El zorro ha vuelto a matar a todas las gallinas.
El zorro, no uno específico. La especie entera. No entiendo por qué no toma una sola y se la lleva. Al parecer, el alboroto, el instinto de supervivencia de las pobres gallinitas, provoca el instinto predador hasta que todo se queda tranquilo, estilo muerte.
Si alguna de esas plumíferas, alguna gallina sin instinto, se hubiera quedado inmóvil en una esquina, quizá seguiría viva.
No se puede culpar al animal; todos comprendemos que, como el lobo —especie—, atiende a un instinto.
Tu hijo no quiso matar a un zorro y dejar su cadáver por los alrededores para advertir al siguiente. Pero durante algún tiempo repartió esos huevos tan naturales con tus hijas. Pusiste difícil atenderlas: allá, lejos de la casa, apartado el corral, al otro lado del regato, junto al huerto.
Cuánto trabajo llevan esas labores. Pero tú no dabas trabajo que hacer si podías encargarte solo. Preferías ir solo a tapar las gallinas, a cuidar el huerto… y nosotros a disfrutarlo.
Aprovechábamos tu ausencia para robarte alguna lechuga y, de algún modo, Remeterio —como te decía Toñito—, siempre nos pillabas. Vigilando a lo lejos, observando detalles a ojo de halcón, conocedor del zorro y sus comportamientos zorriles.
Tus cosas… una Bultaco, un casco con una banda blanca en el centro… hasta que ella dijo que era un traste y hubo que quitarla. Pero la Beretta, esa escopeta que nadie logró quitarte, siguió detrás de tu sillón favorito en tu ausencia, hasta que la ley quiso reclamarla.
La casa ya se quejaba de soledades, de la repentina ausencia de Lucía y, cuando también tuviste que abandonarla, no volvió a ser la de antes.
Los pasos de tu hijo también eran huecos, arrastrados por una vida de servicio. Las noches perdieron el calor de aquellos ecos de familia reunida, con los turnos para ir al baño y aquellos chorros cortados en medio de la noche, a impulsos, que yo, pájaro de mal agüero, predije como cáncer de próstata. El inicio del fin.
Le dije a tu hija:
—Tu padre está sufriendo mucho dolor y no dice nada. ¿Has visto cómo suda?
—Sí. Solo tú y yo nos hemos fijado.
Tus cosas y tus métodos. La bota de vino por compañía del pastor que fuiste. Dirigiste el rebaño del señorito mientras Lucía hacía lo que podía con vuestro rebaño. La cafetera, ese campo de batalla entre nosotros a la hora de usarla: por cambiar el filtro por uno de papel, por la cantidad de café y agua, por esperar a la última gota… cuánto mimo y manía en tus cosas.
Qué humildes viviendas, qué lujos de paisajes. Un pie fuera de casa y el campo era vuestro jardín; por vecinos, los cantos rodados, las amapolas, los robles, las doloncillas, las charcas…
¡Cómo no te iba a parecer duro el suelo de asfalto de la ciudad después de una vida pisando tierra!
Casi lo mismo que un piso oscuro, de un edificio cualquiera, en mi calle Arapiles.
Casi el mismo matarile que le disteis a mi esposa, en vuestra casa de la ciudad: abandonada con solo 7 años. Con hermanas muy mayores. Sola. Sumando todas las carencias: las del afecto, las del alimento y los demás cuidados que se entregan con gusto a los hijos que se aman.
¿Quién dijo que fueseis santos? No lo somos ninguno.
“Tengo mucho tiempo que no te veía”. Así dice nuestra vecina, de República Dominicana, para enmarcar las ausencias.
Aquella noche sonó el teléfono fuera de hora.
La noche en que falleciste.
Mi esposa lo atendió. Lloró mucho tu pérdida, sin otro remedio que el abrazo de nuestra hija.
Yo no pude reaccionar y ella nunca lo olvidará.
No tengo derecho a ser comprendido porque mi instinto sea bloquearme. Y el aspecto será el de un animal que no siente tu pérdida.
Mi instinto, o la falta de ese instinto, me lleva a llorar por las esquinas sin hacer ruido. Como esa gallina imaginaria. Nadie me vio caer de pena sobre las duras escaleras del cementerio cuando enterraron a tu esposa.
En mi egocéntrico modo de tener cariño, te convierto un poco en mi persona; apartado y feliz con tus ovejas, aislando el gallinero de las casas, cambiándote en tu pequeño cuarto de caldera y empeñado en usar la misma ropa, las mismas botas.
No sé cuánto tiempo tendré sin verte pero, aunque sea infinito —si no le damos crédito a la iglesia—, sí quiero que sepas que hubo un amor inquebrantable en esta cáscara casi vacía. Si algún día os encontráis, díselo a tu hija.
Y díselo así:
Que tuve amor por ti, por tu bigote o tus pantalones bajo el sobaco. Por reñirme sin hacerme daño. Por enfadarte sin rencor. Por tus cosas aunque fuesen pocas: por tus modos y esa resistencia sobrenatural al dolor.
Te ganaste mi afecto imperfecto y...
nos dejaste sin tu calor.

Que declaración de AMOR tan bonita, que maravilla recordar y querer a alguien, ese amor no sale de una cáscara vacía, sale de un corazón inmenso, que sabe describir de una preciosa...algo tan simple como la vida misma, y los afectos .....
ResponderEliminar😓gracias
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