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sábado, 9 de agosto de 2025

Jugando con Marco



Marcus Welby, Marcus Welby.  Doctor en medicina.

Médico de familia, de cabecera. ¿ Porqué "de cabecera" ?

He buscado en el diccionario de la Real academia y relaciona con muchas ideas pero no con el médico.

Marcus Welby, que yo pronuncio "marcus güelbi" y en la figurada mɑːrkəs ˈwɛlbi.

Marcus Welby, prometo que no vuelvo a repetirlo ... por escrito. En mi cabecera seguirá rodando algún tiempo.

Marco es un niño de unos 8 años. Me metí en la mini piscina de la urbanización, una de 8x8 metros o 10x10. Una que cruzo en 5 brazadas. Una con la que he golpeado el cocoroto varias veces nadando de espalda, olvidándome del bordillo por despistarme con el canto de una chicharra o el sobrevolar de un pájaro o ... cualquier otra cosa. También me hice herida en antebrazo y muñeca al dar otra brazada. También en el brazo bajando al agua y subiendo. Siempre  por otro sitio diferente a la repelente escalera.

Pues ahí estaba yo haciendo de pez. Haciendo el matao flotante boca arriba y boca abajo. Nadando estilo braza y espalda. Usando brazos solo o solo piernas. 

Por allí había un niño. Alguien dijo "Marco, ¿ porqué no haces competición a nadar con Fermín ?". Respondió "No ..." muy bajito. Seguí a lo mío y encontré que el nene iba a la par de un lado al otro. El iba llegando y le dejaba llegar primero. Una de las veces lo hice de espalda para ver si podía ganar y gané. Luego de un poco lo dejamos. Me preguntó "¿Buceas?" y le conté que siendo pequeño buceaba en "busca de tesoros" por la piscina olímpica con ayuda de un niño (yo adolescente y el niño, Jaime, más pequeño pero también más valeroso).

Marco me ofreció unas gafas y juntos buscamos algún tesoro pero no encontramos. En seguida su abuela me dijo "En cuanto te canse Marco le dices basta, ¿de acuerdo, Fermin? que este niño es muy pesado". Respondí "Vale" sabiendo que eso no iba a suceder. En cambio le conté que usábamos gafas de las grandes con tubo para respirar sin sacar la cabeza y que escupíamos en el cristal para "lavarlo" y con eso no se producía vaho y podíamos estar más tiempo. "Mito" y yo encontramos muchas pulseras, anillos, colgantes y esas cosas que la gente se pone sobre el cuerpo con motivos más inexplicables que comprensibles.

Marco y yo terminamos pronto la "búsqueda del tesoro" porque la piscina no daba para más y no ofrecía más que avispas ahogadas, hojas o flores. A pesar de todo, revisó la aún más pequeña piscina para nenes, donde el agua no llega a la rodilla de una adulta. 

El agua estaba más caliente que fría. En mi antigua piscina olímpica el agua procedía de pozo propio y estaba siempre helada pero ahora, casi 50 años después, estamos en Región de Murcia y el agua se siente caliente o casi, aunque las lugareñas la perciben fría.

Pido a las mujeres que tiren algún anillo o joya al agua para que nosotros la busquemos pero Merce, con mejor critero, dice que va a tirar unos frutos de arbusto al agua para buscarlos buceando a falta de mayores tesoros. Y todas sabemos que al nene le da igual, no necesita joyas sino valiosos juegos sencillos.

Yo no soportaba más las mini-gafas que me prestó y buscaba a ojo sobre las aguas "picadas" y saladas de la piscina. Vi un fruto, lo cogí con los dedos de los pies y se lo lancé a un Marco que se aproximaba buceando. Al poco dijo "Yo también quiero cogerlos con el pie" y pasamos a cogerlos con el pie. El tenía que hundirse y lo tenía más difícil. Daba volteretas bajo el agua, subía y bajaba pareciendo que se iba a quedar sin aire, sin energía. Qué va. Es inagotable.

Alguien advirtió que el sol quemaría mi calva.

Luego se le ocurrió que le tirase los frutos a falta de una pelota para hacer paradas. Como se iban al fondo y se estaba cansando de las gafas de buceo propuso continuar, él en la pisci pequeña de portero y yo lanzando desde la grande.

Ahí otro rato más. Sentí algo de agobio por el par de hombres que había. Uno de 70 con su esposa y su hijo separado. El hombre jubilado miraba el móvil y su esposa dijo "¡ AHH ! Encontré una cucaracha en casa y tuve que llamar a fulanito para que la matase, no veas lo grande que era." y el marido relatando todo el rato por lo bajo añadió "qué preocupación más grande, dios mio".

Llegó el punto de marchar el nene con su abuela, que también reniega del marido recién jubilado el cual al parecer encoge los hombros cuando ella lo dice delante de otros. Tiramos los últimos lanzamientos y paradas. La última con doble fruto que detuvo con sus dos manitas. "UNA PARADA ÉPICA" le dije. En modo "revisión inmediata" me molestó escuchar mi voz ronca.

Salimos del agua, nos secamos. El se envolvió en su toalla y tumbó en la tumbona. La abu le tiró una foto y  mi sobrina, con su tono guasón habitual, dijo "Le vas a mandar a la madre la prueba de vida, ¿no?".

Ya en casa me dijeron que le regalaron un robot por energía solar y no funcionó o no supieron montarlo. Me he quedado con ganas de ir a su casa para verlo con él. Dicen que le haría mucha ilusión enseñármelo así que esperaré a ver si coincidimos otro día. La abuela se ha cagao en todo lo barrido de quien le hizo el regalo porque la tiene "loca con el cacharro ese".

Lo más extraño es que al separarnos en nuestros caminos, su casa a 20 metros de la nuestra, me dijo "Gracias por jugar conmigo" con su voz angelical. Sería cosa de su abuela, supongo, y yo le entregué devuelta su agradecimiento por jugar conmigo.

Ya en casa d
ijeron que Marco no jugó ayer con los otros niños que había y no lo entiendo: su sonrisa, su inocencia, sus ganas de jugar ... o si lo entiendo pero prefiero no imaginar los motivos porque me pongo en bucle, como con Marcus Welby y luego me está rondando la cabeza durante días.

10-08-2025:
Nos han lo permitido en ambos bandos. He ido a casa de la abuela con Marco y juntos resolvimos los problemas montando el robot. Todas las piezas había que extraerlas estilo Montaplex. Tenía un motor muy chiquito y una placa solar para alimentarlo. Pasamos toda la mañana haciéndolo. Reímos, me corté con el cuter y disfrutamos un montón. Luego le grabaron con el robot caminando.



jueves, 7 de agosto de 2025

¿Qué pasa con Emily Blunt?

Lo pregunto por la actriz protagonista de "Al filo del mañana" y "Destino oculto" sobre todo y luego -pero menos- por "La chica del tren" y "Un lugar tranquilo". De forma habitual prefiero no repetir películas pero las dos primeras puedo verlas una y otra vez.

No es manía con Emily. No porque me parezca atractiva ( me encanta la sonrisa con hoyuelo pero no en la barbilla ).
Tampoco por su cuerpo ... 


... o si, si cuenta quedarse flipado como Tom Cruise en su
 primer encuentro con ella haciendo Yoga en la cancha de entrenamiento. 

Pero de lo que hablo es del ciclo sin fin. El repetirse de la escena inicial.

A muchas nenas les encanta ver Rey León en bucle y a sus madres y padres no les queda otra que poner y re-poner la cinta, el DVD, el Mp4 ... nah: la tablet absorbe el summum de la atención infantil con Pepa Pig y la Patrulla Canina, no sé lo de moda en 2025.

Un día en el que pueda repetir lo sucedido para hacerlo todo perfecto o, si eso no existe, obtener el mejor resultado. No cometer errores en plan:
- Callar aquello que dije sin saber que se volvería en contra
- Decir por teléfono lo que la persona que tengo al lado sin participar en la conversación espera que diga
- Hacer las tareas de la casa que olvidé a pesar de tenerlas apuntadas en una lista
- Dar los afectos a quienes los necesitaban
- No dar confianza y cariño a quien no lo merecía
- Salir de los bucles dentro del bucle, es decir desrizar el rizo de las obsesiones
- Paralizar mis esperpentos si detecto que alguien los observa extrañado o alucinada
- Detener las repeticiones vocales para no parecer idiota a pesar de necesitarlas
- Recuperar el tiempo desaprovechado en la continua perplejidad de los patrones visuales, sonoros o táctiles que nos rodean
- Replicar con argumentos a las estupideces, los insultos o las faltas de respeto
- Prevenir las caídas al suelo, los tropiezos en escalera y demás torpezas motoras

En realidad es una completa tontería todo esto. Una cosa es ver cómo Tom Cruise corrige con la Emily los errores del día para salir del campo de batalla y otra ver repetida la película de uno mismo en un mismo día para hacerlo perfecto. Al final podría alterar los resultados pero no sé si eso cambiaría también mi naturaleza ni si es eso lo que desearía.

Uno puede ser un desastre y asumirlo con buenas intenciones pero rozar la exquisitez y redondear la perfección nos convierta en más odiosas, estúpidas y orgullosas.

miércoles, 2 de julio de 2025

Damián y Germán: la historia (fin)


Una flor sobre el garrote vil

La ejecución queda suspendida; el régimen corre a buscar otra mano, pero esa hora vacía se convierte en grieta. Los periódicos repetirán que “un asunto técnico” retrasó la justicia; en los pasillos se hablará de “indisciplina”. Para Damián, sin embargo, la frase brutal del funcionario ha dejado de pesar. La tristeza que nunca supo explicar —esa “brizna de hierba perdida en el mar de mayo” que se negaba al rocío— se transforma en algo menos amargo: consciencia.

En el patio trasero del penal, lejos del bullicio, piensa en sus hijas jugando entre los pinos que aún no ha plantado y comprende que toda ley es un hilo torcido si se quiebra la dignidad de un solo ser. Piensa también en Germán —el niño rico que convirtió el privilegio en arma— y advierte que la violencia que uno deposita sobre el mundo tiende siempre a regresar, multiplicada, a su origen. Ni el hambre justifica matar, ni la soberbia exime de ser juzgado.

A las puertas del viejo Galindo llamó su otro hijo, el que no compró a escondidas en un mercadillo de hospital para dar gusto a su esposa y al mismo tiempo tener un verdadero Galindo. Y vaya que lo fue. 
Al abrir y ver ahí parada esa copia harapienta de su hijo, dijo:

—Qué haces en mi casa—mira sus zapatos con desprecio.
—Pues verá, señor Galindo. No sabe cuánto me sorprendió ver en el preso al tenía que dar garrote mi propio reflejo. En mi casa dijeron que mi hermano gemelo nació muerto pero está claro que no. Hablé como mi madre y por fin conozco a mi verdadero padre. Y usted lo ha sabido siempre.
—No sé nada. Márchese antes de que llame al comisario de policía. Es amigo y sabrá cómo hacer que se arrepienta de haber tocado con sus manos piojosas este timbre.
—No tema. No me sobra el dinero pero para lavarme alcanza.  Hay otro tipo de suciedades que no se van con jabón. Además estoy aquí para simplificar sus problemas.
—JA, mequetrefe. NI PUÑETERA IDEA tienes tú de ... anda. Andaaa y lárgate antes de que te toque compartir celda con el sicópata de tu hermano.
—Bien está que vaya reconociendo ...
—Tú eres bobo. ¿No te lo han dicho antes? Por supuesto que lo sé. Y cuánto pagué por la mitad de la bazofia que parió tu madre. ¿Quieres dinero? Pues no te voy a dar ni perra gorda, necio.
—No se ponga así. Tampoco necesito mucho. Solo le voy a pedir que ponga a mi nombre una de sus 2 casas de campo.
—Esto es inaudito. Definitivamente te falta una tuerca. Ahora mismo llamo ...
—Aguarde. Yo creo que a su esposa no le va a gustar conocer la historia completa.
—¿Mi esposa? Ella tuvo la idea de comprar al malnacido de tu hermano.
—Pero no sabe que usted dejó embarazada a la criada estando  ya casada con su señoría, ¿verdad? 
—¿Señoría? Además de personificar la ignorancia eres un ser abyecto, repugnante escoria de suburbio ...
—No pierda saliva conmigo. Acceda a lo que pido y en la prensa no sabrán más. Ya se quedaron con ganas de averiguar el día de la ejecución así que ... —le cierra la puerta y grita:
¡ Lárguese de antes de que sea tarde !—y el otro replica alto y claro:
—¿ NO QUIERE SABER TAMBIÉN QUÉ ME CONTÓ SU HIJO ?—la puerta vuelve a abrirse

La vida es idéntica para todos en el instante en que un cuerpecillo abre los pulmones y llora. Luego llegan las ficciones: rango, credo, fortuna, miseria. Y sin embargo basta un acto, una negativa férrea, para devolverle su escandalosa igualdad. Lo entendió tarde, quizás, pero lo entendió: ningún Estado dicta amor, ningún dios reclama sangre, ningún deber vale la fractura irreversible de la compasión, ningún padre merece todo el respeto. 

Damián logró lo que tanto anhelaba con el menor de los esfuerzos además de un empleo como ordenanza en el Ministerio de industria y comercio.

Y ahí, sobre la máquina diseñada para estrangular gargantas, permanece la flor: testigo frágil de que el ser humano aún puede elegir. Al verla, un guardia joven —huérfano de guerra— se santigua y aparta la mirada. Tal vez mañana otro verdugo apriete el tornillo; tal vez Germán encuentre su final; tal vez la Historia pase la página sin ruido. Pero nada borrará el instante en que la técnica de la muerte cedió ante el simple gesto que dejó una flor sobre el garrote vil.

sábado, 28 de junio de 2025

Damián y Germán: la historia (5)


Convergencia

El amanecer sobre la prisión de Carabanchel tiñe de plomo los muros y hace crujir los candados. Damián aguarda la apertura de una puerta que se adivina pesada, con cuerpo de metal, a pesar de esa pintura verde ceniciento tan ampliamente utilizado en hospitales, corredores de colegios y demás entidades públicas. En el centro, un pequeño ventanuco  redondo con cristal reforzado se le antoja mirilla para trols u ogros.

Otra puerta que solo se abre al cerrar la anterior. Una firma, el nombre, entregar el documento de identidad, vaciar los bolsillos y una voz recorriendo los recovecos del mostrador de  seguridad que dice "Pase".

Otra puerta al final de un pasillo curvo en torno a un patio de vegetación inanimada. Bancos de espera vacíos de familiares que aún no aguardan a ningún padre pendenciero, ningún hermano chusquero o hijo camello, a ningún amigo ladrón o asesino, a ningún compañero comunista, socialista, anarquista o sindicalista. Todos en el mismo saco de entropía.

Los funcionarios miran aburridos con recochineo los temores de quienes nunca estuvieron a un lado u otro de unos barrotes. Comentarios también jocosos de esos trabajadores todos un poco desquiciados; algo deshumanizados, algo más resistentes a las realidades. Todos un poco contagiados de los resultados que produce la connivencia con una sociedad enferma.

Entra acompañado al lugar de la ejecución por un alguacil y el médico; en el bolsillo interior de la chaqueta pasó oculto un pequeño y delicado tesoro. Cuando el funcionario extiende su mano hacia la herramienta de matar—un collar de hierro refulgente y su diente sediento—se reconoce como el verdugo roba-vidas, el quita-esencias, el chupa-sangres que en noches de insomnio vendía su vida: pero nadie compra nada a un verdugo; sólo reclaman callados su presto tornillo de aguijón romo.

En la celda contigua, Germán oye pasos, arrastra los nudillos por la pared y descubre astillas de pintura verde. Entre los restos escribe con sarcasmo su final: Así termina el linaje de los Galindo, en una espiral de oro que se aprieta al cuello. Por primera vez la vanidad le abandona y se instala en su interior un hueco helado al rememorar la frase anotada en uno de sus cuadernos funestos: «Me gustaría estrechar otro cuello delicado en estas manos, ver cómo sus ojos pasan del terror a la ausencia inerte y nublada del infinito …». Una gota de baba resbala por la comisura de sus labios.

Cuando los guardias conducen al condenado al patíbulo, Damián retiene sus latidos y se pregunta si su secreto seguirá entero en el bolsillo.

Entra el sentenciado con arrugas negras en la frente. Atraviesa el corredor de linóleo y se detiene frente a la silla. Su hermano, ahora si demacrado, le sostiene la mirada sin arrogancia; por primera vez se reconocen sorprendidos por un destino macabro. Son como dos gotas de agua turbia. Damián recupera la imagen de su padre saliendo de la bañera: solo había un pene diminuto sobre una bolsa vacía con cicatrices de metralla. No hizo falta preguntar si su padre sería porque no podía en realidad.

El mismo giro de la fortuna llevó al médico, 50 años de trapicheos en los paritorios, asombrado, a recordar el robo de un gemelo a cambio de un montón de sabrosos billetes en manos del propietario de calzados Galindo.

—Empiece cuando den la orden —susurra impasible el secretario.

Y Damián avanza pero, en vez tomar el cincho y aguardar que el condenado esté sentado, deja sobre la silla la flor blanca que ocultaba.

Un silencio con asfixia retumba como campana abolida el día de difuntos.

Ya no escucha órdenes, ni los gritos de los familiares tras la ventana para el público, ni el resoplido del director; sólo un leve zumbido interior que dice NO.

Da un paso atrás, otro, y abandona el cadalso sin pronunciar una palabra.

lunes, 23 de junio de 2025

Damián y Germán: la historia (4)


El crujido del garrote

Madrid, 1969. En los almacenes subterráneos del Ministerio de Justicia, Mariano, un funcionario del Convenio enseñó a Damián la máquina para ejecutar la condena: una silla de madera negra, un collar de hierro con tornillo y la orden mecanografiada con tinta morada:

«Instrucciones:
Atar el cuerpo con el cincho para que no se mueva, a la altura de los brazos. Ajustar la altura al cuello. Poner el grillete al rededor del cuello y poner el pasador. Girar la manivela con fuerza. 
Media vuelta rápida y queda hecho.
El médico certifica y el verdugo cobra.»

Damián quiso preguntar si debía llevar y sentar él a la persona condenada.

—No, joder. De eso se encargan los funcionarios de la prisión.
—Ah, ¿entonces no va ser aquí?
—Noooo, estás aquí para aprender cómo funciona. Si esto es muy simple. Mira. Además esta silla es nueva. La vas a estrenar tú.
—Y ... ¿sufrirá mucho esa persona?
—¡ Qué persona ni qué niño muerto ! ¿ Eres bobo ? ¡ Aquí se van a sentar bestias, asesinas y criminales ! 
—Es que esto parece ...—Mariano le interrumpe con desprecio y burla
—Parece, parece ... lo que parece es que eres un mierda. ¿ Pa qué te metes a esto ? Aquí no hay que andarse con contemplaciones. Al bicho lo sientan aquí, ajustas al cuello, aprietas con todas tus ganas y chas, se le chasca el cogote y las espicha rápido. Las víctimas de estos bichos no tienen tanta suerte.
—Yo no ...—otra vez le interrumpe
—Yo no... ¡ ME CAGO EN SAN APAPUCIO ... !
—Mariano  hace una pausa para recuperar su escasa paciencia ¿ Quieres el trabajo o llamamos a otro ? Hay gente de sobras dispuesta. Con esto no vas a sudar como cavando zanjas
—y rebosando sarcasmo añade:
—Si es que tenías que pagar por el placer de quitar del medio a la gentuza. Anda, déjate de gilipolleces y marcha pa tu casa que ya te avisarán cuando tengas que dar garrote al primero, que no será tarde, con tanto rojo de mierda y tanto sicópata como andan sueltos y revueltos.

Salió de las catacumbas del ministerio ya con mareo, sintiéndose menos, tratando de sacar fuerzas para que no se le notase. Se preguntó por las almas de las víctimas y sus familias, sedientas de justicia. Rodó desde la misericordia de sus oraciones mecánicas hasta las familias de los condenados por una justicia poco o nada justa; también le alcanzaba para ponerse en su lugar.

Camino a la pensión donde pasaría algunas noches antes de tomar el tren de regreso, su paso aflojó y se sintió muy cansado; su cuerpo trataba de seguir esa loca marcha que exige la sociedad mientras empezaba a escuchar los sonidos del silencio. Se sentía desdoblado: su cuerpo manifestaba la mayor negación; su alma gritaba invisible, anulada, asediada por contradicciones en un entorno hostil e implacable.

Los ensayos duraron dos días. Le entregaron un saco de arena con forma humana. Por columna vertebral un palo. Por cabeza una sandía echada a perder. Cuántas bromas sobre la muerte -asesinato para disfrazar su especial negrura.

Giró con fuerza, escuchó un leve crujido, similar al chasquido con que un ataúd avisa cuando su madera no soporta el peso de más tierra húmeda.

Aquella noche, en la pensión de Lavapiés, ojeó un relato de sucesos sobado, amarillento, con olor a escalabros. En él, el autor se pregunta "¿Cómo pudo haber tanta violencia indiscriminada… y nadie hizo nada por las víctimas?». Damián comprendió que ser verdugo no era sólo un oficio; era la advertencia del régimen para oprimir; para seguir alargando la temible sombra de un descomunal garrote sobre la población. Para evitar el crujido de su poder bajo el peso de una rebelión. De las libertades de reunión tan canceladas como  inevitables y clandestinas. 

Al mismo tiempo, Germán tropezaba con su propia altivez narcisista descuidando los límites propuestos por una relativa inteligencia. Dos chicas habían desaparecido tras cenar con él en Segovia. Una patrulla husmeó su coche, encontró cabellos, fibras  y las clásicas cerillas de propaganda de hotel que una de ellas perdió. En comisaría se preguntaron por los horarios de los vigilantes de su urbanización; por qué su chófer lavaba el maletero de madrugada. Si sería cosa de ricos o taparía algo más que aparente. Si se hubiera tratado de un cualquiera, de un Damián u otro miserable de los que proliferaban obedeciendo al régimen, ya estaría recibiendo golpes en las mazmorras de la Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol.

El hilo se tensó hasta romperse: registros, perros y un sótano de los horrores. Huesos retorcidos supervivientes a la sosa cáustica. El juez instructor —brindando a puerta cerrada con brandy "Veterano"— selló la causa: pena de muerte por garrote vil y todos los bienes decomisados.

La noticia salió en ABC con la frase seca de un capitán: «El criminal será ajusticiado públicamente para ejemplo de la nación».

Era una mañana soleada cuando Damián desayunaba al recibir el telegrama: «Primer servicio confirmado. Preso: Germán de la Santísima Trinidad Galindo. Fecha: 24-IV-1970.» Su mano tembló y el café se derramó sobre el plato.

Esa noche escribió una sola frase en su libreta: «Si pudiera explicarte cómo es mi tristeza… huye de desconocidos y también del abrazo amigo». Después apagó la lámpara y decidió que nadie le obligaría a girar aquella palanca. Ni Franco, ni las necesidades de su familia.

miércoles, 18 de junio de 2025

Damián y Germán: la historia (3)

Infancias cruzadas

A veces la distancia entre dos hermanos se mide en palmos de tierra seca entre parcelas contiguas, como sucede con herencias no conformes.

Otras veces la distancia es marcada por silencios que se van tendiendo entre dos puntos, como cables entre postes de telégrafo sin señal.

Damián creció en la ladera agreste de un pueblo manchego, hijo de un jornalero tullido por la posguerra. La miseria, su sequedad y falta de pulso, extendida en raíces huecas por los recovecos de las mentes que de ella mamaron sinsabores y privaciones acrecentando así las secuelas.

Su madre, que trabajó en casa de un rico fabricante hasta quedar embarazada, le enseñó que la soledad podía convertirse en oración estúpida, infértil enseñanza y que cuando la tristeza apretaba bastaba mirar el cielo del anochecer, robando al sueño momentos vitales para abrir paso a las estrellas ... y  los impertinentes graznidos de una tripa vacía.

Aunque la penuria no permitía juegos; aun así, Damián se entretenía con piedras, con lo que tiraban vecinos de mayor fortuna o cortando el paso del regato si traía agua, allá arribita por donde no apestaba. El resto de su interés era soñar con sierras que olían a pino, con escapar del calor veraniego en charcas y disfrutar de la tranquilidad de calles de tierra; pequeños afluentes de una naturaleza plena.

A cien kilómetros, por no decir más, Germán gozaba de bañarse en casa, en agua caliente. Como si el agua corriente entubada fuese lo normal. Como si escribir con pluma de oro no fuera señal. Como si disponer de hojas en blanco, de calefacción, comida abundante, bebidas no transparentes y juegos modernos resultaran una cosa habitual.

Su padre —propietario de un taller de calzado que la autarquía convirtió en emporio— le repetía que el mundo no puede pararse; "dialogar es cosa de cotorras, algo inútil para empresarios en nuestra posición". Bajo aquella máxima de prisa perpetua, de ordeno y mando, Germán descubrió el poder de quedarse quieto: observaba a los criados, adivinaba sus temores, les echaba cebo, picaban, los llevaba donde quería. Ensayaba conejillos de Indias emocionales.

La primera vez que hizo daño a una muchacha apenas tenía trece años; se dijo, se convenció que era curiosidad científica.

Mientras Germán coleccionaba silencios rotos de las más débiles y aprendía a retorcer su perversión, Damián acumulaba rezos estériles y aprendía a callar cuando los falangistas entraban al bar; a quitarse la boina ante el cura; a obedecer. Pero una tarde, al volver del camposanto donde ayudaba a su tío, escuchó por la radio que el Gobierno abría plazas de verdugo «de confianza». Pagaban tres veces lo que un enterrador ganaba en un mes y, sobre todo, otorgaban un salvoconducto para evitar la leva de su hija mayor. Desde el umbral de casa, Damián miró los zapatos remendados de sus niñas y pensó "Vendería mi vida para salir de esta miseria".

Entretanto, en la mansión de mármol, Germán hacía inventario de trofeos: una horquilla especial, un pañuelo bordado "para Carmen", la pulsación asustada de un reloj de caballero que una chica llevaba en recuerdo de su padre y detenido en esa medianoche estrellada. En su cuaderno de contabilidad privada anotaba sensaciones: «piel tibia», «floración de sangre», «silencio definitivo», «expiración mínima», «olor a miedo». A veces releía versos de almas rotas, cansadas de vivir, pesimistas y se reconocía en cada palabra como si portara algún viso de sentimiento, como quien se mira en un espejo quebrado y trata de repararlo para no ser visto.

domingo, 8 de junio de 2025

Damián y Germán: la historia (2)


Indecente brillo aparente

Germán cruza el vestíbulo de mármol del Gran Casino de Madrid con la soltura que otorgan las cifras largas y la vanidad. Lleva un frac impecable, un clavel rojo en la solapa y la sonrisa exacta que aprende quien cena con ministros. Le fascina observar a los demás: cuerpos envueltos en seda, copas que tintinean, miradas que suplican un favor. En ese circo de lujo él es domador y fiera. 

Cuando cierran la carpa de los eventos sociales regresa a su chalet, a la urbanización donde las farolas iluminan defecaciones despistadas; las secas de ayer junto a las frescas de hoy al lado del mismo seto. Una cosa es pasear a los perros  para que disfruten y otra terminar cuanto antes la aburrida tarea de todos los días. Encontrarse las heces es de una vulgaridad que le enerva porque insinúa que podría pertenecer a la misma especie de humano. ¿El? ni de coña. Germán no tiene ni perro ni felino, pico o aleta y no tuerce la espalda para recoger nada: su perfeccionismo se desahoga de otro modo. Bajo el suelo de su bodega, en una cavidad oculta e insonorizada, conserva trofeos minúsculos –un pendiente, un mechón de pelo, la huella impresa de un llanto recién consumido– de mujeres a las que arrancó voz y futuro.

Frente al espejo del baño, con el nudo de la corbata ya suelto, susurra una frase de Mary Bell: «Siento placer lastimando a los seres vivos, animales y personas que son más débiles que yo, que no se pudien defender» y se ríe narcisista, psicópata. Imitando sus asesinos favoritos en serie recuerda su adolescencia quemando pollitos vivos, luego envenenando gatos y perros en el vecindario para disfrutar el dolor de sus propietarios. Creciendo poco a poco como las malas hierbas pero refinando su técnica perversa hasta ocultarla para pasar por completo desapercibido.

Más tarde, sentado en un sillón de cuero, repasa sus apuntes sobre asesinos en serie. Al azar escoge uno de Ted Bundy, su personaje preferido, como si hubiese escrito por él: «El asesinato no se trata de lujuria y no se trata de violencia. Se trata de posesión. Cuando sientes el último aliento de vida que sale de la mujer, te fijas en sus ojos. En algún punto, es ser Dios». La idea de ser un dios maléfico y omnipotente, un ente etéreo, le seduce tanto como la dominación física; ambas transformables desde el vértigo donde su mente habita.

No sabe que, mientras bebe whisky, una pareja de la Guardia Civil reconstruye su itinerario nocturno: trato despreciable al vendedor de gasolina en la finca de Segovia, el señorito adinerado comprando ferralla sin dar que hacer a algún empleado, ojos tan aburridos como curiosos con querencia por los visillos que recuerdan su porte paseando casi a oscuras con la última desaparecida. El hilo invisible se trenza, y al final del carrete aguarda un verdugo recién nombrado de flacas convicciones pero gruesas necesidades.