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jueves, 1 de octubre de 2026

Un coro para no estar solos

Reflexión a partir de la «Balada para los poetas andaluces de hoy», de Rafael Alberti

Hay preguntas que esperan despertar a quien las escucha y no aguardan respuesta. Cuando Rafael Alberti, desterrado al otro lado del océano tras la guerra que nos partió en bandos, preguntaba qué cantaban, qué miraban, qué sentían los poetas de su tierra, estaba tomándole el pulso a un tiempo que empezaba, ya entonces, a enfermar. Y lo que encontraba era un silencio inmenso alrededor de la voz. El poeta cantaba, y el canto parecía volver en los ecos de un país deshabitado; miraba, y todos los ojos  eran opacos; sentía, y en su pecho anidaba, abrazada al silencio, la incomprensión. La pregunta de fondo era espantosa en su sencillez: ¿dónde están las personas? Sus cuerpos abundan, sí, pero las personas: las que se rebelan y se permiten herir por lo que ven. Las que reconocen en el dolor ajeno una carta con su nombre en ella.

Setenta años después, lozana, la pregunta solo cambia de dirección. Las voces abundan —jamás hubo tantas— pero escasea la escucha. Nunca antes supimos tanto del sufrimiento del mundo y solo ahora  nos roza tan poco. Hemos perfeccionado una forma inédita de ceguera: la que mira sin pestañeo a través de una pantalla mentirosa.

El "Ensayo sobre la ceguera" de Saramago sería premonitorio si hubiera sido el único en la tierra en pronunciarse. Y ese es el problema: en nuestro interior lo compartimos, pero no alzamos la voz para denunciarlo.

El dolor nos llega en tiempo real y en alta definición, y precisamente por eso resbala: convertido en contenido, comprimido entre un anuncio y una trivialidad, un bombardeo dura lo que tarda el pulgar en deslizarse. La compasión es un músculo, y se atrofia tanto por exceso de estímulo como por falta de uso. Así caminamos entre náufragos con la serenidad de quien atraviesa un decorado: el anciano que lleva semanas sin oír su nombre en boca de nadie, la mujer que llora en el andén, el niño que alcanza una costa inesperada. Vemos el dolor tras el cristal de nuestra cámara Gesell, con sensibilidad atrofiada: un ver sin ser vistos. Esa es la soledad que el poema presentía: la voz fuera del coro en un mundo con los sentidos apagados.

Donde se apaga la sensibilidad, además, la memoria se seca. La desmemoria es el combustible del descuido que favorece la repetición. Cada guerra comienza en el punto preciso donde termina el recuerdo de la anterior. Europa juró sobre sus propias cenizas que nunca más, y bastaron dos generaciones para que el vocabulario del odio regresara con ropa nueva: el otro convertido en plaga, la frontera en trinchera, el algoritmo en megáfono de la rabia. Volvemos a escuchar la vieja música —esa deshumanización que precede, siempre, al exterminio— y la tarareamos distraídos, como si no supiéramos ya de memoria cómo termina. Guernica no fue la advertencia de un siglo: fue la radiografía del corazón humano en el instante en que decide dejar de sentir. Y la espiral del odio no gira sola; gira porque la empujan, cada día, millones de pequeñas renuncias a conmoverse.

Pero la balada de Alberti no termina en esa tumba: gira sobre sí misma, se pone en pie. En su tramo final, el poema pasa de preguntar a ordenar: alzar la voz, alzar los ojos, alzar el latido. Y promete con la desesperación de quienes aún aman: que quien se alce descubrirá que nunca estuvo solo; que hay oídos aguardando, miradas que buscan, sangre latiendo con sangre de perfectos desconocidos, pero al mismo compás. La soledad, viene a decir, es un espejismo de quienes la imaginan necesaria para sentir. Y remata con una lección que remueve los cimientos más profundos: la hondura del poeta no se vislumbra en el encierro de su cripta; el canto solo alcanza su fondo verdadero cuando sale a la intemperie y se hace de todos. La hondura no es un pozo: es un cielo abierto, compartido.

La historia, además, quiso darle la razón de un modo casi milagroso: aquellos versos escritos en el destierro, en la más completa soledad, acabaron convertidos en canción por el grupo Aguaviva, que los llevó a las radios en los setenta. El poema, coreado en un país amordazado, preguntaba si quedaba alguien. Y fue respondido por una multitud. Ninguna soledad es definitiva mientras alguien se atreva a cantar más alto que su miedo.

De esa certeza nace nuestra tarea. A las personas sencillas y razonables —que son más, muchísimas más de lo que el ruido permite creer— hay que decirles: vuestra compasión no es ingenuidad; es la última tecnología que nos queda para no despeñarnos. Ejercedla con el empeño del oficio bien hecho, a diario y en lo pequeño: en pronunciar el nombre del vecino, en la escucha sin prisa, en la negativa serena a repetir la consigna que deshumaniza. Sentir ya es resistir; nombrar el dolor ajeno es una forma de amor político.

Y a quien vive atrincherado en el fanatismo —porque también a él debe llegar este canto, o no será el canto de todos— hay que hablarle sin desprecio, que es justamente el idioma que su odio necesita para justificarse. Decirle: el odio te prometió una patria y te ha construido una celda; te prometió hermanos y te ha rodeado de centinelas. Debajo de tu certeza de hierro hubo un día un niño que lo sentía todo, y esa puerta no se ha cerrado. Nadie regresa de la rabia a través de la humillación; se regresa cuando alguien, desde la orilla de enfrente, se obstina en seguir viéndote humano. Ser ese alguien es hoy la forma más alta de la valentía.

Porque esto, y no cualquier libertad disfrazada, significa saber elegir. La historia no es una rueda que gira sobre nosotros: es una encrucijada que se abre ante cada generación con la misma pregunta entre las manos. No estamos condenados a la espiral; estamos tan solo tentados por ella. Y contra esa tentación existe un acto tan antiguo como la humanidad: elegir mirar, elegir escuchar, elegir que el dolor del otro nos concierna. Cada gesto de atención es un arma menos en todos los arsenales para la próxima guerra y un motivo menos para alimentarla.

Que este sea, entonces, el destino del poema entre nosotros: dejar de ser pregunta para volverse coro. El coro no exige voces iguales —las necesita distintas—; exige una sola piel erizada en cada cuerpo y la decisión de disfrutar unidos su canto.

Estuve en un coro, me costó mucho aceptar ser solo uno más, pero aprendí que sumar o restar una sola de nosotras no lo hacía menos, que, respetando nuestros tiempos, limitando e imitando el volumen, callando a una y gritando a un gesto, éramos poderosas. Fue hermoso mientras duró.

Alcemos, pues, la voz hasta comprobar que alguien escucha; levantemos los ojos hasta sentirnos mirados; dejemos que el corazón suene tan fuerte que nadie, en ninguna orilla, pueda ya creerse solo.

El mundo se sostiene cuando, aun pensando diferente, nadie sufre sin testigos ni ama sin compañía.


¿Qué cantan los poetas andaluces de ahora?

¿Qué miran los poetas andaluces de ahora?

¿Qué sienten los poetas andaluces de ahora?


Cantan con voz de hombre, ¿pero dónde los hombres? 

Con ojos de hombre miran, ¿pero dónde los hombres?

Con pecho de hombre sienten, ¿pero dónde los hombres?

Cantan, y cuando cantan parece que están solos.

Miran, y cuando miran parece que están solos.

Sienten, y cuando sienten parece que están solos.


¿Es que ya Andalucía se ha quedado sin nadie?

¿Es que acaso en los montes andaluces no hay nadie?

¿Que en los mares y campos andaluces no hay nadie?


¿No habrá ya quien responda a la voz del poeta?

¿Quien mire al corazón sin muros del poeta?

¿Tantas cosas han muerto que no hay más que el poeta?


Cantad alto. Oiréis que oyen otros oídos.

Mirad alto. Veréis que miran otros ojos.

Latid alto. Sabréis que palpita otra sangre.


No es más hondo el poeta en su oscuro subsuelo

encerrado. Su canto asciende a más profundo

cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres.


martes, 1 de septiembre de 2026

Yo tenía... no sé qué

"Aunque el mundo esté lleno de sufrimiento, también está lleno de personas que lo superan."

— Helen Keller

Yo tenía el dedo en un dedal. Era escaso para culito de vino.
Ancho para un ser infantil y perfecto para firmar en puntos un quebranto.

El dedo pregunta por el tamaño de lo que atraviesa.
La travesura no sabe ser discreta, es así, lo son los años.


Hay quienes aterrizan en el mundo con la piel donde debería ir el uniforme, el disfraz inverso.
Cada vibración percibida, una confusión pequeña, una pregunta sin efectuar.
Cada mirada ajena, un peso incógnito con raíces de alien, el pasajero más cercano.

El mundo nació igual para muchos y de a pocos se fue diferenciando en capas. Ir adaptándose fue la misión de esos pocos.
Lo recorremos a lo Ricitos de Oro, abriendo las escotillas al revés y sacando los pies de las alforjas para dormir en camas que nos vienen chiquitas o sin saber cómo encaja un cuerpo pequeño en superficies inadecuadas.

Nos dan plano y manual en idioma georgiano, siendo naturales de Tudela.


Me he comprado una nave con hangar espacial industrial. Pagar a plazos es una ventaja contractual. Nuevos mundos considerales a mis extraordinarias capacidades, preparadas las estrellas, sobrevolaré vuestras órbitas a ratos y con ellas me miraréis.

Mas mirad a lo alto, a lo ancho o a lo ligero: lo mismo da que me tiene siempre que ampliéis la manera de mirar.

Exclusivo, niño con nave especial considerable, industrial y con saltos portal a portal.


Mi precioso transporte a los sueños se convirtió en el primer Transformer del mundo, difícil de manejar, inabarcable, bloqueado en una cabina de camarote oscuro y triste, donde las lágrimas caían, sssshh_!
sssshh_! y más sssshh_! hasta mis pabellones deportivos en lo auditivo y sensorial.


Alguien, en lugar de ser refugio inter-mundos se convirtió en primera lección terrenal. La que el cuerpo aprende antes que la mente: peligro marciano con cara reconocida, que el amor y el daño pueden llegar de la misma mano, que mano sin "m" no es mano y sobrevivir suena a moco de bebé caprichoso.

HEY BRO ! Despierta! SSSSHHHH__!
¡Cuidado, nos atacan!, algo o alguien se ha colado en la nave!

Jugarrrr, jaguarrr, grrrrr, mmmm, frisssss, frassss
Por aquí, por acullá, todo vale, nada vale lo demás.

De la mano de inocente grumete, un agujero negro quiere aplastarnos en su gravedad inmensa.
Motores a toda vela, abre, la ventanilla no se abre, cierro, no podrá pasar a mis dominios fractales, los desechos en la compuerta, el misil no la derriba.
"EMPUJAAAAA!" se dicen la cosas, que son varias, de hierro, con hidrosferas de emulsión a látex.
"No puedooo" respondo, no resistiréeeee, pero resisto.


Mis tías encogieron, no se cómo, sus hombros, cuando el infante tripulante se negó a estrenar la prenda de baños luz.

Las vi mirarse a los ojos, no a las órbitas lunares, a los puros luceros tragaluces, extrañadas. Robaron mis condecoraciones y, degradado, obedecí y les di mi piel, codiciada piel con cositas de nene.

Qué inocente.

Los profes también eligieron encoger las complicaciones, cuando este peque no quería jugar con los otros mequetrefes.
Fría columna de piedra, inamovible pierna, segura frontera, rugoso paraguas contra la tormenta.
-¡OIGA! ¡SU HIJO NO JUEGA!
-Habla cucurucho que no te escucho

Más fácil acudir a mi y preguntarme si sujetaba la columna, reírse del astro y del nauta que aún buscaba sus sueños en la tierra prometida.


Hubo años en que el cuerpo se convirtió en el único territorio donde ejercer soberanía.

Decidir cuánto. Decidir cuándo. Decidir si.

Porque cuando las aristas del dolor no cortan lo bastante, uno aprende a sacarles filo.
El tentáculo de roca guiada rompiendo mi lisura, el hambre de víbora su idioma y yo, incrementando en callados mi patrimonio.


Pa' patria papá. Loconel Coward y, a sus órdenes locas, Madson el hijo.
Quedó eso como ecolálico adjetivo, despectivo, dejando clara su espesa ligereza vocal.

Mamá, Killer Hider Mom, ¿no te acuerdas, hija, de aquel olor a humanidad? Lo dijiste.

Lo dijiste, cuando él quiso abrir. Cuando él, tu favorito, resolvió el cerrojazo sabedor de lo prohibido.
Tu machote ibérico cerró y abrió y, entonces fue cuando lo dijiste.

Nuestro cuarto cerrado,
la ventana abierta y las verdades,
salieron volando a ciencia cierta.
¿Verdad, mamá, que tu antifaz impedía saber nada de nada?


Este antiguo pensamiento de diluir mi estrella en el espacio exterior es antiguo, sinónimo de infantil, chocante figura menguante, estacional, difusa y otra vez creciente.

Ese pensamiento tan frecuente y buscado durante aquella adolescencia, Toc-Toc, llamó a la puerta de mi nave:
-Abra usted, salga de su cavernícola chatarra espacial, disfrute de un simpático pozo negro en el estómago.

Ya sin combustible, oxidada, el panel de mandos dibujado en un papel perdido entre papeles, no olvidado pero si apartado, se fue consumiendo entre el polvo de los cementerios altos de un armario.

Ese vacío extensible vuelve de entre los vellos de mi bigote, traicionero, sin saber qué curvatura espacial escogió para alcanzarme.

Los que han estado ahí saben de qué va la vaina. De querer marcharse si con eso, lo que sea, se calla el ruido hacia adentro, se apagan los quejidos y sus lamentos.


Mi cuerpo se queda como si nada.
Nada lo altera ni se muere.
No flota ni navega.
Pierde energía.
No pasa de sólido a gusanoso.
Mi cuerpo es la nada
en una espera interminable.

Al principio creí en una nova estelar, repentina como el lugar exacto donde uno acostumbraba mirar.

Brillaba y, en su fulgor, incluso en un solo reflejo, la noche era innecesaria.

Al final se trataba tan solo de un sencillo esquema con algo de ternura, pizcas de esperanza, y esa costumbre tan humana de confundir oscilación con permanencia.

Mi estrella era negra, con geometría y densidades cósmicas. De su oscuro nada podía escapar, solo permanecer apretado en una asfixia, inaccesible al juicio.


Los poetas, sabiéndolo, escriben sin márgenes, a lo largo de la secuoya, entre los húmedos pliegues de sus cortezas.

Porque han visto estrellas apagarse mucho antes de que el cielo lo admita.
Porque conocen el momento exacto en que una ilusión sigue brillando aunque ya no exista.

Y porque alguna vez, mientras todos miraban hacia arriba, ellos sintieron romperse el firmamento.


Mi tiempo, aunque infinitesimal a escala planetaria, vence.
No que se rinda, sino que va terminando, alejado de su comienzo.
Perdida la capacidad, la memoria, consumidas las ganas, pasada toda hambre, quería contar lo que  aún tenía. Yo tenía... pero no sé qué era.

No espero recuperar aquel vehículo interestelar.
No veo más estela que la del dolor ciático en la fisio,
de cerca por los ojos secos del Sjorgen y,
de lejos, por la visión de un viejo miope.
No tengo noticias de, ni nostalgias por
aquella, mi antes y solo por entonces querida,
bonita nave espacial.

sábado, 1 de agosto de 2026

La soledad universal

He visto Pluribus, temporada uno, con mucho interés porque representa algo que rara vez aparece en la ciencia ficción: la soledad universal (versión 2.0).

No la soledad de alguien aislado, sino la de quien no forma parte del grupo.

Refleja cómo se vive pareciendo igual que otras personas, sin conectar con ellas ni lograr que compartan tu punto de vista.

Es la despersonalización escenificada en un ente que suma a todos los individuos.

En una sociedad así, muchas de las cosas que hoy ordenan nuestras vidas perderían sentido.

Y quizá no sería tan extraño. Ya vivimos en una época donde:

  1. la moda textil sirve para diferenciarnos de lo que gasta la vecina, aunque la fábrica produzca miles de copias idénticas;
  2. la moda quirúrgica promete perfección corporal o facial hasta desembocar, a menudo, en una fealdad artificial;
  3. la moda mental convierte determinadas etiquetas diagnósticas en identidades deseables; lo que sea por la ansiada triple excepcionalidad y, si es posible, con privilegio bello.

¿Qué sería de nosotras si la conciencia colectiva dejase de ser una ficción?

Lo que perdería valor

cinco mujeres tomadas de la mano al atardecer

La belleza, la fama o el poder funcionan porque existen individuos separados que buscan reconocimiento, validación o influencia.

  1. La belleza, como jerarquía social, dejaría de servir para obtener amor, estatus o poder.
  2. El poder personal perdería buena parte de su sentido si el liderazgo fuese una simple función técnica.
  3. La fama y el prestigio serían sustituidos por una forma de reconocimiento compartido.

Lo que cambiaría de forma

dinero disolviéndose en la naturaleza

Otras estructuras quizá no desaparecerían, sino que adoptarían formas distintas.

  1. El dinero podría convertirse en un artefacto primitivo de intercambio.
  2. La competencia extrema cedería terreno a formas de cooperación más eficientes.
  3. El mérito dejaría de ser estrictamente individual para convertirse en un logro del conjunto.

Lo que sacrificaríamos

siluetas humanas transparentes compartiendo emociones

Porque la integración absoluta también tendría costes.

  1. La privacidad podría convertirse en moneda de cambio para compartir emociones y pensamientos.
  2. Las fronteras identitarias quedarían diluidas en una experiencia común.
  3. El miedo a la soledad desaparecería... pero también parte de la individualidad que hoy apreciamos.

Después de recorrer todas esas posibilidades descubro que me atraen muchas de sus consecuencias.

Me gusta imaginar un mundo menos obsesionado con la belleza, el prestigio, la competencia o las fronteras.

Sin embargo, hay algo que no consigo aceptar.

La desaparición del individuo.

Porque, a ratos, siento que soy una vela prendida al final de su mecha, en medio de una tormenta.

Una empeñada en consumir la cera que le quede con luz permanente, sin excesivas llamaradas amarillas ni agónicas flamas azuladas predestinadas al humo.

Quizá por eso me cuesta desear el mundo que propone Pluribus. Porque, aun sintiéndome aislado muchas veces, sigo prefiriendo ser una llama pequeña antes que desaparecer dentro de un fuego inmenso.

viernes, 31 de julio de 2026

Al envés de los verbos (6)


## VI. Lo entrelineado

El sobre de la notaría de allá estuvo una semana detrás de las botellas, y hubo que apartarlo cada vez que alguien pedía anís. Se abrió la cantina —panera, teatro... al caso era igual—, un jueves de octubre del diez, después de la partida, porque para las cosas graves este pueblo siempre ha preferido el mármol de las mesas al de los altares.

Anselmo el de Anselmo se puso las gafas, que solo se pone para el dominó y para las esquelas.

—«A los interesados» —leyó, y miró por encima del papel.

—Interesados somos todos.

—Habla por ti.

—Siempre hablo por mí. Por eso me entero de menos.

Vino el cura de guardia, que atiende además Masueco, Pereña y Cabeza de Framontanos y abre esta iglesia dos domingos al mes. Vino con sotana y no se la quitó en toda la lectura, que ya se sabe cómo se ponen estas paredes en octubre. Y se leyó lo que había: que Sagrario Gorjón Mieza, nacida aquí el tres de enero del cuarenta y cuatro, hija de Elías y de Basilisa, había fallecido en Bienne, cantón de Berna, el dos de octubre, y que dejaba un pliego escrito de su mano. Constaba unido un pliego anterior, sin fecha y por eso inservible, que se conservaba sin más valor que el de acreditar que lo intentó dos veces.

Entre uno y otro mediaban catorce meses. Nadie sabía aún, de los presentes, qué medían esos catorce meses. Ahora se sabe, y se deja medido: catorce fueron los que el cuarzo le dejó en blanco en la hoja de cotizaciones, y catorce los que tardó en atreverse a ponerle fecha a lo suyo. A esta mujer lo que se le rompía se le rompía siempre por el mismo sitio y con la misma medida.

Del segundo pliego, que es el que vale, se transcribió lo que hace al caso, y se transcribe otra vez aquí, con lo que entonces no se pudo poner: las caras.

«En Bienne, a 9 de marzo de 2009. Yo, Sagrario Gorjón Mieza, de sesenta y cinco años, en mi juicio, escribo esto de mi mano porque me han dicho que así vale.»

«Ítem. A Marie-Louise Perret, de esta ciudad, el piso de la rue Basse, lo que hay dentro, lo del banco y las pinzas Dumont del cinco, que son mías desde el sesenta y siete y no las ha tocado nadie. Ella me ha aprendido a respirar poco, que es lo que hace falta para el espiral y para lo demás. Hemos trabajado juntas quince años y hemos vivido juntas cuarenta y dos. No la he nombrado nunca delante de nadie de mi sangre. Que conste ahora, ya que no cuesta.»

Nadie preguntó en el bar quién era Marie-Louise Perret. Se entendió lo bastante para no preguntar y lanzar miradas de perfil a la del pelo colorao, que aquí la comprensión y la mala idea gastan el mismo silencio, y esa tarde, por una vez, el silencio fue del primer género. Herminia dijo «pues mira» y removió el café, y en este valle «pues mira» es una amnistía. El cura de guardia se miró las manos y siguió con la sotana, soltando los dos botones que le cortaban el aire.

«Ítem. A quien quede de Sebastián Cachón, el Zurdo, que estaba en Baracaldo y no sé si estará, veintidós mil francos. Que se los gasten en lo que quieran. A mí me consta por qué su padre no pudo volver a sujetar la garlopa. No me pidan que lo escriba aquí: lo he escrito ya, y va aparte.»

Uno de los viejos se metió las manos debajo de la mesa mientras se leía eso. No dijo nada. Aquí las manos se esconden solas y saben por qué.

Sebastián llevaba muerto desde el setenta y cuatro: doce años de Bilbao y un cólico miserere para rematar. Ella no lo sabía, y en eso este término y ella quedaron por fin en paz, que ninguno de los dos le contó nunca nada al otro. Lo aparte fue aparte, como ella dispuso: la notaría lo entregó en Baracaldo, en mano, a los nietos de Sebastián, que eran bisnietos del carpintero de las manos. Bajaron un mayo, tres, con pegatina de Vizcaya. No enseñaron el papel ni lo mentaron. Pagaron una lápida nueva para el bisabuelo, de granito de aquí, con dos manos esculpidas en hueco, abiertas, y se volvieron sin tomar café. La lápida está en la segunda fila del camposanto viejo. Quien pase, que mire las manos y eche la cuenta que quiera, que para eso las dejaron abiertas. Se supo que los niños nuevos, los de la casa rural,  escapaban las mañanas de hielo y sacaban cubitos tenebrosos con forma de manos. La infancia no conoce algunos límites y en sentido inverso, las infancias no deberían invadirse tampoco, que las edades a un lado y otros mandan, o deberían hacerlo.

«Ítem. A mi madre, Basilisa Mieza, le dejo los cuarenta y un años. Ella sabrá.»

Anselmo lo leyó dos veces. La segunda, más bajo, por ver si en la segunda cabía.

Al margen, de letra del secretario: «Cláusula ineficaz por premoriencia de la legataria, fallecida el 14 de junio de 1999.» El pliego es de 2009. No consta que lo ignorase. Constaba: la esquela le llegó doblada dentro de una carta de cuatro renglones sin firma entera, y la leyó de pie, junto al fogón, y dijo «Ya», y puso la mesa. Legar ausencia a una muerta es la única escritura que esta tierra enseña a otorgar del todo, y la enseña gratis, y no admite renuncia. Cuarenta y un años le habíamos arrimado nosotros la leña a Basilisa. Cuarenta y uno le dejó la hija. Las cuentas de esa mujer salieron siempre. Lo que no dijo el pliego, porque no hacía falta, es a quién le cargaba los intereses; y aquella pregunta de la cocina, la del puchero, la que se hizo al revés, quedó al fin contestada por el procedimiento de no contestarla: ella sabrá. Sabía.

«Ítem. Los tres bancales del pago de la Peña Escrita, con sus olivos y la caseta, a quien los quiera, con una sola carga: que no los poden. Que se hagan acebuche. Ya está bien.»

Alguien se rió al fondo. Fue una risa corta, y fue del lado de ella, y en esta panera con pretensiones de bar no se había reído nunca nadie de ese lado.

La carga modal se hizo constar. No es exigible por persona alguna. Los bancales se podaron a la primavera siguiente, por decoro, y el que subió con las tijeras bajó diciendo que aquello no era poda, que era peinar a un muerto. El decoro duró una poda. Desde entonces no ha subido tijera a la Peña Escrita, y aquello va cerrándose en acebuchal bravío donde crían las rabilargas y no entra nadie, que era exactamente el testamento: tres bancales desobedeciendo a este pueblo a perpetuidad. Ya está bien, dejó dicho. Pues ya está.

«Ítem. A la parroquia, un sobre lacrado que va con esto. No es dinero. Que lo pongan en el sagrario, con lo demás que hay ahí, y que no lo abran, ni el cura, que esté ahí presente y callado y no haga falta decirlo nunca más, que es lo único que he pedido en mi vida y lo pido ahora que ya no molesto, y si alguno lo abre que no me lo cuenten, que ya no estoy, y si no lo abren tampoco me lo cuenten, no me contéis nada, no me contéis nada nunca.»

Herminia se levantó y fregó una taza que estaba limpia.

El sobre está donde ella dispuso. Nadie lo ha abierto. Conviene precisar que nadie lo ha intentado. Hay quien comulga de medio lado, por no darle el frente al sagrario, y a eso en el catecismo no le han puesto nombre todavía: la fe, en este pueblo, siempre ha consistido en saber con exactitud dónde no mirar.

«Ítem. De mi cuerpo no dispongo. Que decida quien esté delante.»

Firma entera, con los dos apellidos.

Estaba delante quien había estado siempre.

Decidió el fuego, y luego el jardín del recuerdo del cementerio de Madretsch, que es común y no lleva nombres, y que era, de las dos maneras que hay de no volver, la que ellas tenían habladas: la limpia. Lo hablaron años antes en la cocina, con un reloj abierto encima de la mesa, y no les llevó una tarde: les llevó lo que se tarda en decir dos frases y seguir cenando. En el certificado previo se hizo constar presbicia y retracción palmar bilateral, frecuente en el oficio de limpiar también. Como manejar minucias o agarrar palos de fregar y barrer, recibir palos en el alma por fuerza ha de encogerla, y más, siendo de criatura. Y nada menos ni nada más. De lo demás que traían aquellas manos no entiende la medicina, que tampoco es su negociado y por eso lo cuento yo, que me bastan dos luceros para verlo.

La adveración exigía cotejo con documentos indubitados, y en este término no había ninguno: en cuarenta y ocho años no escribió una línea a nadie de aquí, y aquí nadie guarda lo que no le mandan. Hubo que ir juntando tres, y los tres, mírese como se mire, los guardaron mujeres.

El primero salió de un archivo: su expediente del Instituto Español de Emigración, Salamanca, 1963, con firma al pie y huella del índice derecho, y los sellos de las dos únicas temporadas que pasó en la pensión Aránzazu, de Irún, que ya quedaron contadas, y a qué distancia, y por qué no se anduvo.

El segundo salió de un misal. Fue al vaciar la casa, en el noventa y nueve, y no lo buscaba nadie: se cayó al levantarlo, como se caen esas cosas. Una estampa de Primera Comunión de mayo del cincuenta y cuatro, dedicada al dorso con letra de diez años, que ponía «Para mi madre» y debajo el nombre entero, sin una falta y sin un temblor, que a los diez años esa palabra se escribía de un tirón. Estaba en la página del Jueves Santo, que es la noche del prendimiento. Se incorporó en calidad de documento indubitado y no se hizo constar otra cosa, aunque otra cosa hubiera: que Basilisa, que no guardaba nada, guardó eso, y lo guardó ahí, y en tantos años no se lo dijo a nadie, ni a su hija cuando pudo.

El tercero salió de una caja de latón. El cuaderno de caligrafía del curso cincuenta y tantos, que salió de aquí en febrero del sesenta y cuantos dentro de una maleta atada con una correa de petaca, se estuvo por siempre en aquella caja, los que ella vivió con él a mano y sin abrirlo, y volvió mucho después en un tren y en mi regazo, porque no quise facturarlo: la lista de los reyes godos copiada siete veces, de Ataúlfo a Rodrigo, sin una falta, y en la penúltima hoja el renglón tachado que atraviesa tres hojas.

El perito era un hombre de Salamanca, joven para lo que uno se figura, con las uñas comidas y unos guantes de algodón que se ponía para tocar el papel y se quitaba para escribir. Trabajó en una mesa con flexo, junto a la ventana. Puso el cuaderno a contraluz, pasó el calibre por encima del tachón sin apretar, como se pasa la mano por una frente, y dijo lo que dicen los que no saben lo que tienen delante:

—Qué letra más bonita para diez años.

—Trece —dije yo.

Midió la tachadura —tenía el ancho justo de una palabra corta—, la consignó como rasgo idiosincrásico de presión coincidente con el pliego de 2009 y la tuvo por refuerzo del dictamen de identidad de mano. Debajo no se leyó nada. Tampoco se intentó: no era el objeto de la pericia. Cinco letras cabían. Este texto no afirma cuáles.

Yo estaba delante y no pregunté. Dos palabras me cabían en la boca. Me cabían de sobra.

Este relato se limita a recordar que este pueblo tardó ocho años en poner por nombre a un hombre lo que una cría de trece había escrito y enterrado en un cuaderno, y que cuando el pueblo por fin lo dijo creyó que lo inventaba. No se inventa nada. Se desentierra.

El dictamen concluyó que la mano de 1957 y la mano de 2009 son la misma mano. Su sintaxis la desmentía; la letra la sostuvo. Por auto de 4 de noviembre de 2011 se declaró el pliego escrito y firmado por la causante y se mandó protocolizar. Queda así acreditado, con eficacia frente a todos y por resolución firme, que la niña que copió siete veces a los reyes godos y la mujer que murió en Bienne eran la misma persona. Es lo único que ha quedado probado. Es, en rigor, lo único que alguien pidió que se probara.

No consta lo demás. No consta un pestillo engrasado sin que nadie lo pidiera. No consta una silla de anea arrimada del lado de fuera de una tapia. No constan diez dedos estirados uno a uno todas las noches, sin conversación, durante incontables inviernos. Nada de eso se protocoliza en ningún sitio. Todo eso pasó, y pasó más rato que lo otro, y a la hora de contar los años de esta mujer conviene tenerlo en la mano, que si no salen las cuentas cortas y salen mal.

Devuelto el cuaderno por el juzgado, no se supo qué hacer con él, que es lo que aquí pasa siempre con lo que vuelve. Está en la escuela, que hoy es centro social y tiene máquina de café y wifi los días que hay, dentro de una vitrina con otras dos cosas y sin un cartel que explique ninguna.

La pesa grande de la báscula del concejo, hueca, que alguien guardó por vergüenza o por trofeo, y de eso ya nadie se acuerda.

La libreta de hule negro de la Bebé, atada todavía con su goma de petaca pelada, que la fundación depositó allí al comprar la casa grande, y que está abierta, porque abierta la dejó el que la puso, por el asiento de octubre del cincuenta y cinco: con fecha y hora, un guarda cruzando el puente con un perro canela atado corto, anochecido, y no consta más.

Y el cuaderno, abierto por la penúltima hoja.

Tres objetos y una sola pregunta, que es la de estas páginas enteras: cuál de los tres está hueco.

La vitrina la pusieron en la pared donde estuvo el estrado.

Una cría me preguntó el invierno pasado, haciendo los deberes con el abrigo puesto, qué era aquello del cristal. Le dije que un cuaderno. No mentí. Se me han pasado cincuenta años aprendiendo a decir primero la verdad, sin dejar hueco a la mentira.

Un mayo de después vino en el coche de línea una extranjera mayor, derecha como un minutero, con un transistor pequeño en el bolso y las manos encogidas hacia dentro. No preguntó por la casa, ni por la tumba de Basilisa, ni por nadie, y tardé un rato en entender por qué: no le hacía falta. Se sabía este pueblo mejor que nosotros. Se lo habían contado de noche, en voz baja y en una cocina años enteros y seguidos, que es la única manera en que este término se ha contado nunca así.

Preguntó, en un castellano oxidado:

—¿El olmo?

La subimos Herminia y yo, despacio, por la sombra, parando dos veces sin decir que parábamos. Me dio el brazo en la última cuesta. Tenía la mano igual que la tenía ella, los dedos curvados hacia dentro como si guardaran algo, y yo, que no he tenido nunca las manos así, las llevé un rato como si las tuviera.

La guía verde estaba en lo suyo, sin permiso de nadie, como todos los febreros y ya, por lo visto, también los mayos, estos al menos con motivo. La extranjera la miró un rato largo y dijo algo en lo suyo, bajito, que no entendimos y no pedimos que nos tradujera, que hay cosas que traducidas restan fuerza y no es justo.

Le saqué yo la silla de anea y se la puse junto a la tapia, del lado de fuera. Ahí mismo me la pusieron a mí tres veranos, sin que yo la pidiera y sin que nadie la mentase, y en tres veranos no me senté una sola vez. Aquella silla estuvo esperando medio siglo a que alguien se le sentara encima. Se sentó una suiza. No fui yo.

Se acomodó despacio, la silla crujió un lamento, miró hacia el palacete, que ya es biblioteca, y dijo:

—Aquí se oye bien.

No supo lo que había dicho. Yo sí.

Cincuenta años he tardado en devolver una silla. Es lo único que he devuelto en mi vida, y ni siquiera se la devolví a quien me la puso.

Las tres del lado de fuera, y ninguna supo de las otras. La suiza, que no ha pasado una tapia de este término en su vida. Yo, que tuve la silla tres veranos y no me senté. Y la que miró de noche, desde el camino, con la maleta atada, y ya no soltó palabra; más corta imposible.

Y a la caída del sol la mujer encendió el transistor, poca cosa, una música que no era de aquí, que subía y bajaba como respiración de otro, y por primera vez en la historia de este término la música bajó del alto hacia los tejados en lugar de subir desde el palacete, y los tejados, durante una tarde entera, fueron solamente tejados.

Mientras sonaba, ella se estiraba los dedos. Uno a uno, sin forzar, con la mano buena tirando de la otra y luego al revés. Lo hacía sin mirárselos, mirando al valle, como quien reza lo que tiene aprendido. Herminia se lo iba a decir y le apreté el brazo. Tantos años estirándoselos a otra y ahora se los estira ella sola. Eso no lo pone en ningún papel de los que llevo citados y es lo único de todo aquel mes que no he podido quitarme de encima.

De la niña de la Bebé se supo lo que quiso saberse, que fue poco y llegó tarde: que en la fundación, desde el año que faltó el ama, las cartas de las becas las firma una letra menuda que nadie de aquí ha sabido poner cara; que a las crías becadas les añade una posdata de su puño que las madres no entienden y las crías sí, y que hay una que la lleva desde hace años en la cartera, doblada en cuatro, y ya se le está partiendo por el doblez; y que en el archivo de la fundación hay un expediente antiguo, de los primeros, donde un nombre está tachado con regla y otro escrito encima con letra de contable. Vale lo entrelineado. Por una vez, algo tachado que descansó.

Y queda por enmendar este documento en tres particulares, y se enmiendan todas, que para eso se ha llegado hasta aquí.

Primera enmienda. Se escribió en el capítulo tercero que en el alto había una cría de ocho años despierta a horas en que aquí no hay nadie despierto, y que vio lo que vio sin saber qué veía. Era yo. Vi luz en el palomar de la casa grande fuera de horas, y vi salir por la trasera una figura pequeña que se paraba en cada esquina antes de doblarla. Tenía ocho años y no supe qué veía. Lo supe de golpe a los veintiocho, un día cualquiera y sin venir a cuento, con veinte años de retraso, que es como se entienden aquí las cosas. Y con veintiocho años y entendido del todo, tampoco lo dije.

Segunda enmienda. Se escribió que nadie la vio marcharse aquel martes de febrero pero si una cría de catorce años a la que su madre acababa de levantar para el ordeño, y se escribió en tercera persona, que es el disfraz más barato que se vende en este término. Era yo también. Vi bajar por el camino a Sagrario, con la maleta atada con la correa de una petaca de su padre y el vaho por delante y diecinueve años que partían el suelo de tanto peso. Vi a los dos que aguardaban en la revuelta cuando aquí no aguarda nadie. Y al pasar el alto levantó la vista un momento, uno solo, más arriba de todos los tejados. Más arriba estaba mi ventana, y yo detrás de ella con el candil encendido, y no lo apagué, y tampoco abrí. Tenía la mano en el pestillo. Estaba frío y no lo corrí. Años después, en otra casa, otra mujer engrasó uno para ella. No es lo mismo.

Me he pasado medio siglo poniéndole a aquella figura un gesto que desde tan lejos no pude verle: el de sacudirse las zapatillas en la última linde, para no llevarse de aquí ni el polvo de los caminos. No sé si lo hizo. Sé que se lo tenía ganado. Y sé que inventármelo ha sido mi manera particular de hacer lo que hace todo el mundo en este pueblo, que es rellenar con lo que uno lleva dentro.

La tercera la pido yo. Agosto del sesenta y cuatro, la lumbre de mi padre, la palabra de mi hermano. Me reí la primera. Sabía desde los ocho años lo que sabía y me reí de un hombre porque se había cagado de miedo delante de un toro. Eso fue todo lo que este pueblo le cobró, y yo cobré con él, y he estado cómoda medio siglo dentro de aquella risa.

Escribí cuatro renglones en el noventa y nueve, con la esquela dentro, y no firmé entero, que hasta para eso me sobró cobardía. Después tardé doce años en coger un tren, y cuando lo cogí ya llegaba tarde para lo que iba: la que me esperaba sentada, con un reloj abierto encima de la mesa, era la otra. Y el que preguntó, cuando por fin se preguntó, no era de aquí: era el que vino de la ciudad, mi marido, que no sabía que aquí no se pregunta. Lo preguntó de pie, con el abrigo doblado en el brazo, mientras yo recogía las tazas por no estarme quieta. Preguntó una sola cosa y se calló lo que quedaba de tarde. Cuarenta y ocho años sin que nadie preguntase, y ella empezó a contestar antes de que él terminara.

No dije adiós. No dije nada, y llevo medio siglo escribiendo «no se dijo nada» porque en plural se miente mejor y sale más barato el reparto. Que conste ahora, ya que no cuesta. Costaba entonces. Ese era el precio, y lo pagó ella sola, y aquí seguimos discutiendo en el bar si somos los interesados.

Teníamos escrito perdonarla. Cincuenta años ensayando una escena de mayo, con las fiestas y los coches en la plaza, y en la escena la perdonábamos nosotros a ella, sin aspavientos, sin reproche. El papel se ha quedado viejo y en el reparto ya no queda nadie con cara.

El nombre no lo pongo. Escribí que no quería decirlo aunque bien lo sabía, y era verdad por partida doble. No lo callo ya por esconderme: lo callo porque el nombre que le hacía falta a estas páginas era el otro, y ese sí está escrito entero, con los dos apellidos, en un pliego de Bienne y en un auto de un mes concreto. Con uno basta. Nunca hubo sitio aquí para dos.

Las dos acabamos contestando en dos palabras, y no fue por lo mismo. A ella la callaron: tenía voz, llevaba el tiple sin esfuerzo, y dejó de llevarlo a los trece por lo que le hicieron en un palomar. A mí no me quitó nadie nada, porque no había qué quitarme: se me atrancaba Chindasvinto y una maestra hizo el resto delante de todas. Pero bien mirado, me quitaron los cuidados y el cariño de unos padres para que Enriqueta perdiera la diana fija y me enviaron a Salamanca siendo niña. Lo de ella fue un robo. Lo mío venía de casa y me sacó de casa. Medio siglo he tardado en no confundirlo, y aquí lo dejo sin confundir, que bastante he mezclado ya en estas páginas.

Escribo, pues, lo mío, que es de dos palabras, porque en dos palabras no hay dónde atrancarse. Eso me lo enseñaron a la fuerza en aquel estrado, y es lo único que aprendí bien allí, de estos ojos, en una memoria infalible y la humildad de compaña:

Sagrario, perdóname.

Lo tachado, no vale, y, al envés de los verbos, asoman honestas las verdades que más duelen.