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miércoles, 17 de agosto de 2011

sonria por favor.... patataaaa

"Debes comprender cómo ser una esponja, si quieres ser amado por corazones desbordantes" Nietzsche

¿Qué nos está pasando? ¿En qué momento tiramos por la borda eso de que lo que más importa es estar sano, que lo que más cuenta es el interior, el desarrollo de la personalidad, la vida que uno construye hacia adentro?

Ahora más que nunca se hace realidad ese dicho cruel y silencioso: que se mueran los feos, los bajos, los gordos, los diferentes, los que no caben en ningún molde de los que venden en las revistas. Los que tienen arrugas donde deberían tener juventud, los que tienen curvas donde deberían tener ángulos, los que envejecen sin pedir disculpas por ello.

Se busca una perfección física irreal, llena de costuras y remaches invisibles. Ya no se sabe envejecer. Se pierden las sonrisas con encanto y se ganan sonrisas de escaparate, fijas, perfectas, incapaces de temblar. Mientras media humanidad se muere de hambre, la otra media se llena de plástico y silicona y fundas y rellenos. Van desapareciendo las expresiones. Ya no se lleva la gente atractiva de verdad, con sus asimetrías y sus historias escritas en la cara. Se lleva el guapo o la guapa de bote, intercambiables, sin marca propia.

Se ha puesto en marcha una exclusión social silenciosa pero eficaz, contra quien no entra en ciertas tallas, contra quien no usa ciertos tintes, contra quien no va al gimnasio tres veces por semana y no lo documenta. En parte me recuerda a las sectas: cada vez más adeptos, cada vez más inseguros por dentro, cada vez más ocupados en la imagen hacia afuera. Lo único que de verdad importa es salir bonito en la foto.

Ganan en vanidad y pierden en todo lo demás. Se está perdiendo la magia de la imperfección, esa maravillosa imperfección que nos hace ser quienes somos, que nos obliga a luchar, a amar de verdad, a sentir y a vivir con el cuerpo entero.

Y las jerarquías no se quedan atrás. Los religiosos, los políticos, los banqueros, parecen contagiados del mismo virus. Da la impresión de que se han pasado con el bótox: lucen esas sonrisas permanentes e inmutables mientras los países se hunden, lavan los pies de sus discípulos en pilas de oro, dicen Diego donde dijeron digo y vuelven a decir digo sin que nadie los llame a cuentas. Total, mientras crezcan las riquezas personales, da lo mismo tragar y tragar. Eso en la foto no sale.

Es una pena enorme que ya nadie se haga injertos de humanidad. De sentimientos reales. De esa bondad de la buena, no de la de cara a la galería.

Por eso cada vez me gustan más las canciones de amor de Sabina. Porque son de amores imperfectos, de los que duelen y dejan marca, de los que salen de las entrañas y no del departamento de marketing. Por eso me gustan las fotos sin posado, casi hasta las desenfocadas, porque son las de los momentos únicos que nadie preparó para nadie.

Me gusta la gente que es gente. Me gusta llorar en las películas sin pedirle permiso a nadie. Me gusta reír todo lo que pueda y que se note, que se me mueva la cara entera, no quedarme quieta preguntándome si alguien me está mirando.

Me gustan las emociones, las buenas y las no tanto, porque son las que nos hacen reaccionar, las que nos demuestran que seguimos vivos de verdad. Y he aprendido, como me dijo una amiga y le he copiado sin vergüenza, a volverme muy práctica emocionalmente. Ya no las malgasto. Ya no las entrego a quien solo quiere salir bonito en la foto.

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