWoman |
En verano, las moreras manchaban la hierba verde de púrpura carmesí.
Pájaros de mil colores bailaban en el cielo cuando era un muchacho.
Alegraban el día con sus intrincadas canciones.
"Somos quien elegimos ser", cantaba el jilguero cuando el sol estaba en lo más alto.
"Tengo sueños, sobre sueños, sobre sueños", cantaba el ruiseñor bajo la luna pálida.
Las muchachas de mi pueblo tenían los labios como ciruelas
y eran mucho más guapas que las muchachas de los otros pueblos
en los días de mi juventud.

Ahora que soy más viejo, respeto la voluntad de los dioses.
Hace mucho tiempo, aprobé los exámenes
y me nombraron prefecto de toda una provincia.
He estado al mando de ejércitos
y he aconsejado a dos emperadores.
Puse a su disposición toda mi sabiduría
y a sus órdenes todos mis conocimientos.
He tenido riquezas en abundancia, una esposa, un hijo y muchas concubinas.
Solo el fénix se eleva
y ya no desciende.
Así pues, en el crepúsculo de mi vida, me envían al exilio,
lejos de la corte, de la familia y de todo lo que conozco.
En mi viaje he visto muchas cosas extrañas.
Al atravesar las montañas Nan Shan nos atacaron los lobos,
animados por una criatura raquítica a la que consideraban su rey.
Cuando lo matamos, los demás se desanimaron.
He soñado con las responsabilidades de los emperadores.
Hace muchas leguas que no oigo al ruiseñor.
Pero he tenido sueños, sobre sueños, sobre sueños.
Viejo amigo, esta carta solo te la escribo mentalmente, pero
es una carta magnífica, con un perfecto manejo del pincel.
Las manos viejas no tiemblan ni duelen
cuando la carta se escribe en el aire.
Cuando nació mi hijo, el emperador encargó unos fuegos artificiales.
Estallaron en el cielo nocturno como girasoles de luz.
Ahora mi hijo está muerto
y yo estoy exiliado.
El desierto es gris: arena gris bajo cielos grises.
Le digo a mi guía:
"Este desierto es gris",
y él me da la razón.
Es un hombre de un pueblo de los alrededores.
Le pregunto cómo se llama el desierto, pero mi guía no responde.
El desierto tiene un nombre de mal agüero,
y el mal agüero se ha convertido en mi vida.
Mi hijo se alió con el pueblo del Loto Blanco.
"Tienes suerte de que no te haya cortado la cabeza",
me dijo el emperador.
Y aquí estoy, con arena en la barba, los ojos y las orejas,
con los pensamientos bañados por el gris y la arena.
Los sueños, como la espuma del mar, lo bañan todo.
En el pueblo donde contraté a mi guía me encontré una gatita,
blanca como la flor del cerezo.
Me llevó hasta unas rocas a las afueras del pueblo
y me mostró a sus gatitos.
"Si encontramos gatitos, los matamos", dijo el posadero.
"En el pueblo apenas hay comida para los hombres".
Esa noche volví sigilosamente hasta las rocas, aunque hacía frío,
y me guardé en la manga al más pequeño de los gatitos.
En esta travesía del desierto apenas tenemos agua para nosotros.
Solo un necio se traería un gatito.
Hoy me ha clavado tres veces las uñas.
Sus ojitos aún son de un color azul turbio.
Cuando paramos para orinar, el gatito hace lo mismo.
Espero que viva hasta que lleguemos a la ciudad de Wei,
al otro lado del desierto.
En Wei viviré los años que me quedan.
Suave, suave silba el desierto,
como el chapoteo del mar contra los guijarros de la playa.
—¿Has dicho algo, maestro?
—No he dicho nada.
—Disculpa, maestro, me ha parecido oírte hablar.
—Estoy redactando cartas que quizá ponga por escrito cuando termine este
viaje y estemos a salvo. Así ocupo la mente mientras viajamos. ¿Tú haces
algo para mantener la mente ocupada?
—Rezo, maestro, para que el Todopoderoso y todos los dioses menores nos
hagan cruzar el desierto sanos y salvos. También tengo esperanza.
—He oído que en este desierto florecen los espejismos. Que lo recorren
fantasmas y espíritus de zorro que roban a los viajeros y los desvían de
su camino.
—Así es, maestro.
—¿Cuánto falta para que se haga de noche?
—Varias horas, maestro.
—¿Y hasta que crucemos el desierto?
—Al menos un día más, maestro.
Mi guía lleva campanitas de plata cosidas a las mangas
y a la brida de su caballo.
En el desierto, el viento a veces se levanta de repente.
Suele pasar que los que entran no vuelven a salir.
Le aconsejé sabiamente, a él y a su padre antes que a él.
Aquello que se sueña no puede considerarse que no se ha soñado.
Llevo muchos meses de viaje.
Presa de una honda pesadumbre, sueño con una taza de vino.
Me imagino una taza de porcelana.
Vierto el vino caliente y sorbo, exquisitamente.
Pero no tenemos vino,
y escaso es el vino del recuerdo.
Calor y frío, anocheceres y amaneceres.
Esta es mi suerte.
A veces pienso que mi viaje no terminará nunca.
La arena del desierto me azota la cara.
Siento como si me azotaran la cara con látigos de alambre.
Mi esposa torturó una vez a una sirvienta con látigos de alambre.
Faltaba un anillo de oro y la muchacha era la única sospechosa.
Mi esposa la mató antes de que pudiese confesar.
Muchos años después encontramos el anillo
entre dos tablas del suelo.
Las riendas se relajan entre mis manos y
esta noche me pesan los años.
Le digo al mozo que voy a desmontar y él sujeta al caballo.
La arena que trae el viento me ciega...
...y no veo nada.
Y cuando recupero la vista, estoy solo.
Los sabios dicen que todo lo enterrado quedará algún día al
descubierto.
Si esperase un rato, oiría el tintineo de las campanas de plata
y reanudaríamos nuestro viaje hacia la ciudad de Wei.
No es la primera vez que tengo espejismos,
los he tenido en otros desiertos.
Una vez, en el lejano sur, vi el Palacio Imperial
con cada baldosa y cada grabado, aunque se desvaneció al acercarnos.
He visto el oleaje del mar en lugares donde no había agua.
Ahora ondean orgullosas banderas carmesíes,
aunque el viento ha amainado,
y el aroma de la resina ámbar de pino llena el aire.
Oigo la canción de los ruiseñores y huelo moras aplastadas.
Y, caminando hacia mí, veo a mi hijo.
—Estás muerto —le digo. Y él agacha la cabeza.
—Estoy muerto, padre —me dice—. Me cortaron la cabeza y las manos.
Arrojaron mi cadáver a una fosa y ni toda la magia del Loto Blanco pudo
salvarme.
La arena se mueve bajo mis pies.
No logro encontrar el equilibrio.
—¿Dónde estamos?—Le pregunto a mi hijo, que está muerto—¿Me he unido a ti en las terrazas oscuras? ¿Esa tienda es la morada del Prefecto de los Muertos?
—Mi padre sigue entre los vivos —responde mi hijo.
La ira se apodera de mí y se lo reprocho.
—Si te hubieras contentado con la superficie de la vida, todos habríamos sido más felices. Nada bueno surgió de tu estudio de las artes mágicas.
Mi hijo agacha la cabeza.
El gatito bufa, asustado, y huye. Corro tras él.
—¿Padre? Soy tu hijo. ESE no es más que un gatito. ¿Por qué me abandonas
para perseguirlo?
—En vida eras toda mi alegría. Ahora que estás muerto, solo te veo en
sueños. Y al despertar, mi almohada está húmeda por culpa de las lágrimas.
El gatito está vivo y necesita mi ayuda.
—¡No vayas allí!
—Cuando estabas vivo, no hacías caso de mis consejos. Yo estoy vivo y tú,
muerto. Tomaré mis propias decisiones.
Qué raro es este desierto: me rodean los mástiles de barcos destrozados. Subo hasta una duna y llamo al gatito con palabras de consuelo.
—¡Hey! ¿Qué haces aquí, en este antro de demonios? ¿Te has perdido o eres tú también un demonio?
—Disculpa mi franqueza, pero soy viejo y seguramente mi carne sea
demasiado fibrosa y poco sabrosa. No creo que le gustase ni a un
demonio.
—No soy un demonio, honorable maestro Li.
—¿Sabes mi nombre? Ahora estoy seguro de que eres un demonio.
—Conozco muchos nombres, maestro Li. ¿Por qué has entrado en mi tienda?
—El emperador me ha enviado al exilio. Y he entrado en tu tienda, señor,
buscando a mi compañero de viaje, un gatito.
—Ah, vienes con Camina Solo de Noche. Aquí está. ¿Mrrr?
—Estás a miles de leguas y a cientos de años de tu casa.
—¿Cientos de años?
—En cierto modo. Estás en uno de los lugares blandos en las fronteras del
Sueño. Vengo aquí de vez en cuando a pensar y a recordar.
—Mi señor, nadie sabe qué nos depara el futuro y es posible que mañana ya
esté con mis antepasados.
—Hoy ya he visto a mi hijo, a quien mató el emperador, y lo interpreto como una señal de muy mal agüero. No sé qué eres, pero creo que no quieres hacerme daño.
—Tengo algo que pedirte: una plegaria de alguien que sabe que, aunque los
dioses escuchan y atienden todas las plegarias, no es imposible que la
respuesta sea «no».
—Sigue.
—Llevo muchas leguas soñando con una taza de vino. No con un pellejo
entero de vino, pues me pondría achispado y me volvería insensato. Solo
una taza de vino para entrar en calor.
—Dentro de un tiempo, o hace un tiempo, un joven me dio agua en este desierto, aunque no tenía gran cosa que ofrecerme. Sería descortés por mi parte darte menos de lo que él me dio. Toma.
—Estaba rico. Rico como en mis sueños. Toma, por favor. Debo pagarte.
—Guárdate la moneda, maestro Li. Dásela a quien la necesite.
—Se la daré al primer mendigo que vea, señor.
—Érase una vez un sabio que quería a su hijo tanto como querías tú al tuyo. Un día, el hijo murió, pero su padre no derramó una sola lágrima por él. Cuando le preguntaron por qué, respondió: «No lloré por él antes de que naciera y no lloraré por él ahora que ha muerto». ¿Qué opinas?
—Me parece una estupidez. Lloras porque lo que toca es llorar. Pero tu dolor no es inútil: no te conviertes en esclavo del dolor, sino que te despides de los muertos y sigues adelante.
—Así es.
—¿Mrrr? De acuerdo. Si tienes que irte… Adiós, Camina Solo de Noche.
Parece que ya te vas, maestro Li.
—¿Señor? ¿Hay algún modo de salir de este desierto?
Sigo al gatito por las arenas movedizas. Mis viejas piernas tropiezan.
Me siento más viejo que P’eng. Y entonces oigo el murmullo de voces.
Y, al otro lado de la llanura, oigo el sonido de la locura.
Cruzo el puente y me digo
que estoy soñando.
A medida que crece el crepúsculo
amarillento, mis pensamientos se
vuelven agitados e inquietos.
Una vez cruzado el puente, me entra la duda:
¿He cruzado el puente?
¿He experimentado lo que ya he
experimentado?
No sabría decirlo, no lo sé a ciencia cierta.
Mis pies me llevan ante una tienda por
segunda vez.
Oigo voces graves, jinetes lejanos,
un trueno remoto.
—Hola, maestro Li.
—Lo mismo digo, maestro. Disculpa la confusión de un viejo, pero ¿no nos
conocemos de antes?
—Nos conocemos, maestro Li.
—Al otro lado del abismo había un hombre que podría haber sido tu
hermano.
—Me conociste, maestro Li, hace mucho tiempo.
—Entiendo.
—Eres sabio.
—Tú también, valiente. ¿Quieres caminar junto a mí, maestro Li?
—Haré lo que me pida mi señor.
Cabalgaron los jinetes hacia nosotros, envueltos en una nube de polvo. Se oía el tintineo de jaeces y bocados; el sonido de lanzas contra escudos; de fustas de plata contra los ijares de los caballos; y el ruido de cascos resonaba como el trueno por la arena.
—¿Eres el señor de este reino? —preguntó uno entre los jinetes.
—Sí.
—Mi señor, llevamos mucho tiempo cabalgando.
—Por eso estoy aquí. Ha llegado la hora de que abandonéis este
lugar.
—Pero, mi señor… ¿Qué será de nosotros? ¿Nos devolverás a las épocas y
lugares de los que procedemos? ¿O nos desharemos en polvo y, olvidados,
seremos uno con el desierto? ¿Omnia mutantur, nihil interit…?
—Quizá.
Las llamas bailan en la blancura de su túnica.
Niega lentamente con la cabeza.
No sé si está sonriendo.
Quizá sonríe.
Y luego se da media vuelta.
Se oye el sonido de un trueno en verano, suave y lejano.
Estamos solos en medio del silencio.
Solo se oye el silbido del viento en la arena.
—No me gustan las cárceles, maestro Li. A veces sospecho que construimos
nuestras propias trampas y que caemos en ellas fingiendo sorpresa. Que la
vida es así para todos, desde el Altísimo hasta la criatura más
despreciable de la creación… Pero, sea o no este el caso, sigue valiendo
la pena abrir jaulas. Liberar al prisionero sigue siendo un acto
virtuoso.
—Eso dicen los sabios.
—Las herramientas, claro está, pueden ser la más sutil de las trampas. Sé
que algún día tendré que destruir la esmeralda.
—¿Mi señor?
—Pero ese día puede esperar. ¿A dónde te diriges, maestro Li?
—Al exilio, señor. El emperador ya no necesita mis consejos.
—Entiendo. Lo siento. ¿Querría el venerable maestro Li hacernos el honor,
a mi modesto reino y a mí, de actuar como consejero? ¿Y quedarse en mi
humilde castillo todo el tiempo que desee?
—Eres tú quien me honra al ofrecérmelo, señor.
—Parto al exilio: me han condenado a ser prefecto en el puesto más lejano
del imperio. Soy viejo y el emperador aún es joven. No espero recibir
jamás un mensaje que me diga que puedo volver a casa. No viviré para
volver a ver a mi esposa ni el pueblo donde nací. Pero me he pasado la
vida obedeciendo la voluntad del emperador, y el emperador me ha enviado a
la ciudad de Wei. Haré lo que me ha ordenado mi emperador.
—Como desees, señor.
—Señor… ¿Qué es lo que ha dicho el portavoz de los jinetes cuando se ha
desvanecido con ellos?
—Omnia mutantur, nihil interit. “Todo cambia, pero nada se pierde.” Buen
viaje, maestro Li.
Mi guía había pensado que se me había tragado el desierto; que me habían secuestrado los ogros y los espíritus de zorro, los demonios o los fantasmas.
El gatito me salvó la vida al hacerme gritar.
Pienso en el grito de un recién nacido al llegar al mundo.
Tengo la barba y la ropa llenas de arena y el cuerpo dolorido.
¿Fue un sueño? ¿Solo un sueño? ¿O simple locura?
Fuese o no real, me comporté correctamente, y
la corrección en el comportamiento es una de las virtudes
cardinales.
Vuelvo a meterme el gatito en la manga.
Le he salvado la vida y él me la ha salvado a mí.
Es responsabilidad mía.
No podemos eludir las responsabilidades.
Aquello que se sueña no puede perderse
ni considerarse que no se ha soñado.
Tomaré pincel y papel en cuanto llegue a la ciudad de Wei, viejo
amigo.
Pienso en ti, y en mi esposa, sola y deshonrada en la capital.
Y en mi hijo.
Estoy exiliado en la inmensidad gris
del fin del mundo,
pero ya no me lamento;
agradezco el dolor de la mano.
Imagino el sabor de las moras
en el crepúsculo violáceo.
Y mañana llegaré a la ciudad de Wei.
Solo el fénix se eleva
y ya no desciende.Y todo cambia.
Pero nada se pierde.
He transcrito este guión de Neil Gaiman, para mi amiga, el hada Hasivi.



















