"Aprendí, hace tiempo, a no luchar nunca con un cerdo. Te ensucias y, encima, al cerdo le gusta."George Bernard Shaw
El ha vuelto a casa. Hoy son las 4 de la madrugada. Apesta a alcohol, a
borrachera de tugurio barato.
Tiene ansia de sexo; no le llegó para pagar por ese servicio. Enciende la
luz de la habitación y ella está de pié, más allá de la cama, apoyada
junto a la cómoda, con los brazos cruzados sobre un camisón blanco de
verano. El se ríe. Ella no le quita ojo y aprieta los labios. Apoyándose
en el marco de la puerta, con la cabeza en difícil equilibrio, su estúpida
risita termina transformándose en una lengua pastosa dentro de una boca
reseca. Sus ojos enrojecidos y entornados pasan absolutamente de la cara
de su mujer, la ignoran y arrastra la mirada por su boca, su cuello y sus
pechos. Descuelga el pesado brazo para ir hacia ella, apoyándose en la
pared con cada paso. Ella suelta sus brazos y acude en su ayuda, como
tantas veces y comienza a desvestirle. El equivoca la idea, y vuelve a
poner su asquerosa sonrisa de putero borracho.
—Je je je... de muedes potu homdre, ¿eh? pequeña zorra... —sus palabras, babeando por la comisura de los labios, moduladas sobre
un aliento hediondo, la dejan perpleja, como tantas veces.
—Eres un cerdo ingrato, maldito seas... —Se lleva el brazo al pecho y le aparta con el otro queriendo alejarse
de él, pero la agarra y la tira en la cama y, cuando trata de
incorporarse, acierta a dar con su oscura y encallecida mano de hombre
duro en paro, sobre la delicada y suave piel blanca de su desafortunada
esposa. Un sonoro golpe que roba las fuerzas y desata el dolor y el
llanto, como tantas veces.
—Puda, de voy a enseñá lo ques un ceddo... —Se le tropiezan las palabras al muy cabrón. Se le enciende la mecha de
la violencia y por ello disfruta una erección media. Se cae sobre ella
intentando quitarse los calzoncillos y le clava los codos el muy
animal.
—¡¡ AAAYY!! ¡¡ DEJAME EN PAZ !! ¡¡ BESTIA !! ¡¡ BORRACHO!!
—¡CALLADE PUTA!—Ahora la tiene a su merced. Vuelve a pegarla y le arranca el camisón y
la ropa interior, como poseído por mil demonios, se le hinchan las
venas, desea ahogarla pero la sujeta por el cuello de momento.
—Deja dacer ruido... de voy a dar lo que deseas... guarra... sois toas
unas guarras...
La viola y, cuando termina, comprueba que ella no se resiste ni se mueve
y se tumba en la cama como si tal cosa. Ella se levanta y va al baño
sollozando. Se limpia por dentro, dolorida. Siente dolor por fuera, en las
costillas, en la cara. No quiere mirar al espejo. Pasa por la cocina.
Vuelve al cuarto y allí está él, boca arriba, con los calzoncillos
colgando de una pierna, una imagen patética. Se acerca a él.
—Me has enseñado lo que es un cerdo. —El la mira vagamente mientras vuelve la cabeza y pide que pase de él
con la mano. Se pone boca abajo y muestra su culo peludo.—Ahora te voy a enseñar lo que le pasa a los cerdos...
Ella le degüella y él, apenas es capaz de levantarse, hace ruidos raros
con su voz y cae redondo escasos momentos después.
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| Sin permiso, perdón. Dibujo de latrini (ver más en http://latrini.artelista.com/) |


hay demasiados cerdos de estos, que pena que no se deguelle a todos, no creo que el mundo se fuera a perder mucho si no estuvieran estos individuos..., y al menos si vivivrian tranquilas muchas mujeres y niñas y niños.
ResponderEliminar¿A que sí? ¿Y te has fijado lo curiosa que es la chica? ¡Ha puesto un lazo en el gancho! Así queda más mono.
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