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lunes, 27 de julio de 2026

Al envés de los verbos (3)

  ## III. La palabra corta

La escuela era una sala encalada con un mapa de las provincias, una estufa de serrín y doña Enriqueta, que enseñaba la historia de España de forma tediosa y odiosa, rezando, repitiendo, machacona y pegando de cuando en cuando con la regla de madera para despertar hasta los muertos si era menester. La lista de los reyes godos, de Ataúlfo a Rodrigo, que a quién podían importar a esas alturas, se copiaba siete veces al curso. Según ella, copiado siete veces no se olvidaba y, en la práctica, todos sabemos que lo que así se recuerda, por fuerza e insistencia, termina por no comprenderse muchas veces. La cría del pastor, la del alto, la copió como era mandado. Y también Sagrario, siendo mayor su edad, las siete sin una falta, con una letra picuda y pareja que años más tarde daría trabajo a un perito, y de eso también se hablará a su hora. A ambas las cogió ojeriza desmedida, de esa frecuente en quienes debían entregarse solo a la enseñanza.

A la cría del alto, desde que perdió la dignidad de esta guisa:

—¿Tu padre es pastor, no?

—Sí.

—Entonces seguro que tu madre hace quesos.

—Y muy ricos.

—Pues me gustaría probarlo.

—Normal.

Los malos modos de Enriqueta no fueron pagados en queso artesano porque la cría, aun siendo pequeña, ya disponía de sobrado conocimiento. Esas narices que rebosaban orgullo solo atisbaron imaginarlo de lejos y la boca se le secó esperando paladearlo.

Tanto se le secó que un domingo de mayo, fiesta local, subió ella misma al alto, siendo un kilómetro de cuesta, sin costumbre de andar, a visitar a la madre sin que nadie la hubiera llamado. Se sentó en la cocina, alabó la casa, alabó el aire que corría por allí arriba, alabó lo bien criados que estaban los hijos, y no pidió. Pedir no pedía: era maestra. Se estuvo hora y media diciendo lo mucho que se hablaba en el pueblo de los quesos de aquella casa. La madre le fue dando conversación y no le fue dando queso. La cría, sentada en el suelo junto a la lumbre con un cuscurro en la mano, le echaba migas a los pies. Una a una, sin prisa, mirándola a la cara. Enriqueta se sacudía las medias con el canto de la mano y seguía hablando de quesos. La madre lo vio y no lo impidió. En este capítulo hay muchos que vieron y no impidieron, y de casi todos se hablará mal en las páginas que quedan; de aquella mujer no, porque hubo un solo silencio en todo el término que se puso del lado flaco, y fue ese. Enriqueta bajó del alto con las medias limpias y las manos vacías.

Cobrado el agravio en migas, se cobró ella el suyo en sílabas. Porque la cría del alto tenía la lengua trabada para las palabras largas, para las de muchas eses, para las que se atrancan a la mitad, y doña Enriqueta, que en cuarenta años de magisterio no descubrió otra cosa, descubrió aquello. Desde entonces la sacaba sola al estrado a decir los reyes godos de pie y de memoria, delante de todas. Ataúlfo lo pasaba. Sigerico lo pasaba. En Chindasvinto y en Recesvinto, que son los que Dios puso en esa lista para probar a las criaturas, se quedaba con la boca abierta y sin aire.

—Otra vez.

—Chin... Chindas...

—Otra vez, lengua de trapo.

Y la clase se reía por orden, que la risa en aquella escuela también se mandaba. Rodrigo sí lo decía. Rodrigo es corto, es el único que se sabe todo el mundo y es además el que lo perdió todo, pero a Rodrigo no la dejaban llegar. Los escribió sin una falta las siete veces de aquel curso y de los tres siguientes, con letra tan pareja como la de la otra, y no los pudo decir nunca. Allí aprendió lo que le ha valido para toda la vida, que es contestar corto: en dos palabras no hay dónde atrancarse. Sus hermanos, entretanto, se cobraron lo suyo como suelen los niños, lanzando piedras sobre el tejadillo del muradal mientras la maestra apretaba para hacer sus necesidades.

A la salida esperaba a veces el cabo Requejo, capote y pastillas.

—¿Qué habéis merendado?

—Pan —decía la del herrero.

—¿Con qué?

—Con hambre.

Las demás se reían y cobraban pastilla igual, que el cabo no era mala persona y la información, en los pueblos, se paga por adelantado y se cobra cuando conviene, cosa que en la ciudad va al revés. Con la cría del alto, de la que no quiero decir el nombre, aunque bien lo sepa, el interrogatorio rendía menos:

—A ver esa letra... mejorable. ¿Y tu padre, dónde anda estas noches?

—Durmiendo.

—¿Y las cabras?

—Soñando.

Lo que se le sacaba con la pastilla era nada: ella no quería pagos en pastillas ni preguntas estúpidas, y además ya tenía aprendido de primera mano lo que cuesta en esta vida abrir la boca delante de gente. El cabo se lo tomaba a risa y lo apuntaba a su modo, sin olvidarlo; así se llevaban entonces los archivos de este país, y no se ha demostrado que los de ahora fallen menos.

Si Enriqueta se vengó en tonterías contra la cría, por miedo al padre, que era de pocas bromas y tenía escopeta, contra Sagrario se pasó de largo para torcerle los caminos en la vida, sin miedo a un padre ya muerto que pudiera tomarla contra ella.

Que a Elías se lo llevó el río en la crecida de marzo del cincuenta y siete, ya quedó explicado en el capítulo primero, y con él se llevó la ruta del café y lo que la ruta daba de sí. Basilisa quedó viuda con la casa, la huerta corta y una hija de trece años, y en esa aritmética entra el señorito sin llamar a la puerta, porque los jornales de la casa grande eran los únicos del término y quien los repartía repartía, de propina, el orden del mundo.

A Sagrario la tenía manía por quién había sido su padre y por lo mismo que a la otra. Porque Elías subía de Portugal aquel café que en el pueblo se bebía, y de aquel café, igual que del queso del alto, Enriqueta no llegó a catar nunca. Olerlo sí lo olía, camino del aula, y con olerlo se le hacía la boca agua y se le disparaba un ansia viva jamás correspondida. Dos cosas no pudo tragarse en toda su vida, y las dos las pagaron dos crías.

Don Amadeo bajaba a la escuela dos veces al año, por la Pura y por San José, con estampas y un cucurucho de almendras garrapiñadas, y doña Enriqueta mandaba ponerse de pie sabiendo a qué venía ese Don. Aquel San José del cincuenta y siete, Enriqueta se detuvo en el pupitre tercero, el de Sagrario, por tiempo de más, indicando cuál de las niñas le recomendaba.

—Esta cría promete —dijo él dándose por enterado, sin dirigirse a ella, cómplice de Enriqueta—. Mándamela con los recados, doña Enriqueta, que tiene los deditos finos para... sacar los puerros y tomar los huevos... de las gallinas, sin romperlos.

—Es callada —dijo la maestra.

—Mejor.

De los recados no hay acta escrita. Lo que hay es relato. Y el cuento dice que Enriqueta pudrió los dientes con almendras garrapiñadas de La Alberca mientras que ese año dejó de cantar en el coro una voz que llevaba el tiple sin esfuerzo; que la cría aprendió los tejados del pueblo como otros aprenden los senderos, para saber a cada hora dónde no ir, y el tejado del palomar de la casa grande, que era el más alto, se sabía de memoria hasta las goteras.

El más alto del pueblo, sí; del término, no. Por encima de todos ellos está el alto, y en el alto una casa donde se levantan antes que el ganado, y desde cuya ventana, en noche clara, se le cuentan a la casa grande las tejas una por una. Allí había una cría de ocho años despierta a horas en que aquí no hay nadie despierto. Vio lo que vio sin saber qué veía, que para eso tenía ocho años. Lo entendió mucho más tarde, de golpe y con veinte años de retraso, que es como se entienden aquí las cosas. Y no lo cambió por una pastilla de menta ni entonces ni después. Quede apuntado, que al final se recoge.

Y bajo esa techumbre sucedieron cosas que no quiero contar tampoco, pues bastante llevo encima.

Las almendras garrapiñadas no volvió a probarlas nadie en casa de Basilisa, porque la muchacha las enterraba en el corral con la mano plana, pisoteando luego la tierra como se hace cuando no se quiere que crezca lo enterrado. El pueblo vio lo del corral de las gallinas y escuchó lo del palomar. El pueblo vio siempre todo y todo lo escuchó. Pero de cuanto se ve y oye pero nada se dice ni se hace, tampoco se levanta acta, y en ese registro, si existiera, estaría inscrita mucha gente con sus dos apellidos.

Y hay el cuaderno. En la penúltima hoja del cuaderno de caligrafía del curso cincuenta y seis-cincuenta y siete, entre la sexta y la séptima lista de los reyes godos, hay un renglón que empieza y no acaba, tachado con una fuerza que atravesó tres hojas. Fue en clase, una mañana de después de San José. Doña Enriqueta oyó abrirse el plumín como una pata de gallo y levantó la vista:

—¿Qué has tachado, Sagrario?

—Nada, señora.

—¿Cómo que nada? Nada es lo que tengo yo de renta diaria.

—Ya no pone nada.

—Pues aprieta menos, hija, que pareces un macho herrando.

La palabra tachada, fuese la que fuese, pasó al otro lado de tres hojas, hacia abajo, que es hacia donde pasan aquí las cosas que no se dicen. Era palabra corta. Eso se sabrá con exactitud pericial cincuenta y cuatro años más tarde, y de momento baste con lo que basta: que hay palabras que una cría de trece años escribe una vez, entierra como las almendras, y este pueblo tarda décadas en desenterrar por su cuenta, creyéndose que la inventa.

Los recados a la casa grande cesaron al año siguiente, sin que conste orden ni causa. Consta la pregunta de Basilisa, que Basilisa hizo en la cocina, delante del puchero, sin malicia, que es como se hacen las preguntas que más duelen:

—¿Qué le habrás hecho tú a don Amadeo, que ya no te manda a por nada?

La cría no contestó. Hay preguntas que no se contestan porque la respuesta no cabe por la boca, y hay madres que se mueren sin saber que preguntaron al revés. A esa pregunta, y no a otra cosa, se le estuvo pagando interés compuesto durante cuarenta y un años, y el principal no se amortizó nunca. Quede asentado aquí fríamente, estilo contable, y no se vuelva sobre ello.

En el invierno del sesenta y dos llamaron al carpintero a la casa grande, un jueves, para una falleba del palomar. El Zurdo padre era hablador de fragua, de los de teoría para todo, y volvió de aquel jueves callado, que en un hablador es una avería grave. Algo dijo, sin embargo, o algo empezó a decir donde no debía sobre los sucesos del palomar y el gallinero porque, a la semana, unas puertas —nunca se supo cuáles, con las pocas que hay en este término que pesen— le cogieron las dos manos. Las dos. La probabilidad de que dos hojas de puerta distintas alcancen en una semana las dos manos de un mismo carpintero la deja este texto al criterio del lector, que para eso lo lee. Al hijo, el Zurdo mozo, le llegó aquel otoño un billete pagado para Bilbao. Conste que nadie lo obligó. Conste quién pagaba entonces los billetes, las campanas y las estampas de este pueblo. Constar, lo que se dice constar, no consta nada, y en esa fórmula hemos vivido tan a gusto.

Y llegó el febrero del sesenta y tres. El contrato lo trajo un gestor de Salamanca que cobraba de una fundación con nombre de mujer a la que aquí no se saludaba: papel del Instituto Español de Emigración, relojería del Jura, temporada renovable, firma al pie y huella del índice derecho. Basilisa firmó donde le dijeron, con la boca torcida, y dijo que a Suiza iban las que iban, y no aclaró más, y no hizo falta.

Salió de noche cerrada, con la maleta atada con una correa de petaca que había sido de su padre. La helada tenía el campo en blanco y duro, la luna se iba por detrás del Cuartón, y en el olmo del alto, si alguien hubiera mirado, ya asomaba la guía verde de todos los febreros, sin permiso de nadie. En la revuelta del camino aguardaba la pareja, capotes y mosquetones, a una hora en que aquí nadie aguarda.

—¿Adónde, tan temprano?

—A Suiza.

—¿A qué?

—A los relojes.

—¿Sabes tú de relojes?

—Sé madrugar más que ellos.

—Ahora que marchas, sueltas la boca.

—Pues tengo más: como que hay quien acecha donde no pasa nada para ahorrarse problemas y permite que suceda lo que no debía, contra niña pobre, a manos de rico.

—¿Qué estás insinuando tú, pájara?

—Si pájara es la obligada a marchar, cuervos son los que esperan al descuido.

—Tú tienes...

—Yo tengo prisa, ustedes no sé qué tengan... pero Dios les guarde, al menos, tanto como guardan para sí.

El de más años paró la discusión y le tomó el contrato, lo miró al revés y al derecho, y se lo devolvió con dos dedos, como se devuelve lo que no se entiende. El papel olía a tampón nuevo. Ella lo guardó contra el pecho, debajo de la toquilla, que era exactamente donde su padre llevaba las petacas, y echó a andar hacia el coche de línea de Vitigudino. Al pasar el alto miró los tejados por última vez, con oficio de quien ya no los necesita, y un momento, uno solo, levantó la vista más arriba de los tejados.

No se despidió de nadie. Se dice.

Y se dice porque aquella madrugada, en el alto, había una ventana encendida, y detrás de la ventana una cría de catorce años a la que su madre acababa de levantar para el ordeño. Vio bajar por el camino a la que se iba y vio a los dos que la esperaban en la revuelta a una hora en que aquí nadie espera. No lo contó, que no tenía a quién ni para qué, y este pueblo lleva desde entonces creyendo que lo sabe todo porque lo vio todo. El pueblo no supo nunca nada. Lo supo una sola, se lo calló medio siglo y lo soltó el día en que hubo por fin quien preguntara. De ahí sale todo esto. Por eso de ella no digo el nombre.

Ya se llegará a eso en el capítulo que corresponda.

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