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sábado, 27 de noviembre de 2010

Mi otra mitad......

"Siente el pensamiento, piensa el sentimiento" Miguel de Unamuno

En realidad...

Llevo unos días queriendo escribir sobre distintas cosas, pero cuando me pongo a ello ya he cambiado de opinión y quiero cambiar de tema. Y lo mejor es que no es porque ese tema haya dejado de tener importancia, sino porque al darle tantas vueltas mi cabeza se ha saturado de pensamientos que se amontonan queriendo salir todos a la vez, y nunca podría escribir a la velocidad con la que se empujan.

Un amigo, muy amigo, mi otra mitad, me ha dicho que pensar es una mierda. Leo eso y empiezan a asaltarme mil pensamientos. Lo cual, reconozco, tiene su gracia.

La cosa es que los pensamientos van por libre. No atienden a razones ni a lógicas. Incluso el pensamiento más razonable se puede rebatir si uno se empeña, porque los pensamientos no buscan la verdad, buscan compañía. Tienen la habilidad de mezclarse con los sentimientos y cambiar de color según con quién se junten. Tienen la capacidad de subirnos a las nubes o de bajarnos a los infiernos sin avisar, sin pedir permiso, sin respetar el horario.

Los pensamientos siempre están ahí. Incluso cuando no queremos pensar, especialmente cuando no queremos pensar. Pensar, pensar, pensar, no pensar, no pensar, no pensar... siempre da igual. Y casi siempre, cuando menos queremos pensar o creemos haber logrado una tregua, están a la vuelta de la esquina para demostrarnos que la tregua era ilusoria, que simplemente habían ido a por tabaco y han vuelto.

Lo más que podemos hacer es intentar jugar a dominarlos. Darles el sentido justo y, en algunos casos, la mínima importancia que merecen. Podemos intentar convivir con ellos, hasta jugar a que los engañamos, aunque ellos sepan perfectamente lo que estamos haciendo. Cada día hay que intentar que no dominen los sentimientos, para al menos poder pensar en paz, que ya es bastante.

Y olvidar. Hay que confundir a los pensamientos con la mala memoria. Hay que olvidar y borrar muchos pensamientos, muchos de esos que cuando arraigaron en los sentimientos se hicieron tan dolorosos que no nos dejan tener mala memoria. Pero quien hace la ley hace la trampa: igual que existen pastillas y ejercicios para no perder la memoria, también podemos, sin perder la razón, aprender a olvidar. Aprender a tener en nuestra mano la llave de qué recuperar y qué dejar encerrado, que no salga más a tocar las pelotas.

Hay quien dice que no hay que olvidar. Y tristemente nos cuesta muy poco olvidar las cosas sencillas y buenas, como si no tuvieran suficiente peso específico para quedarse, como si fueran demasiado ligeras para anclar. Y es ahí donde cometemos el mayor error: tendemos a recordar lo que nos ha causado daño, en eso no fallamos, no olvidamos, y no nos damos cuenta de que recordar el dolor solo duele. No enseña, no construye, no redime. Solo duele, una y otra vez, con la misma intensidad que la primera vez si uno se descuida.

Así que si lo pensamos bien, no hace falta ser maestros del engaño ni expertos en autocontrol. Solo hace falta dar a cada cosa el lugar que se merece. Y recordar la sonrisa de alguien querido debería ocupar un lugar preferente antes que estar dando vueltas eternamente a aquello que nos estuvo causando tanto dolor.

Sabiendo que los pensamientos van por libre, intentemos cada día que al menos no nos jodan los sentimientos. Es una victoria modesta. Pero es una victoria.

1 comentario:

  1. Te estoy releyendo y... me gusta lo que leo. A veces leemos y solo movemos los ojos.

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