Una flor sobre el garrote vil
La ejecución queda suspendida; el régimen corre a buscar otra mano,
pero esa hora vacía se convierte en grieta. Los periódicos repetirán que
“un asunto técnico” retrasó la justicia; en los pasillos se hablará de
“indisciplina”. Para Damián, sin embargo, la frase brutal del
funcionario ha dejado de pesar. La tristeza que nunca supo explicar —esa
“brizna de hierba perdida en el mar de mayo” que se negaba al rocío— se
transforma en algo menos amargo: consciencia.
En el patio trasero del penal, lejos del bullicio, piensa en sus
hijas jugando entre los pinos que aún no ha plantado y comprende que
toda ley es un hilo torcido si se quiebra la dignidad de un solo ser.
Piensa también en Germán —el niño rico que convirtió el privilegio en
arma— y advierte que la violencia que uno deposita sobre el mundo tiende
siempre a regresar, multiplicada, a su origen. Ni el hambre justifica
matar, ni la soberbia exime de ser juzgado.
A las puertas del viejo Galindo llamó su otro hijo, el que no
compró a escondidas en un mercadillo de hospital para dar gusto a su
esposa y al mismo tiempo tener un verdadero Galindo. Y vaya que lo
fue. Al abrir y ver ahí parada esa copia harapienta de su hijo, dijo:
—Qué haces en mi casa—mira sus zapatos con desprecio.
—Pues verá, señor Galindo. No sabe cuánto me sorprendió ver en el preso
al tenía que dar garrote mi propio reflejo. En mi casa dijeron que mi
hermano gemelo nació muerto pero está claro que no. Hablé con mi madre y
por fin conozco a mi verdadero padre. Y usted lo ha sabido siempre.
—No sé nada. Márchese antes de que llame al comisario de policía. Es
amigo y sabrá cómo hacer que se arrepienta de haber tocado con sus manos
piojosas este timbre.
—No tema. No me sobra el dinero pero para lavarme alcanza. Hay otro
tipo de suciedades que no se van con jabón. Además estoy aquí para
simplificar sus problemas.
—JA, mequetrefe. NI PUÑETERA IDEA tienes tú de ... anda. Andaaa y lárgate
antes de que te toque compartir celda con el sicópata de tu hermano.
—Bien está que vaya reconociendo ...
—Tú eres bobo. ¿No te lo han dicho antes? Por supuesto que lo sé. Y
cuánto pagué por la mitad de la bazofia que parió tu madre. ¿Quieres
dinero? Pues no te voy a dar ni perra gorda, necio.
—No se ponga así. Tampoco necesito mucho. Solo le voy a pedir que ponga a
mi nombre una de sus 2 casas de campo.
—Esto es inaudito. Definitivamente te falta una tuerca. Ahora mismo llamo
...
—Aguarde. Yo creo que a su esposa no le va a gustar conocer la historia
completa.
—¿Mi esposa? Ella tuvo la idea de comprar al malnacido de tu hermano.
—Pero no sabe que usted dejó embarazada a la criada estando ya
casada con su señoría, ¿verdad?
—¿Señoría? Además de personificar la ignorancia eres un ser abyecto,
repugnante escoria de suburbio ...
—No pierda saliva conmigo. Acceda a lo que pido y en la prensa no sabrán
más. Ya se quedaron con ganas de averiguar el día de la ejecución así que
... —le cierra la puerta y grita:
—¡ Lárguese antes de que sea tarde !—y el otro replica alto y claro:
—¿ NO QUIERE SABER TAMBIÉN QUÉ ME CONTÓ SU HIJO ?—la puerta vuelve a abrirse
La vida es idéntica para todos en el instante en que un cuerpecillo
abre los pulmones y llora. Luego llegan las ficciones: rango, credo,
fortuna, miseria. Y sin embargo basta un acto, una negativa férrea, para
devolverle su escandalosa igualdad. Lo entendió tarde, quizás, pero lo
entendió: ningún Estado dicta amor, ningún dios reclama sangre, ningún deber
vale la fractura irreversible de la compasión, ningún padre merece todo el
respeto.
Damián logró lo que tanto anhelaba con el menor de
los esfuerzos además de un empleo como ordenanza en el Ministerio de
industria y comercio.
Y ahí, sobre la máquina diseñada para estrangular gargantas, permanece la flor: testigo frágil de que el ser humano aún puede elegir. Al verla, un guardia joven —huérfano de guerra— se santigua y aparta la mirada. Tal vez mañana otro verdugo apriete el tornillo; tal vez Germán encuentre su final; tal vez la Historia pase la página sin ruido. Pero nada borrará el instante en que la técnica de la muerte cedió ante el simple gesto que dejó una flor sobre el garrote vil.
