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jueves, 30 de julio de 2026

Al envés de los verbos (5)

De las dos fotos que Inés miró de frente. La otra, siendo niña

 ## V. El don

La hombría, en aquellos años, era un patrimonio: se heredaba, se hipotecaba y, sobre todo, podía perderse en pública subasta. No figuraba en el Registro, pero tenía sus asientos: el don delante del nombre, la escopeta detrás de la puerta, la palabra que nadie discutía y la mano en el hombro que lo cobraba todo. Don Amadeo tenía los cuatro asientos al corriente. Se le cancelaron en dos tardes de agosto del sesenta y cuatro, y este capítulo levanta acta de ambas, porque de esto sí que hay testigos, y hasta les sobran.

La primera fue en la báscula del concejo, día de feria, pesándose los corderos de la casa grande para el tratante de Ledesma. El mayoral cantaba pesadas, el señorito apuntaba, el tratante asentía, y todo iba saliendo como salía siempre, que es como conviene al que apunta. Nadie vio llegar a la Bebé porque aparcó lejos su coche y la Bebé no llegaba a los sitios: aparecía en ellos. Venía de pantalón, con el puro sin encender y una manera de plantarse que aquí no teníamos nombre para nombrar y que años después, cuando en Vitigudino echaron la película, aprendimos a llamar de Bonnie la de Clyde; que en este término las cosas primero pasan y luego, con veinte años de retraso, se aprende cómo se llamaban. Traía la libreta de hule bajo el brazo.

Se puso junto a la báscula, miró las pesas como se mira a un conocido y empezó a hacer lo que sabía: contar. En voz alta, sin prisa, con esa voz suya de leer listas.

Al tercer lote dijo:

—Ahí faltan once kilos. La pesa grande está hueca. Se le oye.

Se hizo ese silencio de sepulcro que precede a los muertos. El señorito se rió por la nariz, que era su manera perder ínfulas:

—Señora. Usted qué sabrá de ganado.

—De ganado, nada —dijo la Bebé, alternando miradas entre el sudor del hombre y su caspa en el chaleco—. De contar, lo sé todo.

Y sin tocar un cordero, de memoria y de oído, recompuso las pesadas de la mañana entera: lote a lote, kilo a kilo, con las mermas cantadas y las sumas al aire, hasta un total que no era el de la libreta del señorito, y la diferencia la dijo también, en pesetas, con céntimos, que fue el detalle que este pueblo no ha olvidado, porque los céntimos eran de los pobres. No acusó a nadie. Restó. Hay pocas cosas más terribles que una resta hecha en público por alguien que no sabe mentir. El tratante de Ledesma, que de pesas huecas entendía lo suyo, pidió comprobarla; sonó a caldera mala; y don Amadeo pagó la diferencia allí mismo, de pie, con billetes que le costaban la vida despegar por los cuarenta pares de ojos que había alrededor contándoselos. A él, nada menos que a él contarle, que era robarle la confianza y, al mismo tiempo, el honor y la hombría.

Nadie se rió. Se guardó la risa, como se cura aquí la matanza: colgada y a oscuras, para que dure el año entero.

Las escopetas de la Bebé, ya mirando abajo brindando una guasa por Amadeo
La segunda tarde fue a los diez días, y fue en el Cuartón. Don Amadeo apareció por la linde con la escopeta abierta al brazo y dos perros de casta que no sabían trabajar, a pretexto de unas perdices que nadie le había dado y con el propósito, esto lo entendió hasta el aire, de mear el término. Testigos: Argimiro, que guardaba; el mayor de las seis bocas, que le traía la cena en la fiambrera; dos segadores de Traguntía que venían de acabar. Ministro dormitaba a la sombra del olmo. Al oír abrirse la cancela, el toro alzó la cabeza, se puso en pie con esa lentitud de los animales grandes que no necesitan darse prisa, y echó a andar hacia el señorito. Manso. Al paso. Como va un toro manso hacia una persona: por ver si trae algo.

Don Amadeo vio venir quinientos kilos de casta y no vio la mansedumbre, porque la mansedumbre hay que merecerla para reconocerla. Se le cayó primero el color, luego la escopeta y por último el apellido; y el apellido se le cayó con ese ruido de pedorreta que en el patio de la escuela hacíamos con la boca para reírnos, solo que allí no fue broma, porque vino con su olor. Ganó la tapia en tres zancadas que no le conocía ni su sastre, se le enganchó la culera de pana en la coronilla de la pared, y del envión fue a sentarse, entero y con boina, en el pilón de abrevar, que en agosto baja verde. Ministro se paró donde estaba la escopeta, la olió, y se volvió al olmo, decepcionado, que él venía por pan.

La Bebé cruzó el prado sin apurarse, recogió el arma, le sacó los cartuchos como se le quitan las tijeras a un niño, y se la tendió por encima de la tapia con los caños por delante, que es como se le da la cuchara al que no sabe comer solo.

—La próxima vez silbe —dijo—. Al toro le gusta saber quién viene.

Y como el señorito, chorreando verdín, no acertaba a cogerla, la dejó apoyada en la pared, apuntó la hora en el hule y se fue a sus cuentas.

Esa noche, a la lumbre de Argimiro, se masticaba distinto. El mayor de las seis bocas, que lo había visto todo desde la cancela con la fiambrera en la mano, dijo de pronto, con esa manera que tienen los chavales de dar en un clavo que ni saben que existe:

—El toro no le ha hecho nada, padre. Supo que era manso, un cabestro en remojo.

Argimiro se quedó mirando a su hijo. Y se rió. Se rió por primera vez desde lo de Canelo, apretando los ojos sobre una risa baja y larga que le movía el bigote; la madre se santiguó de oirla, y las otras cinco bocas nos reímos por imitación, que es como mejor nos reímos siempre.

Aquella fue la única vez que el mayor abrió la navaja que llevaba cerrada desde el ajuste de San Miguel, pero como quedó dicho la abrió por la boca. Al día siguiente se volvió a Salamanca con el carbón, y en el reparto, y en las cocinas donde descargaba, y en los pueblos de la carretera, fue dejando la palabra cuando la pedían junto al recibo: sin levantar la voz, sin añadir cuentos y parándose a la mitad, que es donde más pesa. Un carbonero entra en muchas casas. Es el oficio que más puertas abre en un día, y el único al que se le abren estando sucias las manos.

La palabra salió de aquella lumbre y en tres días había dormido en todas. No hizo falta acordarla en concejo. Estas cosas no se votan: se comprueban.

Tres días tardó el pueblo en ponerse de acuerdo sobre un hombre que se había cagado de miedo.

El lunes, en la fragua, el herrero dijo «el Amadeo», así, sin don, tanteando, como quien pisa un hielo; y no se cayó ninguna herradura. Probó el estanquero. Probó el alguacil, que cobraba de él. No se cayó nada en ningún sitio. Aquí a un hombre no se le mata: se le quita el don, y lo demás lo hace el tiempo, que trabaja gratis y no deja huella. Y al año ya no era ni el Amadeo: era el Manso, con artículo, como los montes y los ríos. Así se nombra en este país lo que ya no puede defenderse.

Cinco letras. Reténgase el dato, y reténgase también que este pueblo se pasó después medio siglo dándolo por bueno para todo, incluso para lo que no era. Hay un perito esperándolo un capítulo más allá, con un calibre en la mano y sin saber lo que mide.

Lo demás fue el tiempo trabajando. Vendió los perros de casta uno a uno: para qué quiere perros quien ya no puede silbar delante de la gente. Pagó de su bolsillo la campana nueva del reloj de la torre, por sonar en algo; el pueblo le agradeció la campana y le siguió debiendo el don, que son deudas de distinta naturaleza y no se compensan.

Dos sonidos suyos quedaron en el pueblo. El ilustre gong de la campana y sonido del susto con el toro fueron memorables, puestos uno junto al otro. El uno, por reverencia divina que llegaba a oídos lejanos. El otro, irreverente y mundano como cualquier necesidad, tocaba solo en corto las narices más cercanas, como el de doña Enriqueta bajo el tejadillo del muradal que nos igualaba a todos.

En lo sucesivo anduvo como de perdices: mucho reclamo. En la mesa de la casa grande fueron quedando sillas de más, y en la iglesia oía misa el primero, solo en su banco de siempre, y el banco, con los años, fue pareciendo cada vez más largo.

Se murió en el noventa y seis, con todos los sacramentos y sin el don. Al entierro fue el pueblo entero, por comprobar. En la caja ponía «don Amadeo»,en letras doradas, que la madera admite lo que sea; y en el lateral, rascado con navaja y a oscuras, en algún momento entre el velatorio y el hoyo, otro con costumbre de igualar, ponía la otra cosa. Nunca se supo quién. Aquí nunca se sabe quién, y esa es exactamente la enfermedad que se está describiendo en este libreto, aunque esta vez saliera a favor.

Dos años después, los bancos hicieron con sus tierras lo de costumbre, y la casa grande la compró una fundación con nombre de Inés. Hoy en el palomar hay una biblioteca. Súbase quien quiera: los mismos tejados, otra luz, y desde la ventana del fondo se ve el alto, y desde el alto se ve la ventana, que era lo único que faltaba por igualar en el lugar. Las crías del valle estudian allí por las tardes con las becas de la Bebé, y ninguna sabe por qué la vieja del dril mandó poner en la escritura «las niñas y los niños», por ese orden; el orden, tratándose de ella, no fue nunca descuido.


De modo que aquella techumbre acabó dando lámpara. No lo escribo como consuelo. Lo escribo porque es verdad y porque no compensa, y las dos cosas caben en el mismo renglón, que es la especialidad de esta tierra junto al chorizo, el lomo embuchado con cuerda y el jamón de la matanza, todo colgado a oscuras y esperando turno. A eso llamamos curación.

Argimiro guardó para siempre la frase del monte. Más por innecesaria que por miedo o falsa cristiandad, que esa es la única muerte decente para esas frases: de viejas y sin estrenar. Robados —decía, ya de muy mayor, al sol del poyo— estamos desde los godos, y engañados desde antes; lo que acachina no es el hurto, es que te tengan por tonto mientras te lo hacen. 

Al Manso no lo enterró nadie en el monte.

Se le enterró en el nombre, con menos tierra y más losa fría y bien quieta.

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