"Morirá él y moriré yo. Él dejará la muestra y yo dejaré versos. En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también. Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra, y la lengua en que fueron escritos los versos, morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto." Pessoa - Tabaquería
Sigo muerto. Muerto, muerto, muerto. Por más que lo repita no cambiará, y lo sé, y lo repito igual, porque a veces la boca necesita decir lo que el cerebro ya ha aceptado, como si las palabras fueran el último trámite antes del entierro.
Estoy harto de percibir mi muerte cuando ni siquiera había terminado de aprender a respirar, el día que aprendí a ver el mundo desde tus ojos intensos de gata egipcia, cuando aprendí a sentir tus finas uñas retráctiles con filo de abeja y veneno de escorpión. El mismo momento en que supe recibir tu ronroneo felino como presagio a mis vacíos de hiel. Aprendí demasiado tarde, o demasiado poco, o las dos cosas a la vez.
Y me estoy acostumbrando, que es lo peor. Me estoy acostumbrando a que los sentidos sean solo parte del recuerdo, a que el tacto sea una postal y el olfato una fecha. Ahora solo debo ser un recuerdo andante, o flotante, etéreo, ni sé lo que quiero decir. Y lo mismo da. Porque chaladuras como estas las tenía a diario cuando vivía, y traspasar el umbral no ha mejorado mi inteligencia práctica para sobreponerme a un cúmulo de recuerdos que seguirán vivos mientras alguien quiera tirar de ellos hacia su mundo de color.
Desapareceré cuando caiga en el olvido. Como la hoja diez mil billones que se pudre en cualquier camino o cloaca, o tiene la maldita suerte de permanecer tan estática e inanimada como la que termina entre las páginas de la Metamorfosis kafkiana, conservada precisamente porque alguien la atrapó sin querer entre dos hojas escritas, entre dos mundos que tampoco se entendían del todo.
Si me dijeran ahora que puedo volver atrás, y solo pudiera cambiar una cosa, ¿qué cambiaría? Soy tan infantil que esta pregunta rebosa aún en mis labios lívidos como agua del génesis. La primera idea sería cambiar el día de mi muerte. Colocarla en un lugar al menos llamativo, aunque fenecer de forma grotesca no me atraiga en absoluto. Lo preferiría antes que este vulgar crimen pasional, esta muerte sin escenario, sin testigos, sin la mínima consideración estética.
"Hombre aplastado por un camión a la salida de una tienda de regalos. La víctima, un varón de 39 años, acababa de adquirir una pequeña caja decorada con dibujos africanos. En su interior había introducido unos billetes de avión para un viaje que jamás realizará a Estados Unidos, con idea —palabras textuales de la víctima, en una notita adjunta— de 'pasear por el sobaco verde-cobrizo de la Estatua de la Libertad'."
Pero sé que, dejando a un lado estos supuestos idiotizantes, más tarde o más temprano ella volvería a matarme. Así que tendría que ir al principio de todo. Al momento en que ella empezó a odiarme, o empezó a no quererme, o empecé yo a ser un imbécil redomado que no merecía su compañía. Y no sé cuál de los tres fue primero, ni si importa ya el orden.
