El día siguiente desperté bajo un domingo de cielo plomizo. El sueño a
intervalos que me venció entre las seis y las nueve de la mañana no fue
suficiente para reponer la maltrecha maquinaria de un cuerpo que hacía
lo que podía por no naufragar y seguir avanzando contracorriente, bajo
el torpe mando de un capitán que pasaba las horas observando cómo la
estela de su barco se perdía en la distancia, en lugar de mirar a proa y
ocuparse del rumbo.
Tener cosas por hacer, aunque fueran insidiosas de puro cotidianas, me
permitió olvidar temporalmente el encuentro que imaginé con aquella
criatura a la que di el nombre de Hasivi. Aunque planeé hacer la
limpieza de la casa de forma superficial —tarea repetitiva y sin valor
para quienes no la realizan—, me ocupó la mayor parte de la mañana. Mi
desenvoltura con la aspiradora consistió en pasarla por cada esquina,
sobre cada centímetro de suelo, debajo de cada mueble, detrás de cada
puerta y hasta por encima del rodapié. No olvidé las alfombras y me
entretuve observando cómo los árboles pedían ayuda moviendo sus brazos
bajo la ventisca que los azotaba, mientras nubes negras iban ganando
terreno sobre la ciudad… Luego, una ducha tremenda y relajante; un comer
cualquier cosa para quitar el hambre; una siesta por necesidad, que no
por costumbre; y un despertar acompañado por el goteo persistente en los
canalones.
No hay nada como una tarde de lluvia para encerrarse en casa,
acompañado de un café caliente y de ese mundo de evasión incomparable:
ese libro que nos lleva de acá para allá pidiendo a cambio, tan solo, el
minúsculo esfuerzo de pasar bien leídas sus páginas numeradas.
Me acerqué a la ventana para observar cómo el tiempo se dilata al
comienzo de una tarde de lluvia pertinaz, mientras un coro rumoroso de
gotas contra los cristales interpretaba para mí la mejor música de
fondo. Mi libro se había echado un rato sobre el brazo del sofá, boca
abajo, invitándome a volver a la página por la que salí de él. En la
solapa posterior, Carlos Ruiz Zafón me miraba con gesto interesante. El
juego del ángel tiene como personaje principal y narrador a un escritor
de talento, David Martín, que arrastra una vida de pena. Me sentía
identificado con él, excepto por dos problemas que, contablemente, se
resumían en un déficit de talento y un superávit de vanidad (ambas
partidas totalmente funestas para una microscópica empresa
literaria).
La calle, escasamente iluminada bajo el gris difuso de las nubes,
estaba completamente desierta y me recordó aquellas escenas desoladoras
de películas de tragedia mundial, donde algún virus aniquila a la
población o esta abandona la ciudad ante un ataque nuclear inminente. El
resultado es siempre el mismo: calles vacías de vida y tú, el último
para contarlo.
De pronto, a través de las cortinas ondulantes que dibujaba el viento
en el aguacero, volví a ver a aquella joven criatura. Su figura, como
reflejos de luz sobre las gotas, acabé definiéndola infantilmente como
un hada, semitransparente y etérea. Para mi sorpresa, me saludaba. Yo,
que hasta entonces mantenía los ojos entornados por ese mareo espiritual
que en ocasiones permito que me embargue, abrí los párpados como esas
persianas autoenrollables que, cuando se te escapan de los dedos, chocan
con su mecanismo y dan vueltas sobre sí mismas de forma cómica. No era
de noche, no había bola de cristal de por medio, no había dudas, incluso
después de mirar a los lados y parpadear con fuerza. Debía sacarme
aquello de la cabeza.
Me volví hacia el sofá e intenté retomar la lectura. Estuve tentado de
preguntarle a Carlos R. Zafón si él tenía alucinaciones de esta índole,
pero opté por no hacerlo, no fuera a ser que obtuviera respuesta.
Compuse la cara más falsa de satisfacción que pude y empecé a ver
palabras escritas sin sentido alguno.
—No pasa nada, repite el párrafo.
Y repetí. Y repetí. No entendía nada y estaba estropeando la novela
vilmente. Cerré los ojos y respiré hondo. Cuando los abrí de nuevo,
Hasivi, sentada en el borde superior del libro, dijo:
—Vaya forma de echarme de tu lado ayer. Estoy aquí para ayudarte,
¿sabes?
El reproche resultaba casi insultante y se proclamaba poseedora de la
verdad al mostrar las palmas de sus diminutas manos extendidas hacia
arriba.
—Oye, Hasivi, ¿sabes la noche que he pasado por tu culpa?
Quise devolver el reproche, disolviéndolo en la alegría de volver a
tenerla a mi lado y acallando a mi razón, que pedía a gritos salir de
este diálogo para acudir al psiquiatra.
—Mejor di que te has desahogado. Recordar no es el problema; no
perdonarse, sí que lo es. Y tú no eres culpable de lo que te pasó.
Aquello sonaba estupendo. Una idea para cogerla al vuelo y sembrarla,
con la esperanza de que algún día diera fruto. Me estaba gustando
escucharla, y se dio cuenta enseguida.
—Ah, pillín. No puedo verte, pero siento que lo comprendes. Seguro que
tienes la cara del niño al que le dicen algo bonito y sonríe como un
tontito.
Y en esta ocasión mi sonrisa era nerviosa y abierta. Pero necesitaba
saber más de esta niña: si tenía poderes y si me concedería un
deseo.
—Y… entonces, ¿eres un hada? Ya sabes, como las de los cuentos.
Arqueé las cejas con la ilusión de que fuera cierto. Ya me daba igual
conversar con mi imaginación; empezaba a creer que aquello era
auténtico.
—Qué manía tienes con poner etiquetas. Venga, soy un hada. Muchas veces
nos llaman así. ¡Y no se te ocurra pedir un deseo!
Vaya castaña. Tenía un hada que solo hablaba por los codos. Me agradaba
su carácter replicante.
—No pensaba pedirte nada, pero ya que lo dices, no estaría nada mal un
pequeño deseo, de esos que no hacen daño a nadie, que nadie pediría, que
solo yo…
—Mira, no es que no quiera, es que no puedo. No podemos cumplir
vuestros deseos porque no tenemos esa facultad. ¿Entiendes?
Se esforzaba por hacerme comprender. Pero, incluso con el desagrado que
suelo sentir al pedir favores, quise insistir un poco más.
—Vale, si no podéis hacerlo, insistir es perder el tiempo. Pero quizá,
si le preguntas a alguien con más mando…
Se tapó la cara con ambas manos, negando con la cabeza.
—Perdona, no sé… creía que…
—Venga, yo lo pregunto. ¿Qué deseas tanto?
La resignación de su voz llevaba la impronta de las cosas imposibles,
de la razón que se regala con tal de terminar una disputa baldía. Me
creí con el deseo ya concedido y, optimista por una vez, me acomodé en
el sofá. Cerré los ojos para pensar bien qué iba a pedir.
—No te pido que borres nada de mi memoria, porque no quiero aprender a
vivir de nuevo. Quisiera ser una persona alegre y optimista, decidida;
alguien que sabe pedir lo que quiere, dónde, cómo, cuándo y cuánto, y
que sabe luchar por ello; confiar en mí mismo y en los demás.
Satisfecho con mi pequeño pero inspirado deseo, abrí los ojos para
cruzarme con un Carlos Ruiz Zafón que parecía tener escrito, como en los
tebeos, el siguiente pensamiento:
«Hay que ver el daño que han hecho los cuentos de hadas al
mundo».
Mi sonrisa de felicidad se fue relajando hasta desaparecer. La mirada,
perdida en un espacio vacío, declaraba que el hombre del salón, con un
libro entre las manos, estaba esperando el regreso de una ilusión
confusa. Un hombre perdido, con el alma hecha jirones entre sueños
irreales. Un hombre que no se sabía hombre y que, aunque era un mueble
más del salón, no quería llamarse cosa. Cosas todas ellas en el salón
con un propósito, excepto yo: una persona solitaria buscando el sentido
de su existencia.
Me separé de mi cuerpo y poco a poco me alejé de él sin dejar de
mirarlo. Vi al hombre del sofá en la ciudad, rodeada de campos. Seguí
viendo a aquel hombre en la memoria, en un país cualquiera, en un
planeta azul como mi canica de cristal, tan perdido como yo en el
infinito universo que nos rodea.

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