"Me doy cuenta que si fuera estable, prudente y estático viviría en
la muerte. Por consiguiente, acepto la confusión, la incertidumbre,
el miedo y los altibajos emocionales, por que ése es el precio que
estoy dispuesto a pagar por una vida fluida, perpleja y excitante.”
Carl Rogers

El otro día busqué en Internet cómo es que los niños tranquilos
también terminan expulsados del colegio. Es sorprendente que el
resultado fuera el que se ve en la captura de pantalla o,
volviendo a buscarlo aquí. "Tranquilos" quedan los chicos y sus padres al expulsar a un
compañero con T.E.A. (trastorno del espectro autista).

Pero, pensando en cómo también los que no molestan en clase son
expulsados, recordé la historia de un chico, "que paso a deletrear":
Jorge era un chico tranquilo que escribía historias. Hacía la letra muy
pequeña y en cada renglón cuadriculado cabían dos líneas para evitar,
quizá, que el texto se partiera en dos hojas distintas. En su colegio se
realizaban test psicológicos que en su caso hablaban de inteligencia
normal, pero con introversión acusada. Tiempo atrás escribía tonterías,
pero hoy con 15 años va a ser pillado escribiendo contenidos
sexuales:
—Jorge, ¿qué andas escribiendo? —El muchacho, abstraído en el texto, no
se ha percatado de la aproximación del profesor.
—Nada. —Tapa y sujeta la hoja con la mano.
—Dámelo.
—No. —De pronto piensa en lo que sucederá si entrega su historia al
profesor. Pone la hoja al costado derecho del pupitre y, fuera de
alcance, la rompe en pedazos delante de toda la clase, que murmura y se
sorprende por el descaro de un compañero que parecía no existir. Rompe
por la mitad, una vez, otra vez y otra vez más hasta donde le permiten
las fuerzas. El profesor siente que la sangre le hierve. Un último
esfuerzo y la hoja queda partida de nuevo. Es un religioso con la mano
suelta, pero desde que otro muchacho le descolocó las gafas al
devolverle una torta, contiene un poco más la enorme mano que le cuelga
al final del brazo. Versión inversa de "la letra con sangre entra".
—Bien. Dame los trozos. No pasa nada. —Lo dice en tono
bajo. Jorge mira la boca que ha hablado y ve una sonrisa
leve; observa que está bien afeitado. Ve colores en las
mejillas y piensa que parecen rellenas de cocido
madrileño. Ve los ojos pequeños detrás de unas gafas de
cristal grueso y observa ese autorreflejo en los
contornos, que se repite hasta el infinito. Cosas de la
óptica que al chaval le atraen mucho. Calcula unos
ochocientos pelos tapizando los laterales parietales y ve
que algunos tienen trabajo cubriendo la pista de
aterrizaje. Esto tan grande que tiene al lado es un cura
mayor. No es mala persona, ¿verdad? No, no, o eso lo
piensa de verdad.
—Trae. —El hombre cierra los ojos y asiente. “No pasa
nada” recuerda el chico y pone los trocitos minúsculos de
papel en la palma de esa mano requetegorda y luego compara
los dedos con longanizas y visualiza una planta carnívora
capturando al incauto insecto de turno.
—Ahora coge tus cosas y ve a casa. Di a tus padres que te
ha expulsado el profesor de religión y no puedes volver al
colegio hasta que hablen con el tutor. —Al chico el tono
de voz le parece igual de conciliador y suave que hace un
momento. No se siente engañado. Sabe que ha hecho algo
mal. Sabe que lo merece y que la culpa le pertenece. Le
han cogido evadido de clase y escribiendo relatos para
adultos, pero comienza a coger sus cosas tranquilo.
—Espabila. No tenemos todo el día. —Pero no sabe
espabilar, así que, algo nervioso, termina de recoger
mirando si queda algo bajo la tapa del pupitre y empieza a
ponerse el abrigo con su ritual de siempre.
—¡¡PONTE EL ABRIGO AFUERA!! ¡¡VAMOSSS!! —Sale muy digno del aula y
cierra la puerta translúcida con sumo cuidado para no hacer ruido. Ahí
mismo apoya los libros en el suelo y comienza de nuevo a ponerse el
abrigo. Se oyen risas en el interior y el profesor abre la puerta.
—¡¡EN EL PATIO!! ¡¡BAJA Y PÓNTELO EN EL PATIO!!
—(Los abrigos se ponen antes de salir… ¿qué le pasa a este hombre?
¿bobo?) —Coge el abrigo y los libros y empieza a caminar cuando, de
pronto, le sobrecoge el fuerte golpe de la puerta.
La sensación de abandonar la clase con sus compañeros dentro le hace
sentirse diferente. Pasa junto a aulas con profesores de otros cursos y
otros alumnos que son hijos de otros padres con otros hermanos. Piensa y
dice: “Soy un extraterrestre”. Mira el pasillo, brillante e infinito, y
reproduce mentalmente su ritmo:
—(Ventana-ventana-puerta a la izquierda y habitación-habitación a la
derecha… ¿qué harán en estas habitaciones los curas?)
—(Ventana-ventana-puerta, habitación-habitación… ¿rezarán todos de
rodillas con el culo al aire?) —Recuerda el día que, mirando con los
prismáticos de su padre, vio a Don P.V.D. arrodillado junto a la
cabecera de su cama, con testa y palmas sumisas y los genitales
frescos tras un gran ventanal.
—(Ventana-ventana-puerta, habitación-habitación)—Siente que los
profesores le ven pasar sin más. Un chico expulsado al pasillo le
pregunta:
—¿También te han echado a ti?—Pasa en silencio mirándolo de reojo. No
pestañea. Vuelve a ser preguntado:
—¿Vas al servicio? ¿…a tu casa? —Silencio.
—(¿te han echado a ti?)—Sigue su paso hacia las escaleras. La sensación
de soledad no le desagrada. Caminar tranquilo sin ruidos ni empujones
por los pasillos es interesante: permite observarlo todo. Ha elegido las
escaleras viejas para llegar antes al patio. Están gastadas por el
centro.
—(¿cómo puede gastarse la piedra solo de pisarla?)—Imagina un
ejército de niños robot bajando las escaleras en silencio, todos al
mismo ritmo, en un circuito de movimiento infinito. El símbolo del
infinito le gusta mucho.
—(es un ocho delgado tumbado al sol) (¿por qué el suelo no está
gastado?) —Sale a los soportales y, aunque hace frío, el sol franquea
sus arcos y acaricia el escalón y la puerta de acceso a la biblioteca.
Se detiene y mira alrededor. El odioso patio de su colegio le parece
ahora hermoso en su vasta y desierta extensión, pero afeado por el ruido
ciudadano que roba su silencio. Cuando termina de ponerse el abrigo, se
sienta en el escalón con sus libros entre las piernas.
—(las escaleras se pisan por el mismo sitio y el suelo no) —
Después de felicitarse por su respuesta, habla en voz alta consigo
mismo:
—¿Qué ha pasado? ¿Qué hago aquí? Esto es grave. —Mira a derecha e
izquierda. La salida está a la derecha. Ahí estará el conserje. Le da
igual porque cuando salga no va a contestar ni va a dar opción al
diálogo. No le va a mirar. No existirá esa persona.
—Y ahora, ¿cómo lo voy a explicar? No tenía que haberle dado el papel.
—Pone la cabeza apoyada en las palmas de las manos. Se tapa la cara y
llora. Llora mucho imaginando a su padre cabreado y diciendo que está
loco… otra vez.
—¿Pero qué he hecho? —Se rasca las piernas. De pronto, un tornado
eléctrico de imágenes y porqués gira sin control y no consigue
detenerlo.
—¡¡Cómo eres tan estúpido!! ¡¡Cómo le has dado la hoja!! ¡¡IDIOTA!!
¡¡CÓMO ERES TAN IDIOTA!! —Llora y llora aunque nada se oye.
Un gorrión se ha posado cerca y pica una miga grande extraviada de algún
bocadillo que ve preparar a una madre devota. El come los bollos de pan a
secas. Le gusta así. El gorrión le mira y se mueve como por fotografías
tomadas a intervalos.
—Qué bonito eres. —Sonríe al gorrión y llegan dos más, acercándose al
primero. Coge su miga y escapa, perseguido por los otros dos. Han
levantado algo de polvo al elevarse.
—Nadie se libra de ser molestado. —Con la sonrisa evaporada y el gesto
neutro, marcha hacia la grandiosa puerta de acceso. El conserje dijo
algo, pero no escuchó ni contestó ni miró ni corrió ni se detuvo al ser
llamado por un ente inexistente. Hoy en día no está permitido expulsar
al pasillo ni fuera del colegio así, sin más.
El vacío se extendió sobre su mente y no sería capaz de recordar nada
hasta el día de su vuelta a clase. Entonces sus compañeros le atosigan.
Dicen muchas cosas, barbaridades de críos tontos que elevan a los
altares a villanos descarados en lugar de admirar a los trabajadores y
buenos que hay en clase y de quienes se puede aprender algo. El silencio
es gratis y se reparte por igual hasta el aburrimiento que llega rápido
a todos ellos. La reunión con el tutor ha sido por la tarde. Es su
profesor de ciencias. Y pregunta:
Un gorrión se ha posado cerca y pica una miga grande extraviada de algún
bocadillo que ve preparar a una madre devota. El come los bollos de pan
a secas. Le gusta así. El gorrión le mira y se mueve como por
fotografías tomadas a intervalos.
—Qué bonito eres. —Sonríe al gorrión y llegan dos más, acercándose al
primero. Coge su miga y escapa, perseguido por los otros dos. Han
levantado algo de polvo al elevarse.
—Nadie se libra de ser molestado. —Con la sonrisa evaporada y el gesto
neutro, marcha hacia la grandiosa puerta de acceso. El conserje dijo
algo, pero no escuchó ni contestó ni miró ni corrió ni se detuvo al ser
llamado por un ente inexistente. Hoy en día no está permitido expulsar
al pasillo ni fuera del colegio así, sin más.
—Ya. Ya sé que esa no era tu hoja. Solo quería darte la oportunidad de
decir la verdad. Y sé lo que escribiste en clase de religión. Quiero que
me cuentes qué te pasa. ¿Por qué escribiste esto? —Jorge mira sus manos.
Tiene puntos blancos en las uñas. Y un poco de mierda. «A ver si me las
limpio».— ¿Me escuchas?
—Mira la boca. Repite la pregunta y ve cómo junta los labios para decir
«mes». Cuando dice «cu» pone unos morros en forma de beso, y cuando dice
«chas» echa una chispa de saliva sobre la mesa. Observa la partícula
salivar en medio del amplio vacío de la mesa. Se parece a él mismo el
día que estaba mirando el patio vacío. Una mano reclama atención cayendo
firme sobre un libro y se eleva el polvo bajo la luz de la
mesilla.
—(Como el polvo del patio. ¿Al gorrión le robaron su miga?)
—Aquí cuentas que a un chico sus compañeros le preparan una humillación
en las escaleras del gimnasio: lo sujetan allí, lo dejan expuesto y todo
el colegio pasa por delante entre risas y comentarios crueles… ¿todo
esto lo has imaginado tú…? ¿… lo has copiado…?
Silencio. —El chico calla, mira a los lados y respira nervioso.
—Sé que los chicos bromean con eso de bajar los calzoncillos en el
vestidor del gimnasio. ¿Fue eso?
No responde. —Se araña las manos debajo de la mesa del tutor. Está muy
enfadado consigo mismo por haber entregado los papelitos. Vuelve a mirar
las uñas.
—No. (Mi hermano me lo ha repetido: «puedes llevar algo largas las
uñas, pero no sucias»).
—Oye. Mírame. —Y le mira. No ve nada ni a nadie, pero le mira. Mira a
los ojos. Ve globos oculares. Recuerda un niño que cayó de un columpio y
se saltó un ojo al caer sobre un borde de cemento saliente por desgaste
en la arena. Él recuerda cosas así en flashes y ve cejas, pestañas y los
poros de la piel —algunos con puntos negros y demodex en la nariz— y los
pelos del bigote que se adivinan bajo la piel, y se pregunta por qué
parecen azules las barbas de los hombres y si será porque usan «Aqua
Velva». Observa la forma del cráneo. El pelo en su nacimiento. A veces
duele ver caspa y otras sustancias expulsadas del cuerpo. Se expulsa lo
que no vale y a él le han expulsado. Sus pensamientos, aunque van a ser
interrumpidos, van forjando creencias subconscientes que nunca jamás
podrá borrar.
—Bueno… si no quieres hablar de esto… no importa. Lo vamos a dejar ahí.
¿Vale? —Vuelve al negro de los ojos. Bucea en esa charca negra mientras
él habla y comenta cosas sobre la actitud, el compañerismo y el estudio.
Va respondiendo como una máquina de suposiciones, sin saber cómo
funciona, pero lo hace conforme se supone que es debido.
Pasan unos segundos.
—Bien. No te pido más. —Se queda mirando al muchacho, pero una extraña
sensación hace que retire la mirada de él y se levanta. Se dirige a la
puerta y la abre—Anda. Marcha a clase. Y ánimooo…
Jorge va pensando:
—(Y ánimo. ¿Quién dice que no tengo ánimo?) (He ganado. Ha quitado la
mirada él. Yo he seguido mirando y él no ha podido. YO GANÉ. Vaya si
gané.)
Jorge juega a «mirada-clavada-sin-pestañeo», enfocando el fondo,
fijándose en los detalles de las caras… pero la distracción le hace
perder casi todos los mensajes.
Cuando vuelve al aula, un compañero reclama el relato encargado con
empujones y golpes en la cabeza y, a este bruto, serenamente le
replica:
—Tu relato pornográfico lo tiene el tutor. Si lo quieres, se lo pides a
él.
—Tú estás bobo. O me escribes otro… ¡O TE ENTERAS! —y lo grita al oído,
empujando antes de añadir, señalándolo con el dedo—: ¡… y que no sea tan
guarro!
En lo sucesivo le entrega a su acosador compañero los relatos de las
revistas Lib de su padre.
Lee sus notas una y otra vez. «Sb» para quienes sobresalen entre los
demás. Los que se hacen notar sin sobresalir se llevan la «N». Estar
bien a secas es la «B». Si no estás bien te dicen suficiente: «Sf» o
«Su». Para los antónimos del suficiente, la latina «I» del insuficiente,
el inepto y el incapaz. Pero lo peor de lo peor, el combinado «MD» para
los muy deficientes. Según el diccionario Espasa:
Deficiente:
adj. Imperfecto, mal hecho || Insuficiente respecto al nivel que
debería alcanzar || adj. y com. Persona cuyo coeficiente intelectual
está por debajo del nivel medio general || muy deficiente Calificación
académica por debajo del suspenso: es difícil remontar un muy
deficiente.
© Espasa Calpe, S.A.
«Se le ve distraído en las explicaciones». Comentarios 6 - 0
apoyos. Cierto que es difícil remontar un Muy Deficiente. Y aún más si
son 3 o 4 aliados con otros tantos «Insuficientes».
Yo deseo para todos un planeta donde nunca se consiga ser deficiente o
muy deficiente. Donde importe la felicidad de los seres que lo habiten.
Donde los chicos reciban las atenciones que precisen para aprender a
vivir y convivir socialmente. Donde adultos —y no dioses— incorporen
nuevas vidas al mundo porque desbordan amor y desean entregarlo
razonablemente, pero sin límites y con dedicación en toda circunstancia.
Un lugar donde el poder no impere sobre la razón, ni el ansia de saber y
evolucionar obligue a corromper la esencia animal del ser humano o su
entorno. Un espacio de sexualidad sin vicio que acompañe al crecimiento
con naturalidad, sin tapar lo que somos ni lo que seremos. Donde las
grandiosas construcciones no tengan cabida y las poblaciones se diluyan
invisibles, sin cubrir el suelo que pisan. Un planeta imaginario donde
los niños que no pueden seguir a sus iguales sean conducidos sabia y
cuidadosamente a conocer el calor del cariño y la bondad de una compañía
que te sonríe al oído cuando no miras, o te ofrece algo interesante
cuando no atiendes.
Jorge quisiera haber aprendido a desenvolverse en la vida. A responder
siempre cuando le llaman. A decir que sí alguna vez en lugar de no para
evitar los cambios. A sonreír por fuera cuando está contento, ya que no
pueden ver en su interior. A salir de casa para estar bajo el sol sin
molestarse porque haya otras personas alrededor. A no temer ver mundo y
viajar porque tantísimas cosas escaparán sin duda a su control:
—los horarios del transporte, sus billetes y requisitos
—los enormes espacios llenos de laberínticos accesos de entrada y
salida
—las necesidades fisiológicas en lugares repletos de suciedad
—las locuciones incomprensibles ocultas tras el ruido infernal de
voces, llantos y gritos, carros con ruedas que bailan y maletas a punto
de explotar, cafeteras quemadas y aspiradoras industriales
ahogadas…
—luces que le abrasan reclamando atención desde todos los ángulos,
incluso en reflejos. Y hay reflejos en el suelo, en las máquinas, en las
gafas de sol, en las partes cromadas…
—personas peligrosas queriendo hacerse con sus cosas, y personas que
ríen y piensa que de él o que le miran raro
—señales de «espere su turno», de dirección o prohibición
—sabores que no quiere probar
—olores que odia descubrir en sobacos que fabrican bacterias a
millares
—empujones y tropiezos mientras escapa sin éxito de todos los cuerpos
en movimiento
—costumbres extrañas de países desconocidos cuando no entiende ni las
del propio
…y podría seguir.
Si no se puede percibir nada con tranquilidad, ¿qué necesidad hay de
salir fuera?
Este chico quiere la explicación para una actitud tan normal y unos
conocimientos tan deficientes. Algo que explique a quien le va
conociendo que ni es un genio ni ha sido un empollón de sobresalientes.
¿Cómo puede explicarse al mismo tiempo, incluso a las mismas personas,
que tampoco se padece una deficiencia? (Qué mal suena, OMG).
Jorge quiere entender el mundo que le rodea sin salir de su propio
mundo. Y aunque pasan y pasan años nunca es adulto porque…
¿Por qué?
Lo tienes crudo, Jorge. Muy crudo.
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