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viernes, 23 de enero de 2026

Mermelada de oro



Mermelada de oro, acto de amor:

dos se meten en el mismo meteoro,
se hacen costumbre en la costura del sí,
y el sol, celoso, se queda sin palabra
mientras fermenta la mañana.

Yo, en medio, pongo un lugar:
lo mido, lo marco, lo aseguro,
lo coso con líneas torcidas.

Domingolandia:
una tierra de “sí, pero no”,
con estatuas cupidas, totalísimas,
como si el deseo tuviera uniforme.

Cree en el templo.

El mundo se sienta —mansito—
y no se te cae la nube encima.
Escucha el círculo:
da vueltas con disciplina.
Mira el triángulo:
te habla con tres bocas a la vez.
Todo se mezcla en un filo suave.

Y mírame esto:
la sensación ya no aclara,
no “dice”, no “explica”:
tiembla.
Y llora hacia adentro.
Y se hunde, gramando,
hasta el núcleo.

Traigo nuestra albura en cuartitos:
un cuadrado, una cuadra, un cuadro.
Y el mismo amor vuelve a ponerse el mismo traje,
y tú lo ves
como si fuera la primera vez.

No te puedo “desplegar” en otro sitio
sin que se me desordene el pozo.
Hago hélices con lo poco que tengo.
Cuento “cuántos” de ti caben en mí…
y siempre me da demasiados.

Bailes, fiestas inmortales:
yo no soy capaz de roer el sol
y luego llevarlo en un papel
sin que se me rompa la boca del tiempo.
Espinas por todas partes,
en el término, en el borde,
en cada día que se me clava.

Me gustaría decir:
“lo mismo, lo mismo”,
como si la cosa fuera simple,
como si la manzana obedeciera.
Pero Amrit Khurana no anda “en lo llano”:
anda en lo lando,
donde el suelo es palabra inventada.

A ratos el tiempo hace “quechero”:
suena raro,
y de pronto el pasado vuelve a empujar.
Todo, todo pasto:
y el pastor también era pasto.
Y yo, ¿qué soy?
Lo intento con vidrio pintado,
con alas hechas de papelitos.

Los nombres no nombran.
Los nombres se atascan.
Lo que entra se vuelve estatua por dentro.

Y entonces:
se sienta la curva,
resbala en mi lado,
y me supera la mente.
Me supera y me deja una disfranza:
una distancia con disfraz
que no sé quitarme.

Se vuelve confianza torcida:
un crónico, un incorrecto,
una máquina que opera
entre otros cuerpos.

Y sale la lista del cuerpo:

Arrastra.
Amasa.
Dificulta.
Llora.
Orina.
Sabe a sal.
Se cansa.
Se astilla.
Golea.
Cabecea contra un borde sin borde.

Y vuelve:
vuelve, vuelve,
poco a poco…

Se va desvaneciendo,
como si la luz se cansara,
como si el color dijera:
“hoy no”.
Y queda marchito.
Y aun así… queda.

viernes, 9 de enero de 2026

Las últimas horas de Merry Chainy

El Shenandoah no llega como un río joven frente a la casa de Merry. Allí, donde Virginia se vuelve más occidental, el río adquiría obligaciones de adulto empujando con paciencia, lijando piedras, transportando hojas viejas y juncos enfermos, sin estruendos. Aquella tarde, el agua repartía la luz en cartas  doradas desde su baraja superficial y por debajo... nunca se sabría sin sumergirse en ella. Desde la orilla más cercana, la casa se diría una caja de música por descubrir. Si llegabas a ella, pisabas el ñiqui, ñiqui de porche y reverberabas el criegg en la puerta, siempre encontrabas o la voluptuosidad aflautada de Dolly Parton, o los dúos de mamá Naomi Judd e hija Winona cantándole al tractor John Deere. Quizá entre ventana y ventana se colase algún Denver pidiendo volver a su tierra, al lugar donde pertenece.

Merry Chainy se negaba a mirar el río con lágrima de despedida. Últimamente lo observaba con la atención tranquila de quien ya agotó las últimas preguntas, para quien ya sobran las explicaciones.

La mecedora protestó al recibir su peso. Allí cada objeto hablaba sin tapujos. Ella se burló de ella, concéntricas pues, traduciendo el habitual crujido en la clásica broma entre ambas. Tenía sesenta años; en las manos, los nudillos marcados; en los hombros, una forma de cansancio mecida más hacia fin de jornada que hacia cualquier otra cosa.

Dentro, la radio soltaba otra canción vieja de una emisora local. Muy bajita. Nunca la subía demasiado al atardecer; decía que si la música te grita, te tachunda o te bumba-retumba, acabas igual de vacío que sus repetitivos tambores. Y ella no estaba dispuesta a perderse el sonido del viento, del pico cantor o el run run del coche que perteneció a Philip Morgan, a lo lejos, ahora en manos de su hijo.

En la mesita del porche había dos cosas: una taza con café aún caliente y un sobre con el nombre de Sophie escrito despacio, letra fluida a lo Mary Shelley, cada curva con una pizca de melancolía, cada trazo con la fortaleza que siempre la acompañó.

Su hija Sophie vivía en Maine desde hacía años. Al principio habían sido los estudios: un máster a medias con un trabajo, luego el otro máster, después esa suma de días y micro dependencias que tratan engrilletarte al lugar. La distancia solo silenció al padre, locuaz en intenciones pero con una lengua poco o nada parlante. Merry, al contrario, llamaba los domingos por la tarde, siempre a la misma hora. Y si no podía contestar, o tardaba más de lo común, entonces dejaba un mensaje que empezaba igual:

—Soy yo. Nada, estoy bien pero quería saber cómo estás.

Luego venía cualquier cosa: una nueva receta vegana, una ardilla que frecuentaba el cubo de basura, un comentario sobre el último enredo presidencial. Y al final, una propinilla materna:

—Te quiero. Llámame cuando puedas y comentamos. Besosss.

Ella guardaba aquellos audios como otros guardan cartas.

En Maine, esa misma semana, Sophie había apagado el portátil con rabia. Llevaba días intentando escribir sin que le temblara la garganta. Sarah había entrado en la cocina con un jersey viejo y el pelo alborotado, y le había besado la nuca con la naturalidad de lo cotidiano.

—¿Otra vez nada? —preguntó sin reproche.

Ella negó, apoyando la frente en la encimera.

—Me da miedo… fijarla. Fijarla en palabras.

Sarah la rodeó por detrás. Ella respingó rápido, como animal herido, pero aún así se dejó. Porque su pareja hacía del contacto un punto de referencia, un anclaje y válvula para aliviar la presión:

—No la fijas —dijo ella—, por lo que leo... permites que fluya contigo.

Ella se giró y la besó. Primero con urgencia y gratitud estilo “no me sueltes ahora”. Y Sarah respondió sin prisa, como si supiera exactamente dónde apretar y dónde aflojar para que volviera a respirar.

A veces el amor es eso: una persona que te devuelve al propio cuerpo.

Dos días después sonó el teléfono. Sophie vio “mami” y sus labios se arquearon hacia arriba antes de contestar, como si pudiera adelantarse al alivio.

—Soy yo —dijo Merry al otro lado—. Nada, quería saber cómo estás.

Ella sonrió. Sentía que aún podía hacerlo sin más.

Hablaron de nada importante, cuando todo lo es. De un vecino que iba a vender sus herramientas. De que el río venía alto. De que estaba comiendo bien (siendo mal la mentira piadosa). De que Sarah había conseguido entradas para un concierto en Portland. Merry preguntó por ella con calidez, nada de formalidad. La había querido desde la primera visita, cuando Sarah, sin conocerla, se puso a lavar platos y a desenvolverse en la casa como si la conociera mejor que su propia hija.

—Esa chica tiene buenas manos—comentó aquella vez—. Se nota.

Al despedirse, Merry respiró hondo. La hija notó un segundo raro, una pausa más larga de lo normal.

—Qué te pasa, te noto algo cansada mami.—la hija única parece extender su infancia desde pequeñas palabras, trucos entre madres e hijos únicos. Madres únicas de hijos diversos. Lo mismo da.

—Un poco. Pero qué quieres, ya voy para una edad...

Ella apretó el móvil contra la oreja.

—Voy este mes. Hago lo posible por ir, ¿vale?.

—Nah, no te preocupes por mí —dijo Merry—. Ven si puedes. Y si no, me mandas alguna fotuca, algún vídeo vuestro, que yo me hago la valiente si os veo juntas y enamorás.

Ella cerró los ojos. Su pareja, que escuchaba desde el sofá, le hizo un gesto: vamos.

La noche siguiente, el sobre ya estaba escrito. Merry lo miró un rato sin abrirlo. Luego entró a la casa, caminó hasta la chimenea y se quedó frente al óleo.

Era pequeño. Colores tensos. Una energía rara, la conversación entre cervatillo y lobo a punto de saltar. Ella lo había comprado en una liquidación por cinco dólares porque el cuadro tenía una cosa que ella reconocía: un jolgorio de rayas y colores, un absurdo con un sentido que transcendía los propios. Puede que tan solo pensando en que su hija lo entendería mejor. Puede que solo por hacer un favor al hijo del vecino tras fallecer su padre.

Pasó un dedo por el marco, no por el lienzo. Con ese cuidado maternal que advierte de cuán poco cuesta romper algo.

En la mesa, empezó la carta.

Mi queridísima Sophie:

Si estás leyendo esto, significa que he hecho una de las mías: irme sin avisar del todo.

No te voy a pedir que seas fuerte ni que olvides. A mí me dijeron esas palabras como si fueran órdenes y ya no acepto órdenes. Te pido otra cosa: que comas. Que duermas. Que dejes que te abracen. Que no conviertas el amor en una prueba ni en un castigo que tú sola te impones.

Anda que... recuerdo la primera vez que te llevé a Maine. Eras una nena y mirabas el mar como si le tuvieras miedo, y no solo por lo fría que estaba el agua. Yo fingía valor, pero no por la extensión o las olas o la temperatura sino por su profundidad. Luego encogiste las piernas y rompiste a llorar con el cuajo que siempre tuviste. Sin embargo, la arena fue tu amiga, un juguete y una compulsión más de las tuyas cuando hubo que quitar hasta el último grano del último rincón de tu piel.

Quiero que recuerdes eso cuando el mundo se ponga pequeño. Que sepas que con amor, sea de tu madre, sea de tu Sarah, todo se supera. Incluso si todo lo pierdes, ¡siempre podrás sacar fuera ese cuajo tuyo!

Te dejo la casa. Tiene ruidos, ha visto muchas estaciones, ha tocado y quemado muchos palos su chimenea y tirará bien si la cuidas. Como cada persona de la que cuidamos, a veces sin darnos cuenta.

Te dejo mis libros. Bueno, y tus libros abandonados por falta de sitio. Siempre los guardé para tus visitas, como los juguetes pequeños y tus dibujos. Me hicieron compañía cuando no estabas y te añoraba. Y te dejo el cuadro de la sala, a ver si tú descifras su jeroglífico y si te carga, o te "ralla", como dicen ahora, no lo eches al fuego, que te conozco. Que óleo suena a combustible del bueno, y no. Piensa que es una buena obra por un buen vecino. Hay que cuidar de quienes nos rodean para no vernos solos el día de mañana. Tu madre era filósofa, anda la leche.

Y quiero que cuides a Sarah. Ya sabes que me doy cuenta de todo, no como tu padre, que podía verte rota y llorando que se quedaba más tieso que el palo de la escoba.

La vi mirarte, cómo te miraba, cosa que en tu "papucho" jamás sentí, dicho sea de paso. Porque no esté con nosotras no le vamos a hacer un altar, ni me lo hagáis a mi, por Dios. Y supe en seguida que ella te estaba queriendo bien. El amor bueno endereza y te hace mejor y mayor por dentro. A esta poeta mayor le queda poca cuerda. Algo más que las repeticiones se me pegaron de nuestro querido "papi".

Cuando te falte aire, ven al porche. Siéntate donde yo me sentaba. No buscándome con tristeza sino con la alegría de aprender a encontrarte.

Te quiero.

Mamá.

Sophie llegó desde Maine con el coche lleno de otros libros y ropa perfectamente enrollada—como si las capas de cebolla que cubrían a su padre la pudieran proteger a ella— y con Sarah al lado, conduciendo cuando Sophie se quedaba muda. No se resistieron a escuchar a John Denver pidiéndole al camino que las llevase a casa.

Pasaron por New Hampshire, Massachusetts, Connecticut, Nueva York, Nueva Jersey, Pennsylvania y Maryland. Estados, estaciones y nubes. Al final, el Shenandoah apareció como una línea de plata antigua entre árboles.

La casa olía a madera cansada y a suavizante. Ella dejó las llaves encima de la mesa y se quedó parada en el centro del salón, sin saber qué hacer con las manos. Su pareja no dijo nada; fue a ella, le apoyó la frente en la sien y se quedaron así. Un minuto. Dos. Hasta que volvió al cuerpo.

—Estoy aquí —susurró Sarah.

Encontraron la carta donde Merry la dejó. Visible, sin teatro. Ella la leyó en voz alta al principio, y a mitad se le quebró la voz. Sarah le sostuvo el papel con una mano, y con la otra le acarició el hombro, lento, en un gesto de compañía.

Cuando terminó solo hubo silencio. Solo la respiración de las dos en una casa que ya no tenía a Merry y, aun así, seguía gritando su manera de ordenar las cosas.

Más tarde, Sarah se quedó mirando el óleo. De lejos, primero. Luego se acercó tanto que ella se extrañó.

—¿Qué? —preguntó Sophie, con ojos tristes.

Tardó en contestar. Ese silencio suyo era el de quien está comparando, calculando, presintiendo.

—Mira esto—dijo al fin—, la forma de resolver el hombro. Y esta tensión aquí… No es “bonito”. Es… seguro.

Ella resopló, medio riendo, sin ganas, medio llorando.

—Es un cuadro de cinco dólares. Es un favor vecinal. No muy corriente en mi madre.

Sarah sacó el móvil, hizo una foto sin flash, amplió un detalle.

—No sé qué es —dijo—, pero no es cualquier cosa. Y este marco… Sophie, esto está pintado a mano.

No dijeron “Picasso” en voz alta al principio. Era una palabra demasiado grande para una casa tan chica.

Pero al día siguiente ella hizo lo que siempre hacía cuando algo le importaba: no se emocionó; trabajó. Llamó a un colega. Escribió correos. Pidió prudencia. Pidió citas.

Los días se llenaron de trámites y de una tensión rara, como si el duelo hubiera encontrado un segundo carril: además de perderla, ahora esto.

La confirmación llegó sin música.

Auténtico.

La cifra no se dijo de golpe. Se dijo en partes, con pausas e incomodidad. Ella miró el cuadro como se mira a un desconocido que, por algún motivo, te acaba de salvar.

No fue felicidad. Fue otra cosa: una sensación seca y luminosa de futuro.

—Lo sabía —murmuró ella, y no hablaba del pintor. Hablaba de Merry.

Porque Merry siempre había hecho eso: dejar algo listo sin que se notara. Un billete doblado en un libro. Un ingreso en su cuenta si su hija echaba un quejido en la oreja de su "mami". Un nombre de médico en un papelito. Una vela olorosa encendida antes de que tú entraras.

Con el tiempo, ella y su pareja decidieron no venderlo de la manera más rápida. Lo hicieron bien. Y lo que vino después fue dinero pero también con decisiones, abogados, impuestos, papeles. La vida mostrando su afilada dentadura.

Y, aun así, empezó a escribir.

No en Maine sino allí, frente al Shenandoah, en la mesa donde Merry había escrito la carta. La otra le preparaba café, le ponía una manta en las piernas, le dejaba espacio cuando ella se enfadaba con una frase.

Por las noches, abría el móvil y escuchaba audios antiguos de su madre. Ese “Nada, estoy bien pero quería saber cómo estás.” se le metió en la sangre y a veces era bálsamo y  relax y otras cristalizaba clavándose en las entrañas.

Un fin de semana subieron a Maine para cerrar asuntos del trabajo de ella y pasaron por Bangor. Ella vio la casa victoriana roja detrás de la verja de un tal Stephen King y pensó, con una claridad casi cómica, que escribir siempre ha sido esto: una mesa, una vida apretada, y alguien —una amiga, una madre, una esposa, una amante— que te empuja a seguir. O unas cuantas sustancias a falta de todo eso o precisamente por todo ello.

Volvieron a la casa del río. Allí, el aire olía a leña y a canela del obrador. Acompañada de cruasanes y rollos de canela, escribió capítulos enteros sin llorar, y luego lloró por fin, sin plantear batallas.

Una tarde, ella encontró a la otra en el porche, hablando sola.

—¿Qué haces? —preguntó— ¿Se te ha ido la chaveta, mi niña? —y continuó jocosa—Otro motivo más para quererte. Cuerda al ciento por ciento vales un poco menos.

Ella sonrió, con los ojos rojos.

—Le cuento el día. Como siempre.

Sintió que se había salido de una curva por hacer una bobada pero se sentó a su lado y le entrelazó los dedos.

—Cariño, entonces cuéntamelo también a mí.

Ella apoyó la cabeza en el hombro de Sarah. El río seguía trabajando ahí abajo. Con paciencia, alisando las piedras, interminables las hojas muertas y débiles los juncos.

Por momentos, la distancia entre Maine y Virginia Occidental dejó de ser un trazo en el mapa. Fue solo lo mismo de siempre: caminos, tiempo... la vida en movimiento.

—Mi madre estaría haciendo un chiste horrible ahora mismo,  de esos que mi padre repetía como un loro —dijo ella.

—Cuéntamelo—pidió Sarah—. Hazlo por ellos dos. O por vosotros tres. Podré soportarlo.

Lo hizo. Y se rieron de verdad, algo que su padre tanto deseaba: ver reír a los demás y reír sin haber entendido nada. Igual que quería llorar cuando no acertaba a sentir el dolor en los demás. Pero esto era risa, ese tipo de risa que pasa de valores vitales y moralinas, que no necesita ponerse de rodillas ante ellos y le basta ser natural.

Y así, sin discursos, Merry siguió presente: en el porche, en el modo de doblar una carta, en el amor que ella eligió, en la forma de volver a respirar.



lunes, 10 de noviembre de 2025

Un médico con sentimientos



Que sea una persona.
Solo eso.
Que sienta, de alguna forma, mi angustia.
Que sepa escucharme de principio a fin.
Que no juzgue y tenga tiempo.

Quiero un psiquiatra que no se burle de mí,
que su recetario dispense píldoras de amor,
y, aunque sea un hombre,
me trate con la paciencia y el cariño
que, sin pudor,
se dedica a cualquier niño.

Y una psicóloga que sepa leer,
con interés por conocer lo sucedido.
Que no dibuje en círculos las veces que me repito,
sino que averigüe por qué lo hago,
si para remover el dolor habrá un motivo.
No quiero sus pañuelos de papel,
sino que tome mis sueños en él,
pues mis lágrimas necesitan ser libres
para mojar estas manos y mi rostro:
acostumbradas ellas a cobijar y él,
a ser su amigo.

No quiero que la enfermera diga “desnúdate”,
llegando allí tal como soy, transparente tras los cristales
y en medio del frío.
No quiero subir de espaldas a una báscula
que ignora el peso de tantos años.
Prefiero desafiarla consciente:
de una vez, en público, de frente.
Y que escuchen al corazón sin herramientas,
pues lo que dice no atraviesa el frío de la campana
ni, de la manguera, llegarán a los oídos sus tormentas.

No quiero sentir cómo las demás personas dudan
ni ser acusado de inventar mundos alternativos.

Sobre todo, no quiero esto.
Por favor.
La duda,
no.

Dudar lo que viví me arrastra a la locura, al vacío y a su fondo más negro.
No creer en mis palabras es separar en trozos esta alma ya abatida.

Quiero médicos con sentimientos
y medicina para mis lamentos,
pero una que sea menos amarga,
y me permita contar
cuanto sea preciso escuchar.
Sin juicios, aceptando mis errores,
para que comprenda yo los suyos,
pues, entendiendo mi hipocondría,
su desidia yo entendería.

Que observen la piel enferma con quien la porta,
que la alumbren con conocimientos
y le hagan fotos delatoras,
y sepan ponerle nombre
a esto tan rojo,
a aquello tan blanco.
Que aparten castillos de fibromas
y sanen, de los eccemas, toda desazón.

No pongan en duda el liquen, la anorexia o el autismo.
Ni duden de la celiaquía, la psoriasis o el hipotiroidismo.
Mi cuerpo lo grita y tú
no puedes taparle la boca
si tienes sentimientos, si tú
también eres persona.

Mis lágrimas hace tiempo que migraron
entre las penas por los años,
siendo cada vez menos y
cada día más lejanos.

Faltan partes en mi cuerpo
bajo las señales de un vientre abierto,
pero en mi mente, cubierta de calcio,
las cicatrices dicen:
golpe seco,
y la sangre...
la sangre siempre mintiendo.

Y dicen:
bofetadas de odio,
pero la sangre
aún sigue corriendo.

Y dicen:
martillos de puños,
con la sangre retenida,
entre insultos,
sangre siempre,
y de su propia sangre,
con sabor a muerte o escondiendo
la eterna costra
de enorme herida.

No les pido que se contagien.
No busco infectarles sin control.
No les pido sentir mi dolor.

Solo quiero que te permitas ser persona,
sin blindar tus sentimientos,
pues llegará un día en que será otra
quien interprete tus sentidos, y,
ocultos en un caparazón
correoso, rudo,
allí mohínos, ahí marchitos,
serán imposibles de percibir
con esta claridad que hoy
comparto yo contigo.


NOTA:
En agradecimiento a Alicia
y a su amada hija Vega, que,
sin maravillarse, sin malicia,
hoy me escuchó comprendiendo,
en ningún momento dudando,
las pequeñas cosas que nos suceden.
Compartiendo
su espacio, su valioso tiempo y su experiencia
con este ser que
tan pronto duda de sí mismo como,
de un encuentro, de una conversación,
tan pronto se anima y sigue viviendo.

sábado, 8 de noviembre de 2025

Parcialmente despejado


 Hola. Buenos días.

Después de unas cuantas jornadas marcadas por la inestabilidad, el tiempo hoy se presenta distinto. Poco a poco se va imponiendo el anticiclón, así que tendremos un día tranquilo, sin riesgo de lluvias. Cielo parcialmente nublado por la mañana, y luego, ya por la tarde, el sol. Temperaturas suaves, rondando los veinte grados. Viento del oeste y suroeste, flojo, con alguna racha moderada en las alturas.

Enfermera. Eso decía cuando me preguntaban qué quería ser de mayor.
Y lo conseguí.
Aunque hace muchos años que no ejerzo.
Ahora soy meteoróloga.

Sí. Manu necesita saber qué tiempo hará cada día. Entra en la cocina, se sienta, y me mira. Yo ya tengo mi rutina: miro por la ventana, después abro una aplicación en el móvil —bastante fiable, por cierto— y le cuento. Parezco Mario Picazo dando el tiempo.

Manu tiene doce años. Es la persona que más quiero en el mundo. Y, aunque no lo diga, yo sé que también soy la persona que él más quiere. Pero su cariño es tan sutil, tan suyo, que a veces parece invisible.

Nunca me había planteado tener un hijo. Fue Carlos quien quiso.
Aunque esa decisión siempre se toma entre dos, ¿no?
Yo creo que, en el fondo, tener un hijo es algo inconsciente, un salto al vacío. No sabes lo que se te viene encima.
Total, que nos pusimos a ello. Yo con más ganas que él.

Y, mira, al final la tortilla se dio la vuelta: él era el que quería tenerlo y fui yo la que se empeñó. Tras varios abortos me diagnosticaron útero bicorne, un útero en forma de corazón. Cuando lo escuché, me pareció tan romántico.
Un útero en forma de corazón.
Pensé: no puede haber lugar mejor para albergar el fruto de nuestro amor.
Pero no.
Todo lo contrario: abortos, ingresos, pérdidas.

Y al final, después de tantos intentos, el embarazo llegó a término.
Siempre pienso que Manu nació cinco semanas antes por las ganas que yo tenía de tenerlo conmigo. Bueno, conmigo… y con su padre.
Me moría por ver la cara de Carlos cuando lo tuviera en brazos.

Recuerdo el alivio que sentí cuando me lo pusieron encima.
Porque, por muchas cosas que digan sobre el embarazo y el parto, lo que sientes es eso: alivio.
Alivio, y una felicidad que te deja temblando.

De Carlos no recuerdo nada.
No recuerdo si me tocó la mano, si me acarició, si dijo algo.
Nada. Curioso, ¿no?
Mi hombre, el amor de mi vida, mi gran apoyo… y al final, mi gran decepción.

El diagnóstico de Manu lo cambió todo. Se cargó, de un plumazo, el amor, la comprensión, la complicidad de tantos años.
Tener un hijo con autismo no es fácil.
Habrá quien piense que es una desgracia.
Yo misma lo pensé.
¿Por qué a nosotros? ¿Por qué se nos tiene que complicar así la vida?
¿Qué hice mal?
¿Y si fue culpa mía por empeñarme tanto?

Se te cae el mundo encima.
Luego aprendes, te acostumbras, incluso llegas a disfrutarlo.
Yo ahora lo disfruto.
Carlos nunca pudo.
Él siempre necesitó buscar culpables: mi útero, yo, lo que fuera, por no haberle dado un hijo “normal”.

Al final nos separamos.
Cada uno siguió por su lado.
Y no solo dejamos de ser amigos: ahora somos enemigos.
Nunca más se preocupó de su hijo.

Por eso digo que las madres estamos hechas de otra pasta.
No nos resignamos, porque resignarse es rendirse.
Nosotras asumimos, naturalizamos y seguimos luchando para que nuestros hijos sean felices… y nosotras con ellos.

No quiero decir que no haya padres así también, pero son los menos.
Somos nosotras las que dejamos el trabajo para dedicarnos a la crianza, las que vamos al neurólogo, las que discutimos con los profesores, las que aprendemos a traducir el lenguaje de nuestros hijos.

Somos nosotras.

Carambolatea.
Tea.
T-E-A.

Cuando me dijeron que mi hijo tenía TEA, me quedé paralizada.
No por miedo, ni por pensar que esa etiqueta iba a cambiar mi vida, sino porque simplemente no podía creerlo.

—Su hijo tiene TEA —me dijo el médico, con esa voz sin matices.
Y yo me quedé callada, sin saber ni qué responder.
Trastorno del espectro autista.

Pero con el tiempo encontré otro significado para esas tres letras.
TEA: tienes especiales aptitudes.
Porque creo que estos niños están tocados por un don.

Manu, con tres años, era capaz de girar un libro como un malabarista.
Y ahora observa los objetos, los sube, los baja, los mira de lado, los examina sin que nunca se le caigan.
Tiene su ritmo, su forma de mirar el mundo.

Recuerdo otro niño, de la asociación a la que vamos.
El primer día que nos vio —o que yo pensé que nos vio, porque no cruzaba la mirada con nadie— me dijo:
—Los martes a las seis nunca estáis aquí.
Yo le respondí:
—Nos cambiaron la hora.
Y enseguida preguntó:
—¿Cuál es tu fecha de nacimiento?
—Quince de agosto —le dije.
—Completa —me pidió.
—Quince de agosto de 1976.
Él se quedó un segundo callado y murmuró:
—Domingo.

Domingo.
Yo me quedé helada. Miré a su madre, y ella sonrió.
¿Cómo podía estar tan tranquila con semejante Einstein al lado?

Por eso digo: TEA, tienes especiales aptitudes.
Me gusta fijarme en eso. En el don.
A Manu siempre le digo:
“Mira, tú tienes un superpoder. Un secreto. Puede que haya muchas cosas que se te den mal, pero si los niños del cole supieran lo que sabes hacer, creerían que eres un superhéroe.”

Ahora lo veo así.
En positivo.
Lo que un día me pareció una tragedia, hoy ya no lo es.
Mi escala de valores cambió por completo.

Sé que nunca lo recogeré de un partido de fútbol ni de una clase de inglés.
Pero también sé que hace cosas que otros niños no pueden.
Y aplaudo sus pequeños logros.

Recuerdo el día que señaló el armario y dijo:
—Colate.
Yo: —¿Chocolate?
Asentó.
Le dejé media tableta. Y la otra media me la comí yo. Había que celebrarlo.

Pero no, no es fácil.
Es duro.
Muy duro.
A veces tienes que soportar las miradas de los demás:
esas que te juzgan, que preguntan qué le pasa, por qué chilla, por qué se mueve así.
Y tú… tú te preguntas: ¿qué quieren que haga?
Si muchas veces ni yo misma sé qué hacer.

Entonces te sientes sola.
Sola.
Cuando descubres que lo que era un proyecto de dos terminó siendo un proyecto de una.
Sola cuando tus amigos dejan de invitarte.
Sola cuando las abuelas no se atreven a cuidarlo.
Sola cuando a tu hijo no lo llaman a los cumpleaños.

Y piensas:
¿Cuándo dejé de pensar en mí?
¿Cuándo cambié los tacones por zapatos planos?
¿Cuándo dejé de preocuparme por las canas, por el pelo que se me cae?

Y piensas también: podría volver a enamorarme, ¿no?
Podría.
Conocer a alguien que me hiciera sentir deseada otra vez.

Pero no.
No ahora.

Vuelvo a la realidad.
Y me digo: ahora tengo que pensar en Manu.
En él.
Porque él me necesita.

Y aunque esté cansada, agotada, harta de pelear contra todo, pienso en él, respiro hondo… y encuentro fuerzas para seguir.

Solo hay una palabra que me ronda la cabeza todo el tiempo: mañana.
Mañana, el futuro.
¿Qué va a pasar mañana?

No lo sé.
Pero hoy, hoy al mediodía, va a salir el sol.

Nota: 
Este texto es una transcripción adaptada del video que lo encabeza. 

domingo, 2 de noviembre de 2025

Te dirán que eres problemática

Te dirán que eres una persona problemática,
que deberías esforzarte más por encajar.

Pronto te darás cuenta de que no puedes confiar en nadie,
porque te pedirán que hagas cosas que te destrozan.

Aprenderás lo que es tener miedo y seguir respirando.
Aprenderás a usar el miedo para sobrevivir.

Verás a los demás y pensarás que te falta algo,
y no sabrás por qué.

Aprenderás que la gente puede ser cruel por gusto,
y las cicatrices de sus palabras se grabarán en tu cerebro.

Tus piernas cederán, olvidarás cómo permanecer de pie.
Te dirán que lo haces a propósito… y te lo creerás.

Aprenderás a odiarte igual que te odian ellos.

Tomarás pastillas diseñadas para calmarte,
pero ni así encontrarás calma.
Acariciarás la superficie plateada del blíster
y darás gracias a todos los dioses por esas maravillas
que te dan espacio para pensar y existir
sin el martilleo constante de la ansiedad.

Aprenderás que esas pastillas son lo único capaz de salvarte.
Te preguntarás por qué nadie se molestó en dar un paso atrás
para verte de verdad.
Creerás que eres una carga.
Aprenderás que tu vida vale menos que la de otra gente.
Pero vivirás a pesar de todo.

Mantendrás cerca a quienes no te abandonaron.
Te esforzarás más de lo que creías posible
y sobrevivirás.

Has roto y curado las micro fisuras de tu alma
cada vez que lloraste,
cada vez que las palabras de alguien te rompieron,
cada vez que deseaste la muerte
pero sobreviviste a la noche.

Carl Sagan dijo que estamos hechos de materia estelar,
que cuando el universo estalló por primera vez
creó los átomos que al final se convirtieron en nosotros.

Sobrevivirás porque hace 13.772 millones de años que te crearon,
y eres un ser cósmico.
Has brillado en el cielo nocturno
antes de que existieran el día y la noche.

La gente corriente nunca lo comprenderá,
porque dan por sentado lo que viven,
y tú has tenido que luchar por tu existencia a cada paso del camino.
Así que lo sabes, conoces el precio de la supervivencia.

Un día saludarás a la muerte sin temor,
porque el miedo no te es desconocido.
Pero tu miedo te otorga poder,
y quizá por eso te temen:
porque conocen tu potencial,
porque sabían que eras más,
y por eso intentaron arrebatártelo a palos.

Pero fracasaron.

Y sobrevivirás.

 (How to be autistic, Charlotte Amelia Poe) 

@poeisokay 

sábado, 1 de noviembre de 2025

Autismo y Anorexia: entrevista con Gema García

Versión editada para lectura a partir del episodio 252 de Psicoflix

Entrevistan: Je y Darío (Psicoflix)
Entrevistada: Gema García, psicóloga experta en Trastornos de la Conducta Alimentaria; docente universitaria y co-creadora de Un lugar seguro.


Contenido


Introducción

Je. Gema, bienvenida. ¿Cómo estás y cómo te organizas entre clínica, formación y vida personal?

Gema García. Muy bien y en equilibrio. En Un lugar seguro cuidamos mucho los límites y la estructura: horarios razonables, descansos y autocuidado. Si el terapeuta no está bien, lo nota la asistencia.

Darío. ¿Qué te llevó a especializarte en TCA?

Gema. Los TCA condensan muchas piezas de la clínica (estado de ánimo, autoestima, familia, trauma, estilo de personalidad). El hospital de día —con trabajo individual, grupos, comedor y familias— me atrapó. Adapté el ritmo por conciliación, pero sigo centrada en TCA.


El “clic” autismo–anorexia

Je. ¿Cómo te encontraste con el cruce autismo–anorexia?

Gema. Por clínica. Teníamos procesos atascados; una colega del ámbito del autismo nos habló de la comorbilidad con anorexia. Derivamos a evaluación y se confirmaron diagnósticos. Con ajustes, los tratamientos se desbloquearon y hoy están de alta. Es un vínculo que se investiga desde hace poco y aún no se enseñaba en los posgrados cuando yo me formé.

“Cuando entendimos el perfil autista subyacente y adaptamos el contexto, los tratamientos empezaron a avanzar.”

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Diagnóstico tardío en mujeres

Darío. ¿Por qué hay tanto diagnóstico tardío en mujeres?

Gema. Varias razones:

  • Intereses y focos obsesivos más aceptados socialmente (deporte, calorías, comida, cuerpo).
  • Mayor enmascaramiento: sostienen la apariencia de “alto funcionamiento”, a costa de mucha ansiedad y agotamiento.
  • Herramientas y criterios validados sobre todo en varones; se habla de un posible fenotipo femenino menos visible.

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Señales de alerta en TCA

Je. ¿Qué señales clínicas pueden alertarnos en TCA de un perfil autista subyacente?

Gema. Rigidez extrema, preferencia por lo conocido, hipersensibilidad sensorial (ruidos, olores, texturas, colores), historia de dificultades sociales y puertas de entrada atípicas al TCA (no siempre empieza por el ideal de delgadez). Recomiendo red de colaboradores expertos (especialmente en mujeres) y cribado sistemático en primera visita.

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Magnitud del problema

Darío. Hablabas de porcentajes llamativos. ¿De qué magnitud?

Gema. Las cifras que se manejan son altas: entre ~20% y ~35% de mujeres con anorexia nerviosa pueden cumplir criterios de autismo. Esto nos obliga a screening desde el inicio y a diagnóstico diferencial.

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De la sensibilidad alimentaria al TCA

Je. ¿Cómo se encadenan las alteraciones alimentarias en autismo hasta llegar a un TCA?

Gema. Suele haber:

  1. Neofobia y sensibilidad sensorial desde la infancia.
  2. Déficit interoceptivo: cuesta detectar hambre y saciedad.
  3. Evolución a ARFID/TERIA (impacto nutricional y psicosocial, sin foco inicial en el peso).
  4. En algunos casos, paso a anorexia nerviosa: la restricción anestesia la sobrecarga y da predictibilidad.

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Diferencial con la inanición

Darío. ¿Cómo diferencias rasgos autistas de efectos de la inanición?

Gema. La inanición por sí sola genera rigidez, obsesividad, depresión y aislamiento; puede parecer autismo. Tres claves: revisar historia del desarrollo, renutrir antes de concluir si hay infrapeso y evaluar conjuntamente TCA + autismo.

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Evaluación y cribado

Je. ¿Qué pruebas o estrategias de evaluación recomiendas cuando hay sospecha?

Gema. Trabajo en equipo: especialista en TCA y especialista en autismo. Cribados específicos como el Swedish Eating Assessment for Autism Spectrum Disorders ayudan. El peso de cada rol cambia según la fase: en restricción severa lidera TCA; con clínica estabilizada, gana peso la psicoeducación y la adaptación a la vida diaria tras el diagnóstico. Y un mensaje clave: diferente no es peor.

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Por qué fallan los protocolos estándar

Darío. ¿Por qué los protocolos estándar (p. ej., hospitales de día) fallan más aquí?

Gema. Porque pueden ser una tormenta perfecta sensorial y social: cambios de terapeuta, ruidos, luces, grupos, exigencia conversacional en el comedor. Si no ajustamos, duplicamos la ansiedad y se desploma la adherencia.

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Adaptaciones terapéuticas

Je. Vamos a lo práctico: ¿cómo adaptar el tratamiento?

Gema. Con pequeñas grandes diferencias:

  • Referente estable: minimizar cambios de terapeuta.
  • Predictibilidad alta: anticipar menús, horarios, dinámica; evitar “sorpresas”.
  • Ajustes sensoriales en comedor: presentar alimentos por separado si lo necesitan; reducir luces, olores y ruidos.
  • Sin dobles demandas: evitar obligar a comer y conversar simultáneamente si satura.
  • Consulta low-stimulus: revisar luz, olores y ruidos (hasta un tic-tac distrae); ofrecer sentarse en paralelo si mirar de frente abruma.

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Usar los rasgos a favor

Darío. ¿Cómo usas los rasgos a favor en terapia?

Gema. Reencuadrando la “rigidez” como necesidad de estructura. Planes muy estructurados y predecibles, metas concretas y anticipadas. Cuando aparece el clic motivacional, suelen ser pacientes muy adherentes.

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Comedor terapéutico y entorno

Je. En comedor terapéutico, ¿qué conviene cuidar?

Gema. Evitar dobles demandas; la conversación puede ser carga extra. No imponer mezclas o texturas nuevas sin plan gradual. No atribuir la ansiedad solo a “miedo a engordar” si hay problema sensorial. En hospital de día, aprovechar la estructura férrea anticipando y modulando estímulos.

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Intervenciones complementarias

Darío. ¿Qué intervenciones complementarias te funcionan?

Gema. La remediación cognitiva (trabaja estilo de pensamiento: coherencia central, set-shifting) y su generalización a la vida diaria. Y RO-DBT (Radically Open-DBT), orientada al exceso de control; incluye mindfulness, regulación emocional y conexión social. Hay manual en castellano (Tres Olas).

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Motivación y objetivos

Je. Volviendo a la evaluación, ¿cuándo priorizarías el trabajo sensorial?

Gema. Cuando la sobrecarga sensorial domina el día a día: empezamos por estabilizar entorno, rutinas y señales corporales. La expansión alimentaria se hace con exposiciones graduadas y con control del estímulo.

Darío. ¿Cómo abordas la motivación cuando la rigidez domina?

Gema. Con objetivos muy concretos y anticipados (qué, cómo, cuándo), usando los intereses especiales como palanca y con exposiciones graduadas que respeten el umbral sensorial. Cuando se produce el clic, suelen ser muy adherentes.

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Errores frecuentes

Je. ¿Errores frecuentes que conviene evitar?

Gema. Tratar la rigidez solo como “resistencia”; imponer mezclas de texturas sin plan; forzar comer y conversar a la vez; ignorar la sobrecarga sensorial. Mejor estructura previsora, anticipación y menor estímulo.

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Recursos recomendados

  • Supporting Autistic People with Eating Disorders (referencia clave).
  • Artículo de Gema García “Invisibles frente al espejo”.
  • Manual de RO-DBT en castellano (Tres Olas).

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Dónde encontrar a la entrevistada



Instagram @gemico. Cursos online en la Escuela El Faro. Se valora un webinar sobre autismo y anorexia (sin fecha confirmada).

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Ideas clave

  • Hasta 1 de cada 3–5 mujeres con anorexia podría estar en el espectro autista: cribar desde el inicio.
  • La inanición imita rasgos autistas: renutrir antes de concluir.
  • Estructura, anticipación y control sensorial son palancas de adherencia.
  • Reencuadrar rasgos: de “rigidez” a búsqueda de estructura.
  • No imponer comer + conversar si satura; ajustar entorno y presentación de alimentos.

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sábado, 11 de octubre de 2025

Una semana con Marino (7)

Discurrir por la vida es, para Marino, como cruzar un bosque de guijarros, con fieras agazapadas esperando un tropiezo, un error mortal de necesidad en su intensidad adolescente. Es caminar descalzo, con la piel al descubierto, alejado del calor o, peor aún, del amor.

Un día, siendo niño, su héroe se convirtió en villano. Engañado, compartió su inocencia sin miedo. Los pijamas apartados con las otras prendas. Sujeto boca abajo contra el colchón y, aun así, deseando comprender el juego, resistió las acometidas de un ariete ya menos infantil, más pérfido. El sudor de sus cuerpos, la puerta bloqueada, las mentiras no explicadas, la ansiedad de lo que escapa a la razón.

Y ahora, siendo adolescente, no asocia, no imagina qué mal padece su cuerpo para permanecer tan frío. Por qué nadie en su familia le ayuda si su cabeza no funciona.

Los documentales muestran a los machos sujetando a las hembras. Quizá ese cuerpo asténico, algo femenino, su falta de arrojo, fueran motivo suficiente para crear la confusión.

Marino prefiere cantar a la vida. A los "perjúmenes" de Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina, sin comprender del todo su pícaro sentido. Y canta, ya en secreto, "Don't let it show", de Alan Parsons Project, porque no le cabe duda de que debe ocultar, borrar todo lo sucedido, tantas cosas malas: la mentira, la imagen imborrable de un agujero marrón y arrugado, los olores, los tactos...

La música es su refugio y canta sin dificultad a su reflejo asustado, aunque decidido, sobre la magistral voz de Barbra Streisand: "Run Wild", robándole los significados, sumando fantasía a sentimientos de un tono rosa que viven en él sin importarle:


Puede que esté roto, pero mi amor se las arreglará.
Cariño, habrá otros en el camino
que tratarán de cuidarme como yo cuido de ti.
Como yo me preocupo por ti. 
Corre salvaje al borde del tiempo, niño.
Lleva tus sueños lejos, amor.
Nadie puede retenerte ahora
porque eres una isla. 

Y la emoción clausura sus cuerdas vocales en medio de la incomprensible lluvia de corazoncitos egocéntricos: los negados y los traicionados, junto a los que conservan su esperanza, invencibles y eternos.

Ay... qué bonito.

El niño, el adolescente, cuál de ellos no lo sé, acudió como siempre a su habitación, pero la puerta estaba entornada. Pasó dentro y encontró a su hermano sin ropa. La parálisis duró un millar de milisegundos antes de dar la vuelta y salir. Escuchó:
—¡Vuelve, que no pasa nada! ¡Solo me estoy cambiando! —y añadió sonidos y más palabras que no fueron tomadas en cuenta en ese momento, ni estas otras después de estar vestido:
—No tienes que tener miedo. En la mili, por ejemplo, te hacen desnudar y pasar así debajo de los camiones, mancharte de grasa y cosas peores, y no pasa nada. Todos nos reímos, todos somos hombres.
—(Yo no soy de ese tipo de hombres y no pienso ir a la mili) —pensó.
—¿Me escuchas? Mírame, no mires al suelo. Si te lo digo es por tu bien, para que no te pase lo que a mí... —Marino esbozó una sonrisa—. ¡Bah! Haz lo que quieras. Avisado estás.

Todo el mundo lo sabe: en el mundo animal puedes ser predador o presa. Los predadores disponen de un instinto autónomo y visión de foco. Son capaces de seleccionar al instante la presa con dificultades, la diferente, la que resultará más sencilla. Las presas tienen el instinto contrario: visión de amplitud, velocidad para escapar, para mimetizarse y no ser vistas ni escuchadas, para encontrar alternativas a la pelea.

Las personas también pueden ser predadoras o presas. Marino sabe que debe estar atento para prevenir el peligro, debe escapar ante señuelos, encantos y todo aquello que su experiencia ha ido determinando. Compartir espacio sin ropa con alguien de su mismo género es motivo de escape: como la violencia, los gritos, la sinrazón, la lengua envenenada, el grupo, etc.

Marta, su otra hermana, un año y medio mayor, al escuchar aquellas arengas de hombre adulto, se acercó a él y le dijo:

—No le hagas caso. Tú pídete todas las prórrogas para la mili, que son siete, y cuando no quede remedio, ya serás mayor y lo entenderás todo mejor. —Y añadió—: ¿Me dejas leer el último Don Miki? —muy contento se lo entregó y ella susurró—: Luego, cuando todos estén distraídos, nos fumamos un mentolado.

A Marta también la quería mucho. Era una chica muy sensible y aún más llorona, pero combativa. Ambos compartían ascos para la comida que consumían los nervios a su madre. Un día, en medio de una comida con sopa de verdura, Marino dijo con solemnidad:

—Esto no es sopa de verdura, es de carne. —Y todos pensaron que se le habían aflojado las tuercas al pobre Francostillas. Su madre, aludida primera, respondió:
—Déjate de tonterías y come. —Pero Marta preguntó:
—Marino siempre tiene un motivo. ¿Por qué lo dices?
—Pues... estos cuerpos negros, pequeños, estos insectos de la sopa son carne, ¿no?

La que se lió no fue chica. Su madre no tenía costumbre de limpiar los armarios de la cocina, y aquello era un microcosmos de organismos con vida autónoma. Algún ingrediente de la sopa tenía bichos, achicharrados con sus patitas y demás. Todos verificaron y recusaron la sopa. No sirvieron de nada las alegaciones maternas. Pero a la hora del café, la cosa continuó. Su madre puso la jarra con leche y la del café. Y Marino dijo:
—¿Qué pasó con el café? —a lo que su madre repuso, inquieta:
—¡Qué le pasa al café! ¡Es el mismo de siempre! ¡No dirás que tiene bichos también! —y su padre añadió:
—No hay marrano que no sea escrupuloso. —Pero Marta insistió:
—Marino, dinos qué le ves al café... si aún no lo probaste. —Y su madre, sin convicción, aprovechó la ocasión:
—¡ESO, QUE NO LO HAS PROBADO... TONTO!
—A ese café le has echado algo. Está turbio y normalmente es cristalino: oscuro, pero no turbio.

Su madre, esta vez asombrada, estalló en una risa:
—Jaaa, ja, jaaaa... —y los demás monos de la feria rieron con ella—. Pero mira que eres especial, cariño. Sí. Es que no había café suficiente y le eché Nescafé en polvo, pero nada más. —Y todos comprendieron y tomaron el café con risas compartidas que el chaval disfrutaba como un enano, al que llamaban enano, si bien la más enana era su otra hermanita, Rosa.

Rosa, a quien también quería mucho, tenía lo que ahora llaman "terrores nocturnos". Solía suceder que la echaban a dormir antes que al resto porque era muy chiquita, de unos seis años, cuando empezó con este problema. A Marino se le partía el corazón y no podía soportar escuchar su llanto sin que nadie la atendiese. Para el resto era una niña caprichosa, una niña consentida, pero para nuestro prota había un problema y no podía encoger los hombros sin poner en marcha alguna iniciativa.

Una noche, tras acostarla, comenzó a acudir al dormitorio de las chicas. Jugaba con ella a las cartas infantiles de El bosque de Tallac.
Jugaban, y él se dejaba ganar, algo inconcebible, pues odiaba perder.
Rosa reía pícara y disfrutaba un montón. Sus padres les reñían, y poco a poco, tras leer unos cuentos, cuando ya le parecía que su hermana estaba lista, lo dejaban en secreto. Apagaban la luz y esperaba a que se durmiese. Luego salía medio mareado de aquella oscuridad, pero feliz y satisfecho, a pesar de perderse lo mejor de la tele. La niña no volvió a tener aquellos terrores.

Pero es verano y la piscina es, de nuevo, nuestro siguiente escenario. Allá va este cantarín, amigo de Caruso, tan ufano. Con la vajilla completa, si descontamos algún plato roto.

Entra con su familia al merendero, cargado con bártulos para pasar el día con las demás. Y de nuevo hay baño, natación y tostones asados, vuelta y vuelta. El padre de Javucho ha tomado las pulsaciones de ambos: 168 el chico grande y 125 el pequeño:
—¿168 es... bueno... no? —pregunta jadeando.
—Hombre, pues no es demasiado bueno, pero... —reduce la marcha al ver la cara de susto—. Pero no tiene importancia, solo ha sido un largo intenso. ¡Uy, se hace tarde! Id saliendo, que se acerca la hora de comer.

Pues no le dijeran otra cosa. Empezó a entrar en bucle y se reservó el derecho de consulta al tomo enciclopédico de lo cardíaco, a los médicos de turno para el siguiente día de enfermedad, a los expertos en deporte de su vida futura, etcétera, etcétera. Pero eso no le impidió incorporarse a la hora de comer. Había bullicio, muchas cosas compartidas entre todos, que a él le producían rechazo y mucha hambre loca por doquier. Y vino. El señor Juli dijo:

—Toma, Marino, un vasito de vino, granuja.
—¿Es Paternina Banda Azul? —solo tomaba vino para hacer gracia, para integrarse y resultar simpático, chistoso: el niño borrachuzo. Lo hacía desde siempre y le reían la gracia cada vez.
—Bueno, Juli, no te pases echando —recriminó Felisa—, que de estas cosas a los niños, cuanto menos, mejor. —Ella tenía en cuenta que Juli era un borrajas sin control.
—¿Niño? Pero si este ya es tan alto como yo... claro que... por lo que me han dicho, no le sirve de mucho.
—¿Se puede saber a qué viene eso? —preguntó molesta la madre de Marino. El chaval no había tomado un trago y ya se le estaba atascando el tinto.
—¡Ah! ¿No lo sabes? Aquí el Javito es el más valiente de estos tres. —Rosario, su mujer, un tanto sorda, venía del servicio e intuía que su marido estaba haciendo alguna de las suyas—. Pues que estaban el otro día por el parque y otro niño se metió con ellos. Javi fue el único en plantar cara y pelear. —Rosario llegó en este punto, pero continuó—: Aquí el Marino salió corriendo y Paulo detrás de él. Ja, ja, le dejaron solo cuando podían haberlo hecho papilla, siendo tres. Además, el gitanillo era un renacuajo que... —su esposa le interrumpió muy enfadada—. ¡CALLA LA BOCA! ¡Que siempre tienes que dar la nota! ¡IMBÉCIL!

Los segundos de silencio se extendieron como si una bomba hubiera estallado, dejando a todos sordos y pasmados.

Marino había dejado el vaso de vino nada más escuchar las primeras palabras sobre la valentía de Javi y se levantó. No quería hacer de borrachín tonto pudiendo ser el cobardica más ganso. Justo lo que odiaba su padre que fuera. Escapó de aquel lugar cumpliendo con lo esperado por aquel padre suyo.

Caminó en zigzag por entre las mesas de muchas otras familias, también con amigos, también con niñas, niños y adolescentes como él, mientras la discusión se dejaba de escuchar. Desorientado, preso del bañador, de la vergüenza, de necesitar ayuda para volver a su casa, a la seguridad de su habitación, buscó dónde esconderse.

Basta una sola estupidez para romper cualquier magia, cualquier afecto. Estropear cualquier recuerdo y cubrirlo de la porquería más puerca.

—Julián se ganó otra bronca. No me lo esperaba. Yo creía... —imaginaba que aquellas personas le querían—. Corre salvaje, al borde del tiempo, niño. Lleva tus sueños lejos, amor.

Lo buscaron sin hallarle. Usaron sin éxito la megafonía para encontrarle. A Julián “le cayó la del pulpo”, para quienes vean sentido en la analogía, y solo Felisa supo dónde estaba. Se encerró en uno de los dos vestuarios pequeños a la vuelta del bar del merendero.

—Abre, no hagas caso a Julián, no seas tonto. Es lo que él quiere. Sal de ahí y te explico por qué lo hace.

Con su cara, más negra que morena, llena de lágrimas-rímel extendidas, haciendo contraste con el blanco del cloro, los ojos enrojecidos y el último llanto con hipo de su vida, abrió y salió encogido, temblando, al cegador sol y el calor del mediodía.

Felisa le explicó los problemas que había en la familia de Julián: que bebía de más y decía cosas que no pensaba. Que tenían problemas con su hijo pequeño, Alberto, de su misma edad y amigo perdido. Explicó que discutía con su esposa todo el tiempo y, como Rosario se mostraba agradable con el padre de Marino, para chincharle, la había tomado con él en revancha.

—Pues no es casualidad. Ya otra vez hizo algo parecido, cuando no quise cantar delante de todos la de Palacagüina y me cogió por los brazos y me agitó como a una botella de Mirinda para que la echase fuera. —A Felisa se le escapó la risa:
—¡Jaaa, ja, jaaa! Pero mira que eres gracioso. Anda, ven conmigo, que te están buscando. —Cayó en la trampa de sentirse gracioso mientras ella le tiraba de la muñeca y lo llevaba como trofeo de vuelta al matadero—. Espera, que te limpio esa cara. Y ponte derecho, que no te vean triste. No hay nada de lo que avergonzarse. Cada uno es como es.

Por más que quisieron que hablara, no volvió a decir una palabra. Escuchaba por detrás todo tipo de encomiendas hasta que se cansaron y le dejaron por imposible.

Sería su último día de hacer el borrachuzo. Su último día de ir a la piscina. Y, en verdad, ni Dios conseguiría que volviese ya más. Perdía otro amiguito sin culparlo; tan solo era un niño que le contaba a sus papás todo, con absoluta naturalidad.

Más adelante se enteró, de forma indirecta, de que Javito aún se hacía pis en la cama y por eso nunca pasaba una noche fuera de casa. Es lamentable cuán bajo pueden caer y lo lejos que pueden llegar las personas para defender sus más miserables intereses.

En el camino de vuelta a casa, el sonido del motor y el carrusel deportivo permitían mantener la tensión, hasta que su padre sentenció, haciendo pausas entre frases:

—Siempre huyes de todo. Como los cobardes. Qué poco te pareces a tu hermano. Ni a mí. Ni a nadie. Ya verás cuando hagas la mili. Ahí te hacen hombre a la fuerza. —Y Marino pensó:
—(¿A la fuerza? Al que me toque, le meto un tiro).
—Bueno, ya basta —cortó su madre—. Déjale en paz, ya ha tenido suficiente por hoy.
—Cobarde además de loco, otra decepción.
—¡YA BASTA! —el enfado de su madre puso fin a tanto amor envuelto en hermosas palabras.
—Bien dejado está.

Cierto. Dejado de la mano de nadie.

O si el abandono es alguien, entonces tuvo larga compañía y enseñanza. O si lo son libros de sexualidad que su hermano les mostraba, donde Santa Águeda llevaba en un plato sus pechos cercenados, aprendió demasiado pronto.

O si las revistas de aquel hombre-padre, con mujeres de piernas esparcidas, y que según él eran “todas de nata por dentro”, cual postre para hombres, entonces hizo el servicio militar antes que nadie.

Llegados al domicilio, desenvueltos los achiperres de campo y reunidos todos los terrícolas, y algún alienígena allí alojado, hubo reunión de pastores y el del bastón dijo:

—Este fin de semana vamos a Andorra vuestra madre y yo. Decidme qué queréis que os traiga de regalo. —Marino esperó a escuchar a los hermanos y hermanas.
—¿Y tú qué, Marino? —el instinto de Marino, equivocado o no, presintió en aquellas palabras algo que disgustó al chico.
—No quiero nada.
—¿Ni chocolate?
—Déjale, si no quiere nada, pues ya está —su madre era bastante tacaña y quería reducir gastos.

Mientras sus padres les dejaban solos, por enésima vez, “acostumbrados”, hasta cierto punto, desde pequeños, a esperar su regreso en el balcón con ansiedad, Marino aprovechó para grabar sus Sesiones con Juan Salvador Gaviota.

En casa tenían una grabadora de bobina abierta y, en ella, con la máxima velocidad (calidad) que ofrecía el aparato, combinó Marino la música de la banda sonora de la película y la melancólica voz de su hermana Marta leyendo el texto apropiado a cada canción.

Cuando regresaron de Andorra, trajeron un montón de cosas en un sinfín de bolsas. Había olores sugerentes: a nuevo, a sabroso, con tactos suaves, de goma o rugosos, cosas blandas o duras dentro de preciosas cajas envueltas en papel transparente que brillaban como el oro y un montón de regalos que se concedieron a cada hija e hijo. Menos a él. Todos felices y sonrientes, hasta que su hermana mayor dijo:

—¿Pero...? ¿Y a Marino? ¿No le habéis comprado nada?
—No. Dijo que no quería nada. —Y Marta añadió:
—Que sí, mira, esta cajita de After Eight es para él.
—No. Trae, no líes las cosas, que se la prometimos a la Rosario.

Marino no había calculado, no había previsto la situación, y se marchó a su habitación, como todos los que leéis esta historia ya podéis imaginar, para llorar por ser un estúpido, por quedarse mudo y por no saber nunca cómo decidir, qué elegir.

Se preguntaba si alguna vez en la vida podría vivir sin ayuda de nadie. Si conseguiría parecer normal para trabajar para alguien normal. Si le amaría alguien tal como era, pues no podría engañar a esa persona; a pesar de su piel de lagarto, de sus pies palmeados, de su horroroso cuerpo asténico, de su extraño caminar, con esa asquerosidad a la hora de comer, con tanta falta de valor.



Como en Juan Salvador Gaviota, se diría que Marino añoraba las olas estallando contra el espigón en la desembocadura del río Bidasoa, los días de tormenta. El sabor a sal de las partículas en el aire y el poder del mar, persistente, como él quería ser.

Envidiaba a las gaviotas, suspendidas allí arriba, tan inalcanzables y seguras como él quisiera ser.

Santo, bendecido, con la profundidad con que la voz de Neil Diamond canta:


"Holy, Holy ... Sanctus, Sanstus ... Be."

Y ser.

Tan solo quería SER.



NOTA FINAL

A Marino le ha gustado la historia y ha querido añadir esto:

A veces pienso que todo lo que fui se quedó en aquella piscina, en el eco de las voces que se alejaban mientras yo me escondía. Que el resto ha sido aprender a salir de ese vestuario, una y otra vez, con la cara lavada y el temblor disimulado.

Quizá todos vivimos intentando ser alguien frente a los demás, pero lo que realmente importa es poder ser sin testigos. Sin público, sin aplauso, sin la necesidad de probar nada.

He entendido que el silencio también puede ser una forma de respuesta. Que no hablar no siempre es rendirse, sino conservar lo que uno no quiere que le quiten.

Y si algo queda de aquel niño, o de mí, es la certeza de que existir ya es bastante.
Que a veces ser —solo eso— es el acto más valiente que nos queda.


Os dejo una versión de la canción de Joni Mitchell "Urge for going" cuando el verano y todos sus recuerdos tienen prisa por partir: