Aún me queda un poco de pelo para hacerme una coleta.
Seamos sinceras: no hay cosa más aburrida que escuchar los males ajenos.
Yo les cuento a los especialistas que me salieron manchas rojas hace
meses; que, si mi cuerpo se iluminase con cada dolor, sería un árbol de
Navidad humano: cada articulación, la espalda, los brazos, la columna y
los intensos calambres nocturnos.
Todo se convierte en dolor: empujar el carro del lavaplatos, sujetar el
cepillo de dientes, apagar la luz empujando el interruptor con miedo
anticipado, usando el brazo. No hay escapatoria.
Pero ellos siguen empeñados en buscar los males en la mente, porque no
ven nada relevante.
Ahora hay tristeza. Una tristeza difícil de masticar, con sabor a
nostalgia y con interrogantes dispersos en busca del cartelito donde el
muñeco corre y dice “EXIT”. Han brotado recuerdos angostos de medio
siglo atrás, heridas que, lejos de haber sanado y cicatrizado, siguen
segregando pus maloliente y, de pronto, todo parece señalarme.
¿Quién, sino yo, puede ser culpable de mi historia?
Siento la soledad en el cuerpo. Una distancia difícil de explicar, como
si la piel quisiera mudarse a la piel más cercana, recordando también
aquello que añora.
He buscado algo de calor, egoísta contacto íntimo de medio minuto o de
la mitad de un cuarto de hora, en caricias que resultaron resbaladizas y
fueron recibidas con desazón e incordio. Fallidas de nuevo, vuelven a mi
interior devastadoras, convertidas en vergüenza, en rechazo hacia el
mensajero, el ser equivocado de otras ocasiones.
Entonces se liberan de sus cadenas los pensamientos duros, los
quebrantaalmas. Los que resuelven todo esto apuntando su dedo contra
este autor. El que, desde el origen, salvado de aquel aborto fallido y
prohibido de los años 60, vio la luz siendo una persona fallida y
aborrecida.
Las palabras que escuché de niño —los insultos, los golpes, el
desprecio— eran, en el fondo, una realidad insuperable.
Pero también una mini consciencia, un angelito —un querubín, aunque
suene moñas— empieza a observar todo esto con cierta distancia. Reconoce
que esos pensamientos no venían en el ADN, sino que se colaron en él a
través de una historia larguísima de dolor y confusión, por no haber
sido cuidado como necesitaba.
Hoy me siento solo. Profundamente solo. Como si este camino de tierra
hubiera sido conquistado por el bosque a fuerza de falta de pisadas; sin
albergues para el descanso, sin vistas, sin paisajes, pero ofreciendo
miradas constantes al ayer.
Pienso en quedarme en casa, esconderme del mundo, dejar que el agua de
la ducha arrastre, aunque solo sea por un momento, esta sensación de
suciedad interna.
Aun así, la vida sigue con su rutina: preparar cuatro cosas en la casa,
ordenar otras cuatro, cumplir con lo esperado. Esperar su llegada,
intentar que todo esté en su sitio. Hacer lo correcto, o al menos
intentarlo.
Pero incluso en lo cotidiano aparece el error, el pequeño fallo que
confirma esa idea persistente: “siempre hago algo mal”.
Las horas pasan entre gestos repetidos: paseos de perro, tareas
insidiosas, silencios a ambos lados del móvil. Conversaciones de
audífono perdido, de “yo hablo de esto” y “tú entiendes aquello”.
Presencias paralelas con direcciones opuestas, con distancias
incrementales, divergentes a ratos.
En medio de todo eso, la pieza del puzle no encaja ni con martillo de
goma: vengo del puzle de 5000 piezas y busco mi hueco en uno de 500.
A veces mi vuelo es tan raso que percibo el olor a pies y, si me elevo,
no veo cuándo parar; y, cuando me doy cuenta, los pies parecen
pertenecer a hormigas bípedas. Los demás nunca quieren estar a mi altura
o, para ser modesto, quizá soy yo quien no sabe estar a la suya.
También soy guerrillero en otras peleas: las calorías, los impulsos de
conteo y la fragilidad ante comentarios pequeños atraviesan sus lanzas
con fuerza. Y el cuerpo, que duele. Un dolor constante que desgasta y
resulta insoportable. Me pongo rabioso con solo verlo llegar.
Imagino otra realidad donde todo es más sencillo, pero… ¿cómo la
alcanzo? Dependo, no sé sostenerme solo; nunca aprendí del todo.
Demasiado aislamiento interno, demasiado dejado a mi libre juicio. Un
juicio sin juez, abogado ni fiscal, en el que la condena está
garantizada.
¡EH!, que aquí estoy. Confundido, herido, cansado… pero todavía
intentando entender qué me pasa. Tratando de separar lo que soy de todo
lo que me hicieron creer que era.
O quizá sea todo tan sencillo como cortarme la coleta.
La coleta de un asceta.
Vaya rima más estúpida.

No creo que hagas algo mal...., y si que todo lo que sientes y tú cuerpo y mente arrastran ..viene de lejos. Y si creo que no has sido bien cuidado, ni protegido, ni muy querido.., y todo eso te lo has auto infringido hasta lo más dentro de tí, . 😔
ResponderEliminar😰Hola. Gracias por leerme tan desde dentro. Algunas cosas vienen de lejos, sí, y otras son solo formas de intentar entenderme. Me acompaña que sigas aquí después de tantos años.
EliminarNos acompañamos mutuamente, 🤗🤗🤗🤗
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