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martes, 26 de agosto de 2014

Habitan hadas entre nosotros

Fairies live among us?
"Magia es creer en ti mismo. Si puedes hacer eso, puedes hacer que suceda cualquier cosa." Johann Wolfgang von Goethe


Cuentos de la Periferia - Shaun Tan

Ella pasó ante mi casa. Yo simplemente estaba regando el césped.

Pasó ante mi casa cuando todo era triste, ocre, apagado; falto de brillo, de caricias y de cariño. Todo a mi alrededor era sombrío y, como tras una lluvia de otoño, estaba ausente y frío. Pero ella recorrió la calle ante mi casa, casualmente… o quizá solo lo hizo parecer casual.

Conducía su coche azul: un coche de agua. Me pareció una mujer de modos y aspecto extraños y puede que por ello llamara tanto mi atención como para calarme los pies mientras regaba. Tenía una sonrisa suave, como los movimientos con que impulsaba su carro de aire —tartana de una sola plaza—, pero era un sonreír tan afable y cálido como su vestido rojo y largo. Y yo, afortunado como tantas veces sin darme cuenta, entablé amistad con ella.

Tenía en mi jardín un nido vacío para pájaros que el cartero utilizaba con demasiada frecuencia para depositar mis cartas y, de cuando en vez, algún paquete pequeño, aunque le había pedido en tres ocasiones que no lo hiciera. Se limitaba a fruncir las cejas, mirándome enfadado, y se marchaba soltando todo tipo de plegarias divinas para mi seguro viaje al infierno.

Pues bien, desde que conocí a esta mujer —que no era físicamente joven, aunque pueda parecer otra cosa—, flores que antes plantaba y no salían adelante comenzaron a prosperar, urbanizando el terreno frente a mi casa y convirtiéndolo en una visión maravillosa y alegre para cuantos foráneos pasaban casualmente por allí. Incluso cuchicheaban entre ellos el dineral que, según decían, me habría gastado en jardineros, como luego me contó algún vecino ocioso y chismoso.

Hasta el señor cartero dejó de venir y, en su lugar, lo hacía una chica que, aunque era muy fea, resultaba un concentrado medicinal de vitalidad y simpatía de tal magnitud que pronto dabas gracias al cielo por verla cada día, con o sin carta. Hasta hoy no he necesitado explicarle lo del nido. Ni tampoco tendré que hacerlo en adelante, porque recientemente un pajarico ha tomado posesión del lugar.

Esta extraña se convirtió en mi amiga simplemente pasando ante mi casa. Mirándome a los ojos mientras la veía pasar, sin pestañear, durante un par intenso de segundos que le bastaron para leer mis parámetros mentales, físicos y espirituales: esos que yo nunca he sabido manejar, modificar o comprender.

Nunca detuvo su coche de agua ni se acercó a mí. No sé si todo fue una ilusión o si de verdad pasó ante mí, pero debió de ser ella —y nadie más— la que me escribía cartas por internet (emails, los llaman) y enviaba regalos que valen lo que cuesta un abrazo, el precio de un beso cariñoso, todo pagado con el dinero proporcionado por su corazón sincero.

Durante algún tiempo cuidó de mí: me dijo palabras de ánimo y también me regañó, con frases sencillas aderezadas con gracia y alguna palabrota, para que espabilara.

Yo no sé si las hadas habitan entre vosotros, pero al menos yo sí he conocido una. Tiene nombre, vive como vosotros, sufre y ama como los demás seres humanos. Tiene una hija y un hijo ya grandes, que han heredado la mirada de su encanto; tiene un nieto que es un montón de salado, y un marido que es, además de otras cosas, la leña de su interior incendiado. Tiene quien la quiera y quiere incluso a quienes no la corresponden demasiado.

Y yo, por mi parte, debo decirle otra vez gracias:

¡¡GRACIAS POR SER TAN BUENA!!