“Fue entonces cuando comprendí el cuento de hadas de la princesa y el guisante. Ella no buscaba al príncipe; buscaba el guisante”.
Querida, tanto como desconocida, Alana Portero:
Me detengo antes de empezar esta carta para cantar con Barbra Streisand I am a woman in love.
Sé que ni por eso, ni por acompañar la voz de Carole King en (You make me feel like) A natural woman, ni por hacerle los coros a Helen Reddy en I am woman, llegará a tus manos esta entrada. Vaya fantasía.
Tu libro La mala costumbre no es fantasía. Es maravilla. Con él no pude situarme dentro de una ficción. No logré sentir tranquilidad ante tal dosis de realidad.
Una… ¿por qué no presentarme en femenino, cuando no hace falta ser genial en matemáticas ni tener talento con el pincel para saber que lo binario, igual que lo blanco y negro, no existe? Que los números y los colores son infinitos, y nadie, dentro de esa infinitud de variantes, puede distinguir diferencia entre uno y su siguiente.
Tampoco pretendo reducir ni frivolizar las diferencias de género, sino expresar, desde el respeto, la dificultad para conocerse y comprender que una letra al final de una palabra no basta para definir cómo nos sentimos.
Una se ha pasado la vida entera buscando respuestas sin cuestionarse cómo hacían las demás para soportarla. Tan claro parecían tenerlo todo.
Entre tanto, procuré hacer, suponiendo lo que se esperaba para el normotipo.
¿Lo conseguí? Y… sobre todo: ¿qué conseguí?
Mientras mi hermano se sentaba en la parte trasera del coche familiar con las piernas bien abiertas, yo juntaba las mías, como mis hermanas, que protestaban en vano.
Machote
, le decían los que, a escondidas o en la cara, me decían marica, mariquita, raro, mariposa o especialito: un matiz diminutivo para desviar el sentido hacia algo malo. Apreciaciones que no logro ni lograré comprender. No veo la gracia ni el beneficio personal que puede procurar decirle a alguien parece que vas drogado
por la forma de caminar, o marica
por hablar y gesticular así o asá.
¡Qué aburrido cúmulo de tonterías y estúpidas opiniones! Y… ¿para qué? ¿Qué demonios importa a nadie? ¿Acaso es relevante?
Para que luego el machote me engañase diciendo que íbamos a jugar a algo nuevo llamado luchar con nuestras espadas
, y el segundo juego ya debía de ser inenarrable para unos infantes, o al menos para mí lo era.
Y la psicóloga me pregunta: ¿Te gustan los chicos?
. Pues no, mire usted, no. Odio a los chicos. A una también pueden gustarle las chicas. Cuanto más andróginas, mejor, dice mi cuerpo. Mi instinto secreto, al que tardé la vida en reconocer. ¿Qué tendría Isabel Tenaille? ¿Qué mi primer amor platónico? ¿Qué Laura Pergolizzi para volverme loca perdida?
Nada impide querer muchísimo a mi esposa, a mi manera del espectro autista, limitada. Tanto que sigue preguntándome si la amo. También me encantan su pelo corto y sus encantos pequeños. Aún me la comería entera si supiera cómo, si quisiera ella, si los astros se alinearan sobre nuestras cabezas… como si de veras yo mereciera más atenciones no correspondidas.
La Navidad de 2018 mi hija nos regaló una Navidad diferente con sus amigues. Invitó a la listísima David y su pareja. También estuvo Samu, tan amable ella regalando sus libros y CDs en un proceso de liberación cosista. O la hiperbólica compa Luis, de Barranquilla, refugiada en este país bajo amenazas de muerte por homofobia.
Nunca hubiera sentido tanto relajo si hubiera sido un grupo de chicos desconocidos.
Esta Navidad mi hija me regala tu primer libro, exquisito, y mira tú por dónde me reconozco en él en muchos momentos, a mi manera.
¿Cuántos tipos de armarios hay?
Nos encerramos o nos empujan a entrar. Quizá nos prefieren allá, a oscuras, sin decir ni múuuuu. Quizá echamos el candado desde dentro y por fuera lo rodean con cadenas y lo tiran al mar, atado a un bloque de cemento. Te ahogas en lo que para otros es tu mierda y para ti lo apestoso de veras queda fuera.
A estas alturas sé que a nadie le importa lo que el resto siente o piensa mientras lo guarden dentro y su disfraz, acomodado a las normas del lugar, sea tan perfecto como secreto: ignorándolo todo en su mundo normalizado, pero repleto de grietas y a punto de desmoronarse. Sociedades cubiertas por capas de pintura decorativa donde lo importante no son las personas sino su dinero, patrimonio, estudios, poder… incluso su vestuario, su físico o su belleza.
Los sentimientos no se valoran, las actitudes nada significan ni los hechos cuentan.
Todo parece tan fingido como aparenta.
Todo tan inconsistente como la inconsciencia.