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miércoles, 29 de julio de 2026

Al envés de los verbos (4)

## IV. El volante y el escape

En los relojes, el escape es la pieza que impide que la cuerda se desboque: deja pasar el tiempo diente a diente, para que dure. Esto lo aprendí tarde y de mala manera, con un reloj abierto encima de una mesa y una mujer explicándomelo despacio con las manos ya hechas un puño. "Escape" le hizo gracia a Sagrario desde el primer día, y era la única gracia que se permitía delante de extraños: había cruzado media Europa para trabajar en escapes, ella, que de escaparse y ser invitada a ello sabía lo bastante para montar un taller.

Bienne la recibió nevada, y la nieve le pareció una forma educada de la escarcha: el mismo frío, mejor vestido. La pusieron en una fila de bancos con luz del norte, le calaron una lupa en la ceja y le dieron a pulso lo que a las suizas les daban con máquina, porque salía más barato y porque —esto se descubrió pronto— aquella española de letra picuda tenía en las manos un sosiego que no se aprende: le venía de serie, de un país entero donde lo mejor que puede hacerse con las manos es que no te las vean temblar.

En los papeles ponía régleuse. El oficio consistía en contar lo invisible: espirales de tres centésimas, vibraciones por hora, la respiración de un volante colgado de una espiral más fina que un suspiro. Al lado le pusieron a la que ponían siempre al lado de las nuevas, que en aquella casa venía a ser lo mismo que la jefa: una suiza grande de veintiséis años, pelirroja, sonrosada y salpicada de pecas, con manos capaces de amasar en fino y una precisión de bisturí filoso. La primera semana se le plantó detrás y le dijo, en un castellano que de Castilla tenía poco y venía tiempo aprendiendo a fuerza de tanta española:

—Usted respira como quien huye.

—Es que huyo.

—Aquí no. Aquí, si respira poco, se llega lejos.

Se llamaba Marie-Louise Perret y no se le conocía marido, ni falta que le hacía al relato de su vida, que era ella entera. Le enseñó a respirar por debajo del espiral: sorbos cortos, el aire administrado, el pecho quieto para que la pinza no baile. Le enseñó, sin decirlo, que la exactitud podía ser un sitio donde vivir: que hay gente a la que el mundo le sobra por todas partes y cabe, sin embargo, entera, en tres centésimas de milímetro. A Sagrario aquello le sonó de algo. Le sonó de una libreta de hule y de una voz cantando céntimos. Hay maestras que enseñan de lejos y cobran tarde.

Aquí, entretanto, no se supo nada. Constan tres datos de todos esos años: que estaba en Suiza, que no escribía y que no volvía. Con esos tres el pueblo le levantó una vida entera y se la dio por merecida, que es el único oficio en el que este término ha sido siempre puntual.

El contrato era de temporada: nueve meses de trabajo y tres meses al año fuera del territorio, sellado y comprobado; y mientras durase, prohibido cambiar de empleo, prohibido firmar un alquiler y prohibido traerse a nadie de los suyos. Esto último se pone aquí con todas sus letras, porque este término lleva medio siglo pasándole a esa mujer una factura que el papel le impedía pagar: aunque hubiera querido traerse a su madre, no podía. No estaba en su mano. Estaba en un sello.

Dos temporadas hizo, y las dos las pasó en Irún, pensión Aránzazu, un cuarto con lavabo y vistas a la estación. A la tercera la casa movió los papeles, porque una régleuse de aquel pulso no se manda al invierno cada año, y le dieron un permiso mejor. Dos veces estuvo a quinientos kilómetros de su madre y dos veces no los anduvo. La primera fue miedo y con esa palabra me lo dieron. La segunda ya no, y por eso la que cuenta es la segunda. Por la ventana veía formar y salir los trenes del sur, dos al día, con la misma cara con que de cría miraba los tejados desde abajo; solo que ahora la ventana encendida era la suya, y no había nadie enfrente para contarle las tejas.

Empezó cartas, allí y luego durante años. Todas se quedaban en la primera palabra, y la primera palabra era siempre «Madre», y ahí el pulso que sujetaba espirales de tres centésimas se iba, y la cuartilla acababa en el lavabo, deshecha, que el papel mojado no acusa. A los trece había escrito una palabra corta y la había tachado con una fuerza que atravesó tres hojas. A los veintitantos escribía otra, de cinco letras, y no pasaba de ahí. Este texto no se atreve a decir cuál de las dos pesaba más, y sospecha que era la misma cuenta.

Del pueblo se acordaba como se acuerda uno de una copla que le pegaron con la letra dentro: sin querer, entera, y en los momentos peores. Se acordaba de una tierra parda que al atardecer se volvía cárdena, por ese orden, como administrada; de un olmo que sacaba la guía verde todos los febreros sin permiso de nadie, de los frutos del almendro, que lo amargo también se viene a la cabeza aunque se envuelva en azúcar tostada. Se puede tener sed de un agua que ahoga ya en el segundo vaso. No viene en los contratos, pero se cotiza dolosa.

Con el papel cambiado de color y los inviernos adornados en tirolés, a Irún no volvió, y de Irún no se acordó, que la memoria también hace ajustes de plantilla.

En el invierno del sesenta y seis se le heló el agua en la jofaina del cuarto que alquilaba, y Marie-Louise, que tenía horario de trenes hasta para eso, lo dijo el lunes en el banco sin levantar la lupa: «Mi casa tiene dos luces y usted gasta poca.» Y fue así, con un usted que tardó meses en caerse y estuvo cuarenta y cuatro años caminando.

Lo primero que arregló Marie-Louise no fue un grifo: fue el pestillo del dormitorio, que engrasó sin que nadie se lo pidiera, porque había puertas que a Sagrario le sonaban a otra cosa y una puerta que suena es una puerta que manda. Después le dio la llave, le enseñó dónde estaba el cerrojo por dentro, y se fue a dormir a la otra habitación tres semanas sin que del asunto se hablara.

Y aquí este relato tiene que pararse a dar cuenta de sí mismo. En estas páginas hay dos cosas que yo no quería contar: lo del palomar y lo que sigue. Lo del palomar, repetido en el gallinero, no lo cuento ni lo voy a contar, y allá cada cual con lo que se figure. Lo que sigue lo pensaba callar por decencia, y me equivocaba, y me lo dijo su pareja en aquella cocina cuando se lo anuncié: que de lo otro este pueblo había estado hablando cuarenta años en voz baja sin decir nada, y que de esto no había hablado nunca nadie, y que ya estaba bien. Me lo contó entero y despacio, con la precisión con que se cuentan las vibraciones por hora. Va, pues, como me lo dieron. Quien no quiera leerlo, que salte cuatro párrafos, que para eso el papel separa los párrafos.
Fue en marzo, con la ventana cerrada y la casa oliendo a carbón. Marie-Louise decía todo antes de hacerlo. Voy a apagar la luz grande. Voy a sentarme aquí. Voy a tocarte el pelo. Y esperaba. Ese esperar fue lo que la deshizo, más que las manos: que a Sagrario, en veintitrés años de vida, nadie le había pedido permiso para nada, y ahora tenía delante a una mujer que se lo pedía para cada centímetro y que se paraba de verdad si ella no contestaba. Contestó. Dijo sí en un idioma y luego en el otro, por si acaso.

La desnudó como se abre un reloj: por el fondo primero, sin forzar la tapa, buscándole la uña al resorte. La rebeca, la blusa, la combinación fría; cada botón, dicho antes. La besó en la boca, en mitad de la cocina, mucho rato, hasta que Sagrario dejó de tener las manos en la mesa y le agarró las manos y luego fueron juntas, más abajo. Tenía Marie-Louise una boca ancha y unas manos de amasar pan y de colocar rubíes, las dos cosas a la vez, y en la cama las usó enteras, con una paciencia que no se aprende en la cama sino en el banco, contando lo invisible. Sagrario se supo mojada y le dio vergüenza, y se le pasó la vergüenza en el mismo minuto, que hay minutos así. Y estuvo en ella, avisando primero y ya sin avisar después, porque le habían dicho que no hacía falta, hasta que el cuerpo, que había llevado media vida como un abrigo de otro, se arqueó y se le quedó tenso y suelto de golpe, y le tembló todo lo que en aquel oficio no puede temblar.

Y entonces hizo un ruido.

No fue una palabra. Sagrario Gorjón llevaba desde el San José del cincuenta y siete midiendo cada cosa que le salía de la boca; aquel mismo año había dejado de cantar en el coro una voz que llevaba el tiple sin esfuerzo, y desde entonces no había vuelto a sonar delante de nadie más que para contestar corto. Aquella noche, a los veintitrés años, se le escapó un sonido largo que no significaba nada y que era suyo. Marie-Louise contó que se quedó quieta encima de ella, sin moverse, por no interrumpirlo. Fue lo primero que Sagrario recuperó de todo lo que le habían quitado, y lo recuperó por ahí, y a mí me parece bien y así lo dejo escrito.

Después se rieron a media voz, que es lo que ningún catecismo perdona.

Hay vidas enteras que caben en una frase, y esta cabe porque la hicieron ellas.

Durmieron desde entonces, cuarenta y cuatro inviernos, del mismo lado del frío; cortas las primaveras y escasos los veranos.
Aquí, la primavera de entonces, seguíamos con la escena montada. No le habíamos cambiado una palabra desde el sesenta y tres: entraba ella por la carretera de Vitigudino, un mayo cualquiera, con las fiestas y los coches en la plaza, y nosotros, sin aspavientos, sin reproche, con esa tranquilidad que aquí nos hace creer grandes, la perdonábamos. Eso ensayábamos, mientras en una cocina de la rue Basse dos mujeres se reían a media voz. Adviértase otra vez la dirección del verbo.

En el setenta y ocho el cuarzo barrió el oficio como una helada negra. Cerró la fila, cerró el taller, cerró medio Jura, y en la hoja de cotizaciones de Sagrario Gorjón Mieza quedaron catorce meses en blanco que los organismos llaman inactividad.  En la rue Basse no estuvieron en blanco: estuvieron a un sueldo, a una estufa y a dos mujeres comiendo patata y aprendiendo que también se puede respirar poco por gusto, que el oficio sirve para todo.

Trabajó luego veintiséis años en una empresa de limpieza. Pasó de limpiar rubíes a limpiar cristales: el pulso era el mismo; el sueldo, no. Fregaba oficinas de bancos donde el tiempo, que ella había sabido contar diente a diente, se contaba ya a puñados y en dinero ajeno, y no dejó nunca un cerco en un cristal, por la misma razón por la que no había dejado nunca una falta en los reyes godos: porque lo que hace una, aunque no lo mire nadie, la está haciendo a una. Del mismo modo le preguntaban:

—¿Viene a limpiar tan peinada y arreglada para gustar?—y la respuesta sencilla era;

—Si, para gustarme a mi.

—Y a nadie más, debe saber.

—Descuide, sobrado sé que este uniforme de limpieza me hace trasparente.

Con los años, a las dos les fueron encogiendo las manos: retracción palmar, dijo el médico, frecuente en ambos oficios; los dedos curvándose despacio hacia dentro, como si la mano quisiera guardar algo o guardarse. Por las noches, Marie-Louise le estiraba los dedos uno a uno, sin forzar. No conversaban mientras tanto. Hay conversaciones enteras que caben en diez dedos.

La esquela de Basilisa llegó en el noventa y nueve, doblada dentro de una carta de cuatro renglones sin firma entera, escrita por una mujer de este pueblo que no vendió nunca una noticia por una pastilla de menta y que aquella vez, a los cuarenta y tantos años de no decir nada, decidió que aquello sí se decía. De ella ya se ha hablado y el nombre sigue sin ponerse. Creyó hacer un bien, y a lo mejor lo hizo: aquella carta es la única razón por la que existen estas páginas, aunque tardara doce años en dar fruto.

La leyó de pie, junto al fogón. Dijo: «Ya.» Y puso la mesa. Cuarenta y un años de interés y el principal sin amortizar, y aquella noche se cerró la cuenta por defunción del acreedor, que es la peor manera de cerrar una cuenta. Marie-Louise no preguntó, que llevaba treinta y tres años sin preguntar lo que no se contestaba solo, y le estiró los dedos más despacio que ninguna.

En el año ocho escribió un pliego y no le puso fecha, que era su manera de no firmarse la muerte. Lo guardó donde se guardan los intentos. Catorce meses después escribió el segundo, con fecha del nueve de marzo, del que ya se ha transcrito y se transcribirá lo que hace al caso. Entre uno y otro, catorce meses: los mismos que una vez le dejó en blanco la vida. Las cuentas de esta mujer salieron siempre, hasta las que no quería echar.

Ya se ha dicho de dónde sale todo esto, pero conviene ponerlo por escrito con sus señas, que es lo que aquí no se hizo nunca. Sale de una cocina de la rue Basse y de una mujer de setenta y cuatro años que hablaba castellano de otros inviernos, con un reloj abierto encima de la mesa que iba desarmando mientras hablaba, con dos dedos que ya no cerraban, y a la que no se le movió el pulso más que en dos sitios, y uno de ellos queda escrito arriba. No hubo que sacarle nada: llevaba doce años esperando que alguien de este término volviera a preguntar. Que tardáramos doce es cosa nuestra, y también queda escrito.

Nos dio además una caja de latón. Dentro había un cuaderno de caligrafía del curso cincuenta y seis-cincuenta y siete, con tres hojas atravesadas por una tachadura, y dos pliegos. Ese cuaderno salió de aquí en febrero del sesenta y tres, en una maleta atada con una correa de petaca, y no volvió a salir de la caja: cuarenta y siete años cargando con lo único suyo que este pueblo no supo leerle. Lo demás lo hizo un perito de Salamanca, y de eso se hablará en su capítulo.

Murió Sagrario el dos de octubre como quien entrega el turno: con la mesa recogida y las pinzas Dumont del cinco en su paño, limpias. No consta quién estaba delante.

Consta quién estuvo siempre.

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