"No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo." Pessoa - tabaqueria
Ahora no sé qué es peor: si vivir con el dolor a diario, con ese pesar que se instala en los huesos como una humedad de invierno, o la muerte con anestesia pero sin aviso, sin despedida, sin el mínimo protocolo que merecería cualquier cosa que alguna vez fue real. No sé qué prefiero. Siempre deseé morir, sí, pero no así, sin gobierno sobre el momento, sin guía ni motivo que pudiera llamar propiamente mío. Una muerte robada no es una muerte, es un abandono.
Y ahora que estoy muerto, lo que deseo con una urgencia que no reconozco en mí es vivir. Romper con todo el peso de lo anterior y comerme la vida a tragullones, atragantándome con la risa, escupiendo los huesos. Qué patético resulta querer lo que no tuviste justo cuando ya no puedes tenerlo.
Me paseo por la casa y solo veo ruinas de amor. El polvo acumulado sobre los CD's de los Carpenters, esa música que ella ponía un sábado de cada tres, sin razón aparente. Una almohada solitaria que ocupa el centro de la cama como si quisiera olvidar que antes compartía territorio. Los pétalos secos al pie del florero, que nadie recogió porque recogerlos habría sido admitir que las flores se habían muerto, y mientras estén ahí, aunque resecos, todavía hubo flores.
Ella duerme. En su cara dormida busco una lágrima de recuerdo, algo que no lleve cianuro, algo limpio. Su pelo dibuja sobre los hombros el sendero que tantas veces recorrí con los dedos, sobre su piel morena, tersa y brillante, extranjera y hechizante como el primer día. Ahora veo con nitidez todo lo engañado que estuve, la distancia entre lo que creía tener y lo que tuve. Y sin embargo me inclino sobre ella para respirar el aroma de su jabón preferido, recién duchada, tan fresca como la noche, tan grabada en mi mente que puedo volver a sentir su primer beso como si fuera simultáneo a este momento y no algo irrecuperable.
La conocí en mi último viaje por América del Sur. Me creía entonces el amo del mundo, o eso proclamaba hacia fuera, que es donde se proclaman las mentiras. En mi fuero interior, siempre me encontré mejor entre gallinas que sacando pecho delante de los demás gallos. Ella lo supo desde el principio, creo. Las mujeres como ella tienen una manera de ver a través del ruido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Todos los comentarios serán revisados.