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| Con la mirada infantil, ya brillante |
Una vez escuché decir que dentro de los cuentos viven cosas que no son verdad y otras que nadie se atreve a llamar por su nombre.
Lo contó un hombre que reía y disfrutaba mucho. Su voz sonaba clara, suave y con la calidez de esas mañanas que llegan al fondo de nuestras cocinas por la ventana, sin pedir permiso.
Yo le creí. Quizá porque esa misma tarde se volvió lluviosa y, golpeando insistentes en los cristales, sus hijas trataban de aprender una canción.
Pensé entonces que las historias nacían la necesidad de que algo permanezca cuando todo lo demás se mueve. Los libros las sostienen, no son su bautismo.
Al principio creí en una estrella de esas que aparecen de repente en el lugar exacto donde uno acostumbraba mirar, aquí abajo. Creí que ella nunca había vivido en las alturas ni caído de esos cielos multicapa que impiden asomarse fuera.
Brillaba tanto que parecía innecesaria la noche. Uno podía encontrarla entre el ruido de la calle, entre las conversaciones ajenas, incluso en el silencio mantenido de mis penas.
Era una historia sencilla: un poco de ternura, algo de esperanza, y esa costumbre tan humana de confundir la luz con la permanencia.
Pero nadie ve el desgaste de las estrellas.
Nadie pregunta cuántas noches llevan ardiendo.
Hay luces que pasan años enteros calentando a otros, guiando a otros, perdonando a otros, hasta que un día descubren que jamás hubo nadie pendiente de su frío.
Y entonces ocurre algo pequeño. Tan pequeño que suele pasar desapercibido.
Una palabra dicha sin cuidado.
Una burla.
Una indiferencia más.
Una puerta que se cierra.
Nada que parezca importante.
Sin embargo, a veces la piedra final, la que rompe un cristal, no es la más grande, sino la que llega después de miles. La que irrumpe como un trueno, la que, como los bólidos del cielo, nos deja mudos, boquiabiertos.
Aquella estrella siguió brillando un tiempo. Eso es lo más triste. Que siguió iluminando a quienes la herían. Que siguió ofreciendo refugio a quienes nunca se preguntaron si ella también necesitaba uno.
Y una noche comprendió algo.
Comprendió que algunas personas se acostumbran tanto a recibir luz que olvidan mirar el rostro de quien sostiene la lámpara.
Olvidan dar las gracias.
Olvidan preguntar.
Olvidan que una palabra puede salvar una tarde y que otra puede quedarse viviendo durante años
en el lugar más vulnerable de alguien.
Los poetas lo saben.
Por eso escriben despacio.
Porque han visto sonreír a quienes regresaban a casa para llorar a solas.
Porque han conocido personas que parecían fuertes sólo porque nadie se había detenido a escuchar el ruido de sus grietas.
Y porque saben que existen dolores que no hacen sangre.
Dolores que se sientan a la mesa contigo.
Que duermen a tu lado.
Que envejecen contigo.
Dolores tan profundos que terminan formando parte de la voz con la que dices tu propio nombre.
La estrella se apagó una noche.
No hizo ruido. Nadie vio el momento. Al día siguiente el cielo parecía exactamente el mismo.
Y quizá por eso fue tan terrible.
Porque hubo quien siguió caminando bajo aquella ausencia sin darse cuenta de que la luz que echaba de menos era la misma que un día tuvo delante y no supo cuidar.
Desde entonces, cuando miro el firmamento, no pienso en las estrellas que brillan.
Pienso en las que se extinguieron esperando una palabra amable, una mirada, un gesto sencillo que les dijera:
«Te veo.
Sé que estás ahí.
Gracias por la luz.»
Y me pregunto cuántas personas, sin saberlo, estarán sosteniendo hoy una lámpara para nosotros mientras nosotros miramos hacia otra parte.
Uy... que lloro. Qué tonta me pongo. Gracias Luciérnaga.


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