## VI. Lo entrelineado
El sobre de la notaría de allá estuvo una semana detrás de las botellas, y
hubo que apartarlo cada vez que alguien pedía anís. Se abrió la cantina
—panera, teatro... al caso era igual—, un jueves de octubre del diez, después
de la partida, porque para las cosas graves este pueblo siempre ha preferido
el mármol de las mesas al de los altares.
Anselmo el de Anselmo se puso las gafas, que solo se pone para el dominó y
para las esquelas.
—«A los interesados» —leyó, y miró por encima del papel.
—Interesados somos todos.
—Habla por ti.
—Siempre hablo por mí. Por eso me entero de menos.
Vino el cura de guardia, que atiende además Masueco, Pereña y Cabeza de
Framontanos y abre esta iglesia dos domingos al mes. Vino con sotana y no se
la quitó en toda la lectura, que ya se sabe cómo se ponen estas paredes en
octubre. Y se leyó lo que había: que Sagrario Gorjón Mieza, nacida aquí el
tres de enero del cuarenta y cuatro, hija de Elías y de Basilisa, había
fallecido en Bienne, cantón de Berna, el dos de octubre, y que dejaba un
pliego escrito de su mano. Constaba unido un pliego anterior, sin fecha y por
eso inservible, que se conservaba sin más valor que el de acreditar que lo
intentó dos veces.
Entre uno y otro mediaban catorce meses. Nadie sabía aún, de los presentes,
qué medían esos catorce meses. Ahora se sabe, y se deja medido: catorce fueron
los que el cuarzo le dejó en blanco en la hoja de cotizaciones, y catorce los
que tardó en atreverse a ponerle fecha a lo suyo. A esta mujer lo que se le
rompía se le rompía siempre por el mismo sitio y con la misma medida.
Del segundo pliego, que es el que vale, se transcribió lo que hace al caso, y
se transcribe otra vez aquí, con lo que entonces no se pudo poner: las caras.
«En Bienne, a 9 de marzo de 2009. Yo, Sagrario Gorjón Mieza, de sesenta y
cinco años, en mi juicio, escribo esto de mi mano porque me han dicho que así
vale.»
«Ítem. A Marie-Louise Perret, de esta ciudad, el piso de la rue Basse, lo que
hay dentro, lo del banco y las pinzas Dumont del cinco, que son mías desde el
sesenta y siete y no las ha tocado nadie. Ella me ha aprendido a respirar
poco, que es lo que hace falta para el espiral y para lo demás. Hemos
trabajado juntas quince años y hemos vivido juntas cuarenta y dos. No la he
nombrado nunca delante de nadie de mi sangre. Que conste ahora, ya que no
cuesta.»
Nadie preguntó en el bar quién era Marie-Louise Perret. Se entendió lo
bastante para no preguntar y lanzar miradas de perfil a la del pelo colorao,
que aquí la comprensión y la mala idea gastan el mismo silencio, y esa tarde,
por una vez, el silencio fue del primer género. Herminia dijo «pues mira» y
removió el café, y en este valle «pues mira» es una amnistía. El cura de
guardia se miró las manos y siguió con la sotana, soltando los dos botones que
le cortaban el aire.
«Ítem. A quien quede de Sebastián Cachón, el Zurdo, que estaba en Baracaldo y
no sé si estará, veintidós mil francos. Que se los gasten en lo que quieran. A
mí me consta por qué su padre no pudo volver a sujetar la garlopa. No me pidan
que lo escriba aquí: lo he escrito ya, y va aparte.»
Uno de los viejos se metió las manos debajo de la mesa mientras se leía eso.
No dijo nada. Aquí las manos se esconden solas y saben por qué.
Sebastián llevaba muerto desde el setenta y cuatro: doce años de Bilbao y un
cólico miserere para rematar. Ella no lo sabía, y en eso este término y ella
quedaron por fin en paz, que ninguno de los dos le contó nunca nada al otro.
Lo aparte fue aparte, como ella dispuso: la notaría lo entregó en Baracaldo,
en mano, a los nietos de Sebastián, que eran bisnietos del carpintero de las
manos. Bajaron un mayo, tres, con pegatina de Vizcaya. No enseñaron el papel
ni lo mentaron. Pagaron una lápida nueva para el bisabuelo, de granito de
aquí, con dos manos esculpidas en hueco, abiertas, y se volvieron sin tomar
café. La lápida está en la segunda fila del camposanto viejo. Quien pase, que
mire las manos y eche la cuenta que quiera, que para eso las dejaron abiertas.
Se supo que los niños nuevos, los de la casa rural, escapaban las
mañanas de hielo y sacaban cubitos tenebrosos con forma de manos. La infancia
no conoce algunos límites y en sentido inverso, las infancias no deberían
invadirse tampoco, que las edades a un lado y otros mandan, o deberían
hacerlo.
«Ítem. A mi madre, Basilisa Mieza, le dejo los cuarenta y un años. Ella
sabrá.»
Anselmo lo leyó dos veces. La segunda, más bajo, por ver si en la segunda
cabía.
Al margen, de letra del secretario: «Cláusula ineficaz por premoriencia de la
legataria, fallecida el 14 de junio de 1999.» El pliego es de 2009. No consta
que lo ignorase. Constaba: la esquela le llegó doblada dentro de una carta de
cuatro renglones sin firma entera, y la leyó de pie, junto al fogón, y dijo
«Ya», y puso la mesa. Legar ausencia a una muerta es la única escritura que
esta tierra enseña a otorgar del todo, y la enseña gratis, y no admite
renuncia. Cuarenta y un años le habíamos arrimado nosotros la leña a Basilisa.
Cuarenta y uno le dejó la hija. Las cuentas de esa mujer salieron siempre. Lo
que no dijo el pliego, porque no hacía falta, es a quién le cargaba los
intereses; y aquella pregunta de la cocina, la del puchero, la que se hizo al
revés, quedó al fin contestada por el procedimiento de no contestarla: ella
sabrá. Sabía.
«Ítem. Los tres bancales del pago de la Peña Escrita, con sus olivos y la
caseta, a quien los quiera, con una sola carga: que no los poden. Que se hagan
acebuche. Ya está bien.»
Alguien se rió al fondo. Fue una risa corta, y fue del lado de ella, y en esta
panera con pretensiones de bar no se había reído nunca nadie de ese lado.
La carga modal se hizo constar. No es exigible por persona alguna. Los
bancales se podaron a la primavera siguiente, por decoro, y el que subió con
las tijeras bajó diciendo que aquello no era poda, que era peinar a un muerto.
El decoro duró una poda. Desde entonces no ha subido tijera a la Peña Escrita,
y aquello va cerrándose en acebuchal bravío donde crían las rabilargas y no
entra nadie, que era exactamente el testamento: tres bancales desobedeciendo a
este pueblo a perpetuidad. Ya está bien, dejó dicho. Pues ya está.
«Ítem. A la parroquia, un sobre lacrado que va con esto. No es dinero. Que lo
pongan en el sagrario, con lo demás que hay ahí, y que no lo abran, ni el
cura, que esté ahí presente y callado y no haga falta decirlo nunca más, que
es lo único que he pedido en mi vida y lo pido ahora que ya no molesto, y si
alguno lo abre que no me lo cuenten, que ya no estoy, y si no lo abren tampoco
me lo cuenten, no me contéis nada, no me contéis nada nunca.»
Herminia se levantó y fregó una taza que estaba limpia.
El sobre está donde ella dispuso. Nadie lo ha abierto. Conviene precisar que
nadie lo ha intentado. Hay quien comulga de medio lado, por no darle el frente
al sagrario, y a eso en el catecismo no le han puesto nombre todavía: la fe,
en este pueblo, siempre ha consistido en saber con exactitud dónde no mirar.
«Ítem. De mi cuerpo no dispongo. Que decida quien esté delante.»
Firma entera, con los dos apellidos.
Estaba delante quien había estado siempre.
Decidió el fuego, y luego el jardín del recuerdo del cementerio de Madretsch,
que es común y no lleva nombres, y que era, de las dos maneras que hay de no
volver, la que ellas tenían habladas: la limpia. Lo hablaron años antes en la
cocina, con un reloj abierto encima de la mesa, y no les llevó una tarde: les
llevó lo que se tarda en decir dos frases y seguir cenando. En el certificado
previo se hizo constar presbicia y retracción palmar bilateral, frecuente en
el oficio de limpiar también. Como manejar minucias o agarrar palos de fregar
y barrer, recibir palos en el alma por fuerza ha de encogerla, y más, siendo
de criatura. Y nada menos ni nada más. De lo demás que traían aquellas manos
no entiende la medicina, que tampoco es su negociado y por eso lo cuento yo,
que me bastan dos luceros para verlo.
La adveración exigía cotejo con documentos indubitados, y en este término no
había ninguno: en cuarenta y ocho años no escribió una línea a nadie de aquí,
y aquí nadie guarda lo que no le mandan. Hubo que ir juntando tres, y los
tres, mírese como se mire, los guardaron mujeres.
El primero salió de un archivo: su expediente del Instituto Español de
Emigración, Salamanca, 1963, con firma al pie y huella del índice derecho, y
los sellos de las dos únicas temporadas que pasó en la pensión Aránzazu, de
Irún, que ya quedaron contadas, y a qué distancia, y por qué no se anduvo.
El segundo salió de un misal. Fue al vaciar la casa, en el noventa y nueve, y
no lo buscaba nadie: se cayó al levantarlo, como se caen esas cosas. Una
estampa de Primera Comunión de mayo del cincuenta y cuatro, dedicada al dorso
con letra de diez años, que ponía «Para mi madre» y debajo el nombre entero,
sin una falta y sin un temblor, que a los diez años esa palabra se escribía de
un tirón. Estaba en la página del Jueves Santo, que es la noche del
prendimiento. Se incorporó en calidad de documento indubitado y no se hizo
constar otra cosa, aunque otra cosa hubiera: que Basilisa, que no guardaba
nada, guardó eso, y lo guardó ahí, y en tantos años no se lo dijo a nadie, ni
a su hija cuando pudo.
El tercero salió de una caja de latón. El cuaderno de caligrafía del curso
cincuenta y tantos, que salió de aquí en febrero del sesenta y cuantos dentro
de una maleta atada con una correa de petaca, se estuvo por siempre en aquella
caja, los que ella vivió con él a mano y sin abrirlo, y volvió mucho después
en un tren y en mi regazo, porque no quise facturarlo: la lista de los reyes
godos copiada siete veces, de Ataúlfo a Rodrigo, sin una falta, y en la
penúltima hoja el renglón tachado que atraviesa tres hojas.
El perito era un hombre de Salamanca, joven para lo que uno se figura, con las
uñas comidas y unos guantes de algodón que se ponía para tocar el papel y se
quitaba para escribir. Trabajó en una mesa con flexo, junto a la ventana. Puso
el cuaderno a contraluz, pasó el calibre por encima del tachón sin apretar,
como se pasa la mano por una frente, y dijo lo que dicen los que no saben lo
que tienen delante:
—Qué letra más bonita para diez años.
—Trece —dije yo.
Midió la tachadura —tenía el ancho justo de una palabra corta—, la consignó
como rasgo idiosincrásico de presión coincidente con el pliego de 2009 y la
tuvo por refuerzo del dictamen de identidad de mano. Debajo no se leyó nada.
Tampoco se intentó: no era el objeto de la pericia. Cinco letras cabían. Este
texto no afirma cuáles.
Yo estaba delante y no pregunté. Dos palabras me cabían en la boca. Me cabían
de sobra.
Este relato se limita a recordar que este pueblo tardó ocho años en poner por
nombre a un hombre lo que una cría de trece había escrito y enterrado en un
cuaderno, y que cuando el pueblo por fin lo dijo creyó que lo inventaba. No se
inventa nada. Se desentierra.
El dictamen concluyó que la mano de 1957 y la mano de 2009 son la misma mano.
Su sintaxis la desmentía; la letra la sostuvo. Por auto de 4 de noviembre de
2011 se declaró el pliego escrito y firmado por la causante y se mandó
protocolizar. Queda así acreditado, con eficacia frente a todos y por
resolución firme, que la niña que copió siete veces a los reyes godos y la
mujer que murió en Bienne eran la misma persona. Es lo único que ha quedado
probado. Es, en rigor, lo único que alguien pidió que se probara.
No consta lo demás. No consta un pestillo engrasado sin que nadie lo pidiera.
No consta una silla de anea arrimada del lado de fuera de una tapia. No
constan diez dedos estirados uno a uno todas las noches, sin conversación,
durante incontables inviernos. Nada de eso se protocoliza en ningún sitio.
Todo eso pasó, y pasó más rato que lo otro, y a la hora de contar los años de
esta mujer conviene tenerlo en la mano, que si no salen las cuentas cortas y
salen mal.
Devuelto el cuaderno por el juzgado, no se supo qué hacer con él, que es lo
que aquí pasa siempre con lo que vuelve. Está en la escuela, que hoy es centro
social y tiene máquina de café y wifi los días que hay, dentro de una vitrina
con otras dos cosas y sin un cartel que explique ninguna.
La pesa grande de la báscula del concejo, hueca, que alguien guardó por
vergüenza o por trofeo, y de eso ya nadie se acuerda.
La libreta de hule negro de la Bebé, atada todavía con su goma de petaca
pelada, que la fundación depositó allí al comprar la casa grande, y que está
abierta, porque abierta la dejó el que la puso, por el asiento de octubre del
cincuenta y cinco: con fecha y hora, un guarda cruzando el puente con un perro
canela atado corto, anochecido, y no consta más.
Y el cuaderno, abierto por la penúltima hoja.
Tres objetos y una sola pregunta, que es la de estas páginas enteras: cuál de
los tres está hueco.
La vitrina la pusieron en la pared donde estuvo el estrado.
Una cría me preguntó el invierno pasado, haciendo los deberes con el abrigo
puesto, qué era aquello del cristal. Le dije que un cuaderno. No mentí. Se me
han pasado cincuenta años aprendiendo a decir primero la verdad, sin dejar
hueco a la mentira.
Un mayo de después vino en el coche de línea una extranjera mayor, derecha
como un minutero, con un transistor pequeño en el bolso y las manos encogidas
hacia dentro. No preguntó por la casa, ni por la tumba de Basilisa, ni por
nadie, y tardé un rato en entender por qué: no le hacía falta. Se sabía este
pueblo mejor que nosotros. Se lo habían contado de noche, en voz baja y en una
cocina años enteros y seguidos, que es la única manera en que este término se
ha contado nunca así.
Preguntó, en un castellano oxidado:
—¿El olmo?
La subimos Herminia y yo, despacio, por la sombra, parando dos veces sin decir
que parábamos. Me dio el brazo en la última cuesta. Tenía la mano igual que la
tenía ella, los dedos curvados hacia dentro como si guardaran algo, y yo, que
no he tenido nunca las manos así, las llevé un rato como si las tuviera.
La guía verde estaba en lo suyo, sin permiso de nadie, como todos los febreros
y ya, por lo visto, también los mayos, estos al menos con motivo. La
extranjera la miró un rato largo y dijo algo en lo suyo, bajito, que no
entendimos y no pedimos que nos tradujera, que hay cosas que traducidas restan
fuerza y no es justo.
Le saqué yo la silla de anea y se la puse junto a la tapia, del lado de fuera.
Ahí mismo me la pusieron a mí tres veranos, sin que yo la pidiera y sin que
nadie la mentase, y en tres veranos no me senté una sola vez. Aquella silla
estuvo esperando medio siglo a que alguien se le sentara encima. Se sentó una
suiza. No fui yo.
Se acomodó despacio, la silla crujió un lamento, miró hacia el palacete, que
ya es biblioteca, y dijo:
—Aquí se oye bien.
No supo lo que había dicho. Yo sí.
Cincuenta años he tardado en devolver una silla. Es lo único que he devuelto
en mi vida, y ni siquiera se la devolví a quien me la puso.
Las tres del lado de fuera, y ninguna supo de las otras. La suiza, que no ha
pasado una tapia de este término en su vida. Yo, que tuve la silla tres
veranos y no me senté. Y la que miró de noche, desde el camino, con la maleta
atada, y ya no soltó palabra; más corta imposible.
Y a la caída del sol la mujer encendió el transistor, poca cosa, una música
que no era de aquí, que subía y bajaba como respiración de otro, y por primera
vez en la historia de este término la música bajó del alto hacia los tejados
en lugar de subir desde el palacete, y los tejados, durante una tarde entera,
fueron solamente tejados.
Mientras sonaba, ella se estiraba los dedos. Uno a uno, sin forzar, con la
mano buena tirando de la otra y luego al revés. Lo hacía sin mirárselos,
mirando al valle, como quien reza lo que tiene aprendido. Herminia se lo iba a
decir y le apreté el brazo. Tantos años estirándoselos a otra y ahora se los
estira ella sola. Eso no lo pone en ningún papel de los que llevo citados y es
lo único de todo aquel mes que no he podido quitarme de encima.
De la niña de la Bebé se supo lo que quiso saberse, que fue poco y llegó
tarde: que en la fundación, desde el año que faltó el ama, las cartas de las
becas las firma una letra menuda que nadie de aquí ha sabido poner cara; que a
las crías becadas les añade una posdata de su puño que las madres no entienden
y las crías sí, y que hay una que la lleva desde hace años en la cartera,
doblada en cuatro, y ya se le está partiendo por el doblez; y que en el
archivo de la fundación hay un expediente antiguo, de los primeros, donde un
nombre está tachado con regla y otro escrito encima con letra de contable.
Vale lo entrelineado. Por una vez, algo tachado que descansó.
Y queda por enmendar este documento en tres particulares, y se enmiendan
todas, que para eso se ha llegado hasta aquí.
Primera. Se escribió en el capítulo tercero que en el alto había una cría de
ocho años despierta a horas en que aquí no hay nadie despierto, y que vio lo
que vio sin saber qué veía. Era yo. Vi luz en el palomar de la casa grande
fuera de horas, y vi salir por la trasera una figura pequeña que se paraba en
cada esquina antes de doblarla. Tenía ocho años y no supe qué veía. Lo supe de
golpe a los veintiocho, un día cualquiera y sin venir a cuento, con veinte
años de retraso, que es como se entienden aquí las cosas. Y con veintiocho
años y entendido del todo, tampoco lo dije.
Segunda. Se escribió que nadie la vio marcharse aquel martes de febrero pero
si una cría de catorce años a la que su madre acababa de levantar para el
ordeño, y se escribió en tercera persona, que es el disfraz más barato que se
vende en este término. Era yo también. Vi bajar por el camino a Sagrario, con
la maleta atada con la correa de una petaca de su padre y el vaho por delante
y diecinueve años que partían el suelo de tanto peso. Vi a los dos que
aguardaban en la revuelta cuando aquí no aguarda nadie. Y al pasar el alto
levantó la vista un momento, uno solo, más arriba de todos los tejados. Más
arriba estaba mi ventana, y yo detrás de ella con el candil encendido, y no lo
apagué, y tampoco abrí. Tenía la mano en el pestillo. Estaba frío y no lo
corrí. Años después, en otra casa, otra mujer engrasó uno para ella. No es lo
mismo.
Me he pasado medio siglo poniéndole a aquella figura un gesto que desde tan
lejos no pude verle: el de sacudirse las zapatillas en la última linde, para
no llevarse de aquí ni el polvo de los caminos. No sé si lo hizo. Sé que se lo
tenía ganado. Y sé que inventármelo ha sido mi manera particular de hacer lo
que hace todo el mundo en este pueblo, que es rellenar con lo que uno lleva
dentro.
La tercera la pido yo. Agosto del sesenta y cuatro, la lumbre de mi padre, la
palabra de mi hermano. Me reí la primera. Sabía desde los ocho años lo que
sabía y me reí de un hombre porque se había cagado de miedo delante de un
toro. Eso fue todo lo que este pueblo le cobró, y yo cobré con él, y he estado
cómoda medio siglo dentro de aquella risa.
Escribí cuatro renglones en el noventa y nueve, con la esquela dentro, y no
firmé entero, que hasta para eso me sobró cobardía. Después tardé doce años en
coger un tren, y cuando lo cogí ya llegaba tarde para lo que iba: la que me
esperaba sentada, con un reloj abierto encima de la mesa, era la otra. Y el
que preguntó, cuando por fin se preguntó, no era de aquí: era el que vino de
la ciudad, mi marido, que no sabía que aquí no se pregunta. Lo preguntó de
pie, con el abrigo doblado en el brazo, mientras yo recogía las tazas por no
estarme quieta. Preguntó una sola cosa y se calló lo que quedaba de tarde.
Cuarenta y ocho años sin que nadie preguntase, y ella empezó a contestar antes
de que él terminara.
No dije adiós. No dije nada, y llevo medio siglo escribiendo «no se dijo nada»
porque en plural se miente mejor y sale más barato el reparto. Que conste
ahora, ya que no cuesta. Costaba entonces. Ese era el precio, y lo pagó ella
sola, y aquí seguimos discutiendo en el bar si somos los interesados.
Teníamos escrito perdonarla. Cincuenta años ensayando una escena de mayo, con
las fiestas y los coches en la plaza, y en la escena la perdonábamos nosotros
a ella, sin aspavientos, sin reproche. El papel se ha quedado viejo y en el
reparto ya no queda nadie con cara.
El nombre no lo pongo. Escribí que no quería decirlo aunque bien lo sabía, y
era verdad por partida doble. No lo callo ya por esconderme: lo callo porque
el nombre que le hacía falta a estas páginas era el otro, y ese sí está
escrito entero, con los dos apellidos, en un pliego de Bienne y en un auto de
un mes concreto. Con uno basta. Nunca hubo sitio aquí para dos.
Las dos acabamos contestando en dos palabras, y no fue por lo mismo. A ella la
callaron: tenía voz, llevaba el tiple sin esfuerzo, y dejó de llevarlo a los
trece por lo que le hicieron en un palomar. A mí no me quitó nadie nada,
porque no había qué quitarme: se me atrancaba Chindasvinto y una maestra hizo
el resto delante de todas. Pero bien mirado, me quitaron los cuidados y el
cariño de unos padres para que Enriqueta perdiera la diana fija y me enviaron
a Salamanca siendo niña. Lo de ella fue un robo. Lo mío venía de casa y me
sacó de casa. Medio siglo he tardado en no confundirlo, y aquí lo dejo sin
confundir, que bastante he mezclado ya en estas páginas.
Escribo, pues, lo mío, que es de dos palabras, porque en dos palabras no hay
dónde atrancarse. Eso me lo enseñaron a la fuerza en aquel estrado, y es lo
único que aprendí bien allí, de estos ojos, en una memoria infalible y la
humildad de compaña:
Sagrario, perdóname.
Lo tachado, no vale, y, al envés de los verbos, asoman honestas las verdades
que más duelen.