He visto Pluribus, temporada uno, con mucho interés porque representa algo que rara vez aparece en la ciencia ficción: la soledad universal (versión 2.0).
No la soledad de alguien aislado, sino la de quien no forma parte del grupo.
Refleja cómo se vive pareciendo igual que otras personas, sin conectar con ellas ni lograr que compartan tu punto de vista.
Es la despersonalización escenificada en un ente que suma a todos los individuos.
En una sociedad así, muchas de las cosas que hoy ordenan nuestras vidas perderían sentido.
Y quizá no sería tan extraño. Ya vivimos en una época donde:
- la moda textil sirve para diferenciarnos de lo que gasta la vecina, aunque la fábrica produzca miles de copias idénticas;
- la moda quirúrgica promete perfección corporal o facial hasta desembocar, a menudo, en una fealdad artificial;
- la moda mental convierte determinadas etiquetas diagnósticas en identidades deseables; lo que sea por la ansiada triple excepcionalidad y, si es posible, con privilegio bello.
¿Qué sería de nosotras si la conciencia colectiva dejase de ser una ficción?
Lo que perdería valor
La belleza, la fama o el poder funcionan porque existen individuos separados que buscan reconocimiento, validación o influencia.
- La belleza, como jerarquía social, dejaría de servir para obtener amor, estatus o poder.
- El poder personal perdería buena parte de su sentido si el liderazgo fuese una simple función técnica.
- La fama y el prestigio serían sustituidos por una forma de reconocimiento compartido.
Lo que cambiaría de forma
Otras estructuras quizá no desaparecerían, sino que adoptarían formas distintas.
- El dinero podría convertirse en un artefacto primitivo de intercambio.
- La competencia extrema cedería terreno a formas de cooperación más eficientes.
- El mérito dejaría de ser estrictamente individual para convertirse en un logro del conjunto.
Lo que sacrificaríamos
Porque la integración absoluta también tendría costes.
- La privacidad podría convertirse en moneda de cambio para compartir emociones y pensamientos.
- Las fronteras identitarias quedarían diluidas en una experiencia común.
- El miedo a la soledad desaparecería... pero también parte de la individualidad que hoy apreciamos.
Después de recorrer todas esas posibilidades descubro que me atraen muchas de sus consecuencias.
Me gusta imaginar un mundo menos obsesionado con la belleza, el prestigio, la competencia o las fronteras.
Sin embargo, hay algo que no consigo aceptar.
La desaparición del individuo.
Porque, a ratos, siento que soy una vela prendida al final de su mecha, en medio de una tormenta.
Una empeñada en consumir la cera que le quede con luz permanente, sin excesivas llamaradas amarillas ni agónicas flamas azuladas predestinadas al humo.
Quizá por eso me cuesta desear el mundo que propone Pluribus. Porque, aun sintiéndome aislado muchas veces, sigo prefiriendo ser una llama pequeña antes que desaparecer dentro de un fuego inmenso.