 |
| Cuentos de la periferia - Shaun Tan |
Ella pasó ante mi casa. Yo simplemente estaba regando el césped.
Pasó ante mi casa cuando todo era triste, ocre, apagado; falto de
brillo, de caricias y de cariño. Todo a mi alrededor era sombrío y, como
tras una lluvia de otoño, estaba ausente y frío. Pero ella recorrió la
calle ante mi casa, casualmente… o quizá solo lo hizo parecer
casual.
Conducía su coche azul: un coche de agua. Me pareció una mujer de modos
y aspecto extraños y puede que por ello llamara tanto mi atención como
para calarme los pies mientras regaba. Tenía una sonrisa suave, como los
movimientos con que impulsaba su carro de aire —tartana de una sola
plaza—, pero era un sonreír tan afable y cálido como su vestido rojo y
largo. Y yo, afortunado como tantas veces sin darme cuenta, entablé
amistad con ella.
Tenía en mi jardín un nido vacío para pájaros que el cartero utilizaba
con demasiada frecuencia para depositar mis cartas y, de cuando en vez,
algún paquete pequeño, aunque le había pedido en tres ocasiones que no
lo hiciera. Se limitaba a fruncir las cejas, mirándome enfadado, y se
marchaba soltando todo tipo de plegarias divinas para mi seguro viaje al
infierno.
Pues bien, desde que conocí a esta mujer —que no era físicamente joven,
aunque pueda parecer otra cosa—, flores que antes plantaba y no salían
adelante comenzaron a prosperar, urbanizando el terreno frente a mi casa
y convirtiéndolo en una visión maravillosa y alegre para cuantos
foráneos pasaban casualmente por allí. Incluso cuchicheaban entre ellos
el dineral que, según decían, me habría gastado en jardineros, como
luego me contó algún vecino ocioso y chismoso.
Hasta el señor cartero dejó de venir y, en su lugar, lo hacía una chica
que, aunque era muy fea, resultaba un concentrado medicinal de vitalidad
y simpatía de tal magnitud que pronto dabas gracias al cielo por verla
cada día, con o sin carta. Hasta hoy no he necesitado explicarle lo del
nido. Ni tampoco tendré que hacerlo en adelante, porque recientemente un
pajarico ha tomado posesión del lugar.
Esta extraña se convirtió en mi amiga simplemente pasando ante mi casa.
Mirándome a los ojos mientras la veía pasar, sin pestañear, durante un
par intenso de segundos que le bastaron para leer mis parámetros
mentales, físicos y espirituales: esos que yo nunca he sabido manejar,
modificar o comprender.
Nunca detuvo su coche de agua ni se acercó a mí. No sé si todo fue una
ilusión o si de verdad pasó ante mí, pero debió de ser ella —y nadie
más— la que me escribía cartas por internet (emails, los llaman) y
enviaba regalos que valen lo que cuesta un abrazo, el precio de un beso
cariñoso, todo pagado con el dinero proporcionado por su corazón
sincero.
Durante algún tiempo cuidó de mí: me dijo palabras de ánimo y también
me regañó, con frases sencillas aderezadas con gracia y alguna
palabrota, para que espabilara.
Yo no sé si las hadas habitan entre vosotros, pero al menos yo sí he
conocido una. Tiene nombre, vive como vosotros, sufre y ama como los
demás seres humanos. Tiene una hija y un hijo ya grandes, que han
heredado la mirada de su encanto; tiene un nieto que es un montón de
salado, y un marido que es, además de otras cosas, la leña de su
interior incendiado. Tiene quien la quiera y quiere incluso a quienes no
la corresponden demasiado.
Y yo, por mi parte, debo decirle otra vez gracias:
¡¡GRACIAS POR SER TAN BUENA!!