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| Cartas de Amor - Laura Makabresku |
Ya no está en la cama.
Se ha levantado sin ruido, como si incluso eso quisiera hacerlo sin mí, y ha sacado de su bolso un papel arrugado. Color crema, de ese que usábamos en casa para las cartas de amor que ahora son fríos mensajes electrónicos, para la correspondencia que viaja en formato de ceros y unos, para las invitaciones a nuestras pequeñas fiestas hampas que ahora se lanzan por mensaje de móvil, para la lista de la compra que últimamente sustituimos por una compra algo alocada entre estanterías con olor a detergente, embutido ibérico, dulces, pescado, goma de neumático y electrodoméstico recalentado.
Cómo ha ido bajando la intensidad de las cosas. Tanto como cómoda se ha vuelto la vida en esta ciudad de fariseos, donde nadie se escribe ya a mano porque escribir a mano exige detenerse, y detenerse es peligroso.
El papel está arrugado como si lo hubiera doblado y desdoblado muchas veces, como si lo hubiera guardado y sacado, guardado y sacado, sin decidirse nunca del todo. No creo que sea una lista de la compra vieja con mi letra, porque le caen lágrimas por las mejillas. Ni que el jabón de lavarse le hubiera entrado en los ojos, porque lo que muestran es tristeza, y la tristeza tiene una textura distinta al escozor.
Las cartas de amor que le envié. No sé si llegaron alguna vez a ser capaces de producir tales emociones, aunque reconozco que al principio, por lo menos al principio, puse todo mi empeño. La amaba. Y ella me correspondía, o eso creí, o eso fue, antes de que yo me encargara de convertirlo en algo que ya no merecía correspondencia.
En el papel, con mi letra de entonces, más segura y más descuidada a la vez:
"Querida, si estás leyendo esta carta, sabrás que estaré lejos, a miles de kilómetros. Han surgido problemas en nuestra filial de América del Sur, la de Argentina. Te llamaré en cuanto pueda. Espérame."
Ahora veo mi fría despedida. Cuatro líneas. Ni una palabra de más, ni un gramo de calor. Como si partir fuera un trámite administrativo y ella, el buzón donde depositar el aviso.
¿Ella me amaba?
Puede que después de todo sí se lanzara a otros brazos. Pero me pregunto cuáles. Me pregunto si fueron brazos que supieron quedarse.

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