"A los que tienen paciencia, las perdidas se les convierten en ganancias, los trabajos en merecimientos y las batallas en coronas." Fray Luis de Granada
¿Qué pasa cuando contar hasta diez no sirve?
¿Qué pasa cuando ni contar cien veces diez es suficiente?
Pues en realidad no pasa nada. Al menos nada que no tuviera que ocurrir de todas formas. Nada depende de nosotros. ¿O sí?
¿Por qué a unos les vale contar hasta diez, ese pequeño paréntesis de cordura entre el impulso y la respuesta, y a otros, aun contando, aun haciendo todos los ejercicios prescritos, ven que todo se les va de las manos y tienen la reacción errónea y la palabra equivocada? ¿Por qué el truco funciona en los libros y en las consultas y no funciona en la cocina de tu madre un domingo?
Porque cada vez que necesito contar hasta diez, anda mi madre metida en medio.
Nunca voy a poder entender por qué tiene esa facilidad tan grande para crear tensión por todo. Para que nada la haga feliz. Para que nada pueda ser sencillo y tranquilo, para que lo llano tenga que tener curvas, para que lo resuelto tenga que volver a abrirse. Quien inventó eso de contar hasta diez para no saltar no conocía a mi madre. Habría inventado otra cosa. O se habría rendido directamente.
Se supone que después de tantos años tendría que estar preparada. Que debería haber construido la distancia suficiente para restarle importancia a todo lo que viene de ella, tanto a lo bueno como al palo sutil de sus palabras, esos golpes que no dejan marca visible pero encuentran siempre el mismo sitio. Y sin embargo logra atravesar todas las burbujas y todas las corazas. Aun envolviéndome en un halo de crueldad para contrarrestar la suya, no logro que lo que hace deje de afectarme. Me cala igual. Como si las defensas que construyo fueran específicamente del tamaño equivocado para ella.
En su contradicción pura y dura, en todos sus actos y sentimientos, hay un vacío que no sabe cómo rellenar y que rellena como puede, que no es bien. Está claro que no tiene medida lógica en su forma de amar, al menos a sus hijos, o más concretamente a sus hijas. Porque en todo caso está más que claro que no somos el reflejo de ella. Que conste que no sé si eso es bueno o malo visto desde fuera. Solo hablo de lo que me hace sentir por dentro.
Cuando hay algún acontecimiento feliz, deja corto al cisma de Oriente y Occidente para darle la vuelta a la tortilla y crear un malestar sin precedentes. Bueno. Mentira: siempre hay precedentes. Los precedentes son su especialidad.
Y contar hasta diez no vale.
No vale.
No vale.
No vale.
No vale.
No vale.
No vale.
No vale.
No vale.
No vale.
No vale.
No vale.
No vale.
No vale.
No vale.
No vale.
No vale.
Y cuando te has cansado de contar y crees que hay una tregua, y te permites el lujo de pensar, pobre estúpida, que algo puede cambiar, que esta vez será distinto, que quizás la edad o el cansancio o algún dios misericordioso habrá limado algo, todo vuelve a empezar. Con la misma precisión. Con la misma puntualidad irritante de lo que nunca falla cuando desearías que fallara.
Y vuelta a uno.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Todos los comentarios serán revisados.