El Cuartón es un alcor de berrocal con cuatro encinas de porte y un olmo al que hace años le cayó un rayo y no se dio por enterado. Cae ya en frontera con el término de Traguntía, que para el catastro es otro mundo y para las cabras el mismo. Desde arriba se ve la espadaña con su cigüeña de plantilla, los tejados en escalera hacia el cañón, y al fondo, donde antes cantaban los álamos del río, la lámina quieta. Las tardes aquí vienen pardas y luego cárdenas, por ese orden, como si alguien las administrara; y en el olmo hendido, cada febrero, sale una guía verde que nadie le ha pedido. El pueblo lo tiene por un error del árbol. El pueblo tiene por error casi todo lo que insiste.
La Bebé heredó el Cuartón en el cuarenta y ocho. Las obras del palacete escandalizaron en su momento dos veranos, y de dónde venía el caudal se dijo de todo: indiana de Cuba según unos, de un ultramarinos de Bilbao según otros. Recibida la herencia, una vez, una sola, se le preguntó por el origen de su riqueza, lo que nunca a sus padres y ella, plantada en el atrio, contestó: «De contar.» Se quedó tan ancha y el pueblo tan estrecho, porque nadie entendió que estaba diciendo la pura verdad, que era su único idioma. La Bebé contaba. Con facilidad para los números y enseñanzas inabarcables para la mayoría, contaba los jornales al céntimo, con ábaco por guarda y las horas al minuto, apuntado todo en una libreta de hule negro que llevaba atada con una goma de petaca; pagaba en la mano, delante de testigos, cantando las cifras en voz alta como quien reza, y jamás debió una peseta ni perdonó un real, que para ella la exactitud no era virtud: era descanso. Vestía de dril los siete días, comía a las doce y media aunque ardiese Troya, y cuando en las fiestas tiraban cohetes se metía para adentro sin despedirse, no por desprecio, sino porque el estampido le entraba por un sitio que los demás no tenemos o tenemos tapiado.
El saludo se le negó, ya quedó dicho. Justo es añadir que ella tampoco lo practicaba, y no por soberbia: es que el «¿qué hay?» le parecía una pregunta, y ella no contestaba preguntas que no se hacían de verdad. Miraba a la boca o al botón de la pechera, nunca a los ojos, y sin mirar a los ojos veía más que nadie: quién cojeaba del pie y quién del alma, qué pared se había corrido dos cuartas en la noche de San Juan, qué cortina se retiraba por ciencia infusa o qué romana pesaba con caridad para el que vendía. Tenía capilla y no oía misa; decía que a Dios se le entiende mejor sin intermediarios, y el cura lo dejó apuntado donde apuntaba. A las siete de la tarde, a las siete y media y a las ocho menos cuarto, por ese orden y sin dispensa ni en los días de difuntos, sonaba el gramófono del palacete: una música que no era de aquí, que subía y bajaba como respiración de otro, y que traía al alto, cada atardecer, a un chucho lanudo y a una cría con los codos en la tapia.
Una tarde la Bebé salió al emparrado, la vio, y le dijo lo único que le dijo en años:
—Si vienes a oír, pasa. De pie se oye peor.
La cría no pasó. No pasó ese día ni ninguno. A la semana había una silla de anea arrimada a la tapia, del lado de fuera. Nadie la puso delante de ella y nadie la quitó en tres veranos. Hay maneras de entender la muralla ajena que no vienen en el catecismo.
Del toro hay que hablar, porque el pueblo no habló de otra cosa un año entero. Era un utrero cárdeno, sin hierro, comprado al destete y vivo sin saber cómo, y la Bebé lo dejó suelto por la finca como quien suelta una opinión. Le puso Ministro. Preguntada por qué, contestó: «Porque come sin trabajar y todos le tienen miedo.» Fue la única vez que se le conoció una gracia, y ni siquiera consta que lo fuera: con ella nunca se sabía si hacía humor o inventario. Ministro era bravo de sangre y manso de trato, que son cosas distintas y conviene retenerlo; seguía a la Bebé por las lindes como un perro grande, y a la niña, cuando vino la niña, la dejaba dormirse contra la paletilla, a la sombra del olmo, cosa que el pueblo contó y nadie creyó y era verdad.
El cabrero de arriba se llamaba Argimiro, aunque medio valle lo tuvo siempre por «el de las siete leguas». Gastaba un bigote recio de teniente, cuatro principios que no cabían en su jornal, y una vista que era el asombro de muchos y raíz del apodo: veía lo que cada cual hace cuando cree que nadie mira. Veía la perdiz agachada donde los demás ven rastrojo y el duro sevillano en la palma ajena antes de que la palma se cerrara. Para levantar piezas primero le sirvió Canelo dos temporadas; para lo último no le sirvió de nada nadie, porque ver venir el engaño y poder pararlo son oficios distintos, y al pobre solo le enseñan el primero.
El ajuste de San Miguel fue como fue. En la era de la casa grande, el mayoral cantando cabezas y el señorito al quite con la libreta:
—Cuarenta chotos, Argimiro, a lo dicho. Sale lo que sale.
—Salen dos más, don Amadeo. Cuéntelos su mercé, que están ahí.
—¿Dos más? —el señorito ni miró el corral; miró al cabrero, despacio, de la boina a las albarcas—. Tú qué vas a saber, hombre. Los números son como las escopetas: no se le dan a cualquiera.
Y le puso la mano en el hombro, esa mano, y con la mano le pagó lo que le quitaba del bolsillo. Argimiro apretó el bigote y cobró lo corto, que seis bocas no dejan sitio para la dignidad entera; la dignidad, en las casas pobres, se guarda a trozos, como el tocino.
Aquella noche, a la lumbre, lo oyeron sus hijos masticar en silencio y decir, sin alzar la voz, como quien comenta el tiempo:
—Cualquier día lo mato y lo entierro en el monte.
—Come y calla —dijo la madre.
—Comer, como. Tragar es lo que ya no hago.
La mayor de las seis bocas, que andaría por los diecisiete años, guardó la frase como se guardan las navajas: cerrada. Se verá más adelante que la abrió una sola vez, y no por la hoja. Al día siguiente partiría a Salamanca como aprendiz de carbonero en reparto, con la paga en ese mismo negro, sin rechistar, para ayudar a la casa como sus dos hermanas, sirviendo en casa ajena desde los 7 años.
A ese mismo Argimiro le ajustó la Bebé, poco después, las tardes de vigilar a Ministro por las lindes de fuera. Le pagó el primer sábado en la palma, al céntimo, cantando las cifras delante de la niña, y al llegar a la última moneda dijo: «Cabal.» Al cabrero se le mojaron los ojos y alegó que era del cierzo, y por una vez el cierzo cargó con una mentira piadosa. Robados, decía él, estamos desde los godos; pero que a uno le cuenten cabal es cosa que no se olvida, porque contar cabal es la única manera que hay de decirle a un pobre que no lo tienen por tonto.
La otra niña se la trajo la Bebé un abril, de dónde no se dijo, como todo lo que valía la pena aquí. Venía con una enfermedad que no se supo nombrar, y conviene precisar lo que sí se supo: que comía, corría, silbaba mejor que los pastores y se dormía contra un toro. La enfermedad, por lo visto, consistía en el nombre. En la sacristía hubo una conversación entre el cura y la bebé que, Herminia, que limpiaba los cobres y detenía los trapos por retener lo dicho, refirió luego toda su vida sin cansarse:
—Esto habrá que mirarlo, doña...
—Bebé.
—...señora. La criatura...
—La niña.
—Habrá papeles que digan otra cosa.
—Los papeles se corrigen. Para eso se inventó la tachadura.
—¿Y si la criatura, el día de mañana...?
—Dice que es niña —cortó la Bebé, mirando al botón de la sotana—. No tengo por costumbre desmentir a quien dice la verdad. Es una costumbre rara, ya lo sé. En este pueblo casi no la gasta nadie.
El cura no bautizó y la Bebé no insistió, que para ella los sacramentos eran trámites y los trámites, a diferencia de las personas, podían esperar. La niña creció en el Cuartón con vestidos de percal cosidos por la propia Bebé —mal cosidos, todo hay que decirlo, con puntadas de contable—, y el pueblo, que no aguanta un hueco, rellenó el hueco con lo que llevaba dentro, que ya quedó dicho y no era bueno. Hay criaturas a las que el cuerpo les viene de otro y criaturas a las que les viene grande el nombre que les pusieron; el pueblo, que para los matices tiene el oído del cañón, las llamó raras a todas con la misma palabra, que aquí raro es el plural de solo y yo lo sé muy bien.
La niña quería entrar en un nombre. La cría del alto, por aquellos mismos años, empezaba a querer salirse del suyo, del nombre y de lo demás. No es lo mismo, ni de lejos. Pero se cose con la misma hebra.
Coincidieron poco: la tapia por medio, la música por encima. Una tarde de agosto, con el gramófono en la segunda pieza, la niña se subió a la tapia por dentro y estuvieron un rato así, cada una de su lado, sin hablarse, oyendo aquello que subía y bajaba. Al terminar la pieza, la niña dijo: «Esta es la mía.» Y la cría del alto contestó, mirando al cañón: «Todas son de una.» No consta que se dijeran más en la vida. Hay amistades enteras que caben en dos frases si las frases están bien puestas.
En la libreta de hule, que se conserva —ya se dirá dónde—, hay un asiento de octubre del cincuenta y cinco que dice, con fecha y hora: «Visto pasar el puente al guarda de la casa grande con un perro canela atado corto. Anochecido. No consta más.» Con la Bebé nunca constaba más. Tampoco menos.
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| Berrocal, pedregosa tierra con este estanque de agua, cerca de El Cuartón, hoy en día. |


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