"Epistola non erubescit." (La carta no se sonroja.)
— Cicerón, Ad Familiares

Movida por la creencia, quizá exagerada, de tener una deuda emocional conmigo, una amiga me ha convertido de golpe y sin previo aviso en improvisado lector de cartas de amor. De posibles encuentros. De sexo contado con más o menos decoro según el día y el interlocutor. De sueños que compartir y de cosas que nunca pasarán y de tantas que ya han pasado, algunas de las cuales habría preferido no imaginarme con tanto detalle.
Lector de corazones que buscan inquietudes nuevas para dejar atrás el pasado. Que es, a fin de cuentas, lo que buscamos casi todos, solo que no todos lo documentamos tan minuciosamente.
Ella, que es pasional en sus actos y armoniosa en sus palabras cuando se lo propone, me escribe con esa naturalidad suya que no conoce el pudor ni la media tinta:
"Amigo, te mando un archivo con mis últimas andadas, puesto que no he tenido mucho tiempo para ti y quiero ponerte al día."
El archivo en cuestión resultó contener toda la correspondencia mantenida con distintos hombres conocidos a través de una página de contactos, más los diarios que había ido llevando con cada uno de ellos. Ordenados por fecha. Con sus propias anotaciones al margen, como si fuera una edición crítica de su vida sentimental.
Después de leer un rato, con una mezcla de parpadeo audible y una ligera sensación de haber cruzado alguna frontera sin pasaporte, me sentí exactamente como lo que era: un entrometido mirando por el ojo de la cerradura. Un ojo de cerradura que ella misma había instalado y señalizado con una flecha.
Lo dejé estar. La llamé por teléfono.
— Oye, esto parece una mezcla de La última carta y el consultorio de Elena Francis. Solo le falta la música de fondo y una señora de Cuenca preguntando si su marido la engaña.
La carcajada llegó antes de que yo terminara la frase.
— ¡Verdad que sí! Te lo he mandado para que te diviertas. Espero que no te haya molestado.
— Molestar, lo que se dice molestar...
— Por cierto, he conocido a unas amigas y nos juntamos para reírnos de los hombres.
— Ah, qué bonito. Podíais reíros también de las mujeres. Podíais reíros de todo, que hay material de sobra.
— Eso hacemos, amigo mío. Eso hacemos.
Y la dejé con su ilusión intacta. Con sus ganas de seguir buscando, de seguir encontrando, de disfrutar el minuto sin arrepentirse al segundo, que es un arte más difícil de lo que parece y que ella practica con una dedicación que merece más reconocimiento del que recibe.
Quedamos para tomar un café un día de estos. Tengo pendiente negociar, con toda la diplomacia de que soy capaz, que no haga lo mismo con mis cartas.
Aunque conociéndola, debería ir preparando el argumento
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