Como no soy candongo, empleo mi tiempo —descreído dios del apolo— en inventaros una historia. A vuestros ojos, lo será; a los de acá, se le hará roña, desacarreo en el cuerpo.
Habrá quien me reponga el nombre por lunático, por intentar hacer risión en
párrafos entrizados y descuajeringarlos con ello, haciendo morralla de algo
que pudo ser chulo porque no soy la monda, ni lo seré jamás.
Cosida
en su combinación hallaréis verdades, de vidas y muertes. Estampadas sobre el
vestido las fabulaciones, sus nostalgias y engaño manifiesto. Quizá se os
atragante un pipo si coméis mientras leéis. Cuidad no añusgaros.
Mi
perro se enrosca sobre los pies en solícito mimo. King siempre habla de un
perro. Le copio el truco.
No quiero empantanaros los segundos
dándoos más la tabarra y paso directo al capitulo uno, con palabra
pretenciosa, para empercudir todo mi cateto y confundiros el estilo.
## I. El consuetudinario
Nosotros no la echamos. Conviene sentarlo primero y con estas palabras, porque en los pueblos la memoria se adquiere igual que las servidumbres de paso —posesión pública, pacífica, ininterrumpida y a bocinazos—, usucapiendo así hasta la mentira medio siglo, haciendo propia la versión de que la Gorjona se fue de motu propio.
Que se fue sola, un martes de un febrero y a tripa vacía. El aire subía del cañón con esa condición de aquí, un biruji que congela sin tiempo para enfriar: con la intensidad que te hace toser un día y solo cura cuando la guadaña quiera segarlo. A ella no la agarró el pecho, que solo tenía diecinueve años cuando marchó dejándonos su manera de mirar los tejados, alcanzando más allá e ignorando lo de acá.
Aquí las cosas ocurren en impersonal. A Elías Gorjón se lo llevó el río. Así se dijo en el cincuenta y siete y así se sigue diciendo, sin que haya hecho falta enmendarlo: se lo llevó el río, tres días aguas abajo, hasta el remanso del Fraile, con las dos petacas de café todavía ceñidas bajo los brazos y las correas tan apretadas que hubo que cortarlas con la navaja del practicante. Eso nos quedó de él. Un hombre ahogado abrazando lo suyo.
Del café no se preguntó de dónde venía, que del otro lado de la frontera no viene nada que se pueda decir; se dijo «lo suyo», y lo suyo, bien mirado, olía a tostadero de Oporto. Pero, a los tres días en remojo, aquello ya era café de aquí, aguachirle, y la Guardia, que entiende de jurisdicciones, dio el expediente por ahogado con su dueño.
El río que se lo llevó dejó de ser río en el sesenta y tantos. Ahora es una lámina quieta con horario de compuertas, y por debajo cruzan viejos, borrados los caminos, y el remanso del Fraile está a cuarenta metros de fondo, y no hay dónde ir a mirar. Es una comodidad que agradecemos, más en verano cuando toda Castilla es puro amarillo, da igual donde mires.
Al cabrero del señorito le pasó cosa parecida, y por eso lo cuento aquí, aunque fuese de una casa que me toca cerca. Guardaba las cabras de arriba y, cuando la cuenta no daba, bajaba un choto a escondidas para las seis bocas que tenía en casa —pasando de cinco a seis en inesperado, porque Dios dispuso menos pero en estas casas Él lleva el recuento y los desahogos el resto—. El señorito, que tenía perros de casta solo por decir «tengo» sin usarlos, ni tan siquiera sacarlos a paseo, le regaló uno: un perdiguero color canela, con papeles, Canelo. Un perro así, en manos de un cabrero, no valía para las cabras; valía para levantar la perdiz sin que se enterara el guarda. Consiguió una escopeta con discusiones en casa y mucho júbilo con el perro. Aquí un perro con papeles no se compra fácil y quien lo recibe en regalo firma por debajo, como tratos de pequeña honra. Del señorito baste, de momento, esto: pagaba los favores con la mano en el hombro, pesada y agobiante. Pero Canelo duró solo dos temporadas. Luego se lo llevaron y no hubo quien pusiera nombre al ladrón, que es la forma natural de la envidia aquí, sin dejar rastro: actuando impersonal, como el río. Solo que el río devuelve lo que se lleva cuando ya no sirve y la envidia no ofrece retornos. El cabrero preguntó sin esperar respuesta, y nadie sabía nada, como aquí no se sabe nunca ni sabiendo con pruebas. Si acaso a chismes o boca-bocas lo sacabas. Y sus papeles, húmedos de los cristales, de los ojos húmedos, quedaron en el lavadero de la ventana acreditando la miseria de nuestras tierras.
Al hueco de Canelo lo tapó con lo primero que nadie iba a envidiarle: un chucho lanudo, rizado, huidizo y desgobernado, que bajó del Cuartón sin dueño y respondía, cuando le daba la gana, al nombre de Chas —por un ruido que hacía—. Era perro que no apuntaba ni cobraba, no valía; por eso estaba a salvo, que a Chas no lo iba a querer nadie más que los pobres, y contra eso la envidia no tiene nada que hacer. Corría con las cabras como las cabras, entre los pagos de la Bebé, por el tan nombrado Cuartón, y de allí no había modo de traerlo: tiraba hacia el palacete, hacia lo que sonaba en el palacete al atardecer, que no era música de aquí y a un perro le sonaba a comida.
No sonaba a canción popular, como esa canción de zambomba que enumera los pasos hacia la riqueza a partir de una polla ponedora. Esta música era reclamo para los oídos más finos del lugar y, desde el alto, la quinta cría del cabrero bajaba a lo mismo. Tiraba para allá, se paraba a escuchar y a escudriñar de paso lo que de los cuadros se entreveía por los balcones; y de los tejados del pueblo no quería saber. Lo suyo era lo que asomaba por la puerta de detrás del palacete, que por la puerta de detrás asoma siempre la vida verdadera de las casas.
Bien. Pues a Chas lo mató un coche en la recta del Cuartón a Vitigudino, una tarde, yendo hacia aquello. La cría no dijo nada. Ella no lo enterró, pero sí lo mucho que le había dolido, y ese, que se sepa, fue el primero de los silencios que se le quedó entero rondando con muchos otros, demasiados años, demasiado joven para entenderlos.
La Bebé gobernaba «El Cuartón» y era lo contrario de pobre, que en llanura seca es un escándalo permanente. Tenía palacete, capilla propia y una piscina levantada sobre pilares en mitad de unos campos que no daban ni para el pan, con lo que el agua quedaba arriba y la tierra abajo, cada una en su sitio y las dos ofendiendo. Poco creíble la piscina, pero cierta, impresionante. Tan cerca de una iglesia, como si fuera agua para bautismos de San Juan, o lugar donde limpiar de veras los pecados no contados a un cura ausente, cuando no sordo, para según qué confesiones. En el pueblo se acostumbraba tener el cura a comer en la mayor casa, pero en esta, por más grande que fuera, ni se perdonaba el horario ni había pecados que perdonar.
Tan pronto se la veía con un puro como se sabía que tenía por mascota un toro —de casta, bravío de sangre y manso con la mayoría—, suelto por la finca como vadeando la muerte para la que lo criaron. De pila se le conocía Inés Luna pero... la Bebé y bastaba. Porque llegó siendo bebé y de mayor se contó que trajo un día una niña de ocho añales, adoptada según unos y de nadie según otros, con una enfermedad que tampoco se supo nombrar y que el pueblo, que no aguanta un hueco, rellenó con lo que llevaba dentro. Qué fue de la niña, no se dijo. De la Bebé quedó esto: muerta hacía muchos años y sin quien la heredara, dejó escrito —para odio de otros ricos— que su fundación pagase los estudios a las niñas y, si eso, también a los niños de Traguntía. A una mujer a la que aquí se le tomó la fundación y se le negó el saludo le debe este valle la única puerta por la que ha salido alguien sin ahogarse: la dejó escrita, del otro lado del papel, y la puerta, bien mirada, tenía dos hojas. Por una pasó, con los años, la cría del alto, que aprendió con la tapia por medio, sin que nadie de su sangre pudiera enseñárselo, que también se vive del otro lado del papel: leyendo, contando, guardando renglones; y no se movió de aquí, ni falta que le hizo. Por la otra hoja salió la Gorjona, y eso entonces no lo supo ni ella: el papel que se la llevó un martes de febrero lo pagaba una fundación con nombre de mujer. Lo de respirar de otro modo se lo enseñaría después otra mujer de modos extranjeros, muy lejos de aquí, de la que se hablará a su hora. Maneras de ricos que no son aprobadas por quienes solo aparentan poder o riqueza.
A Basilisa la cuidamos. Eso no se discute ni se ha discutido nunca: cuarenta y un años de vecindad estricta, del cincuenta y ocho al noventa y nueve, la leña arrimada en octubre, el médico de Vitigudino traído dos veces en el coche de Anselmo, y al final, en la residencia de Aldeadávila, la ropa marcada con su nombre por si se perdía, que se perdió. La enterramos bien. Vino el pueblo entero. No vino la hija. Se dice sin acritud: se dice porque es el hecho, y el hecho, aquí, es lo único que se hereda.



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