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sábado, 1 de febrero de 2025

Marino: Amor adolescente


Con el primer amor, Marino debería llevar la frente alta. Sin temor al rechazo, con todo el ímpetu sano e ignorante. A los dieciséis años, el amor debería ser una palabra nueva a estrenar, donde la ilusión fuese lo primero, o quizá el deseo. Pero el primer amor adolescente de este chico fue un amor platónico.

A esa edad, el amor platónico debería ser por la famosa o la guapa de turno… alguien inalcanzable, como de una galaxia lejana que sólo se ve con un buen telescopio. Entonces, ¿cómo es posible que un muchacho que no sentía vergüenza al hablar con las chicas fuera incapaz de decir:

Me gustas, ¿quieres salir conmigo?

Lo mejor llegó un año después, cuando aquel amor de ficción se enteró de todo: de sus primeros poemas, de su amor secreto. Y le dijo:

Chico, vamos a probar. Te invito a mi casa a comer mañana, que no están mis padres.

Marino fue a su casa con la ilusión aún desbordante, pasada esa “eternidad”, todavía ignorante de todo —o eso creía él—. Al convite acudió una amiga común de la pandilla juvenil con la que se reunían sus dos amigos y él.

Comieron, mal que bien, porque comer siempre puede ser un placer si no eres escrupuloso con los modos, puntilloso con las texturas, las temperaturas, las grasas y las ternillas del filete, los rebozados y un largo etcétera de condicionantes. Consideraba cierto placer aquello del comer si el cocinero le conocía como su madre; pues, a su modo de ver, para lo demás bastaba con tener hambre y algo que llevarse a la boca.

Y entonces Encarna, amiga común, dijo que se marchaba para dejar solos a los tortolitos.

Me voy, ¡os dejo solos! —dijo sonriendo mientras se preparaba para salir.

¿Qué se puede esperar de una parejita que quiere dejar la amistad para probar si funciona el amor? Pues lo normal. Ella, con su cara tan simpática —su sonrisa era lo que más le gustaba a Marino—, le dijo que se sentara a su lado.

Ven, siéntate aquí conmigo.

Hacía algo de frío y, sentada en el sofá, cubrió sus piernas con el faldón de la mesa camilla del cuarto de estar.

¿Quieres ver la tele a mi lado? —preguntó con una sonrisa.

¡Qué maravilla el simple hecho de estar junto a ella! Marino iba a sentarse tan cerca que podría sentir cómo respiraba: sus labios, sus ojos, esa sonrisa. Todo en primera fila. Ah, el amor.

El amor es tan bonito cuando se desconoce… Se cree que puede sanarlo todo. Que su torrente amazónico va a arrasar con lo malo que haya dentro y, de paso, llenarlo todo con su caudal infinito. ¿Qué puede ser el amor en un adolescente? No, no sólo hormonas. Eso no vale.

Pero Marino decidió acompañar a la amiga común, la que se batía en retirada por cortesía.

Espera, te acompaño —dijo casi sin pensar.

Eso eligió en lugar de sentarse allí, a su lado. Su cuerpo ardía y tenía por aliada a la naturaleza, ambos en danza ritual. Ella insistió en que se quedara; la hacía sentir como si sólo hubiera cocinado para llenarle la barriga, y para eso no lo habría invitado.

Pero quédate, no era sólo por la comida —le rogaba.

Marino pensaría luego: «Que la comida no era el motivo de la reunión. Menos mal. El san jacobo era una mezcla entre suela de zapato fría y cartón piedra mojado en mantequilla».

Su cuerpo ya había empezado a suplicar también para que se quedara allí. Incluso dentro de su mente algo le decía que no podía irse de aquella casa, porque la ocasión la pintaban calva para lograr sus deseos.

No te vayas, por favor —susurraba.

¡Qué barbaridad, por Dios! Ese amor por el que tanto había suspirado en soledad. Pero en su mente había “algo” que no funcionaba como cabría esperar en un chico de diecisiete años. Se dejó dominar por un desconocido y cafre sentido de extirpación psicológica que, desde años atrás, aguardaba para intervenir en uno de estos acontecimientos.

Amputó en su mente, no el deseo ni el amor —eso debía quedarse allí, para su posterior tortura—, sino su voluntad. Sí. Eso fue lo que le arrancó su pobre mente enferma.

Sus amigos no pudieron comprenderlo. Sus amigas tampoco. Ni él mismo.

¿Por qué lo hiciste? —le preguntaban.

Pero la cosa no quedó ahí, porque en aquella época se celebraban fiestas en garajes, saraos, quedadas. Y resultó que su amor platónico, emplatado y desperdiciado, le ofreció una segunda posibilidad. En medio de la oscuridad, el agobio del humo, el mal sonido y los tumultos humanos, le dijeron sus amigos:

¿Ves ahí a Chus sentada en una mesa? Pues dicen que vayas, que está dispuesta a darte un beso. Está borracha. Aprovecha, tío, otra ocasión así no vas a tener.

Y Marino se negó de nuevo. Dijo que no estaba dispuesto a aprovecharse de ella estando borracha. No sabemos qué excusa habría inventado si no le hubieran “animado” con semejante motivo. Los chicos se quedaron sorprendidos y, cansados de insistir, pasaron de él.

Marino no puede culparlos: resultaba ser un muchacho insoportable. Mister NO.

Después no dejaría de “dar vueltas a la chumbera”, porque no lograría comprenderlo ni explicárselo.

¿Alguien lo ha comprendido?
Sí, claro. Después sí tendría sentido.

Duele, pero tiene sentido la falta de sentido.

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